sábado, 22 de noviembre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 22 DE NOVIEMBRE DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 22 de noviembre de 2025. ¿Anatomía psicológica de los cazadores de Sarajevo? ¿Perfil inquietante de quien mata por placer?, se lee en la primera de las entradas del blog de hoy: Estas personas pagaban altas sumas de dinero por la oportunidad de matar desde la distancia y con total impunidad. Anoche, Rusia atacó a civiles ucranianos con más de quinientos drones, misiles de crucero y cohetes. La mayoría fueron derribados, pero un cohete alcanzó Ternópil, en el oeste de Ucrania, impactó contra un edificio de apartamentos y mató al menos a veinticinco civiles, entre ellos tres niños, puede leerse en la segunda de ellas. La presunta democracia directa en las formaciones ha devenido en una especie de culto al líder, con lo que desaparece de manera inmediata todo cuestionamiento, se dice en la tercera, y acertar a la hora de señalar un problema en modo alguno garantiza el acierto a la hora de proponer una solución al mismo. Reprimo con frecuencia el impulso de criticar a la vez esto del Gobierno y aquello de la oposición para evitar que de mis palabras pudiera concluirse que todos son iguales, puede leerse en el archivo del blog de hoy, publicado en noviembre de 2024; no lo son, pero tienen una cosa en común: no pueden tomar decisiones o promulgar leyes por las que el dinero se sienta amenazado. El poema del día es de un joven poeta hispano-italiano, nacido en 1986, que comienza con estos versos: Cuando exhibís su vestido nuevo, recién lavado,/cuando habláis de su primera palabra, su primer diente,/o dudáis si es mejor darle el pecho o leche en polvo. Y la última entrada del día, como siempre, son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. Y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt














LOS CAZADORES DE SARAJEVO: EL PERFIL INQUIETANTE DE QUIENES MATAN POR PLACER

 







Anatomía psicológica de los cazadores de Sarajevo: el perfil inquietante de quien mata por placer. Estas personas pagaban altas sumas de dinero por la oportunidad de matar desde la distancia y con total impunidad, escribe en la revista Ethic (19/11/2025), Fernando Díez Ruiz, profesor de la Facultad de Educación de la Universidad de Deusto. Durante el asedio a Sarajevo, comienza diciendo, entre 1992 y 1996, mientras muchos ciudadanos huían diariamente de las balas y explosiones con la urgencia de quien sabe que cada segundo puede ser el último, se escondía otra verdad aún más perturbadora.

No todos los que disparaban desde las colinas o desde los edificios de la conocida como avenida de los francotiradores –Bulevar Mese Selimovica–, en el centro de la ciudad, eran milicianos. Entre esos francotiradores, según revelan las investigaciones y la denuncia del escritor Ezio Gavazzeni y de los abogados Nicola Brigida y Guido Salvini, había visitantes extranjeros que viajaban desde Europa occidental para participar en una actividad clandestina que bautizaron como «safari de francotiradores».

Se trataba de hombres que pagaban altas sumas de dinero por la oportunidad de matar desde la distancia y con total impunidad a hombres, mujeres y niños indefensos, como si fueran piezas de caza.

El nexo común entre estos individuos era su pasión por las armas y por la caza. No eran soldados o mercenarios. Eran individuos con dinero que obtenían un subidón de adrenalina matando a personas indefensas, no por odio ni por venganza, simplemente por placer y diversión.

Sarajevo les ofrecía la experiencia definitiva: el componente letal de un conflicto real, la posibilidad de disparar sin restricciones y la impunidad. No iban a la guerra: iban a vivir una experiencia extrema, con mucha adrenalina, algo único.

¿Qué clase de persona hace algo así? ¿Quién mata a alguien que no conoce, no por odio ni rencor, sino por mera diversión? ¿Qué perfil se esconde detrás de tanta perversión y maldad?

La mayor parte de ellos eran personas con buenas posiciones y reputación en sus países: empresarios, profesionales liberales, hombres casados, padres de familia. Rostros que no despertaban sospechas. No se ajustaban al estereotipo de criminal, y justamente por eso el fenómeno resulta tan inquietante.

Eran individuos que, en su vida cotidiana, podían pasar por ejemplares. Pero cuando el avión aterrizaba y cogían el fusil de francotirador, emergía una faceta que permanecía oculta bajo la respetabilidad social. Sarajevo les ofrecía algo distinto: el peligro real, la verdadera guerra, la sensación de poder absoluto sobre la vida de otro ser humano.

Este contraste entre la vida oficial (pulcra, respetada, aburguesada) y la vida secreta (cruel y violenta) revela la existencia de una grieta psicológica profunda: una doble identidad moral. Pero este perfil no surge de la nada. ¿Qué factores pueden explicarlo?

1. La adrenalina como argumento. Se trata de individuos con una alta necesidad de sensaciones intensas. Para ellos, la rutina es una forma de encierro. Necesitan estímulos externos para sentirse vivos. El psicólogo Marvin Zuckerman apuntó a este rasgo de personalidad en su obra Sensation Seeking: Beyond the Optimal Level of Arousal (1994), referencia obligada para comprender por qué algunos individuos buscan experiencias extremas incluso si implican riesgo físico o legal. En su forma sana, este rasgo se asocia al deporte extremo. En su forma patológica, combinada con una falta de empatía, puede conducir a la violencia recreativa. La guerra proporciona lo que estas personas no encuentran en la vida cotidiana: intensidad inmediata, riesgo real, descarga de adrenalina y, sobre todo, la ilusión de omnipotencia.

Muchos de estos sujetos no matarían nunca en sus países de origen. Es el contexto el que elimina las barreras. La psicología social lleva décadas documentando este fenómeno. En sus estudios sobre la crueldad ordinaria, Philip Zimbardo ya mostró cómo personas aparentemente normales pueden transgredir límites éticos cuando perciben que el marco social, o la ausencia de él, legitima sus acciones.

Sarajevo, sitiada, sin ley y bajo el fuego constante, ofrecía la coartada perfecta: nadie pedía explicaciones, nadie controlaba quién llegaba o quién se marchaba, y la línea entre combatiente y visitante se difuminaba en la confusión de la guerra urbana.

2. La deshumanización: requisito previo para matar. Ninguna de estas conductas sería posible sin un proceso psicológico fundamental: la deshumanizacion del otro. La psicología ha demostrado que la violencia extrema requiere un paso previo: convertir a la víctima en objeto. Ervin Staub señala en su obra The Roots of Evil (1989) que en todos los genocidios del mundo hubo un proceso de deshumanización que permitió que personas normales se transformaran en verdugos.

En Bosnia bastaba con convertir a los ciudadanos en «objetivos» o «blancos móviles». La distancia física se convertía en distancia emocional. El cazador ya no veía a la persona; veía la silueta en movimiento, una diana.

3. Sadismo vestido de aventura. Posiblemente todos estos individuos compartan un rasgo característico: un sadismo cotidiano que, en circunstancias normales, queda reprimido. Personas capaces de disfrutar secretamente del sufrimiento ajeno, aunque jamás lo reconozcan en público. El acto mismo de localizar a alguien, apuntar, esperar el momento, se convertía en una forma de goce. No era solo violencia: era entretenimiento.

Aquí se abre la grieta más preocupante: cuando el sufrimiento humano se convierte en un espectáculo, el mal deja de ser una anomalía y empieza a ser una opción.

4. El narcisismo maligo: el poder como placer. El perfil psicológico de quienes buscan esta experiencia extrema suele incluir un componente narcisista. Con el dinero se compraba la sensación de que todo es posible. Se compraba un viaje a un escenario de guerra con ausencia de límites, disponibilidad de víctimas vulnerables, anonimato total y la oportunidad de ejercer dominación absoluta.

Este narcisismo moral (creencia de que uno está por encima de cualquier norma) explica por qué personas con buena reputación podían transformarse en verdugos temporales sin remordimiento alguno. En Bosnia se sentían impunes, habían pagado para ello, y ese sentimiento es por sí uno de los catalizadores más peligrosos de la violencia humana.

Para Eric Fromm el poder sobre otro humano es la forma más extrema de confirmación narcisista. El narcisista extremo no busca matar por ira, sino por reafirmación. El acto de disparar sobre un desconocido desde la distancia reafirma a un omnipotente.

Lo que revela sobre nosotros. Estos casos no solo hablan de individuos desviados, sino de una parte oscura de la condición humana. La violencia, cuando aparece lejana y sin consecuencias, se vuelve atractiva para quienes buscan intensidades que la vida ordinaria no puede proporcionar.

El hombre puede convertirse en un demonio o en un santo, tal y como podemos deducir de la obra de Viktor Frankl, dependiendo de las decisiones que tome y del contexto en el que se encuentre.

Sarajevo nos demuestra, como en otros lugares antes y después, que donde la ley desaparece, algunos corren hacia la luz… y otros hacia la oscuridad.

Cuando un conflicto estalla, no solo se movilizan ejércitos; también emergen los rincones más oscuros de la psicología humana. Y mientras existan personas dispuestas a pagar por experimentar violencia sin consecuencias, siempre habrá guerras que actúen como imán. Fernando Díez Ruiz


















COMO NEGOCIAR CON RUSIA. EXPLICACIÓN SOBRE LA HISTORIA, EL DERECHO, Y UCRANIA

 







Anoche, Rusia atacó a civiles ucranianos con más de quinientos drones, misiles de crucero y cohetes. La mayoría fueron derribados, pero un cohete alcanzó Ternópil, en el oeste de Ucrania, impactó contra un edificio de apartamentos y mató al menos a veinticinco civiles, entre ellos tres niños. En todo el país, edificios de apartamentos, tiendas, oficinas de correos y centrales eléctricas ardieron en llamas. Este es el último crimen de guerra masivo en la guerra criminal de Rusia, escribe en Substack (19/11/2025) el historiador Timothy Snyder, profesor en la Universidad de Yale.

Mientras tanto, nos enteramos de que Putin y Trump (o sus emisarios) han estado consultando en secreto sobre una solución al conflicto que sea del agrado de Rusia. Dados los riesgos inherentes de permitir que un agresor decida el resultado de su guerra, intentaré dar un paso atrás y ofrecer una breve perspectiva histórica sobre cómo podrían funcionar las negociaciones. Aquí presento diez principios básicos.

En una negociación eficaz, no se hacen concesiones por adelantado. Nadie sabe aún qué estamos cediendo (en nombre de los ucranianos) en la presente propuesta, pero en el pasado, la administración Trump planteó enormes concesiones: que Ucrania no se uniera a la OTAN; que los rusos no fueran juzgados por crímenes de guerra; que Rusia no pagara reparaciones de guerra. Es contraproducente e injusto hacer concesiones por adelantado a cambio de nada, y especialmente hacerlas en nombre de otros.

Hay que escuchar a los ucranianos. Los funcionarios del estado agresor ruso se alegran de que su postura sea la base de la propuesta estadounidense. Los estadounidenses deberían escuchar a los ucranianos. Los rusos saben por qué invadieron Ucrania. Saben cómo creen que pueden dominarla y destruir su independencia. Hay pocos indicios de que esta administración haya comprendido que estos son los objetivos de Rusia o que entienda lo suficiente sobre el funcionamiento de los estados ucraniano y ruso como para reconocer el peligro. Si no se permite a los ucranianos señalar lo obvio, no solo ellos, sino todos sufriremos. En publicaciones anteriores profundizo en estos temas.

Es improbable que los acuerdos que excluyen a las partes relevantes tengan éxito. Tras la Primera Guerra Mundial, los países considerados agresores quedaron prácticamente excluidos de la parte sustancial de las negociaciones. Hubo otras causas de la Segunda Guerra Mundial, pero esta fue una de ellas. La situación actual es mucho más dramática: el país que es claramente la víctima, Ucrania, ha sido excluido. Lo que nos lleva a:

Es importante cómo comenzó la guerra. Desde la Segunda Guerra Mundial, un principio básico del orden internacional ha sido que la agresión para modificar las fronteras estatales es ilegal. Un acuerdo que beneficie a Rusia debilita el orden internacional y aumenta la probabilidad de futuras guerras. Un acuerdo que defienda a Ucrania tiene el efecto contrario: fortalece el orden mundial y reduce la probabilidad de futuras guerras.

Una guerra nuclear sería un resultado nefasto. Al resistir con éxito a Rusia, Ucrania reduce considerablemente el riesgo de una guerra nuclear. Pero si Ucrania es vista como derrotada (por ejemplo, al ser obligada a aceptar un acuerdo injusto), otros países de Europa y Asia concluirán que necesitan desarrollar armas nucleares para disuadir una futura invasión rusa (o china). Esto ya se debate ampliamente y es de conocimiento general. La proliferación nuclear conducirá a un mundo mucho más peligroso y a una probabilidad matemáticamente mayor de una guerra nuclear. Para evitarlo, la comunidad internacional debe percibir a Ucrania como una nación que se ha defendido con éxito. Esto constituye un freno razonable a cualquier acuerdo propuesto.

Los participantes deben tener en cuenta sus propias vulnerabilidades. El deseo del presidente Trump de ganar el Premio Nobel de la Paz es quizá la vulnerabilidad emocional más conocida en la historia de las relaciones internacionales. Pero si este deseo conduce a un intento precipitado e irreflexivo de alcanzar un acuerdo de paz, la guerra no hará sino empeorar. Los rusos estarán encantados de apoyar una campaña de relaciones públicas para que Trump obtenga el premio, incluso mientras intensifican su guerra contra Ucrania tras un intento de paz desacertado.

La política interna de los países importa. Las democracias son diferentes de las tiranías y luchan por razones distintas. Rusia lucha porque Putin tiene ideas personales sobre su lugar en la historia, entre otras cosas. Ucrania lucha porque los ucranianos no desean ser subyugados. Por consiguiente, para lograr que Ucrania ponga fin a la guerra, es necesario involucrar al pueblo ucraniano, y no solo al presidente Zelenski. El gobierno estadounidense parece partir de la premisa de que la guerra es esencialmente una disputa territorial entre dos hombres. Pero los ucranianos no luchan por Zelenski. Luchan por sus vidas y por una concepción de lo que significa una vida digna. Aunque nosotros lo intentemos, ellos no pueden olvidar las campañas de asesinatos en masa, la tortura masiva y el secuestro masivo de niños. Por lo tanto, las «garantías de seguridad» no son una abstracción.

Los mecanismos de aplicación de la ley son necesarios. Rusia ha violado todos los acuerdos que ha firmado con Ucrania. Las garantías de Moscú de que Rusia no atacará son contraproducentes. Las promesas de que brindaremos ayuda carecen de fundamento; ya las dimos en 1994, cuando Ucrania renunció a sus armas nucleares, y no sirvieron de nada. Los mecanismos de aplicación de la ley implican acciones que se activen automáticamente ante una nueva agresión rusa. Y esto solo es posible dentro de las instituciones. Los ucranianos tienen razón al querer unirse a la OTAN. Es una garantía de seguridad real. Rusia ataca a países que no son miembros de la OTAN. No ataca a países que sí lo son.

Para Ucrania, el concepto crucial es la soberanía. Lo mismo ocurre con Rusia: el objetivo es garantizar que esta guerra desemboque en una situación sin un Estado ucraniano soberano. Esto implica que los negociadores deben ser muy cautelosos para evitar cualquier injerencia rusa en la política interna ucraniana, como por ejemplo, exigir cambios en la constitución o la aprobación de alguna ley. Por otro lado, también significa que los negociadores deben respetar los principios básicos de la política exterior de un país: elegir a sus propios aliados, decidir si se estacionan tropas extranjeras en su territorio y formular su propia defensa y política exterior. Un acuerdo que no respete la soberanía ucraniana en estos aspectos fundamentales no solo sería ilegal e injusto, sino que recompensaría la agresión rusa de la forma más esencial, garantizaría más agresiones y desestabilizaría la región y el mundo.

La paz es más que la ausencia de hostilidades en un momento dado. La paz debe significar la reconstrucción de Ucrania. Si la reconstrucción de Ucrania no es el eje central de un acuerdo de paz, esta no podrá mantenerse. La reconstrucción ofrecerá enormes oportunidades de negocio para los aliados de Ucrania, mucho más significativas y predecibles que cualquier otra disponible en Rusia. Ucrania necesita ayuda a largo plazo para sus organizaciones no gubernamentales, sus regiones y su gobierno central, así como su ingreso en la Unión Europea. Esto no se puede lograr si los negociadores tienen prisa. Y, por supuesto, requiere la participación de todos los aliados de Ucrania.

En una publicación anterior, profundicé en los posibles problemas, con mayor detalle que aquí. En un video anterior , analicé algunos de los problemas subyacentes de las negociaciones con Rusia. Espero que este ensayo aclare la situación en medio de la confusión actual.

Esta guerra puede terminar, pero la lógica fundamental sigue siendo la misma: hay que apoyar a los ucranianos para que Rusia deje de aspirar a destruir su país. Ese es el punto de partida. Las negociaciones funcionarán cuando se haya logrado eso. Timothy Snyder























CESARISMO Y DISCREPANCIA EN LOS PARTIDOS POLÍTICOS

 







La presunta democracia directa en las formaciones ha devenido en una especie de culto al líder, con lo que desaparece de manera inmediata todo cuestionamiento, escribe en El País (19/11/2025) el filósofo y expresidente del Senado, Manuel Cruz. Acertar a la hora de señalar un problema en modo alguno garantiza el acierto a la hora de proponer una solución al mismo, comienza diciendo. Esta obviedad, de carácter prácticamente universal, resulta de especial provecho cuando se aplica al análisis de las formaciones políticas. Probablemente de las más tradicionales se pueda sostener que han llegado a nuestros días prácticamente exhaustas, necesitadas de un importante revulsivo que sirviera para hacer limpieza de aquellos elementos negativos y aquellas prácticas viciadas que perjudicaban su buen funcionamiento. Pero, aplicando la conocida instrucción de Chesterton según la cual no habría que encargar la reforma de una institución u organismo a alguien que nunca terminó de entender el sentido del mismo, conviene no perder de vista que la complejidad de dichas organizaciones no era un mero capricho burocrático o la excusa para convertir en funcionarios del partido a los afiliados más disciplinados u otros tópicos de parecida naturaleza, no por reiterados más ciertos. Los diferentes niveles de dichas formaciones cumplían una función de mediación entre las bases y la dirección, constituían los espacios en los que las demandas y reivindicaciones que venían de abajo iban tomando forma y donde las directrices de actuación para dar respuesta a aquellas eran debatidas antes de convertirlas en argumentarios y consignas. Que —ley de hierro de la oligarquía mediante— llegara un momento en el que no cumplían de manera adecuada esa función no hace buena automáticamente la opción de prescindir por completo de las mismas.

En todo caso, en tales instancias intermedias cabía —aunque a menudo fuera una rareza— el debate interno, la discrepancia enriquecedora. Sabemos en nombre de qué han sido eliminadas prácticamente todas. Ninguna ha resistido el ataque desatado la década pasada por una alternativa que utilizaba como munición un orden de consignas prácticamente imbatible del tipo “devolver la voz a la militancia”, “recuperar la democracia directa” y similares, que colocaban a quien osara cuestionarlas en una posición francamente incómoda. También hemos tenido sobrada ocasión de comprobar a qué funcionamiento real daba lugar el triunfo de quienes defendían estas consignas. La presunta democracia directa ha devenido cesarismo, cuando no culto al líder, desapareciendo de manera inmediata prácticamente toda discrepancia.

Tenemos derecho a sospechar que ello no ha ocurrido por casualidad, sino que ha resultado ser el efecto poco menos que inevitable de las nuevas premisas, aparentemente regeneradoras. Es cierto que incluso en formaciones que han visto devaluado de manera notable el debate interno todavía se conserva el tópico de que la discusión se ha de desarrollar dentro de los órganos del partido, y que a la hora de salir a la calle lo que debe primar es la imagen de unidad. Al margen de que tenga serias dudas respecto a la validez de dicho tópico (reconozco que me suscitan una mayor simpatía, porque me transmiten la sensación de una mayor fortaleza teórico-política, las organizaciones en las que las voces discrepantes no se ven automáticamente descalificadas por desleales), lo cierto es que si nos atenemos a la realidad de los hechos no parece ser el caso que en las formaciones reestructuradas bajo el señuelo de la democracia directa, la democracia interna esté efectivamente más presente que antaño. Más bien parece exactamente lo contrario.

Valdría la pena plantearse en qué medida ambos aspectos se encuentran íntimamente ligados. Tal vez el viejo argumento según el cual hacer públicas las diferencias debilita a la organización, además de no describir la realidad, ha pasado a ser un argumento completamente farisaico. Porque da la impresión de que el problema es otro. Acaso el problema sea que, en una organización debilitada precisamente por quienes se presentaban como sus regeneradores, para quien representa un peligro la discrepancia no es para el conjunto del partido sino para quien se ha alzado con el santo y la limosna, esto es, para quien tiene en sus manos el completo control de la dirección política.

En el fondo, la lógica que rige estas situaciones es muy sencilla. Cuando una decisión es colectiva, el error recae sobre la totalidad del grupo mientras que si es unipersonal la rendición de cuentas de quien ha asumido todo el poder deviene rigurosamente inexcusable. Nos encontramos, en ese sentido, ante un arma de doble filo. Los éxitos, sin duda, resultan en semejante contexto extremadamente gratificantes para el líder, en la medida en que se presentan como la prueba palpable de su genialidad, intuición, arrojo, capacidad de resiliencia o de la cualidad que los turiferarios de turno determinen en cada momento. La otra cara de la moneda, en cambio, ya no resulta tan gratificante. Porque ser el único responsable implica que, en el caso de los errores que pueda cometer la formación política que dirige, sobre el líder recae toda la responsabilidad. Lo que es como decir, resumiendo, que quien tiene el poder absoluto tiene la responsabilidad absoluta.

Es en este marco en el que se debe entender la creciente resistencia a la menor discrepancia en el seno de las organizaciones políticas. Dicha resistencia es, en el fondo, síntoma de una profunda debilidad, la del líder que teme que la menor crítica termine virando en dirección al cuestionamiento de su poder omnímodo. Obviamente, ese temor nunca se reconoce como tal sino que se oculta tras argumentos de diverso tipo, pero que poseen el común denominador de su debilidad. Está, por ejemplo, el de carácter pragmático según el cual un partido no debe mostrar sus vergüenzas en público porque las discrepancias de cualquier tipo desagradan a los electores, que terminan por penalizar, a la hora de ir a las urnas, a las formaciones que las exhiben. Otro disfraz de ese mismo miedo lo constituye el argumento, más débil si cabe, de que cualquier crítica puede ser utilizada como munición por el rival electoral, por lo que discrepar no deja de ser en última instancia una forma de hacerle el juego precisamente a quienes más deberían ser atacados. Por último, estaría el argumento con mayor carga política, y es el que pasa por confundir discrepancia con disidencia, como si el más mínimo desacuerdo, pongamos por caso, con una iniciativa particular del gobierno o del partido, equivaliera al completo cuestionamiento de su estrategia, cuando no de sus principios fundacionales.

Probablemente, llegados a estas alturas, sea tensar un poco la cuerda de la argumentación evocar a La Boétie y su servidumbre voluntaria (aunque la tentación de hacerlo sea grande). Tal vez bastaría plantear la cosa en términos de una paradoja, la que parece constituir al, vamos a llamarlo así, cesarismo democrático. Porque, efectivamente, el nuevo orden interno de la organización tiene como momento fundacional una decisión colectiva, con las bases tomando la palabra, la militancia recuperando su propia voz, o cualquier imbatible formulación parecida. La paradoja viene en el momento en el que se constatan los efectos de aquella decisión, con todas las voces discrepantes silenciadas y las palabras críticas marginadas, cuando no directamente canceladas. Las bases han aupado al líder, pero esa relación no tiene camino de vuelta. De ahí que la paradoja bien podría quedar formulada en estos términos: siendo plenamente conscientes o no, quienes habían promovido una relación directa de los militantes con la dirección de la organización terminaron por transferirle a esta toda la capacidad de decisión. Con lo que, en la práctica, lo que acabaron decidiendo fue dejar de decidir, eligieron dejar de elegir, votaron no votar hasta el momento en que el jefe aclamado lo determine. Decidieron, en definitiva, no pensar por cuenta propia y esperar a que, en cada nueva situación, sea la dirección de la formación la que les diga lo que tienen que pensar. Poco nos pasa. Manuel Cruz





















DEL ARCHIVO DEL BLOG. DEL ORDEN DEL CAOS. PUBLICADO EL 29/11/24

 








Reprimo con frecuencia el impulso de criticar a la vez esto del Gobierno y aquello de la oposición por miedo a caer en lo que se ha dado en llamar la “antipolítica”. También para evitar que de mis palabras pudiera concluirse que “todos son iguales”. No lo son, afirma en El País [Un orden caótico, 22/11/2024] el escritor Juan José Millás, muestran sensibilidades distintas ante las desgracias que nos aquejan, pero tienen una cosa en común: trabajan en un contexto económico hiperliberal, así que no pueden tomar decisiones o promulgar leyes por las que el dinero se sienta amenazado. De ahí el declive ininterrumpido de las clases medias y bajas; de ahí el aumento de los trabajadores pobres; de ahí que la vivienda haya devenido un bien de mercado inaccesible; de ahí el descenso alarmante de la natalidad; de ahí que, gobierne quien gobierne, el destino de los hijos sea el de arrastrar una vida menesterosa, comparada con la de quienes crecieron en un mundo en el que la lógica depredadora del capital tenía como contrapeso la alternativa imaginaria del modelo soviético y de los países socialistas, que resultaron un fiasco.

Las únicas sociedades que se han demostrado viables son las de mercado. Pero no es lo mismo el mercado, donde el comprador es un cliente, que el hipermercado, donde el cliente es un consumible. Debería ser lícito, por tanto, declararse antisistema sin ser asimilado de manera mecánica a la antipolítica o a la ultraderecha. Un socialdemócrata flojo, en los tiempos que corren, podría pasar perfectamente por un rojo frenético. De ahí también la crecida feroz de la desigualdad, que no se debe tanto al empobrecimiento del sistema como a la transferencia de rentas de las clases medias y pobres a las privilegiadas. Fue precisamente el multimillonario Warren Buffett el que se quejó de pagar menos impuestos que su secretaria. Dejemos de predicar, pues, que no hay orden posible fuera del sistema (resulta inimaginable un caos mayor que el del sistema) y preguntémonos qué hacer.














DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, TANATORIO, DE ÁNGELO NÉSTORE

 







TANATORIO


No es una mujer limpiando una lápida,

sino una madre bañando a su hijo.

Javier Fernández


Cuando exhibís su vestido nuevo, recién lavado,

cuando habláis de su primera palabra, su primer diente,

o dudáis si es mejor darle el pecho o leche en polvo


yo os cogería a todos de la mano,

os llevaría en silencio al velatorio de mi cama,

donde mi hija juega eternamente a hacerse la muerta.

Os mostraría el color de sus ojos fingidos,

su cara hinchada de sueño acumulado,

los dedos arrugados, el pelo limpio,

tras bañarla cada noche con esmero.


Miradme. Yo también soy un buen padre.




ÁNGELO NÉSTORE (1986)

poeta hispano-italiano


























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY SÁBADO, 22 DE NOVIEMBRE DE 2025

 




































viernes, 21 de noviembre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY VIERNES, 21 DE NOVIEMBRE DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 21 de noviembre de 2025. Sesenta y dos años no son nada a escala cósmica, puede leerse en la primera de las entradas del blog de hoy; a escala humana es otro cantar. Resulta bastante probable que una persona pueda celebrar el aniversario de un hecho que vivió, conoció y le afectó para bien o para mal cincuenta años antes; que pueda conmemorar o recordar ese mismo hecho cien años después, resulta, por desgracia, bastante improbable. Al explicar la Historia, se comenta en la segunda entrada del día, toca incidir en las historias que pueden contar todavía aquellos a los que nadie rebatirá lo que fue vivir sin libertad. El horizonte que asoma en nuestras sociedades, se lee en la tercera, no es orwelliano, con un Gran Hermano que todo lo vigila, sino huxleyano: una tiranía del placer y la distracción, que no deja tiempo para nada más. El archivo del blog de hoy es de hace justamente un año, y versa sobre las asombrosas meteduras de pata del PP español en Europa, cuando la nueva Comisión propuesta por la presidenta Ursula von der Leyen fue aprobada en su totalidad por el Parlamento Europeo, con Teresa Ribera en la vicepresidencia con mayor peso. El poema del día es de un joven poeta macedonio del norte, nacido en 1985, que comienza con estos versos: ¿Cuál era el mundo que se deslizó/como arenilla entre tus dedos/cuando éramos niños del cielo. Y la última entrada del día, como siempre, son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. Y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt