domingo, 19 de enero de 2025

De las viñetas de humor de hoy domingo, 19 de enero de 2025

 







































sábado, 18 de enero de 2025

De las entradas del blog de hoy sábado, 18 de enero de 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 18 de enero de 2025. Es natural que el fracaso, concebido como cobijo y renuncia, tiente a muchos y seduzca a tantos más antes incluso de salir a escena, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, titulada De la tentación del fracaso, y cuando tu vida, tu arte, tu imagen pública o tu mero sustento dependen de la mirada distraída y ponzoñosa de los demás, el instinto pide cuerpo a tierra. La segunda de ellas es un archivo del blog de enero de 2019 titulado Vamos a joder al algoritmo, en la que se comentaba el hecho de que muchas personas, después de mencionar en una conversación, un tema, un libro, una comida o un paisaje, reciben correos y anuncios que tienen que ver con la conversación que han tenido, aunque hayan sido tan solo mencionados de pasada. El poema de cada día, en la tercera, comienza hoy con estos versos: "Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad./Desde la isla se oye un rumor lejano". Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Nos vemos mañana si la Fortuna lo permite. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos.











De la tentación del fracaso

 






Es natural que el fracaso, concebido como cobijo y renuncia, tiente a muchos y seduzca a tantos más antes incluso de salir a escena. Cuando tu vida, tu arte, tu imagen pública o tu mero sustento dependen de la mirada distraída y ponzoñosa de los demás, el instinto pide cuerpo a tierra, escribe en la revista Ethic [Contra la tentación del fracaso, 10/01/2025] el escritor Sergio del Molino.

La tentación del fracaso se titulan los diarios más o menos íntimos de Julio Ramón Ribeyro, y no hace falta leerlos para entender una idea que Melville formuló en boca del escribiente Bartleby más de un siglo antes: preferiría no hacerlo. La tentación del fracaso es un canto dulce que invoca algo mejor que la inactividad. Habla del repliegue, de taparse hasta la boca con las mantas de la insignificancia. Es el placer de no ser visto y, por tanto, vivir libre del juicio ajeno. Se pierde con ello la posibilidad del triunfo, pero esa pérdida no es nada comparada con la ganancia de no verse derrotado. Porque para perder –como dice otro título, este de David Trueba– también hay que saber, y casi nadie está dispuesto a aprenderlo.

El activo envidia al pasivo. Me juego la vida a diario en cada columna, decía Francisco Umbral, y aunque era una hipérbole dandi y bastante ridícula, contenía algo de verdad. En cambio, sin ánimo de exagerar, Rubén Amón hablaba hace poco del suplicio de la soprano Lisette Oropesa (María Estuardo en la ópera de Donizetti que el Teatro Real programó en diciembre) y del embarazo de asistir a él –entendido como la entrega profunda a su arte, con todo el cuerpo y el alma– desde la comodidad de una butaca. Se alude en todos estos casos al hipócrita lector de Baudelaire –mi semejante, mi hermano–, que se entretiene displicente y sin comprometerse con la verdad latiente que los actores o los artistas le entregan. Al final, sin darle muchas vueltas, el hipócrita lector cerrará el libro, como el hipócrita espectador saldrá del teatro o apagará la tele y se abrirá una cerveza, desentendido de lo que acaba de ver, quizás aburrido o un poco despreciativo.

Es natural que el fracaso, concebido como cobijo y renuncia, tiente a muchos y seduzca a tantos más antes incluso de salir a escena. Cuando tu vida, tu arte, tu imagen pública o tu mero sustento dependen de la mirada distraída y ponzoñosa de los demás, el instinto pide cuerpo a tierra. Se necesita una buena combinación de impulso suicida y de narcisismo para mantener el tipo, y ni los más pagados de sí mismos se libran de la ansiedad. Rómpete una pierna, se desean los actores en inglés, y muchos se la rompen adrede para no dar el paso. Mejor tullido que expuesto a la mirada del público.

Manuel Vilas tiene un cuento en el que el público de una presentación de un libro se convierte en rinocerontes que atacan al escritor. Es la reescritura –no sé si consciente o no– de Las ménades, un perturbador relato de Julio Cortázar en el que el público de un concierto, liderado por una mujer de rojo (la ménade), enloquece y devora a los músicos de la orquesta. En mi cabeza, la mujer es la Silvia Pinal de El ángel exterminador de Buñuel, que parece una versión libre del texto de Cortázar, aunque tal vez este combine mejor con la Misery de Stephen King (pero Silvia Pinal da la medida de ménade clásica mejor que Kathy Bates, sin desmerecer el talento de esta).

Cito tantas referencias para subrayar que el miedo a ser devorado por el público es connatural a cualquier persona que se haya enfrentado a uno. Es un miedo metafísico que no tiene que ver con Lady Di escapando de sus paparazzi. Es un terror más íntimo y especular que se resume en la pregunta: ¿para qué? ¿Merece la pena ser empotrado por rinocerontes furiosos? ¿Da uno lo mejor de sí mismo para recibir a cambio un aplauso asténico –en el mejor de los casos– o una burla o un insulto –en el peor y más probable–? ¿Todo esto para qué, si no está pagado, si en el fondo no le importa a nadie, si no hay premio que lo compense?

Como vivimos tiempos de grandes dimisiones y llamadas a retirarse en la naturaleza, la tentación del fracaso resuena más fuerte que nunca. Sobre todo, porque las recompensas son también más magras que nunca. Qué se le ha perdido a nadie en ninguna escena insegura y expuesta a los esputos de los tuiteros más tabernarios y fascistoides pudiendo llevar una vida discreta y confortable. Simeón el Estilita y Francisco de Asís tienen muy buena prensa en los tiempos de Elon Musk: conozco a muchos que querrían imitarlos. No les culpo, pero también les recuerdo, cuando me cuentan sus planes de transitar las escondidas sendas de los pocos sabios, que Simeón se exhibía en lo alto de una columna para que los instagramers de su época se hicieran fotos con él, y Francisco fundó una organización político-religiosa riquísima y de un poder omnímodo. Cuidado con los ascetas, que buscan la atención por otros medios, como el famoso que elude a los fotógrafos que le acosan mientras pacta una exclusiva con el ¡Hola!

No cedas a la tentación del fracaso, me dijo una escritora amiga a deshoras en el bar de un hotel de algún país extranjero. Llevábamos unas cuantas copas y nos dio por confesar los hastíos y las cosas que queríamos mandar a paseo. Una conversación de lo más normal en los bares de los hoteles, que son antesalas de suicidios. No cedas a la tentación del fracaso, me dijo. Antes me había contado un montón de inseguridades y miedos que no me tomé muy en serio, hasta que me dijo: [los escritores] somos así, fragilísimos, y siento decirte que no te haces más fuerte con la edad (ella me pasa unos años).

Tal vez por eso los expuestos necesitan (necesitamos) sombras. Para no abrazarse a la tentación conviene tener un lugar al que huir. Leo que los ricos abandonarán poco a poco las redes sociales, que se convertirán en una especie de favela para desgraciados que no tienen otro medio de expresarse. Leo biografías de artistas sobre los que trabajo y los descubro pudorosos y elusivos: cuanto más parecen exponerse, más enigmas les ocultan. Mi propia amiga, que vive socialmente con las ventanas abiertas, a lo parisino, sin persianas ni cortinas, tiene un sitio al que escaparse donde no deja que nadie la observe. Sin una cabaña libre de todo escrutinio y de todo juicio no se puede soportar el suplicio del escenario.

Si han llegado hasta aquí tal vez se pregunten para qué ha escrito Del Molino esto y qué fracasos le tientan. No lo sé, a lo mejor me han sentado mal las vacaciones navideñas y me ha costado más volver, como sin duda les pasará a muchos de ustedes. Pero creo que lo he escrito, sobre todo, para descartarle a usted como hipócrita lector, como ménade o como rinoceronte. Estoy convencido de que, si ha aguantado la lectura hasta este párrafo, no debo temer que me devore o que me embista. Y eso, por poca cosa que parezca, reconforta y abriga.










[ARCHIVO DEL BLOG] Vamos a joder al algoritmo. Publicado el 12/01/2019











Cada vez recibimos más publicidad e información —verdadera y falsa— según lo que decide un algoritmo. ¿Seguimos siendo libres para elegir o nos están pirateando?, escribe la directora de cine española Isabel Coixet. 
Me llega un correo, comienza diciendo Coixet, firmado por una prestigiosa web francesa con más de tres millones de suscriptores —no se crean que es una de esas erráticas webs cutres que previa toma de tan solo unos comprimidos, garantizan un extraordinario crecimiento del pene— que afirma que Marion Cotillard, la fenomenal actriz de La vie en rose, luce un cutis tan terso gracias a su pasión inveterada por los baños helados de asiento. Sí, al parecer, poner unas tres veces al día el perineo on the rocks proporciona solaz, descanso, detox, lozanía y un sinfín más de bondades y Marion Cotillard es —según esta web— una adepta a la práctica del “bain dérivatif”, que así se llama la cosa.
El texto continúa contando en una primorosa tipografía y con una suficiencia encomiables que la entrepierna femenina está generalmente a 37 grados, temperatura que hace al cuerpo de la mujer proclive a toda clase de enfermedades e inflamaciones —citando a varios naturópatas, por lo cual, se impone imperativamente bajar la temperatura de la zona—. Y para ello, por supuesto, nada como unas bolsas de hielo “especialmente diseñadas para el perineo” (¡) que venden a un módico precio haciendo un clic en el siguiente enlace.
Nunca hasta ahora había leído nada del “bain dérivatif” ni conozco a ninguna mujer ni francesa ni de las otras que haya oído hablar del tal baño. Y aunque tengo el correo de Marion Cotillard, no me atrevo a reenviarle la información, porque supongo que ya le habrá llegado por otros lados y sus abogados estarán trabajando activamente para demandar a los de la web (y hundirles en la miseria, espero).
Lo que no puedo dejar de preguntarme es en qué estaba pensando el algoritmo que decidió que yo podía picar con un producto semejante. ¿Hay algo en mi historial de búsquedas (restaurantes, viajes, recetas de sopa de cebolla) o en las escasísimas compras que he hecho por Internet (básicamente estanterías, libros descatalogados y una alfombra que devolví porque se parecía a la fotografía de la página como un huevo a una castaña) que me convierta en carne de cañón para picar con un timo semejante? ¿Por qué yo? ¿Es este mensaje uno más de la infinita letanía de mensajes dedicados a considerar el cuerpo de la mujer como una zona catastrófica donde siempre hay algo que anda mal?
Y entonces recuerdo que hace dos días hablé con un amigo de Marion Cotillard y la química que tenía en la película Rust and Bone con el actor Matthias Schoenaerts. Los únicos testigos de la conversación fueron mi perro y mi teléfono. Y no veo el interés que puede tener Noodles, que así se llama el perro, en dar el chivatazo de mi admiración por Marion Cotillard. Así que tuvo que ser el teléfono el que me delató. Mi teléfono.
Este incidente no es aislado. En los últimos tiempos, muchas personas me han contado que, después de simplemente mencionar en una conversación, un tema, un libro, una comida o un paisaje, reciben correos y anuncios que tienen que ver con la conversación que han tenido, aunque hayan sido tan solo mencionados de pasada y nunca hayan sido objeto de una búsqueda activa en la web. El colmo es una persona que soñó con una comida que nunca había probado y al día siguiente recibió vales de descuento para probarla. ¿Nos espían nuestros teléfonos? ¿Captan palabras sueltas —quizás las que incluso pronunciamos durmiendo— y las transmiten a inmensas bases de datos para que nos conviertan en meros consumidores de cachivaches, píldoras, modos de vida, bulos, estadísticas trucadas que nos hacen dudar de lo que sabemos, de lo que pensamos, lo que creemos?
Tras leer el artículo Somos animales pirateables, de Yuval Noah Harari, un ensayista al que yo y media humanidad admiramos, me quedo perpleja con su teoría de que el libre albedrío no existe y que justamente aquellos que estamos convencidos de que opinamos libremente somos los más proclives a estar manipulados.
¿Dónde queda entonces mi total convencimiento que todavía sé distinguir entre la auténtica libertad que reside en la disidencia y en el coraje de pensar distinto y la idea de la libertad como una vaga entelequia impresa en una camiseta de Zara, que reclaman aquellos que jamás han sufrido por su ausencia? ¿Mis supuestas certezas? ¿Lo que he aprendido y lo que he aprendido a desaprender? ¿Es peregrino pensar que podemos resistir o es demasiado tarde —como parece decir Yuval Noah Harari— para oponerse a la colonización de la estupidez venga de la tribu que venga? ¿Y además de enriquecerse sin medida mientras nos hacen más pobres, más tontos, más asustados y más sumisos, qué buscan los que están detrás de todo esto? ¿Es eso todo? ¿Hay algo más en toda esta conjura?
Ese maldito algoritmo que nos piratea desde el momento que decidimos seguir a Kim Kardashian y a su prodigioso trasero en Instagram o cuando hacemos clic en el titular más sensacionalista y que conformará nuestra forma de consumir, votar y vivir, sí creo —o necesito creer— que puede ser combatido: con “esfuerzo y codos” como decía un formidable profesor de griego que tuve hace años y con ese libre albedrío que debemos, por supuesto, cuestionarnos constantemente para saber cuánto de libre tiene, cuánto de algoritmo. Aunque también sospecho que el gran enemigo no es el algoritmo en sí sino la predisposición humana a lo más fácil. Y ahí sí nos tienen pillados a todos: es más fácil leer medio párrafo sobre las bobadas de un cantante que se siente solo en la cumbre que dedicarle media hora a un texto que habla con fundamento del calentamiento global y del tiempo de descuento para salvar el planeta en el que estamos inmersos. Es más fácil dejarte arrastrar por la opinión de los demás que tener una opinión propia. Es más fácil vivir como te dicen que vivas que vivir como realmente piensas que debes vivir. Es más fácil destruir —la convivencia, la ética, los derechos humanos— que construir. Es más fácil jugar al Candy Crush que mirar el paisaje avanzar por la ventana del tren. Es más fácil insultar que razonar. Es más fácil el exabrupto que el silencio. Y es más fácil el silencio cómplice que decir lo que realmente piensas.
Quiero, y necesito creer, que es posible darle la vuelta a todo esto, coger por una vez el camino más difícil y menos visitado y joderle la jugada al algoritmo, aunque eso implique sacrificios y cuestionamiento y, probablemente, sudor y lágrimas.
Que, según las palabras de Noah Harari, “nuestra amígdala pueda estar trabajando para Putin”, además, no es algo que yo pueda considerar como un peligro, porque me quitaron, como a muchos de mi generación, las amígdalas, cuando tenía 5 años. Aún hoy, recuerdo el metálico sabor del éter deslizándose suavemente por mi garganta, mientras todo fundía a negro. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt
















Del poema de cada día. Hoy, Isla, de Kirmen Uribe

 






ISLA


La felicidad.

Ese trabajador por horas.

Anne Sexton


Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad.

Desde la isla se oye un rumor lejano.


Vamos al agua desnudos.

Anémonas, salmonetes, erizos.

Mira, el mar mueve la arena

como el viento mueve el trigo.

Bajo el agua te veo.

Me gusta el lento movimiento de brazos y piernas.

Me gusta tu pubis convertido en alga.


Salimos del agua. Hace calor. Hay sombra entre pinos.

Tus brazos están salados, tu pecho salado, tu vientre.

La misma fuerza que une mar y luna nos ha unido.

Los segundos se confunden con los siglos

y los siglos con los segundos.

Nuestros cuerpos son peras recién peladas.


Anémonas, salmonetes, erizos.

Es domingo en la playa.



Kirmen Uribe (1970)

poeta español





















De las viñetas de humor de hoy sábado, 18 de enero de 2025



































 









viernes, 17 de enero de 2025

De las entradas del blog de hoy viernes, 17 de enero de 2025

 






Hola, buenos días de nuevo y feliz viernes, 17 de enero de 2025. ¿Es Elon Musk el mayor villano de la historia, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, o el mayor cuñado (que se ha comprado una barra de bar por 44.000 millones para gritar “pásame el cubata” y soltar barbaridades)? En la segunda, un archivo del blog de noviembre de 2016, se hablaba de la complejidad de las democracias y de que eran regímenes únicamente posible en sociedades ricas. El poema del  día, por su parte, comienza hoy con estos versos: "¡Y que ahora tenga que dejarte/para emprender otro camino!". Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Nos vemos mañana si la Fortuna lo permite. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos.










De Trump, Musk y las amenazas de cuñado

 






¿Es Elon Musk el mayor villano de la historia (por primera vez, el hombre más rico del planeta controla la tecnología más avanzada, el Gobierno más poderoso y la plaza pública más influyente del mundo) o el mayor cuñado (que se ha comprado una barra de bar por 44.000 millones para gritar “pásame el cubata” y soltar barbaridades)?, escribe en El País [Ciudadano Musk, 14/01/2025] el politólogo Víctor Lapuente.

Podemos temer lo peor. De hecho, es más lucrativo ser agoreros. Conseguiremos más clics —esos que criticamos tanto cuando son de los otros— si pronosticamos el fin de la democracia con la vuelta de Trump. Nadie hizo caso a Obama cuando quiso tranquilizar al staff de la Casa Blanca tras la primera victoria del republicano en 2016 diciendo que no era el apocalipsis. Todos corrimos a creer los pronósticos más aterradores.

Quizás EE UU intente anexionarse Canadá porque Trump, en una rueda de prensa, dijo que usaría la “fuerza económica” para absorber a la nación vecina. O invada el canal de Panamá y Groenlandia —frente a una Dinamarca cuyo único ejército conocido son los soldados de Lego—. O llame golfo de América al golfo de México —cuando quien debe renombrarse como Golfo de América es el propio Trump—.

Son amenazas de cuñado. No hay persona en la Tierra con más trecho del dicho al hecho que Trump. Ya, pero ¿y Musk? ¿No está alentando con sus vergonzosas acusaciones al primer ministro británico de ser cómplice de violaciones de niñas y su vergonzante apoyo a la ultraderecha alemana un movimiento reaccionario internacional, como acertadamente señaló Macron?

Sin duda. Y Europa tiene que movilizarse para evitar injerencias externas en su política, vengan del Kremlin o de un podcast de bros. Pero, para evitar la contaminación de ideas tóxicas de ultraderecha, no podemos caer en la misma trampa mental que ellos. Es decir, asumir que hay una gigantesca conspiración tecnológica contra la democracia liberal. El populismo reaccionario ha medrado precisamente denunciando el supuesto sesgo progresista de todas las redes sociales, como (el antiguo) Twitter, Instagram o Facebook. Las Big Tech eran acusadas de “totalitarismo” izquierdista y hace unos meses, Trump amenazó, por escrito, a Zuckerberg con enviarle a prisión de por vida.

Europa debe ser más inteligente. Tenemos la mejor regulación del mundo contra la desinformación. Y, si una red (X) tergiversa, nos pasamos a otra (Bluesky). Para defender la democracia, nada mejor que votar con el dedo. No veo a Musk en el futuro como líder de una Spectra global, sino como Ciudadano Kane, un multimillonario derrotado por su propio ego.










[ARCHIVO DEL BLOG] La complejidad de las democracias. Publicado el 24/11/2016











Dicen algunos, no sé muy bien si de buena o mala fe, que la democracia es un régimen únicamente posible en sociedades ricas. Me parece una opinión simplista, pero desde luego reconozco que no es un régimen barato. Pagar un sueldo a quienes nos representan, mantener instituciones varias y plurales, convocar y celebrar elecciones periódicamente... Todo eso es caro, sin duda. Y su mantenimiento sale del bolsillo de los ciudadanos. Y encima hay que mantener jefaturas de estado meramente simbólicas, presidentes de gobierno que casi rozan la imbecilidad, ministros incompetentes, políticos venales, jueces comprados, partidos corruptos... 
Tuve un compañero de trabajo, por lo demás una buenísima persona, que decía sin asomo alguno de ironía que lo mejor era un régimen en el que solo uno decidiera lo que es bueno y malo, pertinente o inconveniente, que pensara por nosotros. En fin, uno donde solo cuente la voluntad del líder carismático. Un líder -como decían los apologistas del Caudillo-, cuya luz no se apagaba nunca en su dormitorio, siempre en vela, cuidando de nosotros... Yo, evidentemente, me quedo con la democracia, por imperfecta que sea y por cara que nos resulte.
Las democracias son regímenes complejos, dice el profesor Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política en la Universidad del País Vasco, profesor invitado en la Universidad de Georgetown y autor de un libro, La política en tiempos de indignación, que ya he comentado en el blog, con anterioridad.
Nuestros sistemas políticos son impotentes ante quienes ofrecen una simplificación tranquilizadora, afirma también Innerarity en un reciente artículo en El País, afirmando que hay que promover una cultura en la que los planteamientos matizados no sean castigados sistemáticamente con la desatención o el desprecio.
Las democracias son regímenes de escasa previsibilidad, dice al comienzo del mismo. Que pueda suceder lo inverosímil es algo posibilitado por la lógica de un sistema abierto aunque lo paguemos con una vulnerabilidad en ocasiones inquietante. Cuando los estadounidenses eligieron como presidente a George Bush algunos lo saludaron como la posibilidad de que una persona normal llegara hasta allí (alguien que había tenido dificultades con el alcohol y se atragantaba comiendo galletas) y ahora podemos asegurar que la democracia es un sistema tan abierto que puede llegar a ser presidente incluso alguien muy por debajo de lo normal.
Más allá de esta indeterminación, añade, de nuestros sistemas políticos, ¿qué está pasando para que los populistas (si quienes han declarado este término como políticamente incorrecto me permiten utilizarlo) parezcan disfrutar de tantas ventajas competitivas?
Mi hipótesis, sigue diciendo el profesor Innerarity, es que nuestros sistemas políticos no están siendo capaces de gestionar la creciente complejidad del mundo y son impotentes ante quienes ofrecen una simplificación tranquilizadora, aunque sea al precio de una grosera falsificación de la realidad y no representen más que un alivio pasajero. Quien hable hoy de límites, responsabilidad, intereses compartidos, tiene todas las de perder frente a quien establezca unas demarcaciones rotundas entre nosotros y ellos, o entre las élites y el pueblo, de manera que la responsabilidad y la inocencia se localicen de un modo tranquilizador. Poco importa que muchos candidatos propongan soluciones ineficaces para problemas mal identificados, con tal de que ambas cosas —problemas y soluciones— tengan la nitidez de un muro o sean tan gratificantes como saberse parte de un nosotros incuestionable.
Las recientes elecciones en Estados Unidos, continúa diciendo, han sido la apoteosis de algo que se venía observando desde hace algún tiempo en muchas democracias del mundo: más que elegir, se des-elige; hay mucho más rechazo que proyecto. Estos comportamientos del “soberano negativo” manifiestan una profunda desesperación: no se vota para solucionar sino para expresar un malestar. Y, en lógica correspondencia, son elegidos quienes prefieren encabezar las protestas contra los problemas que ponerse a trabajar por arreglarlos. Por eso la competencia o incompetencia de los candidatos es un argumento tan débil. Lo decisivo es representar el malestar mejor que otros.
Por supuesto que no basta con estar indignados para tener razón, dice más adelante, ni los llamados “perdedores de la globalización” (o quienes así se llaman sin serlo o sin serlo en exclusiva) tienen una mayor clarividencia acerca de lo que nos conviene; la cólera, tantas veces justificada, no nos exime de hacer análisis correctos y proponer soluciones eficaces. La extrema derecha no es la que está en mejores condiciones de hacer frente a los desarreglos de la globalización sino la que ha ofrecido el relato más verosímil para una buena parte de los enfurecidos. Otra parte ha ido a buscar esa explicación simple en el extremo opuesto, en políticos como Iglesias, Grillo o Mélenchon, a quienes el hecho de compartir la misma lógica que sus siniestros oponentes no parece inquietarles demasiado. No tienen la misma ideología, por supuesto, pero sí la misma lógica simplificadora.
Se equivoca, añade, quien juzga este incremento de los extremismos a partir del precedente de los movimientos antidemocráticos que dieron lugar a los totalitarismos del siglo pasado. A diferencia de aquellos, estos utilizan un lenguaje democrático. Lo que ocurre es que tienen una idea simplista de la democracia y absolutizan una de sus dimensiones. Por eso no haremos frente a esta amenaza mientras no ganemos una batalla conceptual que haga inteligible y atractiva la idea de una democracia compleja. La democracia es un conjunto de valores y procedimientos que hay que saber orquestar y equilibrar (participación ciudadana, elecciones libres, juicio de los expertos, soberanía nacional, protección de las minorías, primacía del derecho, deliberación, representación…). Los nuevos populismos tienen una retórica democrática porque toman uno solo de ellos y lo absolutizan, desconsiderando todos los demás. Se degrada la democracia cuando se absolutiza el momento plebiscitario o cuando entendemos la democracia como soberanía nacional impermeable a cualquier obligación más allá de nuestras fronteras. Si los populismos resultan tan aceptables para sectores cada vez más amplios de la población no es porque haya cada vez más fascistas entre nosotros, sino porque hay más gente que se deja convencer de que la democracia es solo eso. Por esta razón, a tales amenazas en nombre de la democracia, a su mutilación simplista, solo se les hace frente con otro concepto de democracia, más completo, más complejo.
Lo primero que nos enseña un concepto complejo de democracia, enfatiza, es que la democracia es un proceso. Una democracia de calidad es más compleja que la aclamación plebiscitaria; en ella debe haber espacio para el rechazo y la protesta, por supuesto, pero también para la transformación y la construcción; el tiempo dedicado a la deliberación es mayor que el que empleamos en decidir. No se toman las mejores decisiones cuando se decide sin buena información (como el Brexit) o con un debate presidido por la falta de respeto hacia la realidad (como Trump). Tampoco hay una alta intensidad democrática cuando la ciudadanía tiene una actitud que es más propia del consumidor pasivo, al que se arenga y satisface en sus deseos más inmediatos y al que no se le sitúa en un horizonte de responsabilidad.
La implicación de las sociedades en el gobierno, añade, debe ser más sofisticada que como tiene lugar en las lógicas plebiscitarias o en la agregación de preferencias a través de la red; ha de ser entendida como una intervención continua en su propio autogobierno a través de una pluralidad de procedimientos, unos más directos y otros más representativos, donde sea posible rechazar pero también proponer, con espacios para el antagonismo pero también para el acuerdo, que permitan la expresión de las emociones tanto como el ejercicio de la racionalidad.
Hemos de trabajar, concluye diciendo, en favor de una cultura política más compleja y matizada. Uno de nuestros principales problemas tiene su origen en el hecho de que cuando las sociedades se polarizan en torno a contraposiciones simples no dan lugar a procesos democráticos de calidad. ¿Cómo promover una cultura política en la que los planteamientos matizados y complejos no sean castigados sistemáticamente con la desatención e incluso el desprecio? ¿Cómo evitar que sea tan rentable electoralmente la simpleza y el mero rechazo? ¿Por qué son tan poco reconocidos valores políticos como el rigor o la responsabilidad? Solo una democracia compleja es una democracia completa. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt