miércoles, 6 de agosto de 2025

[ARCHIVO DEL BLOG] DOS AÑOS SIN TONY JUDT. PUBLICADO EL 24/08/2012












El pasado día 6 se cumplieron dos años de la muerte del profesor e historiador británico Tony Judt. Y tal día como hoy de hace un año le rendía en el blog mi particular y personal homenaje de admiración y respeto. No es otra mi intención que seguir manteniendo presente el recuerdo de su obra y de ahí que me haya animado a reelaborar y reproducir la entrada citada, que pueden ustedes leer a continuación, titulada: "Historia e historiadores. In memoriam: Tony Judt". Dice así: Hasta que leí sobre él en Revista de Libros nunca había oído ni leído mención alguna sobre el historiador británico Tony Judt, fallecido hace ahora justamente un año a causa de una esclerosis lateral amiotrófica (ELA), más conocida como la enfermedad de "Lou Gehrig", por haberla padecido el famoso jugador de beísbol de ese nombre. La información que sobre Tony Judt da la Wikipedia en español no le hace justicia, así que en este enlace pueden acceder a la versión inglesa, mucho más extensa y pormenorizada. 
De padre belga, emigrado a Gran Bretaña antes del estallido de la guerra mundial, y madre inglesa, ambos descendientes de judíos de Europa oriental, Tony Judt nació en Londres en 1948 y murió en Nueva York, la ciudad en la que residía, el 6 de agosto de 2010. Realizó sus estudios en el King's College de Cambridge y en la École Normale Supérieure de París. Impartió clases en las universidades de Cambridge, Oxford, Berkeley (San Francisco) y Nueva York, ocupando en esta última la cátedra de Estudios Europeos, que él mismo fundó en 1995, y en la que también ocupó la dirección del Remarque Institute. Es autor de numerosos libros, entre ellos Postguerra. Una historia de Europa desde 1945  (Taurus, Madrid, 2006). Considerado uno de los diez mejores libros de 2005, se trata de un voluminoso texto de más de mil doscientas páginas, que leí con entusiasmo creciente, y que en 2007 recibió el Premio Hannah Arendt, otorgado por la ciudad-estado alemana de Bremen y la Fundación Heinrich Boell, y en 2009 el Orwell Prize, el más prestigioso de Gran Bretaña a un libro político. 
Mi relación sentimental con Tony Judt, fue propiciada por la lectura mensual de Revista de Libros. El primer artículo que leí sobre él en dicha publicación (núm. 130, octubre de 2007) fue el titulado Europa y el mundo. Tres siglos de historia, del profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, Manuel Pérez Ledesma, en el que comentaba el ya mencionado más arriba libro suyo "Postguerra. Una historia de Europa desde 1945", considerado por muchos historiadores el mejor de los que se han escrito sobre dicho período.
Para Judt, dice el profesor Pérez Ledesma, la historia reciente de Europa es en primer lugar la historia de una pérdida: de la pérdida del poder, de la importancia internacional y, en algunos casos, de la condición imperial de los Estados del continente. Algo que se reflejó de forma dramática, ya en los momentos iniciales del relato, en la incapacidad europea para enfrentarse a las amenazas que habían surgido en su interior: en 1945, la mayor parte de Europa «no había sido capaz de liberarse del fascismo por sus propios medios, ni tampoco podía mantener a raya al comunismo sin ayuda»; sólo tras varias décadas y numerosos esfuerzos pudieron los europeos recuperar el control de sus destinos. Pero ésa no es la única pérdida: lo que Judt quiere contar en un segundo nivel -añade el profesor Ledesma- es la historia del declive de las grandes teorías decimonónicas sobre el progreso y el cambio, la revolución y la transformación social, que habían hecho suyas los partidos y los movimientos políticos de preguerra. En especial, dice, son el decaimiento del fervor político en la mitad occidental del continente y el descrédito del dogma marxista en su mitad oriental los asuntos que más le im­portan a Judt.
Tiempo después, de nuevo en Revista de Libros (núm. 145, enero de 2009) vuelvo a encontrar un artículo de Michael Seidman, catedrático de Historia en la Universidad de North Carolina, titulado La voluntad de ignorar, comentando otro afamado libro de Judt, en esta ocasión el titulado Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses, 1944-1956 (Taurus, Madrid, 2008).
Dice Seidman del libro que es una historia intelectual extremadamente bien escrita de ciertos intelectuales franceses durante los comienzos de la Guerra Fría y de sus actitudes hacia el comunismo. Entre los más  destacados –principalmente Jean-Paul Sartre, Emmanuel Mounier y Maurice Merleau-Ponty– a los que somete a una crítica despiadada y, en ocasiones, divertida, defendiendo convincentemente que las posiciones y actitudes de estos intelectuales estuvieron determinadas en gran medida no por las duras realidades del comunismo en Europa oriental, sino por sus propias preocupaciones francesas bastante provincianas, destacando que fue la manifiesta falta de valor de tantos escritores –Judt menciona a Paul Eluard, Elsa Triolet, Louis Aragon, Emmanuel Mounier y, por supuesto, a Simone de Beauvoir y al propio Sartre– durante la ocupación alemana, lo que hizo que la sociedad francesa se resolviera a castigar a quienes de entre ellos presentaban un historial inequívoco de colaboración. 
Sobre los intelectuales franceses y el comunismo escribió también Judt en su último libro, El refugio de la memoria (Taurus, Madrid, 2011), sobre el que volveré más adelante, pero cuya lectura me trajo recuerdos imborrables sobre sendos libros, magníficos, de dos prestigiosos historiadores franceses. Me refiero a El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX (FCE, Madrid, 1995), de François Furet, y Las voces de la libertad. Intelectuales y compromiso en la Francia del siglo XIX (Edhasa, Barcelona, 2004), de Michel Winock, cuya lectura recomiendo encarecidamente a los interesados en el tema.
Hasta el número de marzo de 2011 de Revista de Libros (el núm. 171) no volví a leer nada sobre Tony Judt. En esta ocasión se trataba de un artículo del catedrático de Historia de las Ideas y de los Movimientos Sociales de la Universidad Complutense de Madrid, el profesor José Álvarez Junco, titulado Elegía por la socialdemocracia. Por él me enteraba de la muerte del historiador británico en agosto del año anterior. En dicho artículo el profesor Álvarez Junco hacía la crítica de uno de los últimos libros de Judt: Algo va mal (Taurus, Madrid, 2010), del que ya escribí en el blog en la  entrada del 19 de mayo de 2011 titulada ¡Democracia real, ya!. Complicado pero no imposible, a la que remito, y en la que yo contraponía la lectura del "Algo va mal" de Judt, a la del panfletario "Indignaos" de Stéphane Hessel.
Un texto, el de "Algo va mal", en palabras del profesor Álvarez Junco,  en el que el historiador británico reflexiona sobre la socialdemocracia, su apogeo en Occidente de 1945-1980 y su sustitución posterior por el conservadurismo neoliberal. En él toma partido -dice- a favor de aquella fórmula política y económica que dominaba en la Europa en que vivió de joven y a la que llama «el mundo que hemos perdido». No debemos idealizarla, añade, pero tampoco olvidarla, porque, sin ser perfecta, ha sido la mejor de las situaciones que ha vivido la humanidad a lo largo de su historia. Lo leí con verdadero entusiasmo en plena vorágine de las manifestaciones que dieron lugar a eso que hemos llamado "spanish revolution" o movimiento 15-M, del que también he tratado a menudo en el blog.
En julio de 2011 me llegó a casa el ejemplar mensual de Revista de Libros, un número doble (el núm. 175-176), y me encuentro en él otro artículo sobre el ya citado libro de Tony Judt, El refugio de la memoria, obra póstuma, pues terminó de dictarlo con enormes dificultades derivadas de su penosa enfermedad dos meses antes de su fallecimiento.
El artículo llevaba el título de Visita guiada a las ruinas, y estaba escrito por el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, Enric Ucelay-Da Cal. Les confieso que me invadió un cierto y desasosegante sentimiento de estupor cuando terminé de leerlo. ¿Cómo era posible una crítica tan implícitamente  malévola hacia la última obra de un colega tan prestigioso como el profesor Judt? Estaba  acostumbrado a leer en Revista de Libros críticas muy duras, y con toda seguridad,  justificadas, sobre publicaciones de todo tipo que sin embargo gozan de gran popularidad y se venden como rosquillas (me vinieron a la mente las realizadas a bastantes títulos que he leído y que por pudor no voy a citar), pero me extrañó el tono de la crítica; casi más el tono que el contenido de la crítica en sí.
Nada más terminar de leer El refugio de la memoria volví a releer el artículo del profesor Ucelay-Da y  me parece de justicia confesar mi apresurado error de apreciación sobre el mismo, motivado con seguridad, por un párrafo inicial en el que afirma que dada la avalancha de prosa autocontemplativa que desborda tanto a productores industriales como consumidores (288.355 libros editados en Estados Unidos en 2009;  86.300 publicados en 2008 en España) por qué tendrían que atraerle las reflexiones de Tony Judt en su lecho de muerte. Pasé por alto la propia reflexión del comentarista que confiesa no haber entendido su propia reacción ante la lectura del libro de Judt. "¿Seré un envidioso, llenó de morboso placer producido por el dolor ajeno -se pregunta- al querer añadir la reducción del significado del "Chalet" (nombre que desde el inicio de su libro da Tony Judt al rincón de su memoria donde va guardando cada noche de insomnio forzoso sus recuerdos) a poco más que el garaje donde aparcaron a un moribundo? ¿Será que tengo poca sensibilidad retentiva para las historias e historietas de las gentes de mi tiempo específico? ¿O será que estoy harto de confesiones de todo tipo y signo y, como viejo y blando superviviente de la segunda mitad del siglo xx, tengo escasa paciencia para escuchar la misma tecla tocada más de una vez? ¿O será, muy sencillamente, que no me complace un mundo en el cual todos creen tener algo emotivo que comunicar a millones de personas en las redes sociales?". Y todo eso para, al final, reconocer que también es verdad que a él le hubiera gustado ser capaz, al menos una vez, de conmover a un lector tan antipático como él mismo tal y como lo hizo Judt en su día.
A mí, la lectura de El refugio de la memoria me conmovió profundamente. Y no solo por las circunstancias en que fue escrito, que el autor recrea en el capítulo primero, cuando habla de su enfermedad y de los recursos mentales a los que tenía que recurrir en las noches de inmovilidad e insomnio forzoso para recrear las diversas estancias de su memoria y ordenarlas en ella para que al día siguiente, "álguien", otra persona, pudiera trasladarlas al papel. El libro está plagado de anécdotas, anécdotas que le sirven para reconstruir su vida ante nosotros, a modo de estancias o compartimentos estancos, no siempre en un orden cronológico, pero al final, siempre bien interrelacionados.
Delicioso el capítulo que dedica, lleno de admiración, hacia su severo profesor de alemán en el Emanuel School de Battersen, Londres. Divertido y entrañable aquel en que relata su experiencia como estudiante de la Universidad de Cambridge y sobre la venerable y entrañable institución de las "bedders", las mujeres empleadas por la universidad para atender las "necesidades" materiales de los estudiantes de la misma. Dolorido, el que recuerda su estancia, en 1966 y 1967, en el kibutz de Machanayim, en la Alta Galilea israelí y su siempre difícil relación posterior, como judío, con el Estado de Israel. Sarcástico, pero reconocido, el que dedica a los intelectuales franceses de su época de estudio en la École Normale Supérieure, de París, una de las instituciones académicas más prestigiosas de Francia, de la que Raymond Aron, que fue alumno de ella, dijo en sus "Mémoires", que nunca se había encontrado con tantos hombres inteligentes en un espacio tan pequeño. Irónico, el que dedica al parisino Mayo del 68, que vivió en directo como estudiante. Duro y sin contemplaciones, aquel en que enjuicia el poco valor que hoy se da a la corrección en el hablar y el escribir: La prosa de muy mala calidad, dice, es hoy indicativa de inseguridad intelectual; hablamos y escribimos mal -concluye- porque no nos sentimos seguros de lo que pensamos y nos resistimos a afirmarlo de un modo inequívoco.
En otro capítulo relata su aventura universitaria norteamericana y muestra su admiración sin reserva por las instituciones docentes de dicho país, y sobre todo, por sus impresionantemente bien dotadas bibliotecas. Y comparto su juicio sobre la función de las universidades: dice de ellas que son instituciones elitistas, o que deberían serlo por principio, pues les concierne seleccionar a la promoción más capaz de una generación y educarla en esa capacidad forzando una renovación de la élite y rehaciéndola consecuentemente, para añadir que igualdad de oportunidades e igualdad de resultados no son la misma cosa. Verdad evidente que solemos pasar por alto con frecuencia. Admirativo y entrañable resultaba su juicio sobre la ciudad de Nueva York, que le acogió hasta su muerte, a la que califica como "ciudad del mundo".
En su crítica al comunismo se muestra contundente: como mejor se mide -dice- el grado de esclavitud en que una ideología mantiene a un pueblo es en la colectiva incapacidad de éste para imaginar alternativas. Feroz era su juicio sobre los dirigentes europeos del momento actual, de los que comenta que escurren el bulto recurriendo a la austeridad presupuestaria para apaciguar a los mercados. Y sobre el odio, temor, rechazo al extraño, al extranjero, cada vez más acentuado en las privilegiadas sociedades occidentales dice lo siguiente: "Ser danés o italiano, norteamericano o europeo, no será solo una identidad; supondrá un rechazo y una reprobación de aquellos a los que ésta excluya. El Estado, afirma, lejos de desaparecer, podría estar a punto de lograr su plena realización: los privilegios de la ciudadanía, las protecciones de los derechos de los poseedores de tarjetas de residencia, serán esgrimidos como triunfos políticos. Habrá intolerantes demagogos en democracias establecidas que pedirán tests -de conocimientos, de lengua, de actitud- para determinar si los desesperados recién llegados merecen ostentar la "identidad" de británicos o de holandeses o de franceses. Ya lo están haciendo, añade, En este este "espléndido siglo nuevo" ("brave new century": juego de palabras con el título de la famosa novela de Aldous Huxley "Un mundo feljz", en ingles titulada "Brave New World") echaremos de menos a los tolerantes, a los de los márgenes: a la gente fronteriza: Mi gente", concluye. 
¿Les suena? Es una letra que está en casi todas las partituras de los partidos nacionalistas y en las de bastantes dirigentes y responsables del partido popular español y de la derecha europea.
Yo no soy judío y ni siquiera me considero un hombre religioso, pero me siento orgulloso de mi doble condición de descendiente de conversos, así que he dejado para el final el alegato que formula en las últimas páginas del libro sobre su condición de judío, que vuelvo a compartir como tantas otras cuestiones de las que plantea en sus "memorias".  Dice Judt: "El judaísmo es para mí la sensibilidad de un autocuestionamiento colectivo y un incómodo decir la verdad; la capacidad, propia del que va contracorriente, de ser problemático y de disentir, por la que en otro tiempo fuimos conocidos. No basta, añade, con situarse en una posición tangencial frente a las convenciones de otros pueblos; deberíamos ser además los críticos más implacables de nosotros mismos. Siento que tengo una deuda de responsabilidad con ese pasado, dice, y es por eso por lo que soy judío."
Pero hay más cosas, muchas más cosas que solo podrán descubrir si se animan a leerlo. Yo lo he hecho y lo he disfrutado. Es mi pequeñísimo homenaje a un gran historiador, a un hombre de izquierdas, progresista y socialdemócrata, como él mismo se definió, al que no le dolieron prendas en reconocer los tremendo errores que han llevado al pensamiento de izquierdas a la crisis que está atravesando ahora. Como complemento de la entrada les invito a ver en YouTube el vídeo titulado "Los acuerdos de Bretton Woods", realizado a partir del capítulo del mismo título del libro Postguerra de Tony Judt. Y sean felices, por favor, a pesar del gobierno. Tamaragua amigos. HArendt



















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY CAMPANAS DE BASTABALES, DE ROSALÍA DE CASTRO

 








CAMPANAS DE BASTABALES


Campanas de Bastabales,
cuando os oigo tocar,
me muero de añoranzas.

I

Cuando os oigo tocar,
campanitas, campanitas,
sin querer vuelvo a llorar.

Cuando de lejos os oigo
pienso que por mí llamáis
y de las entrañas me duelo.

Me duelo de dolor herida,
que antes tenía vida entera
y hoy tengo media vida.

Sólo media me dejaron
los que de allá me trajeron,
los que de allá me robaron.

No me robaron, traidores,
¡ay!, unos amores locos,
¡ay!, unos locos amores.

Que los amores ya huyeron,
las soledades vinieron…
de pena me consumieron.

II

Allá por la mañanita
subo sobre los oteros
ligerita, ligerita.

Como una cabra ligera
para oir de las campanas
la campanada primera.

La primera de la alborada
que me traen los aires
por verme más consolada.

Por verme menos llorosa,
en sus alas me la traen
retozona y quejumbrosa.

Quejumbrosa y temblando
entre la verde espesura,
entre la verde arboleda.

Y por la verde pradera,
sobre la vega llana,
juguetona y juguetona.

III

Despacito, despacito
voy por la tarde callada
de Bastabales camino.

Camino de mi contento;
y en tanto el sol no se esconde
en una piedrita me siento.

y sentada estoy mirando
como la luna va saliendo,
como el sol se va poniendo.

Cual se acuesta, cual se esconde
mientras tanto corre la luna
sin saberse para dónde.

Para dónde va tan sola
sin que a los tristes que la miramos
ni nos hable ni nos oiga

Que si oyera y nos hablara
muchas cosas le dijera,
muchas cosas le contara.

IV

Cada estrella, su diamante;
cada nube, blanca pluma;
triste la luna marcha delante.

Delante marcha clareando
vegas, prados, montes ríos,
donde el día va faltando

Falta el día y noche oscura
baja, baja, poco a poco,
por montañas de verdor.

De verdor y de follaje,
salpicada de fuentecillas
bajo la sombra del ramaje.

Del ramaje donde cantan
pajarillos piadores,
que con la aurora se levantan.

Que con la noche se adormecen
para que canten los grillos
que con las sombras aparecen.

V

Corre el viento, el río pasa.
Corren nubes, nubes corren
camino de mi casa.

Mi casa, mi abrigo,
se van todos, yo me quedo
sin compañía ni amigo.

Yo me quedo contemplando
las llamas del hogar en las casitas
por las que vivo suspirando.

…………………………..

Viene la noche…, muere el día,
las campanas tocan lejos
las notas del Ave María.

Ellas tocan para que rece;
yo no rezo que los sollozos
ahogándome parece
que por mi tienen que rezar.

Campanas de Bastabales
cando vos oio tocar,
me muero de añoranzas.


ROSALÍA DE CASTRO (1837-1885)

poetisa española













DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY MIÉRCOLES, 6 DE AGOSTO DE 2025

 


































martes, 5 de agosto de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MARTES, 5 DE AGOSTO DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 5 de agosto de 2025. El término corrupción es polisémico, comienza diciendo Martín Pallín en la primera de las entradas del blog de hoy, pero tener un comportamiento corrupto puede afectar a muchas facetas de la vida de una persona, y lo que siempre estará presente en la vida política y preocupa a todas las sociedades democráticas es el comportamiento de quienes, dedicándose a una actividad pública, deciden enriquecerse ilícitamente a costa del patrimonio de todos. En la segunda, un archivo del blog de agosto de 2006, el escritor chileno Ariel Dorfman escribía sobre el pasado nazi del escritor y Premio Nobel alemán, Günter Grass; me parece bien que esas cosas se saquen a relucir, decía, pero de ahí a poner en duda el valor moral de una persona que, con todos los errores que se le quieran achacar en su pasado, ha dado pruebas sobradas de talla moral en su trayectoria vital posterior, media un abismo. El poema del día, en la tercera, se titula Octubre, es del poeta español Juan Ramón Jiménez, y comienza con estos versos: Estaba echado yo en la tierra, enfrente/el infinito campo de Castilla,/que el otoño envolvía en la amarilla/dulzura de su claro sol poniente. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt



















DE LA ÉTICA PÚBLICA COMO ANTÍDOTO DE LA CORRUPCIÓN POLÍTICA

 







El código penal no es suficiente. Hay que inocular en la sociedad española valores que la inmunicen contra la tentación de apropiarse de los caudales públicos, afirma en El País [El virus de la corrupción, 30/07/2025] el jurista José Antonio Martín Pallín. El término corrupción es polisémico, comienza diciendo Martín Pallín. Tener un comportamiento corrupto puede afectar a muchas facetas de la vida de una persona, pero lo que siempre estará presente en la vida política y preocupa a todas las sociedades democráticas es el comportamiento de quienes, dedicándose a una actividad pública, deciden enriquecerse ilícitamente a costa del patrimonio de todos. A muchos no les extrañará que ya en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, los revolucionarios franceses incluyeron en su artículo 15 que “la sociedad tiene derecho a pedir cuentas de su gestión a cualquier agente público”.

La corrupción tiene unas raíces profundas y viene de tiempos remotos. En nuestro país tenemos numerosos ejemplos históricos y literarios que explican, en cierto modo, los sucesos del presente. En la literatura podemos citar a los clásicos: el Quijote (Consejos a Sancho para gobernar la Ínsula Barataria: “Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico”) y todo el rico género de la picaresca. Ya en tiempos recientes, Javier Pradera, con su ensayo Corrupción y política: Los costes de la democracia avisó de los riesgos.

La historia es más rica en ejemplos. El lugar preferente lo ocupa el Duque de Lerma. Su valido Rodrigo Calderón fue ejecutado por sus desmanes económicos, pero el duque no estaba dispuesto a sufrir el mismo destino, por lo que, con la aquiescencia del rey Felipe III, solicitó a Roma el capelo cardenalicio para poder beneficiarse de la inmunidad legal que este cargo concedía. La voz popular compuso una coplilla cuya letra decía: “Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se vistió de colorado”.

Creo que antes de abordar las medidas legislativas para prevenir la corrupción, tanto en el ámbito del sector público como en el privado, conviene advertir que el objetivo de la corrupción cero es difícilmente alcanzable. La cultura jurídica anglosajona, más pragmática, se plantea como horizonte posible, una política de reducción de riesgos y de efectos.

España dispone, en estos momentos, de instrumentos jurídicos y organismos públicos suficientes para detectar y perseguir las actividades delictivas relacionadas con la corrupción. En el año 2003, España firmó la Convención de Naciones Unidas sobre la corrupción que abarcaba también al sector privado, tomando conciencia de que, detrás existe un germen que destruye y degenera la vida democrática, así como las libertades, la salud, la economía, no solo en lo general, sino también en lo particular.

En 1995 se creó la Fiscalía Especial contra la Corrupción y la Criminalidad organizada con amplias competencias, pero escasa dotación de personal, problema que persiste en la actualidad. Existen organismos especializados sobre todo en materia de fraudes tributarios (la Agencia Tributaria y la ONIF) y, en la detección del blanqueo de capitales, el SEPBLAC. En el año 2014 el Gobierno, presidido por Mariano Rajoy, presentó una serie de medidas para combatir la corrupción, alguna de las cuales han sido reproducidas, recientemente, con algunas aportaciones, por el Gobierno presidido por Pedro Sánchez. En mi opinión tiene especial relevancia la promulgación del Real Decreto 948/2015, de 23 de octubre, por el que se crea la Oficina de Recuperación y Gestión de Activos. Tiene como objeto facilitar instrumentos legales que sean más eficaces en la recuperación de activos procedentes del delito y en gestionarlos económicamente.

Siguiendo las recomendaciones de la OCDE, del GRECO (Grupo de Estados contra la Corrupción) y de la Comisión Europea, se crea una Agencia de Integridad pública para la prevención, supervisión y persecución de las prácticas corruptas que, al mismo tiempo, desarrollará estudios demoscópicos anuales sobre la percepción y experiencia directa de la corrupción en España propiciando campañas de concienciación ciudadana y refuerzo de la formación de los empleados públicos en integridad y prevención. Permítanme un cierto escepticismo. Ya en la Constitución de 1812 se decía que los españoles debían ser “justos y benéficos”.

Recuerden el mensaje “Hacienda somos todos”, que para la Abogacía del Estado era un simple slogan que no permitía el ejercicio de la acción popular para perseguir los fraudes a la Hacienda Pública. Está en trámite una reforma de la acción popular que la elimina para perseguir los delitos fiscales. Como se conoció en su momento, pero inmediatamente olvidado, existe una querella (25 de noviembre de 2024) contra el rey emérito Juan Carlos de Borbón y Borbón por haber cometido, entre otros, cinco delitos contra la Hacienda Pública. El recurso de súplica, ante la Sala Segunda del Tribunal Supremo, se demoró más de dos meses. Recientemente se ha resuelto con un auto de cuatro líneas y media en el que, en síntesis, se dice: la lectura detenida de las alegaciones de la parte recurrente pone de manifiesto la inviabilidad de practicar una serie de diligencias y la apertura de una causa criminal.

Los instrumentos legales y los organismos encargados de fiscalizar el cumplimiento de las obligaciones legales no son suficientes. La tarea pendiente pasa por inocular en la sociedad valores éticos que la inmunice contra la tentación de aprovecharse de los resquicios para apropiarse de los caudales públicos. En otros países, desde la escuela, se trasmite el valor de la integridad moral y el respeto por los valores éticos que deben presidir las relaciones tanto en lo público como lo privado.

La increíblemente denostada Educación para la Ciudadanía era una vacuna muy potente para inmunizar el cuerpo social contra las tentaciones, siempre presentes, en cada uno de nosotros, de caer en el pecado capital de la codicia. La educación pública, por supuesto, así como la concertada, tienen la responsabilidad de reforzar el sistema inmunitario. No sé si la corrupción es pecado, pero no duden que es un cáncer para la democracia y una puerta abierta para el advenimiento del autoritarismo.

La corrupción es un virus que hay que combatir con vacunas eficaces. La ética y la religión pueden ayudar a minorizar estos males. Los países nórdicos y todos aquellos que profesan o provienen de religiones luteranas, tienen una mayor conciencia sobre el cumplimiento de los deberes cívicos y la responsabilidad que se adquiere al desempeñar una función pública o se actúa en las relaciones comerciales privadas. La religión católica, tal como la conocemos en la vida de nuestro país, no ha contribuido a fortalecer el cuerpo social frente al virus de la corrupción.

La Iglesia, obsesionada con el sexto mandamiento, ha relegado a un segundo plano otros valores. En teoría, los mandamientos de la Iglesia deberían ayudar a los católicos a mantener una conducta moral y ética en sus acciones diarias, promoviendo valores como el respeto, la honestidad y la rectitud. Está bien no robar o codiciar los bienes ajenos, pero hay otros mandatos como la rectitud en el desempeño de las funciones públicas y la honradez en las relaciones privadas. No se conocen casos de corruptos que hayan devuelto voluntariamente el botín acumulado, como ordena el séptimo mandamiento.

Cuando creíamos que la corrupción se producía solo en el ámbito de las competencias de las Administraciones públicas y en el sector privado, con el caso Montoro hemos conocido la alarmante noticia de que sus efectos nocivos habían llegado a las puertas de las actividades legislativas. Si no se actúa, con la precisión de un cirujano, contra esta gangrena, los pilares de la democracia se descomponen, con el consiguiente efecto demoledor sobre el sistema democrático. José Antonio Martín Pallín es abogado. Ha sido fiscal y magistrado del Tribunal Supremo.






















[ARCHIVO DEL BLOG] EL PASADO AL ACECHO. PUBLICADO EL 24/08/2006













El artículo del escritor chileno Ariel Dorfman en El País de hoy ("Günter Grass: Las claves de una ira") sobre el pasado nazi del escritor y Premio Nobel alemán, tan de actualidad, me ha producido una evidente desazón. Me parece bien que esas cosas se saquen a relucir -si es que no nos encontramos inmersos en una campaña destinada a publicitar su último libro- pero de ahí a poner en duda el valor moral de una persona que, con todos los errores que se le quieran achacar en su pasado, ha dado pruebas sobradas de talla moral en su trayectoria vital posterior, media un abismo. Creo que Dorfman lo describe bastante bien y la anécdota que le da pie para escribir su artículo resulta clarificadora del drama de tantas personas que, en un momento de sus vidas, erraron en el camino a tomar. Les dejo con  su artículo: "Günter Grass. Las claves de una ira", por Ariel Dorfman, El País, 24/8/2006. La primera vez que conocí a Günter Grass, nos peleamos furiosamente. Fue en marzo de 1975, si no recuerdo mal, que lo visité en su hogar cerca de Hamburgo, una amplia casa rural que daba a un río más plácido de lo que iba a ser, por cierto, nuestra relación tormentosa.
Al principio, todo anduvo sobre ruedas. Me había traído a ese lugar su gran amigo Freimut Duve, eminente editor, defensor de los derechos humanos y diputado alemán socialdemócrata por aquel distrito. Mientras Grass cocinaba una suculenta sopa de pescado -¡ya me habían advertido que era un gran cocinero!-, hablamos sobre su obra y la influencia descomunal que había tenido su Trilogía de Danzig en mi propia producción. De a poco, fui deslizando la razón, menos literaria, por la cual yo había buscado este encuentro. Había viajado desde el París de mi exilio -providencialmente, como se verá, con mi mujer Angélica- para proponerle a Grass que prestara su firma a una campaña en defensa de una cultura chilena amenazada por Pinochet que habíamos armado con García Márquez, Cortázar, Rafael Aberti y Matta, entre muchos otros artistas e intelectuales. Ya se había sumado Heinrich Boll y pensaba que no sería difícil convencer a este otro Premio Nobel alemán de que nos diera su entusiasta adhesión.
Cuando terminé mi exposición, sin embargo, se quedó callado un largo rato. Enseguida, le puso una tapa a la olla, bajó el gas para que se fuera guisando aquel bouillabaise tedesco con toda la lentitud que se merecía, y se fue a contemplar unos hermosos dibujos en que estabatrabajando.
Al levantar la vista, noté en sus ojos un sorprendente resplandor de cólera. Y dijo: “¿Por qué no quieren asistir los compañeros socialistas chilenos a la reunión en defensa de los patriotas checos que se hará en Francia este verano?”.
Yo le expliqué que, por mucha simpatía que tuviéramos muchos demócratas chilenos por la primavera de Praga y la lucha de los disidentes checos, era políticamente inviable manifestar tal predilección en forma pública. Hubiera significado una ruptura con los comunistas chilenos en un momento en que ellos formaban parte -más aún, eran la espina dorsal- de la resistencia a la dictadura, tal como habían sido pieza clave y leal durante el Gobierno de Salvador Allende.
Mi aclaración no logró aplacar a Günter Grass. Para él, los soviéticos habían intervenido en Checoslovaquia con la misma arrogancia imperial que los norteamericanos en Chile, y era crucial denunciar simultáneamente a los dos superpoderes, unirse en la defensa del socialismo democrático, seguir buscando un modelo económico y social que rompiera con los grandes bloques hegemónicos. Y cuando yo respondí que para sacarnos a Pinochet de encima no podíamos perjudicar el indispensable apoyo de la Unión Soviética, junto al de sus aliados, el autor de El tambor de hojalata, no quiso dirigirme más la palabra. Por suerte, había quedado seducido con el encanto de mi mujer y dedicó el resto de nuestra visita a conversar animadamente con ella. Comenté más tarde con mi amigo Freimut que, de no haber estado Angélica presente, Grass seguramente me hubiera expulsado de su hogar. Al despedirse, eso sí, me lanzó algunas palabras finales: “Cuando algo es moralmente correcto”, dijo, “hay que defenderlo sin preocuparse de las consecuencias políticas o personales que vamos a pagar”.
Pienso ahora, treinta años más tarde, en esa admonición perentoria que me espetó. Sería fácil devolvérsela con altivez, echarle en cara sus propias fallas éticas a ese hombre que me había exigido rectitud insobornable, preguntarle hoy con qué derecho trataba de darme lecciones de honradez alguien que escondía en ese mismo momento su propio pasado nazi. Esa ha sido, por lo demás, la reacción de la mayoría de los comentaristas.
Aunque tal indignación me parece comprensible, sospecho que es también intelectualmente peligrosa y hasta un poco holgazana. Porque no creo que el hecho de que Günter Grass haya ocultado durante casi toda su vida su participación en las SS de Hitler invalide sus posteriores posturas morales o políticas. Tenía razón en sus juicios sobre Alemania y la amnesia que la aquejaba. Tenía razón en su defensa de la revolución sandinista. Tenía razón en que la reunificación de su paísdebió haberse llevado a cabo de otra manera. Tenía razón en que es necesario recordar a las víctimas alemanas de los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial. Y tenía razón también en el caso particular que llevó a que nuestro primer encuentro fuera tan desafortunado. Yo mismo se lo hice saber unos años más tarde, cuando coincidimos en La Haya para una conferencia literaria, y se lo reiteré en varias
ocasiones en las décadas siguientes: los socialistas chilenos deberíamos haber abrazado la causa de los disidentes de los países comunistas con mayor arrojo e integridad y yo mismo, como escritor, tenía una obligación adicional de plantearme a favor de la libertad, dondequiera que se viese vulnerada.
Tenía razón Günter Grass, sí, pero todos estos años me quedó dando vuelta otra pregunta más enigmática: ¿por qué tanta furia frente a lo que era, después de todo, una legítima diferencia de opiniones? ¿Por qué tanta cólera?
Ése es el misterio que las revelaciones sobre el pasado de Grass permiten ahora ir -tal vez, tal vez- develando. ¿No es posible que fuera precisamente ese joven nazi, ese culpable alter ego adolescente, el que demandaba a su encarnación adulta que nunca más se permitiera una posición que no fuera transparente, definitiva, éticamente tajante? ¿No explica eso tanto arrebato, tanta efervescencia?
Claro que hay que tener cuidado. Si algo nos enseña la obra literaria de este autor gigante es que somos seres complejos y contradictorios y probablemente indescifrables. No sería justo que termináramos reduciendo toda la vida de un escritor tan magníficamente múltiple a los mensajes que sin duda le fue susurrando a lo largo de su existencia aquel ser pretérito, maligno e inocente, que seguía pernoctando en su oscuro interior, ese pasado suyo que Günter Grass nunca pudo, creo yo, perdonar. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt



















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, OCTUBRE, DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

 









OCTUBRE




Estaba echado yo en la tierra, enfrente

el infinito campo de Castilla,

que el otoño envolvía en la amarilla

dulzura de su claro sol poniente.


Lento, el arado, paralelamente

abría el haza oscura, y la sencilla

mano abierta dejaba la semilla

en su entraña partida honradamente


Pensé en arrancarme el corazón y echarlo,

pleno de su sentir alto y profundo,

el ancho surco del terruño tierno,

a ver si con partirlo y con sembrarlo,


la primavera le mostraba al mundo

el árbol puro del amor eterno.




JUAN RAMÓN JIMÉNEZ (1881-1958)

poeta español