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viernes, 9 de agosto de 2019

[NUESTRA EUROPA] Cinco paradojas europeas



Dibujo de Eva Vázquez para El País


Aunque la elección de Ursula von der Leyen para presidir la Comisión dé la impresión de que se refuerza la hegemonía alemana en Europa, Berlín ha perdido influencia y eso puede ser peligroso para la UE, escribe el politólogo búlgaro Ivan Krastev, presidente del Center for Liberal Strategies e investigador permanente en el Instituto de Ciencias Humanas Sciences de Viena.

Si tratas de fracasar y lo consigues”, preguntaba el monologuista estadounidense George Carlin, “¿qué es lo que has logrado?”. Lo que responda cada uno a esta pregunta indicará qué piensa de la elección de Ursula von der Leyen como presidenta de la Comisión Europea. En mi opinión, la antigua ministra de Defensa alemana merece dirigir la Unión, pero el turbio proceso de su candidatura ha convertido el deseo de los ciudadanos de tener una UE más democrática y abierta en una broma. El escaso margen con el que ha sido elegida no tiene que ver con sus cualidades de líder, sino con las negociaciones entre bastidores. Lo paradójico es que, si bien los votantes han acudido a estas elecciones europeas pensando más que nunca en los intereses de Europa, las decisiones sobre los altos cargos se han tomado, también más que nunca, pensando en los intereses nacionales.

Varias semanas antes de las elecciones, el sondeo realizado por el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores reveló la suprema paradoja: el hecho de que, aunque la confianza en la Unión Europea (UE) es hoy la mayor de los últimos 25 años, una mayoría de los europeos en todos los países investigados, salvo España, cree que el bloque acabará roto en el plazo de 20 años. No ven ninguna alternativa a la UE, pero eso no quiere decir que vaya a sobrevivir.

En segundo lugar, si bien la Unión Europea no ha logrado resolver ninguna de las crisis que la han desgarrado en el último decenio (la crisis del euro, el conflicto entre Rusia y Ucrania, el Brexit, la crisis de los refugiados), su concatenación ha creado milagrosamente las condiciones que han permitido aguantar a la Unión. Sigue siendo tan frágil como siempre, pero sus posibilidades de resistir son mucho mejores que hace tres años.

Tercero, una consecuencia inesperada del ascenso de los partidos populistas y antieuropeos es que hoy, en Europa, nadie defiende abiertamente la salida de la Unión. Si, hace tres años, había más de 16 partidos en Europa confiados en ganar las elecciones con su plan de salir de la Unión o al menos del euro, hoy el -exit ha dejado de ser una prioridad política. No se sabe si la reconciliación de los populistas nacionalistas con la idea de una Europa unida es una buena o mala noticia, pero desde luego es la noticia.

La cuarta paradoja es que se preveía que las elecciones fueran un referéndum sobre Europa, un choque entre partidos proeuropeos y antieuropeos, pero, a la hora de la verdad, la frontera entre esos dos grupos ha sido la más porosa de todo el continente. La nueva presidenta de la Comisión —que se declara partidaria de una Europa federal— resultó elegida con los votos de algunos partidos antieuropeos (el Movimiento 5 Estrellas italiano, el Partido Ley y Justicia de Polonia), mientras que algunos proeuropeos (los socialistas, los liberales y seguramente algunos diputados conservadores) votaron en contra. Los grupos políticos del Parlamento Europeo tienen tal fragmentación interna, que Bruselas corre peligro de acabar invadida por una disfuncionalidad al estilo del Brexit. Si la elección de la presidenta de la Comisión Europea es indicativa de lo que nos espera, es fácil imaginar que el Parlamento empezará pronto a parecerse al Westminster del Brexit, con unos diputados capaces de formar mayorías de bloqueo pero no de configurar mayorías constructivas.

La quinta paradoja derivada de las últimas elecciones, y probablemente la más importante, es que, aunque la elección de la ministra de Defensa Ursula von der Leyen para la presidencia de la Comisión dé la impresión de que se refuerza la hegemonía alemana en Europa, la realidad es que Berlín ha perdido influencia, y eso puede ser peligroso para la UE. Desde luego, Alemania sigue siendo el miembro con más poder, pero cada vez es menos influyente.

Alemania no es ni tan poderosa como muchos temían en Europa ni tan estable como muchos esperaban, y es probable que la retirada de la canciller Angela Merkel deje aún más al descubierto la nueva vulnerabilidad de Berlín. Los alemanes han disfrutado de unas largas vacaciones de la historia, pero ya se han terminado. En la última década, mientras las sociedades europeas se desgarraban en medio de la angustia y la indignación, los ciudadanos alemanes, en su mayoría, estaban satisfechos con su situación económica. Antes de la crisis de los refugiados, confiaban en los políticos e incluso en los grandes medios de comunicación, y por eso Alemania insistía en mantener el statu quo y hacía oídos sordos a los problemas ajenos. Populismo era una palabra que no tenía traducción allí. En los días de la crisis financiera, había tantas diferencias entre Alemania y sus socios europeos como entre una comedia romántica y una película de terror. Sin embargo, las elecciones legislativas de noviembre de 2017 demostraron que la fantasía se había terminado, y las elecciones europeas de 2019 lo han confirmado.

Fue la llegada de refugiados en 2015 —y el pánico cultural y demográfico que causó— lo que acabó con la excepción alemana. De la noche a la mañana, se ha convertido en un país europeo como los demás. Sus grandes partidos sufren una crisis existencial y la amenaza de extinción. El extremismo está en alza. La confianza de los ciudadanos en las instituciones, en declive. Los que antes eran problemas de otros países de pronto se han convertido también en problemas alemanes. En 2014, a propósito del “momento alemán” que se vivía en la historia (el hecho de que a Alemania le iba bien mientras que todos los demás países europeos estaban mal), Thomas Bagger, uno de los intelectuales políticos más profundos del país y actualmente asesor de Política Exterior del presidente federal, advirtió sabiamente que “el momento alemán tiene la limitación de que es solo alemán, y no un momento europeo”.

La “cuestión alemana” —la influencia excesiva de Berlín en la política europea— ha sido crucial en cualquier discusión sobre el futuro de la UE desde la crisis financiera y el Brexit. Pero el quid de esa cuestión no está en la fortaleza de Alemania, sino en la debilidad que ahora ha quedado al descubierto. La pregunta es saber si Berlín seguirá comprometida con la UE en un momento en el que la capacidad de decisión de Alemania en la Unión ha disminuido y muchos europeos siguen responsabilizándola por un poder que ya no tiene.

Con el modelo económico alemán en crisis como resultado de una conjunción de cambios tecnológicos y geopolíticos, y cuando la sociedad alemana ha perdido la confianza en sí misma, el compromiso de Berlín con la UE no puede darse por descontado.

Los sondeos de opinión de las dos últimas décadas indican que, mientras los Estados miembros de la periferia (tanto España como Polonia) confían en las instituciones europeas porque tienen una profunda desconfianza en sus propias instituciones y clases dirigentes, las sociedades de los Estados miembros que forman el núcleo de la UE (Holanda, Alemania, Francia) tienden a confiar más en sus instituciones nacionales que en las europeas, y su fe en la UE depende de que piensen que sus Gobiernos pueden determinar las políticas europeas.

Hay que preguntarse qué visión va a tener ahora Alemania de Europa, cuando muchos alemanes están poniendo en duda la eficacia de sus propias instituciones y los partidos de la oposición han sido los críticos más feroces de la nueva presidenta de la Comisión (que es alemana); la respuesta definirá la diferencia entre el éxito y el fracaso de la UE.





La reproducción de artículos firmados en el blog no implica compartir su contenido, pero sí su interés. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt





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domingo, 26 de mayo de 2019

[ESPECIAL ELECCIONES] Votar es bueno para el corazón





La UE ha creado una cooperación real entre cientos de millones de personas, sin imponer un gobierno único. Si el experimento europeo fracasa, ¿cómo podemos esperar que triunfe el resto del mundo? Vayan a votar este domingo; es bueno para el corazón, escribe el historiador israelí Yuval Noah Harari. 

Muchos de los mayores crímenes de la historia tuvieron su origen, más que en el odio, en la indiferencia, comienza diciendo Noah Harari. Sus responsables fueron personas que podrían haber hecho algo, pero no se molestaron en levantar un dedo. La indiferencia mata. Quizá la indiferencia de un votante no le mate a él; pero hay muchas probabilidades de que mate a otro.

Algunas personas no se molestan en participar en las elecciones europeas porque creen que un voto nunca cambia nada. No es verdad. Quizá el voto que usted deposite no cambie el equilibrio de poder en el Parlamento Europeo, pero desde luego le transformará a usted. Es importante adoptar una posición moral para mantener su corazón en forma: si no, el corazón se endurece y se osifica, y la próxima vez que necesite luchar por algo —no necesariamente en las urnas— le costará más hacerlo.

Otros justifican su indiferencia diciendo que “todos son igual de malos”. No es verdad. Incluso cuando todos los bandos son malos, pocas veces son igual de malos. En la historia, muchas veces, no nos encontramos con luchas entre buenos y malos, sino entre malos y peores. Se podría escribir toda una enciclopedia sobre los crímenes de los aliados en la II Guerra Mundial, los horrores del régimen soviético, el racismo del Imperio Británico y las injusticias de la sociedad estadounidense. Aun así, había que apoyar a los aliados, y no permanecer indiferentes y decir: “Qué me importa quién gane, son todos iguales”. En 1933 hubo muchos alemanes que no se molestaron en votar. “Qué más da”, se dijeron a sí mismos, “todos los políticos son iguales”. Pues no. Algunos políticos son mucho peores que otros.

De hecho, en la mayoría de los casos, hay algunos políticos honrados. El que utiliza el argumento de que “todos los políticos son iguales, todos son unos corruptos, todos son unos mentirosos” suele ser el más corrupto de todos. Un político que quiere justificar sus vicios elevándolos a universales. No caigan ustedes en esa trampa.

La Unión Europea ha aportado paz a Europa y estabilidad al mundo entero. Pero ahora está en crisis. Los europeos, por tanto, se enfrentan a unas cuantas decisiones morales de crucial importancia, que conformarán el futuro de Europa y de la humanidad en su conjunto. Los que ven esas decisiones con indiferencia son personas que han perdido la brújula moral. Quienes esperan a que aparezca una alternativa perfecta para tomarse la molestia de salir de casa seguirán esperando hasta el fin de los tiempos. No esperen. Salgan. Vayan a votar.

No soy quién para recomendar a un partido o un candidato concreto. Pero sí puedo decir que la prosperidad y la supervivencia de la humanidad en el siglo XXI dependen de que haya una verdadera cooperación regional y mundial. Es la única cosa capaz de prevenir la guerra nuclear, detener el cambio climático y regular tecnologías disruptivas como la inteligencia artificial (IA) y la bioingeniería. De modo que hay que votar por partidos que promuevan esa cooperación regional y mundial.

Recuerden que ningún país, por fuerte que sea, puede construir un muro contra el invierno nuclear. Ningún país puede construir un muro contra el calentamiento global. Y ningún país puede regular la IA y la bioingeniería por sí solo, porque no controla a todos los científicos e ingenieros del mundo. Pensemos, por ejemplo, en la realización de experimentos de ingeniería con seres humanos. Todos los países dirán: “No queremos hacer estos experimentos, somos los buenos. ¿Pero cómo sabemos que nuestros rivales no los están haciendo? No podemos permitirnos quedar atrás. Así que debemos hacerlos antes que ellos”. Lo único que puede impedir unas rivalidades tan catastróficas es construir confianza entre los países, en lugar de muros. Una confianza como la que existe hoy entre Francia y Alemania, y que parecía pura fantasía hace solo 70 años.

Sin embargo, algunos políticos insisten en que existe una contradicción fundamental entre globalismo y nacionalismo e instan a la gente a rechazar el primero y adoptar el segundo. Pero esto parte de un error fundamental. No existe contradicción entre nacionalismo y globalismo. Porque el nacionalismo no consiste en odiar a los extranjeros. El nacionalismo consiste en cuidar de nuestros compatriotas. Y en el siglo XXI, para proteger la seguridad y la prosperidad de nuestros compatriotas, debemos cooperar con los extranjeros. Por consiguiente, un buen nacionalista debería ser también globalista.

El globalismo no significa abandonar todas las lealtades y tradiciones nacionales, ni tampoco abrir la frontera a una inmigración sin límites. El globalismo significa dos cosas mucho más modestas y razonables.

En primer lugar, un compromiso con ciertas normas mundiales. Unas normas que no niegan la singularidad de cada país ni la lealtad de su gente. Unas normas que se limitan a regular las relaciones entre países. Un buen ejemplo es la Copa Mundial de Fútbol. Se trata de una competición entre países, y la gente suele exhibir una feroz lealtad a su selección nacional. Pero, al mismo tiempo, es un despliegue asombroso de armonía global. Francia no puede jugar al fútbol contra Croacia si los franceses y los croatas no se ponen antes de acuerdo sobre las reglas del juego. Hace mil años habría sido absolutamente imposible reunir a personas de Francia, Croacia, Argentina y Japón para jugar juntos en Rusia. Aunque se les hubiera podido llevar allí, nunca habrían acordado unas reglas comunes. Pero hoy, sí. Eso es el globalismo. Si a usted le gusta el Mundial de fútbol, es un globalista.

El segundo principio del globalismo es que, a veces, es necesario dar prioridad a los intereses mundiales por encima de los nacionales. No siempre, pero sí a veces. Por ejemplo, en la Copa del Mundo, todas las selecciones aceptan no emplear drogas prohibidas para mejorar su rendimiento. Es posible que una selección pudiera ganar si administra drogas a todos sus futbolistas, pero no debe hacerlo porque, en ese caso, las otras selecciones también lo harían, el Mundial acabaría siendo una competición entre bioquímicos, y eso destruiría el deporte.

Igual que en el fútbol, también en economía debemos encontrar un equilibrio entre los intereses nacionales y los mundiales. Incluso en un mundo globalizado, la inmensa mayoría de los impuestos que pagamos van dirigidos a pagar la sanidad y la educación de nuestro propio país. Ahora bien, en ocasiones, los países acuerdan frenar su desarrollo económico y tecnológico para impedir catástrofes ecológicas y la difusión de tecnologías peligrosas.

La Unión Europea, hasta ahora, ha sido el experimento más logrado de la historia en la búsqueda del equilibrio adecuado entre los intereses nacionales, regionales y mundiales. Ha creado una cooperación real entre cientos de millones de personas, sin imponer un gobierno único, una lengua única ni una nacionalidad única a todos. Ha creado armonía sin imponer la uniformidad. Si Europa puede enseñar al resto del mundo a fomentar la armonía sin uniformidad, la humanidad tendrá muchas posibilidades de prosperar en este próximo siglo. Si el experimento europeo fracasa, ¿cómo podemos esperar que triunfe el resto del mundo?



Dibujo de Eulogia Merle para El País



Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt 



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viernes, 24 de mayo de 2019

[EUROPA] Votar sí que importa





Entre los próximos 23 y 26 de mayo estamos llamados los ciudadanos europeos a elegir a nuestros representantes en el Parlamento de la Unión. Me parece un momento propicio para abrir una nueva sección del blog en la que se escuchen las opiniones diversas y plurales de quienes conformamos esa realidad llamada Europa, subiendo al mismo, de aquí al 26 de mayo próximo, al menos dos veces por semana, aquellos artículos de opinión que aborden, desde ópticas a veces enfrentadas, las grandes cuestiones de nuestro continente. También, desde este enlace, pueden acceder a la página electrónica del Parlamento europeo con la información actualizada diariamente del proceso electoral en curso.

Votar sí que importa, señala el presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker. La construcción de Europa es un proceso continuo y asentado en valores comunes. Las elecciones del domingo nos brindan la oportunidad de hacer oír nuestra voz, de defender aquello en lo que creemos.

En cuestión de días, comienza diciendo Juncker, los europeos serán llamados a las urnas en el mayor ejercicio democrático transnacional que existe en el mundo. Un total de 427 millones de personas en 28 países votarán a los miembros del Parlamento Europeo que les representarán. Al hacerlo, también determinarán la dirección de la política europea para los próximos cinco años.

Es cierto que, durante mucho tiempo, las elecciones al Parlamento Europeo han sido recibidas por los votantes con una gran dosis de apatía. A menudo, se oye a gente justificando su abstención porque “de todas maneras, ¿qué diferencia aportaría mi voto?”. Pero imaginemos que todos pensáramos así. Cada europeo debería emitir su voto pensando que todos los demás van a votar exactamente lo mismo que él y asumiendo la responsabilidad por las consecuencias de ese voto para nuestro continente.

Porque sí importa. Importa para nuestro planeta que votemos a personas que van a liderar la lucha contra el cambio climático. Importa para nuestros puestos de trabajo que votemos a personas que van a esforzarse por proteger los derechos de los trabajadores en la era digital. Importa para nuestra seguridad que votemos a personas que van a defender a los europeos en un mundo en el que hay fuerzas, nuevas y viejas, que han decidido ir por su cuenta o poner sus propias reglas. Europa está a tu servicio, no al revés. Votar es asegurar que así sea.

En todos los países habrá candidatos que clamarán que Europa nunca es la respuesta, que Europa atenta contra nuestra identidad nacional. No creo que esto sea cierto. Hay numerosos ámbitos en los que sencillamente las naciones europeas pueden hacer más juntas que separadas; por ejemplo, a la hora de hacer frente a los gigantes tecnológicos, asegurar nuestras fronteras exteriores, celebrar acuerdos comerciales o limpiar los océanos de plástico.

Así pues, tenemos que combatir a los populistas allí donde son débiles: con acciones, no con palabras; con esperanza, no con miedo; con unidad, no con división. Y con un plan claro para un futuro mejor, no con nostalgia de un pasado que nunca existió.

España es un país sólido, que ha sabido salir fortalecido de la crisis que vivimos en los últimos años, y en donde los ciudadanos conviven de manera natural con sus distintas identidades: nacional, regional, local y también europea. Ninguna de ellas es incompatible con las otras, sino que, al contrario, fortalece el ideal europeo de caminar todos juntos y unidos, sacando el máximo partido de nuestra diversidad y apuntalando nuestros valores comunes de democracia, paz, Estado de derecho, libertad, tolerancia, pluralismo, justicia, solidaridad, respeto a los derechos humanos e igualdad entre hombres y mujeres.

Cuando fui elegido presidente de la Comisión Europea, mi mandato fue claro: centrar la atención en las cosas que más importan a los europeos. Y esto es exactamente lo que hemos hecho. En este momento, 240 millones de europeos tienen trabajo, cifra más alta que nunca. El desempleo registra mínimos históricos en este siglo. Los salarios han subido un 5,7%. Hoy contamos con nuestra propia Guardia Europea de Fronteras y Costas para ayudarnos a proteger nuestras fronteras, aunque aún tenemos que culminar la labor que iniciamos en este contexto y alcanzar la cifra de 10.000 guardias de fronteras de la Unión. Hoy, cuando nos desplazamos a cualquier país de la Unión, podemos utilizar nuestros móviles sin recargo y usar los servicios de streaming que tengamos contratados. Nuestras empresas pueden comerciar con Japón y Canadá sin pagar aranceles, gracias a los mayores acuerdos comerciales del mundo.

Pero Europa no es solo cuestión de cifras y estadísticas: lo es de valores comunes. Son Europa los 120.000 jóvenes voluntarios que, a través del Cuerpo Europeo de Solidaridad, están ayudando a reconstruir las zonas afectadas por un terremoto en Italia. Son Europa los bomberos polacos recibidos como héroes en las calles de Suecia cuando fueron a luchar contra los incendios forestales. Son Europa los 30.000 jóvenes que viajan en tren por todo el continente gracias al programa DiscoverEU y los 10 millones de estudiantes de Erasmus que exploran nuevas culturas, historias y lenguas.

Por el camino, hemos sido sometidos a prueba de múltiples maneras. De cada una de las pruebas hemos salido más fuertes y más unidos. Logramos que Grecia permaneciera en el euro contra toda expectativa. Hemos reducido en un 90% el número de personas que llegan irregularmente a nuestras costas, pese a las voces que auguraban que la crisis migratoria sería imposible de gestionar. Y nos mantuvimos juntos cuando uno de los nuestros, el Reino Unido, decidió abandonar la Unión.

Siempre se puede hacer más y mejor. Pero todos esos desafíos han dado un nuevo impulso a nuestra Unión. Nos han recordado que nuestra Unión no puede darse por sentada, sino que exige un esfuerzo cotidiano. La opinión pública no ha sido tan favorable desde hace 27 años. En España, el 72% cree que ser miembro de la UE es positivo y el 74% votaría por permanecer en la Unión si mañana hubiera un referéndum.

Pero la construcción de Europa es un proceso continuo. No olvidemos que solo han transcurrido 30 años desde que cayó el telón de acero y el muro de Berlín quedó hecho añicos. Los europeos siempre han luchado por sus derechos, sus libertades, sus valores y su soberanía. Y hoy no tiene por qué ser distinto.

Las elecciones europeas del domingo nos brindan la oportunidad de hacer oír nuestra voz, de defender aquello en lo que creemos. Todos y cada uno de nosotros, solos ante nuestras papeletas de voto, sabemos que todos tenemos el mismo poder y la misma capacidad para influir en nuestro futuro común. Ese día todos somos Europa. Cada uno de nosotros tiene el destino en sus manos.







Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt 



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viernes, 17 de mayo de 2019

[EUROPA] La UE y las largatijas





Entre los próximos 23 y 26 de mayo estamos llamados los ciudadanos europeos a elegir a nuestros representantes en el Parlamento de la Unión. Me parece un momento propicio para abrir una nueva sección del blog en la que se escuchen las opiniones diversas y plurales de quienes conformamos esa realidad llamada Europa, subiendo al mismo, de aquí al 26 de mayo próximo, al menos dos veces por semana, aquellos artículos de opinión que aborden, desde ópticas a veces enfrentadas, las grandes cuestiones de nuestro continente. También, desde este enlace, pueden acceder a la página electrónica del Parlamento europeo con la información actualizada diariamente del proceso electoral en curso.

La Unión es un sistema, como el capitalismo. Ambos se hacen más fuertes tras sufrir una crisis. Son como las lagartijas, escribe  Víctor Lapuente, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Oxford y actualmente profesor en la Universidad de Gotemburgo.

Hace millones de años, una hecatombe extinguió a todos los dinosaurios, comienza diciendo. Pero muchas lagartijas sobrevivieron. Los reptiles más pequeños son más flexibles. Se adaptan mejor a los shocks. Los animales grandes fascinan. Los pequeños funcionan.

Lo mismo pasa con las instituciones políticas. Los intelectuales de la vanguardia eurófila sueñan, y los populistas de la retaguardia eurófoba tienen pesadillas, con una Europa gigantesca: económica, política, social y cultural. Una recreación secular de la Iglesia católica, apostólica y romana. Pero tan difícil es erigir una mega-UE como desmantelar la actual UE, un entramado de instituciones en red, con pocos puntos de contacto y, por tanto, pocos talones de Aquiles. Los productos de la UE (de la eurozona y el espacio Schengen a la PAC y los fondos de cohesión, pasando por las multas a Google) son el resultado de organismos distintos legitimados por coaliciones distintas de actores.

La UE es lo opuesto a la Estrella de la Muerte de Star Wars: un mole imponente, pero, si atacas su núcleo, salta por los aires. La UE no tiene centro. No tiene cabeza, por lo que no se le puede cortar el cuello.

La UE es un sistema, como el capitalismo. Ambos se hacen más fuertes tras sufrir una crisis. El capitalismo y la UE están tan enraizados en las realidades cotidianas de ciudadanos, empresas, grupos de interés y políticos que salen reforzados de cada traspiés. Los anticapitalistas y euroescépticos agitan ruidosamente sus banderas de vez en cuando. Pero sus gritos son señal de su impotencia. Los nacionalpopulistas pueden obtener unos excelentes resultados en estas elecciones europeas. Pero, más allá de darle un tono folclórico al Parlamento Europeo, que nadie espere una impronta populista en el futuro corpus legislativo de la UE. Los intereses creados en torno al mercado y las políticas comunitarias son tan poderosos que ni tan siquiera los políticos con las lenguas más viperinas podrán desmontarlos.

Uno de los padres fundadores de la UE, Jean Monnet, lo predijo hace décadas. La integración europea no avanzará mediante grandes consensos, sino a golpe de grandes crisis. Porque lo que une a los humanos no son los ideales nobles, sino los miedos mundanos a perder bienestar.

Dejemos pues de tener sueños y pesadillas con la UE. Porque, cuando despertemos, la lagartija todavía estará allí.





Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt 



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martes, 14 de mayo de 2019

[EUROPA] ¿Qué quieren verdaderamente los europeos?





Entre los próximos 23 y 26 de mayo estamos llamados los ciudadanos europeos a elegir a nuestros representantes en el Parlamento de la Unión. Me parece un momento propicio para abrir una nueva sección del blog en la que se escuchen las opiniones diversas y plurales de quienes conformamos esa realidad llamada Europa, subiendo al mismo, de aquí al 26 de mayo próximo, al menos dos veces por semana, aquellos artículos de opinión que aborden, desde ópticas a veces enfrentadas, las grandes cuestiones de nuestro continente. También, desde este enlace, pueden acceder a la página electrónica del Parlamento europeo con la información actualizada diariamente del proceso electoral en curso.

¿Qué quieren verdaderamente los europeos? Europa, hoy, está amenazada por una epidemia de nostalgia. Muchos votantes creen que el mundo pasado era mejor. Tienen miedo de que sus hijos vivan peor que ellos, pero no saben cómo impedirlo, escribe Ivan Krastev, columnista de opinión, presidente del Center for Liberal Strategies, investigador permanente en el Instituto de Ciencias Humanas Sciences de Viena. 

Dentro de dos semanas, comienza diciendo Krastev, los europeos depositarán sus votos para elegir al nuevo Parlamento Europeo. Quien lea los grandes periódicos y escuche a los dirigentes políticos del continente acabará creyendo que el electorado europeo está radicalmente polarizado y los votantes se disponen a hacer una elección trascendental. Estos comicios, nos dicen muchos, son una especie de referéndum. La extrema derecha cuenta con que sean un referéndum sobre la inmigración (o, mejor dicho, sobre la ineptitud de Bruselas para abordarla), mientras que los progresistas y europeístas las conciben como un plebiscito sobre la supervivencia de la Unión Europea. Los estrategas de extrema derecha confían en que las elecciones se parezcan a la victoria de Donald Trump en 2016, y los progresistas esperan que recuerden a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2017 en Francia, cuando Emmanuel Macron derrotó a Marine Le Pen. Ambos bandos, al parecer, están de acuerdo en una cosa: nos encontramos ante una guerra tribal entre populistas-nacionalistas y europeístas comprometidos. Salvo que nada de todo esto es verdad.

Un sondeo electoral detallado de casi 50.000 personas en 14 de los Estados miembros más poblados de la Unión Europea, realizado por la empresa YouGov para el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, ha llegado a la conclusión de que existe una gran diferencia entre la descripción que hacen los medios de comunicación sobre el ánimo de los europeos en vísperas de las elecciones y la realidad.

Eso no quiere decir que la situación sea necesariamente más esperanzadora; sencillamente, es distinta. La idea de la extrema polarización de los votantes encaja en Polonia, donde la división entre el Gobierno nacionalista populista y la oposición es tal que cruzar la línea que los separa es tan improbable como desertar al bando enemigo en una guerra. En el resto de los países, sin embargo, el problema no es que no sea posible cambiar la opinión de los votantes; es que ellos no tienen claro qué opinión tienen.

A medida que se acercan las elecciones, he estado pensando en una frase humorística de un cuento absurdo que recuerdo de cuando era niño: “Lord Ronald no dijo nada; salió corriendo de la sala, montó de un salto sobre su caballo y se fue cabalgando como loco en todas direcciones”.

Una inmensa mayoría de europeos desea cambios, pero ese deseo puede manifestarse de formas muy distintas. En Holanda, por ejemplo, en las elecciones provinciales de marzo, los votantes apoyaron a un partido de extrema derecha y antiinmigración. Ese mismo mes, los eslovacos escogieron como presidenta a una liberal después de muchos años de que su país se considerase un bastión populista inquebrantable. Ambos fueron votos en contra del statu quo, pero ese statu quo, que en Holanda eran los partidos tradicionales, en Eslovaquia lo constituían los populistas.

Lo que está sucediendo no es que los votantes convencionales estén yéndose hacia los extremos, sino que se mueven en todas las direcciones, hacia la izquierda y la derecha, hacia los antisistemas y hacia los partidos tradicionales. El cruce constante de las fronteras ideológicas es una nueva versión de la crisis migratoria. Excepto que, en el caso de la migración de votantes, la tasa de retorno parece ser infinitamente más elevada. Más de la mitad de los que dicen que piensan votar a partidos nuevos dicen también que pueden cambiar su voto. En estas elecciones hay una incertidumbre casi total. De acuerdo con nuestra encuesta, la mitad de la población piensa abstenerse. Al menos el 15% no tiene todavía claro si va a votar. Y entre los que sí lo tienen claro, el 70% está indeciso. Es decir, hay 97 millones de votantes a los que los partidos aún tienen que captar. No obstante, sí puede haber quizá una cosa que une a los votantes de toda Europa.

En 1688, el médico suizo Johannes Hofer acuñó el término “nostalgia” para designar una nueva enfermedad. Su síntoma principal era un ánimo melancólico derivado del anhelo de regresar a la tierra natal. Los que la sufrían solían quejarse de que oían voces y veían fantasmas. Pues bien, Europa, hoy, está amenazada por una epidemia de nostalgia. Los votantes europeos están enfadados, confusos y nostálgicos. Muchos creen que el mundo pasado era mejor, pero no saben con certeza a qué pasado se refieren. Tienen miedo de que sus hijos vivan peor que ellos, pero no saben cómo impedirlo.

La paradoja europea es que sus ciudadanos comparten la convicción de que el mundo pasado era mejor, pero no se ponen de acuerdo en cuál fue esa edad de oro. Los partidos antiinmigración sueñan con la época de los Estados étnicamente homogéneos —como si alguna vez hubieran existido—, mientras que, en la izquierda, muchos tienen nostalgia del sentimiento de progreso que definió la integración europea.

Los electores europeos parecen vacilar entre su deseo de cambio y su nostalgia del pasado. Europa no se divide entre los que creen en Bruselas y los que creen en sus naciones-Estado —el grupo más numeroso es el de los que se muestran escépticos tanto sobre la Unión Europea como sobre la nación-Estado—, sino que está unida por los que tienen miedo de que el ayer haya sido mejor que el hoy y que el hoy sea mejor que el mañana.

Hay que preguntarse si las elecciones parlamentarias europeas van a reforzar la dolencia y a agravar el malestar nostálgico del continente o si van a representar la primera etapa de la recuperación y un giro hacia el futuro. Solo hay una certeza: la frontera entre los grandes partidos proeuropeos y los partidos antisistema euroescépticos es hoy la menos protegida de Europa. Estas semanas van a ser cruciales para hacer que el electorado decida dónde —a qué lado de esa frontera— van a refugiarse las mayorías.






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viernes, 3 de mayo de 2019

[EUROPA] España, sola en el mundo





Entre los próximos 23 y 26 de mayo estamos llamados los ciudadanos europeos a elegir a nuestros representantes en el Parlamento de la Unión. Me parece un momento propicio para abrir una nueva sección del blog en la que se escuchen las opiniones diversas y plurales de quienes conformamos esa realidad llamada Europa, subiendo al mismo, de aquí al 26 de mayo próximo, al menos dos veces por semana, aquellos artículos de opinión que aborden, desde ópticas a veces enfrentadas, las grandes cuestiones de nuestro continente. También, desde este enlace, pueden acceder a la página electrónica del Parlamento europeo con la información actualizada diariamente del proceso electoral en curso.

No sabemos qué piensan nuestros candidatos de las diferentes tendencias que se palpan en Europa en cuanto al futuro de la Unión Europea, escribe Olivia Muñoz-Rojas, investigadora independiente, doctora en Sociología por la London School of Economics, máster en Humanidades y Pensamiento Social por la New York University y licenciada en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense. 

Mientras el futuro de Europa forma parte del debate nacional en muchos otros países europeos, comienza diciendo, en el nuestro, su ausencia en esta campaña —y, concretamente, en los dos principales debates electorales— asombra. Podría pensarse que es porque las elecciones europeas están a la vuelta de la esquina y existe una preferencia por reservar el tema europeo para esa campaña. O que no es relevante porque ninguno de los principales partidos promueve la salida de la Unión Europea (ni tan siquiera Vox). O que tenemos preocupaciones internas demasiado serias, como el conflicto territorial, que requieren nuestra atención plena. O que las encuestas sociológicas indican que la política exterior no es una prioridad para los ciudadanos. Sea como fuere, cualquiera que observara nuestra campaña desde fuera, podría llegar a la conclusión de que España está sola en el mundo. ¿Cuál es el papel de nuestro país en el Mediterráneo? ¿Cuál en la Unión Europea? ¿Qué papel puede jugar en tanto puente entre Europa y América Latina?

Salvo por la cuestión de la inmigración, es difícil saber la postura de cada partido respecto de las transformaciones políticas que se están viviendo en el mundo árabe, por ejemplo, y sus consecuencias para nuestro país y Europa en su conjunto. Tampoco sabemos qué piensan nuestros candidatos de las diferentes tendencias que se palpan en Europa en cuanto al futuro de la Unión, fundamentalmente, la tensión entre reforzar la soberanía nacional que defiende el Grupo de Visegrado, mantener el statu quo o avanzar hacia un modelo crecientemente federal. Es un asunto que, en la actual estructura de la UE —con un Ejecutivo (la Comisión) formado por representantes designados por los gobiernos de cada país y con mayores prerrogativas que el Parlamento Europeo— no se dirime sólo en las elecciones a este último, sino, e incluso más, en las elecciones generales de cada país.

Con alguna excepción y más allá de las referencias ideológicas a Venezuela —y México, tras la famosa carta de AMLO— ningún partido parece interesado en explicar cómo podría aprovechar mejor España su posición como interlocutor privilegiado entre Europa y más de la mitad del continente americano en un incierto mapa geopolítico y económico mundial.

Se trata de temas trascendentes que elevarían el nivel de nuestro debate, sin restarle importancia a las cuestiones internas, pues, al fin y al cabo, muy poco de lo que hoy nos sucede puede entenderse fuera de un contexto europeo y global. Se puede, como sucede en nuestro país vecino, debatir la crisis de los chalecos amarillos —asunto interno no menor— a la vez que se discute el papel de Francia en Europa y su proyección en otros continentes. Convendría que aquellos que defienden España como uno de los mejores países del mundo y se enorgullecen de su historia milenaria universal les recuerden también a los votantes que España no vive en una burbuja.






Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt 



HArendt






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La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)