sábado, 15 de noviembre de 2025

DE LA POSVERDAD COMO FIN DEL MUNDO COMÚN.

 







Máriam Martínez-Bascuñán (Madrid, 1979) es profesora de Teoría Política en la Universidad Autónoma de Madrid. También ha sido directora de Opinión del diario El País y sobre todo una estudiosa de Hannah Arendt, de cuya mano visita los desafíos de posverdad y credibilidad que afrontan las democracias actuales en su último libro, ‘El fin del mundo común‘ (Taurus, 2025). Bascuñán abre una grieta nueva al señalar que la gran amenaza que se cierne sobre nuestra sociedad es la fractura de ese horizonte compartido sobre el que se asienta la convivencia. Pero no todo está perdido. Pedro Silverio (Madrid, 1977) estudió Periodismo, pero la vida le acabó llevando por los caminos de la filosofía. Tras una dilatada carrera en medios, nos encontramos con él con ocasión de la presentación de su primer libro, ‘La muerte de la verdad en democracia: cómo las elecciones nos trajeron la posverdad’ (Villa de Indianos, 2024), para hablar sobre democracia, libertades y degradaciones.

Máriam Martínez-Bascuñán y Pedro Silverio hablan en la revista Ethic (11/11/2025) que la posverdad es el fin del mundo común, que el mundo común se está acabando. Si es así, ¿qué nos deparará el futuro? Yo hablo del fin del mundo común, comienza diciendo Martínez-Bascuñán, pero no como algo irreversible. Es el diagnóstico que hago. Me detengo en lo que es el mundo común y mi diagnóstico es que la posverdad es esto, el fin del mundo común. Junto a Hannah Arendt defino esta idea del mundo común como aquello que nos conecta y nos separa a la vez. Nos conecta porque estamos todos en la misma realidad, pero al mismo tiempo nos separa porque cada uno la ve desde una perspectiva distinta. Arendt siempre habló de que la democracia tiene que velar para que exista ese mundo común. Que no se trata de que todos pensemos igual, sino que todos podamos discrepar sobre el mismo mundo. La posverdad no es que el político mienta, ya que los políticos han mentido siempre. Lo que pasa ahora es que el político utiliza la verdad o la mentira como un arma de poder para construir una realidad alternativa, que es una ficción. Lo que ha desaparecido es que hemos dejado de habitar en el mismo mundo. Para que haya un mundo común tenemos que mirar todos a ese mundo y discutir sobre él. El mundo común es también la erosión de todos esos intermediarios, de todas esas instituciones invisibles que ayudaban a sostener el suelo compartido para que fuese posible una conversación, la deliberación pública, e incluso las reglas del juego democrático. En el momento en el que caen todas esas instituciones invisibles con todos los consensos, es posible creer en realidades alternativas y en mundos ficticios que el líder es capaz de imponer. Lo vimos durante la pandemia. Por ejemplo, si alguien llega a decir que el virus no existe o que las vacunas tienen chips para controlarnos, ya no estamos discutiendo sobre el mismo mundo, ya no hay una conversación posible porque hemos roto ese suelo compartido. «Sin pluralidad no hay mundo común», señala. ¿El problema es que los partidos políticos ahora buscan desprestigiar y deshumanizar al rival?

El problema hoy es que de alguna forma hemos sustituido la pluralidad por la lógica tribal. El tribalismo instala una lógica en la ciudadanía en la que la verdad no exige que la entiendas o que te preocupes; lo que exige es pertenencia. La fidelidad al grupo vale más que su propia opinión o que la evidencia, y el juicio crítico se convierte casi en un lujo innecesario. A los políticos les renta esto porque diluyen la pluralidad de perspectivas. Lo que estamos haciendo es meternos en tribus, en burbujas, y el criterio de validación de la verdad pasa por la palabra del líder. Nosotros repetimos lo que dice el líder frente a lo que dice el medio de comunicación desprestigiado o la evidencia científica. Hay que entender qué ha pasado para que esto ocurra, y hay que hacer una autocrítica. Muchas voces han quedado fuera de la conversación pública, fuera del radar de los políticos tradicionales y de los medios, como, por ejemplo, los chalecos amarillos. Lo que ha hecho el populista es decir: «Yo sí os escucho», se hace cargo desde la manipulación de esas demandas y las canaliza a través de la ira. Al darles voz, lo que ocurre es que homogeneiza esas voces, las manipula y, cuando llega al poder, vacía la propia democracia, ya que el populista acaba representándose a sí mismo.

Hoy cobra sentido lo que apunta en el libro de que la tecnocracia de los Draghi deja el camino abonado para los Meloni…

Yo creo que sí. Lo hemos ido viendo con muchos temas, que por ser muy importantes o por considerar que nos jugábamos todo con eso, han salido de la discusión pública. Se han tomado decisiones políticas en nombre de la autoridad científica. Durante la pandemia esto sucedió muchísimo, y algunos políticos se envolvieron en la bandera de la ciencia y se parapetaron en ella para justificar decisiones. Al expulsar a la ciudadanía de ese tipo de decisión y escudarte en la autoridad científica, de alguna forma lo que estás preparando es el camino para la revuelta populista. Cuando se habla o se parapetan determinadas decisiones en élites de expertos, hay un riesgo de deslegitimar otras opiniones que no están especializadas. Esto genera una centralización antidemocrática, una salida tecnocrática de los problemas, que es la antesala del populismo. Cuando no explicas bien lo que quieres hacer o utilizas la autoridad del experto para justificar una decisión y la suprimes del debate público, la gente empieza a imaginar cosas, como que hay un interés oscuro. Un ejemplo claro fue este verano con los incendios. Las autoridades e instituciones parecían abandonar a mucha gente, que se sentía invisible y fuera de las decisiones políticas. El resultado no solamente es la revuelta populista, sino la antipolítica, que acaba siendo aprovechada por la ultraderecha.

¿Y cómo es posible debatir sobre estas cuestiones en medio de tanta polarización?

Es muy difícil porque todo ya ha tomado forma como una guerra cultural; cualquier tema, incluso el cambio climático, se vuelve una guerra de posverdad. Al final, se ha creado mucha confusión en la que ya nadie sabe a quién creer. Lo peor no es lanzar una mentira, sino dejar de creer en todo. Y dejar de creer en todo implica que si alguien te dice que ha ganado las elecciones cuando las ha perdido, pues hay un porcentaje muy importante de la ciudadanía que lo acaba creyendo. Para que esto suceda, han tenido que desprestigiarse los medios de comunicación, las instituciones electorales, las autoridades y los periódicos. Al final, lo que hacemos es adherirnos a la lógica de la tribu, a la narrativa, que además te canaliza la ira y te presenta un rostro de a quién odiar y contra quién protestar.

En el libro señala que «tenemos una ciudadanía más desorientada que un pueblo engañado». ¿Puede ser porque la única ideología propositiva es la de la extrema derecha?

Yo creo que la clave es que se han convertido en buenos narradores políticos. Ellos tienen una forma de ver el mundo que reconoce a esas personas que se han sentido fuera y que da una visión coherente sobre el mundo, aunque sea ficticia. Por ejemplo, cuando Trump dice «Estados Unidos primero», es coherente con querer construir un muro más alto, o coherente con decir «cuidado que los inmigrantes se comen nuestras mascotas y hay que protegernos de estos bárbaros». Ellos son narradores políticos con narrativas perfectamente coherentes y diseñadas. Eso se intenta combatir con datos y con expertos, pero los hechos por sí solos no convencen a nadie. Además de datos y ciencia, lo que se necesita son narradores políticos que sepan contar los hechos de manera que interpelen a la ciudadanía y que nos hagan ver por qué importan.

¿Tenemos que asumir que el debate público va a estar ya para siempre inmerso en falsedades y posverdad?

Un programa político no debería ser reactivo, es decir, no debería estar todo el tiempo contestando las barbaridades del populista y no debería dejarse colonizar por la agenda del populista. Además, los políticos deben ser capaces de llegar a la gente con historias basadas en hechos. Yo creo que hemos menospreciado las emociones. Un político no puede ganar unas elecciones sin movilizar emociones. La clave está en qué tipo de emociones movilizas, si la ira o la esperanza, como hizo Obama. No vas a llegar a la gente solo con autoridad científica. Tienes que, basándote en esa evidencia científica, construir una narración política que convenza a la ciudadanía y la haga sentir protagonista, no espectadora, que la invite a ser parte de la solución, a deliberar, a decidir juntos.

Cuando habla de la autoridad de los expertos, señala que en muchas ocasiones se impone un criterio patriarcal y vale más la opinión de un hombre blanco que la de una mujer experta en el tema nada más que por ser hombre. ¿Hasta ese punto llega la preponderancia masculina?

Bueno, he escrito algunos trabajos sobre esa jerarquía de legitimidad en el espacio público a la hora de opinar. Esto ha sido así a lo largo de la historia; hay voces que gozaban de más autoridad y otras que han estado siempre en los márgenes. Los trabajos que yo cito en el libro tienen que ver con el Brexit y cómo se desprestigiaba a las expertas cuando hablaban de las implicaciones económicas. Ahí el ejemplo claro fue el secretario de Justicia del Reino Unido, Michael Gove, cuando dijo «estamos hartos de los expertos». Pero en el caso de las mujeres, la crítica muchas veces tiene más que ver con la identidad de la propia experta que con los argumentos que da. Esto demuestra la importancia de qué voces cuentan como narradores legítimos en el espacio público y qué voces se han deslegitimado, incluso la voz de la ciencia. Esto nos lleva a distinguir entre la verdad valiente, el discurso valiente, y el otro discurso que pasa por valiente porque dice que habla sin filtros. Y aquí hay una trampa peligrosa: se ha confundido la verdad valiente con el discurso «sin filtros». Verdad valiente es cuando alguien dice algo incómodo basado en hechos, aunque le cueste poder: un científico que advierte sobre el cambio climático contra intereses petroleros, un periodista que investiga la corrupción arriesgando su carrera. Discurso «sin filtros» es cuando alguien dice algo ofensivo o falso y lo presenta como valentía: Trump diciendo que las elecciones fueron robadas, políticos que llaman «valentía» a insultar minorías. No es valentía, es impunidad disfrazada de transgresión. La diferencia es crucial: uno desafía al poder con hechos o desde una voz con conciencia moral. El otro ejerce poder sin consecuencias.

Cierra el libro hablando de los medios de comunicación y el periodismo con una sentencia muy dura: «El objetivo no es tanto salvar al periodismo sino la función pública que realizaba». Si no van a seguir siendo los medios, ¿quiénes serán los nuevos actores que lleven a cabo esta función?

No creo que tengan que ser otros actores, ni que vayamos a volver al mundo de antes. El espacio público ha cambiado y las redes lo han hecho. Hay una lectura positiva en esto: han entrado opiniones que eran totalmente marginales y que han roto el consenso hegemónico. Defiendo la importancia de la crónica y el relato de los hechos a partir de la imparcialidad homérica. La imparcialidad homérica, según Arendt, no guarda silencio sobre el vencido, da testimonio de Héctor y de Aquiles. Lo que hace Homero es mostrar todos los lados con dignidad y preservar esa pluralidad de perspectivas. La imparcialidad homérica no es equidistancia, no es tratar todas las afirmaciones como igualmente válidas, ni es dar el mismo peso a los hechos y a las mentiras. Es dar testimonio de hechos como son. A veces, esa falsa equidistancia hace que se normalicen cosas que nunca deberían haberse normalizado. La clave está en la pluralidad de perspectivas y la imparcialidad, que no es equidistancia. Lo que no podemos es volver a asistir a casos como la cobertura de la BBC en las elecciones de 2024, que ponía al mismo nivel una propuesta de justicia de Kamala Harris que las declaraciones de Donald Trump diciendo que iba a fusilar periodistas. Máriam Martínez-Bascuñán y Pedro Silverio



















DEL ARCHIVO DEL BLOG. LA ESPERANZA, EN POLÍTICA, NO ES UNA VIRTUD. PUBLICADO EL 18/11/2017

 








La esperanza, por muy virtud teologal que la consideren los creyentes, no parece muy válida como vara para medir las cuestiones políticas, ya que las promesas utópicas terminan por postergar la resolución de los problemas concretos, que son los que de verdad importan.

Las bases de la plataforma ciudadana de Ada Colau, comenta el profesor e historiador José Andrés Rojo en El País (18/11/2017), fueron llamadas a pronunciarse sobre el pacto con los socialistas en el Ayuntamiento de Barcelona. De los 10.000 inscritos participaron 3.800 y fueron 2.059 los que se inclinaron por fulminar la alianza, frente a 1.736, el 45,68%, que prefería que ambas fuerzas siguieran trabajando juntas. Parece ser que entre los seguidores de Barcelona en Comú había cundido el descontento porque gobernara con un partido que apoyaba la aplicación del artículo 155. Por lo que se ve, urgía pronunciarse y la alcaldesa decidió sortear tesitura trasladando la decisión a su gente.

Hay quienes interpretan que ese acto de “radicalidad democrática”, esos fueron los términos que Colau utilizó para definir su iniciativa, no significa otra cosa que ganas de bailarle el mambo a los independentistas. El procés ha tenido siempre un punto festivo y nunca viene mal subirse a la corriente del entusiasmo. La radicalidad democrática de Colau le hace así un guiño a la radicalidad democrática de la que siempre han presumido los soberanistas, y que les sirvió para masacrar de un zarpazo las reglas de juego de la Constitución y el Estatut.

Vienen elecciones, luego harán falta alianzas e igual podrían juntarse Esquerra y los comunes para gobernar Cataluña. Comparten esa manera de hacer política que se sostiene en cultivar la esperanza de sus seguidores. Esquerra y el resto de los secesionistas levantaron con tesón la Arcadia feliz de la independencia. Lo de los comunes tiene más que ver con un tuit que lanzó uno de los fundadores de Podemos a propósito del golpe de los bolcheviques de 1917: “Llegó la revolución y hubo esperanza”. No cuentan gran cosa ni las checas, que empezaron enseguida, ni el horror del Gulag.

Hay otro punto de contacto, su visión crítica del consenso que forjaron distintas fuerzas políticas españolas tras la muerte de Franco para conquistar la democracia (no la radical, la otra). Santos Juliá reconstruye en su libro sobre la Transición la época del desencanto. Cuenta que en amplios sectores fue calando la idea que sostenía José Vidal-Beneyto, uno de los referentes intelectuales de aquellos años, que “no había pasado nada de lo que nuestra esperanza esperaba”. “Argumento ciertamente singular”, dice Juliá, “puesto que medía el valor de lo ocurrido”, el complicadísimo andamiaje para salir de una larga y cruel dictadura, “con el metro de nuestra esperanza”.

Tuvo que ser un historiador británico, Raymond Carr, quien finalmente advirtió que todo ese desencanto, que alimenta ahora a los críticos del “régimen del 78”, estaba basado en “una falsa concepción de la democracia y de lo que ésta es capaz de conseguir”. Santos Juliá lo dice de otra manera. Durante aquellos años, “entre ejercicio de poder o cultivo de la utopía, había que optar: o una cosa o la otra. ¿Quién ha visto alguna vez a un utópico, de los de verdad, administrando el presupuesto de un ministerio?”. Pues eso: medir las políticas concretas con el metro de la esperanza no es nunca una buena idea.























DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, TRES AGRAVIOS, DE JOSÉ MARÍA SÁNCHEZ ARANDA

 







TRES AGRAVIOS




En el juego de miradas

pierdo el contacto con tu pupila

tus dedos señalan a otro horizonte

tus labios ya no van a mis heridas

tus pensamientos no son míos


tres golpes me acarician


tus pasos alejándose de mi calma

tus caricias envueltas en el aire

pero sin vida

tus besos en otros hombros y horizontes

tres agravios

y mi alma perdida.




JOSÉ MARÍA SANCHEZ ARANDA (1978)

poeta español

























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY SÁBADO, 15 DE NOVIEMBRE DE 2025

 

































viernes, 14 de noviembre de 2025

LA GUERRA ES LA PAZ; LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD. ESPECIAL 2 DE HOY VIERNES, 14 DE NOVIEMBRE DE 2025

 







¡Vaya, quién lo diría! Donald Trump sigue afirmando que las encuestas que muestran el descontento de los estadounidenses con la economía son “ falsas ”, escribe en Substack (12/11/2025) el Premio Nobel de Economía y Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, Paul Krugman. Pero las contundentes victorias demócratas en las elecciones de la semana pasada podrían haberle hecho reflexionar. Como informó el New York Times , Trump “ha mencionado la asequibilidad tanto en la última semana como en los últimos nueve meses”.

Pero el Times pasó a incurrir en una grave falsa equivalencia: El señor Trump corre el riesgo de encontrarse en una posición similar a la de su predecesor, defendiendo su gestión con estadísticas que no reflejan una realidad preocupante que muchos estadounidenses están sintiendo.

Lo siento, pero esa comparación es falsa. Incluso podría llamarse noticia falsa, porque Trump, de hecho, no cita ninguna estadística. Simplemente miente.

Es cierto que a los funcionarios de Biden les gustaba citar estadísticas que presentaban una imagen favorable de la economía, pero eran estadísticas reales y, de hecho, parecían mostrar una economía en bastante buen estado.

Trump, por el contrario, está inmerso en lo que CNN denomina una "campaña de mentiras" sobre la inflación. Todos sabemos que muchos medios de comunicación tienen desde hace tiempo la costumbre de minimizar la gravedad de sus declaraciones, restándole importancia a lo absurdo de sus comentarios. Lo que vemos ahora es un intento de "lavar la verdad", fingiendo que existe alguna justificación fáctica para mentiras descaradas.

Hablemos un minuto de lo que sucedió bajo el mandato de Biden, y luego pasemos a las afirmaciones descabelladas de Trump sobre los precios.

Los funcionarios de Biden nunca negaron que hubo un repunte de la inflación durante 2021 y 2022. Sin embargo, afirmaron que dicho repunte fue transitorio. Lo «transitorio» resultó ser mucho más prolongado de lo que ellos (y la Reserva Federal) habían previsto inicialmente, pero el repunte fue, no obstante, temporal: la inflación alcanzó su punto máximo a mediados de 2022 y luego cayó rápidamente durante los dos años siguientes. Y esta desinflación, desafiando las predicciones de muchos economistas, se produjo sin recesión.

El equipo de Biden nunca negó que los precios fueran más altos que antes de la pandemia. Pero afirmaron, con razón, que los salarios habían aumentado aún más, por lo que el poder adquisitivo de la mayoría de los trabajadores era mayor a pesar del alza de precios. En 2024, Biden declaró : «Estamos demostrando que podemos reducir la inflación y, al mismo tiempo, proteger los logros obtenidos con tanto esfuerzo en materia de empleo y salarios reales para los trabajadores estadounidenses». Esta afirmación era completamente cierta.

El siguiente gráfico muestra los salarios por hora de los trabajadores típicos y los precios al consumidor, ambos como índices con enero de 2020, víspera de la pandemia, establecido en 100. Para 2024, los precios eran aproximadamente un 20 por ciento más altos que antes de la pandemia, pero los salarios eran un 25 por ciento más altos. Los salarios reales sí aumentaron. Por si te lo preguntabas, ese aumento salarial temporal de 2020 fue una ilusión estadística creada por las distorsiones de la pandemia, por eso conviene usar los salarios previos a la pandemia para evaluar los salarios bajo el mandato de Biden.

Desafortunadamente para el equipo de Biden, es un hecho bien conocido que cuando tanto los salarios como los precios suben, la gente tiende a sentirse perjudicada, creyendo que se ganó sus aumentos salariales solo para que la inflación se los arrebatara, incluso si los salarios subieron más que los precios. Hablaré más sobre esto en la introducción de este fin de semana. Y cuando hay una crisis inflacionaria global, como ocurrió entre 2021 y 2023, los gobiernos en el poder suelen ser los principales responsables, hagan lo que hagan; por eso, como señaló John Burn-Murdoch del Financial Times , 2024 fue un año desastroso para los gobiernos en el poder en todo el mundo.

Biden debería haber tenido mucha más presencia en la campaña. Debería haber dicho: «Entiendo su dolor», reconociendo la angustia de los votantes. Pero no lo hizo. Y como señala G. Elliott Morris , en 2024, los votantes que afirmaron que la economía era su principal preocupación favorecieron a Trump por 63 puntos sobre Kamala Harris.

Sin embargo, la situación ha dado un giro sorprendente. En las elecciones a gobernador de la semana pasada, los votantes preocupados por la economía favorecieron a los demócratas por casi 30 puntos, lo que representa un cambio de 90 puntos. Al parecer, los votantes decidieron que las promesas de campaña de Trump de bajar los precios eran fraudulentas y, en consecuencia, castigaron a su partido.

Trump podría responder al duro veredicto de los votantes sobre sus políticas económicas citando cifras económicas reales, que no son del todo malas. Podría reconocer que existen problemas, pero prometer que la prosperidad está a la vuelta de la esquina. Incluso podría cambiar de rumbo e intentar abordar las preocupaciones reales sobre la asequibilidad de la vivienda.

Es decir, podría hacer esas cosas si fuera una persona completamente diferente. En cambio, siendo quien es, lo que hace es intentar manipular a Estados Unidos, afirmando que todo es maravilloso.

No voy a intentar enumerar todas las mentiras económicas de Trump. Daniel Dale las analiza en detalle en CNN. Un ejemplo: el precio de la gasolina. Trump afirma que está en su nivel más bajo en dos décadas, cerca de los 2 dólares por galón. Los datos oficiales no lo confirman, pero Trump suele insistir en que las cifras del gobierno que no le gustan son falsas y tienen motivaciones políticas; de hecho, despidió al director de la Oficina de Estadísticas Laborales por un informe de empleo deficiente. Sin embargo, varias organizaciones privadas monitorean de forma independiente los precios de la gasolina para ayudar a los conductores a encontrar las mejores ofertas. Estas organizaciones muestran precios superiores a los 3 dólares por galón y lejos de un mínimo histórico. Aquí está, por ejemplo, Gasbuddy.com.

Sin embargo, Trump ha mentido mucho a lo largo del tiempo, y en general le ha funcionado. ¿Será diferente esta vez? Sí. Los votantes a veces creen mentiras, pero no el tipo de mentiras que cuenta Trump.

A veces, los votantes pueden ser convencidos erróneamente de que les están sucediendo cosas malas a otras personas, incluso cuando a ellos mismos les va bien. Muchos estadounidenses que no viven en Chicago probablemente creen las afirmaciones del gobierno de que la ciudad, que acaba de tener su verano más seguro desde la década de 1960 , es una zona de guerra .

Pero decirles a las personas que todo va de maravilla cuando su experiencia personal demuestra lo contrario es otra cosa. ¿Están turbas violentas invadiendo Portland? Si ven Fox News, podrían creerlo. ¿Están los precios de los alimentos «muy bajos», como Trump insiste en afirmar? Cualquiera que haga sus propias compras de alimentos —incluso los republicanos— sabe que esto no es cierto. Retomo un gráfico de la publicación de ayer :

Entonces, ¿por qué los votantes se han vuelto tan negativos, tan rápidamente, con la gestión económica de Trump? Objetivamente, la economía está peor en algunos aspectos importantes que el año pasado. Todavía no hemos visto despidos masivos, pero encontrar trabajo se ha vuelto mucho más difícil. He aquí la «diferencia del mercado laboral», la diferencia entre el porcentaje de personas que dicen que hay mucho trabajo y las que dicen que es difícil conseguirlo:

Además, estamos experimentando un crecimiento económico en forma de "K", donde los más ricos prosperan mientras que los más desfavorecidos pierden terreno. Muchos, tanto de izquierda como de derecha, afirmaron que esto ocurría durante el mandato de Biden, pero la realidad era la opuesta: con Biden, los salarios de los más pobres aumentaron sistemáticamente más rápido que los de los más ricos. Este año, sin embargo, esa tendencia se ha invertido.

Como señala ese panfleto izquierdista, el Wall Street Journal , los únicos que parecen estar optimistas sobre la economía en este momento son aquellos que poseen muchas acciones.

Pero creo que el rechazo a Trump se debe en gran medida a su intento de manipular a la opinión pública sobre el verdadero estado de la economía. Una vez más, estos intentos no buscan presentar los datos de forma positiva. Son, sencillamente, mentiras descaradas.

Y los demócratas deberían refutar esas mentiras como prueba no solo de que Trump es totalmente deshonesto, sino de que está completamente desconectado de la realidad de la vida estadounidense. Paul Krugman














¿POR QUÉ LOS MEDIOS NO INFORMAN DEL DETERIORO MENTAL DE TRUMP? ESPECIAL 1 DE HOY VIERNES, 14 DE NOVIEMBRE DE 2025

 








Trump está mostrando aún más signos de demencia, escribe en el blog Substack (11/11/2025) el afamado economista Robert Reich, pero los medios de comunicación guardan silencio. ¿Por qué?

Amigos, comienzo diciendo, en el último mes, el deterioro mental de Trump parece haber empeorado. Considere lo siguiente: El domingo, publicó una imagen afirmando que Barack Obama había estado recibiendo millones de dólares de los contribuyentes por “regalías vinculadas a Obamacare”. (La información falsa provenía de un sitio web satírico llamado “Dunning-Kruger Times”, una referencia al efecto Dunning-Kruger : la tendencia bien observada de las personas poco inteligentes a sobreestimar enormemente sus habilidades o inteligencia).

Tras las elecciones del martes pasado, calificó la “asequibilidad” como una “palabra nueva” y dijo que los republicanos no habían hablado lo suficiente sobre ella, pero luego la criticó duramente como una “estafa” demócrata y declaró: “No quiero oír hablar de la asequibilidad”.

Aparentemente ajeno a las dificultades económicas que atraviesan los estadounidenses, ha publicado incesantemente sobre el nuevo baño Lincoln, remodelado en mármol blanco y negro con grifos y lámparas doradas; su nuevo salón de baile de la Casa Blanca, que se construirá en mármol y estará dorado; y las renovaciones en el Centro Kennedy, que según él estará equipado con mármol y “magníficas alfombras de alta gama”.

Al responder a una pregunta sobre su agudeza mental, confundió una prueba de detección de demencia con una prueba de coeficiente intelectual.

Cuando se dirigió a los altos mandos militares estadounidenses, pasó bruscamente de hablar sobre la moral de los marines a la firma automática de Biden y dijo: «Tengo que firmar por un general porque tenemos un papel precioso, un papel magnífico. Dije: "Pónganle un poco más de oro, se lo merecen". Denme... quiero un papel de primera, no uno de cuarta. Antes firmábamos cualquier cosa».

Afirmó haber detenido una guerra “nuclear” entre Irán y Pakistán, confundiendo repetidamente a Irán con India sin darse cuenta de su error.

Insistió en que había “resuelto” un conflicto imaginario entre Camboya y Armenia, dos naciones separadas por 6.400 kilómetros. Días antes, se jactó de haber evitado un enfrentamiento entre Azerbaiyán y Albania, refiriéndose aparentemente a Armenia.

Un día después de reunirse con Chuck Schumer y el líder de la minoría en la Cámara de Representantes, Hakeem Jeffries, para evitar el cierre del gobierno, Trump habló con los periodistas sobre sus conversaciones con “Chuck Schumer, que estuvo aquí ayer, junto con... eh, un caballero muy amable al que realmente no conocía. Ya saben de quién hablo”.

El 18 de octubre, cuando más de 7 millones de estadounidenses protestaron contra él, publicó un vídeo generado por IA en el que se le veía bombardeando a los manifestantes con heces. Podría seguir, pero ya entienden. Trump parece estar perdiendo la cabeza rápidamente. Sin embargo, los medios no informan sobre su deterioro mental. ¿Por qué? Robert Reich













DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY VIERNES, 14 DE NOVIEMBRE DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 14 de noviembre de 2025. Ahora que se habla tanto de blindar derechos no hay nada más urgente que garantizar algunos de los que componen el Estado de bienestar, se puede leer en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de noviembre de 2019, se hablaba de la imperiosa necesidad de profundizar en un humanismo tecnológico que digitalizara a Protágoras y proclamara una vez más que el ser humano es la medida de todas las cosas que pasan en la Red. El poema del día, en la tercera, es de una poetisa estadounidense, nacida en 1950, y comienza con estos versos: Alabado sea mi hermano mayor, el chico de diecisiete años que vivió/conmigo en el desván, príncipe exiliado endurecido en el encierro. Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. Y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt













DEL VACIAMIENTO DEL ESTADO DE BIENESTAR Y LAS DEMOCRACIAS

 







Ahora que se habla tanto de blindar derechos no hay nada más urgente que garantizar algunos de los que componen el Estado de bienestar, comenta en El País (13/11/2025) el abogado y escritor, cofundador del sindicato Comisiones Obreras, Nicolás Sartorius.

1. No hay un hecho más grave hoy en España y Europa, comienza diciendo,  que el deterioro provocado y progresivo que se está produciendo en el Estado de bienestar o modelo social europeo. El escándalo en la sanidad andaluza por la falta de cribados ante los posibles cánceres de mama de miles de mujeres; las excesivas listas de espera por carencia de medios materiales y humanos en el conjunto de la sanidad pública; la falta de personal sanitario y la precariedad en sus condiciones de trabajo; el fenómeno acreditado de que en ciertas comunidades autónomas —en especial Madrid— avanza la privatización de la enseñanza, ahogando las finanzas de las universidades públicas, mientras surgen como setas los centros particulares, son algunos ejemplos de cómo se están deteriorando los derechos sociales recogidos en nuestra Constitución.

De otra parte, leemos y oímos las inquietantes declaraciones de políticos de la derecha poniendo en cuestión el derecho esencial de las mujeres a la interrupción voluntaria del embarazo, o el no menos fundamental a una vivienda digna, al oponerse a una intervención y/o regulación estatal en la materia. Todo lo anterior con la finalidad de propiciar el avance de la privatización y abrir camino al suculento negocio que se viene haciendo con las “derivaciones” y “concertaciones” a intereses particulares a costa del erario público. Este fenómeno empieza a estar presente en el conjunto de la UE cuando gobernantes de Alemania, Francia y otros países declaran abiertamente que el modelo social europeo es insostenible, mientras aceptan dedicar el 5% del PIB al rearme. Cuando en realidad lo insoportable es el grado de desigualdad al que hemos llegado y cómo las multinacionales y los multimillonarios no pagan conforme a su riqueza y renta.

2. Porque ¿qué significa el Estado de bienestar o social? En mi opinión, es el núcleo básico de las democracias europeas, el gran salto civilizatorio que se dio a partir de la Segunda Guerra Mundial y que las derechas quieren por todos los medios clausurar. Este contenido de derechos sociales, inexistente en otras latitudes, fue asumido por nuestra Constitución de 1978, una vez conquistada la democracia, cuando en el art. 1 dice que “España se constituye en un Estado social y democrático de derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”. Es decir, que además de garantizarse libertades civiles, se reconocen unos derechos sociales que si son erosionados se está corroyendo la propia democracia. Ahora bien, como consecuencia de la construcción de la España de las Autonomías, los elementos esenciales de este Estado de bienestar son competencia de las comunidades autónomas —la sanidad, la educación, etc.—.

Se trata de un modelo autonómico, que ha venido funcionando más o menos razonablemente hasta hace pocos años. Los problemas han surgido como consecuencia de un doble fenómeno que ha puesto en crisis el referido modelo. De un lado, las grandes calamidades que se han abatido sobre la sufrida España —crisis económicas, epidemias, inundaciones, erupciones volcánicas, incendios— han desvelado que las CC AA no están en condiciones de hacerles frente, sobre todo ante la incompetencia, negligencia, falta de previsión y desfachatez demostrada en algunos casos y, muy especialmente por la Generalitat valenciana ante la dana que asoló dicho territorio. Catástrofes que me temo se repetirán en el futuro y que exigirán la intervención de un Estado más potente —¡qué habría pasado sin la Unidad Militar de Emergencias!— y una mejor cooperación, claramente federal, entre las instituciones involucradas. No obstante, lo más nefasto es la evolución de unas derechas que gobiernan en la mayoría de las CC AA y que no creen en el Estado de bienestar, en unos términos que garantice unos servicios públicos de excelencia y no una especie de “beneficencia” para menesterosos.

Lo cierto es que en las comunidades gobernadas por las derechas se está produciendo una escasez de medios dedicados a lo público, que trae causa en una insuficiente inversión en estos servicios sociales debido a la obsesión de los partidos conservadores por bajar los impuestos. Y es bastante evidente que, si los servicios públicos no son excelentes, la tendencia hacia lo privado irá en aumento, sobre todo para quien pueda pagárselo. ¿Y cuál es la raíz de esta cuestión? La respuesta es bastante sencilla, los sectores sociales y económicos que son hegemónicos en los partidos de derechas no quieren asumir los tributos que son necesarios para mantener unos servicios públicos de alto nivel. La prueba es que la única propuesta clara y sostenida del programa de la derecha es bajar impuestos, porque por lo visto vivimos en un “infierno fiscal”, cuando nuestra presión tributaria está varios puntos por debajo de la media europea. No sé si el personal sabe que para disfrutar de unos servicios públicos como Dios manda el nivel de recaudación del Estado debe de rondar el 40% del producto interior bruto, al tiempo que se administre, obviamente, con probidad y eficacia.

Lo penoso del caso no es solo que se perjudique a la mayoría ciudadana cuando se deterioran los servicios sociales, sino que además es una manera aviesa de reducir los salarios reales del conjunto de los trabajadores. Porque, como es conocido, el nivel de vida no depende sólo del sueldo o salario directo que se percibe, sino también del indirecto, en forma de prestaciones y servicios que se utilizan gratuitamente —la sanidad, la educación y otros—. Para qué les sirve a los trabajadores y trabajadoras que les suban los sueldos un 2% o 3% —que sin duda debe lograrse— si luego tienen que suscribir un seguro privado, que les cuesta más, con el fin de evitar una lista de espera insoportable, o tener que asumir gastos “extras” en la educación de sus hijos y no digamos ante la renta de los alquileres. Lo enigmático del asunto es que el Gobierno afirma que ha transferido a las comunidades autónomas la friolera cifra de 300.000 millones de euros más que en el pasado y sería interesante conocer a qué se han dedicado tan suculentos fondos, o es que se los han regalado a las CC AA para que hagan con ellos lo que les salga de los telenguendengues.

3. Ahora que se habla tanto de blindar derechos no habría nada más urgente que garantizar algunos de los que componen el Estado de bienestar, mutándolos de derechos meramente declarativos en fundamentales como pueden ser la sanidad, la vivienda o las pensiones, como ya ocurre con parte de la educación. Sería una contribución memorable a que nuestro Estado social no sea desguazado por aquellos que no creen en él, pues da la impresión de que el Gobierno no tiene instrumentos para evitar tal estropicio democrático. Sin olvidar, un efecto “colateral”, altamente nocivo, que consiste en que este deterioro de los servicios sociales, al mismo tiempo que empuja el voto hacia la extrema derecha —pues esta lo liga con los supuestos abusos de los emigrantes—, acaba impulsando el sistema político hacia crecientes formas de autoritarismo. Unas veces los llaman “iliberales”, otras “democracias autoritarias”, es decir Estados mínimos en la prestación de servicios públicos y máximos en las intervenciones represivas, en el fondo formas dictatoriales. Posible remedio: expandir la democracia en todas direcciones. Nicolás Sartorius