jueves, 13 de noviembre de 2025

DEL ARCHIVO DEL BLOG. VANIDAD O BANALIDAD: ¿CUESTIÓN DE SEMÁNTICA? PUBLICADO EL 24/11/2013

 






La segunda acepción que el Diccionario de la Lengua Española da a la palabra vanidad es la de "arrogancia, presunción y envanecimiento"; la primera de banal, término semánticamente muy parecido, es la de "trivial, común e insustancial". Con sinceridad, no pienso que la vanidad sea uno de mis grandes y peores pecados capitales, pero a punto de llegar a la entrada número 2000 del blog, y con esta de hoy, la 223 del año, igualar las del 2011, que fue el que más tuvo, no sé si es el momento de decir adios a una experiencia que comenzó va a hacer ocho años y que da muestras de agotamiento.

En noviembre de 2008, mi paisano, el escritor y periodista Juan Cruz, escribió uno de esos estupendos artículos que te obligan a pensar sobre, a poco que cribes la información, la enorme e informe cantidad de vanidad y banalidad que uno se encuentra en internet. O el de hoy mismo, del profesor Daniel Innerarity en El País, titulado "El lado menos amable de la red". 

Decía hace un momento que la vanidad no me afecta en exceso, pero la banalidad me aterra. Y releído ahora el citado artículo de Cruz, al cabo de los años, es un poco la puntilla que me faltaba para la desmoralización absoluta.

Como casi siempre que me pongo sentimental, y hoy lo he estado en grado sumo viendo durante todo el día reportajes y series televisivas sobre el magnicidio de Dallas de hace cincuenta años (¡Dios mio, cincuenta años ya; si me parece que fue anteayer!), no se muy bien donde acudir para serenar mi espíritu, y como no tengo un "Jack Daniels" con hielo a mano, acabo buscando refugio en la poesía. Por puro azar recalo de nuevo en "Las flores del mal" (Alianza, Madrid, 1984) de Charles Baudelaire; sí, el mismo libro que hace unos meses conté ya en el blog que intenté leer sin demasiado éxito a mi nieto de ocho años. Como soy de los que piensan que la poesía es intraducible, les dejo la versión castellana reseñada y la original en francés del tercer poema del libro, el titulado "Elevación", que me ha parecido muy ilustrativo de mi estado anímico de hoy. Y mañana será otro día; o al menos eso espero. Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates: "Ιωμεν", vámonos. Tamaragua, amigos. HArendt




ÉLÉVATION


Au-dessus des étangs, au-dessus des vallées,

Des montagnes, des bois, des nuages, des mers,

Par delà le soleil, par delà les éthers,

Par delà les confins des sphères étoilées,


Mon esprit, tu te meus avec agilité,

Et, comme un bon nageur qui se pâme dans l'onde,

Tu sillonnes gaiement l'immensité profonde

Avec une indicible et mâle volupté.


Envole-toi bien loin de ces miasmes morbides;

Va te purifier dans l'air supérieur,

Et bois, comme une pure et divine liqueur,

Le feu clair qui remplit les espaces limpides.


Derrière les ennuis et les vastes chagrins

Qui chargent de leur poids l'existence brumeuse,

Heureux celui qui peut d'une aile vigoureuse

S'élancer vers les champs lumineux et sereins;


Celui dont les pensers, comme des alouettes,

Vers les cieux le matin prennent un libre essor,

— Qui plane sur la vie, et comprend sans effort

Le langage des fleurs et des choses muettes!


Charles Baudelaire ("Les fleurs du mal")


***


ELEVACIÓN


Por encima de estanques, por encima de valles,

De montañas y bosques, de mares y de nubes,

Más allá de los soles, más allá de los éteres,

Más allá del confín de estrelladas esferas,


Te desplazas, mi espíritu, con toda agilidad

Y como un nadador que se extasía en las olas,

Alegremente surcas la inmensidad profunda

Con voluptuosidad indecible y viril.


Escápate muy lejos de estos mórbidos miasmas,

Sube a purificarte al aire superior

Y apura, como un noble y divino licor,

La luz clara que inunda los límpidos espacios.


Detrás de los hastíos y los hondos pesares

Que abruman con su peso la neblinosa vida,

¡Feliz aquel que puede con brioso aleteo

Lanzarse hacia los campos luminosos y calmos!


Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras,

Levantan hacia el cielo matutino su vuelo

-¡Que planea sobre todo, y sabe sin esfuerzo,

La lengua de las flores y de las cosas mudas!


Charles Baudelaire ("Las flores del mal")












DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, LA VIDA PLENA, DE ISMAEL LÓPEZ GÁLVEZ

 







Hace algunas tardes, como otras tantas en mi vida, me encontraba leyendo en la tranquilidad del hogar. Afuera llovía. Una luz tenue, grisácea, aportaba cierto sosiego al momento. El silencio era agradable, hermoso, compartido por el descanso del perro y por las manos de la persona que amo, las cuales sujetaban un libro con la ilusión de la primera infancia. Entonces, como si un dios caprichoso estuviera jugando con mi sino, pasé de página y me encontré con unos versos de Marcial dedicados a la vida plena. La poesía ―supe enseguida― nos ha hablado siempre sobre quiénes somos. Tanto es así que firmé de inmediato cada palabra de un hombre nacido dos mil años antes que yo y, sin saber el motivo, experimenté consuelo. En ese instante, aprovechando la dicha que me embargaba, decidí escribir un dodecálogo sin orden de jerarquía. Pero uno que no se erigiera como regla, sino como testimonio: un recordatorio de que a veces lo importante pasa desapercibido.



Saber decir que no. 

Cuenta Homero que Ulises dijo «no» a la inmortalidad prometida por Calipso. Esto puede parecer un absurdo, aunque en realidad es un despliegue de sabiduría. Todo rechazo de una oferta irrechazable es un acto de autoafirmación, así como un modo de saber existir en un viaje incierto pero a todas luces propio. En el «no» hay una dignidad plausible. Sin él, la épica del hijo de Laertes nunca hubiera sido la misma. Imagínense el canto de un héroe que no es dueño de sus elecciones, que no sabe priorizar lo esencial sobre lo accesorio, que es tan complaciente con el mundo que no se rebela. Posiblemente viviría una vida que no merece hexámetros, como la de Sísifo, por mucho que Camus la crea dichosa. A veces negarse resulta difícil porque no soportamos decepcionar al prójimo: tememos su reproche, o peor aún, el peso de su silencio. Y lo entiendo. Juro que lo entiendo. Sin embargo, para esos posibles «decepcionados», el joven Bartleby nos enseñó la forma más correcta, educada y contundente de negarnos: «Preferiría no hacerlo». Simple y asertivo, un corte limpio al nudo de las exigencias. Háganlo: en ese «no» encontrarán lo que realmente buscan. Será como volver a casa.


Disfrutar de lo necesario; no sufrir por lo que no se tiene 

A excepción de los libros y el amor, la desmesura siempre acaba en castigo. Lo sabemos desde que el hombre es hombre. Para Epicuro, la felicidad consistía en satisfacer los deseos naturales y necesarios. Estos son tan básicos como comer, beber o dormir. Fernando Savater, a propósito del tema, los definió bien: «Son el peaje que la vida se cobra por vivirla». Sin embargo, lo que nos hace sentir notablemente desgraciados son aquellos anhelos artificiales e inútiles que se vuelven tortuosos si permitimos que crezcan demasiado. Al nacer estos de una proyección imaginaria, de un impulso por tener siempre más, se tornan ilimitados e infinitos, por lo que no pueden ser satisfechos. Y es ahí de donde nace la envidia: de proyectarnos deidades siendo simples humanos. Lo ilustró con gran certeza el mito de Tántalo, castigado por su hýbris al intentar igualarse a los dioses: les sirvió en un banquete la carne de su propio hijo con el fin de profanar su pureza, haciéndolos partícipes de un acto mundano. ¿Su condena? Hambre y sed eternas a pesar de poseer los saciantes a un palmo. Vivir desde lo que nos falta es un martirio. Y eso no significa que debamos resignarnos a la inmovilidad. Todo lo contrario: induce a liberarnos de la obsesión y a abrazar el pragmatismo de lo que sí es posible. Porque la plenitud ―la verdadera― no radica en buscar incertidumbres sin descanso, sino en encontrar reposo en la certeza de lo esencial.


No desear la suerte inmerecida 

La fortuna es una diosa azarosa y caprichosa. Ya lo dijo Horacio: es capaz de elevar a un mortal desde peldaño más bajo o de convertir en exequias sus más soberbias victorias. No obstante, con la muerte de las divinidades, hemos abrazado los privilegios del mundo como una costumbre, a nativitate, como dirían los clásicos. Esto nos ha convertido en reyezuelos antojadizos y envidiosos. Por derecho, creemos merecer lo que tiene el otro y el otro no merece, y nos hemos vuelto amnésicos ante la idea de que la felicidad radica en saber reconocernos en nuestra justa medida. La ambición en el huerto ajeno nos ha llevado a la pasividad y al descuido de la cosecha propia; nunca a la superación. Por esta causa ―como la suerte es mudable: viene y se va―, será mejor que nos halle cultivando diligentemente nuestra parcela. No vaya a ser que haga libre acto de presencia y estemos absortos en la del vecino.


Aprender a soltar

Lo que permanece en el daño acaba convertido en herida. El vacío lo sabe y resiste; prefiere la certeza de dolor a la posibilidad de no sentir nada, de estar a solas consigo mismo. Es por ello que soltar a quienes nos lastiman, enterrar los ayeres y desasirse de las ideas que dejaron de comulgar ―hace tiempo― con nuestra manera de ver el mundo, hoy nos resulta tan desalentador y difícil. A menudo incluso ignoramos que la tierra deja marchar siempre al arado para que del hueco surja la vida, que a veces no hay otra forma de germinar. En la Divina comedia, Dante se sumerge en los ríos Leteo y Eunoé para romper con su yo anterior y expiar sus pecados, para perdonarse y renovar su memoria del bien, para ascender al Paraíso. Es en ese momento cuando se describe como «reverdecido como los renuevos / llenos de nueva fronda, limpio, puro / y dispuesto a subir a las estrellas». Esto nos enseña que desamarrarnos de aquello y de quien no nos permite prosperar, trascender, debería considerarse un imperativo, aun si el ancla somos nosotros; que el camino a la plenitud pasa por aprender a soltar y dejar ir, a irnos; y por mostrar las manos a todo cuanto intente retenernos y decirle, con esforzada entereza, que preferimos la cicatriz al callo.


Gozar de un libro 

Vivir vidas fuera de la vida. Estirar el tiempo. Traspasar los límites de la realidad. Transportarnos más allá de nosotros mismos. La calma ante los días frenéticos. Cito a Zweig: «Desde que existe el libro, nadie está ya completamente solo, sin otra perspectiva que la que le ofrece su propio punto de vista, pues tiene al alcance de su mano el presente y el pasado, el pensar y el sentir de toda la humanidad». Yo también añadiría el futuro. ¿Verdad, Asimov?


El caso es que la literatura ―y los clásicos en particular― nunca se nos fosiliza entre los dedos, sino que deviene en un ente vivo que irrumpe en el ahora y nos susurra: «Lo que vives, yo ya lo he vivido; de aquello que te espera, yo ya he regresado». Por todo ello, resulta posible asegurar que sus páginas constituyen una preparación para la vida. De hecho, quien no ha leído jamás un libro puede que tiemble desnudo ante la muerte incierta, pero quien ha sufrido con la agonía de Iván Ilich sabrá, casi con total certeza, que el fin luce un rostro común, que no posee una dignidad especial ni singular.


Les contaré un secreto: antes de saber lo que era el amor y la belleza, la Ilíada me enseñó que esta deidad puede sangrar ante el barbarismo. ¿Se acuerdan? Según Homero, Diomedes hiere sin pudor y con sorna a la bella Afrodita. Unos hexámetros después, comprendí que no importa si llegas a ser rey de Troya, porque tal vez la fortuna te acabe poniendo en tu sitio nuevamente: Príamo se ve obligado a llorar y suplicar por el cadáver de su hijo ante el hombre que lo mató. Luego cerré las tapas azules de aquel libro y supe lo que hoy pongo por escrito: que la literatura, como una vieja voz sabia y antigua, viene de lejos para avisarnos de un mundo ya sabido, lo que nos facilita el viaje y nos revela la vida incluso antes de que suceda.


Tener una biblioteca. A poder ser, compartida 

Este punto está ligado directamente con el anterior. Una biblioteca es un proyecto de vida, una biografía, un grabado de lo que fuimos y somos. Cada ejemplar, en su silente espera, nos canta con la virtud de las hijas de Mnemósine el retrato del tiempo en que lo leímos. Nada más satisfactorio que ver cómo la biblioteca crece, se multiplica y se apodera de la casa hasta convertirla en un hogar. Nunca una avaricia ha sido tan sana. Quizá la única pleonexeía que hubiera permitido Aristóteles. «No sé saciarme de libros», le escribió Petrarca a Giovanni dell’Incisa. Pues ahora imagínense la fuerza de esa adicción si es compartida, si la alimenta otra persona que tampoco sabe saciarse.




Entregarse al saber por el saber 

Desde que Platón mostró que la salida de la caverna sólo era posible mediante el conocimiento, hemos asistido a una perversión de su mensaje: hoy, tristemente, el saber que no es útil no merece ser sabido. Esto ha degradado al hombre a una máquina de montaje, cuya única finalidad es rendir y producir. De ahí el desplome de las Humanidades en tiempos donde el individuo busca servir y no servirse, y el aumento de los problemas de salud mental, quizá motivados por esa reductio ad absurdum en la que nos hemos convertido: quien no es útil, no vale. Por eso, entregarse al saber por el saber es un acto de resistencia, un regreso a lo que somos. Como dijo Aristóteles, lo que es propio por naturaleza siempre es lo mejor. Y el hombre, en su esencia, es mente y pensamiento. Ahí, y no en su función, radica su verdadera felicidad.


Darse al dulce no hacer nada 

Pensaba Nietzsche que «el principio de que “es preferible hacer cualquier cosa a no hacer nada” representa una cuerda que estrangula toda cultura y todo gusto superiores». La razón es sencilla: la contemporaneidad ha conseguido que aquello que hacemos productivamente se alce como la medida de nuestro valor. No hacer nos ha convertido en nadie y ha ignorado que nunca somos más nosotros ni estamos más en el mundo que cuando estamos en recogimiento, en contemplación. Así citaba Marco Aurelio a Demócrito: «Abarca pocas actividades si quieres mantener el buen humor». Por su parte, Byung-Chul Han defiende que la vida del rendimiento y el consumo se reduce a mera supervivencia animal; es la inactividad lo que conforma lo humanum. A veces ―sólo a veces― es preciso sustraerse del vértigo, retirarse de la escena y dejar que el mundo gire sin nosotros. Hoy parece que el oficio nos decreta y que la acción es sinónimo de vivir aun cuando la vida se diluye en la exigencia de la actividad. Para Pascal, «toda la desdicha de los hombres proviene de no saber estar tranquilos en una habitación». Y tiene sentido. Por paradójico que parezca, el hombre entregado a la obligación riega de sí todo cuanto toca, mezclándose como la lluvia. Y en ese disolverse, pierde la esencia tanto de lo que es como de lo que acontece. Así lo sostiene un viejo haiku: «Sentado, quieto, / la primavera llega: / crece la hierba». Quizá, después de todo, la felicidad no es un resultado, sino una forma de quietud. Lo reveló el mito: Dafne se salvó al detenerse; Apolo, al comprender que no podía alcanzarla.


Permitirse cambiar 

Ser uno mismo no radica en no cambiar nunca; sino en hacerlo si así uno lo desea. Ya Heráclito nos dijo que todo cambia y nada permanece, que el estado natural de las cosas es su devenir perpetuo. Por tanto, aquello que somos está determinado por lo que dejamos de ser. De esta manera, vivir sólo es la muerte sucesiva de los «pequeños otros que fuimos» y el renacer constante de un yo presente que perecerá una y otra vez hasta su deceso definitivo: el de la inmovilidad. El filósofo de Éfeso también afirmó que «el carácter es el destino», lo que, en otras palabras, quiere decir que lo esencial es ir y no quedarse. Si se fijan, la proyectiva del verbo ya implica movimiento, pues uno no puede hallarse sin indagación, y menos aún si se aferra a una imagen estática e irreal de lo que fue. Y como la identidad acontece, se transforma, esta suele resultar un problema para aquellos que tratan de definirnos, de contener las innumerables formas del río en la firme figura de su vaso. Javier Velaza lo expresó con claridad: «sólo quien odia al otro / quiere ser siempre el mismo». Obvio, la intransigencia nace del miedo a la mudanza, de pretender que las cosas sean como uno quiere y no como son y devienen. Walt Whitman, por su parte, nos invitó a entender que cada uno de nosotros «contiene multitudes». Es decir, nos legitimó para reclamar nuestro derecho a equivocarnos, a cambiar de opinión, a buscar la sorpresa, la oportunidad y la manera de ser mejores de lo que fuimos. Nos instó sobre todo a ser libres y felices. Pero qué sé yo. En cualquier caso, no me tengan muy en cuenta. Quien escribió esto es posible que ya sea otro; es decir, él mismo.


Ceder 

Me gusta el mundo cuando cede: la reverencia que los trigales ofrecen al viento, la humildad del agua que rodea el guijarro, el paso atrás de la hormiga que tolera la huella y su hondura. Me gustan las cosas que se apartan: los juncos que dejan al arroyo llegar a donde debe y ser cauce al cauce. Me gustan porque nos enseñan que estar sólo tiene sentido si dejamos que el otro también esté. Ahí radica la importancia de los gestos pequeños y los ofrecimientos gentiles, aquellos que abren espacio en vez de ocuparlo, que nos llevan a sostener una puerta para que pase un desconocido, a ofrecer sin endeudar al destinatario, a esperar y tener paciencia, a respetar el turno de palabra y no imponer yoes en el transcurso de los días. Son movimientos mínimos, invisibles hoy porque creemos que nos pertenecen, que tenemos derecho a ellos aunque no obligación, pero que dignifican la vida y alientan a una convivencia feliz y serena. Ceder es construir armonías, llegar a acuerdos y entender que ponerse detrás puede ser la mejor forma de estar delante. Así lo entienden el amor y los que aman: porque al fondo de los ojos amados, siempre se encuentran los del amante y viceversa.


Bailar una canción con pasos torpes 

A menudo, en la sociedad de la exigencia y la hiperconectividad, proyectamos equívocamente una imagen que pretende ser perfecta. El error ya no está permitido desde que creemos tener el nous aristotélico en el móvil, desde que podemos elegir el perfil que mostramos a los demás. Este sometimiento al juicio ajeno nos convierte en una representación distante de nuestra verdadera identidad. De este modo, el personaje acaba devorándonos, y lo hace empezando por la libertad que nos define. Pocos asuntos son más espeluznantes para el ánimo que no poder desvelar nuestro rostro por imperativo de la máscara. Ser libre es permitirse errar, pasar momentos vergonzosos y vergonzantes y hacer lo que plazca siempre que no dañe a un tercero. No es necesario que seamos virtuosos. Está bien eso de «ser la mejor versión de nosotros mismos»; pero es que a veces no somos la mejor versión de nada, y también está bien.


Me viene a la memoria el albatros de Baudelaire: la torpeza con que deambula por la cubierta del barco, inepto por sus propias alas, humillado por los marineros. Es una imagen que hace referencia al que desentona, al que se sale del molde y queda en evidencia. Pero ¿quién sabe si el ave errática no está simplemente aborrecida de volar?, ¿si se ha cansado de cumplir la expectativas? Sin saber la respuesta, me gusta pensar que sí mientras bailo sin tener ni idea.


Amar a alguien más que a uno mismo 

Es el punto más importante; y casi que podría prescindir de los demás. Pruébenlo y saquen sus propias conclusiones. Todo lo que se pueda decir es inferior a su efecto. Según Hesíodo, el amor era capaz de aflojar los miembros y cautivar el corazón de cualquier deidad. Imagínense lo que puede hacer con nosotros los mortales. Que hable Platón: «Eros es, de entre todos los dioses, el más antiguo, el más venerable y el más eficaz para asistir a los hombres, vivos y muertos, en la adquisición de virtud y felicidad». Si no quedan convencidos, les dejo con Hegel: «El primer momento en el amor es que no quiero ser una persona independiente para mí y que, si lo fuera, me sentiría carente e incompleto; el segundo momento consiste en que me conquisto a mí mismo en la otra persona y valgo por ella, lo cual le ocurre a ésta a su vez en mí». Todo queda dicho. Hasta la próxima.



ISMAEL LÓPEZ GÁLVEZ (1990), escritor y poeta español












DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY JUEVES, 13 DE NOVIEMBRE DE 2025

 






































miércoles, 12 de noviembre de 2025

CONCURSO DE SUBTÍTULOS DEL DOMINGO. ESPECIAL 2 DE HOY MIÉRCOLES, 12 DE NOVIEMBRE DE 2025

 







Amigos, escribe el economista Robert Reich en el blog Substack (09/11/2025), comienza diciendo, les pido, por favor, que envíen su pie de foto en la sección de Comentarios y, como antes, utilice la sección de Comentarios únicamente para pies de foto .

Los ganadores se anunciarán el próximo domingo. Para participar, envía tu descripción antes del lunes a las 9 p. m. (hora del Pacífico) / 12 a. m. (hora del Este).


Ganador de la semana:

“He oído que chicas de 14 años entran gratis.”

(¡Enhorabuena, Ron Fugate!)


Finalistas:

“Nueva sede para 'Bailando con los zares'.”

(¡Felicidades, Cindy McKim!)


“Por esos mismos 200 millones de dólares, toda la reserva navajo podría tener agua corriente.”

(¡Enhorabuena, ISOequanimidad!)


“Salvo algunas excepciones, ¡la lista de donantes se parece bastante a la lista de Epstein!”

(¡Enhorabuena, Russwin Francisco!)


“Que coman pastel.”

(¡Enhorabuena, Steven Horowitz!)


“¿Que no se puede repetir el pasado?... ¡Por supuesto que sí!”

— F. Scott Fitzgerald, El gran Gatsby

(Felicitaciones, voz de Michon).


“¿Tal vez podamos usarlo para alimentar a los hambrientos y dar refugio a las personas sin hogar?”

(¡Enhorabuena, Mary's Substack!)


“Al menos la aristocracia estará convenientemente reunida en un solo lugar cuando nos rebelemos contra ella.”

(¡Enhorabuena, Sue Schneider!)


Y el ganador de la semana pasada:






Gracias.

Robert Reich













DE LA LIBERTAD COMO ACCIÓN: TERMINAR EL TRABAJO. ESPECIAL 1 DE HOY MIÉRCOLES, 12 DE NOVIEMBRE DE 2025

 






Aquí hay una sencilla oportunidad para salvar una vida valiente, escribe en el blog Substack (09/11/20235) el historiador estadounidense Timothy Snyder. Cuando los soldados ucranianos resultan heridos en combate, los drones rusos los atacan tanto a ellos como a quienes acuden a rescatarlos. Esto, por supuesto, es ilegal, al igual que todos los aspectos de la guerra criminal de Rusia.

Junto con amigos de todo el mundo, estoy recaudando fondos para camiones y autobuses de carga equipados con sistemas antidrones para el Segundo Cuerpo de la Guardia Nacional Ucraniana, en Khartiia. Si los vehículos del lado ucraniano cuentan con este sistema, tanto los médicos como los soldados heridos tendrán muchas más probabilidades de sobrevivir.

En el ejército y la guardia nacional ucranianos hay muchas brigadas impresionantes. Conozco el mando de Khartiia y tengo compañeros en el frente, algunos heridos y otros condecorados por su valentía. Visité Khartiia en el frente cerca de Járkov.

CJ Chivers, del New York Times, acaba de publicar un excelente reportaje sobre este mismo problema mortal, tal como lo experimenta Khartiia, la unidad a la que apoyamos. Leer su artículo les llevará solo unos minutos. Imaginen entonces que esta es la realidad que enfrentan los soldados durante días, meses y años. (Para los suscriptores de la edición impresa, este artículo se publicará el 16 de noviembre).

El gobierno ucraniano realiza una labor excepcional, incluso en medio de una adversidad increíble, al equipar a sus tropas. También organiza campañas de recaudación de fondos para una amplia gama de iniciativas. Sin embargo, existen áreas donde la sociedad civil puede reaccionar de inmediato ante una necesidad urgente. Esta es una gran oportunidad para actuar con rapidez y abordar una necesidad apremiante. Estas campañas de recaudación de fondos son la forma en que los ucranianos suplen sus carencias. Me siento privilegiado de participar en una.

Esta foto fue tomada cerca del punto donde las fuerzas armadas ucranianas, incluida Khartiia, hicieron retroceder el avance ruso en los suburbios de Kharkiv en 2022.

Iniciamos esta campaña hace un mes con el objetivo de recaudar $500,000. Miles de ustedes nos han ayudado. Los primeros siete vehículos ya están en camino. Gracias a ustedes.

A medida que nos acercamos rápidamente a esa meta, nos dimos cuenta de que podemos hacer más. El nuevo objetivo es recaudar un millón de dólares. Hemos aumentado el número de vehículos a quince camiones y diez autobuses de carga, y ahora los equiparemos con equipos de interferencia de drones y radios de última generación.

Aquí encontrará el enlace para donar. Si desea enviar un cheque o una donación mayor en dólares estadounidenses, la información que encontrará aquí también le puede ser útil (en el cheque, por favor escriba «Snyder Freedom is Action» en la línea de notas). Si reside en Estados Unidos, puede realizar su donación deducible de impuestos a través de una organización sin fines de lucro 501(c)(3) estadounidense.

Nos acercamos al 11 de noviembre, fecha que gran parte del mundo conmemora como día de recuerdo de la Primera Guerra Mundial y de quienes dieron su vida en ella. Recordemos a quienes defienden a su país en una guerra de la magnitud de las de 1918 y 1945, a quienes luchan y a quienes arriesgan su vida para intentar salvar la de otros.

Tú también estarás salvando vidas y dando a los hombres y mujeres de las fuerzas armadas ucranianas la sensación de que no están solos, de que a alguien le importan, de que alguien los ve, de que alguien actúa. Y por favor, compártelo con otras personas a quienes les pueda interesar. Timothy Snyder
















DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 12 DE NOVIEMBRE DE 2025

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 12 de noviembre de 2025. En un momento dado, se comienza leyendo en la primera de las entradas del blog de hoy, una gran mayoría de progresistas abandonó el núcleo de su ideario político: la justicia social. En la segunda, un archivo del blog de octubre de 2013, HArendt hablaba de utopías, y confesaba que le resultaba difícil creer en ellas después de ver lo que las dos grandes utopías del pasado siglo, el fascismo y el comunismo le habían hecho a la humanidad, pero que a pesar de ello, creía que no se puede vivir sin ella. El poema del día, en la tercera, es de un poeta hispano-romano, nacido en el año 40 d.C., y comienza con estos versos: Tú que lees a Edipo y al tenebroso Tiestes/a las Cólquidas y Escilas, ¿qué lees sino monstruosidades? Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. Y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt













¿CUÁNDO SE OLVIDÓ LA IZQUIERDA DE LA JUSTICIA SOCIAL?

 







Pensando en otras cosas: ¿cuándo nos olvidamos de la justicia social? Se pregunta en El País (08/11/2025), Antonio Muñoz Molina, escritor y miembro de la Real Academia Española. En un momento dado, comienza diciendo, una gran mayoría de progresistas, entre los que me incluyo, abandonó el núcleo de su ideario político: la justicia social. 

Ahora me pregunto, dice, en qué estaba pensando yo entre principios de este siglo y aproximadamente 2008, entre la caída de las Torres Gemelas y el estallido de la gran crisis cuyos culpables nunca pagaron las consecuencias de la irresponsabilidad y la monstruosa codicia que desataron el desastre. A una abuela de 90 años la pueden desahuciar de la noche a la mañana por no pagar un recibo de alquiler, pero los banqueros, los piratas de las altas finanzas y los políticos que les facilitaron sus estafas no han perdido, que se sepa, ni un céntimo de sus beneficios, y aunque han arruinado tantas vidas ninguno de ellos se ha llevado ni el más ligero disgusto legal. Al Estado lo acusan de todos los males de la burocracia y de las regulaciones impertinentes, que al parecer entorpecen el dinamismo del mercado, pero, cuando ese dinamismo conduce aceleradamente al desastre, es el estado el que ha de sostenerlo todo, y cubrir con toneladas de dinero público los desfalcos cometidos por los intocables poderosos.

En estas mismas páginas, Andreu Missé recuerda casi cada semana los muchos miles de millones que el Estado sigue gastando en España queriendo rellenar el foso insaciable de la deuda que nos dejaron los genios de la economía neoliberal, y la vergüenza de que en ningún otro país europeo la cifra sea tan desmedida. La abstracción de los números dice poco al analfabetismo matemático de quienes nos dedicamos a las humanidades y a las letras, pero cuando nos enteramos de que el enigmático “banco malo” nos va a costar 16.000 millones más de lo que ya nos ha costado, nos convendría hacer uno de esos ejercicios de cálculo en los que Missé es un experto: cuántos profesores, médicos, enfermeras, asistentes sociales, bomberos, científicos, podrían contratarse; cuántas escuelas, hospitales, laboratorios, viviendas de alquiler social, parques públicos, se podrían construir, o rescatar del deterioro al que los someten dirigentes políticos cuyos intereses exclusivos, aparte del poder, son el fomento descarado de la educación y la sanidad privada y la especulación inmobiliaria.

Tantos años después, el Estado sigue pagando las deudas de una quiebra financiera cuyos principales causantes anuncian triunfalmente cada año mayores beneficios. Andrés Rodríguez, director de la revista Forbes en España, declara con su mejor sonrisa: “el 54% de la riqueza del país está en manos de 28 octogenarios”. Uno se imagina dickensianamente a estos veintiocho dueños de la mitad de España reunidos a media luz en un cónclave de gerontocracia y lujuria embriagada de dinero, con jorobas de galápagos que no conocen el sosiego ni la saciedad, elucubrando astucias para pagar todavía menos impuestos, supurando agravios por la ingratitud de una ciudadanía ignorante que no se fía de ellos, ni los admira tanto como creen merecer, con el resentimiento de los que lo tienen todo, mucho más terrible que el de quienes no tienen nada.

En términos globales, el acaparamiento de la riqueza del mundo supera de muy lejos nuestra pobre capacidad de comprender cifras que parecen más propias de la astrofísica que de la economía. En una entrevista con Silvia Laboreo Longás, el premio Nobel Joseph Stiglitz resume el informe de un grupo de economistas de máxima cualificación que ha dirigido por encargo del presidente de Sudáfrica: “Entre 2000 y 2024, el 1% más rico del mundo capturó el 41% de toda la nueva riqueza, mientras que solo el 1% fue a parar al 50% más pobre (…) A día de hoy, la riqueza de los multimillonarios equivale al 16% del PIB global, alcanzando el nivel más alto de la Historia. En contraste, un 25% de la población mundial, equivalente a 2.300 millones de personas, se enfrenta a una inseguridad alimentaria moderada o grave”.

La pregunta que me hago a mí mismo no es menos acusadora porque interpela a una gran mayoría de gente progresista, que en un momento dado, y sin darse cuenta, abandonó el núcleo de lo que había sido desde el siglo XIX su ideario político: la crítica del capitalismo; los derechos de los trabajadores; la justicia social; la emancipación universal. Era un ideario que al cabo de más de un siglo empezó a abarcar nuevos derechos y nuevas sensibilidades, desde la urgencia de la igualdad de las mujeres y las minorías sexuales hasta la crítica rigurosa del colonialismo y sus pervivencias contemporáneas.

¿En qué estábamos pensando en la última década del siglo anterior y la primera de este, justo cuando el capitalismo aceleraba más que nunca su dominio sobre el mundo, sobre los recursos naturales esquilmados, sobre cada aspecto de la vida, sobre la mente humana? La pérdida de la conciencia social y del sentido de la justicia se correspondía con gobiernos de personajes que, bajo un aura cosmética de progresismo —Bill Clinton, Tony Blair— contribuyeron activamente, y con gran beneficio personal, a facilitar el triunfo del dinero y socavar los últimos reductos de lo público y la dignidad de los trabajadores.

Parecía que las cosas estaban más o menos bien y que podían seguir siendo así. En España, el modelo económico de los gobiernos de José María Aznar siguió siendo el mismo cuando gobernaron los socialistas, un dejarse llevar por una prosperidad especulativa, en la que las organizaciones sindicales parecían tan obsoletas como la idea de la lucha de clases. Era la época en que el presidente José Luis Rodríguez Zapatero aseguraba que bajar impuestos era progresista.

En lo que yo pensaba sobre todo era en la amenaza y la tragedia cotidiana del terrorismo, y en el nacionalismo fanático que lo justificaba, sometiendo al miedo a una sociedad entera, y a un dolor sin consuelo ni reconocimiento a las víctimas, una especie de apartheid en el que eran también confinados los demócratas no amparados por la ortodoxia identitaria. Me parecía prioritario vindicar el patriotismo constitucional, en la estela de Manuel Azaña, la ciudadanía igualitaria y laica, a los que ni la izquierda ni la derecha españolas hacían demasiado caso, las dos empeñadas en una competición de casticismos y folklores oficiales.

Era una causa digna, y lo sigue siendo, pero ahora me doy cuenta de que no era suficiente. Sin un sustento de justicia social la igualdad de derechos es ilusoria, según descubrió Martin Luther King en sus últimos años. Si veintiocho ancianos controlan la mitad de la riqueza de un país la soberanía nacional estará en gran medida en sus manos. Vi con mis propios ojos el derrumbe de 2008 en Nueva York, y vi también la frívola ceguera con que se aseguraba que sus consecuencias no llegarían a España. Pero lo que me abrió los ojos de verdad fue un libro de Tony Judt que leí nada más aparecer, en 2010, y se publicó luego en España con el título poco inspirado de Algo va mal. Era una defensa apasionada y del todo personal de la socialdemocracia: lo escribió alguien que viniendo de una familia trabajadora pudo estudiar en una universidad de élite gracias al estado de bienestar que fundaron los gobiernos laboristas británicos después de la II Guerra Mundial. Judt, historiador magnífico, polemista político, escritor en la estela contestataria de George Orwell, enfermo de ELA, reivindicaba sin ningún complejo todo lo que la epidemia neoliberal venía desacreditando y desbaratando desde los tiempos de Ronald Reagan: los servicios públicos universales, el activismo igualitario, la fiscalidad progresiva, la educación de primera calidad para todos. Me acuerdo de que la crítica del New York Times no fue menos feroz que la del Wall Street Journal. Tony Judt murió unos meses más tarde. Quince años y muchas injusticias y desmanes después, aquel libro es más todavía que entonces un redoble de conciencia, una invitación urgente a no cerrar los ojos y a no someterse a lo que parece inevitable. Antonio Muñoz Molina