martes, 11 de abril de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] Mis últimos papas. [Publicada el 18/09/2013]










"Sic transit gloria mundi": Así pasan las glorias del mundo... Hoy hace un año que murió Santiago Carrillo. No he leído, visto ni oido ni una sola palabra al respecto en prensa, radio o televisión, salvo (la excepción que confirma la regla) el sentido reconocimiento que le hace el juez Baltasar Garzón en El País de hoy. El comunismo nunca ha sido una opción para mí, pero Santiago Carrillo, sin duda uno de los artífices y protagonistas principales de la tan denostada (por otros) "Transición española a la democracia", se merecía un recuerdo: no lo ha tenido, pero yo le rindo mi sincero homenaje de respeto y admiración por lo que hizo durante ella y por como lo hizo.
Pero también se podía aplicar el latinajo al "Estado de Bienestar", que el Discurso de la Corona del rey de los Países Bajos (escrito por el gobierno, no por él), da por finiquitado, enterrado y olvidado en el país de los tulipanes... ¿y en Occidente? En España ya hiede, pero en fin..., hoy no quería hablar ni de Santiago Carrillo ni del Estado de Bienestar o lo que quede de él, sino de la iglesia católica, y más en concreto de sus últimos papas.
Para mí, la Historia de la Iglesia Católica, y mi relación afectiva con ella, se acaba un 3 de junio de 1963, ha hecho cincuenta años, con la muerte de Angelo Giuseppe Roncalli, el papa Juan XXIII. Ese mismo día, con 17 años, salía por vez primera yo solo de viaje, rumbo a la Academia General Militar, en Zaragoza. No aprobé el ingreso en la misma, y aquel hecho cambió mi vida para siempre, y para bien.
Cinco años antes su elección como papa también pareció cambiar el rumbo de la Iglesia Católica. Y no sólo por la convocatoria del Concilio Vaticano II, cuya apertura llegó a presidir. También por hechos tan significativos como el de ser el primer papa en salir de los muros de San Pedro desde 1870, donde sus antecesores se habían encerrado como protesta por la designación de Roma como capital del Reino de Italia. También fue el primer papa en visitar una por una las parroquias de su diocesis, como obispo de Roma. Y su primera visita fuera del Estado Vaticano fue a una cárcel, la famosa prisión romana "Regina Coeli"... También fue el primero, en 400 años, en reunirse con el arzobispo anglicano de Canterbury... Fueron solo gestos, pero significativos... Y luego, su inmensa sonrisa, siempre franca y abierta... Afectivamente, fue mi último papa...
En mis 67 años de vida he conocido siete papas en el trono del Estado de la Ciudad del Vaticano: Del antecesor de Juan XXIII, Pio XII, guardo la imagen de un hombre de perfil pétreo, siempre adusto y serio en sus fotos, del que más tarde se supieron hechos que ponían en entredicho su pontificado. De su sucesor, Pablo VI, tengo mejor recuerdo; sobre todo de su trascendental discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York, que dijo en francés, y que seguí con gran interés por televisión; de su impulso al Concilio Vaticano II, que culminó; de su enfrentamiento público con el régimen franquista, que yo no entendí bien hasta más tarde. Le sucedió en el trono Juan Pablo I, de cuyo efímero reinado algunos han querido hacer una novela de misterio, y del que pienso que pudo ser, si la Fortuna le hubiera dejado vivir, un gran bien para la Iglesia y el mundo. Con Juan Pablo II, su sucesor, reconozco que nado contra corriente: todo su reinado me parece negativo para la Iglesia; derribó con alevosía y premeditación todo lo proyectado por el Concilio; cerró las puertas de la iglesia a cal y canto a cualquier posibilidad de reforma; se obsesionó con el sexo como si la virginidad fuera la virtud más excelsa del cristiano; pero fue también un gran comunicador y un excelente actor, que supo convertir su muerte en el mayor espectáculo de masas de la historia. De su sucesor, Benedicto XVI no cabe decir mucho: su puesto de Inquisidor General durante el reinado de su antecesor, y su vinculación profunda con éste, definen su pontificado. Era un estudioso, un teólogo, no un gobernante. Su abdicación le honrra como persona. Del actual papa Francisco, no me atrevo a emitir juicio alguno; ha levantado esperanzas inéditas en la iglesia desde hace siglos. Eso de una iglesia pobre y para los pobres ha levantado ronchas en la durísima piel de buena parte de la curia. ¿Le dejarán? Y sus últimas declaraciones a la revista Razón y Fe, seguro, han tenido que dejar con cara de espanto a la mayoría de los que le auparon al trono. ¡Estos jesuitas, siempre dando la nota para bien o para mal! El periódico La Razón, portavoz de la derecha más rancia española, le tacha de ingenuo; tengo la impresión de que los ingenuos son ellos. Iba a añadir que no es mi problema, ni me preocupa, pero no sería verdad del todo. Le deseo mucha suerte; la va a necesitar...
La reflexión anterior viene provocada por la relectura del artículo que en El País del 27 de septiembre de 2008, titulado "El día que Juan XXIII cenó aparte", escribió Hilari Raguer, historiador y monje benedictino en Montserrat, con motivo del cincuenta aniversario de la elección como papa de Juan XXIII. Lo pueden leer más abajo.
Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates: "Ιωμεν", vámonos. Tamaragua, amigos. HArendt













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