Mostrando entradas con la etiqueta Holocausto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Holocausto. Mostrar todas las entradas

sábado, 22 de febrero de 2020

[A VUELAPLUMA] Entre el estigma y el dolor



Kirk Douglas y George Steiner (Getty Images)


"Cuando la semana pasada fallecieron el pensador George Steiner a los 90 años y el actor Kirk Douglas (Issur Danielovitch) a los 103 -escribe en el A vuelapluma de hoy sábado la socióloga Olivia Muñoz-Rojas-, sentí que con ellos morían dos de los últimos representantes de una generación de intelectuales y artistas euroatlánticos, marcados por algunos de los episodios más cruentos del siglo XX, como el Holocausto y la estigmatización ideológica durante la Guerra Fría.

Tuvieron infancias muy distintas, pero ambos procedían de familias migrantes centroeuropeas de origen judío y, si bien lograron posicionarse dentro del establishment cultural anglosajón, mantuvieron siempre cierta condición de outsiderism. Si Douglas se describía a sí mismo como “el hijo del trapero” en The Ragman’s Son (1988), su primera autobiografía, y explicaba las dificultades materiales en las que creció en el municipio neoyorquino de Ámsterdam; Steiner reconoció siempre el carácter acomodado y erudito que tuvo su infancia a pesar de que su familia tuvo que huir del nazismo, primero de Viena a París y de allí a Nueva York.

Mientras el niño Issy (diminutivo de Issur) vendía dulces para colaborar en el sustento de su hogar, el pequeño George aprendía a leer griego clásico con su padre. Cuando pudo, Issy salió corriendo de su entorno judío. Su familia, que hablaba yidis en casa, no veía con malos ojos que se formara como rabino, dadas sus aptitudes en la escuela. Pero Issy ya sabía que quería ser actor. Adoptó un nombre anglosajón, logró ingresar en la universidad y, después, en la American Academy of Dramatic Arts de Nueva York gracias a su talento, energía y determinación, demostrando, una vez más, que el sueño americano era posible.

Steiner no ocultó jamás su identidad hebrea, más bien al contrario. Sufría de algún modo del síndrome del superviviente. De los numerosos compañeros de clase judíos del liceo al que acudió en la capital francesa, parece, sólo sobrevivieron él y otro niño. ¿Por qué precisamente él?, se preguntaba. Dedicó parte de su vida intelectual a entender cómo pudo ser posible la Shoah en el seno de una cultura ilustrada como la europea y, concretamente, la alemana. Seguía en esto la línea trazada por Benjamin, Adorno y otros pensadores continentales, judíos como él, aunque no llegó necesariamente a las mismas conclusiones críticas. Su fe en la superioridad y el universalismo del proyecto ilustrado europeo permaneció intacta.

Steiner se consagró a mediados de los setenta con Después de Babel, una indagación en el “arte exacto” de la traducción. Era un bicho raro en una academia británica que en aquel momento se sentía ajena a su interés filosófico por el Holocausto y no se reconocía en la tradición hermenéutica continental. Douglas llevaba entonces más de 60 películas a sus espaldas. Entre ellas, El triunfador (1949) y El loco del pelo rojo (1956), que no sólo le consagraban como estrella, sino como una mente independiente y audaz en el Hollywood dorado más convencional. Su autonomía se hizo leyenda cuando logró romper la lista negra de McCarthy al colaborar abiertamente con el guionista Dalton Trumbo en Espartaco (1960).

Douglas y Steiner fueron hombres extraordinariamente prolíficos y versátiles, además de vanidosos. Steiner se consideraba a sí mismo un transmisor: el rabino que Douglas no quiso ser. Incidía en la diferencia entre este papel y el del creador o artista. Douglas cumplía con el prototipo de este último: intenso, físico, seductor, generoso, poseído de un extraordinario joie de vivre; podía llegar a ser un auténtico cretino, como él mismo admitía. Hacia el final de su vida, abrazó el judaísmo y se volvió, dicen sus allegados, una persona más afable y compasiva. Es probable que actores como él abrieran camino a una generación hollywoodense posterior que no sólo reconocía su identidad judía, sino que se enorgullecía y se inspiraba en ella. Douglas nunca logró un Oscar como actor, algo que se ha atribuido a su negativa a alinearse con el anticomunismo.

Steiner, por su parte, abandonó Estados Unidos, donde se había formado, y permaneció en el Reino Unido con un pie en Suiza. Obedecía a la voluntad de su padre, que consideraba que no regresar a Europa era una victoria para Hitler, que auguró que no quedaría nadie con nombre judío allí. La academia británica mantuvo siempre cierto escepticismo hacia su neorrenacentismo. Algunos le acusaron de querer abarcar demasiado conocimiento sin la debida profundidad. Sea como fuere, hace tiempo que los estudios del Holocausto son disciplina en las universidades británicas.

Ambos alcanzaron los albores de una nueva era en la que tanto la hegemonía masculina como el pensamiento eurocéntrico están en cuestión. Es probable que a Douglas le persiga la misma sombra de duda que a muchos de sus compañeros de Hollywood respecto de su comportamiento con las mujeres. Steiner reconocía en su entrevista póstuma que no supo calibrar la importancia del feminismo y el cuestionamiento de la razón ilustrada. Cabe preguntarse de qué manera florecería esta generación, histórica por su talento y sus excepcionales circunstancias, de nacer en este siglo".

A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. 





La reproducción de artículos firmados en este blog no implica compartir su contenido. Sí, en todo caso, su  interés. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt





HArendt





Entrada núm. 5759
elblogdeharendt@gmail.com
La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

sábado, 1 de febrero de 2020

[A VUELAPLUMA] Piedras sobre Auschwitz




Entrada al campo de exterminio de Auschwitz


Fui a ver La lista de Schindler tan pronto como la estrenaron, en marzo de 1994 -comenta la escritora Isabel Gómez Melenchón en el A vuelapluma de hoy-. Lo recuerdo perfectamente, por la dureza extrema de la película, por el amigo, padre reciente, que no pudo contener las lágrimas al ver a la niña del abrigo rojo caminando sola en el gueto de Cracovia, por mis propias lágrimas. Al acabar, en el momento en que un grupo de descendientes de los judíos salvados por el industrial alemán se acercan a la tumba de este, en Jerusalén, para depositar unas piedras en señal de respeto, alguien gritó bastante alto: “Ya están justificando lo de Israel, con lo que están haciendo ellos”.

No podía creerlo, habían bastado apenas unos minutos para que algunas personas del público olvidaran lo que acababan de ver y convirtieran a las víctimas en presuntos verdugos, apenas unos segundos para que la empatía por un sufrimiento tan inconcebible desapareciera. Apenas un instante para que se mezclara todo y se intentara diluir la tragedia: si ellos están haciendo ahora “lo mismo”, no merecen nuestro respeto, ni mucho menos nuestro reconocimiento. Tal vez ni siquiera ser tratados con justicia. Siempre que se habla del Holocausto se repite una frase: “Nunca más”. Después de aquella escena en el cine, ya no estoy tan segura de nada.

Años después, otro amigo, escritor, viajó a Polonia para una investigación para un libro y visitó Auschwitz. Me contó a la vuelta que les habían insultado y tirado piedras varias personas cuando se acercaban a aquel infame “El trabajo te hace libre”; mi amigo, pese al tiempo transcurrido, aún se estremece al pensar en aquel incidente. Sí, el antisemitismo sigue bien enraizado. Leo en internet que algunos visitantes han sido detenidos en los últimos años por llevarse ladrillos del campo de concentración. Como recuerdo. 75 años después, los judíos, el genocidio, vuelven a ser considerados una cosa .

En el Call de Barcelona turistas y también locales buscan entre las piedras los vestigios de una presencia que hace siglos que desapareció. Allí paseé con Amos Oz, el gran escritor israelí, hace ya más de una década; allí me contaba que sus padres llegaron a Palestina, entonces bajo mandato británico, huyendo de los pogromos en el este de Europa y como último recurso, después de que sus solicitudes de inmigración fueran rechazadas por norteamericanos, británicos, escandinavos... y por los propios alemanes, sólo dos años antes de la llegada al poder de los nazis. Si los hubieran aceptado los alemanes, me decía, yo no estaría ahora aquí. Ojalá hubiera estado allí el hombre del cine para escucharlo".

A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. 






La reproducción de artículos firmados en este blog no implica compartir su contenido. Sí, en todo caso, su  interés. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt





HArendt




Entrada núm. 5693
elblogdeharendt@gmail.com
La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

miércoles, 13 de febrero de 2019

[A VUELAPLUMA] Lager





No intentar comprender lo incomprensible es la última protesta de la razón humanista que defiende su cordura negándose a “dialogar” con el exterminio, escribía hace unos días el filósofo Fernando Savatee en el Día Internacional del Recuerdo del Holocausto. 

Arturo Pérez-Reverte se ha quejado con bastante razón, comienza diciendo Savater, de la sobreabundancia de relatos con Auschwitz en el título para enganchar al impresionable lector. Yo tengo claro que cualquier lista de las 10 mejores piezas literarias del siglo XX no puede excluir Si esto es un hombre, de Primo Levi. Pero supongo que el ínfimo nivel de las narraciones sobre Auschwitz lo ocupan quienes han ido un solo día, como yo, y no renuncian a contar sus impresiones sobre el lugar. ¿Qué podemos decir que no haya sido expresado ya con más autoridad y experiencia? Sin embargo, ¿cómo callar ante el reto de esta devastación íntima, tan imposible como no emitir una queja o una dolorida protesta, por tópica que sea, al sufrir una quemadura o un desgarramiento mutilador? Esos textos inevitables suelen empezar así: “El día que llegué a Auschwitz…”.

No era peor de lo que me esperaba, como me avisaban los agoreros, ni desde luego mejor sino real. Todo estaba allí, con la mansedumbre terca y finalmente agresiva de las cosas, que no se desvanecen como los relatos, las películas, los fantasmas. Las cosas absurdas pero implacables: toneladas de pelo cortado que llenan un almacén, montañas de zapatos precedidos por varios pares infantiles como ratoncitos curiosos, y miles de cepillos, maletas, latas de betún… Restos humanos de la inhumanidad, lo desechado. Bandadas de adolescentes gorjean por las salas del horror, divertidos sin poder remediarlo, benditos sean. Sus maestros intentan explicarles… ¿qué? Lo cuenta Primo Levi: en la escudilla en que les servían su mísera sopa, unos raspaban su número, otros su nombre, y un francés grabó: “Ne pas chercher à comprendre”. No intentar comprender lo incomprensible: la última protesta de la razón humanista que defiende su cordura negándose a “dialogar” con el exterminio.





Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt 



HArendt





Entrada núm. 4761
elblogdeharendt@gmail.com
La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

miércoles, 31 de enero de 2018

[PENSAMIENTO] El consuelo de la conciencia





Auschwitz sucedió. A esta cruda verdad ha de enfrentarse el hombre civilizado y, en especial, el europeo, aquejado del trauma reprimido de que sujetos humanos, ciudadanos europeos de Estados avanzados cometieron, participaron, se beneficiaron o permitieron un exterminio sistemático e industrializado de población civil sin precedentes, comenta en El Mundo el profesor de Filosofía José Sánchez Tortosa. 

Auschwitz no es sólo un hecho del pasado, comienza diciendo. Es una amenaza, una pulsión contenida. Las erupciones geopolíticas e ideológicas que prendieron su fuego acechan en muchos rincones de Occidente. Las cicatrices que rasgan la Historia de Europa parecen a punto de reabrirse. Hay, por tanto, una segunda verdad, acaso más dura: Europa no está vacunada contra Auschwitz. La pulsión del exterminio suele acabar encontrando nuevas coartadas. Auschwitz pone a Europa frente al espejo. El fracaso de Europa se mide, por ejemplo, con el éxito propagandístico de la voz nacionalismo, invocada explícitamente en las siglas NSDAP, que no ha sido desprestigiada por el peso de la racionalidad y de la Historia, confinada a los márgenes de la vergüenza política y motivo de rechazo generalizado como el racismo, el machismo, el canibalismo o la creencia en la planicie terrestre.

Pero es inevitable ceder a la tentación de buscar consuelo en el repudio del mal. Sirve para resguardarse moralmente y sosegar la conciencia. No se necesita tiempo ni esfuerzo, basta dejarse caer por el tobogán de la pereza intelectual, la emoción inmediata, la indignación estéril y la superioridad moral. En las ineludibles ceremonias institucionales, en la parafernalia escenográfica de los Días internacionales, se corre el riesgo de que la conmemoración litúrgica desplace la investigación. La consoladora imagen del dolor pervierte el dolor y obtura la comprensión. La memoria se impone a la historia. El sentimiento al análisis. La confortable valoración moral levanta una barrera impermeable entre los asesinos y los buenos ciudadanos y obstruye una aproximación racional a los hechos, a la investigación despiadada, esa que nos muestra no una elite de sádicos, no una anomalía, sino una sociedad desarrollada, culta y refinada respaldando o tolerando la política de un conjunto de Estados que ponen en marcha, siguiendo una lógica áspera, la aniquilación de millones de europeos previamente excluidos de la categoría de ciudadanos y extirpados del ámbito de lo humano y aun de lo natural, reducidos a la condición de virus incompatibles con el progreso de Europa. Sentirse de los buenos, respaldados por la teatralización de la condena redundante y superflua, sólo garantiza que no se vuelva a repetir la indumentaria de los verdugos o su jerga ideológica, pero no el asesinato. La exigencia moral de corte kantiano Que no se vuelva a repetir Auschwitz, reclamada por Adorno, quizá impida que la esvástica sea el símbolo de política hegemónica alguna pero no la utilización mediática de otros símbolos bajo los cuales políticas reales de eliminación puedan ser justificadas retóricamente por los mismos que muestran un dolor ceremonial por las víctimas del pasado. 

La racionalidad científica y filosófica, base del frágil atisbo de civilización que permite respirar por encima de la barbarie y del salvajismo, constitutivos de lo humano, exige otra cosa: estudio y, a través de él, enfrentarse a la desnuda realidad histórica. La conciencia tranquila descansa en el dogma, el prejuicio, en el sueño infantil de la ignorancia. La crítica filosófica es tensión constante, es la inquietud, la batalla contra la hipnosis de las palabras amables que dan satisfacción al onanismo ideológico o moral del yo. Mientras que el memorial y el monumento ofrecen al espectador la ventaja de situarse a este lado del mal y saberse a resguardo, la investigación y los documentos arrojan al rostro del que observa los detalles y los datos que impugnan constantemente la calma biempensante y obligan a revisar lo que se creía y a saber lo íntimo que es el crimen, lo frágil de las defensas contra el fanatismo. La fuerza didáctica de la exposición sobre Auschwitz reside en presentar los hechos a través de datos, documentos y testimonios, en abrir una brecha en el gratificante consuelo de la conciencia, en despertar a las almas bellas del sueño amnésico en que reposan. No bastan las grandes palabras, la solemnidad impostada de una repulsa retórica y vacía, mero exorcismo moral. Es necesario el examen minucioso de la cadena causal en sus múltiples aspectos, de la secuencia cronológica detallada y rigurosa, el escrúpulo máximo en las cifras, el recorrido textual por el ecosistema intelectual e ideológico del antijudaísmo, que fue caldo de cultivo de la aniquilación. 

Es imprescindible, incluso, dedicar la mayor atención a los pormenores técnicos del asesinato masivo a cuyo servicio se pusieron la tecnología y la ciencia, a cómo el proceso se fue depurando gracias al método de ensayo y error, a cómo los procedimientos operativos y administrativos ponían cada vez más una distancia aséptica entre los verdugos y las víctimas, a cómo Auschwitz culmina un refinamiento tecnológico y científico en las labores de producción de muerte, cuyos precedentes más rudimentarios proporcionan, en fases sucesivas, los resultados propicios para su perfeccionamiento técnico: de los fusilamientos masivos de los Einsatzgruppen a los camiones de gaseado de Chemno, de los atomizados centros de exterminio de la Operación Reinhard al complejo articulado de campos de Auschwitz-Birkenau, con funciones diferenciadas y mayor seguridad interna por la distribución en sectores separados. Sin la paciencia de ese examen no es posible detectar la confluencia entre nacionalismo, cientifismo y economía y, en consecuencia, entender algo del Holocausto. Para condenarlo es suficiente un momento, una imagen, un relato. Entender su lógica precisa un trabajo lento, ingrato, cruel, descorazonador y necesario. La obstinada persistencia en repetir los errores históricos se revela entonces con una coherencia implacable. El ejemplo de los Balcanes confirma esa amenaza recurrente y cíclica. Acaso sólo unas determinadas condiciones materiales, institucionales e históricas nos han situado a salvo a este lado de la Historia, pero más cerca de la posibilidad del horror de lo que resulta admisible en la comodidad de las sociedades opulentas. El mayor respeto que se le debe a las víctimas y la mayor batalla que hoy cabe contra el nazismo empieza con la fidelidad inflexible a la verdad histórica y, por extensión, al rigor en el lenguaje. Banalizar el Holocausto usándolo para etiquetar cualquier cosa sin el menor escrúpulo terminológico y conceptual es escupir a la memoria de los asesinados por la deriva nacionalsocialista y eliminar los diques de contención de sus brotes. 

Ser intolerante con su trivialización es un imperativo racional básico. Forma parte esencial de ese escrúpulo elemental la lección que ofrece la Historia: que las sociedades actuales no son inmunes a los errores y crímenes del pasado, que sólo el estudio paciente, riguroso, modesto, implacable y la investigación histórica y científica, que se resiste a caer en la memoria subjetiva, emotiva, interesada o inventada, levantan una precaria defensa contra las pulsiones homicidas de eso que aún concedemos llamar humano. El conocimiento no garantiza que pueda evitarse el exterminio. El nazismo muestra cómo una sociedad culta puede embellecer con ciencia y cultura su pulsión asesina. Pero la falta de conocimiento y de reflexión crítica lo garantiza de modo seguro. El estudio pone distancia con uno mismo y sus creencias, necesita tiempo y, por eso, frena la urgencia de odiar. En esa distancia delicada se juega la posibilidad de no volver a erigir Auschwitz.Decía Malraux, en noviembre de 1946, que "el problema que se nos plantea a nosotros hoy es el de saber, sobre esta vieja tierra de Europa, si el hombre ha muerto o no". Acaso la humanidad no haya existido nunca más que como la ilusoria ensoñación de una armonía imposible, máscara pomposa de guerras, destrucción y odio.



Dibujo de Sequeiros para El Mundo



Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



HArendt






Entrada núm. 4243
elblogdeharendt@gmail.com
La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

sábado, 18 de noviembre de 2017

[Pensamiento] ¿Cómo pudo ocurrir Auschwitz?





Tal y como pronosticó con acierto en una ocasión el ministro de Propaganda alemán, Joseph Goebbels, los nazis han monopolizado en gran medida el lugar reservado para la maldad humana en la imaginación occidental contemporánea. Y ese lugar, qué duda cabe, resulta merecido, escribe el historiador Álvaro Lozano, reseñando el libro de Sybille Steinbacher Auschwitz. Historia y posteridad (Melusina, Santa Cruz de Tenerife, 2016). Me sumo a la celebración del Día Mundial de la Filosofía, el pasado 16 de noviembre, subiendo al blog un estremecedor texto sobre uno de los hechos más vergonzosos de la historia de la humanidad: el intento de exterminio del pueblo judío por el régimen nazi durante los años de la II Guerra Mundial.

En tan solo doce años del régimen de Adolf Hitler, comienza diciendo, cambiaron para siempre Alemania, Europa y el mundo; el mundo surgido de las cenizas de la guerra ya nunca fue igual. Se trata de uno de los pocos individuos del que puede decirse con absoluta certeza que, sin él, la historia habría sido completamente diferente. Su legado inmediato: la Guerra Fría, una Alemania dividida en una Europa partida en dos, en un mundo en el que dos superpotencias se enfrentaban con armas capaces de hacer desaparecer el planeta finalizó hace tan solo unos años. Su legado más profundo, el trauma moral, todavía permanece en el corazón de Europa. Su peor herencia, la de peores consecuencias, fue el pánico que apareció tras su muerte, ya que demostró lo que era capaz de hacer una persona a sus semejantes en la era de la industrialización. Desde entonces, existe una profunda grieta en la imagen que el ser humano se ha confeccionado de sí mismo, a pesar de los delitos que se han sucedido en la historia posterior. De ahí que no podamos comprender el mundo que nos ha tocado vivir sin el conocimiento de ese período en el que se rompieron los diques de la civilización.

Con más de cuarenta mil títulos publicados, cifra que aumenta sin cesar, nadie puede afirmar que el Tercer Reich alemán sea un tema desdeñado por los historiadores. Y, sin embargo, este fenómeno resulta ciertamente paradójico: por un lado, pocos períodos de la historia mundial, tan breves como éste, han sido sometidos a un escrutinio tan intenso y a una escala tan internacional. Por otro lado, existen pocos períodos sobre los que exista un consenso tan uniforme y tan poco distinguible por motivos de lealtad nacional. La pasión y la intensidad de los debates originados por la Revolución rusa –de la que ahora se conmemora el centenario–, por ejemplo, no se han suscitado en el caso de la Alemania nazi. Si descontamos a un irreductible grupúsculo de negacionistas del Holocausto, existe unanimidad sobre las atrocidades nazis, y no existen apenas apologistas ni defensores de la barbarie del régimen. En esas condiciones, resulta pertinente cuestionarse si todavía queda mucho campo para la investigación y el análisis.

La respuesta tiene que ser necesariamente positiva. Los historiadores se dedican principalmente a la explicación y la contextualización, no al juicio, y existe un enorme margen para los debates sobre lo que sucedió entre 1939 y 1945. Las cuestiones suscitadas son numerosas: ¿cómo pudo un partido que prometía tan poco en sus inicios surgir con tanta fuerza en el escenario político alemán tan solo unos años después? ¿Cómo logró Hitler maniobrar para sacudirse el tutelaje de la derecha conservadora alemana que pretendía utilizarlo para sus propios fines? ¿Cómo se explica la recuperación económica alemana? ¿Quién detentaba realmente el poder? ¿Quiénes fueron los principales beneficiarios de las políticas nazis? ¿Cómo pudieron las Iglesias llegar a un modus vivendi con un régimen incompatible con sus valores religiosos? ¿Cómo explicar los éxitos de política exterior de Hitler, que lanzaron a Alemania al centro de la política internacional? ¿Fue la guerra desatada en 1939 la culminación de la política exterior de Hitler o fue forzada por la marcha de la economía y las tensiones internas? ¿Cómo entender la figura de Hitler y el papel que desempeñó?

En principio, los instrumentos tradicionales de la historia deberían servir para responder a estas cuestiones. Sin embargo, es preciso añadir una cuestión fundamental: ¿cómo entender el violento programa «biopolítico» de ingeniería racial y eugenesia adoptado por el régimen nazi, con su culminación en la guerra de aniquilación contra los eslavos «subhumanos» y el paroxismo de aniquilación que acabó con la población judía europea? ¿Qué contextos de explicación pueden dar sentido al período sin relativizar, por tanto, su significado? Este es un dilema que oscurece todos los intentos de entender la Alemania nazi. Los crímenes contra la humanidad cometidos durante el Holocausto continúan evocando horror. Como resultado, el interés por el Holocausto sigue aumentando, tanto en Estados Unidos como en Europa. Incluso si descontamos las memorias de supervivientes, la literatura es ya abundantísima y creciente.

¿Por qué se produjo esa barbarie en un país europeo, acaso el más civilizado? La respuesta no es, en modo alguno, sencilla. A partir de espurios estudios de biología y antropología, los nazis consideraban que los judíos eran parásitos no humanos que amenazaban a la humanidad. Los líderes nazis consideraban el asesinato masivo de judíos no como un medio para un fin racional, sino como un fin en sí mismo. La decisión no tenía nada que ver con el comportamiento de los judíos, pues los nazis no se cuestionaban dónde vivían los judíos, en qué dios creían o incluso si ellos mismos se consideraban o no judíos: cualquiera que, según las leyes de Núremberg, fuera identificado como judío, era sentenciado a muerte. El hecho de que Alemania, donde los judíos habían recibido en general un trato amable, se convirtiese en el matadero de los judíos europeos resulta insólito. La explicación más coherente es que en el sur de Alemania y en Austria convergieron letalmente dos corrientes extremas de antisemitismo: una católica, que hundía sus raíces en la historia de Europa Central, y otra antimodernista, que odiaba a los judíos por considerarlos capitalistas, antipatriotas e intelectuales cosmopolitas que ponían en riesgo la sociedad tradicional y sus valores. Para los antisemitas, las supuestas «conspiraciones» judías iban, paradójicamente, y al mismo tiempo, dirigidas a ayudar al capitalismo mundial y a la revolución socialista internacional.

Los odios enraizados en la sociedad alemana no causaron el Holocausto; la historia del mundo está plagada de viejos prejuicios que no suelen desembocar en genocidios. Para convertir una hostilidad latente en asesinato sistemático es preciso, además, que exista liderazgo, voluntad política y manipulación de arraigados sentimientos populares. Las actitudes negativas extendidas no crean por sí solas un holocausto, pero son la condición necesaria para la persecución masiva. Un sector significativo de la población debe considerar a ciertos grupos como objetivos legítimos para que participen o toleren la agresión abierta. Los líderes nazis no podían haberse inventado una categoría nueva de enemigos (los pelirrojos o las personas de determinada edad, por ejemplo) y esperar que la mayoría de la población se volviese contra ellos. La identidad de aquellos que fueron objeto de persecución no era coincidencia: eran personas que desde hacía tiempo estaban siendo ya objeto de acoso. La revolución bolchevique de 1917 había creado un peligroso vínculo en la derecha radical alemana entre judaísmo y comunismo debido a que algunos líderes bolcheviques eran judíos. La generación de los antiguos y desilusionados combatientes fue fácilmente captada por grupos de extrema derecha que identificaban a los judíos como un «cáncer» en el cuerpo político alemán. Tan solo cuando fueran extirpados los judíos podría ser vengada la humillación de 1918.

La invasión alemana de Rusia en junio de 1941 supuso un acontecimiento decisivo en el proceso de genocidio. La invasión se consideró como una guerra racial librada por los grupos de las SS que se movían tras las tropas que avanzaban: los cuatro Einsatzgruppen estaban encargados de localizar a todos los judíos y asesinarlos en fusilamientos masivos. Durante el invierno de 1941-1942, se estima que habían asesinado ya a setecientos mil judíos en Rusia. Entre junio y noviembre de 1941, en los territorios capturados, las fuerzas alemanas habían atrapado a cuatro millones de judíos, lo que hizo imposible su transporte a los guetos, que se encontraban atestados, y, en consecuencia, sus comandantes reclamaban políticas alternativas. La fracasada campaña rusa hizo imposible poner en práctica soluciones de reasentamiento más allá de los Urales. El sangriento proceso de aniquilar a los judíos y el impacto que causaba en los hombres encargados de su ejecución suscitó la cuestión de encontrar una «solución final» al «problema judío». En algún momento de 1941 –las fechas siguen siendo objeto de debate–,las «ventajas» de un programa de exterminio superaron, para la cúpula nazi a la expulsión de los judíos de Europa o a mantenerlos en los guetos. Heinrich Himmler tuvo conocimiento de que ya existía la tecnología para llevar a cabo el exterminio por medio de gas, pues ese sistema ya había sido probado en el programa de eutanasia. El primer campo de exterminio fue construido en Chelmno (Polonia), donde se realizaron los primeros ensayos de exterminio con gas hacia el 8 de diciembre de 1941. Tal y como señala Sybille Steinbacher: Las primeras matanzas masivas en Auschwitz aún no formaban parte de la política del genocidio sistemático contra los judíos europeos. Más bien estaban relacionadas con los intentos de las SS de continuar a gran escala la llamada eutanasia en el marco de la «Operación 14 f 13», suspendida en agosto de 1941. En muchos campos de concentración se ensayaron para tal fin métodos de exterminio. En Buchenwald, las SS crearon la instalación del tiro en la nuca, en Mauthausen introdujeron el «baño letal», en Dachau los reclusos fueron víctimas de experimentos médicos a gran escala y en Auschwitz el personal de vigilancia utilizaba el ácido cianhídrico Zyklon B.

El historiador Raul Hilberg afirmó que si la «solución final» hubiese dependido de decisiones, nunca habría sucedido, expresando la idea de que el Holocausto evolucionó con impulsos e iniciativas desde arriba y desde abajo en el imperio de Hitler. En un fenómeno tan complejo, interactuaron diversos procesos autopropulsados en un círculo vicioso letal, donde los componentes se impulsaban unos a otros, provocando una aceleración de todo el sistema. Ya no puede seguir afirmándose que las diatribas antijudías de Hitler causaron el Holocausto. Con anterioridad a 1941, las pruebas de que Hitler estaba planificando el exterminio de todos los judíos europeos no resultan convincentes. El proceso del Holocausto fue demasiado errático como para reducirlo a una simple orden del Führer y debe ser analizado como un proceso evolutivo. El apoyo de Hitler a la «solución final» fue el motor del proceso, aunque se utilizaron diferentes vehículos para alcanzar un consenso de que la «solución final» equivalía al exterminio físico. La clave para comprender por qué sucedió el Holocausto se encuentra en la forma en que las diversas instituciones y los funcionarios del Tercer Reich interpretaron y pusieron en práctica los vagos designios de Hitler de «deshacerse de los judíos». Hitler mantuvo un odio virulento hacia los judíos durante su carrera política y esto condicionó el ambiente en que se produjo la radicalización de las políticas. Mediante su guerra por los objetivos interrelacionados de expansión territorial y pureza racial, los nazis fueron creándose a sí mismos dificultades a las que hicieron frente con soluciones cada vez más radicales. La idea de «trabajar en la dirección del Führer» sirve para explicar la radicalización de los líderes nazis en la cuestión judía. La mayoría consideraba que la puesta en práctica de políticas severas sería aprobada por Hitler en un claro ejemplo de «radicalización acumulativa», y esta visión fue adquiriendo un impulso propio. El diseño de políticas se convirtió no en una cuestión de cálculo racional, sino en una serie de respuestas improvisadas y contradictorias de diversas instituciones a los resultados de políticas previas.

A diferencia del terror estalinista, más imprevisible, en Alemania, si alguien no se encontraba entre el grupo de enemigos oficiales del Estado, corría mucho menos peligro. La gran mayoría de alemanes hicieron así «las paces» con el régimen a través de una mezcla de egoísmo y de indiferencia. Como señaló el historiador Ian Kershaw, «el camino hacia Auschwitz se construyó con odio, pero se pavimentó con indiferencia». Para los burócratas nazis implicados en la «solución final», el último paso fue progresivo: ya se habían comprometido con un movimiento y con una tarea, eran hombres que vivían en un ambiente de asesinatos que incluía no sólo los programas como el de la eutanasia o la destrucción de la intelligentsia polaca, sino también el hecho de presenciar asesinatos y represalias en la Europa ocupada. La invasión de la Unión Soviética en 1941 condenó a los judíos a partir de una lógica infernal. Dado que el nazismo establecía una conexión entre el comunismo y el judaísmo, los dirigentes nazis consideraban que las comunidades judías tenían que ser las que respaldaban el movimiento de resistencia. La decisión sobre la «solución final» estuvo probablemente ligada al espectro de un movimiento de resistencia judío-comunista de carácter paneuropeo.

Hoy podemos concluir, salvo que aparezcan nuevos documentos, que la decisión inicial de llevar a cabo la «solución final» fue improvisada. Hitler y los jerarcas nazis no contaron con un programa claro para solucionar la «cuestión judía» hasta 1941. No existía ningún plan concreto para el Holocausto antes de 1941: el régimen nazi era demasiado caótico. No se ha encontrado ninguna orden escrita de Hitler sobre la liquidación de los judíos, aunque, en enero de 1944, Himmler afirmó públicamente que Hitler le había ordenado otorgar prioridad a «la solución total de la cuestión judía». Resulta muy probable que, en el otoño de 1941, los jerarcas nazis decidiesen lanzar una política de exterminio, algo que se concretaría, en sus aspectos más prácticos, en la conferencia de Wannsee de 1942.

El Holocausto es un agujero negro de la historia que desafía nuestras presunciones sobre la modernidad y el progreso. El asesinato de millones de seres humanos en auténticas fábricas de la muerte, ordenado por un Estado moderno, organizado por una burocracia consciente, y apoyado por una sociedad patriótica respetuosa con la ley y «civilizada», carece de precedentes. «Esa ruptura irreparable en la historia de la civilización», en palabras de Günter Grass, ha dado lugar a una literatura abundantísima. En este contexto editorial, Sybille Steinbacher, profesora de Historia Contemporánea en la Universidad de Viena, ha publicado varios libros esenciales sobre la historia del nacionalsocialismo y el Holocausto, entre ellos «Musterstadt» Auschwitz. Germanisierungspolitik und Judenmord in Ostoberschlesien («La ciudad modelo» de Auschwitz. La política de germanización y el asesinato de los judíos en la Alta Silesia Oriental) (2000) y Dachau. Die Stadt und das Konzentrationslager in der NS-Zeit (Dachau. La ciudad y el campo de concentración en tiempos del nacionalsocialismo) (1993). La obra de la profesora Steinbacher sobre Auschwitz es una sorprendente y concisa aproximación al mundo del campo de concentración-aniquilación y de trabajo forzado de Auschwitz. Existen ya numerosas obras al respecto y, sin embargo, este libro viene a colmar una laguna, pues ofrece una visión insólita sobre la ciudad como entidad histórica escrita (originalmente para un público alemán) para refutar las tesis de negadores como Robert Faurisson y David Irving. Incluso con ese objetivo limitado, el libro logra iluminar y aclarar muchos puntos en relación al tristemente célebre campo de Auschwitz: La historia de Auschwitz es compleja y hasta la fecha no ha sido objeto de un estudio monográfico exhaustivo. Éste libro no puede suplir esta carencia. Su objetivo es presentar las facetas de la historia del campo de concentración y de exterminio nacionalsocialista de Auschwitz en sus dimensiones más relevantes, al tiempo que pretende enfocar la mirada en el momento histórico-político desde una perspectiva política, histórica y social más amplia que la que se tenía en la época en que ocurrieron los crímenes y esbozar la historia de lo que vino después, incluida la persecución y sanción judicial de los crímenes una vez finalizada la guerra, así como las actividades de quienes hasta el día de hoy siguen negando la realidad de Auschwitz.

La autora aborda el desarrollo de Auschwitz desde sus orígenes como asentamiento germano en el siglo XIII hasta su desarrollo como plataforma de la utopía alemana, tanto como ciudad «modelo» que atraía a jóvenes parejas con ansias de mejorar como «clúster» de la tanatopolíca nazi impulsado por técnicos y capataces de las fábricas de I. G. Farben Verlag, que llegaron a seis mil personas en 1943. Quizás el aspecto más sorprendente (y desconocido para muchos) de este estudio sea la vertiente de «ciudad modelo» de Auschwitz: Para fomentar el espíritu emprendedor y la generación de capital, y con el fin de atraer al Este a comerciantes autónomos, agricultores y profesionales libres, el Estado nacionalsocialista concedía generosos incentivos económicos. Existía la posibilidad de obtener facilidades fiscales para salarios y rentas; los impuestos municipales eran más bajos que en el antiguo territorio del Reich y, debido a la exención tributaria que se concedía en los territorios ocupados y en el Gobierno General a los alemanes del Reich y a los alemanes étnicos, el impuesto sobre el patrimonio apenas si tenía relevancia. A esto se añadían condiciones especiales para la concesión de créditos, ayudas a las familias y préstamos para recién casados.

Pero Auschwitz tenía también otra vertiente siniestra, que es la que todos conocemos. El campo de exterminio, que estuvo operativo entre mayo de 1940 y el 27 de enero de 1945, cuando fue liberado por las tropas soviéticas, encarna todo el sistema del Holocausto. El comandante de Auschwitz, Rudolf Hoess, intentaba que los asesinatos se produjeran en el «ambiente más tranquilo posible». Hoess confesaría, «por supuesto, que, a menudo, se daban cuenta de nuestras intenciones y, de vez en cuando, teníamos motines y dificultades. Muy frecuentemente las mujeres escondían a los niños bajo su ropa, pero, por supuesto, cuando los encontrábamos los enviábamos a ser exterminados». Hoess llegaría posteriormente a quejarse de su «enorme trabajo» en Auschwitz, teniendo que aniquilar a nueve mil judíos diariamente. Aunque se construyeron campos por toda Polonia, en Chelmno, Belzec, Sobibor, Treblinka y Majdanek, Auschwitz ha pasado a simbolizar todo el horror del Holocausto. Auschwitz se ha convertido en el sinónimo del colapso de la civilización.

Para añadir aún más sufrimiento a los campos, el método de transporte de los judíos a los mismos era también brutal e, incluso aquí, operaba una lógica económica maligna: Los detalles sobre el exterminio masivo en el campo eran conocidos no sólo por las SS, sino también por los miembros de los ferrocarriles del Reich que dirigían los trenes de carga llenos de judíos de toda Europa rumbo a Birkenau. En los registros de planificación de los ferrocarriles del Reich, estos convoyes figuraban como trenes de pasajeros, pero se les despachaba en realidad como trenes de mercancías. Dependían de la Oficina Central de Seguridad del Reich (representada en algunos casos por la dependencia regional de la Gestapo), aunque la vigilancia era competencia del Ministerio de Transporte. Los ferrocarriles cobraban el viaje como transporte de mercancía común y corriente. El dinero con que se cubrían los gastos provenía de las mismas víctimas, que tenían que abonar un billete de tercera clase para el viaje al campo de la muerte: cuatro centavos por persona por cada kilómetro de vía férrea; los niños menores de diez años pagaban la mitad. El hecho de que los ferrocarriles concedieran a las SS un descuento por cantidad –a partir de mil personas el convoy valía la mitad− y de que los viajes de vuelta que realizaban los trenes vacíos les salieran gratis, es uno de los espeluznantes pormenores de la organización del genocidio.

Introducidos a la fuerza en vagones de transporte de mercancías donde apenas podían moverse, permanecían en los mismos durante días sin comida ni bebida. Cuando llegaban a sus destinos muchos habían fallecido. Al llegar tenían que esperar de pie durante horas mientras se les dividía en dos grupos: aquellos que podían trabajar y aquellos que, por edad o debilidad, eran inmediatamente enviados a las cámaras de gas. A los elegidos para trabajar se les registraba y se les tatuaba un número en el antebrazo, posteriormente los desnudaban y les afeitaban la cabeza. A continuación, se repartían los característicos uniformes con las rayas de color gris y eran conducidos a los barracones donde se les asignaba una litera y una manta, que serían sus únicas posesiones. Una vez que se priva a la gente de su humanidad, resulta mucho más sencillo matarlos (algo que han hecho todos los dictadores modernos). Los judíos que eran enviados a Auschwitz en vagones de carga llegaban tan degradados tras el viaje que ya no eran considerados Menschen, seres humanos, sino animales para el matadero. El personal de Auschwitz se aseguraba de que su conocimiento del horror se limitara al área de su competencia: la partida puntual de los trenes, el registro de llegadas, etc. Fue esta ignorancia la que les permitió ignorar las consecuencias morales de su trabajo.

La vida diaria en los campos era espeluznante. Los campos se encontraban plagados de ratas y piojos, que vivían de los raquíticos cuerpos de los prisioneros. Las ratas devoraban a los muertos y a los gravemente enfermos. Bernd Naumann, un superviviente del campo de Birkenau, señaló posteriormente que el hambre y la necesidad extrema convertían a los «prisioneros en animales». Según un testigo, la «normalidad» de la muerte en los campos hacía que ésta perdiese su carácter de terror. La supervivencia sólo era posible a través del egoísmo. Robar comida a otros prisioneros o conseguir trabajos más ligeros, cooperando con los guardias o acusando aquellos que rompían las normas del campo, era parte del proceso de deshumanización que los nazis buscaban en los campos de concentración.

La famosa línea férrea que pasa por debajo de la llamada Puerta del Martirio hasta las cámaras de gas no entró en funcionamiento hasta abril de 1944, fecha a partir de la cual fueron exterminadas el 60% de las personas asesinadas allí. El proceso desde que llegaban los prisioneros hasta que sus cuerpos eran destruidos requería menos de dos horas. Las cámaras de gas estaban disimuladas aparentando ser unas duchas. El temor de que fueran algo peor era negado por miembros de las SS que estaban presentes mientras los prisioneros se desnudaban. Las brigadas especiales integradas por prisioneros (Sonderkommandos) se encargaban de que los otros prisioneros se confiasen y, sobornados, aceptaban la tarea de la exterminación, pues de lo contrario ellos mismos eran gaseados. Los prisioneros desnudos eran conducidos desde la sala en que se habían desnudado a la cámara de gas, donde, según creían, serían duchados. Una vez en el interior de las salas, los guardianes se retiraban y los prisioneros quedaban encerrados. Mientras tanto, remolques marcados con la Cruz Roja llevaban el suministro del Zyklon B, del cual se extraía el gas que se inyectaba a través de unos respiraderos en el techo de la cámara de gas. Por una horrible coincidencia, el gas Zyklon B había sido utilizado ampliamente por los exterminadores de plagas en las casas y pisos de Europa Central:

El gas venenoso estaba almacenado en latas metálicas herméticas y fue empleado desde julio de 1941, primero como pesticida para desinfectar alojamientos y ropa. El fabricante era la Deutsche Gesellschaft für Schädlingsbekämpfung (Degesch), una filial de la compañía I. G. Farben, con sede en Fráncfort del Meno. El gas venenoso era suministrado por la empresa Tesch und Stabenow, de Hamburgo, cuyos empleados, protegidos con mascarillas, realizaban al principio las «desinsectizaciones», tarea que fue asumida luego por los enfermeros de las SS. A finales de agosto o principios de septiembre de 1941 –el momento no está claramente determinado–empezó a emplearse Zyklon B, primero de forma experimental, pero pronto de manera regular, para asesinar a presos. En contacto con el oxígeno y a una temperatura de 26 Co, los granos cristalinos de ácido cianhídrico se transforman en un gas que ya en cantidades bajas resulta mortal.

Tras esperar unos veinte minutos, un comando de prisioneros pasaba al interior llevando máscaras antigás. El espectáculo que encontraban allí dentro sobrecogía hasta los corazones más duros. La gran montaña de cuerpos reflejaba en sus posturas la última y desesperada luchar por respirar a medida que los cuerpos escalaban sobre los cuerpos de los muertos y moribundos para respirar la última cantidad de aire que poco a poco se iba agotando. Posteriormente, los cuerpos sufrían la última profanación: los dientes de oro eran arrancados y a las mujeres se les cortaba el pelo, que podía ser utilizado posteriormente. Nada era desperdiciado para el esfuerzo de guerra nazi. Los cuerpos eran finalmente arrojados a los crematorios. Según el comandante del campo, el olor era tan nauseabundo que los habitantes de la zona sabían que allí estaba llevándose a cabo un exterminio. El aspecto más espeluznante de los campos de exterminio fue que, a diferencia de las otras etapas de la persecución, e incluso asesinatos, la planificación, la administración y la puesta en práctica de los asesinatos se llevó a cabo como «un montaje en cadena». Unas ochocientas mil personas fueron exterminadas en Treblinka en trece meses, entre julio de 1942 y agosto de 1943. Sólo fueron necesarios cincuenta alemanes, ciento cincuenta ucranianos y mil judíos, obligados a trabajar con ellos para llevar a cabo esa gigantesca matanza.

Los aliados tuvieron conocimiento detallado del campo de concentración de Auschwitz gracias a la información proporcionada por judíos que se habían escapado del campo en 1944. En abril de 1944, dos judíos eslovacos, Rudolf Vrba y Alfred Wetzler, se escaparon del campo de exterminio de Auschwitz y consiguieron llegar a Eslovaquia, donde redactaron un informe de lo que sucedía en Auschwitz, incluyendo detalles sobre el funcionamiento del campo, el número de judíos que ya habían sido asesinados y los planes nazis para deportar y exterminar a ochocientos mil judíos húngaros y tres mil judíos checos, que habían sido transferidos a Auschwitz seis meses antes. El informe, denominado «Los protocolos de Auschwitz» (conocido como «Informe Vrba-Wetzler») llegó al Departamento de Estado norteamericano en junio de 1944. A pesar de los reiterados intentos por conseguir que se bombardeasen las líneas férreas que llevaban a Auschwitz, estos no fueron atendidos, señalando que era una dispersión de recursos militares que resultaban muy necesarios en ese momento debido al desembarco aliado en Normandía. En agosto de ese año, la fuerza aérea norteamericana bombardeó finalmente el complejo industrial de I. G. Farben en Monowitz, que se encontraba a corta distancia del campo de Birkenau. Durante el bombardeo los aviones pudieron fotografiar claramente las instalaciones crematorias de Auschwitz-Birkenau. La posibilidad de que un bombardeo aliado de las cámaras de gas y de los hornos crematorios de esos campos hubiese comportado el fin efectivo de su capacidad asesina es una cuestión que ha originado un gran debate, aunque sin una respuesta definitiva.

Steinbacher describe la historia de Auschwitz, centrándose en la unidad conceptual, temporal y geográfica, de la política de exterminio y la «conquista de espacio vital» germano. La autora se interroga sobre la percepción del acontecer asesino en la opinión pública y la situación de los presos, las posibilidades de resistencia contra las SS y el comportamiento de los aliados. Un capítulo está dedicado a la cuestión de la cifra de víctimas según lo que sabemos hoy día: El historiador polaco Franciszek Piper llega a conclusiones similares en su libro publicado a comienzos de los años noventa: mientras que Weller concluye que fueron un millón cuatrocientos mil los asesinados, Piper pudo precisar más, y sobre una base de fuentes más amplia, el número de prisioneros polacos matados. Piper deduce que fueron al menos un millón cien mil las víctimas mortales, pero no excluye que la cifra máxima pueda ser de hasta un millón y medio. Por fin se trata adecuadamente el tema de la persecución judicial de los crímenes después de la guerra y se rebate juiciosamente la «mentira sobre Auschwitz».

Existe, sin embargo, un reparo para una obra que desea esclarecer los hechos y hacer frente a las tesis negacionistas: no aporta referencias de fuentes primarias y tampoco contiene un análisis crítico de qué fuentes son más útiles (o de las que lo son en menor medida). Sin embargo, Steinbacher sí describe minuciosamente el universo de Auschwitz, ocupándose del estudio de las vidas y las muertes de sus habitantes, incluyendo los hombres de negocios y los de las SS y sus víctimas. «Auschwitz, en su destructivo dinamismo, era la encarnación física de los valores fundamentales del Estado nazi», escribió el historiador Laurence Rees. Steinbacher evita centrarse demasiado en cuestiones morales; el significado de Auschwitz se encuentra en sus espeluznantes detalles, que la historiadora aporta con precisión de microcirujano. Steinbacher intenta comprender el sistema del campo de concentración, su concepción, su funcionamiento social y económico, cómo se concibe Auschwitz como espacio, cómo evoluciona la ciudad que lo acoge. Una obra necesaria, tanto por formato como por claridad y que debe figurar entre las más destacadas para aproximarse al pavoroso mundo de ese campo que ha sido definido, con acierto, como la «capital del Holocausto».

El filósofo Theodor Adorno resumió bien el mundo después de Auschwitz. Se trataba de un mundo que sólo podía negarse, optando por la vía del no pensar o, utilizando su terminología, la dialéctica negativa: «Nada de poesía después de Auschwitz». La idea del progreso moral continuo de la humanidad, tan querida a los filósofos de la Ilustración, que se alcanzaría a través de la igualdad, de la justicia y de la educación de la población, quedó sepultada en aquel campo, símbolo de tantos otros. El Holocausto fue un fenómeno que expresó algunas de las tendencias más significativas de la civilización occidental en el siglo XX: la naturaleza destructiva de la guerra moderna, la expansión del poder estatal y los métodos organizativos de las empresas corporativas modernas. El Holocausto no fue un acontecimiento histórico excepcional que representara una regresión a la barbarie medieval: fue un acontecimiento central de la historia moderna que fue posible gracias a la ciencia más avanzada y a la organización racional burocrática de la sociedad industrial moderna. Estos medios no sólo proporcionaron los medios para cometer el genocidio, sino que ofrecieron también una moral moderna Ersatz que valoraba la disciplina organizativa por encima de la responsabilidad ética. En la Alemania nazi se produjo una yuxtaposición de la normalidad y la modernidad con la barbarie fascista que plantea cuestiones muy complejas acerca de las patologías de la modernidad y de las tendencias implícitas de autodestrucción de la sociedad industrializada.



Entrada al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau




Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



HArendt






Entrada núm. 4022
elblogdeharendt@gmail.com
La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

jueves, 13 de julio de 2017

[A vuelapluma] Dos o tres cosas sobre Simone Veil





Simone Veil (1927-2017) fue una abogada y política francesa, superviviente del Holocausto. Al frente del Ministerio de Sanidad en el gobierno de Valéry Giscard d'Estaing, promulgó la ley llamada ley Veil por la que se despenalizó el aborto en Francia. Fue también la primera mujer en presidir el Parlamento Europeo. Ocupó varios cargos ministeriales en el gobierno de Édouard Balladur, y fue miembro del Consejo Constitucional de Francia.

Era imperiosa y dulce, irascible y generosa. Nadie identificó con tanta precisión los rasgos que singularizan el Holocausto judío. Recibió toda clase de honores, pero llevó una existencia furtiva en una época a la que nunca se adaptó del todo, dice de ella el filósofo francés Bernard-Henri Lévy en un artículo en su homenaje publicado en El País con motivo de su reciente fallecimiento.

Primera imagen de Simone Veil. Septiembre de 1979, durante esas fechas, entre Rosh Hashaná y Yom Kipur, que la tradición denomina “días terribles”. Es una foto en blanco y negro, en la calle Geoffroy l'Asnier, en París, ante el Memorial del Mártir Judío Desconocido. En el estrado, un joven con la cabeza descubierta pronuncia un discurso de homenaje a los muertos de la Shoá. Ella está en primera fila, de pie, muy bella, perdida en sus pensamientos pero evidentemente atenta. Escéptica y severa. Incrédula y cautelosa. Más tarde, le dirá al joven en un tono de amable reproche: “Demasiado lírico”.

Algunos años antes, Simone había pronunciado ante el Parlamento el discurso que iba a cambiar la vida de las mujeres francesas y a marcar el septenio de Giscard d'Estaing como la abolición de la pena de muerte marcaría el de François Mitterrand. Simone parecía la Romy Schneider de El proceso de Orson Welles. Se la veía determinada pero forzada. En sus palabras, había desaprobación pero también una infinita melancolía. No creo que “llorase” tras el discurso, pero no dudo que vivió aquellos momentos en lo que cierto teólogo llamó “soledad última”.

A partir de entonces, recibiría toda clase de honores, sería celebrada, beatificada en vida y venerada pero, paradójicamente, llevaría una existencia furtiva en una época a la que nunca se adaptó del todo.

Siempre fue un enigma para sus contemporáneos, siempre ligeramente retraída, aunque tan transparente a sus propios ojos como es humanamente posible.

Simone era consciente de su misión, de la dirección que había tomado su destino y, también, de su deseo —al que nunca renunció— de romper con lo que una vez, en París, durante la manifestación de apoyo a las víctimas del atentado de la calle Copérnico, llamó “derelicción judía”.

¿Quién eres cuando has vivido lo imposible: mirar a la muerte a los ojos? ¿Cómo no guardar las distancias cuando has conocido en carne propia la doble experiencia del desastre y el milagro?

Nada la enojaba más que escuchar una y otra vez: “La Shoá es inenarrable y por eso los supervivientes, cuando regresaron, se encerraron en el silencio”. “Pues no”, tronaba ella. Ellos no pedían otra cosa que hablar. Era el mundo el que no quería escuchar. Y al contrario que el tópico que pretende que en el principio era la memoria y que esta fue reemplazada poco a poco por el olvido, ella pensaba que, para la generación de los campos, primero fue el olvido y la memoria tuvo que construirse paso a paso e imponerse a la banalización y a la negación.

¡Qué malestar cuando, ministra o eminencia, intentaba abordar el tema! ¿Y qué pensó cuando, durante una recepción, un hombre le preguntó si el tatuaje que llevaba en el brazo era el número del guardarropa?

Una vez nos peleamos. Fue en 1993. Yo acababa de llevarle a François Mitterrand un mensaje del presidente bosnio Izetbegovic, en el que este comparaba Sarajevo con el gueto de Varsovia; luego, había organizado un encuentro en París entre ambos mandatarios, con ocasión del cual Simone, Izetbegovic y yo cenamos en la cervecería Lipp junto con otros amigos de Bosnia. Ella no se anduvo por las ramas: “Las comparaciones son odiosas. Por extrema que sea la situación bosnia, equiparándola con el incomparable sufrimiento judío no le hacemos un favor a nadie”. Izetbegovic asintió con la cabeza y, curiosamente, pareció estar de acuerdo.

Era imperiosa y dulce. Irascible y generosa. En su defensa, hay que decir que nadie ha identificado con tanta precisión como ella los rasgos que, efectivamente, singularizan la Shoá. Fue un crimen, decía: 1. Sin huellas (ni órdenes escritas ni directivas oficiales, nunca, en ninguna parte); 2. Sin tumbas (su padre, su hermano, su madre, desaparecieron convertidos en cenizas y humo, sin otra tumba que su memoria y, al final de su vida, su autobiografía); 3. Sin ruinas (Auschwitz, cuando ella regresa años después, es un lugar apaciguado, neutralizado, aseptizado); 4. Sin escapatoria (un sarajevita tenía, al menos en teoría, la posibilidad de abandonar Sarajevo; un ruandés, Ruanda; un camboyano, Camboya; lo propio del Holocausto fue que no había ningún lugar adonde ir: el mundo era una trampa); 5. Sin el menor rastro de racionalidad (cuando tuvieron que escoger entre dar paso a un tren con tropas de camino al frente o a otro con judíos de camino a los hornos, los nazis siempre escogieron este último).

Y, luego, estaba Europa. Después de la guerra, había dos actitudes. La de Jankélévitch: culpabilidad ontológica de Alemania; corrupción definitiva de su lengua por las huestes hitlerianas; juramento de no volver a tener nada que ver ni con esa lengua ni con ese pueblo. Y la de Simone Veil: no hay culpabilidad colectiva; el alemán es la lengua del nazismo pero también del antinazismo; es posible levantar una Europa cuyos pilares serán, precisamente, esa Francia y esa Alemania que guardan luto por sus fantasmas.

Según Bachelard, el mundo puede reducirse a una serie de copyrights. La relatividad según Einstein. La duda según Descartes. La risa según Bergson o el infierno según Dante. Del mismo modo: Europa según Simone Veil. Pues ¿qué otro nombre sino el suyo me viene a la cabeza en este preciso instante si intento ponerle cara a la princesa Europa?

La última vez que hablé con ella fue hace 10 años, cuando le entregué el Premio Scopus de la Universidad de Jerusalén, termina Lévy su artículo. Estaba con Antoine, el hombre de su vida. Con Jean y Pierre-François, sus hijos. Cansada pero batalladora. Intranquila pero libre de nostalgia. En su elogio de la paz, la ciencia y el derecho, dijo, como en respuesta a un filósofo al que reprobaba: “Solo una palabra puede salvarnos”.



Dibujo de Enrique Flores para El País



Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



HArendt






Entrada núm. 3633
elblogdeharendt@gmail.com
La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)