jueves, 3 de abril de 2025

De las entradas del blog de hoy jueves, 3 de abril de 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 3 de abril de 2025. La UE tiene que reforzar y unir sus ejércitos para seguir siendo un actor con peso político en el escenario global, dice en la primera de las entradas del blog de hoy el filósofo Jürgen Habermas, pero esto solo se puede defender si se da un paso adelante en la integración europea. En la segunda, un archivo del blog de junio de 2018, Carlos López Blanco, exsecretario de Estado de Telecomunicaciones, hablaba de que los valores y principios de la democracia y el Estado de derecho deberían trascender al proceso de digitalización de la sociedad. El poema del día, en la tercera, es el poeta argentino Juan Gelman; se titula Oración, y comienza con estos versos: Habítame, penétrame./Sea tu sangre una con mi sangre./Tu boca entre mi boca./Tu corazón agrande el mío hasta estallar… Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt











Del llamamiento de Habermas a la unidad de Europa

 






La UE tiene que reforzar y unir sus ejércitos para seguir siendo un actor con peso político en el escenario global. Pero esto solo se puede defender si se da un paso adelante en la integración europea, escribe en El País [Llamamiento a Europa: por una fuerza militar disuasoria común, 30/03/2025] el filósofo vivo más influyente del mundo actual, Jürgen Habermas. No es que los principales responsables políticos nacionales de Occidente —y, en un sentido más amplio, de los países del G-7— hayan estado siempre en perfecta sintonía en sus perspectivas políticas; pero siempre compartieron ese común entendimiento de fondo respecto a su pertenencia “al” Occidente bajo el liderazgo de Estados Unidos, comienza diciendo Habermas. Este pilar político se ha desmoronado con la reciente llegada al poder de Donald Trump y el consiguiente cambio de sistema en EE UU, aun cuando formalmente el destino de la OTAN de momento siga siendo una incógnita. Desde una perspectiva europea, esta ruptura de época tiene consecuencias de gran calado, tanto para el desarrollo y posible final de la guerra en Ucrania como para la necesidad, la disposición y la capacidad de la Unión Europea de encontrar una respuesta que nos salve ante esta nueva situación. De lo contrario, Europa también se verá arrastrada por la vorágine producida por la superpotencia en declive.

La triste relación entre estos dos preocupantes temas se debe a la incomprensible miopía de la política europea. Es difícil entender por qué los líderes políticos europeos, especialmente los de la República Federal de Alemania, no vieron venir o, al menos, por qué se hicieron los ciegos ante una conmoción del sistema democrático que ya se venía gestando en Estados Unidos desde hacía tiempo. Después de que el Gobierno estadounidense no hiciera ningún intento de evitar mediante negociaciones el ataque ruso, que se había visto venir con el despliegue de tropas, se hizo necesaria la ayuda militar para preservar la existencia del Estado de Ucrania. Pero lo que resultó incomprensible fue que los europeos, en la engañosa suposición de que la alianza con Estados Unidos estaba intacta, se pusieran completamente en manos del Gobierno ucranio, es decir, que sin sentar objetivos propios y sin orientación propia se prestaran a apoyar incondicionalmente la estrategia bélica ucrania.

Un error político tanto o más imperdonable todavía fue que la República Federal de Alemania, confiando ciegamente en la “unidad de Occidente”, eludiera una y otra vez el desafío, ya evidente desde hacía tiempo, de reforzar la capacidad de acción internacional de la Unión Europea. Por eso resulta angustiante la limitada perspectiva desde la que se debate el inusual esfuerzo en curso por rearmar al ejército alemán en un clima de acalorada crispación contra Rusia. Esto reaviva viejos prejuicios. Porque con este rearme, planificado a largo plazo, de lo que se trata no es directamente del destino de Ucrania, que en este momento es particularmente incierto y que causa una preocupación más que justificada, ni tampoco de un posible o imaginario peligro actual para los países de la OTAN proveniente de Rusia. El objetivo general de este rearme es más bien la autoafirmación existencial de una Unión Europea a la que Estados Unidos posiblemente va a dejar de proteger en una situación geopolítica que se ha vuelto impredecible.

La extravagante actuación y el desconcertante discurso del reelegido presidente Donald Trump durante la toma de posesión de su cargo fueron un golpe de efecto que hizo añicos las últimas falsas ilusiones sobre la estabilidad de la potencia líder que es Estados Unidos, incluso en países como Alemania o en la vecina Polonia. Mientras que al menos Michelle Obama fue lo suficientemente inteligente como para no exponerse al espectáculo de este evento fantasmagórico, los expresidentes asistentes tuvieron que soportar impávidos los insultos. La evocación fantasiosa de una nueva edad de oro y los ademanes narcisistas del orador causaban en un telespectador desprevenido, acostumbrado a las ceremonias de investidura de anteriores jefes de Gobierno, la impresión de estar asistiendo a la exposición clínica de un caso psicopatológico. Pero el estruendoso aplauso de la sala y el asentimiento expectante de Musk y los demás magnates de Silicon Valley no dejaron lugar a dudas sobre la determinación del círculo interno de Trump de llevar a cabo la remodelación institucional del Estado según el plan de acción de la Heritage Foundation, conocido desde hacía tiempo. Como siempre, una cosa son los objetivos políticos y otra su realización. Los ejemplos europeos, como la Hungría de Orbán o el régimen de Kaczyński en Polonia, ahora depuesto, solo se parecen a los planes de Trump en lo que respecta a la restricción estatista del ordenamiento jurídico.

Las primeras medidas del nuevo presidente se han centrado en la electoralmente efectiva deportación de inmigrantes ilegales que, en muchos casos, llevaban décadas viviendo en el país. A esto le siguió el cierre, problemático desde una perspectiva jurídica, de importantes programas de ayuda internacional. No es casualidad que estas primeras intervenciones en el aparato administrativo federal, en gran medida ilegales, estén dirigidas por Elon Musk, nombrado comisario “de eficiencia”, quien, tras adquirir Twitter, ya había “saneado” esta organización con un estilo similar. Estas medidas iniciales evidencian el objetivo político de mayor alcance, consistente en un desmantelamiento radical de la Administración estatal, y apuntan a una política económica libertaria. Pero esta caracterización se queda corta, ya que es de esperar que el adelgazamiento del Estado, a largo plazo, siga seguramente de la mano de un cambio a una tecnocracia gestionada digitalmente.

En Silicon Valley llevan tiempo con este sueño libertario de abolición de la política: esta debe ser reconducida a un modo de gestión empresarial dirigida por nuevas tecnologías. Aún no está nada claro cómo estas ideas de largo alcance van a poder ser compaginadas con el estilo de actuación de Trump, con una política de decisiones arbitrarias sorprendentes y desvinculada de las normas establecidas. No solo resulta desconcertante el estilo del dealmaker, de carácter imprevisible, que actúa por interés nacional a corto plazo. Como en el caso de la fantasía obscena de agente inmobiliario sobre la reconstrucción de la desolada Franja de Gaza, es la irracionalidad de esta persona, cuya imprevisibilidad probablemente sea intencionada, la que podría chocar con los planes a largo plazo del vicepresidente o de sus nuevos amigos tecnócratas.

Lo más difícil de predecir es la implementación política del cambio de régimen planeado y puesto en marcha, que, manteniendo a nivel formal una constitución de facto vaciada de contenido, ha de conducir a una nueva forma de dominación tecnocrática y autoritaria. Dado que los problemas que requieren regulación política son cada vez más complejos, un régimen de este tipo respondería a la creciente necesidad de una población despolitizada y aliviada de decisiones políticas trascendentales de disponer de un sistema que funcione por sí mismo. La ciencia política ya lleva tiempo reflejando esta tendencia en su terminología, al hablar de democracias “reguladoras” de forma eufemística. En estos casos, basta la mera celebración formal de elecciones democráticas, con independencia del grado de participación real de votantes informados en un proceso de formación de opinión. Este nuevo tipo de dominación no tiene ninguna similitud con el fascismo histórico. En Estados Unidos no se ven tropas uniformadas, sino una vida normal, salvo un reducido grupo de hordas alborotadoras como las que asaltaron el Capitolio hace cuatro años animadas por su presidente y que después sus miembros fueron indultados del delito de alta traición. Aún son criterios sociales y culturales más o menos inequívocos los que dividen a la población en dos bandos políticos prácticamente iguales. Los procesos judiciales por las flagrantes violaciones de la Constitución por parte del Gobierno todavía se encuentran en los tribunales de primera instancia. La prensa aún no está uniformada, aunque, en parte, se haya adaptado a las nuevas circunstancias. Se están gestando aún las primeras resistencias en las universidades y en otros ámbitos culturales. Pero no hay duda de que este Gobierno actúa con rapidez.

Este giro era previsible desde hacía tiempo. A principios de los años noventa, con el programa de George H. W. Bush, Estados Unidos se encontraba sin duda en el cénit de una superpotencia: era perfectamente plausible que Occidente pudiera entonces impulsar el régimen de los derechos humanos en todo el mundo. El fin de la Guerra Fría había hecho albergar esperanzas en el florecimiento duradero de una sociedad mundial pacificada. En aquella época surgieron nuevos sistemas democráticos en muchos lugares del mundo. Las intervenciones humanitarias eran un tema importante, aunque los intentos exitosos no llegaran a consolidar su éxito a largo plazo. En 1998 se aprobó el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional. La guerra de Kosovo había desencadenado los debates que llevaron al reconocimiento de la “responsibility to protect” [la responsabilidad para proteger]. Pero esta perspectiva idealista cambió a principios del nuevo siglo con la investidura de Gobierno de George W. Bush, que había accedido al poder gracias a una dudosa sentencia del Tribunal Supremo contra Al Gore [sobre el recuento de los votos en Florida]. Y con los atentados terroristas del 11 de septiembre, la posterior declaración de la “guerra contra el terror”, con controvertidas restricciones de los derechos fundamentales y un aumento de los controles en todo el país, el clima político de Estados Unidos cambió radicalmente. Este tenso clima fue el telón de fondo de la agresiva toma de posición contra el “eje del mal” y de la invasión de Irak violando el derecho internacional, de la autorización de prácticas de tortura, del establecimiento de Guantánamo y, en general, del intento de una movilización agresiva de Occidente.

Después de que Bush fuera reelegido a pesar de todo, este primer mandato pudo percibirse como el punto de inflexión que más tarde resultó ser. Desde entonces, hay voces que hablan del declive de la superpotencia. La elección de Barack Obama, el primer presidente negro, aclamado a escala nacional e internacional, no supuso el cambio esperado. Durante su mandato se impuso también la práctica, cuestionable desde el punto de vista del derecho internacional, de ejecutar a personas consideradas “enemigas” en cualquier lugar del mundo mediante drones teledirigidos. Y, a más tardar, la victoria en 2016 de un tipo errático como Donald Trump, que en su momento todavía provocó protestas, tendría que haber puesto de manifiesto la fractura político-cultural del electorado, que obviamente tenía causas socioeconómicas más profundas.

Esta elección, a esas alturas, tendría que haber centrado la atención de los europeos en la convulsión de las instituciones políticas en Estados Unidos. Y es que la infiltración plebiscitaria del Partido Republicano, iniciada a finales de los años noventa, había acabado por hundir un sistema bipartidista estable. Hoy en día se ve que instituciones como esta, en largo proceso de descomposición, no pueden ser restauradas en el transcurso de una legislatura, incluso si la propuesta de Trump volviera a fracasar en las próximas elecciones. No menos alarmante es la politización del Tribunal Supremo, que, por ejemplo, absolvió a Trump, justo antes de su reelección, en un caso cometido durante su primer mandato, alegando que los presidentes no pueden ser procesados a posteriori por un delito cometido durante el ejercicio de su cargo. Este veredicto abre las puertas a la política sin consideraciones y errática de Trump en la actualidad.

Será necesario que pase el tiempo para que los historiadores puedan emitir un juicio sobre las interpretaciones encontradas de los antecedentes y de la posible evitabilidad de la invasión rusa de Ucrania. Sea cual sea el veredicto, la situación política después del 23 de febrero de 2022 era inequívoca: con la ayuda de EE UU, Europa tenía que acudir en ayuda de la Ucrania atacada con la suficiente rapidez para preservar su existencia como Estado. Pero en lugar de agitar banderas y gritar consignas de guerra y de aspirar a la victoria sobre una potencia nuclear como Rusia, habría sido más apropiado reflexionar de forma realista sobre los riesgos de una guerra prolongada. Faltó la consideración crítica del peligro de una ruptura con el sistema económico mundial existente y con una sociedad global hasta entonces más o menos equilibrada. También en interés propio, se debería haber intentado lo antes posible entablar negociaciones con esta potencia imperial irracional y desde hace mucho en declive que es Rusia para alcanzar un acuerdo aceptable para Ucrania, pero esta vez garantizado por Occidente. Ya el primer día de la invasión rusa, la consideración sobria de la fecha de las próximas elecciones presidenciales estadounidenses debería haber convencido a los europeos de la fragilidad de la ya tambaleante Alianza Atlántica.

Para un individuo medianamente ilustrado de mi generación, el triunfalismo autocomplaciente sobre la unidad de Occidente y sobre el resurgimiento de la capacidad de actuación de la OTAN, ya dada por muerta, resultaba fantasmagórico. Igualmente desconcertante era la insensibilidad pública ante el estallido de violencia militar en Europa. Parecía haber desaparecido toda sensibilidad hacia la violencia disuasoria de las guerras y hacia el hecho de que las guerras surgen con facilidad, pero son difíciles de acabar.

Tanto mayor es el espanto en la actualidad al ver cómo el congraciamiento sin principios de Trump con Putin divide a Occidente y pone en tela de juicio el fundamento normativo, invocado con razón, de la ayuda a Ucrania. Aunque los aliados, burlados, puedan seguir justificando su intervención con buenas razones de derecho internacional, ahora, abatidos, ven cómo su éxito depende de la cruda política de poder de Trump. Esto ya lo mostraron los pocos días que Estados Unidos interrumpió su apoyo logístico en el frente de Kursk. Así, Inglaterra y Francia tuvieron que abstenerse a regañadientes en el Consejo de Seguridad ante una moción sobre Ucrania que Estados Unidos había acordado conjuntamente con Rusia y China. Mientras Francia subraya la necesidad de que la Unión Europea solo puede independizarse de Estados Unidos en materia de política de seguridad con la ampliación de su paraguas nuclear a todos los Estados miembros, el primer ministro británico, Keir Starmer, reafirma ante Ucrania la promesa de ayuda, que se ha vuelto más tímida, con una coalición de 30 Estados más o menos dispuestos a apoyar. Por cierto, parece que, cuando se habla de esta “coalición de voluntarios”, a nadie le molesta que se adopte un nombre que George W. Bush introdujo para su guerra al margen del derecho internacional. Resulta desconcertante que la Unión Europea no represente ningún papel político de peso en las negociaciones sobre un posible alto el fuego. Son Estados Unidos y Rusia y, en el mejor de los casos Inglaterra y Francia, los que están negociando sobre y con la propia Ucrania.

En cualquier caso, el cambio de rumbo de Estados Unidos con respecto a Rusia, sea cual sea su resultado, no es más que un giro sorprendente en una nueva situación geopolítica que se venía gestando desde hace tiempo y que se ha agudizado con el conflicto de Ucrania. Con independencia del éxito que tenga, parece que, con su acercamiento a Putin, Trump admite que, a pesar de su superioridad económica, Estados Unidos ha perdido la hegemonía mundial y, en cualquier caso, ha renunciado a la pretensión política de ser una potencia hegemónica. La guerra de Ucrania no ha hecho más que acelerar la reconfiguración de las fuerzas geopolíticas: el innegable ascenso global de China y los éxitos a largo plazo del ambicioso proyecto de la Ruta de la Seda de un Gobierno chino con una estrategia inteligente, las ambiciosas pretensiones de la India, su rival, y, por último, las crecientes ambiciones políticas mundiales de potencias medianas como Brasil, Sudáfrica, Arabia Saudí y otros países. La región del Sudeste Asiático está experimentando cambios similares. No es casualidad que la publicación de obras sobre el reordenamiento de un mundo multipolar haya aumentado de manera notable en la última década. Este cambio en la situación geopolítica, solo agravado por la división de Occidente, sitúa el actual rearme de la República Federal de Alemania en una perspectiva muy diferente a la que sugieren las especulaciones sobre una amenaza actual de Rusia hacia la UE.

En mi opinión, el clima anímico en Alemania, impulsado también por una formación de opinión política unilateral, se ha dejado arrastrar al remolino de una hostilidad recíproca frente a la agresión. Por supuesto, la última resolución del Parlamento alemán cesante es también una señal inequívoca de determinación para no permitir que Ucrania sea víctima de un acuerdo adoptado sin su consentimiento. Pero el rearme alemán, planificado a más largo plazo, persigue sobre todo otro objetivo: los países miembros de la Unión Europea deben reforzar y unir sus fuerzas militares, porque de lo contrario dejarán de contar políticamente en un mundo en proceso de cambio geopolítico y en desintegración. Solo siendo una Unión con capacidad de actuación política autónoma los países europeos podrán hacer valer de forma efectiva su peso económico global común en defensa de sus convicciones normativas y de sus intereses.

En este contexto, se plantea una cuestión de la que nadie ha hablado hasta ahora: ¿puede la UE ser percibida a escala global como un factor de poder militar independiente mientras que cada uno de sus Estados miembros pueda decidir soberanamente, en última instancia, sobre la estructura y el uso de sus fuerzas armadas? Solo con capacidad de acción colectiva, también en lo que respecta al uso de la fuerza militar, ganará independencia geopolítica. Esto, por supuesto, plantea una tarea del todo nueva para el Gobierno alemán. En efecto, tendrá que superar un umbral político de la integración europea que el Gobierno alemán bajo Schäuble y Merkel siempre insistió en evitar, por no hablar de la ignorancia y la pasividad del Gobierno de coalición tripartito en materia europea. ¡Y todo ello en el contexto de los esfuerzos que Francia, nuestro vecino, lleva realizando desde hace muchos años!

Por razones históricas comprensibles, los Estados miembros nuevos y no tan nuevos del este y noreste de la Unión Europea que más reclaman la fortaleza militar son precisamente los menos dispuestos a ello. Por lo tanto, en este caso también, la cooperación más estrecha que los tratados de la Unión permiten a las partes dispuestas de entre sus miembros tendrá que partir más bien de los países del núcleo histórico de la UE. Una enorme tarea en la que Friedrich Merz podría crecer de forma inesperada, precisamente porque la confianza de la población en su capacidad de liderazgo no es que sea abrumadora.

Pero la ola de rearme está provocando reacciones muy diferentes. Y no solo de los de siempre, que celebran el nacionalismo, ya superado históricamente, como si fuera una virtud atemporal, sino también de los políticos que quieren reanimar a una juventud, que con buenas razones ya es posheroica, recuperando el servicio militar obligatorio. Y esto en países que, por buenas razones, casi todos hace tiempo que abolieron o suspendieron el servicio militar obligatorio. En esta abolición del servicio militar obligatorio se refleja un proceso de aprendizaje con el trasfondo de la historia universal, a saber, la convicción, nacida en los campos de batalla y en los sótanos de la Segunda Guerra Mundial, de que ese ejercicio asesino de la violencia es inhumano, aunque, sin duda, esta solución última de los conflictos internacionales, desde el punto de vista político, sin duda solo pueda ser abolida paso a paso. Me asusta ver desde qué sectores, de manera irreflexiva o incluso expresamente con el objetivo de reavivar una mentalidad militar que se creía superada con razón, se está apoyando al Gobierno alemán, que ahora se dispone a llevar a cabo un rearme sin precedentes del país.

Las razones políticas que he mencionado para justificar el fortalecimiento de una fuerza militar disuasoria común de la Unión Europea solo las puedo defender bajo la reserva de que se dé un paso adelante en la integración europea. Para justificar esta reserva debería bastar la idea con la que se fundó y se construyó la antigua República Federal de Alemania: ¿qué sería de una Europa en cuyo centro el Estado más poblado y con mayor poder económico se convirtiera además en una potencia militar muy superior a todos sus vecinos, sin estar integrado de forma obligatoria por el derecho constitucional en una política exterior y de defensa europea común sujeta a decisiones mayoritarias? Jürgen Habermas  (Düsseldorf, Alemania, 1929) es filósofo y sociólogo. Es autor de Conocimiento e interés (1968), Teoría de la acción comunicativa (1981), o la monumental obra reciente Una historia de la filosofía (Trotta, 2024). En 2004 recibió el Premio Kyoto por el conjunto de su obra, el Premio Nobel de Ciencias Sociales y Humanidades.

















[ARCHIVO DEL BLOG Facebook, en su laberinto. Publicado el 27/06/2018












Los valores y principios de la democracia y el Estado de derecho deben trascender al proceso de digitalización de la sociedad. En este nuevo marco tecnológico es esencial definir y entender las reglas del juego para aprovechar sus ventajas, comentaba en El País el pasado mes de abril Carlos López Blanco, exsecretario de Estado de Telecomunicaciones. 
Al hilo de la muy mediática y exhaustiva comparecencia de Mark Zuckerberg en el Congreso de Estados Unidos, comenzaba diciendo López Blanco, y tras muchas reticencias, en el Parlamento Europeo, es momento de esbozar un primer análisis de las consecuencias del escándalo Cambridge Analytica, no solo para Facebook sino para toda la industria de Internet.
Al igual que Sigfrido, en El anillo del nibelungo, de Wagner, desconocía el miedo —y de ahí su fortaleza—, Facebook y el resto de la industria de Internet han desconocido hasta ahora determinados principios esenciales del mundo en que viven y muy especialmente algunos en los que se basan el Estado de derecho (rule of law) y nuestra economía de mercado.
Efectivamente, la industria de Internet ha vivido imbuida de un juvenil espíritu libertario en virtud del cual la regulación, las normas y los principios tradicionales de la economía y la vida social no iban con su mundo. Y esto no por malicia ni intención de vulnerar la ley, no: la razón fundamental de esta creencia en la arregulación del mundo digital remite a una convicción tan elemental como, aparentemente, ingenua: los principios, la responsabilidad de las empresas de Internet, la confianza depositada en ellas por sus usuarios, y la autorregulación son instrumentos suficientes que hacen obsoleta una regulación tradicional basada en la garantía normativa de una serie de principios (protección de la intimidad, transparencia o derechos de los consumidores) que estas nuevas empresas creían garantizar por sí mismas basándose en su reputación y altos estándares éticos. Estos mecanismos, además, se consideraban los únicos eficientes en un mundo de servicios y empresas globales a escala mundial basadas en la innovación permanente.
Baste un ejemplo de esta filosofía: desde la Revolución Francesa es privilegio de los Parlamentos, representantes de la soberanía, decidir qué contenidos son accesibles o no por los ciudadanos; solo la ley puede limitar la libertad de expresión y la de acceso a ella.
Pues bien, en los últimos años han sido determinadas plataformas digitales (muy destacadamente la del señor Zuckerberg) las que han decidido qué imágenes o qué contenidos eran accesibles o no, y no porque lo dijeran los jueces sino por su sentido común, ciudadanía corporativa y la sofisticación de sus algoritmos. Y no son solo empresas privadas cuando detentan una posición de monopolio en determinados plataformas de uso común. Esto es una anomalía democrática que, sorprendentemente, ha escandalizado muy poco.
El caso de Cambridge Analytica ha supuesto un brusco aterrizaje en la realidad, el descubrimiento por Sigfrido/Zuckerberg del miedo wagneriano. El mundo de Internet está empezando a entender, y si no acaba de hacerlo tendrá muchos problemas, que el conjunto de reglas que llamamos Estado de derecho va más allá de ser una antigualla decimonónica y constituyen la base fundamental de nuestra convivencia democrática. Y ello no por la maraña regulatoria que a veces implican, sino porque reflejan valores de nuestra convivencia y los principios que la rigen y ello es totalmente válido en este mundo del siglo XXI inmerso en un proceso de digitalización acelerado que afecta a todos los sectores de la economía y la sociedad (¡que pregunten a los taxistas!).
La protección de la intimidad de las personas, la libre competencia y la igualdad de los competidores en la economía, la protección de los usuarios y consumidores, la paridad en la carga fiscal o la transparencia son principios fundacionales de nuestro sistema político y económico y entenderlo cuanto antes será esencial para estos nuevos agentes económicos si no quieren verse inundados por una ola de regulación que los acabe limitando, privándoles del espíritu innovador y dinamismo que han sido su mayor aportación a la economía y la sociedad. Esto sería una tragedia para ellos pero también para todos.
Urge pues hacer una reflexión sobre cómo los valores y principios de nuestra democracia, nuestra economía de mercado, cómo el Estado de derecho debe trascender y sobrevivir al proceso de digitalización de la economía y la sociedad. No se trata de aumentar el grado de regulaciones (como algunos defienden). Se trata de entender, todos, gobiernos, reguladores, nuevas empresas digitales y empresas tradicionales, cuáles son las reglas del juego de esta nueva partida, de este nuevo Great Game, reafirmando los valores que han hecho fuertes al Estado de derecho y la economía de mercado y evitando la sobrerregulación. Urge definir el Level Playing Field.
Y en este escenario, Europa tiene un papel que jugar más relevante de lo que muchos creen. El GDPR (Reglamento General de Protección de Datos, que entró obligatoriamente en vigor el 25 de mayo) puede ser un buen ejemplo: preservar determinados principios, en este caso la protección de los datos de los ciudadanos en el espacio digital, puede generar un estándar universal de facto en un mundo en que el exceso de regulación es contraproducente, pero en el que una regulación basada en valores y principios debe promover la continuidad de los pilares del Estado y la sociedad democrática en el siglo XXI y la garantía de los derechos de los ciudadanos. Así lo han debido entender Zuckerberg y Facebook, una vez descubierto el miedo, al inundar la prensa (de papel, por supuesto) de anuncios dando, a toda página, la bienvenida a esta nueva regulación europea.
El GDPR es, junto a la ofensiva fiscal contra Apple y el procedimiento de competencia abierto a Google sobre su sistema operativo, el intento más serio por parte europea de influir en la determinación de las reglas del juego digital y tiene la virtud de poner en duda ese eslogan que, acuñado por los medios de comunicación anglosajones, tanto éxito ha tenido en los últimos años de que los datos son el nuevo petróleo; los datos son mucho más que petróleo, forman parte del patrimonio íntimo de las personas y como tal, más allá de su valor económico, deben ser protegidos. Y no se diga que proteger la intimidad y los datos de los ciudadanos es un freno al progreso. El asunto Facebook demuestra que en esto, como en tantas otras cosas en el mundo digital, es necesario un equilibrio entre los derechos y los negocios.
Estamos, pues, en un momento crucial del desarrollo de la economía y la sociedad digital. Definir y entender las reglas del juego comunes para todos será esencial si queremos aprovechar sus ventajas y evitar las inquietantes distopías de un mundo dominado por un limitado grupo de monopolios de nueva generación. La comparecencia de Zuckerberg con sus consecuencias y la entrada en vigor del GPRD suponen un inesperado buen precedente en este camino. Veremos... Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt






Del poema de cada día. Hoy, Oración, de Juan Gelman

 






ORACIÓN


Habítame, penétrame.

Sea tu sangre una con mi sangre.

Tu boca entre mi boca.

Tu corazón agrande el mío hasta estallar…


Desgárrame.

Caigas entera en mis entrañas.

Anden tus manos en mis manos.

Tus pies caminen en mis pies, tus pies.


Árdeme, árdeme.

Cólmeme tu dulzura.

Báñeme tu saliva el paladar.

Estés en mí como está la madera en el palito.


Que ya no puedo así, con esta sed

quemándome.

Con esta sed quemándome.

La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos.


JUAN GELMAN (1930-2014)

poeta argentino


















De las viñetas de humor del blog de hoy jueves, 3 de abril de 2025

 































miércoles, 2 de abril de 2025

De las entradas del blog de hoy miércoles, 2 de abril de 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 2 de abril de 2025. A veces, dice en la primera de las entradas del blog de hoy la escritora Elvira Lindo, se tiene la sensación de que nada está en nuestra mano, de que la defensa de la democracia o del bienestar son aspiraciones inaprensibles para la gente corriente. En la segunda, un archivo del blog del 4 de marzo de 2019, el profesor Pere Vilanova comentaba que cualquier aspirante a “hacer política” debería leer el libro La política como profesión, donde el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) disecciona la ética de la actividad pública y la relación entre pensamiento y acción. El poema del día, en la tercera, de la poetisa canadiense Margaret Atwood, lleva por título Son naciones hostiles, y comienza con estos versos: En vista de la extinción de animales/la proliferación de cloacas y miedos/el mar congestionado, el aire/próximo a agotarse. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt









De la esperanza como obligación cívica

 






A veces se tiene la sensación de que nada está en nuestra mano, de que la defensa de la democracia o del bienestar son aspiraciones inaprensibles para la gente corriente, cuenta en El País [¿Es posible la esperanza?, 30/03/2025] la escritora Elvira Lindo. La conversación giraba esta semana, comienza diciendo Lindo, en torno a una inquietud: ¿cómo hacer para mostrarnos cada semana, por escrito o en radio, esperanzados a pesar de la deriva amenazante de los tiempos? Venía muy a cuento el asunto por el ensayo del periodista Andrea Rizzi, La era de la revancha, inspirado sin duda por el viejo pensamiento gramsciano que animaba a situar frente al pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad. Y es que después de dar con los factores que han ido alimentando el resentimiento contagioso que propicia la extrema derecha procede Rizzi a invocar a la rebeldía, a militar en la resistencia, a no caer en la confortable trampa del nihilismo que nos disculpa de no hacer nada si es que nada se puede cambiar. 

Las escenas que observamos a diario y que están elevando su tono grotesco en progresión geométrica, esa visión pesadillesca de presos encerrados como animales en granjas de producción intensiva, de inmigrantes acusados y expulsados, de detenidos por un pensamiento disidente, o de los débiles a los que se deja a la intemperie, esa codicia ilimitada de los ricos nihilistas que contribuyen orgullosamente al deterioro climático, el sorprendente neocolonialismo que anuncia apropiaciones de territorios ajenos o que decide borrar de la faz de la tierra a un pueblo, todo, todo es tan abrumador que cabe la tentación de encogerse de hombros y refugiarse en el tiempo y el espacio que a uno le haya tocado en suerte, borrada ya de nuestra mente la necesidad imperiosa de reaccionar contra la barbarie.

Así lo hablábamos en La Ventana, pastoreados por Carles Francino, que se preguntaba también cómo responder a lo que está ocurriendo cuando a veces se tiene la sensación de que nada está en nuestra mano, que la defensa de la democracia o del bienestar son aspiraciones demasiado inaprensibles para el escaso poder que nos asiste a la gente corriente. Eso mismo, el qué podemos hacer, le preguntaba yo a la politóloga Cristina Monge ante un público en Huesca que asentía como si esas fueran las preguntas que asaltan no solo al que se expone públicamente sino también al que lee información o la escucha. Lo hacíamos sabiendo que luego compartiríamos copa y comida con los siempre acogedores amigos aragoneses y que, al menos, en ese espacio recogido en torno a una mesa, se respiraría el deseo común de reducir el infierno en la medida de lo posible. Éramos conscientes de que en la vida diaria los seres humanos desarrollamos por instinto de supervivencia una diplomacia básica que nos evita el enfrentamiento cotidiano con quien tenemos cerca, con el vecino, el colega, la pareja o el hijo.

A veces la violencia se desata, pero la historia nos demuestra que generalmente ese conflicto ha sido alentado a conveniencia por quienes ostentan el poder. La brutalidad que se nos retransmite en un directo incesante nos hace sentir que estamos desamparados y esos tonos chulescos que a menudo se hacen presentes en políticos de allá, pero también de aquí, auténticos voceros de la grosería y el cinismo, nos llevan a poner en duda nuestra capacidad de influir en la deriva del mundo. Corremos el serio peligro de aceptar resignadamente que no pintamos nada, que nada está nuestra mano, que sale más a cuenta esquivar los charcos y ponerse a resguardo. Pero mi vida diaria contradice una y otra vez ese pesimismo que nos asalta, y seguro que a usted le pasa como a mí: si prestamos atención, vemos a tanta gente que de manera desinteresada se desvela por otros, que carga sobre sus espaldas el cuidado de sus viejos o el bienestar de sus hijos, que asiste a personas a las que apenas conoce por el puro deseo de ampararlas, que cuando la comparamos con esos líderes repugnantes que abusan de su poder para amedrentarnos y se sacuden su culpa sin que se les caiga la cara de vergüenza, deberíamos hacer acopio de toda la voluntad posible, que a veces flaquea, y tener confianza en nuestra contribución a que un día sean ellos los expulsados por el destrozo que dejan a su paso, aunque los platos rotos, como suele ocurrir, los paguemos todos.














[ARCHIVO DEL BLOG] Sobre la política como profesión. Publicado el 04/03/2019











Cualquier aspirante a “hacer política” debería leer el libro La política como profesión, donde el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) disecciona la ética de la actividad pública y la relación entre pensamiento y acción, escribe el profesor Pere Vilanova, catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona.
Una buena amiga, comienza diciendo Vilanova, adquirió hace pocas semanas la nueva, muy cuidada y reciente edición española del libro La política como profesión y, de regreso a su casa, tuvo tiempo en el transporte público de empezar a leerlo. De hecho, lamentó llegar a su destino tan pronto, porque el texto la atrapó sin remedio. Y no es un texto sencillo. Esta persona llegó desolada, y su comentario fue contundente. La lectura, hoy, de Max Weber y de ese texto en concreto nos da la medida del tiempo intelectual transcurrido desde Weber, del páramo intelectual que muestran nuestras élites políticas, populistas o convencionales, y de la inquietante sensación de que aquellos tiempos no volverán.
Este libro es el resultado de una conferencia pronunciada en Múnich en enero de 1919 y publicada en otoño de ese mismo año. Después de una primera parte dedicada a plantear algo tan esencial para un científico social como es el contexto histórico, el texto analiza la idea de profesión; y la segunda, crucial, tiene que ver con la ética, o si se prefiere, con la ética de la actividad política, la relación entre pensamiento y acción.
Toda forma social conocida a lo largo de la historia ha necesitado —y ha producido— sus formas de dominación política. Para ello, han sido necesarias tres condiciones. La primera es la de las formas de legitimación de dicha dominación política; la segunda, las técnicas y mecanismos que han adoptado dichas formas de dominación para ser efectivas, y la tercera, el papel del individuo —de los individuos— en la gestión de todo ello. La historia del pensamiento político tiene que ver con la triangulación de estas coordenadas. Y releer ahora (2019) a Weber te hace sentir modesto y humilde, porque tienes la sensación de que ya dijo lo esencial de la cuestión.
Difícil decir más en menos espacio, para definir la naturaleza última de la cosa pública. Y como bien dijo en su día Raymond Aron, hay un vínculo importante entre Weber y la sacralización del Estado y sus funciones, así como su teórica “desvinculación” de cuestiones morales o religiosas. Un excelente especialista en Max Weber (en el ámbito académico hispanoparlante), Joaquín Abellán, ha publicado un excelente estudio introductorio sobre Max Weber y en concreto sobre el texto objeto de esta reflexión (Estudio preliminar, en Max Weber. La política como profesión, Biblioteca Nueva, 2018).
Una de las cuestiones más útiles —para un lector no germano parlante— es que nos da algunas aclaraciones sobre el término beruf, concepto alemán de “profesión”. En otras obras traducidas al castellano, otros autores citan este trabajo de Weber con el título de La política como vocación. No es lo mismo, a primera vista y desde el lenguaje común. Afirma Abellán que no es un término nada fácil de traducir, y nos remitimos a su autorizada capacidad para ello: “La traducción castellana de beruf que da título a las conferencias de Max Weber sobre la ciencia y sobre la política no resulta en absoluto fácil, pues estamos ante un término alemán con un contenido conceptual específico que no encuentra un paralelismo exacto en español. La dificultad en la traducción se corresponde precisamente con la constatación de Max Weber de que beruf es un concepto en cuya historia se registra un origen religioso protestante, que no tienen, sin embargo, los términos con que se traduce habitualmente beruf a los idiomas del mundo católico”.
Seguramente aquí está el núcleo esencial de la cuestión, que además nos plantea otra cuestión tradicionalmente olvidada (o tratada de modo muy marginal), cuál es el papel sociológico que han desempeñado las religiones en Europa, desde el punto de vista de la conformación de nuestras diversas culturas cívicas o políticas. En síntesis, y aquí la impronta de Lutero es indiscutible, la dimensión trascendente (religiosa) del trabajo cotidiano de uno es hacerlo bien, con esfuerzo, con integridad, en el seno de la sociedad que es la suya, de acuerdo con el lugar que Dios te ha dado en el mundo. No en un convento, no en una orden religiosa o en un monasterio. Para el protestantismo, debes hacerlo en el mundo como espacio social de tu vida individual.
En el mundo —como contexto social— hay muchas injusticias, el mal existe, no siempre (de hecho muy pocas veces) hacer el bien tiene recompensa. Las propias religiones, como anhelos colectivos, tienen que desenvolverse entre el mal y el bien (que suele ser designado, en términos absolutos, como un Dios justo y todo poderoso). Estamos ante la no-racionalidad el mundo real, y la ética de las convicciones no siempre será suficiente como guía para el político como profesional.
En concreto, no aporta soluciones viables apoyadas en la certeza de la justificación de los medios necesarios para alcanzar los fines deseables, y en relación con el contexto de su tiempo, por supuesto, aparece la cuestión de la violencia, a cargo de quién, para qué fines, y con qué límites. De modo que la “ética de las convicciones” debería ser necesariamente ponderada, en aquellos que optan por la política como profesión, por la “ética de la responsabilidad”, una adaptación de los valores “absolutos” a los límites de una “realidad” social heterogénea, pragmática.
Como dice Weber: “Nuestros partidos parlamentarios eran y son gremios. Cada discurso que se pronuncia en el pleno del Reichstag ha sido examinado previamente en el partido. Esto se nota en su inaudito aburrimiento”. Por ello, nuestro autor se pregunta por las formas que vayan a adoptar las diversas “profesionalizaciones” que ofrecerá la política en el futuro. Uno está tentado de responder: ahora ya lo sabemos, las que nos vaticinaba Weber pero en mucho peor.
Es cierto que en el terreno de las conclusiones, Weber nos plantea un futuro tan lúcido como tenebroso, a la luz de lo que nosotros ahora sabemos sobre las décadas posteriores a su conferencia: “Lo que tenemos ante nosotros no es la alborada del estío, sino una noche polar de una dureza y una oscuridad glacial…”. “La política (como profesión) significa horadar lenta y profundamente unas tablas duras con pasión y con distanciamiento al mismo tiempo...”. Y muchas más ideas y argumentaciones de enorme valor que Max Weber nos dejó dichas y escritas en 1919. Debería ser de obligado cumplimiento para todo aspirante a “hacer política”, y a optar por “la política como profesión”, leer este texto. Que no cabe en 140 o 280 caracteres. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt