sábado, 26 de julio de 2025

DE LO QUE QUEREMOS SER LOS EUROPEOS CUANDO SEAMOS ADULTOS

 







La propuesta de presupuestos de la Comisión Europea no es suficientemente ambiciosa. Si queremos ser ciudadanos independientes en un mundo hostil, necesitamos hacer más a escala común escribe en El País [¿Qué queremos ser los europeos de adultos?, 19/07/2025] el analista de política internacional Andrea Rizzi. La Unión Europea necesita adaptarse a un nuevo tiempo repleto de desafíos, comienza diciendo Rizzi. Esto requiere una profunda transformación, y el marco presupuestario plurianual constituye un cimiento crucial en la obra. La Comisión Europea ha presentado esta semana su propuesta, dando así el pistoletazo de salida a dos años de negociaciones feroces para cerrar el acuerdo para el periodo 2028-2034. La propuesta de la Comisión contiene varios aciertos, pero es desalentadora -por falta de ambición- para quienes creen que la respuesta europea común es la mejor ante los desafíos de la época.

Cuantía: Aquí reside el principal elemento de decepción. Pese a las declaraciones bombásticas, la propuesta de la Comisión no es para nada ambiciosa. En términos brutos, representa un incremento del presupuesto desde 1,2 billones del septenio actual hasta 1,8 billones planteados para el próximo. A primera vista, no parece nada mal. Pero, poniendo la lupa, el cuadro es diferente. En términos de renta nacional bruta, el paso es de 1,11% a 1,26%, un incremento moderado. Si se suma la necesidad de empezar a devolver la deuda contraída con los eurobonos pandémicos -por un valor calculado de unos 25/30.000 millones actuales- el nivel de renta nacional bruta disponible es casi igual que en el septenio anterior. Es decir, queremos afrontar el mundo con una Rusia invasora y un EEUU en retirada de su actitud protectora con el mismo dinero común de otra época. Incluso así, los contribuyentes netos de la UE ya han manifestado su rechazo. Los antecedentes muestran que el pacto final siempre es más rácano que la propuesta inicial de la Comisión. Vamos mal.

Capítulos de gasto: Mejores noticias hay en cuanto al reparto de gasto propuesto. Es correcto el fuerte incremento de los fondos para competitividad, porque ahí reside la clave indispensable para tener el vigor que nos hará independientes. Es correcto también el incremento de los fondos para impulsar el desarrollo en el sector de la industria de la defensa, porque no queremos depender tanto de EEUU, y es sensato el recorte a la hiperbólica política agrícola común. No es un interés estratégico que justifique alrededor de un tercio del presupuesto común, como fue en el pasado. Es acertado también mantener una parte del presupuesto sin asignar para disponer de margen de maniobra en cuanto surjan crisis y también lo es la propuesta de crear un fondo a parte para Ucrania. No es acertado en cambio reducir fondos de cohesión territorial. Aunque ha habido progresos en las últimas décadas -y por tanto puede considerarse que se reduce la necesidad- la cohesión social general (de la cual la territorial es parte clave) es un elemento crucial para el devenir del proyecto europeo.

Control de los desembolsos: Muy acertado es el impulso a extender la capacidad de retener desembolso en caso de violaciones de principios básicos. Muy polémico es aquel para aplicar condicionalidad de los desembolsos del presupuesto ordinario a reformas, como ha venido ocurriendo con los fondos pandémicos extraordinarios. Son comprensibles las dudas. Entraña algunos riesgos. Pero el concepto es correcto, y avanza en la senda de una unión cada vez más estrecha en la cual la dimensión comunitaria espolea el progreso común. En tiempos de brutal polarización en las políticas nacionales, que a menudo se torna en cuasi-parálisis, un acicate externo alejado del ardor guerrero nacional es un factor positivo. El plan para centralizar más en los Gobiernos centrales la canalización de los fondos regionales tiene a priori un posible activo de coherencia estratégica, pero un fortísimo negativo de alejamiento del territorio y de introducción de variables de politiqueos. Imaginarse en un país como España qué significaría eso es un ejercicio asustador. El juicio final depende de los detalles de funcionamiento, pero de entrada suscita perplejidad.

Ingresos: Completamente acertado es el impulso para incrementar los recursos propios, en concreto con nuevos impuestos sobre compañías de gran facturación, productos tabacaleros, residuos electrónicos. También acertado es el intento de activar un mecanismo que permita emitir deuda común para obtener recursos para afrontar crisis.

Conclusión: Después de una fase de cierta infantilización, en la cual se han quedado al albur de la protección militar de EEUU, han confiado en que la fuerte dependencia exterior en ciertas tecnologías o recursos no sería abusada por proveedores magnánimos, los europeos necesitan decidir cómo quieren afrontar su etapa adulta, sin padre estadounidense. Si queremos ser ciudadanos independientes, seguros, libres y prósperos, esto requiere un inmenso esfuerzo de adaptación.

No caben ingenuidades. Es obvio que muchos países tienen graves límites fiscales -entre deuda acumulada y compromisos de gasto futuro en la Defensa por el acuerdo OTAN- y que los contribuyentes netos están hasta las narices de serlo.

Pero esto no mueve un milímetro la verdad de fondo: una parte muy importante de lo que necesitamos hacer se resuelve mejor en común. Y para conseguirlo, hacen falta fondos. Los Estados miembros tienen presupuestos que a menudo superan el 40% del PIB, o hasta el 50%. El progreso europeo reclama un paulatino reequilibrio, menos dimensión nacional, más comunitaria. Lo que propone la Comisión, aun considerando las partidas y los mecanismos colaterales -como el fondo para Ucrania o el mecanismo para emitir deuda- es un punto de partida insuficiente. La Comisión debería haber lanzado una propuesta más ambiciosa, aun a sabiendas que Alemania y otros habrían lanzado el grito al cielo. Y a partir de ahí, negociar, con las filas europeístas prietas, a sabiendas de que se perdería sangre por el camino, pero empezando fuerte. Andrea Rizzi es analista de política internacional.






















[ARCHIVO DEL BLOG] ¿DESNACIONALIZAR EL ESTADO, UNA POSIBLE SOLUCIÓN? PUBLICADA EL 05/03/2018











Quizás la salida consista hoy y ahora en avanzar hacia una desnacionalización de la idea de Estado que permita trasladar la cuestión sobre lo que es la nación a las creencias particulares de cada uno, comenta en El País Jorge Urdánoz Ganuza, profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad Pública de Navarra.

Fue nada menos que Felipe González, comienza diciendo Urdánoz, quien, en un artículo escrito junto a Carme Chacón, definió a Cataluña como una “nación sin Estado” (Apuntes sobre Cataluña y España,EL PAÍS, 26/7/2010). A su compañero Rodríguez Ibarra aquello le pareció algo cercano al sacrilegio: “Confieso que mi sorpresa fue equiparable a la que podría haber experimentado un cristiano al que, después de creer toda la vida en la existencia de un Dios único y verdadero, el Papa de Roma le anunciara que todo era mentira y que ese Dios no existe”, declaró compungido.

Ese metafórico Dios al que alude Ibarra no puede ser otro, claro, que la nación española, entidad a la que las palabras de Felipe habrían condenado de un plumazo al limbo de la inexistencia. Una herejía, la felipista, que continuaba hurgando en la herida, pues no solo ocurría que, en la medida en que existiera una nación catalana, entonces la nación española se vería irremediablemente cercenada en una de sus extremidades, sino que, profundizando en el anatema, el expresidente venía a concebir a España como “nación de naciones”, con lo que las amputaciones a la nación ya no venían solo de un lado, sino al menos desde los flancos gallego, vasco y quién sabe cuántos más… ¿qué quedaba de la nación española sino una humillada, manoseada y desgastada piel de toro enclavada en el mapa de la Península como un sanguinoliento trozo de carne desgarrado?

Algunos conciben, en efecto, las naciones como manchas de colores en el mapa, al modo mediante el que los libros de texto —deudores de una tradición pedagógica que haríamos bien en revisar— representan las idas y venidas de los distintos imperios a lo largo y ancho de la topografía. En esa concepción, la de Ibarra, el avance de una nación implica lógica y necesariamente el retroceso de otra.

Bajo esta mirada pueden concebirse Estados plurinacionales, pero nunca una nación de naciones, una entidad tan contradictoria como lo sería un “individuo de individuos”. Aquí cada nación se conforma en esencia por contraposición a otras. Son las fronteras las que delimitan y circunscriben la existencia nacional, y una frontera es por definición dual, jánica. De la misma manera que no es posible imaginar un folio con una sola cara, es imposible una frontera que lo sea de solo una nación. Si las naciones se conciben mediante fronteras, entonces una nación no puede acoger otras naciones en su interior, sino solo en su exterior.

De este concepto viejo de nación beben nuestros nacionalismos periféricos, que por eso tildan a España de “Estado”. Para ellos, naciones son Cataluña, el País Vasco o Galicia, y España es en consecuencia un Estado plurinacional, no una nación. Y, por descontado, tal concepción configura igualmente el andamiaje interpretativo de los nacionalistas españoles, que afirman que España es una nación —la más vieja de Europa además, como repiten con especial y reveladora fruición (¿qué más dará?, me pregunto yo)—, jamás un mero Estado. Para ellos solo hay una nación verdadera, la española, en cuyo interior existen nacionalidades y regiones. Contra la sorprendente afirmación de que no hay entre nosotros nacionalismo español —la viga y la paja, ya saben— lo cierto es que es esta última la concepción plasmada en la Constitución de 1978, como se encargó de recordar en 2010 nuestro Tribunal Constitucional. Para bien o para mal, esa composición de lugar no parece servir ya para articular nuestra convivencia.

La idea tradicional de nación exige sus representaciones y sus consecuencias: las manchas en el mapa, el tetris cartográfico, el empate infinito, la suma cero. Como ya hemos visto, desde este paradigma la expresión “nación de naciones” es un perfecto imposible lógico, pero eso es así porque ahí, en esa aparente contradicción, subyace una idea de nación mil veces más abierta, más ilustrada y más tolerante. Mil veces más moderna, en suma. O más europea, si quieren, término que también encaja aquí y que nos da una idea de hasta qué punto Europa no es tanto una nación como un ideal… pero no nos desviemos.

Una nación puede albergar en su seno otras naciones solo si concebimos la idea de nación no como un territorio en el mapa, sino más bien como una opción personal para la cual no existe ya —y esto es lo que han de entender todos los nacionalistas— ninguna verdad única o revelada. Esto es, si pensamos las naciones no mediante fronteras, necesariamente geográficas, sino mediante creencias, subjetivas por necesidad.

Deslizar el eje interpretativo desde las hectáreas hasta las convicciones permite generar un espacio público en el que cabemos todos. Se trata de un desplazamiento similar al que, en los inicios de la modernidad, se efectuó en el terreno religioso. La tolerancia religiosa fue el gran invento civilizador que permitió que los diferentes dioses convivieran en un mismo espacio. El espacio de lo público, en el sentido de oficial, se configuró de modo aconfesional o laico, precisamente para que todas las religiones tuvieran cabida. De modo similar, quizás la salida consista hoy y ahora en avanzar hacia una desnacionalización del Estado, una suerte de laicismo nacional que saque a la nación del salón del trono, tal y como antaño se sacó de ahí al mismísimo Dios, y que desplace esa cuestión desde las estructuras administrativas del BOE hasta las peculiares creencias de cada cual.

Cuando lo que tomamos en cuenta no es ninguna de las variadas verdades reveladas que dictaminan qué es una nación, cuántas hay y hasta dónde llegan; sino más bien las opiniones de la gente al respecto, la conclusión es clara: no hay naciones puras. Es la propia ciudadanía la que refuta la mera noción tradicional de nación, una entelequia que solo existe en la cabeza de los nacionalistas. Todas las candidatas a nación —España, ciertamente, pero desde luego también Cataluña, Euskal Herria o cualquier otra— son, si atendemos a la voz de sus gentes y no a los dogmas de sus nacionalistas, “naciones de naciones”. Todas albergan en su interior, en mayor o menor medida, sujetos que disienten libremente de cualquier definición concreta de nación que quiera dictaminarse como la eterna e inmortal. Una evidencia que todos los nacionalistas de uno u otro pelaje rechazarán con apasionada vehemencia, pero también una irrefutable y hermosa verdad sobre la que podemos edificar de nuevo la mejor política. La del acuerdo, no la de la frontera Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt


















EL POEMA DE CADA DÍA. HOY, TRES CANTOS A ESPAÑA, DE MANUEL ARCE

 







TRES CANTOS A ESPAÑA



I

Sobre tus verdes campos,
sobre tus secos campos vestidos de batalla,
la disfrazada muerte de los hombres he visto
luchar contra una vida de muerte disfrazada.

He visto como un hombre moría asesinado.
He visto a otro hombre llorar cómicamente.
Llorar el miedo agudo de un golpe tras la nuca.
Reir ante el terror con sonrisa de ausente.

He visto en tus caminos, campos y carreteras
a solitarios hombres de apagada mirada.
Les he visto abrazarse, soñar calladamente:
pagar con lo sufrido lo que del tiempo aguardan.

Les he visto alejarse, vadear grandes ríos.
Daban al despedirse su mano y "buena suerte".
Sus palabras tenían un algo emocionante.
Poder para agitar la sangre indiferente.

(Me he fijado en las manos de algunos campesinos
rugosas y morenas, por el sol y el arado.
En su saludo esconden un pan caliente y bruno
bajo esa trabajada corteza de las manos).

Crecer después he visto primaveras,
nuevas lluvias tornar, amarillentos trigos.
He visto a una muchacha corriendo por un bosque,
y una razón de vida en su cintura he visto.

España, triste España, he visto tantas cosas,
que temo ver de nuevo, si te miro a los ojos,
otros ríos de sangre recorriendo tus campos,
hacia el mar que dibuja tu silueta de toro.

II

Indiscutiblemente tú eres nuestra España.
Agriamente lo dice la tierra que pisamos.
Esta piel que dibuja tu dura geografía:
el trigo de tus eras, el vino de tus campos.

Nos lo dicen los montes que sostienen el cielo,
a quien se pide a veces, pero se pide en vano.
Donde la nube habita tan amada
del labrador que espera, al pie firme del arado.

Indiscutiblemente eres tú quien nos duele,
y nosotros los hijos que te estamos llorando.
Como voz de protesta que tus muertos lanzaran,
en nuestra sangre pones un feroz latigazo.

España, si algún día levantas tu cabeza
de en medio de los muertos que contigo enterraron,
nos hallarás a todos por campos y ciudades
en la plena faena de dar a nuestros brazos
la alegría de estar laborando tu suelo,
que se toma en espigas al calor de tus manos.

Si algún día levantas tu cabeza,
podrás vernos a todos trabajar... trabajando.
Y a todos nos verás, aunque alguno te falte,
tal como tú nos quieres: hijos de ti, hermanos.

Canto final

Si te dijera, España, que para mí tú eres
el pan caliente y bueno que nos sale del trigo;
el pan nuestro rezado día a día
a veces sin haberlo merecido;

esos álamos verdes para nombres de amantes;
esas piedras que habitan al borde del camino,
ese polvo que empaña mis cansados zapatos;
el mirar de ese hombre que te hubiera vendido.

Cada ciudad que oculta tantas penas sufridas;
cada alma que puebla tu caudaloso río;
todos los hospitales donde mueren sin prisa
tantos desheredados del destino.

Que para mí tú eres todo cuanto se canta;
el vuelo de las aves, el llanto de algún niño;
la tristeza del hombre que acabará robando;
del preso mal juzgado que espera en un presidio.

No acabaría nunca de cantarte;
de poner, piedra a piedra, palabras en su sitio;
palabras que dijeran tanto como queremos
decirte, los que somos tus verdaderos hijos. 




MANUEL ARCE (1928-2018)
poeta español




















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY SÁBADO, 26 DE JULIO DE 2025

 





















































viernes, 25 de julio de 2025

DE MI AGRADECIMIENTO A LOS LECTORES DE DESDE EL TRÓPICO DE CÁNCER. ESPECIAL DE HOY VIERNES, 25 DE JULIO DE 2025, DÍA DE SANTIAGO APÓSTOL, PATRÓN DE LAS ESPAÑAS

 






Este es un momento tan especial como cualquier otro para dejar constancia en el blog de mi agradecimiento a las 1580000 personas que lo han visitado hasta hoy en estos últimos 18 años de vida de Desde el trópico de Cáncer:  411000 estadounidenses, 272000 españoles, 166000 franceses, 116000 singapurenses, 58000 alemanes, 58000 mexicanos, 43000 suecos, 39000 hongkoneses, 27000 canadienses, 24000 rusos, 19000 argentinos, 18000 ucranianos, 16000 colombianos 13000 irlandeses, 11000 belgas, 9000 austríacos, 7000 peruanos, 7000 chilenos, y 269000 más cuya nacionalidad no consta. A todos ellos, muchísimas gracias de todo corazón. Que la diosa Fortuna les sea propicia. Su amigo, HArendt. 




















DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY VIERNES, 25 DE JULIO DE 2025

 









Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 25 de julio de 2025. Tanto la izquierda como la derecha parecen conformarse con diagnósticos sesgados, comenta la primera de las entradas de hoy en el blog la escritora Ana Iris Simón a cuenta de las dos piezas que resumían los incidentes de Torre Pacheco en una misma palabra: dolor; una la firmaba David Uclés, que dice que le duele España, esta España en la que se apaliza a un chaval de 16 años por tener un padre marroquí; la otra, Najat El Hachmi, porque ese adolescente bien podría ser su hijo. En la segunda, un archivo del blog de julio de 2020, la escritora Marta Rebón decía que si algo había entendido al estudiar idiomas es que las identidades y los conceptos no son monolíticos, sino mutables, que lo que en una lengua parece una verdad indiscutible en otra requiere matizaciones, que al cambiar de código lingüístico nos bañamos en las aguas de otro río. Y eso inocula un sano escepticismo consustancial a la razón plurilingüe. El poema de hoy en la tercera se titula Los tercetos del Sena, es del poeta español Francisco Giner de los Ríos, y comienza con estos versos: Desde mayo y París, la flor del Sena,/me vuelvo hacia tu luz, España mía/y encuentro el corazón hondo en su pena. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt














DE LAS PREGUNTAS INCÓMODAS QUE NADIE QUIERE HACERSE

 








Tanto la izquierda como la derecha parecen conformarse con diagnósticos sesgados, comenta en El País [Tendremos que hacernos preguntas incómodas, 19/07/2025] la escritora Ana Iris Simón. Esta semana se han publicado en EL PAÍS dos piezas que resumían los incidentes de Torre Pacheco en una misma palabra: dolor, comienza diciendo Simón. Una la firmaba David Uclés, que dice que le duele España, esta España en la que se apaliza a un chaval de 16 años por tener un padre marroquí. La otra, Najat El Hachmi, porque ese adolescente bien podría ser su hijo.

Con Torre Pacheco aún lleno de miedo, de indeseables que se han desplazado hasta allí no para proteger a los ancianos ni a las mujeres sino para expandir su odio (¿Dónde están cuando desahucian a jubilados? ¿Montan patrullas en las fiestas patronales para evitar agresiones sexuales?), con las cámaras aún encendidas y ávidas de testimonios cuanto menos matizados mejor, quizá de lo único de lo que merezca la pena hablar sea del dolor. Del que debió sentir la familia de Domingo, al que tres magrebíes propinaron una brutal paliza, y del de la madre del chaval apalizado en venganza. Una venganza que, además, la mujer de Domingo rechaza. En una entrevista reciente pedía a quienes supuestamente habían llegado a su pueblo para defenderla que se largaran. “Hacen lo mismo que le hicieron a Domingo”, dijo, dándonos una lección de justicia.

Pero cuando se apaguen los micrófonos, cuando las cámaras se vayan y los ultras encuentren otro río revuelto en el que pescar, convendría hacerse preguntas. Algunas de ellas resultarán incómodas, tanto para la derecha como para la izquierda, porque ambas parecen conformarse con diagnósticos sesgados.

Tendremos que preguntarnos, por ejemplo, por qué incidentes como los de Torre Pacheco nunca ocurren en pueblos o barrios ricos, esos en los que empleadas del hogar latinas llevan a niños rubísimos al parque. ¿Es la clase obrera más racista, o es que convive con un tipo de inmigración —la lumpenizada— que, aun siendo minoritaria, tiene y genera problemas que no son menores? El analista saharaui Taleb Alisalem ponía sobre la mesa esta semana una hipótesis por algún motivo incómoda para la izquierda, que se lanzó a intentar acallar a un refugiado anticolonialista llamándolo facha: que la satrapía de Mohamed VI utiliza a sus marginados, al lumpemproletariado marroquí, como herramienta de presión.

Cuando todo esto pase tendremos que debatir con seriedad, porque hoy es Torre Pacheco, pero el mes pasado fue Sabadell, y quizá el que viene sea otro lugar. Tendremos que dejar de confundir causas con consecuencias, porque no son los discursos de ultraderecha los que provocan que unos indeseables apalicen a un anciano, sino los que se aprovechan de ello para criminalizar a todo un colectivo. Tendremos que hablar de segregación escolar y social. Y de racismo, por supuesto.

Pero, sobre todo, tendremos que ir a la raíz. Preguntarnos por qué cuando se van nuestros hijos y amigos a trabajar a Alemania nos lamentamos, pero nos pensamos justos y progresistas mientras defendemos robarle la juventud a otros países para que nos paguen las pensiones, todo ello mientras estamos en el podio de paro juvenil de la UE. Tendremos que dilucidar de qué va realmente todo esto. Plantearnos por qué la patronal de la construcción pide regularizaciones exprés. Preguntarnos por qué habla tanto Antonio Garamendi de necesitar inmigrantes, como si las personas fuesen divisas. Acordarnos del ejército industrial de reserva teorizado por Marx. Y admitir que, como dice la exdiputada de Die Linke Sahra Wagenknecht, “la utopía izquierdista del libre tránsito de personas es la distopía capitalista del libre tráfico de esclavos”. Ana Iris Simón es escritora.




















[ARCHIVO DEL BLOG] LA LENGUA DE EUROPA. PUBLICADO EL 28/07/2020










En España debería practicarse la estima, sin excepción, por todas las lenguas, afirma en el A vuelapluma de hoy martes [La necesidad de traducir(nos). El País, 25/7/2020] la escritora y traductora Marta Rebón. Leo en un artículo de La Repubblica -comienza diciendo Rebón- que, según un estudio de Oxford, el 45% de los ingleses cree que el coronavirus es un arma biológica elaborada en China para destruir Occidente. En periodos de crisis —no es novedad— suelen surgir ideas conspirativas basadas en el repudio a lo extranjero.

Si algo he entendido al estudiar idiomas es que las identidades y los conceptos no son monolíticos, sino mutables. Lo que en una lengua parece una verdad indiscutible en otra requiere matizaciones. Al cambiar de código lingüístico nos bañamos en las aguas de otro río. Y eso inocula un sano escepticismo consustancial a la razón plurilingüe. Exponerse a un idioma distinto al propio —antídoto contra la banalidad de la simplificación— es un recordatorio de que el tuyo no es sino uno más entre muchos. El miope “yo” monolingüe ensancha así sus miras hacia un “nosotros” más complejo. Paul Auster admitió, sobre una antología de poesía francesa que editó en 1984, que traducir supuso para él “el primer paso para liberarme de los grilletes de mí mismo, de doblegar mi ignorancia”. En el esfuerzo por comprender otra cultura, se obra un cambio interior que representa un acto de resistencia contra el pensamiento único. Es una quimera concebir una lengua autosuficiente, capaz de plasmar por sí sola todos los matices de una realidad en perpetuo cambio. Lo mismo sucede con cualquier postura intelectual o política. Dice el pensador camerunés Achille Mbembe que es esencial formular un contraimaginario que se oponga a esa demente fantasía de una sociedad sin extranjeros. El elemento “foráneo” no debería quedar reducido a una nota exótica, sino ser visto como un medidor de salud democrática. Basta recordar que, en diferentes momentos de la historia, las mayores explosiones artísticas han coincidido con olas de emigrados que promovieron ricos intercambios en ciudades como París, Berlín o Nueva York. Que fue mano de obra extranjera la que ayudó a levantarlas y convertirlas en capitales del mundo.

Las épocas lúgubres coinciden con la censura de obras extranjeras. En busca del tiempo perdido se tradujo al chino íntegramente por primera vez hace tres décadas con un título de eco fluvial. “Perdido” se transformó en “como agua”, lo cual creó nuevas evocaciones: la definición confuciana del “tiempo” como “agua” o la asociación taoísta entre “agua” y “virtud”. El progreso de la literatura no se entiende sin esta lógica de vasos comunicantes. Fijémonos en la lengua literaria rusa: maduró con traducciones del francés y el alemán. Luego el ruso devolvió el favor cuando se pasaron a otras lenguas obras de Tolstói, Dostoievski o Chéjov. Gracias a ellos, los modernistas británicos descubrieron una nueva forma de plasmar la psique. Virginia Woolf se animó a aprender ruso y a firmar traducciones junto con un emigrado ucraniano. En época soviética, cuando Hemingway o Faulkner se tradujeron a la lengua de Pushkin, revolucionaron la generación de escritores de los años sesenta, etcétera. Viajes de ida y vuelta en el tiempo y el espacio que expanden los horizontes mentales de los territorios.

La lengua de Europa es la traducción, decía Eco. Una manera concisa de expresar que hay multitud de idiomas y que, cuando se traducen entre sí, se crea un diálogo enriquecedor basado en la hospitalidad. En un mundo cada vez más distraído, traducir exige una escucha atenta. O, por lo menos, intentarlo. Hoy, cuando es normal silenciar la opinión contraria con un clic, dar espacio para incorporar la alteridad significa ir a contracorriente.

Las lenguas se tutean con menos complejos que sus respectivos hablantes. Es la naturaleza viva de los idiomas: desoír imposiciones, cruzar fronteras, contaminarse. Y la traducción, como privilegiado puente de enlace, es una lección de convivencia. “Dos culturas, dos lenguas, dos países se traducen —se integran, discrepan, se mezclan— en esa traducción ideal permanente, que constituye la realidad de su relación”, afirma Claudio Magris. Hace poco la consellera de Cultura de la Generalitat declaró que en el Parlament se habla demasiado castellano. El diablo está en los detalles, y ese “demasiado” suyo me sorprendió, a 2.300 kilómetros de distancia, leyendo un pasaje de Leo Spitzer. Filólogo como la consellera, en 1933 tuvo que emigrar de Colonia, donde perdió su plaza de profesor universitario. Exiliado en Estambul, escribió sobre la desterritorialización de las lenguas: “Cualquier idioma es humano antes que nacional: las lenguas turca, francesa y alemana pertenecen primero a la humanidad y, luego, a los turcos, a los franceses y a los alemanes”. Demostrar estima por todas las lenguas sin excepción es algo que se espera primero de un filólogo y luego de un alto cargo de cultura. Se debería practicar siempre, también en el resto de España".

A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt

















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, LOS TERCETOS DEL SENA, DE FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS

 







DE LOS TERCETOS DEL SENA


I

Desde mayo y París, la flor del Sena,
me vuelvo hacia tu luz, España mía
y encuentro el corazón hondo en su pena,

pero alto de esperanza, en la porfía
de alcanzar tu canción y tu ventura,
camino entre el dolor y la alegría.

El Sena me acompaña, y la frescura
que trasmina el castaño -su ancho leño
vuelve tierna la piedra en la verdura-

me lleva hacia la hora en que te sueño
con más terca pasión, ya sin fatiga,
pues van parejos siempre fe y empeño.

La primavera dulcemente hostiga
toda la luz del mundo aquí encerrada.
Muere la tarde sin que me persiga

otro afán que encontrarte, tierra amada.
Con el río que canta tiernamente
la redondez del agua aprisionada

mientras llega la noche blandamente,
por tus agrios pinares y tu sierra
paseo mi nostalgia enteramente,
España de mi paz y de mi guerra.

II

El mundo se levanta de costado
en esta terca y lenta madrugada
en que el dolor me tiene desvelado

y vuelto a tu sazón aprisionada,
España del silencio y de la muerte.
La primavera canta enamorada

sobre el agua del río, dulce y fuerte
en su voz florecida de ternura,
y sueña el día en que su voz despierte

la misma brisa en la ribera dura
del claro Manzanares valeroso,
mis ojos por la sierra azul y pura.

¡Qué florecer entonces más hermoso
del alma y de la tierra ya reunidas
en otro amanecer lento y gozoso!

La limpia voluntad tendrá las bridas
de su propio corcel. E irá a la tierra
el afán que la tierra dio a las vidas.

La mañana de España se me encierra
en este hondón del alma y me remueve
junto al dolor que su esperanza entierra

todo el dolor que su esperanza anida.
Tercamente la noche canta y llueve
y deja en el cristal su angustia leve
y al costado del mundo España herida.





FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS (1839-1915)
poeta español