martes, 21 de enero de 2025

De la derrota en política

 







La relación de los filósofos con la política es antigua. Muy antigua. Es probable, de hecho, que nuestra tradición filosófica surgiera por el brote de una emoción estrictamente política: la indignación que un joven aristócrata ateniense llamado Aristocles sintió ante la injusta condena y posterior muerte de su maestro. El hombre sabio y bueno que la democracia de Atenas sacrificó se llamaba Sócrates. Su discípulo fue el padre de la disciplina filosófica y la historia lo recordará siempre por su pseudónimo. Todavía en nuestro tiempo lo seguimos llamando Platón, escribe en Revista de Libros [Dar razón de la derrota en política, 07/01/2024] el filósofo Diego S. Garrocho, profesor titular de Filosofía Moral en la Universidad Autónoma de Madrid, reseñando los libros Diálogos V, Platón  (Madrid, Gredos, 2021);  Fuego y Cenizas, Michael Ignatieff (Madrid, Taurus, 2014); Liderazgo, Henry Kissinger (Madrid, Debate, 2003); y Aquiles en el Gineceo, Javier Gomá Lanzón (Valencia, Pretextos, 2007).

El estrecho vínculo entre la labor filosófica e intelectual y el ejercicio de la política se expresó en el siglo IV a. de C. con una vehemencia que no conoce precedentes. Platón, en una de las pocas cartas (la VII) de la que podemos imputarle la autoría, recordó sus viajes a Siracusa y advirtió que el género humano no vería días mejores hasta que adquiera autoridad política la raza de quienes siguen recta y auténticamente la filosofía. Las alternativas que abre el dictado del autor de la República son dos: o bien los filósofos deben hacerse gobernantes, o bien los gobernantes deben instruirse en la filosofía. Así hasta hoy.

La querencia política de los filósofos, académicos e intelectuales es, por tanto, un tópico clásico. El propio Platón realizó tres viajes a Sicilia para asesorar a dos tiranos (Dionisio padre y Dionisio hijo) e incluso su discípulo Aristóteles fue preceptor del magno Alejandro. No son excepciones. El vínculo entre la sabiduría y el poder se ha declinado de distintas maneras y no existe siglo en el que no podamos reconocer puntuales contactos, cuando no firmes alianzas, entre el poder político y la autoridad intelectual. Nuestro tiempo, vanidoso y narcisista hasta la extenuación, no es tampoco una excepción a este respecto. Son muchas las personas instruidas en filosofía que en nuestros días han asumido responsabilidades políticas. Sin salir de España, por ejemplo, Ángel Gabilondo, José María Lassalle o Manuel Cruz son los ejemplos más recientes, pero la proximidad entre la academia en su sentido más amplio y las magistraturas públicas ha sido casi una constante en nuestra cultura política.

El caso del canadiense Michael Ignatieff es especialmente relevante por muchos motivos. Este ensayista, historiador y filósofo (hombre de letras al fin) ha ocupado cargos de responsabilidad docente e investigadora en algunas de las instituciones más prestigiosas del mundo. A la santísima trinidad de la academia anglosajona (Oxford, Cambridge o Harvard) debemos sumarle otras universidades notables como son Toronto University o la Central European University. Este intelectual de prestigio mundial cometió en el año 2006 la audacia o la osadía de asumir responsabilidades políticas en el Partido Liberal de Canadá, una formación política moderada y centrista a la que estaría vinculado hasta el año 2011. No fueron años sencillos y si su historia merece aparecer en este monográfico de Revista de libros es por dos motivos: Michael Ignatieff, siendo líder del Partido Liberal, condujo a su formación política a una profunda derrota. Aquel fracaso no admitió ningún matiz o paliativo: fue el peor resultado de la historia del Partido Liberal, el peor resultado del primer partido de la oposición y la primera vez desde la confederación de los liberales en Canadá en la que el partido no acababa, al menos, en segunda posición. La crónica razonada de este fracaso estrepitoso le sirvió a Ignatieff para componer un libro lúcido, sensible y franco en el año 2013. El texto ya resulta elocuente desde su título: Fire and Ashes: Success and Failure in Politics o, como tradujo literalmente Paco Beltrán para Taurus (2014), Fuego y cenizas: éxito y fracaso en política.  

El libro habla, naturalmente, de política. Pero la política no es más que un escenario exagerado de algunas constantes de la existencia humana. El poder, la traición, la lealtad, la ambición, las dudas y las convicciones son ingredientes indispensables en toda biografía. Sólo que en política adquieren una dimensión hipertrofiada. Por eso engancha tanto y esta es la causa por la que el combate político reclama nuestra atención al igual que la luz atrae a las polillas. Contemplar la política y el conflicto, si es que hay diferencia, es tanto como ver una dramaturgia exagerada de todo lo que somos.

El texto de Ignatieff da lo que promete y no se reserva ninguna premisa oculta en sus primeras páginas. «Nada te va a causar más problemas en la política que decir la verdad». Este principio, casi antiplatónico, acabará desarrollándose por los diez capítulos que componen el ensayo e irá contrapeando el optimismo de los momentos felices con la injusta derrota en la que un hombre cae no ya por azar o accidente, sino por ejercer aquellos principios que un día le llevaron a abandonar una confortable carrera académica. El perfil de Ignatieff ya estaba muy consolidado cuando decidió remangarse la camisa y mancharse hasta los codos, en un gesto que recuerda a la decisión del hijo de Peleo y que tan bien supo resumir Javier Gomá en Aquiles en el Gineceo. Hay un momento en la vida de casi todas las personas en las que toca decidir: una vida larga y próspera, después de la cual no habrá demasiadas personas que te recuerden; o una vida corta y cargada de fatigas que, sin embargo, te procurará una gloria inmortal. No creemos que el profesor Ignatieff aspirara a una fama sin límite, pero sí parece claro que dio el paso movido por una íntima vocación. Su perfil parecía imbatible: un hombre reputado, de maneras templadas y una ideología transversal que puede que a nadie le conmoviera hasta el entusiasmo pero que, en principio, no debería generar grandes aversiones ni enconadas enemistades. A pesar de lo razonable de este pronóstico, acabó por ocurrir (casi) todo lo contrario.

El testimonio de Ignatieff es valioso en muchos sentidos. El primero de ellos es que brinda un testimonio político útil para quienes, de un modo u otro, viven de ejercer la política o, al menos, de contarla, narrarla y analizarla. Mientras el medio natural de un pintor es la pintura, dirá el profesor, el de un político es un tiempo. Este aserto «kairológico» es un verdadero hallazgo que, además, resulta atinado cuando uno lee retrospectivamente cuáles son los grandes aciertos o errores de un político. No lejos de esta intuición podemos reconocer profecías antiguas que ya estaban presentes en Maquiavelo. No hay una única ley o receta que funcione en política porque la circunstancia sobre la que se ejercen los principios y las convicciones son siempre cambiantes. La oportunidad, en el caso de Ignatieff, marcó incluso su ingreso en política ya que, como él mismo atestigua, no pudo elegir el momento de su entrada en un mundo que le resultó tan ajeno como fascinante.

La vida teórica y la vida de acción encarnan dos paradigmas opuestos, al menos, desde Aristóteles. La prâxis y la theôría se oponen pero en su diferencia encarnan también un arquetipo completo. El ejercicio de la política, dirá Ignatieff, debe sumar un componente capital como son las ganas y la voluntad de victoria. Esas ganas superlativas son las mismas con las que Henry Kissinger en su reciente Liderazgo (Debate, 2023) definió el perfil esencial de Margaret Thatcher. Esa obsesiva sed de victoria o, si se prefiere, aversión al fracaso, es probablemente una de las causas que provocan que algunas personas de valía no sean provechosas en la arena política. Quienes tienen biografías logradas, las personas que han distribuido sus prioridades en distintas esferas (la profesional, la familiar, la intelectual…) difícilmente podrán concentrar toda su energía en un único propósito político ambicionado desde una voluntad unívoca. Es posible que los mejores nunca quieran estar en política, precisamente, porque desde sus vidas logradas no pueda cultivarse ninguna sed de victoria.

La narración de Ignatieff resulta, en varios momentos, conmovedora. No tanto por el sonoro fracaso, que acabaría por apartarle de sus responsabilidades públicas, sino por la hostilidad creciente con la que se topó ya desde el inicio. «Nadie que entra en política por primera vez —dirá— está preparado para este nivel de enemistad». Volver a leer este diagnóstico en la España de 2023 tiene un especial valor, pues sirve para constatar que la crispación política no es un mal endémico y específico de nuestra comunidad, sino que resulta dramáticamente transversal al ejercicio político contemporáneo. Pero nadie soporta esa enemistad a cambio de nada y, junto a los amargos sinsabores de los encontronazos y la agresividad en la conversación, el profesor Ignatieff confiesa con franqueza que eran y son muchos los incentivos que te mantienen atado a una actividad tan intensa.

Pero este libro no es un diario político ni tampoco las memorias de un profesor que durante unos años ejerció como representante público. Fuego y cenizas es un ensayo que se encamina, casi desde su primera página, hacia un fracaso que Ignatieff intenta convertir, y lo consigue, en una fuente de sentido. En el ámbito político y empresarial han sido muchos quienes han expuesto sus éxitos, tratando de brindar una receta que pudiera ser replicable. Andado el tiempo, se ha generado también una fetichización del fracaso, tratando de situar la empatía en el centro de la experiencia lectora para que todos podamos constatar que incluso las personas de mayor éxito han sufrido, alguna vez, importantes derrotas. Este ensayo es, afortunadamente, otra cosa. El profesor Ignatieff nos encamina hacia una tonalidad afectiva cargada de lucidez en la que asume, con un ánimo sereno, el valor y el significado de una derrota. Y lo hace, por cierto, eludiendo ese gesto tan absurdo como frecuente en los políticos: echándole la culpa a los votantes que, sobre todo cuando eligen a alguien que no es de nuestro gusto, tendemos a considerar que ejercen mal su derecho. La responsabilidad de una derrota es, las más de las veces, estrictamente propia. Y este hecho ni es dramático ni tampoco debería sobredimiensionar nuestras torpezas o nuestras faltas. La vida y la política son una fuente de aprendizaje y sólo por este motivo merecen la pena ambas.

En el capítulo VIII, Michael Ignatieff señala sus propios defectos en una confesión casi insólita: «la verdad sea dicha, yo cometí muchos errores». En un tiempo en el que el prestigio moral parece construirse a través de la acusación ajena y en el que las redes sociales han convertido la ostentación de los compromisos sociales y el «virtue signalling» en una enfermedad espiritual de nuestro tiempo, resulta singularmente saludable escuchar a un hombre excelente exponer los errores que le llevaron al fracaso. La política es, por supuesto, un circo maldito y entraña una dimensión de sucio pragmatismo que resulta ineludible. En Fuego y cenizas, el realismo weberiano hace acto de presencia de forma explícita y Michael Ignatieff tiene el buen gusto de no presentarse ni como un ángel ni como una excepción a su contexto. Su mirada simplemente revela la sorpresa de quien, siendo un hombre externo a un contexto excepcional, va descubriendo e implicándose en la arena política. No es tanto el contenido político, sino la transición entre el hombre privado y el hombre público lo que entraña una enseñanza en este texto.

La ley secreta que rige el mundo suele establecer un doble movimiento que muchos libros han expresado en forma de auge y caída. Fuego y cenizas no es una excepción aunque se detiene mucho más en el fracaso que en un eventual auge. Pero esa caída tiene valor por venir antecedida de momentos de euforia colectiva y de recursos materiales e intangibles que desaparecen de la noche a la mañana. El fracaso político es doloroso no sólo por lo que comparte con otras formas de derrota, sino por su dimensión abrupta. Hay un día en el que el teléfono deja de sonar, en el que ya nadie te mira como antes, en el que tu palabra deja de ser ley para el corazón de algunas personas. Ignatieff expone con gran detalle cómo se pasa de tener un avión, un coche con chófer y un equipo de cientos de personas a tu disposición a tener que recoger tus enseres personales en una caja como cualquier desempleado. «No hay nada tan ex como un ex político», advierte. Pero en su caso el dolor y la derrota fue doble. Quienes tienen una vida previa a sus desempeños políticos tienen, al menos, un lugar al que volver. Pero la derrota de Ignatieff no fue una derrota cualquiera, ni su prestigio acumulado en sede académica era un capital equivalente al que se crea y cultiva en otros gremios o en otras carreras.

La política mancha y en la mirada sectaria de quienes no toleran a quien piensa de manera diferente esa huella es imposible de borrar. Por eso su fracaso también alcanzaba al hombre de letras. A la derrota política, dice en sus páginas finales, habría que sumar el hecho de que al menos en su conciencia había quedado invalidado como político, pero también como escritor y como pensador. En política siempre se acaba mal porque no existen los buenos finales. Homero tenía razón y sólo hay dos salidas: la muerte o la gloria, puerta grande o enfermería, el éxito o el fracaso. La de Ignatieff es la historia de un hombre sereno y sabio que un día se sintió tentado por la vida política. Los asuntos públicos, o más extensamente, como dijera Platón, los asuntos de los hombres, son también, y acaso prioritariamente, la tarea del hombre teórico. Salió mal pero, pese a todo, Ignatieff recuerda cada vez que puede, y desde luego al final del libro, que valió la pena. El fracaso, así lo señala en las últimas páginas, no es una desgracia, como tampoco es una bendición ninguna forma del éxito. Volverse inmune a las circunstancias azarosas y a la suerte cuando es aciaga es lo propio, señaló Aristóteles, del hombre excelente. Hay algo admirable en este ensayo, lo que permite concluir que quizá haya también algo digno de admiración en aquel que lo escribió. Gracias o a pesar de la derrota.



















[ARCHIVO DEL BLOG] "Patria", de Fernando Aramburu. Publicado el 09/03/2017










No sé si Patria es un superventas, porque nunca me han interesado ese tipo de escalafones comerciales que establecen las secciones de libros de las grandes superficies y las revistas pseudoliterarias, pero si sé, desde luego, que es la novela más citada por el boca a boca de los que entienden de esto de los libros en el último año. El mundo de la novela Patria, (Tusquets, Barcelona, 2016), del escritor vasco Fernando Aramburu (1959), dice el también escritor Justo Navarro en su reseña de la novela en Revista de Libros, se arma sobre una realidad bien conocida, en concordancia con nuestro mundo histórico inmediato. 
El centro de la historia, señala Navarro, es un pueblo guipuzcoano sin nombre, levantado parroquialmente en torno al campanario que da las horas («Campanearon las seis…»), campo de acción, no sólo ambientación o fondo. El marco referencial del relato es explícito: el País Vasco en tiempos de ETA, a lo largo de un período de cuarenta años, desde la época de la muerte de Franco a los años que siguen al «cese de la actividad armada» etarra (octubre de 2011).
Casi al final de Patria, añade, un escritor explica en público su «proyecto de componer, por medio de la ficción literaria, un testimonio de las atrocidades cometidas por la banda terrorista». Dos razones lo moverían: «Por un lado, la empatía que les profeso a las víctimas del terrorismo. Por otro, el rechazo sin paliativos que me suscitan la violencia y cualesquiera agresiones dirigidas contra el Estado de Derecho». Entre los asistentes a las «Jornadas sobre Víctimas del Terrorismo y Violencia Terrorista organizadas por el Colectivo de Víctimas del Terrorismo en el País Vasco», descritas en la novela, está uno de sus protagonistas, hijo de un empresario asesinado por ETA. El personaje del escritor bien podría ser Fernando Aramburu.
Patria, continúa diciendo Navarro, es la novela de dos familias amigas de toda la vida y tajantemente separadas desde el momento en que ETA y sus cómplices en la parroquia empiezan a vilipendiar a la futura víctima, extorsionándola y difamándola antes de matarla a tiros en los cuatro pasos que van de su casa al garaje donde guarda el coche. El lugar del crimen es un pueblo muy tradicional, muy familiar, en el que se difumina la barrera entre los espacios públicos y privados, la iglesia, la taberna, el club ciclista, la carnicería, la cocina, el cuarto de estar, el dormitorio, y el clima de la novela es eminentemente doméstico, cerrado y opresivo, con la aldea como clan implacable frente a los que ya no reconoce suyos.
Cabezas de las dos familias protagonistas son Joxian y el Txato, pareja de mus en el bar y en el pelotón ciclista, «amigos cenantes», inseparables como sus mujeres, Miren y Bittori, más que amigas, hermanas que en su juventud pensaron al unísono meterse a monjas. «Se lo contaban todo», iban juntas a las manifestaciones de los patriotas vascos, y Miren le hablaba a Bittori de la pena por el hijo etarra, que ha dejado el trabajo, el balonmano y la medio novia que tenía en el pueblo. Y, de repente, las dos madres, núcleo de la célula familiar, se descubren antagónicas: Bittori, con el marido extorsionado, vilipendiado y asesinado; Miren, con el hijo condenado por asesinato a muchos años de cárcel.
Suave pero netamente, Fernando Aramburu marca, sin embargo, una diferencia más antigua, casi invisible o indecible, entre las dos familias: el Txato es un empresario del transporte; Joxian trabaja en una fundición. Uno tiene más dinero que el otro, vacaciones, un hijo y una hija que irán a la universidad. Uno hace favores, otro los recibe. También Raúl Guerra Garrido introdujo este tipo de diferencias en su Lectura insólita de “El Capital” (1976), historia del secuestro de un industrial con problemas sindicales más graves que los del Txato. ¿Huelga general por el asesinato en un hotel de Madrid de un diputado de Herri Batasuna? «No se trabaja, no se cobra», responde el Txato, que ve así a los huelguistas: «Caras de brutos, de resentidos sociales que muerden la mano que les da de comer». A Miren, la amiga íntima de la mujer del Txato, le suelta la carnicera del pueblo en el momento de las difamaciones contra el empresario: «Se han forrado a base de explotar a la clase obrera y ahora les viene la factura». Son las cosas que cuenta Patria.
La rotundidad de los presupuestos de Fernando Aramburu, señala Navarro, que he citado al principio, dan solidez a la ductilidad con que entreteje su novela. Cada uno de sus protagonistas (los dos matrimonios y sus hijos) conforma una personalidad, una complejidad, un mundo construido, desmontado y reconstruido en el proceso de la narración. Cada personaje tiene su tono y su acento, con diferentes vocabularios en un mismo idioma y en dos idiomas, el castellano y el vasco. Las dos madres, Bittori y Miren, hablan esencialmente solas: Bittori, con la tumba de su marido («se sienta encima, le cuenta al Txato lo que le tenga que contar»); Miren, en la iglesia, con san Ignacio de Loyola, a quien solicita protección y consejo: primero, que libre a su hijo de las malas compañías, que lo ponga pronto en manos de la policía para así librarlo de peores males, y luego, que lo saque de la cárcel. «Imposible que un chaval tan generoso y tan noble se meta en una organización criminal, como la llaman los periódicos españoles. Él tiene un corazón que no le cabe en el pecho», le diría una vez al santo.
Todos los participantes en Patria prefieren guardarse su voz para sí, comenta el reseñador. Son, esencialmente, voces interiores (y Bittori habla de esas palabras que bullen dentro: «No la dejan a una estar verdaderamente sola, plaga de bichos molestos»), retrospecciones, anticipaciones y observaciones mirando los azulejos de la cocina, el destello en la llanta de una bicicleta, una minúscula telaraña en la que caerán los recuerdos al azar, como moscas que pasaban por allí. Es el trato que Fernando Aramburu da al tiempo el rasgo más distintivo de Patria, dividida en ciento veinticinco secciones, momentos o secuencias. La hija de Miren, Arantxa, antigua empleada en un supermercado, paralizada de cuerpo entero por un ictus a sus poco más de cuarenta años, vive con «la película de sus recuerdos, el relato de su vida rota en escenas». Y Xavier, médico, hijo del Txato, ve así el momento en que le anticiparon el asesinato de su padre («Tienes que ir a tu casa, a tu padre le ha pasado algo»): «Esas palabras se quedaron resonando dentro de él en su presente interminable, bruscamente despedido del fluir del tiempo» [las cursivas son del reseñista].
Los acontecimientos de Patria, continúa más adelante, se suceden en un orden que no coincide con el cronológico, como si obedecieran más a la lógica de la rememoración o la ensoñación. Yo diría que se reúnen a la manera de esas imágenes que representan en un solo cuadro varios momentos y varios espacios: toda una historia en un instante. Por ejemplo: todos los pasos de la Pasión de Cristo, desde la entrada en Jerusalén a la resurrección y la ascensión. La historia se concentra en una visión sincrética, fusión de una multiplicidad de puntos de vista. Es lo que hace Fernando Aramburu, con todas las salvedades que impone la linealidad de la narración escrita.
La reconstrucción de la historia, sigue diciendo, en su secuencia temporal entreteje dos procesos, dos tiempos intercalados: el del regreso al pueblo de la viuda del asesinado, a la espera de que le pidan perdón los criminales, y dispuesta a soportar las intemperancias de sus vecinos (Luisa Etxenike, en su novela El ángulo ciego, de 2008, se ocupó desde un punto de vista distinto del gesto de atreverse a mirar a la cara a los asesinos y a sus cómplices); y el de la normalidad feliz («la dicha es una torre transparente», que decía el poeta), la amenaza, la extorsión, el asesinato y la práctica expulsión del pueblo de la viuda y de los hijos de la víctima. Fernando Aramburu imagina cada uno de los pasos del crimen, desde que el Txato parecía un hombre apreciado por sus conciudadanos a los disparos finales (la escena del asesinato se elide, no aparece en la novela, que la suspende unos segundos antes de que el verdugo apriete el gatillo). Ni la hija de la víctima se atreverá a ir al entierro, en San Sebastián, no en el pueblo, mientras en Zaragoza, donde estudia, niega conocer al empresario asesinado en Guipúzcoa. El luto se vive como mancha, como una variante de la vergüenza: «Más que enterrar al Txato, lo estaban escondiendo». (No falta alguna alusión a la visión de lo vasco en el resto de España: un día, el Txato viaja a Zaragoza, donde ha mandado a su hija para protegerla, y va al fútbol, a ver jugar a la Real Sociedad con el equipo local. En el campo oirá los gritos del público, «vascos de mierda, vascos asesinos y así», y, a la salida del partido, encontrará hundida a patadas la carrocería del coche, matrícula de San Sebastián, y rotos los retrovisores.)
Fernando Aramburu, señala, maneja con admirable consistencia su cruce de perspectivas contrapuestas y contradictorias, la polifonía, el fluir de voces. La permeabilidad entre pasado y presente, entre la memoria y el momento, la interioriza en lo que podríamos llamar un yo cambiante, flotante: distintas voces en primera persona se relevan en el centro de la historia para que varíe el punto de observación según quién sea quien en ese instante dice «yo». Cada uno ve lo que ve, selectivo, y no ve lo que no ve, según su lugar en los hechos. La fábula se modula como un juego de voces en el que también participa una voz narradora, impersonal, con capacidad de circular por la conciencia de quienes intervienen en la acción, y con oído para captar la oralidad, los coloquialismos de los personajes: «El tipo era un cagaprisas». «Qué manera de llover. Me cago en la madre que me». «La loca aprovecha que se ha terminado la lucha armada para acosarnos». “¿Pero qué hostias se ha creído la vieja?» «Mira que es lento el autobús». «Qué susto, Dios».
Y, en contraste con la oralidad, dice, la voz narradora introduce el aire extraño, culto, del participio presente en español, un rasgo de distanciamiento que, sin embargo, se encarna en los personajes, adjetivándolos, definiéndolos, concretándolos: «la chavala deseosa y deseante y dispuesta», jóvenes unipensantes, tropa bailante, gente refunfuñante, sollozante, conversante, despotricante, rechazante, fotografiante, «no aceptante de limitaciones». O en el tren: «cuerpos extraños/respirantes/descalzos». Un silencio es «taladrante de oídos». La imagen interior de los personajes quiere ser precisa, vacila o distingue la complejidad de los sentimientos mediante el uso de una barra que, más que contraponer, yuxtapone elementos complementarios: una expresión es de «horror/compasión»; que la hija estudie fuera es un deseo/súplica/exigencia del padre; hay alguien que «todo lo perdía/abandonaba»; la enferma «quería hablar/responder/protestar/pedir y no podía»; un individuo es o está triste/atónito, amedrentado/pusilánime, consolador/cariñoso, acariciante/cortés. «Estaba todo hablado/roto entre los dos».
Además, dice, Fernando Aramburu no sólo registra la ceguera o el silencio frente al acoso y el asesinato: también registra la ceguera o el silencio frente a la tortura. Si en la novela La costumbre de morir (1981), de Raúl Guerra Garrido, uno de los protagonistas optaba por la lucha armada después de ser torturado, el hermano escritor del etarra encarcelado en Patria sitúa el compromiso de su hermano con ETA en el día en que apareció muerto en el río el cadáver esposado de un conductor de autobuses, torturado. Patria registra la complicidad de forenses y de jueces con los torturadores policiales: «Esta gente tiene instrucciones de la banda para decir que han sido torturados». Y, sin embargo, Xavier, el hijo médico del Txato, debe explorar en el hospital a un etarra que ha pasado por el cuartel de la Guardia Civil. Sabe que hay abierta una investigación judicial sobre el caso, «a la vista del informe médico forense». Cuando redacta su parte médico («policontusiones, fractura del noveno arco costal izquierdo»), consigna que el paciente «declara como origen causante de sus heridas golpes de puño y patadas». Repetirá el contenido del parte cuando le pregunte un supuesto familiar del etarra, y al día siguiente encontrará sus palabras reproducidas en el diario Egin.
Patria, concluye diciendo Navarro, establece una distinción política y moral neta, evidente en cada página, entre víctimas y asesinos, pero no la confunde con una guerrera división política entre amigos y enemigos a lo Carl Schmitt: creo que evita ese paso por su sentido de que criminales y víctimas, enemigos y amigos, participan de una misma humanidad. Según la información editorial, Fernando Aramburu vive en Alemania desde 1985, y quizá eso influya en que su ambición de ver toda la realidad a través de ficciones, en una novela, me haya recordado estrategias narrativas próximas a autores alemanes tan distintos como Uwe Johnson, el Alexander Kluge de Lebensläufe (Biografías), e incluso el Peter Weiss de La estética de la resistencia. Se la recomiendo. Yo ya la tengo reservada en la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas, pero habrá que esperar... Soy el cuarto de la lista. No importa. Estoy seguro de que la voy a disfrutar. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt















El poema de cada día. Hoy, Pies de vidrio, de José Carlos Rosales

 






PIES DE VIDRIO



Hay demasiada gente perdida en la parada,


una parada de autobús,


una mañana fría,


gente que calla y mueve la cabeza,


miran al suelo, alzan la vista


para seguir las nubes o los pájaros,


cielo lacrado, niebla móvil,


los brazos que se encogen,


el cuerpo que se mece de un lado para el otro,


vacilan, titubean,


quisieran alejarse,


tiritan:


que venga un autobús con plazas libres,


cualquier autobús sirve,


que llegue pronto el autobús vacío:


el movimiento entrecortado


de los brazos, vaivén o balanceo,


no dejan de moverse,


movimientos que son los movimientos


del que no tiene a dónde ir,


aquel que nunca se detuvo,


mecánica imparable, temblor aleatorio,


las manos ateridas,


los pies de vidrio opaco,


los labios que ahora son de madera o de cobre,


la soledad del mundo concentrada en un ángulo,


todo está enrarecido, todo está enrareciéndose,


todo el mundo se va,


nadie regresa a ningún sitio:


hay demasiada gente parada en la parada,


y una nube de vaho les difumina el rostro,


hace frío, impenetrable frío,


empezará a llover dentro de poco,


no habrá refugio, escondite o defensa,


nada está donde debe, todo empieza a borrarse


y alguien lleva una piedra escondida en la ropa.



José Carlos Rosales (1952)

poeta español


















De las viñetas de humor de hoy martes, 21 de enero de 2025

 






























lunes, 20 de enero de 2025

De las entradas del blog de hoy lunes, 20 de enero de 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 20 de enero de 2025. «Yo, más que una pregunta, tengo un comentario», se dice lee en la primera de las entradas del blog de hoy, titulada De la conveniencia de leer a Plutarco ; la frase se repite al término de cualquier conferencia o mesa redonda cuando el público se anima a participar y los ponentes, ante la irrupción de este sujeto, se echan a temblar. La segunda es un archivo del blog de enero de 2020 titulado Ideas de nación, en el que se decía que la premisa de que la nación es “natural” y anterior al Estadoes falsa; que la historia ha demostrado hasta qué grado la mística nacional, como divinidad laica, podía generar guerras viles. El poema de hoy, en la tercera, titulado Versos equivocados, comienza así: "Me equivoqué/Me he equivocado tantas veces…/y no me equivoco hoy, al decir/que sé que me equivocaré otras tantas/tantas como versos escriba". Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Nos vemos mañana si la Fortuna lo permite. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos.










De la conveniencia de leer a Plutarco

 











«Yo, más que una pregunta, tengo un comentario». La frase se repite al término de cualquier conferencia o mesa redonda cuando el público se anima a participar y los ponentes, ante la irrupción de este sujeto, se echan a temblar. Todo por no leer a los clásicos, a Plutarco en este caso, que caló a esta especie comentarista y le dedicó uno de sus epígrafes en su tratado sobre la escucha: «Las preguntas al orador no deben emplearse para el lucimiento propio», se lee en la edición que acaba de presentar Rosamerón. Se titula Cómo escuchar. Sabiduría clásica en tiempos de dispersión, está cuidada por el escritor y profesor de literatura, experto en el mundo grecolatino, Daniel Tubau, y demuestra que, dejando de lado la técnica, pocas cosas se han inventado en lo humano desde aquellos siglos. A quienes van a hacer «un comentario más que una pregunta» Plutarco les diría que allí se va a escuchar, no a escucharse.

Porque este libro trata de una escucha específica. No del toma y daca que se establece entre amigos o en conversaciones familiares… Se trata, primero, de escuchar a los filósofos, a los que saben, y, después, de que su charla sea nutritiva, alimente y se reciba en beneficio propio. En este sentido, cabe recordar la paideia griega, una educación integral que, más allá de los conocimientos escolares, trata de formar personar solventes desde el punto de vista moral y cívico. Estaba muy presente en la literatura de Plutarco, donde, por otro lado, y como se cita en la obra, resulta evidente «la intención moralizadora, el empeño es convertir cualquier anécdota, poesía o relato en un aprendizaje». Todo lo anterior y lo que sigue lo escribe en Nueva Revista [El arte de saber escuchar, según Plutarco, 12/07/2024] la periodista cultural y escritora Pilar Gómez Rodríguez, reseñando el libro “Plutarco. Como escuchar.Sabiduría clásica en tiempos de dispersión”. Edición de Daniel Tubau, Rosamerón, Barcelona, 2024.

El libro, dice Pilar Gómez, está dirigido a un destinatario concreto y en un momento crítico: el joven Nicandro acaba de dejar atrás la niñez y ha de comenzar a determinarse a sí mismo. Ese cambio no significa, como consideran otros jóvenes, «dejar libres de sujeciones a los deseos», sino que se trata más bien de un «cambio de mentor». El nuevo mentor, la guía definitiva de la vida es la razón: «[…] solo quienes la siguen merecen el nombre de libres; y es que solo viven como quieren quienes han aprendido a querer lo que deben».

En esta nueva etapa no estará solo, el oído le brindará una ayuda inestimable. Es una vía de entrada a la virtud… o todo lo contrario. Por eso es conveniente cuidarlo, guardarlo de las malas palabras y educarlo: tan importante es aprender a escuchar como aprender a hablar. Y es que en el uso de la palabra «recibirla correctamente es previo a emitirla, como concebir y gestar son previos a alumbrar un ser viable». Por ello el consejo es enseñar a los niños a «escuchar mucho y no hablar mucho». La prueba de ello la encuentra Plutarco en la naturaleza que nos ha dado «dos orejas y una sola lengua porque debemos hablar menos que escuchar». Aliado de la buena escucha es el silencio. Solo el que sabe esperar al término del discurso sin interrupciones, sin aspavientos, «guarda las palabras benéficas, pero las inútiles o falsas las distingue y reconoce con facilidad, dejando claro que es amigo de la verdad, pero no aficionado a las disputas ni apresurado ni peleón». En relación con esto, una imagen que se repite en varias ocasiones en la obra es la del necesario vaciamiento de los jóvenes, vaciamiento de «presunción y engreimiento […] si se quiere verter en ellos algo útil, pues de lo contrario, mientras estén llenos de ampulosidad y jactancia, no les cabe otra materia».

Enemiga de la escucha (y un «obstáculo para todo lo bueno»), como precisa el libro, la envidia que hace nacer «modos de ser groseros y perversos»: impide la atención, retuerce lo dicho, pone a competir al envidioso con el orador y se enfada si este encuentra la aprobación del auditorio… Plutarco recomienda cierta dosis de generosidad y benevolencia cuando se va a escuchar porque «oponerse al discurso pronunciado no es difícil, sino muy fácil, pero oponerle otro mejor es sumamente costoso». Recuerda asimismo que lo importante no es la persona ni la brillantez de la elocución sino el provecho obtenido de la sesión. ¿Ha sido transformadora? ¿Ha tenido efecto? Pone un ejemplo inolvidable: salir de una disertación se parece a salir de una peluquería porque, así como nos miramos al espejo y nos tocamos el pelo y la cabeza revisando lo que allí ha pasado, después de una disertación es preciso examinar «cuidadosamente si el alma se ha vuelto más ligera y agradable tras despojarse de algo de lo inoportuno y sobrante. Porque, como dice Aristón, “ni el baño ni el discurso son de utilidad si no limpian”».

La compostura importa. ¿Qué hacer, entonces, si hay preguntas o dudas tras la lectura? Plutarco recomienda centrar la cuestión, no reclamar al ponente posiciones que no vienen al caso, «cosas en las que ni tiene dotes naturales ni se ha ejercitado». También se debe evitar «formular muchas preguntas o formularlas muchas veces, pues también estos son modales propios del pedante». En el capítulo de los modales, ojo con los comentarios y los jaleos: «Las disertaciones filosóficas no son espectáculos». Recomienda moderación en la alabanza, puesto que si en vez de someter a juicio personal crítico lo que allí se está exponiendo se ensalza a cada paso el contenido, ese comportamiento «ni siquiera agrada a los mismos participantes en el debate y molesta siempre a los oyentes». Hay que mantener la compostura. De igual manera que el ánimo se prepara para recibir lo que de provecho pueda ofrecer la charla (y discriminar lo que no), el cuerpo también ha de prepararse para la escucha atenta: «Deben ser evitadas no solo la gravedad del ceño y el desagrado en el rostro y el desinterés en la mirada, como la postura descuidada del cuerpo y la separación inapropiada de los muslos». Toda una sorpresa, como indica Daniel Tubau en la segunda parte del libro —donde explica, comenta y amplía el texto de Plutarco— que el autor estuviera llamando la atención ya en el siglo I de nuestra era «sobre lo que hoy llamamos manspreading o despatarre».

Y es que escuchar una conferencia no es una actividad pasiva en la que el orador comparece «tras haber meditado y haberse preparado el discurso» mientras los asistentes pueden sentarse «despreocupadamente a pasarlo bien mientras otros trabajan», no. Existe un deber de escucha que pone en juego la actitud, la atención, la corporalidad… «[…] igual que al jugar a la pelota el que la recibe ha de desplazarse moviéndose de acuerdo con el que la tira, así también en el caso de los discursos hay cierta armonía entre el que habla y el que escucha, si cada uno de ellos atiende a su deber».

¿Y si la conferencia no parece muy productiva o es difícil, se ha hace larga o pesada? Plutarco recomienda perseverar, no abandonar a la primera de cambio, sino «resistir poniendo a prueba cada cosa y tomándole afición, y ansiando lo que viene después», porque lo que viene después traerá la virtud.

El discurso recibido: principio y simiente. Finalmente, el capítulo 18 es una especie de recopilatorio sobre la actitud que hay que llevar al asistir a esas sesiones donde el conocimiento entra por el oído. «Rechazando toda esa estupidez y fanfarronería» hay que ir a aprender y, sin perder de vista ese objetivo, ser consciente de que «como dice Focílides, no solo hay que “fallar muchas veces intentando destacar”, sino que además muchas otras hay que ser objeto de burla y tener mala reputación y, tras ser objeto repetidamente de chanzas y bromas, seguir adelante con toda el alma y vencer a la ignorancia». Hay que tomarse la escucha como una tarea que implica dificultad y molestias y estar dispuestos a aceptarla, digiriendo sus enseñanzas con responsabilidad y no como «pollitos que aún no vuelan, siempre con el pico abierto en busca de otra boca y pretendiendo constantemente obtenerlo todo preparado y elaborado por otros». El método no es ese ni el de las preguntas sin fin. Se trata de captar la esencia mediante el raciocinio, establecer relaciones, atar cabos y tomar el mando de la investigación hasta conseguir hacer propio el discurso ajeno y que este se a la vez «principio y simiente». La tarea será entonces alimentarlo y hacerlo crecer. Se despide Plutarco con la imagen de la vasija, que le es tan querida: «La mente no es como una vasija estrecha, que solo necesita llenarse, sino que más bien, como la madera, solo requiere una llama que prenda para crear impulsos descubridores y ansias de verdad».


 











[ARCHIVO DEL BLOG] Ideas de nación. Publicado el 19/01/2020











La premisa de que la nación es “natural” y anterior al Estado, comenta el historiador Enrique Moradiellos en el Especial de este domingo, es falsa; la historia ha demostrado hasta qué grado la mística nacional, como divinidad laica, podía generar guerras viles. "Nación” es un vocablo político de fines del siglo XVIII derivado del participio latino de nascor (nacer), que tenía en origen el sentido biológico de “lugar o linaje de nacimiento”. En la Edad Media fue usado con sentido antropológico para denotar grupos idiomáticos afines (las nationes de estudiantes en las universidades). Con la Ilustración, cobró sentido político designando poblaciones heterogéneas (ni familias, ni etnias) articuladas por un Estado labrado por un proceso bélico (la identidad propia forjada contra la alteridad ajena: nosotros versus ellos).
Esa “comunidad imaginada” de una población identificada como “nación” devino el sujeto supremo de acción política como garante de la legitimidad del Estado y depositario de la soberanía popular. Así surgió la nación “política” en la Revolución Francesa de 1789 como construcción voluntaria asumida por los ciudadanos. El nacionalismo cívico gestado en torno al Estado francés ahora constitucionalizado dotaba de sentido de pertenencia (el individuo atomizado era parte de un grupo “natural”) y era fuente de legitimidad estatal (la patria: objeto de afecto como el de un hijo a su madre).
Apenas constituida esa idea francesa de “nación”, en las tierras de habla alemana fue forjándose otra idea similar en formato, pero no en contenido. En plenas guerras napoleónicas, allí cristalizó el nacionalismo étnico, a tenor del cual la “nación” era un ser “cultural”, orgánico y ajeno al capricho de la voluntad del individuo, puesto que este era solo un eslabón en la cadena colectiva de las generaciones “nacionales”. Superaba así la dificultad de fundar la nación alemana sobre un precedente estatal o religioso unificado porque no había tal que pudiera servir de catalizador de la conciencia “alemana”. Pero sí cabía recurrir a la identidad idiomática sobre la fusión de dialectos germánicos en un nuevo “alemán” tallado contra el francés.
Desde entonces, ambas ideas de “nación” fueron cruciales para la constitución de movimientos nacionalistas que iban a dominar la escena contemporánea, todos inspirados por la máxima: “A cada nación un Estado; a cada Estado, una nación”. Unos movimientos que apelaban a esa entidad “natural” previa y superior a cualquier Estado vulnerador de sus derechos (ya por absorción de la nación en otro “artificio” estatal —caso de Irlanda—; ya por fragmentación de la nación —caso de Alemania).
El proceso de construcción de naciones recurrió según las circunstancias a varios criterios catalizadores de la dinámica identitaria: 1) el lenguaje que une a hablantes diferentes; 2) el territorio conocido desde siempre; 3) la libre voluntad de individuos o pueblos; 4) La etnia-raza de pertenencia visible; 5) la religión distinta del vecino; 6) La “cultura” en sentido etnográfico. Y pronto se apreció que la aplicación de cada criterio creaba problemas de armonización porque cada uno había sufrido su evolución diferente y no eran esencias intemporales.
Por ejemplo, en 1800, el alemán normalizado era desconocido por la inmensa mayoría de una población analfabeta que seguía hablando variantes dialectales. Y en ese año ya había nacionalismos que eludían la unidad idiomática en favor de la soberanía del territorio o el compromiso con formas políticas liberales: los Estados Unidos de América se habían independizado en una guerra contra Gran Bretaña usando el mismo idioma que sus enemigos y parientes por mera ascendencia migratoria.
La historia posterior muestra procesos de nacionalización que lograron completar su programa. También ofrece ejemplos de procesos iniciados, pero truncados, algunos en crisis permanente y muchos apenas esbozados. Demostración de que la premisa de que la nación es “natural” y anterior al Estado es falsa: no es una familia crecida, ni un clan de familias emparentadas, ni la institucionalización de tribus con ascendencia común.
Las ideas de nación y los nacionalismos fueron consecuencia de la crisis del Antiguo Régimen y del periodo revolucionario abierto con la independencia de los EE UU en 1776 y apenas cerrado con el final de las guerras napoleónicas en 1815. Disuelto en el fragor de la revolución y de la guerra el viejo orden dinástico, fronterizo y estamental, su reemplazo por la igualdad civil y la soberanía popular encontró su epicentro en la “nación”. Los hombres pasaron a ser iguales como hijos de la patria y el Estado se convirtió en la articulación institucional de esa hermandad de ciudadanos. O desearon y lucharon para que pasaran ambas cosas. La nación devino instancia suprema de mediación entre el individuo y la colectividad. Y a ella se accedía por voluntad (nación política: querer ser) o por fuerza (nación cultural: ser).
La construcción de las naciones tuvo lugar en la intersección de esos procesos que abrieron la vía a la contemporaneidad: transformaciones demográficas (crecimiento de población, aumento de longevidad media), cambios sociales (expansión de ciudades, paso de estamentos a clases), alteraciones políticas (Estados representativos, ciudadanía), transformaciones económicas (revolución industrial, expansión comercial) y convulsiones culturales (secularización, alfabetización).
Las ideas de nación respondían a la necesidad de conformar un sentido de comunidad para poblaciones heterogéneas, pero agrupadas por grandes cambios históricos, que demandaban mecanismos de integración simbólicos y operativos para mantener su cohesión como sociedades. La nación subió al altar como divinidad laica y el nacionalismo devino la nueva religión secular que dotaba de legitimidad al Estado y de sujeto activo a la soberanía. Y la patria podría exigir su tributo de muerte sacrificial: el honor de “entregar la sangre que corre por nuestras venas por la patria que sufre”. Con su corolario: el dispuesto a morir por la patria también está dispuesto a matar por ella, preferentemente.
La historia posterior reveló hasta qué grado la mística nacional podía generar guerras viles. Porque la construcción de naciones no sería un proceso pacífico. Superado 1945, Hannah Arendt negaba que la “deificación del Estado” fuera causa de las recientes convulsiones porque había sido la nación la usurpadora “del lugar tradicional de Dios”. Y subrayaba la diferencia entre ambos conceptos eclipsada por el embrujo del nacionalismo hasta la hecatombe de las Guerras Mundiales. Convendría recordar su mensaje: “El Estado, lejos de ser idéntico a la nación, es el protector supremo de una ley que garantiza al hombre sus derechos como hombre, sus derechos como ciudadano y sus derechos como nacional. (…) De estos derechos, solo los derechos del hombre y del ciudadano son derechos primarios, mientras que los derechos de los nacionales se derivan de y están implicados en aquellos. (…) Después de todo, ser francés, español o inglés no es un medio de llegar a ser hombre, es un modo de ser hombre”.
El Especial de cada domingo no es un A vuelapluma diario más, pero se le parece. Con un poco más de extensión, trata lo mismo que estos últimos, quizá con mayor profundidad y rigor. Y lo subo al blog el último día de la semana pensando en que la mayoría de nosotros gozará hoy de más sosiego para la lectura. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt