miércoles, 19 de noviembre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 19 DE NOVIEMBRE DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 19 de noviembre de 2025. No hay nada que celebrar, lo mejor que se puede hacer con el pasado, empezando por el más tenebroso, es entenderlo: esa es la única forma de poder dominarlo, se puede leer en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda del día nos trasladamos a 1925, hace cien años. En esa fecha, un filósofo español publica en Revista de Occidente La deshumanización del arte e Ideas sobre la novela, uno de sus títulos más conocidos, que ocuparía un lugar protagonista en la recepción de la vanguardia y el arte nuevo en España y los países de habla española. Amigos, escribe en la tercera del día un afamado economista y profesor de la Universidad de California en Berkeley, me siento emocionalmente inestable; supongo que tú sientes lo mismo. Me alegró mucho la elección de Mamdani y el arrollador triunfo demócrata en todo Estados Unidos, pero la semana pasada me sentí profundamente molesto con los demócratas del Senado que dejaron escapar una victoria segura al ceder ante los republicanos. El archivo del blog de hoy, publicado en noviembre de 2019, iba sobre  el amor, el dolor y el abandono y no ha perdido la menor actualidad. Y el poema del día, escrito por un poeta español nacido en 1966, habla del bombardeo de la Biblioteca Nacional de Sarajevo, el 25 de agosto de 1992, y comienza con estos versos: Habría que saber por qué proceso/el hombre más sensible se convierte en/alimaña. La historia no es de ahora,/sino de siempre. Y la última entrada del día, como siempre, son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. Y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt














NADA QUE CELEBRAR

 







No hay nada que celebrar, lo mejor que se puede hacer con el pasado, empezando por el más tenebroso, es entenderlo: esa es la única forma de poder dominarlo, dice en El País (16/11/2025) el escritor y académico de la Lengua, Javier Cercas.Muerto Franco, no se acabó la rabia. Cuarenta años son una eternidad: el 20 de noviembre de 1975, muchos españoles solo habían conocido el franquismo y casi consideraban que aquel régimen tenebroso de pícaros, patanes y meapilas era, más que una dictadura, el estado natural de las cosas. Esto explica que el sentimiento más extendido en España, el día de la muerte de Franco, no fuera ni de alegría ni de tristeza; el sentimiento más extendido era de incertidumbre, de perplejidad, de desasosiego. Nadie lo captó mejor que Julio Cerón, aquel singular diplomático que a finales de los años cincuenta fundó el FLP (Frente de Liberación Popular) y pagó con tres años y pico de cárcel su osadía antifranquista. “Cuando Franco murió, hubo gran desconcierto”, dijo. “No había costumbre”.

Hay quien piensa que la democracia era inevitable en España tras la muerte de Franco; asombrosamente, lo piensan incluso algunos protagonistas de aquel período. Es un espejismo teleológico. La democracia no es un don sino una conquista, así que nunca es inevitable, y mucho menos en aquella súbita España sin Franco; de hecho, algunos politólogos relevantes, como Giovanni Sartori, pensaban por entonces que los españoles no estábamos preparados para la democracia. El lema celebratorio de nuestro Gobierno –“España en libertad. 50 años”— comporta una falsedad flagrante. La muerte de Franco no representó el fin del franquismo; tampoco, el principio de la democracia. El franquismo era robusto a la muerte de Franco, aunque no lo bastante robusto para imponerse al antifranquismo; el antifranquismo era robusto a la muerte de Franco, aunque no lo bastante para imponerse al franquismo. De ese empate de impotencias surgió en España la democracia.

Pero no surgió en seguida. Lo que trajo la muerte de Franco no fue la libertad: fue el arranque de una serie de movimientos políticos y sociales que con el tiempo se conocería como Transición, y que terminó acarreando el cambio de una dictadura por una democracia. Ese período histórico se ha vuelto políticamente controvertido, no porque nuestros políticos tengan un interés real en la historia, sino porque incluso el político más zoquete sabe que, para controlar el presente y el futuro, primero debe controlar el pasado. Esta elemental sabiduría orwelliana es la responsable de que, desde que a mediados de la década pasada se desintegró o pareció desintegrarse el sistema de partidos engendrado por la Transición, esta haya ingresado en el campo de batalla político: los nuevos partidos necesitaban imponer una versión del pasado útil para sus intereses, manipulándolo o falsificándolo a conveniencia con el fin de deslegitimar a sus oponentes, a quienes consideraban con razón responsables de él. El resultado fue el afloramiento en el debate público de un relato dual y contradictorio de la Transición, que hasta entonces había permanecido soterrado, en germen.

Resultado de ese resultado: ahora mismo existe una versión rosa y una versión negra de la Transición. La versión rosa, respaldada por la derecha y por muchos protagonistas del período ansiosos por reivindicar su ejecutoria, postula que la Transición fue un período de concordia sin fisuras entre unas élites ejemplares, cuya sensatez inflexible y cuyo sentido histórico propició un tránsito pacífico de la dictadura a la democracia; respaldada por la extrema izquierda y los secesionistas, la versión negra argumenta que la Transición fue un enjuague ignominioso gracias al cual el Régimen por antonomasia —el franquismo— se transmutó en el Régimen del 78, que en el fondo no es una democracia auténtica sino una falsa democracia: el franquismo por otros medios. No sé si hace falta añadir que ambas versiones son falsas. La verdad es que, como muestran todos los índices de calidad democrática del mundo, la Transición alumbró una democracia real, peor que algunas y mejor que muchas, imperfecta como todas; también alumbró —esto no es una opinión: es un hecho— los mejores cincuenta años de la España moderna. No es menos verdad, sin embargo, que aquel fue un período muy complejo, saturado de claroscuros éticos, equilibrios políticos, tensiones sociales y violencia de derecha y de izquierda, y que, aunque desde mediados de 1976 hasta finales de 1978 dominó en la clase dirigente el acuerdo político, la responsabilidad histórica y la voluntad de salir entre todos de la dictadura y construir una democracia, a partir de principios de 1979, una vez aprobada la Constitución, la vida política conoció una discordia sin cuartel, una polarización extrema y, por momentos, una irresponsabilidad suicida, todo lo cual terminó abocando dos años más tarde a un golpe de Estado.

Ese fue el momento clave. Jurídicamente, la democracia empezó el veintisiete de diciembre de 1978, cuando se promulgó la Constitución después de haber sido aprobada en referéndum tres semanas antes; simbólicamente —es decir, realmente—, empezó a las seis y media de la tarde del veintitrés de febrero de 1981, en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, cuando los tres políticos más determinantes para la instauración de la democracia, que durante la mayor parte de sus vidas no habían creído en ella —Adolfo Suárez, el general Gutiérrez Mellado, Santiago Carrillo—, decidieron jugarse el tipo por la democracia. ¿Murió también entonces el franquismo? No hay que hacerse el interesante: sí, por motivos obvios; no hay que ser ingenuo: no, porque el pasado no pasa nunca: es una dimensión del presente sin la cual el presente está mutilado. Lo mejor que se puede hacer con el pasado, empezando por el pasado más tenebroso, es intentar entenderlo: esa es la única forma conocida de poder dominarlo y de impedir que sea él quien nos domine a nosotros, obligándonos a repetir una y otra vez los mismos errores. En otras palabras: es imposible hacer algo útil con el futuro sin tener el pasado siempre presente.

En cuanto a mí, el asco insuperable que me produce la muerte me impide alegrarme incluso de la de un individuo tan siniestro y sanguinario como Francisco Franco. La verdad: no sé qué demonios estamos celebrando. Javier Cercas






















DESHUMANIZACIONES. A MODO DE PRÓLOGO

 







En 1925, comienza diciendo en Revista de Occidente (15/11/2025) el catedrático Domingo Hernández Sánchez de la Universidad de Salamanca, José Ortega y Gasset publicó La deshumanización del arte e Ideas sobre la novela, uno de los títulos más conocidos del filósofo y que ocuparía un lugar protagonista en la recepción de la vanguardia y el arte nuevo en España y los países de habla española. Un siglo después, conmemorando su centenario, el Centro de Estudios Orteguianos de la Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón ha elaborado un completo programa de actividades –conciertos, congreso internacional, cursos de formación y de verano, diálogos, espectáculos de danza, exposición, mesas redondas y lecturas– dirigido a públicos diversos y dedicado a los distintos ámbitos artísticos mencionados por Ortega. En todos los casos, el protagonista es el libro conmemorado y, con él, las cuestiones estéticas que, analizadas en su contexto u observadas desde nuestro presente, se desprenden del clásico orteguiano.

Este número de Revista de Occidente también forma parte de los actos conmemorativos del centenario, pero su objetivo es distinto a los anteriores. En esta ocasión, el protagonista no es tanto el libro como la etiqueta más conocida de su título, la de deshumanización, observada ahora desde algunas de las formas deshumanizadoras que definen el lado menos amable de nuestro presente. Para ello, se ha solicitado a especialistas de ramas y campos de estudio diferentes que aporten textos breves y de tono marcadamente ensayístico bajo dos condiciones: definir posibles extensiones o continuaciones hasta nuestro tiempo de la deshumanización orteguiana y analizar algunos de los procesos deshumanizadores más amenazantes de la época actual.

No debe sorprender, ni mucho menos, esta descontextualización de temas y conceptos distanciados por un siglo. Respecto a los métodos y las formas, en el fondo, nada más orteguiano: José Ortega y Gasset es un clásico y, en sus propias palabras, las de «Pidiendo un Goethe desde dentro», si no queremos hacernos centenarios en los centenarios, si realmente pretendemos salvar al clásico, sólo puede hacerse «usando de él sin miramiento para nuestra propia salvación –es decir, prescindiendo de su clasicismo, trayéndolo hasta nosotros, contemporaneizándolo, inyectándole pulso nuevo con la sangre de nuestras venas, cuyos ingredientes son nuestras pasiones y nuestros problemas». No se trata, así, de hacer presente un pasado, sino, todo lo contrario, de servirnos de la persistencia del clásico, de su inconclusión, apoyándonos en la convicción de que su actualidad proviene del problematismo e incomodidad de su pensamiento.

Si respecto a las formas es la propia teoría orteguiana del clásico la que nos permite el desarrollo, en relación con los contenidos ocurre algo similar. Sin duda alguna, el término deshumanización fue la clave de algunas de las polémicas suscitadas tras la publicación del libro. A pesar de que en el volumen que abre su discurrir filosófico, Meditaciones del Quijote (1914), hubiese afirmado Ortega que «es siempre el hombre el tema esencial del arte», o que incluso años antes, en 1909, anotase explícitamente que «el arte por el arte es una estética para cretinos. No: el arte por el hombre, como todas las cosas», el hecho es que la desrealización, la estilización, el formalismo y el intelectualismo que Ortega entendía como caracteres del arte nuevo fueron mucho menos problemáticos que la fórmula que los presentaba. Las respuestas no se harían esperar: Guillermo de Torre, en el mismo 1925, afirmaba que «desrealización, por regla general, no implica fatalmente deshumanización»; Gasch hablaba de rehumanización ya en 1927; aunque lo venía mencionando desde años antes, Díaz Fernández, en 1930, ya en las páginas de El nuevo romanticismo, insistirá en esa literatura de avanzada que busca «la vuelta a lo humano…». Son sólo algunos ejemplos. Incluso, pensándolo bien, quizá ni siquiera haga falta salir de Ortega para observar la pluralidad de significados que suscitaba el debate. Bastaría con recordar que, en el mismo año, 1925, publica «Sobre el fascismo», o que desde el mirador de los años treinta, especialmente el de La rebelión de las masas, insistirá en el carácter arbitrario, caprichoso y frívolo de la generación –y época– que para él concluye sobre 1932, incluyendo, claro está, algunos de sus signos más característicos, entre ellos el arte nuevo. De un modo u otro y por unas razones o por otras, lo cierto es que Ortega no volvería a utilizar el término deshumanización para referirse a asuntos artísticos. De hecho, apenas aparecen menciones al libro en el resto de su obra –siendo Ortega un autor que insistentemente juega con lo ya escrito y lo por escribir–, excepto en tres o cuatro ocasiones donde subraya que su intención había sido únicamente destacar el carácter sintomático del arte nuevo para «diagnosticar a tiempo un cambio total en el escenario histórico» y que, sobre todo, la ruptura con el pasado y la tradición artística había sido su mayor aportación.

No, Ortega, a partir de los años treinta, apenas volvería a interesarse por cuestiones relativas al arte nuevo, incluido su propio libro. El tiempo había cambiado y, con él, las aventuras de los artistas jóvenes pasaban a «instalarse en una arbitrariedad». Ahora bien, no ocurre lo mismo con el término, deshumanización, que se desprende de la connotación estética de los años veinte para adquirir ahora una estricta significación social. Aparece en todas las versiones de los cursos y conferencias vinculados a ese proyecto inacabado que fue El hombre y la gente, sobre cuyos temas continuaba trabajando Ortega en los años finales de su vida. Es desde ahí, incluida su actualización, desde donde han de observarse muchos de los artículos recogidos en este número de Revista de Occidente. Para Ortega, «lo social, lo colectivo es, pues, lo humano deshumanizado», o, de otra manera, la sociedad «es vida humana deshumanizada». Son los usos, los tópicos, la sociedad convertida en gente, en masa, «lo humano transformado en naturaleza», todo eso que muestra la inherente inhumanidad de lo humano, tan ineludible como mecánica. Sea como sea, en este contexto, las frases de Ortega son muy conocidas: «el hombre vive en riesgo permanente de deshumanizarse» o «al hombre le pasa a veces nada menos que no ser hombre». En su versión contemporánea y en relación con algunas de sus manifestaciones más significativas, de eso tratan los artículos siguientes.

En este sentido, y en relación con el objetivo doble del número, análisis vinculados a temas como la inteligencia artificial, la migración y las fronteras, la moral y la justicia, determinadas cuestiones de género, excesos de forma o todo tipo de controversias con algoritmos y protocolos, entre otros, discurren en paralelo a discursos más cercanos a las versiones actualizadas de las problemáticas artísticas y literarias que pueden desprenderse del clásico orteguiano. Un caso especial es la brillante colaboración de Frank Westerman, y aprovecho para agradecer a Frank su generosidad al aportar un original a la revista, así como la meticulosa labor de su traductora, Goedele De Sterck. La literatura de no ficción, esa literatura de hechos, como se la ha llamado en ocasiones, ese híbrido entre periodismo de investigación y ensayo que se lee como una novela y que caracteriza la escritura de Westerman, creemos que sería muy del gusto de cierto filósofo madrileño que nació «sobre una rotativa» y que, desde su primer libro, aquellos «ensayos de amor intelectual», entendía el ensayo como «la ciencia, menos la prueba explícita». Domingo Hernandez Sánchez
























REFLEXIÓN DOMINICAL: PROGRESAMOS

 










Amigos, escribe en Substack (16/11/2025) el economista, doctor en Derecho y profesor de la Universidad de California en Berkeley, Robert Reich, me siento emocionalmente inestable. Supongo que tú sientes lo mismo. Me alegró mucho la elección de Mamdani y el arrollador triunfo demócrata en todo Estados Unidos.

Pero la semana pasada me sentí profundamente molesto con los demócratas del Senado que dejaron escapar una victoria segura al ceder ante los republicanos.

Me digo a mí mismo que así es como se ve el progreso en tiempos turbulentos: una montaña rusa cuyos momentos de euforia son más altos que sus momentos de bajada.

La traición de los demócratas la semana pasada fue sin duda un punto bajo. Pero el punto álgido de las elecciones del 4 de noviembre fue superior, porque cambió el rumbo del país.

Además, el cierre del gobierno no fue un fracaso total. Permitió a los demócratas destacar la inminente retirada de la cobertura sanitaria a millones de estadounidenses por parte de los republicanos. Y reveló aún más la crueldad egoísta de Trump, quien alardeó de su lujoso salón de baile en la Casa Blanca y de la renovada Habitación Lincoln, mientras negaba los cupones de alimentos a 42 millones de personas.

También demostró por qué una generación anterior de demócratas —Chuck Schumer, Dick Durbin, Tim Kaine— ya tuvo su momento y ahora deben seguir adelante.

La energía y el futuro del partido pertenecen a Zohran Mamdani, AOC y otros, como la joven y progresista alcaldesa recién elegida de Seattle, Katie Wilson. Wilson es organizadora comunitaria, se autodefine como socialista y es candidata por primera vez, impulsando impuestos más altos a los ricos para financiar las necesidades básicas de la mayoría de los habitantes de Seattle. Algunos la llaman la "Mamdani de la Costa Oeste".

Hace unos días conversé con el vicealcalde de Mamdani, Dean Fuleihan , y me impresionaron su experiencia, conocimiento y compromiso. Me fui convencido de que Mamdani podrá implementar sus ambiciosos objetivos, e incluso superarlos.

Otras señales de progreso: la sorprendente victoria de los demócratas en la redistribución de distritos en Utah y una posible derrota en una elección especial al Congreso en Tennessee el próximo mes.

Mientras tanto, los jóvenes de todo Estados Unidos están impulsando una nueva era de activismo progresista.

El jueves, más de mil baristas de Starbucks se declararon en huelga, exigiendo mejores horarios, mayor salario y mejores condiciones laborales, y amenazando con intensificar las protestas si Starbucks no accedía a sus demandas. (Puedes apoyarlos boicoteando Starbucks).

También se observan avances en el fantasma de Jeffrey Epstein que regresa esta semana para atormentar a Trump con más pruebas de su complicidad.

Recordemos que en 2024 Trump dijo que no tendría ningún problema con la publicación de la lista de clientes de Epstein. Sin embargo, desde entonces, Trump ha hecho todo lo posible por encubrirla.

El presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, incluso se negó a aceptar el escaño de Adelita Grijalva, la recién elegida representante de Arizona, porque ella aportaría la crucial firma número 218 en la petición de destitución que daría lugar a una votación en la Cámara sobre la publicación de los archivos de Epstein. Y así fue, al jurar el cargo esta semana.

La petición entró en vigor el jueves cuando dos firmantes republicanas, las representantes Lauren Boebert y Nancy Mace, se negaron a retirar sus nombres, a pesar de la intensa presión de Trump y funcionarios del Departamento de Justicia. Incluso Marjorie Taylor Greene se distancia de Trump por el caso Epstein.

Y ahora, en un patético intento por desviar la atención, Trump ha ordenado a su portavoz, la fiscal general Pam Bondi, que investigue a destacados demócratas que parecen estar vinculados a Epstein. No funcionará.

Mientras tanto, la popularidad de Trump ha seguido cayendo en picado. Solo el 33% aprueba ahora su gestión del gobierno, frente al 43% de marzo. Entre los independientes, su aprobación se ha desplomado hasta un sorprendente 25% .

Mientras tanto, los demócratas están muy motivados. Una nueva encuesta de Reuters/Ipsos muestra que están mucho más decididos que los republicanos a votar en las elecciones de mitad de mandato: el 44% de los demócratas se muestran "muy entusiasmados" por emitir su voto el próximo año, en comparación con el 26% de los republicanos. Todo progreso.

Tengan por seguro que habrá más frustraciones y reveses. Trump y sus fanáticos lacayos (Miller, Vought, Vance, Hegseth, Kennedy Jr., Bondi y Noem) hundirán aún más al país en su autoritarismo.

Aún no hemos tocado fondo. Pero venceremos.

No nos desanimaremos por derrotas tácticas como la de la semana pasada. Seguiremos luchando: organizándonos, movilizándonos, llamando y escribiendo a nuestros representantes en el Congreso, manifestándonos, boicoteando, protegiendo a los más vulnerables, ganando las elecciones estatales y locales, y ganando las elecciones de mitad de mandato del próximo año.

Seguiremos luchando porque hay mucho en juego. Seguiremos luchando porque las futuras generaciones dependen de nosotros. Robert Reich

















DEL ARCHIVO DEL BLOG. DESTRUCCIÓN. PUBLICADO EL 09/11/2019

 







A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de las autoras cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. Ellas tienen, sin duda, mucho que decirnos. Les dejo con el A vuelapluma de hoy  sobre  el amor, el dolor y el abandono, de la escritora argentina Leila Guerriero.

¿Qué recuerdo? Cada parte -comienza diciendo Guerriero-. La muesca que se le dibujaba junto a la boca al encender un cigarro; la forma en que fruncía el ceño cuando se reía con pavor, como si se escandalizara por reírse tanto. La raíz espléndida del cuello, la clavícula como una cruz pagana. Tenía unos hombros inexplicables, los hombros de alguien que sufre mucho pero que quiere seguir vivo. Yo era muy joven y él también, y a veces, antes de acercarse, me miraba como si estuviera por cometer un acto sagrado o un sacrilegio. Tenía en el rostro un dolor clásico, una elegancia drástica. Me gustaba, como nos gusta a tantos, que fuera un hombre herido y viera en mí una posibilidad de redención (que yo no iba a darle). Estaba roto, como yo lo estaba, pero su catástrofe era serena y yo, en cambio, era un diablo emergido de una pampa quemada sin sitio al cual volver. Al principio quiso irse, pero lo retuve de manera simple, diciéndole: “Si te vas me da igual”. Hasta que quiso quedarse irreversiblemente. Yo me sentía curiosa y cruel, pero también gentil y emocionada. Había algo en él. Una especie de calma dramática, contagiosa. Un día llegó a mi trabajo con un ramo de flores. Yo no lo esperaba. Sonriendo, tímido y sin trampas, me dijo cosas. Todas las cosas que todos quieren oír alguna vez. Yo reaccioné como una hiena espantada, como un chorro de luz negra, muriática. Recuerdo que en el antebrazo tenía un músculo magnífico. Cuando se tensaba hacía pensar que todo en él estaba hecho de un material fresco, noble y tenaz: que podía llevar la carga. Era un hombre. Al que severa, grave, meticulosamente hice pedazos. No he venido aquí a pedir disculpas sino a decir que arrojen la primera piedra. Todos hemos sido, alguna vez, el monstruo de alguien. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt
























DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, CONTRA TODAS LAS PATRIAS, DE MANUEL GARCÍA

 







CONTRA TODAS LAS PATRIAS






(Bombardeo de la Biblioteca Nacional de Bosnia Herzegovina, en Sarajevo,

el 25 de agosto de 1992)


Habría que saber por qué proceso

el hombre más sensible se convierte en

alimaña. La historia no es de ahora,

sino de siempre.


Pongamos que es un joven profesor

de Sarajevo, que es experto en Shakespeare.

Que ama los libros a los que dedica

sus horas de emoción y sus placeres.


Pero esa herida de los libros no es

suficiente, sino que camina

come, viaja, fornica, tiene amigos,

sueña y siente

una patria que ama y que quisiera

grande, libre y triunfante entre laureles.


Justo en la parte del cerebro donde

entra la patria, todo lo demás,

libros, música y arte, se convierte en

una cuestión de higiene.


Limpiar, limpiar, y al cabo de los años

de militancia y formación política,

su país, que pongamos que es la Serbia,

hace una guerra de limpieza y tiene

este hombre poder y, como puede,

ordena destruir la biblioteca

donde estudió, dio clases y leyera

tantas horas a Shakespeare.


Era una biblioteca demasiado

libre, con libros bosnios y croatas

y libros servios conviviendo amigos

en el silencio de los anaqueles.


El nombre es lo de menos, mas pongamos

que se llamaba Nikola Koljevic.


Y como el fuego engendra, da esplendor,

y limpia y fija, le pusieron fósforo

blanco a las bombas para que en el breve

espacio de unas horas fuese humo

lo que cientos de manos recogieron

de libros pieles hojas incunables

durante muchos siglos. Cuánto duele

la miseria del hombre y sus quehaceres.


Mortal, tú que me lees, no te vayas

de estos versos indemne

y párate a pensar cuántos tu patria

–sea real o inventada–

libros quemó, dilapidara herejes.




MANUEL GARCÍA (1966)

poeta español













DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY MIÉRCOLES, 19 DE NOVIEMBRE DE 2025

 





























martes, 18 de noviembre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MARTES, 18 DE NOVIEMBRE DE 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 18 de noviembre de 2025. Intento competir los fines de semana para asegurarme de hacer una tanda rápida; para las largas y lentas, se lee en la primera de las entradas del blog de hoy, necesito menos incentivos. El partido del líder de Junts se presenta como ejecutor involuntario de la estrategia de PP y Vox, se dice en la segunda de ellas; el gen convergente fue un fruto de Jordi Pujol, el de Puigdemont es otro, con elementos comunes, pero distinto. Un rasgo que todos los déspotas tienen en común, se comenta en la tercera de las entradas de hoy, es una temible predilección por la arquitectura; el derribo de un ala de la Casa Blanca de Trump o la ciudad en el desierto de Bin Salmán son señales que envían unos déspotas. En el archivo del blog de hoy, escrito en diciembre de 2018, se leía que no podía decirse que la teatralización de la política fuera algo nuevo: los faraones egipcios se ataviaban como dioses y los presidentes democráticos visitan inundaciones con el chubasquero puesto, pero sí que resultaba evidente que el fenómeno experimentaba hoy una nueva intensidad, cuya causa principal había de buscarse en la mediatización que distingue a nuestra época. El poema del día es de un famoso poeta chileno, premio nobel de literatura, que comienza con estos versos: Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy./El río anuda al mar su lamento obstinado. Y la última entrada del día, como siempre, son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. Y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt