sábado, 18 de enero de 2014

Adiós, gracias y hasta siempre...




HArendt



A los casi ocho años de iniciado (2006), después de más de dos mil entradas publicadas, 250.000 visitas en los últimos tres años, y habiendo desaparecido repentinamente y de forma misteriosa la práctica totalidad de las fotos del blog, podría ser el momento de aprovechar la coyuntura para dar por cerrada esta segunda etapa de "Desde el trópico de Cáncer" que ha durado cinco años. Me tomo unas semanas de descanso para decidirlo. En todo caso, muchas gracias a todos los lectores por su amable compañía y por haber compartido conmigo esta aventura. Sean felices, por favor. Y como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Quizá ahora, para siempre. Tamaragua, amigos. HArendt



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lunes, 6 de enero de 2014

La verdad sobre dioses y hombres


Va a hacer en unos días ocho años, cuando me llegó la hora de mi jubilacón laboral, dejé también definitivamente toda veleidad intelectual, si es que se puede llamar así a más de treinta años de vida universitaria. Una exasperante relación de amor-odio, aunque al final prevalezca nítidamente lo primero, con la Escuela Social de Madrid, la Escuela Normal de Magisterio, la Escuela Central de Idiomas, el Instituto "Balmés" de Sociología del C.S.I.C., la New York University y la UNED (en las Facultades de Derecho, Geografía e Historia y Ciencias Políticas y Sociología). De esta última, de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, fui, como vulgarmente se dice, cocinero y fraile, pues aunque siempre como alumno tuve el inmenso honor de formar parte de varios Consejos de Departamento, Juntas de Facultad, e incluso, de su Claustro Constituyente, de la Junta de Gobierno y del Consejo Social de la misma, lo que me permitió el placer y el privilegio de conocer y tratar a ilustres profesores, muchos ya por desgracia desaparecidos o jubilados de su vida académica.

Si tuviera que personalizar en uno solo de ellos la inmensa deuda que guardo para con la Universidad, no tengo duda que elegiría, sin desdoro alguno para los demás, al profesor Emilio Lledó, del que hablaba hace unos días en una de mis entradas. Eminente filólogo, filósofo, humanista, y miembro de la Real Academia Española, él fue para mí el profesor por antonomasia. Fue mi profesor de Historia de la Filosofía en la Facultad de Geografía e Historia de la UNED, y con él descubrí a Platón y la "República", Aristóteles y la "Política", o San Agustín y su "Civitatis Dei", pero sobre y ante todo, aprendí a admirar y reconocerme como heredero del mundo de la cultura clásica legada por Grecia y Roma al occidente europeo y la humanidad.

Una sola anécdota, de las varias que le oí contar -pues era uno de esos profesores que se ganaba a sus discípulos por su facilidad de acceso y sus digresiones siempre relacionadas con el mundo de la filosofía-, al parecer atribuida a Zubiri, el gran filósofo español, discípulo de Ortega, a un alumno que le pidió opinión sobre como llegar a ser un buen historiador de la filosofía. La respuesta de Zubiri parece ser que fue: "Aprenda alemán y griego clásico, y luego vuelva por aquí, que ya le diré...". Y es que, para el profesor Lledó, que no se cansaba de repetirlo, la Historia de la Filosofía, no era nada más, y nada menos, que el conocimiento y profundización en las grandes obras escritas por los filósofos. Y eso, ir a las fuentes de la Filosofía sin saber griego y alemán, es como quedarse en el abrevadero, que es donde yo me quedé, pero con el gusanillo metido para siempre en el alma.

El año 2004 el profesor Lledó pronunció el discurso del Día de la Fundación Pro-Real Academia Española, fundación de la que formé parte como socio durante varios años. Se titulaba "Símbolos del alma" (RAE, Madrid, 2004), y lo guardo, dedicado por él, como oro en paño. Dice al final del mismo unas palabras que releeo a menudo: "El descubrimiento de la estructura esencial de los seres humanos -seres partidos, palabras a medias que precisan siempre ser entendidas, completadas- nos lleva al problema fundamental de esa natural y mental indigencia. La parte del símbolo que constituye nuestro ser, igual que las mitades de nuestras palabras, se forma y construye en el curso de cada vida. Somos, sobre todo, lo que hablamos. Pero ese habla está, en cada momento, levantada desde nuestro cuerpo y nuestros sentidos, desde nuestra libertad o esclavitud, desde la siempre azarosa historia de nuestro individual destino, desde el gozo y la desgracia, la miseria o la abundancia, el amor o el desamor, la luz o la ofuscación. El lenguaje envuelve a cada vida con la niebla surgida en el horizonte de aquellos que nos han hablado, que nos han iluminado o entontecido. Los lenguajes que, desde niños, han llegado a nuestra sensibilidad e inteligencia pueden habernos encerrado en una jaula de hierro de la que nunca podremos ya salir".

Pongan ustedes en relación lo dicho por el profesor Lledó con las pronunciadas por otro ilustre profesor, esta vez de la Universidad de Chicago, George Steiner, y tendrán completado el círculo de lo que con escasa pericia y fortuna estoy intentando transmitir. Dice Steiner sobre la función de la universidad en su libro "Errata. El examen de una vida" (Siruela, Madrid, 1999): "Una universidad digna es sencillamente aquella que propicia el contacto personal del estudiante con el aura y la amenaza de lo sobresaliente. Estrictamente hablando, esto es cuestión de proximidad, de ver y de escuchar". Y continúa poco más adelante: "Una vez que un hombre o una mujer jóvenes son expuestos al virus de lo absoluto, una vez que se ven, oyen, huelen la fiebre en quienes persiguen la verdad desinteresada, algo de su resplandor permanecerá en ellos. Para el resto de sus vidas y a lo largo de sus trayectorias profesionales, acaso absolutamente normales o mediocres, estos hombres y estas mujeres estarán equipados con una suerte de salvadidas contra el vacío".

Hace cinco años, por estas fechas el Museo del Prado de Madrid y el Albertinum de Dresde organizaron conjuntamente una exposición de escultura clásica, "Entre dioses y hombres", que tuvo una excepcional acogida. ¡Qué magnífica excusa para una escapada de fin de semana!, pero no pudo ser... Para compensarme de ello el profesor Lledó escribió un hermoso artículo titulado "Lo bello es difícil", en el que glosa la impresión recibida al visitar la exposición. Toda una celebración de la vida y del goce de mirar a través del asombro del arte, el amor a la verdad, la sensibilidad de la mirada y las ansias de libertad, que comienza su artículo con estas emocionadas y emocionantes palabras: "Al entrar en el Prado para recorrer con la mirada la exposición, no podemos por menos de recordar una palabra maravillosa de las muchas que hemos heredado de la cultura griega y que, espero, no se nos vayan olvidando. Esa palabra es el "asombro" (thaumasía). Parece que fue esta extrañeza ante los misterios del mundo, ante la armonía de los astros, ante la luz y la belleza que podían mostrarnos, lo que provocaba ese asombro. Asombrarse suponía descubrir lo "otro" y saber establecer esa distancia que nos permite entender. Si vivimos saturados de entorno, aplastados de noticias que no queremos o no podemos discernir; si no sabemos intuir esa lejanía necesaria para mirar, para entrever, incluso para tocar lo que nos rodea, estamos en el camino, en el mal camino, de perder la sensibilidad y, por supuesto, la inteligencia. Fue el asombro, la distancia, el no querer dar por hecho nada de lo que observábamos, lo que originó, decían los griegos, la filosofía, o sea, la curiosidad, el apego, la necesidad y la pasión por entender y entendernos". 

No dejen de leerlo, que merece la pena. Y sean felices, por favor. Y como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt




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domingo, 5 de enero de 2014

Teoría literaria del caos



Los físicos y otros científicos explican la "teoría del caos" como aquella que ante sistemas dinámicos muy sensibles a las varaciones en las condiciones inciales puede implicar grandes d¡ferencias de comportamiento futuro en las partículas que los componen, imposibilitando con ello el hacer predicciones fiables a largo plazo. Todo ello, sin embargo, no implica que otros científicos igual de serios que los primeros sostengan que ese comportamiento pueda ser determinado de antemano si se conocen sus condiciones iniciales.

¿Somos los humanos y las sociedades que hemos ido conformando a lo largo de la historia autónomos en nuestros actos o meras partículas de movimientos impredecibles a largo plazo en función de las circunstancias? Nuestro gran filósofo Ortega y Gasset lo definió bastante bien, a mi juicio, cuando dijo aquello de: "yo soy yo y mi circunstancia". O lo que es lo mismo: que sí, pero no...

Cuando todo se derrumba a nuestro alrededor, y la confusión y el desorden se apoderan de nosotros y de nuestro entorno, conviene mantener la calma. A veces no sirve de nada, o no de mucho. Pero tampoco vamos a resolver la situación si no nos paramos a reflexionar; en algo deberíamos diferenciarnos de las partículas (físicas y químicas) que nos componen...

Pero hoy voy de literatura, no de física, química, sociología o política; para variar, que siempre cansa estar escribiendo sobre lo mismo. Hoy lo hago de literatura, de italiana, y para ser más concreto de la novela "Caos calmo" (Anagrama, Barcelona, 2008) de Sandro Veronesi (Florencia, 1959), una excepcional novela, ganadora del Premio Strega, el más prestigioso de las letras italianas, que también ha sido llevada al cine por Antonello Grimaldi, e interpretada por Nanni Moretti. La leí hace cinco años de un tirón, tal día como mañana; uno de esos regalos de Reyes que se agradecen sin palabras. El título me desorientó en principio, así que tuve que buscar en el diccionario de la RAE lo de "calmo". Pensé que era un defecto de la traducción, pero no, es correcto.  

La trama argumental es sencilla: Un joven ejecutivo milanés, directivo de una cadena de televisión, salva de morir a una desconocida que está a punto de ahogarse en la playa justo en el momento en que su mujer muere a pocos metros de él de un derrame cerebral. Tras las exequias, viudo, y con una hija de diez años, acompaña a la niña a su colegio en el primer día de clase tras las vacaciones veraniegas, y en un gesto de amparo hacia ella -seguro de que la tensión por la pérdida de la esposa y madre tiene que estar a punto de explotar para ambos- decide esperarla todo el día a las puertas del colegio. La situación se repite, al día siguiente, y al otro, y al otro... Con su coche como oficina, aparcado junto al colegio de la niña, el protagonista se convierte sin desearlo ni esperarlo, en el centro de una trama de intereses contrapuestos entre dos grandes multinacionales de la comunicación que se encuentran en proceso de fusión... Pero el dolor por la ausencia, esperado, temido y ansiado, no llega; ni a él ni a su hija. Y mientras pasan las semanas y los meses, y la situación y los personajes que van apareciendo: una cuñada, un hermano inmensamente rico y famoso, la mujer salvada por el protagonista, un padre ausente, compañeros de trabajo, vecinos, amigos, un niño autista, y jefes poderosos e implacables, van pasando por el coche aparcado junto al colegio, como si fuera un confesionario o el despacho de un psicoanalista... Así, hasta que en un sorprendente final, su hija, con un solo gesto de madurez, le hace volver a la realidad... 

De todas maneras una reseña mucho más elaborada de la novela la pueden leer en la crónica que de la misma publicó en Revista de Libros (Diciembre, 2008) la profesora titular de Filología italiana en la Universidad de Castilla-La Mancha, María J. Calvo Montoro, titulada "Lo reversible de la vida". Ella fue la que me animó a pedírsela a los Reyes Magos; si están a tiempo, les animo a que hagan lo mismo. Seguro que la disfrutan. 

Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt




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jueves, 2 de enero de 2014

La "Hannah Arendt", de Margarethe von Trotta: algo más que una película


Termino el año 2013 viendo la película "Hannah Arendt" (2013) de la cineasta alemana Margarethe von Trotta, interpretada magistralmente por Barbara Sukova. Una buena forma de despedirlo, gracias a mi hija Ruth que me prestó el vídeo.

De Hannah Arendt (1906-1975) como figura histórica he escrito tantas veces en el blog que me abruma citarla de nuevo. Hasta el seudónimo con el que firmo las entradas del mismo y escribo en las redes sociales se lo debo a ella. Asi pues, no insisto.

De las numerosas críticas que ha merecido la película, y la persona de Hannah Arendt, destaco la de Fernando Mires en su blog "Polis", del pasado 21 de diciembre. Y en este otro enlace pueden ver avances de la misma bajados de Youtube. Me animo a sugerirles que los exploren, y con especial interés les recomiendo vean este de un sacerdote que hace crítica cinematográfica desde la página electrónica del arzobispado de Barcelona.

¿Y HArendt no va opinar sobre la película?..., se preguntará alguno. Pues sí, como no, aunque mi criterio no tenga la menor relevancia. Y lo primero que me gustaría decir es que no es una película biográfica al uso, y que sospecho no van a entenderla ni disfrutarla quienes no conozcan, siquiera someramente, la peripecia vital e intelectual de la gran pensadora norteamericana de origen judeo-alemán y el impacto que su crónica sobre el secuestro, proceso y ejecución del nazi Adolf Eichmann por Israel (1960-1962) produjo en todo el mundo.

La película de Margarethe von Trotta se centra, precisamente, en la recreación de la génesis de esa crónica por parte de la profesora Hannah Arendt, a quien la prestigiosa revista literaria norteamerica "The New Yorker", le encarga que siga y escriba sobre el proceso de Eichmann en Jerusalén, su posterior conversión en libro, y la tremenda reacción que el mismo provocó en los ambientes judíos norteamericanos, europeos (especialmente alemanes), y por supuesto, israelíes. Como es sabido, hablamos de su "Eichmann en Jerusalén. Un ensayo sobre la banalidad del mal" (Lumen, Barcelona, 1999).

Pero hay más cosas en la película que la hábil mano de Margarethe von Trotta y la inconmensurable actuación de Barbara Sukova, matizan y exponen; o exponen y matizan... Aun centrada como decía antes en un momento concreto de la vida de Hannah Arendt, la película deja claramente al descubierto las grandes pasiones que Arendt mantuvo a lo largo de toda su vida: su insobornable vinculación a sus amigos, a la verdad de los hechos, a la búsqueda del comprender, y a la verdad, sobre todo a la Verdad, pese a quien pese.

Sobre el amor a sus amigos, a las personas concretas por encima de ideologías y enfrentamientos o desencuentros, la película muestra escenas memorables, como los "flashbacks" de su primer encuentro, y de los posteriores muchos años después, con el que fue el gran amor de su vida, el filósofo Martin Heidegger. De la pasión por su segundo marido, Heinrich Blücher. De su amistad nunca alterada por Mary McCarthy, que se convirtió a su muerte en su albacea testamentaria. Del doloroso desencuentro con los intelectuales judíos a causa de su libro, sobre todo, por lo que en él había de crítica a la labor que los Consejos Judíos, órganos creados por las autoridades nazis, que colaboraron en la ejecución del Holocausto. Y sobre todo, en la visión de Eichmann no como una figura que encarnaba el Mal, sino como un producto banal, un engranaje más de la horrenda consecuencia del totalitarismo sobre la sociedad, que anula lo que de humano queda en la persona para convertirla en una simple máquina de obeceder órdenes. Disfrútenla si tienen ocasión.

Una última recomendación, que lean este interesante artículo de Jordi Ibáñez, profesor de Estética y Teoría de las artes en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, titulado "Amistad y amor mundi: la vida de Hannah Arendt" (Revista de Libros, febrero 2008) antes de ver la película. Y después de que la hayan visto y disfrutado se animen a leer las sendas biografías de Arendt, la de Elisabeth Young-Bruehl (Alfons el Magnànim, Valencia, 1993) y la de Laure Adler (Destino, Barcelona, 2005), que el profesor Ibáñez les recomienda. Yo lo había hecho antes de su recomendación, y les aseguro que merecen la pena ambas.

Y sean felices, por favor. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt




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¡Feliz Año Nuevo! ¡Adiós, Filosofía!


Quitan la filosofía de la enseñanza obligatoria española, y que puedan y les dejemos, de la universitaria... Lo extraño es que extrañe... La filosofía enseña a pensar. Luego hacer que nuestros jóvenes dejen de pensar es una baza política de primer orden intencional. ¿No querían caldo?, ¡pues ahí tienen dos tazas! ¿Para qué queremos filosofía y libros teniendo "whatsapps" que piensan por nosotros?

Mi paisano, el escritor canario Juan Cruz, escribe hoy en El País sobre ello. Ambos tuvimos como profesor a Emilio Lledó, el gran filósofo español, vivo, por suerte para nosotros. Resultaría agotadora la lista de pensadores españoles eminentes, por quedarnos solo con los nacionales. Por citar solo a los incordiantes, pueden repasar la que daba otro ilustre pensador, Menéndez y Pelayo, en su "Historia de los heterodoxos españoles". O la de todos los que tuvieron que emigrar tras la Guerra Civil a Europa o las Américas, en la "Historia crítica del pensamiento español", de José Luis Abellán, o padecieron evangélica "persecución de la justicia" por su funesta manía de pensar a lo largo de los últimos siglos (vuelta a Menéndez y Pelayo y Abellán), desde Prisciliano (siglo IV d.C.) a Ortega, Zubiri, Aranguren o Tierno, en el pasado XX.

¡Ah!..., pensar, conocer, preguntar... Tarea agotadora que dejamos a las máquinas. Dejémoslas que decidan también por nosotros. Lo cual no sería, al fin, tan malo, si las máquinas pensaran. El problema, como siempre, es "quién" está detrás. En España por ejemplo, detrás de la iniciativa de suprimir la filosofía (y la libertad de pensar y actuar, con ella) está el gobierno, y detrás del gobierno, el partido que lo sustenta; ¿Y detrás del PP, quién está?.. Perdonen un momento que le pregunto a mi "watchsapp" a ver si álguien me responde...

¡Feliz Año Nuevo a pesar del gobierno! Que el 2014 les traiga paz, amor, felicidad, dinero (sí, porqué no, también dinero) y pensamientos. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt



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jueves, 26 de diciembre de 2013

El mensaje del Rey, Navidad 2013


Como todos los años por estas mismas fechas traigo de nuevo al blog el mensaje navideño del Rey a los españoles. Y como hago siempre también, no lo comento. Traigo, eso sí, la crónica que escribe al respecto la analista política del diario El País, Anabel Díez. Y en este otro enlace del mismo diario pueden acceder ustedes a la lectura de las reacciones que el mensaje ha suscitado en instituciones, partidos y personalidades diversas.  

Dos profesores de la UNED, Manuel Herrera y Antonio Romero, escribían hace un año un artículo titulado "Las nuevas desafecciones políticas y la crisis de la ciudadanía social", dentro del volumen "Los nuevos problemas sociales. Duodécimo foro sobre tendencias sociales" (Sistema, Madrid, 2012), donde comentaban lo siguiente: "La democracia debemos cuidarla, y para ello resulta fundamental la confianza que las diferentes sociedades demuestran hacia los poderes del Estado de Derecho y su equilibrio. En definitiva, debemos dispensar una atención preferente a la necesidad de reconstruir la imagen pública de sus instituciones. Porque esas crisis de confianza en las instituciones centrales de la sociedad está asociada, sin lugar a dudas, con la satisfacción con la democracia existente en un país. La democracia no puede garantizar -dicen- que los ciudadanos serán felices, prósperos, saludables, sabios, pacíficos o justos. Alcanzar estos fines está más allá de la capesacidad de cualquier gobierno, incluido un gobierno democrático. Es más, en la práctica la democracia nunca ha llegado a alcanzar sus ideales. Como todos los anteriores intentos por conseguir un gobierno más democrático, las democracias modernas sufren también de muchos defectos. Sin embargo -añaden-, a pesar de sus imperfecciones nunca podemos perder de vista los beneficios que hacen a la democracia más deseable que cualquier otra alternativa factible a la misma".

Unas páginas más adelante, y en relación con el empuje secesionista de grupos étnicos particulares dentro de las modernas democracias, dicen citando a Dahrendorf: "Estos empujes hacia la auto-determinación nacional según las etnias son dañinos y representan un peligro para la ciudadanía. Sostiene (Dahrendorf) que la ciudadanía florece en los Estados nacionales que son heterogéneos en cuanto a las etnias y a las tradficiones culturales locales o particulares, mientras que desaparece en las naciones homogéneas y auto-determinadas, insistiendo -Dahrendorf, de nuevo- en la que las naciones son tribus de iguales, mientras que los Estados-nación son construcciones conscientes para el bien común, el "commonwealth". A partir de esto, se opone con fuerza a la idea de una "Europa de las regiones" que, a su juicio, sería una pésima fórmula que trasladaría a la tribu y al máximo de las provisiones, pero no a las titulaciones de ciudadanía".

Ahora, si han llegado hasta aquí, les ruego que vuelvan a leer el mensaje del Rey de España a sus conciudadanos. Estoy seguro de que percibirán más ajustadamente los importantes "matices" que el mismo encierra respecto a ocasiones anteriores y que el rey envía a quien debería escucharlos, sin faltar por ello a la estricta neutralidad partidista y política a la que su papel institucional le obliga.

Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt



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domingo, 22 de diciembre de 2013

Añoranzas del 68: "Sous les pavés, la plage"


¡Cuarenta y cinco años ya! ¡Cómo pasa el tiempo!... 1968 fue un año mítico para mí: por razones personales y por otras también personales -todas lo son si nos afectan- pero de otra índole.

Con mi madurez casi como quien dice recién estrenada, ese año había cumplido mi servicio militar en el regimiento de infantería "Inmemorial del Rey" (la más antigua unidad militar del mundo); había obtenido mi primera titulación universitaria; estrenábamos nuestra casa en Las Palmas donde aún vivimos; y nacía mi primera hija... Así que, a cubierto de todo temor, asistía emocionado a las revueltas estudiantiles en Berkely (California) y en otras universidades europeas que culminarían con la asonada casi revolucionaria de los estudiantes franceses de París, en mayo, que a punto estuvieron de acabar con la V República. Si no triunfó fue porque los sindicatos obreros se echaron para atrás; quizá -pensaron- "esto no va con nosotros". No estuve allí, pero casi... Al menos en espíritu sí que estuve...

De todo lo que se contó, se supo, se fabuló sobre aquel mítico "mayo del 68" del que no quedan ni cenizas, yo recuerdo con especial cariño dos anécdotas. La primera, la película "Soñadores" (2003), del realizador italiano Bernardo Bertolucci, con una sensacional y espléndida Eva Green, de la que los franceses, siempre tan suyos -algunas veces, con razón- dicen que tiene los senos más bellos del mundo...  La segunda, la que convirtió en lema oficioso de la revuelta estudiantil una pintada realizada con aerosol en la universidad de la Sorbona por un genial publicista anónimo: "Sous les pavés, la plage" (Debajo de los adoquines está la playa). 

La playa no apareció, pero los adoquines sirvieron para levantar una barrera infranqueable a la policía antidisturbios. Y cuando todo terminó, nunca más fueron repuestos..., por si acaso. ¿Qué queda del espíritu de "Mayo del 68"?, ¿acaso la "spanish revolution" de 2011? Me temo que nada o más bien poco, pero aun visto desde la distancia y el tiempo fue precioso. 

El novelista Andrés Trapiello escribía hace unos días un artículo en La Vanguardia titulado "Parad el mundo", lleno de nostalgia sobre aquellos momentos que algunos tuvimos la dicha de vivir, por simple fortuna de la edad. No solo queríamos parar el mundo para bajarnos, como decían las pintadas, sino para cambiarlo; también pretendíamos ser realistas pidiendo lo imposible, como decía otra; o encontrar la playa bajo los adoquines de París. No pudo ser, pero se intentó.

He seleccionadio dos cortísimos pero muy bellos avances (I y II) de la película "Soñadores" en los que la revuelta estudiantil parisina es solo el paisaje de fondo; les animo a verlos porque merecen la pena. Y perdónenme el ejercicio de añoranza de un tiempo pasado que quizá no fue ni mejor ni peor, pero que sí fue nuestro.

Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt


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sábado, 21 de diciembre de 2013

¡Felices Fiestas!, ¡Feliz Navidad!, ¡Feliz Solsticio!



A la hora exacta en que se publica esta entrada 
se produce el Solsticio de Invierno de 2013 
sobre las islas Canarias. 
¡Felicidades!..., a pesar de todo. 
¡Feliz Solsticio!, 
¡Feliz Navidad!, 
¡Felices Fiestas!... 
Que si no la abundancia de bienes materiales, 
al menos la paz reine en nuestros hogares 
y en los corazones de todas las personas 
de buena voluntad 
que habitan en esta casa común 
que es nuestro mundo, 
la casa de todos, 
aunque desgraciadamente 
sea más de unos que de otros. 
Sean felices, por favor; 
al menos no se avengüencen de intentarlo. 
Y como decía Sócrates, "Ιωμεν": Nos vamos. 
Tamaragua, amigos. 
HArendt




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jueves, 19 de diciembre de 2013

El día en que mataron a Carrero Blanco


Mañana hace 40 años. "En Madrid, el jueves día 20 de diciembre de 1973 amaneció nublado. El presidente del Gobierno español, don Luis Carrero Blanco, se disponía a iniciar una jornada más de trabajo". Así se iniciaba el libro que me ha servido para dar título a la entrada de hoy: "El día en que mataron a Carrero Blanco" (Planeta, Barcelona, 1974), escrito por Rafael Borràs, Carlos Pujol y Marcel Plans, apenas unos meses después del atentado de ETA que le costó la vida al presidente del gobierno. Una excelente y documentada fuente de información (más 400 páginas y numerosísimas fotografías) a pesar de las difíciles circunstancias del momento, que los autores definían como el suceso más importante desde el final de la guerra civil.

Dos recientes artículos en El País recrean el acontecimiento. El primero de ellos: "El cráter del Régimen", de Luis R. Aizpeloa, en el que entrevista simultáneamente al que fuera responsable de los servicios secretos españoles en el País Vasco, Ángel Huarte, y al exetarra Ángel Amigo, recreando paso a paso la preparación del atentado por parte de ETA; el segundo: "El guardian del orden de Franco", del historiador Julian Casanova, en que desmonta la leyenda creada en torno a la figura del almirante que se convirtió en "delfín" de Franco, en parte creada por el propio Carrero y por sus aliados del "Opus Dei", con López Rodó a la cabeza, mortalmente enfrentados al sector "azul" del Régimen, que representaban figuras como Fraga o Solís, por el control del aparato del poder a la hora de la muerte del dictador que se auguraba próxima. Y en el mismo diario, Josep Ramoneda, en un artículo titulado "Pequeñas historias con importancia", revela las confidencias que sobre el atentado le hicieron en su día el rey Juan Carlos y el que fuera ministro del Interior en el gobierno de Suárez, Rodolfo Martín Villa.

Los días que siguieron al magnicidio supusieron una involución en las escasas posibilidades de transformación pacífica del franquismo en una democracia que se atisbaban en aquellos momentos. El nombramiento de Carlos Arias como sucesor de Carrero, en lo que se conoce, a causa de las presiones en su favor del círculo familiar de Franco, y que era ministro de la Gobernación en el momento del atentado y por lo tanto responsable del aparato de seguridad del Régimen, no presagiaban nada en favor de ello.

¿Qué hubiera pasado si Franco hubiese designado presidente del gobierno a Fernández-Miranda, vicepresidente del gobierno con Carrero, y representante del ala "aperturista" del Régimen en lugar de a Arias Navarro? Eso es ya historia-ficción... Como lo es también, en este caso, la enigmática frase que Franco pronunciara, echando mano del refranero tradicional, tras la muerte de Carrero: "No hay mal que por bien no venga".

Al contrario de otros acontecimientos históricos vividos por mí, no guardo ningún recuerdo especial de aquellos días de zozobra: de alegría para algunos, los menos; de miedos, los más, para otros. Recuerdo que estaba de vacaciones pues siempre dejábamos mi mujer y yo dos semanas de las mismas para Navidades, y aquel día nos visitaba en nuestra casa en Las Palmas, un amigo de la infancia y su mujer, de vacaciones en Gran Canaria. Un dato curioso: ese amigo era -le he perdido la pista por completo- comisario de policía en Madrid. A mi mujer y a mí nos llamó la atención que no se reincorporara a su puesto inmediatamente y que no mostrara la menor preocupación por el atentado... ¿Teorías conspiratorias?, no seré yo quién juegue a eso, y menos a estas alturas de la historia. Tampoco los entrevistados en el reportaje citado más arriba creen en ella. 

Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates: "Ιωμεν", vámonos. Tamaragua, amigos. HArendt




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martes, 10 de diciembre de 2013

De izquierda a derecha: las diferentes perspectivas de la política


Preguntarle a nuestros líderes políticos locales y nacionales que si leen a Friedrich Hayek, Milton Friedman, Isaiah Berlin, Hannah Arendt, John Rawls o Francis Fuyumana, por mencionar únicamente a algunos de los pensadores políticos contemporáneos que se citan profusamente en el artículo que comento, parece más ingenuidad que otra cosa. A ellos, desde luego, no creo que les parezca necesario, aunque si lo hicieran quizá, solo quizá, nos evitaríamos espectáculos tan lamentables como los que nos ofrecen a diario. Por citar un caso local, el del parlamentario canario que pidió la prohibición de la entrada de inmigrantes en Canarias y el control del índice de natalidad de las mujeres canarias, aunque no explicó si eso se haría por la fuerza -como en China-, la persuasión, o mediante alicientes económicos, por ejemplo, con ayudas a las que "menos" hijos, o ninguno traigan al mundo y penalizando a las familias numerosas. Toda una lumbrera política el caballero...

Más posible, aunque difícil de evaluar, es que les suenen los nombres de otros pensadores políticos contemporáneos, ya archivados en el baul de los recuerdos, como Karl Marx (al que todos citan pero ninguno ha leído), o John Maynard Keynes (ahora redescubierto y añorado por los mismos que llevan detestándole desde hace medio siglo). Y por supuesto, seguro que les suenan muy muy lejanos, si es que han oído hablar de ellos y no piensan que eran seres mitológicos, los nombres de Rousseau, Voltaire, Smith, Burke, Condorcet, Godwin, Paine, Robespierre, D'Holbach, Hamilton, Jefferson, Tocqueville o Monstesquieu, todos ellos protagonistas de la Ilustración, que a lo largo del siglo XVIII dieron forma a la idea de lo que hoy son las democracias modernas, siguiendo la estela que veinte siglos antes iniciaron Platón,  Aristóteles, Ciceron y otros. Sería mucho pedir, ya lo se... Y ya sabemos todos que los Reyes Magos no existen.

El artículo que traigo a colación y que acabo de releer se publicó en Revista de Libros en su número de diciembre de 2008 y estaba escrito por el profesoy y economista, y ahora gobernador del Banco de España, Luis María Linde, comentando el libro del profesor Thomas Sowell "A Conflict of Visions. Ideological Origins of Political Struggles" (reeditado por Basic Book, Nueva York, 2007), del que hay una edición previa en español titulada "Conflicto de visiones" (Gedisa, Buenos Aires, 1990). El artículo de Linde llevaba el título de "Los occidentales y sus visiones políticas", y pueden leerlo en el enlace anterior. 

Para el profesor Linde, la tesis central del libro de Sowell, profesor de Economía de la  Universidad de Stanford (California), es la de que las luchas políticas de los últimos dos siglos -especialmente entre capitalismo y socialismo, o entre democracias liberales y dictaduras autocráticas o de partido- componen un bosque, en el que sus árboles, aparentemente tan variados, pertenecen, en realidad, sólo a dos especies –aunque hay ejemplares híbridos–, y que para entender lo que hay en ese bosque, cómo se desarrollan y crecen los árboles, cómo compiten unos con otros, hay que entender la naturaleza de esas dos únicas especies y de las raíces que sustentan el bosque entero.

Para Sowell, dice Linde, en el origen de las luchas políticas desarrolladas, primero, en Europa y, después, en todo el mundo desde finales del siglo XVIII, están las que el profesor norteamericano denomina visión "constrained" ("restringida", "condicionadas", también con significado de "trágica", "pesimista"), y la visión «unconstrained» ("no restringida", "utópica", "optimista" o "tradicional"). Las visiones son, según Sowell, como «mapas» que nos ayudan a transitar por la realidad, a superar nuestras perplejidades. Las visiones políticas «no son sueños, ni esperanzas, ni profecías, ni imperativos morales, aunque cualquiera de tales cosas pueda surgir de una visión determinada. Una visión es un sentido de causación» y, por ello, las visiones son el fundamento sobre el que se construyen las teorías. Las visiones acerca de la sociedad y su funcionamiento, además de inspirar pensamiento y acción política, son importantes en sentido individual porque nos ayudan a formar opiniones y adoptar posiciones en materias en las que somos ignorantes.

La discusión política en la que, para Sowell, se sustanciaron las dos visiones opuestas que han llegado hasta hoy se desarrolló en las últimas cuatro décadas del siglo XVIII y sus principales protagonistas fueron cinco, ahora diríamos, «intelectuales»: Rousseau, el más viejo de todos ellos (1712-1778), Adam Smith (1723-1790), Edmund Burke (1729-1797), Antoine-Nicolas Condorcet (1743-1794) y William Godwin (1756-1836), el más joven, que publicó su aportación principal, su "Enquiry Concerning Political Justice", en 1793, aunque Thomas Paine había publicado, en lo que ya eran los Estados Unidos de América, en 1791, "The Rights of Man", anticipándose a varias de sus ideas. Sowell considera a Rousseau, Condorcet y Godwin los principales exponentes de la visión utópica, y a Smith y Burke los principales exponentes de la visión tradicional. Otros políticos, escritores y «filósofos» participaron en este gran debate: puede citarse, en el campo de la visión utópica, a Robespierre, el primer ideólogo del terror como método de acción política, y a D'Holbach (1723-1789), por su defensa del ateísmo y del materialismo; en la visión tradicional estaría Alexander Hamilton (1755-1804), por su aportación a la defensa del gobierno limitado y del equilibrio entre poderes. Aunque el enfrentamiento entre ambas visiones ha seguido vivo hasta nuestros días, la única aportación moderna que destaca Sowell es la de Friedrich Hayek.

Lo que resulta decisivo para caracterizar ambas visiones es –afirma Sowell– lo que él llama el "locus of discretion", el «lugar» en el que se toman o se producen las decisiones, y el "mode of discretion", la forma en que se toman las decisiones. En la visión utópica, las decisiones sociales se adoptan deliberadamente por representantes o encarnaciones [en inglés, "surrogates"; éste es el "locus of discretion"] de la sociedad, sobre bases explícitamente racionalistas [éste es el "mode of discretion"]; en la visión tradicional, las decisiones sociales se desenvuelven y se hacen efectivas a partir de decisiones individuales que persiguen fines privados, sirviendo al bien común sólo como consecuencia de las características de los procesos sistémicos, independientemente de las intenciones de los individuos, tal y como ocurre, por ejemplo, en los mercados competitivos.

Aunque Sowell reconoce que la visión utópica está «en su casa en la izquierda política», afirma, a la vez, que la existencia de visiones inconsistentes o híbridas, como el marxismo, el utilitarismo o la ideología libertaria hacen que no pueda, sin más, equipararse visión tradicional a «derecha» y visión utópica a «izquierda». El marxismo es el epítome de la izquierda política, pero no de la visión utópica que domina la izquierda «no marxista»; para muchos, el fascismo –cuya visión es, en varios sentidos, utópica (Hayek defendió siempre la caracterización del nacionalsocialismo hitleriano como «socialismo»)– es el más claro ejemplo de «extrema derecha»; y la ideología libertaria, que muchos consideran derecha extrema, al menos en sus propuestas económicas, es incompatible, dice Sowell, con la función de los procesos sociales sistémicos en la visión tradicional.

Para mostrarlo, Sowell concluye su libro tratando de las diferencias que ambas visiones mantienen en torno a tres grandes ejes del debate político actual: la igualdad, el poder y la justicia.

Sobre la la igualdad, en palabras de Burke, que cita Sowell, «todos los hombres tienen iguales derechos, pero no a cosas iguales», una idea que parece idéntica a esta otra de Hayek: «Ser tratado igual no tiene nada que ver con la cuestión de si la aplicación de la ley en una situación particular puede llevar a resultados que son más favorables a un grupo que a otros». Para la visión tradicional de Burke y Hayek, la igualdad que debe buscar y lograr la acción política no es la igualdad de resultados, sino la de las oportunidades, entendida como «igualación de las probabilidades de alcanzar ciertos resultados [...] ya sea en educación, en empleo o ante los tribunales». Para la visión utópica, por el contrario, la igualdad que debe perseguir y lograr la acción política es la igualdad de resultados. Además, para algunos partidarios de la visión utópica, la reivindicación de igualdad puede llegar muy lejos, porque puede aspirar a compensar incluso aquellas diferencias que no se deben a las instituciones sociales o al medio familiar, sino al azar genético. Así, Condorcet defendía hace ya dos siglos que «tienen que mitigarse incluso las diferencias naturales entre los hombres», una idea que ha obtenido apoyo en nuestros días y que es uno de los motores de la «corrección política», tanto en Estados Unidos como en Europa.

Las dos visiones entienden de modo diferente el origen y significado del poder económico y político, añade Sowell, pero también el uso de la fuerza, la guerra, la ley y su aplicación, el crimen y su castigo. La visión utópica entiende la guerra y el crimen y, en general, el uso de la fuerza como desviaciones, fallos o perversiones del uso articulado de la razón. Para Godwin, por ejemplo, la guerra era una consecuencia de las instituciones políticas en general y, más específicamente, de las instituciones no democráticas, mientras que el crimen era imposible en ausencia de influencias sociales o razones individuales (problemas psiquiátricos, por ejemplo) impuestas, por así decir, a los individuos, porque «es imposible que un hombre cometa un crimen en el momento en que pueda verlo en toda su enormidad»: basta con localizar las causas de los males para combatirlas y eliminarlas, dando así una «solución» al problema. En el polo opuesto, los partidarios de la visión tradicional no creen que haya que buscar causas para el crimen o para la guerra fuera, simplemente, de la naturaleza humana: «Las personas cometen crímenes porque son personas, porque ponen sus intereses y sus egos por encima de los intereses, sentimientos y vidas de los demás». La guerra y el crimen son consecuencia inevitable de la naturaleza humana; los fallos pueden estar en los incentivos que generan ley y orden, porque el uso de la fuerza –legítima o criminal, individual o a través de la guerra– puede ser racional desde el punto de vista de los que esperan obtener beneficios, individuales o colectivos, con ella.

Finalmente, en cuanto a la «justicia social», la oposición entre ambas visiones es absoluta. Sowell señala que Godwin, en su "Enquiry Concerning Political Justice", de 1793, ya definió lo que la visión utópica entiende, hoy, por «justicia social»: el deber de cada ser humano de atender a las necesidades de los demás y lograr, en lo posible, su bienestar, un deber moral individual que se traduce en la esfera pública y política en el deber de los gobernantes de actuar sobre los derechos de propiedad, que Godwin consideraba fundamentales, pero subordinados al logro de lo que él llamaba «justicia política». Pero, igual que ocurría al comparar la posición de ambas visiones respecto a la igualdad, tampoco se trata aquí de que unos tengan sentimientos morales o humanitarios más desarrollados que otros, que unos sientan más compasión por las desgracias ajenas que otros: «Lo que distingue a la visión utópica no es que prescriba que nos preocupemos humanamente por los pobres, sino que considera que la transferencia de beneficios materiales a los menos afortunados no es simplemente una cuestión de humanidad, sino una cuestión de justicia».

Para Hayek, el concepto de justicia social «no pertenece a la categoría del error, sino que carece de sentido» porque –afirma– los procesos sociales sistémicos no son ni justos ni injustos. Hayek cree que el objetivo de la justicia social –lograr mediante la acción política una distribución del ingreso preconcebida y tendente a la igualdad– exige la puesta en marcha de procesos «que pueden destruir la civilización», porque «[el concepto de justicia social] socava y, en última instancia, destruye el imperio de la ley».

"A Conflict of Visions" de Sowell -concluye Linde- no pretende ser una historia de las ideas políticas aunque, indirectamente y de manera diferente a la tradicional, también lo sea, ni un relato sobre la vida y las ideas de los escritores y filósofos que han ido poniendo los jalones de esa historia desde el siglo XVIII, ni una descripción de los sistemas políticos y sus engranajes parlamentarios, electorales o partidistas. Tampoco es un intento de síntesis, ni trata de conciliar o «superar» ideologías diferentes u opuestas; evita, incluso, criticar o dar argumentos a favor o en contra de ninguna de las dos visiones. Aunque sabemos que sus simpatías están más cerca de la visión tradicional que de la utópica, Sowell hace un esfuerzo bastante deportivo para tratar de explicar cómo puede entenderse y justificarse la adhesión a cada una de ellas y los límites que las dos visiones reconocen a su propia eficacia o validez.

Lo que se discute es, en definitiva, cuáles son los límites y las posibilidades de la acción política en el marco de los límites y posibilidades de la acción humana individual y colectiva, porque, si las visiones diferentes son la raíz de posiciones políticas opuestas, las diferencias sobre cuáles son esas posibilidades son, a su vez, la raíz de las diferentes visiones políticas.

He intentado con la mejor voluntad, y muy probablemente sin acierto, reseñar los fragmentos más interesantes del artículo del profesor Linde, reproduciéndolos casi literalmente, pero nada puede sustituir a la lectura del texto completo del mismo. 

No tengo una concepción elitista de la política, pero sí creo en la democracia representativa. La política la tienen que hacer los políticos, al igual que la medicina la practican los médicos y las carreteras las construyen los ingenieros (y los obreros), sin perjuicio del control de sus actividades (las de los políticos) por el pueblo. Para los que sentimos pasión por la "teoría política", como digo en la presentación de mi blog, -casi en el mismo plano que por la familia, la conversación amigable, el paseo, el café y el güisqui "Jack Daniels"-, la lectura de artículos tan interesantes como el publicado por el profesor Linde en Revista de Libros nos compensa sobradamente de las insustanciales y aberrantes barbaridades que a diario sueltan la mayoría de nuestros políticos por sus bocas, afianzándonos en la esperanza de una sociedad mejor, con una clase política más formada y con una ciudadanía más consciente de su poder. 

Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates: "Ιωμεν", vámonos. Tamaragua, amigos. HArendt



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lunes, 9 de diciembre de 2013

65.º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos


Vilipendiada por muchos, ignorada por más, y violada por los poderosos, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada tal día como mañana de hace sesenta y cinco años por la Asamblea General de las Naciones Unidas, sigue siendo el referente ético y moral de la Humanidad por encima de fracasos, desaciertos e incomprensiones. 

Son sus antecedentes directos la Declaración de Derechos de Virginia, de 1776, y la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano, de 1789, en plena revolución francesa. 

Naciones Unidas celebró su 60 aniversario, en 2008, con una página electrónica cuya visita y recorrido recomiendo encarecidamente por su gran interés. 

Les invito igualmente a visitar la página electrónica de Amnistía Internacional (España): la mayor organización no gubernamental del mundo centrada en la defensa de los Derechos Humanos y a colaborar en esa defensa en la medida de sus posibilidades, no necesariamente económicas. Y en este enlace pueden ver si lo desean el vídeo que dicha organización realizó con motivo del 60.º aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates: "Ιωμεν", vámonos. Tamaragua, amigos. HArendt





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domingo, 8 de diciembre de 2013

¿Y la reforma de la justicia para cuándo?


A pesar de la quema que el gobierno del PP está haciendo en todas las instituciones del Estado: desmantelándolas, desvirtuándolas, incapacitándolas para ejercer correctamente su función al servicio de la sociedad (la última, la limpieza étnico-ideológica de la Agencia Estatal de Administración Tributaria), el cáncer que corroe de arriba a abajo la democracia española no es la institución monárquica, que la preside, y que cumple con absoluta normalidad, eficacia y discreción el papel que la Constitución le otorga; tampoco lo es su régimen autonómico, manifiestamente mejorable, pero que ha devuelto a los territorios y pueblos de España un protagonismo que nunca debieron perder; ni sus fuerzas armadas, que se han ganado con sus misiones de paz (y de guerra) bajo el amparo de las Naciones Unidas y demás organizaciones internacionales el respeto y la admiración de su pueblo; ni los partidos políticos, sindicatos y organizaciones empresariales, sin cuya existencia la situación estaría aún peor de lo que está; ni sus administraciones públicas, quizá sobredimensionadas, pero con un satisfactorio grado de eficiencia...

El cáncer terminal de la democracia española es la corrupción generalizada, amparada desde el poder, si no alentada por él, que no encuentra freno y contrapartida eficaz en un sistema judicial anquilosado, burocratizado, decimonónico, ineficaz, y por si le faltara algo, y como se acaba de ver con la elección a dos de su órgano jerárquico, partidista y corporativo, aunque esto último sea un mal endémico característico de los altos cuerpos funcionariales españoles, y los jueces lo son, con preeminencia. 

Desde luego no son ellos, los jueces, los únicos responsables de la situación, aunque casos como el del juez de Murcia que ponía a Dios (su Dios) por encima de las leyes que estaba obligado a cumplir y hacer cumplir; el del irresponsable juez de Sevilla cuyo desastre organizativo costó la vida de una niña; o las defectuosas sentencias que han motivado el varapalo del Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre la "doctrina Parot", nos hagan dudar de la clase de elementos a los que el pueblo español confía la misión de ejercer el poder judicial del Estado.

¿Sería mucho pedir que gobierno y oposición se pusieran de una vez por todas de acuerdo en abordar la reforma en profundidad de la justicia española y no solo para repartirse su órgano de gobierno?

Lo que sigue son opiniones personales del que suscribe y, lógicamente, criticables, pero entiendo que en esa hipotética reforma hay algunas cuestiones que deberían de estar ya, a estas alturas, meridianamente claras para todos:

1.- La misión de los jueces no puede seguir siendo la de instruir procedimientos. Los jueces están para juzgar y hacer ejecutar lo juzgado, para hacer que se cumpla la ley, y para proteger los derechos de las partes, incluyendo los de los acusados. Y los fiscales, a investigar, instruir y a poner ante los jueces, en nombre del pueblo, a los que infrinjan la ley.

2.- Todos los procesos de ámbito penal, y aquellos civiles en que por la relevancia o el cargo de los implicados o por la cuantía económica en litigio así lo determine la ley, deberían ser resueltos por el procedimiento del jurado, con la única obligación por parte de éste, de decidir, por su propio concurso, sobre la culpabilidad o inocencia del acusado.

3.- Todos los tribunales colegiados, en especial las Audiencias Provinciales, y los Tribunales Superiores de Justicia de las Comunidades Autónomas y el Tribunal Supremo deberían reconvertirse en tribunales unipersonales.

4.- Los Tribunales Superiores de Justicia de las Comunidades Autónomas deberían ser los órganos de casación y apelación en última instancia en cuanto se refiera al Derecho emanado de la propia Comunidad Autónoma. En cada uno de esos Tribunales existiría una sala, colegiada, encargada de dilucidar los recursos de revisión, contra sentencias de los órganos unipersonales del propio Tribunal Superior de Justicia, y de la unificación de doctrina sobre sentencias emanadas del Derecho propio de la Comunidad.

5.- Al Tribunal Supremo de Justicia le correspondería la misma función que a los TSJ de las Comunidades Autónomas, pero únicamente en lo que respecta al Derecho emanado de los órganos del Estado.

6.- La ley debería determinar taxativamente en que casos y bajo cuales circunstancias las sentencias de los órganos jurisdiccionales son recurribles ante los órganos jurisdiccionales superiores. 

¡Qué!, ¿nos ponemos a ello?... Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates: "Ιωμεν", vámonos. Tamaragua, amigos. HArendt



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sábado, 7 de diciembre de 2013

Sobre el fastidio de España y la genética de los españoles


En la entrada de hoy, como es uso y costumbre de un servidor, voy a mezclar churras con merinas trayendo a colación lecturas antiguas y recientes, serias y menos serias, personales y universales, para tratar un tema tan antiguo como es de la propia existencia de España y de los españoles: el de su esencia íntima, su fastidio generalizado a admitirse como son, a no aceptarse como tales, y sobre todo la ignorancia supina que mantienen sobre su propio origen genético. 

En resumen, sobre el inacabable debate en torno al "Ser de España". Y lo hago no para rebatir argumentos en contrario de los que dicen que España es un asco, o que no es una nación, o que los españoles somos un pueblo de borregos, o que "este" país nuestro no tiene solución, etc., etc., etc. No voy a molestarme en rebatir esas opiniones porque no son mas que eso, opiniones. Tampoco pretendo demostrar nada, ni a favor ni en contrario de esas tesis; si acaso, al que sea capaz de terminar de leer esta entrada, que le quede al menos la quisicosa de tener que admitir la posibilidad de que no seamos tan distintos como suponemos, ni tan desastre como país y pueblo respecto de cualquier otro pueblo o país de Europa o del mundo de los que han pasado por él (por el mundo) a lo largo de la historia. Si me permiten el atrevimiento, les animo a la lectura de dos ensayos al respecto: "El secreto de España" y "La novela de España. Los intelectuales y el problema español", de los historiadores Juan Marichal y Javier Varela, respectivamente, y ambas publicadas por Taurus (Madrid, 2008).

Para los lectores "no españoles" del blog les aclaro la expresión anterior de churras y merinas, que forma parte del refranero nacional, y que alude a la inconveniencia de mezclar cuestiones distintas en un mismo debate, al igual que no debían mezclarse churras y merinas en un mismo rebaño; ambas son dos tipos o razas de ovejas españolas históricamente dedicadas a la producción de carne y leche, las primeras; y de lana, excelente lana, origen de la expansión del comercio castellano durante siglos, las segundas.

Comencemos por la genética. El país que hoy conocemos como España, situado en la península ibérica, en el extremo sudoeste de Europa, ha sido colonizado y habitado por pueblos diversos a lo largo de los siglos, pueblos que han dado a su nueva patria nombres también diversos. Tras sus primeros pobladores conocidos, los iberos y los celtas, fenicios y cartaginenses la conocieron como Ispani; los griegos la dieron el nombre de Iberia; romanos y visigodos el de Hispania; los judíos, que llegaron a ella en el siglo III a.C., le dieron el nombre de Sefarad; y por último, los musulmanes, el de al-Andalus. A partir del siglo XIII d.C. los reinos cristianos del norte de la península, en contraposición a los musulmanes del sur, considerándose herederos directos del reino visigodo, le dan ya el nombre de España al conjunto de los reinos que la ocupan.

Todos ellos se fueron asentando e integrando en el territorio peninsular y mezclándose con la poblaciones anteriores. Así ocurrió entre romanos e iberos, y entre visigodos e hispanorromanos. La invasión musulmana propicia una conversión masiva de la población aborigen al islam, quedando como únicos reductos cristianos la cornisa cantábrica y los pirineos.

Aunque los historiadores no se han puesto de acuerdo en el número de los judíos españoles, se supone que a finales del siglo XV podían ser unos 400.000. Es el momento en que los reyes católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, decretan la conversión forzosa de los judíos al catolicismo, y la expulsión inmediata para los que no lo hagan, con confiscación de todos sus bienes y propiedades. Aproximadamente la mitad del total de los judíos españoles optan por el exilio.

Cien años más tarde, Felipe III ordena la expulsión tajante y definitiva de los moriscos de todo los territorios de la Corona. Los moriscos eran los cristianos de origen musulman que se habían convertido al catolicismo durante el período de la reconquista. Aproximadamente otros 300.000 españoles son obligados a exiliarse sin opción contraria alguna.

Cientos de miles de españoles desarraigados, desterrados, exiliados por la voluntad de otros españoles... La historia se ha repetido después en numerosas ocasiones; la última hace apenas 70 años. Pero eso es ya historia reciente; la pregunta de ahora es: ¿Cuántos judíos conversos y moriscos quedaron en la península y cuantos son sus descendientes? Hasta ahora no hubo forma de dar una respuesta concreta, pero el estudio genético de los españoles realizado por la American Journal of Human Genetics, que presentó sus datos en Madrid a finales de 2008, vino a confirmar que unos ocho millones de nuestros compatriotas son descendientes directos de judíos conversos (aproximadamente el 20 por ciento de la población total de España), y unos cuatro millones y medio lo son de moriscos (el 10 por ciento del total). 

Todo lo anterior lo contaba el historiador Javier Sampedro en un artículo de El País de esas fecha titulado "Sefardíes y moriscos siquen aquí". No deja de ser curioso en un país en el que el antisemitismo campa a sus anchas, que uno de cada cinco de sus pobladores sea descendiente directo de esos judíos a los que detesta; y uno de cada diez, descendiente de esos "moros" que le atemorizan, pero necesita...

Una anécdota personal: En el otoño de 1956 yo acababa de comenzar los estudios de primero de bachillerato en el colegio "Infanta María Teresa" de Madrid. Era el primer día de clase de la asignatura de Historia de la Música, que impartía un joven profesor muy atildado, al que siempre conocí vestido de riguroso traje negro, con corbata de colores chillones y camisa blanca. Podría tener unos cuarenta y pocos años, y lamento no recordar su nombre. Lo que no voy a olvidar nunca fue ese primer día de clase, pues nada más comenzar la misma se dirigió a mi, me preguntó mi nombre y apellidos, y me soltó: "Usted es de origen judío, ¿verdad, señor Campos?". Me quedé sorprendido pues era la primera vez que alguien me mencionaba tal cosa; le respondí con sinceridad que no tenía la menor idea, pero que pensaba que no, puesto que yo, mis padres, mis hermanos y toda mi familia eran católicos. Él me contestó que los rasgos de mi cara y mi apellido paterno decían que sí, y que se lo preguntara a mis padres. Nunca lo hice, pero mucho más tarde, por otras vías, vine a confirmar que formo parte orgullosa de ese veinte por ciento de españoles de origen judeo-converso; y que, al menos para mí, Américo Castro y no Sánchez Albornoz tenía razón en cuanto a la famosa polémica sobre el "Ser de España". Castrista como soy, les recomiendo leer su monumental "España en su historia. Cristianos, moros y judíos" (Círculo de Lectores, Barcelona, 1989).

En cuanto a, en palabras de Pedro Laín Entralgo, "la dramática inhabilidad de los españoles desde hace siglo y medio, para hacer de su patria un país mínimamente satisfecho de sus instituciones políticas y sociales", escribía el también historiador Rafael Núñez Florencio en el número de octubre de 2005 de Revista de Libros, un enjundioso artículo titulado "Sobre el fastidio de España y la incomodidad de ser español", cuya lectura les recomiendo encarecidamente. El artículo constituía una acerada crítica de sendos libros publicados en aquel año por José Luis Abellán: "El problema de España y la cuestión militar" (Dykinson, Madrid); Manuel Azaña y José Ortega y Gasset: "Dos visiones de España. Discursos en las Cortes Constituyentes sobre el Estatuto de Cataluña. 1932" (Círculo de Lectores, Barcelona); Suso de Toro: "Otra idea de España" (Península, Barcelona); y de Vicente Palacio Atard: "De Hispania a España. El nombre y el concepto a través de los siglos" (Temas de hoy, Madrid). 

Termino, o casi, con otras palabras del hispanista Gerald Brenan en su "El laberinto español. Antecedentes sociales y políticos de la guerra civil española" (Ruedo Ibérico, París, 1962), escritas en 1943, y citadas por José Luis Abellán en su "Historia crítica del pensamiento español. Tomo 6. La crisis contemporánea I. 1875-1897" (Círculo de Lectores, Barcelona, 1993), de cuya lectura estoy disfrutando ahora mismo, palabras en las que Brenan se preguntaba por la falta de arraigo que el liberalismo económico y el capitalismo habían tenido históricamente en España. 

Su reflexión no podía ser más elocuente. Decía Brenan: "Nadie puede suponer que una raza tan activa e inteligente como los españoles no pudiera, si lo desease, aplicarse a hacer fortuna; la explicación de este fenómeno no pueda ser otra que, como observó un embajador veneciano hace dos siglos, nunca se lo propusieron ni desearon. Verdaderamente, esto es obvio para cualquiera que haya vivido en España. Cada clase tiene su especial modo de mostrar la repugnancia que siente por la civilización capitalista moderna. Los alzamientos de los carlistas y anarquistas son una forma de ello. La ociosidad del rico, la ausencia de empresas y de hombres de negocios, la pereza de los banqueros son tantas otras formas de esa repugnancia. Así, hallamos también el fenómeno de la empleomanía, con la superabundancia de funcionarios del gobierno y de oficiales del Ejército. Aparte de cualquier causa histórica que se pueda asignar a este espíritu refractario, queda el hecho de que los españoles viven para el place o los ideales, pero nunca para el éxito personal ni para hacer fortuna". 

No estoy seguro de que Brenan siguiera pensando hoy lo mismo sobre los españoles que aquello que decía sobre nosotros en 1943, pero como retrato de la idiosincrasia profunda de lo que somos, no andaba muy desviado.

Creo que por hoy es bastante. Quizá en otra ocasión volvamos a tratar sobre España y los españoles. Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates: "Ιωμεν", vámonos. Tamaragua, amigos. HArendt




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