El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
sábado, 18 de abril de 2026
viernes, 17 de abril de 2026
REVISTA DE PRENSA. EDMUND BURKE: EL POLÍTICO QUE DESCONFIABA DE LAS REVOLUCIONES, POR XAVIER PEITIBY. ESPECIAL NOCHE TRES DE HOY VIERNES, 17 DE ABRIL DE 2O26
Hace años leí en algún sitio una frase que suelo recordar. Era de Edmund Burke y venía a decir algo así como que el miedo es lo que realmente nos mueve a hacer cosas. Investigando, vi que la frase no era del todo así. En uno de sus primeros libros, Burke escribió que «ninguna pasión priva tanto a la mente de su capacidad de actuar y razonar como el miedo», y que «el terror es una de las fuerzas más poderosas que experimentamos». Para Burke, el miedo puede paralizar, pero también moviliza. En su obra posterior lo desarrollaría más, en el sentido de que las sociedades no se mueven solo por ideales racionales, sino por emociones intensas. La emoción (y en particular el miedo) como base para el cambio o como base para quedarse igual y no cambiar demasiado.
Recordando esa frase, hoy quería contaros algo sobre este filósofo y político a quien, probablemente, no tenemos tan presente como a otros nombres más habituales, pero cuya influencia sigue muy viva.
Quién fue Edmund Burke (1729-1797) nació en Dublín, en una Irlanda marcada por profundas divisiones religiosas y por el dominio británico. Su padre era protestante; su madre, católica. Esa doble influencia le dio desde joven una sensibilidad especial hacia los conflictos religiosos y para entender la fragilidad de la convivencia política.
Estudió en el Trinity College y más tarde se trasladó a Londres. Allí comenzó como escritor y ensayista, hasta que entró en política como miembro del partido Whig. No era un político de eslóganes fáciles. Sus intervenciones eran largas, reflexivas, cargadas de historia y ejemplos. Por ello sus contemporáneos lo admiraban por su oratoria y también por su independencia de criterio. Esa actitud, que hoy podría parecer moderada o pragmática (y que no solemos encontrar en ningún político/a), en su tiempo lo convirtió en una figura incómoda para muchos (que es justo lo que también sucedería ahora).
Fue parlamentario británico durante casi treinta años, a la vez que un escritor brillante y uno de los críticos más influyentes de la Revolución francesa. De hecho, resumimos hace unos meses en Política Creativa su libro de 1790, Reflexiones sobre la Revolución en Francia, en el que criticaba la revolución francesa porque, al destruir la monarquía y las instituciones que encarnaban siglos de evolución, rompió con un legado y dio paso a lo que Burke llama una “mezcla de ligereza y ferocidad”. Para él, las instituciones tradicionales permitían un equilibrio entre la libertad y el orden. Ahora bien, reducir su figura (como muchos hicieron) a “enemigo de las revoluciones” sería simplificarlo demasiado. Burke no era un defensor ciego del orden establecido. Lo que le preocupaba era otra cosa: la arrogancia política de quienes creen que pueden rediseñar una sociedad entera desde cero, guiados solo por sus “grandes” ideas.
La política también es emoción. Una de sus primeras obras importantes no fue política, sino estética: Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello (1757). En este libro analizaba por qué ciertas experiencias nos producen admiración, miedo o fascinación. Es ahí, por cierto, donde citaba la frase de la que hablaba al inicio de este texto.
Para Burke, las sociedades no se sostienen únicamente sobre normas racionales. También necesitan símbolos, tradiciones y emociones compartidas. El respeto por la corona, la lealtad a las instituciones o el apego a la patria no son simples conceptos jurídicos, sino sentimientos colectivos. Esta intuición es clave para entender su pensamiento político posterior. Cuando más tarde critique la Revolución francesa, como hemos visto antes, lo hará no solo por razones jurídicas, sino porque ve en ella una ruptura emocional con el pasado.
América: sentido práctico frente a orgullo imperial. Antes de enfrentarse a la Revolución francesa, Burke ya había mostrado su independencia de criterio en la crisis de las colonias americanas. Así, en 1775, en su discurso Sobre la conciliación con las colonias (que podéis leer en nuestra web de discursos), pidió al Parlamento británico que evitara imponer nuevos impuestos por la fuerza. No lo hacía porque fuera revolucionario o independentista estadounidense. Lo hacía porque veía que las colonias estaban acostumbradas a cierto grado de autogobierno y que intentar someterlas sin negociación era políticamente torpe. Para Burke, gobernar no consistía en demostrar autoridad, sino en comprender la realidad social. “La magnanimidad en política es, a menudo, la forma más verdadera de sabiduría”.
La Revolución francesa: una ruptura peligrosa. Su obra más famosa, Reflexiones sobre la Revolución en Francia (1790), nació como respuesta a quienes celebraban con entusiasmo los acontecimientos de París puesto que, en un primer momento, muchos intelectuales británicos vieron la Revolución francesa como una continuación de la tradición liberal inglesa. Burke, en cambio, no lo vio así. Percibió algo distinto: una voluntad de borrar el pasado, de desmontar instituciones centenarias y de reconstruir la sociedad desde principios abstractos.
Por supuesto eso no significaba defender los abusos de la monarquía francesa. Pero le alarmaba la idea de que se pudiera destruir todo un orden político en nombre de teorías universales. La política, según Burke, no puede ser reducida a cálculos racionales; es un arte que debe integrar emociones, tradiciones y prudencia. Frente a la revolución, que ve como un experimento sin raíces, Burke opone un pragmatismo que valora el progreso gradual y fundamentado.
“La sociedad es en efecto un contrato… pero no es un contrato entre los vivos solamente, sino entre los vivos, los muertos y los que están por nacer”. Así, una sociedad no es solo el resultado de la voluntad presente, sino el fruto de generaciones. Las instituciones, incluso imperfectas, contienen experiencia acumulada. Derribarlas sin comprender esa complejidad puede generar caos. El desarrollo posterior de la Revolución —especialmente el periodo del Terror— pareció confirmar, para muchos, sus advertencias.
En su lugar, aboga por un sistema de representación equilibrado, donde algunos estamentos actúen como contrapesos que encarnen los intereses y valores más elevados de la nación. El modelo británico, basado en el equilibrio entre tradición y cambio, se presenta como la alternativa a la volatilidad del nuevo orden francés.
No era inmovilismo: era reforma con prudencia. A veces se presenta a Burke como el fundador del conservadurismo moderno. Y en parte lo es. Pero su conservadurismo no era una defensa ciega de que nada cambie. De hecho, Burke apoyó reformas, defendió libertades concretas y denunció abusos del poder. Uno de los ejemplos más claros fue su impulso al proceso contra Warren Hastings, gobernador británico en la India, a quien acusaba de corrupción y de gobierno arbitrario. Burke dedicó años a este asunto. Incluso lideró el impeachment contra Hastings en el Parlamento británico, en uno de los juicios políticos más largos y relevantes del siglo XVIII. Su acusación no se basaba solo en irregularidades administrativas. Lo que estaba en juego era algo mayor: saber si el Imperio británico podía actuar sin límites morales en los territorios coloniales. Para Burke, de ningún modo podía ni debería hacerlo, ya que la distancia geográfica no anulaba la responsabilidad ética. En uno de sus discursos sostuvo que el imperio no era una licencia para la explotación, sino una responsabilidad que obligaba aún más al autocontrol.
El mismo pensador que criticaba las revoluciones por destruir el orden, denunciaba también los abusos cometidos en nombre de ese orden. Defendía, así, un poder limitado por la ley, la tradición y la moral. Porque cuando el poder se desliga de cualquier límite, termina corrompiéndose. Y eso vale tanto para revolucionarios como para imperios. Su idea central no era “conservar por conservar”, sino reformar con prudencia. Cambiar, sí. Pero sin destruir aquello que sostiene la cohesión social.
“La prudencia no solo es la primera de las virtudes políticas y morales, sino la que las dirige y regula”. Una advertencia contra la arrogancia ideológica. En el fondo, Burke desconfiaba de la política convertida en ideología rígida. Le preocupaban los líderes que creen poseer una teoría perfecta para organizar la sociedad y que están dispuestos a imponerla sin tener en cuenta la complejidad humana. Se le atribuye una frase muy repetida: “Lo único necesario para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada”.
Aunque la formulación exacta no aparece así en sus textos, resume bien su visión moral: la política exige responsabilidad, y eso significa que no basta con criticar; hay que actuar cuando el poder se desborda.
¿Burke sigue siendo actual? Hace más de dos siglos, Edmund Burke planteó una cuestión que no ha desaparecido: ¿se puede cambiar una sociedad sin destruirla? En cada época surgen movimientos que prometen hacerlo, empezar de nuevo. A veces lo hacen en nombre de la igualdad, otras en nombre de la nación, del progreso o de la justicia social. Burke nos invita a desconfiar de los proyectos que ignoran la experiencia histórica y social.
Y sí, su mensaje no es emocionante ni épico. No promete refundaciones ni revoluciones permanentes. Propone algo más aburrido: paciencia, continuidad y respeto por la complejidad. En tiempos de polarización, su pensamiento recuerda que la política no es una batalla entre el bien absoluto y el mal absoluto. Ni de demolerlo todo, sino, más bien, que hay que hacer un ejercicio constante de equilibrio. Sigo sin tener ni idea de si tenía razón o no, pero me parecía interesante que conociérais esa mirada. XAVIER PEITIVY es analista político. Publicado en Substack el 14 de abril de 2026.
REVISTA DE PRENSA. EL COMPLEJO DE SUPERIORIDAD DE TRUMP ESTÁ EMPEORANDO AÚN MÁS, POR ROBERT REICH. ESPECIAL NOCHE DOS DE HOY VIERNES, 17 DE ABRIL DE 2026

Amigos: Él cree que es el salvador, no porque quiera salvar a nadie, sino porque quiere dominar a todos. A última hora del domingo por la noche, Trump publicó en Truth Social la descripción más grandilocuente que jamás haya hecho un presidente estadounidense de sí mismo. Lo he reproducido arriba. Échale un vistazo y recuerda: vino de Trump. ¿Qué clase de presidente publicaría una foto suya así?
Hoy, Trump declaró a la prensa que publicó la foto porque creyó que lo representaba como médico. «Pensé que era yo como doctor», dijo, y añadió que los medios de comunicación habían malinterpretado la imagen. «Se supone que soy yo como médico, curando a la gente, y de hecho curo a la gente», afirmó.
Hay algo fundamentalmente erróneo en ese hombre. El obispo William Shomali, vicario general del Patriarcado Latino de Jerusalén, lo expresó muy bien cuando dijo: El problema no radica en que [Trump] intente imitar a Jesucristo, sino en que se presenta como una figura sobrehumana y grandiosa. Si consideramos a Jesucristo como un modelo, entonces debemos imitarlo, pero a través de su humildad, espíritu de servicio y sacrificio, no mediante el deseo de dominación, autoridad y marginación de los demás.
El domingo por la mañana, Trump arremetió contra el papa León XIV tras la condena pública del pontífice a la guerra en Irán. El papa había calificado la amenaza de Trump de aniquilar la civilización iraní como «verdaderamente inaceptable». Curiosamente, Trump acusó al líder de la Iglesia Católica de ser débil ante el crimen y de complacer a los liberales. «Leo debería comportarse como Papa, usar el sentido común, dejar de complacer a la izquierda radical y centrarse en ser un gran Papa, no un político», escribió Trump en una publicación en redes sociales el domingo por la noche. «¡Esto le está perjudicando mucho y, lo que es más importante, está perjudicando a la Iglesia Católica!».
Trump también afirmó que Leo, estadounidense, fue elegido papa el año pasado gracias a él. «Si yo no estuviera en la Casa Blanca, Leo no estaría en el Vaticano». La Iglesia Católica «pensó que esa sería la mejor manera de lidiar con el presidente Donald J. Trump». El problema de Trump con el papa León XIV es similar al que tuvo Enrique VIII con el papa Clemente VII en 1531. Enrique quería hacer lo que le placiera, pero el papa se opuso a sus acciones (en lugar de destruir Irán, Enrique intentó anular su matrimonio con Catalina de Aragón). Así, Enrique se proclamó cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra mediante el Acta de Supremacía. Pero, a diferencia de Trump, Henry no se consideraba la segunda venida de Cristo, no intentó sustituir la imagen de Jesús por la suya propia y no era presidente de una nación que se autodenomina democracia.
No es la primera vez que Trump revela su complejo de superioridad. Se ha autodenominado " el elegido ". Ha afirmado haber sido ungido por la " mano sobrenatural " de Dios para ganar un segundo mandato. Ha declarado que "Dios me salvó con un propósito". Ha ordenado que su rostro sea grabado en monedas y colocado en pancartas que cuelgan de edificios gubernamentales, actos que, literalmente, rozan la idolatría. Pero el narcisismo maligno de Trump está completamente fuera de control. Ataca al papa. Publica fotos suyas disfrazado de Jesús. Afirma haber ganado la guerra en Irán. Este hombre se ha vuelto delirante, violento y peligroso. ROBERT REICH es economista y profesor de la Universidad de California en Berkeley. Publicado en Substack el 13 de abril de 2026.
REVISTA DE PRENSA. EL ILIBERALISMO NO ES INEVITABLE, POR ANNE APPLEBAUM. ESPECIAL NOCHE UNO DE HOY VIERNES, 17 DE ABRIL DE 2026
Orbán perdió, y sus admiradores estadounidenses también pueden perder. Lo admito: dudaba de las encuestas húngaras. Durante varias semanas antes de las elecciones, mostraban consistentemente a Tisza, el partido de la oposición, muy por delante. Aun así, me preocupaban los partidarios del régimen que no se manifestaban abiertamente, los encuestadores parciales y el impacto de la surrealista campaña antiucraniana que Viktor Orbán y sus propagandistas llevaban semanas llevando a cabo. Seguramente hablaban de Ucrania porque sus propias encuestas se lo indicaban. Seguramente los siniestros carteles de Zelensky en Budapest tuvieron cierta repercusión.
Pero mis dudas eran infundadas. Tisza ganó por goleada y obtendrá más de dos tercios de los escaños en el parlamento húngaro. Esto le dará al nuevo primer ministro, Péter Magyar, la capacidad de modificar la constitución y revertir parte del daño causado por dieciséis años de un régimen que el propio Orbán describió como iliberal. La ciudad de Budapest estalló en una fiesta callejera espontánea. Un amigo mío estaba allí y grabó un video (y sí, ese es el probable futuro ministro de salud bailando en el escenario):
Para sorpresa de muchos, incluyendo, quizás, a sus propios partidarios, Orbán reconoció la derrota de inmediato. Algunos miembros de su equipo habían lanzado ominosas advertencias sobre supuesta "violencia" e "injerencia extranjera", y parecían estar preparándose para impugnar el resultado. Pero, al final, el resultado fue demasiado contundente como para ser cuestionado. Si Orbán aún desea un futuro político, ahora podría considerar que la mejor vía hacia la victoria es esperar, usar su influencia dentro de las numerosas instituciones que su partido aún controla e intentar socavar al nuevo gobierno desde dentro.
Antes de que eso suceda, hay temas más positivos que explorar. Lo más importante: ¿cómo lo logró Tisza? Ofrecí una explicación inicial en The Atlantic . Al final, escribí que la derrota de Viktor Orbán, el primer ministro autocrático de Hungría, contra todo pronóstico, requirió no solo una campaña electoral ordinaria o un nuevo mensaje, sino más bien la construcción de un movimiento social de base amplio, diverso y patriótico .
Magyar tenía muy poco acceso a los medios húngaros, cuya inmensa mayoría pertenece al Estado o a los oligarcas de Fidesz. Él y su partido tenían acceso limitado incluso a espacios publicitarios, tanto por tener menos dinero que el partido gobernante como porque muchos espacios publicitarios están controlados por el gobierno. Los líderes y simpatizantes de Tisza también se enfrentaron a obstáculos personales. Hace un año, conocí a un político de Tisza que me contó que su esposa había perdido su trabajo y que sus amigos empezaron a alejarse después de que anunciara su apoyo a Magyar. La base de datos de Tisza fue hackeada en un momento dado y publicada en internet, aparentemente para incitar al acoso de los miembros del partido. Incluso hace tres semanas, muchos líderes de Tisza en Budapest solo hablaban extraoficialmente.
Magyar y su equipo contraatacaron sobre el terreno. Sabiendo que no podía ganar si se limitaba a Budapest y otras grandes ciudades, Magyar ha estado recorriendo el país desde 2024, visitando pueblos y aldeas, muchos de ellos en más de una ocasión. En los últimos días de la campaña, celebraba cinco o seis mítines electorales diarios. Evitó los temas que Orbán eligió promover —la política global, la guerra en Ucrania, la conspiración de que Ucrania estaba conspirando contra Hungría o incluso podría invadirla— y centró sus discursos de campaña y su presencia en las redes sociales en la economía, la sanidad y la educación. Como antiguo miembro de Fidesz, pudo hablar con mayor convicción sobre la corrupción de Fidesz. Se presentó como parte del centroderecha europeo, democrático y respetuoso de la ley. Ondeó muchas banderas húngaras, al igual que sus seguidores.
Tisza también contó con la ayuda de un pequeño y verdaderamente valiente grupo de periodistas húngaros, que siguieron denunciando la corrupción del régimen y sus contactos extranjeros incluso bajo una presión inmensa:
En las últimas semanas, el periodista de investigación Szabolcs Panyi, junto con sus colegas del sitio web Direkt26 , uno de los pocos medios independientes del país, desmintieron pacientemente la propaganda antiucraniana de Orbán, publicando transcripciones y audios filtrados que revelaban la connivencia entre Orbán y su ministro de Asuntos Exteriores con Putin y el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov. Estas grabaciones expusieron lo que Panyi me describió como la "gran mentira de que Orbán era un primer ministro soberanista". En efecto: Orbán alardeaba y hablaba con gran fanfarronería sobre las tradiciones y el nacionalismo húngaros, pero cuando hablaba por teléfono con el líder ruso, se describía a sí mismo como un ratón y a Putin como un león. Durante años, Orbán afirmó estar luchando contra fuerzas extranjeras oscuras —George Soros, la Unión Europea, los inmigrantes—, pero en realidad él mismo dependía de extranjeros desde el principio.
Esas historias calaron hondo, especialmente entre los jóvenes húngaros. En un concierto de rock en la Plaza de los Héroes, en el centro de Budapest, el viernes , decenas de miles de ellos comenzaron a corear "¡Rusos, váyanse a casa!", el mismo cántico que sus abuelos usaban cuando los soldados soviéticos invadieron su país en 1956.
Las elecciones tienen una enorme trascendencia para Europa y para Ucrania. Magyar ya ha declarado que Hungría dejará de actuar como títere de Rusia, bloqueando la ayuda de la UE a Ucrania y las sanciones contra Rusia. En su discurso de victoria, pidió la dimisión del presidente, el fiscal general, el presidente del Tribunal Constitucional y otras instituciones. Afirmó que se reincorporaría al sistema jurídico europeo. En respuesta, los húngaros que asistieron a su mitin corearon: «¡Europa, Europa, Europa!».
Pero las elecciones también tuvieron repercusiones en Estados Unidos, así como en el movimiento iliberal internacional en general. Como ya escribí, Orbán utilizó su control del Estado para construir una extraordinaria red de simpatizantes iliberales y de extrema derecha a nivel internacional, y mecanismos de financiación para apoyar a algunos de ellos. En las últimas semanas de la campaña, estos amigos y beneficiarios se unieron en torno a Orbán. Recibió visitas o apoyo verbal de Donald Trump, JD Vance, Benjamin Netanyahu, Marine Le Pen (líder de la extrema derecha francesa), Alice Weidel (líder de la extrema derecha alemana) y otros líderes iliberales de Argentina, Polonia, Eslovaquia, Brasil y otros países.
Ahora su derrota también les importa a todos ellos: La derrota de Orbán pone fin a la presunción de inevitabilidad que ha impregnado el movimiento MAGA, así como a la creencia —también presente en la retórica del presidente ruso Vladimir Putin— de que los partidos iliberales están destinados no solo a ganar, sino a mantenerse en el poder para siempre, porque cuentan con el apoyo del pueblo «real». Resulta que la historia no funciona así. El pueblo «real» se cansa de sus gobernantes. Las viejas ideas se vuelven obsoletas. Los jóvenes cuestionan la ortodoxia. El iliberalismo conduce a la corrupción. Y si Orbán puede perder, entonces sus admiradores rusos y estadounidenses también pueden perder.
Seguramente habrá más por venir. Quizás ahora sepamos cuánto dinero de los contribuyentes húngaros gastó el gobierno de Orbán pagando a acólitos extranjeros, analistas de grupos de expertos y periodistas, desde el Instituto del Danubio hasta la Fundación del Patrimonio. Tal vez descubramos cuánto dinero ruso llegó a los bolsillos de los partidarios de Fidesz. Algún día también podríamos comprender qué motivó realmente a J.D. Vance a pasar dos días completos en Budapest, justo antes de la votación, en medio de otra guerra estadounidense. ¿Qué esperaba obtener al hacerlo? ¿Cómo se siente al saber que podría haber contribuido a la victoria de los húngaros? Pronto publicaré una edición especial del Rastreador de Cleptocracia, centrada en temas húngaros. ANNE APPLEBAUM es historiadora. Publicado en Substack el 13 de abril de 2026.
DEL SABOR DEL CAFÉ. HOY, CONTIGO APRENDÍ, POR LUIS GARCÍA MONTERO. ESPECIAL TARDE DE HOY VIERNES, 17 DE ABRIL DE 2026
La poeta ultraísta Lucía Sánchez Saornil nos dijo en 1920 que los cines cobijan la Luna bajo sus alas. Y es que el cuello de un cisne parece un signo de interrogación, una pregunta en la noche sobre el sentido de la Tierra, sobre la vida y la muerte, según nos recordó también el poeta norteamericano Walt Whitman. Una misión de la NASA llegó estos días a rebasar las alturas de la Luna, y la astronauta Christina Koch miró hacia la Tierra para sentir que la Luna está en el corazón de cada uno de nosotros. Y el corazón nos dice que pertenecemos a la Tierra. Nuestro planeta, que nos ha dado todo lo que somos, es el único que puede darnos lo que necesitamos. Está bien que la ciencia y la técnica no se olviden de la poesía. Cuando lo hacen, se olvidan también de la dignidad humana y se dedican a matar, explotar y hacer negocios sin pudor.No vamos a engañarnos; no vamos a olvidar que este viaje al espacio forma parte de la competencia del capitalismo norteamericano con el capitalismo chino y que ha supuesto una pantalla para ocultar por unos días la barbarie que sufre el mundo. Trump, además, no dudó en tomar la palabra para afirmar que se trata de una nueva muestra de su dominio imperial sobre el Universo. Pero los que no queremos renunciar a la esperanza seguimos pensando que la palabra no le pertenece a Trump, sino a la poesía, y que el progreso humano necesita la hermandad entre la ciencia, la técnica y las humanidades. Viajar por el espacio en busca del futuro es mejor que convertir el presente en un desmantelamiento de la justicia internacional. Somos seres humanos, miramos a la Luna desde la Tierra, y la Tierra desde la Luna cuando llegamos hasta ella. Seres humanos que construyen naves espaciales y se preguntan, como el cuello de un cisne, por el sentido de la existencia y del amor. Lo cantaron Los Panchos con toda razón: contigo aprendí a ver la luz del otro lado de la Luna. LUIS GARCÍA MONTERO es poeta y presidente del Instituto Cervantes.
SALUTACIONS A LES LLENGÜES DE LA MEVA PÀTRIA. AVUI DIVENDRES, 17 D'ABRIL DE 2026, EN CATALÀ
Hola, bon dia de nou a tots i feliç divendres. Ens apropem al cap de setmana. Alguna novetat? Doncs sembla que sí: el descrèdit de Trump entre els seus cada cop sembla més acusat, i ell, més boig. I a la UE una onada d'optimisme renovat sembla en marxa. Confiem que tot vagi cada cop menys malament. I ara, les entrades del bloc d'avui. La primera, de l'historiador nord-americà Timothy Snyder, titulada Els cops d'Estat que pot intentar Trump, en què diu que els Estats Units són a set mesos de les eleccions de meitat de mandat més transcendentals de la seva història, però que la guerra que Trump, juntament amb Israel, va iniciar contra l'Iran, propicia les condicions ideals perquè un cap d'Estat doni un cop i s'arrossegui. La segona és un arxiu del bloc del 3 d'abril del 2017, titulada Els bojos romàntics del Brexit, en què l'escriptor britànic John Carlin afirmava, citant Richard Dawkins, que no tenim el dret a condemnar les futures generacions a viure, irrevocablement, en funció dels capricis fugaços del present. La tercera és el poema del dia, avui del poeta alemany Bertolt Brech, titulat O tots o cap. La quarta, com sempre, són les vinyetes d'humor, i per acabar, com cada dia, El sabor del cafè de totes les tardes, escrit avui pel poeta Luis García Montero, i els especials de la nit, per l'analista polític Xavier Peitiby, l'economista Robert Reich, i la història Anne Applebaum, respectivament. Tamaragua, amics meus. Ens veiem demà si la deessa Fortuna així ens ho permet. Sigueu feliços, us ho prego: us ho mereixen. Petons. Els vull. HArendt
ENTRADA NÚM. 10277
DEL TEMA DEL DÍA. LOS GOLPES DE ESTADO QUE PUEDE INTENTAR TRUMP, POR TIMOTHY SNYDER
Estados Unidos está a siete meses de las elecciones de mitad de mandato más trascendentales de su historia. Mientras tanto, su presidente Donald Trump, junto con Israel, inició una guerra contra Irán. Son condiciones ideales para que un jefe de Estado dé un golpe y se arrogue el poder.
La preocupación principal de Trump es preservar su bienestar y poder, que perderá en gran medida si los demócratas recuperan el control de la Cámara de Representantes, como parece previsible. Es evidente que a Trump la interferencia en las elecciones no le genera ningún escrúpulo: ya intentó desoír el resultado de la elección presidencial de 2020 y habló acerca de anular los comicios de mitad de mandato. Luego intentó impulsar una ley que impondría graves restricciones al voto y lo convertiría en un privilegio.
En relación con Irán, Trump y el secretario de Defensa, Pete Hegseth ,están atrapados en la lógica de la escalada, según la cual una sensación de derrota hoy puede revertirse haciendo lo primero que se les ocurra mañana. Cada día que continúan el conflicto y la incertidumbre relacionada (incluido si se mantendrá el alto el fuego de dos semanas acordado con Irán), personas del entorno presidencial se benefician, mediante el uso de información privilegiada, apuestas políticas o negocios con armas. Y cuanto más se prolongue la situación, mayor será la probabilidad de que se aproveche para un intento de golpe de Estado.
En este contexto, la propuesta de Trump de aumentar cerca del 40% el presupuesto de Defensa debe entenderse como una dádiva a los oficiales cuyo respaldo espera conseguir. Hegseth, por su parte, se ha lanzado a una purga frenética de personas con principios entre los altos mandos.
Es verdad que convertir una guerra externa en dictadura interna no es fácil, y Trump está en una posición débil. Pero si de hecho intentara un golpe de Estado, hay cinco caminos probables que podría seguir.
Uno sería sostener que en tiempos de guerra se necesita mano firme. El presidente George W. Bush usó este argumento (que no dice nada sobre si la guerra tendría que haberse iniciado en primer lugar, ni sobre la aptitud del liderazgo para librarla) para ganar las elecciones presidenciales de 2004. Trump, en cambio, tendría que usarlo para cancelar la elección o anular sus resultados.
El asunto se complica porque Trump necesitaría aliados dispuestos a infringir la ley. Pero la mayoría de los estadounidenses se oponen a la guerra en Irán, y el conflicto ha revelado fisuras en el movimiento MAGA. Además, algunas de las personas que con más probabilidad estarían dispuestas a la manipulación electoral fueron despedidas.
La segunda posibilidad es el bonapartismo: el aspirante a dictador pelea por la democracia en el extranjero y la desmantela en su propio país. Como su nombre indica, fue la estrategia detrás de las guerras napoleónicas. Pero Trump nunca fingió que la democracia le interese (prefiere a dictadores como el presidente ruso Vladímir Putin), e hizo campaña contra los proyectos de construcción de naciones en el extranjero, prometiendo en cambio gastar el dinero en los estadounidenses.
Otra alternativa sería que Trump intente una unificación bismarckiana, en la que el gobernante busca unir a la nación. El líder prusiano Otto von Bismarck unificó varios Estados germanófonos con sus victorias en tres guerras (contra Dinamarca, el imperio austrohúngaro y Francia) entre 1864 y 1871. Como lo logró por la fuerza y no mediante una revolución o elecciones, el nuevo Reich alemán fue una monarquía militarista desde el principio, con un Parlamento esencialmente simbólico. No hay duda de que a Trump le gustaría este modelo, si no fuera por un problema: es incapaz de ganar una sola guerra, por no hablar de tres.
La cuarta estrategia sería la del líder fascista que sacrifica a suficientes conciudadanos en una gran campaña que le permita asegurar que los supervivientes acepten que todo es lucha, que hay enemigos en todas partes y que el mundo está contra ellos. Aquí la muerte en masa se convierte en una fuente de sentido que une al Führer con su Volk. Aunque la guerra de Putin en Ucrania tiene algo de esto, el ejemplo clásico es la notablemente ardua invasión nazi de la Unión Soviética en 1941, que, como muestran los diarios de Victor Klemperer, fortaleció el movimiento fascista en Alemania durante más de tres años.
Pero Trump no es un fascista en el sentido tradicional. A diferencia de los nazis, no cree en la lucha; se convirtió al belicismo tarde en su vida, convencido de que victorias fáciles en el extranjero le traerían éxitos en casa. Ahora que ya alardeó tantas veces de haber ganado en Irán, está mal posicionado para ordenar una invasión terrestre a gran escala, que provocaría numerosas bajas estadounidenses. No hizo el trabajo ideológico previo.
A modo de comparación, Hitler había ganado guerras rápidas en Polonia y Francia antes de invadir la Unión Soviética. Eso generó en la población civil y en los mandos militares que antes tenían dudas la sensación de que sabía lo que hacía, y allanó el camino para una segunda etapa de la guerra, más ideológica.
La última posibilidad, más preocupante, es aprovecharse de un acto de terrorismo. Esta estrategia depende de que un enemigo extranjero lleve a cabo un ataque contra civiles estadounidenses en tiempo de guerra, lo que daría a un aspirante a dictador un pretexto para declarar el estado de emergencia y suspender las elecciones. Nunca ha ocurrido algo parecido en Estados Unidos; y puede que no ocurra precisamente porque es la mejor esperanza de Trump. Los líderes iraníes han de saber que Trump intentaría explotar un ataque.
Es verdad que la propaganda iraní incluye amenazas contra algunos líderes estadounidenses. Pero al régimen le conviene más burlarse de Hegseth que asesinarlo.
Otra posibilidad es una operación de falsa bandera: el autoterrorismo puede ser una estrategia eficaz. En 1999, los servicios secretos rusos pusieron bombas en edificios residenciales de Moscú; la cadena de acontecimientos que esto generó fue el inicio de la marcha de Putin hacia la dictadura. Es muy posible que Trump, cliente de Putin en la Casa Blanca, haya considerado esta idea.
Pero Trump tiene una relación conflictiva con la comunidad de inteligencia estadounidense y lo más probable es que si intenta una operación de este tipo fracase. Incluso si fuera capaz de ejecutar un ataque de falsa bandera en territorio estadounidense, no tendría un modo claro de impedir las elecciones. En cualquier caso, si en los próximos siete meses hubiera un ataque terrorista, los estadounidenses deberían desconfiar de Trump, que sin duda tratará de culpar a sus opositores internos y desacreditar las elecciones intermedias.
En la práctica, si los estadounidenses se mantienen atentos y firmes, ninguno de estos escenarios debería funcionar. El conocimiento de la historia puede cambiar el futuro. El mayor impedimento que tiene Trump para intentar un golpe de Estado no es su debilidad, sino que la gente se niegue a obedecer desde el primer momento. Timothy Snyder es profesor de Historia Europea Moderna en la Universidad de Toronto y miembro del Instituto de Ciencias Humanas de Viena. Publicado en El País del 13 de abril de 2026.
DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, LOS LOCOS ROMÁNTICOS DEL BREXIT, POR JOHN CARLIN. PUBLICADO EL 3 DE ABRIL DE 2017
"No tenemos el derecho a condenar las futuras generaciones a vivir, irrevocablemente, en función de los caprichos fugaces del presente” (Richard Dawkins, científico y autor inglés).
Las relaciones entre las naciones y entre las personas serían menos infelices, habría menos guerras y menos rupturas, si cada uno hiciera un esfuerzo para meterse en la piel del otro. Esta es la lección a la que siempre vuelven los manuales sobre la negociación; es la recomendación básica para los que quieren superar sus problemas de pareja.
Voy a intentarlo. Voy a ver si soy capaz de empatizar con el enemigo. ¿De qué enemigo hablo? Aquí va:
El desprecio que me provoca la mezquindad moral, espiritual, política e intelectual de los británicos que votaron a favor del Brexit en el referéndum del año pasado solo es superado por el odio que me inspiran los políticos que les convencieron. La semana pasada, tras el inicio formal del proceso de divorcio entre Reino Unido y la Unión Europea, fantaseaba con las insultos que escupiría a las caras de Nigel Farage, Boris Johnson, Michael Gove u otros flautistas del Brexit en caso de encontrarme con uno de ellos en la calle.
Me calmo, reconozco que estos impulsos no son admirables y recuerdo algo que me dijo un sabio amigo hace años: si estás enfadado estás equivocado. La tesis del amigo no se sostendrá siempre, pero la manera de comprobarlo es, precisamente, metiéndose en la piel del otro. En este caso en la de los brexiteros y las brexiteras.
Cuando ganaron el referéndum el 23 de junio pasado, y de nuevo la semana pasada cuando la primera ministra, Theresa May, anunció el inicio del largo adiós británico, respondieron con júbilo. “¡Libertad!”, chilló un titular en el odioso (perdón, admirablemente taquillero) Daily Mail. “¡Independencia!”, gritó Farage. “¡Vamos a recuperar el control!,” clamaron todos. “¡Gran Bretaña volverá a ser grande!”.
Superada la náusea inicial, hago un esfuerzo y creo ver en el fondo del oscuro pozo de sus almas una pequeña luz. ¿Qué es? Cuesta reconocerlo, pero creo que lo sé. Es el romance del Brexit. Los brexiteros serán muchas cosas, pero son también unos románticos. Unos poetas. Unos locos soñadores. Los herederos de Don Quijote, de Lord Byron, de Garibaldi, de Hugo Chávez, incluso de los fieles que adoran a Donald Trump.
El impulso detrás del voto viejo fue el sueño de “recuperar el control” sobre la vitalidad perdida
En su imaginario colectivo luchan por liberarse de sus cadenas, por recuperar la patria perdida, por un mundo mejor. Sí. Así se ven. Así se creen: patriotas, nobles en la defensa de sus principios. Fatal de mi parte despreciarlos; imperdonable odiarlos. Habrá algún farsante por ahí (Boris Johnson, el actual canciller británico, viene a la mente), pero en general me empiezo a convencer de que cuando los brexiteros se miran en el espejo no sienten vergüenza, sienten orgullo.
Pero hay romanticismos y romanticismos. No hablamos aquí del de Byron, que murió luchando por la independencia de Grecia, o del de Romeo y Julieta, que se suicidaron a los 13 años.
Vislumbré la particular naturaleza del romanticismo brexitero durante una visita a Estonia y Letonia hace un par de semanas. Entrevisté a varias personas, todas mayores de 60 años, que lamentaban la incorporación de sus países en la UE y añoraban aquellos tiempos en los que eran colonias soviéticas. No eran racionales estos sentimientos ya que Estonia y Letonia son más prósperos y libres que cuando su capital era Moscú, más prósperos y libres que Rusia hoy. Una chica joven estonia de padres rusos me lo explicó: el análisis que correspondía no era ni político ni económico sino freudiano; estos señores sentían nostalgia no por un sistema ideológico fracasado sino, sencillamente, por su juventud.
Como es bien sabido, el Brexit se ganó con el voto viejo. Si los que tienen más de 60 años se hubieran quedado en casa el día del referéndum, Reino Unido seguiría, con amplio consenso electoral, dentro de la UE. El impulso determinante detrás del voto viejo fue, en primer lugar, el fútil pero comprensible sueño de “recuperar el control” sobre la vitalidad perdida. En segundo lugar, de regresar a aquellos tiempos en los que Reino Unido pintaba algo en el mundo; en los que las calles no estaban llenas de gente hablando polaco; en los que todo el mundo comía pastel de carne y riñones y las tapas de chorizo o los calamares a la romana eran desconocidas incluso por los que iban de vacaciones a Benidorm; en los que la cerveza en los pubs no era fría sino caliente, como Dios manda.
El miedo también tuvo su papel, por supuesto. Si los gerontobrexiteros votaron para frenar la inmigración europea fue en parte por el temor primordial que les provocan los obreros polacos y los camareros españoles pero, más importante, más fundamental, fue por el pavor existencial que representa la invasión foránea justo hoy, en el otoño de sus días: aquel que sienten ante la pérdida de sus facultades físicas y mentales, ante la cercanía de la muerte.
Ya no me río de ellos. Ni de los más jóvenes con almas viejas que también votaron por el Brexit. (Tengo un conocido de 50 años que votó por el Brexit, pero tiene 55 desde los 18). Veo que no es tan difícil, si uno hace un pequeño esfuerzo, meterse en su piel y entender las raíces emocionales de su antieuropeísmo, reconocer que para ellos su voto fue un gesto noble y romántico.
Mi voto, en cambio, y el del resto del 48% de la población británica que se expresó a favor de seguir dentro del club europeo, fue algo mucho más prosaico. El frío pragmatismo fue nuestro guía. Entendimos que desde la formación de la UE Europa ha alcanzado un punto de prosperidad y paz nunca visto en la historia del continente; razonamos que la UE era la mejor apuesta para las generaciones futuras.
El problema con el romanticismo es que por más bonitas y calientes que sean las sensaciones que despierta, suele ser fugaz y suele acabar mal. Lo cual no me da permiso para sentir desprecio u odio hacia los locos poetas del Brexit. No. Me arrepiento. Lo que hay que sentir es compasión; por ellos tanto como por el país y por los jóvenes cuyo futuro se van a cargar. JOHN CARLIN es escritor. Publicado en El País del 3 de abril de 2017.





























