sábado, 2 de agosto de 2025

DE LA BRUTALIDAD COMO HÁBITO DE CONDUCTA

 







Mi vida entera ha consistido en el choque con la brutalidad y en la huida de ella: en presenciarla o sufrirla, en detectar sus síntomas, en rebelarme contra ella, casi siempre en vano, comenta en El País [Sálvese quien pueda, 26/07/2025] el escritor Antonio Muñoz Molina. En los largos insomnios, ideas o imágenes inusitadas surgen como relámpagos en la oscuridad,comienza diciendo. En una sola noche sin dormir puede surgir entero un cuento o un poema. He llegado a pensar algunas veces que una novela aparece en la imaginación y se sostiene gracias a unos cuantos insomnios espaciados, que van alumbrando el camino que queda por delante. Esta madrugada, al cabo de muchas horas sin dormir, cuando ya está amaneciendo, he hecho uno de esos descubrimientos que le permiten a uno vislumbrar no ya detalles imaginarios que tienen toda la consistencia de lo concreto y lo verdadero, sino las líneas esenciales de una historia, la pura forma sumergida que la sostiene entera, o que convierte en ley de la naturaleza toda la proliferación de las observaciones singulares.

Pero en este caso el insomnio no está originado por una fiebre creativa, sino por una causa mucho más vulgar, de una contundencia irrefutable. No he dormido en toda la noche porque en la casa de al lado, con todas las puertas y las ventanas abiertas a lo que debería ser el regalo del aire de la madrugada, un grupo nutrido de gente joven y no tan joven está celebrando una fiesta en la que las carcajadas y los gritos de euforia alcohólica quedan sumergidos bajo un estruendo como de perforadoras de túneles cuyos golpes rítmicos contra la roca viva estuvieran amplificados por un equipo de sonido que bastaría para volver colectivamente sordos a los asistentes a un estadio. Hay gente que lo llama música. Pero no estoy en Madrid, en el vecindario del Santiago Bernabéu, escuchando el berrido oceánico de los seguidores de una de esas estrellas globales tan genéricas como la pizza o la Coca-Cola. Estoy en un pueblo interior, en una comarca que tiene algo de Edén regado por ríos de caudal jubiloso y protegido por un horizonte de montañas, uno de esos lugares que le permiten a uno sentirse fuera del mundo y a la vez habitar un mundo recogido y completo, como un arca de Noé en la que estuviera representada la variedad de las especies animales y vegetales y además de los paisajes: la vega fértil, las laderas de secano por las que trepan olivos y almendros austeros sobre la tierra roja, los montes de pinares, con cimas peladas en las que se encuentran ruinas de fortificaciones prehistóricas y de campamentos maquis de la posguerra, investigados con rigor y respeto por los arqueólogos.

Los dones de la mirada no son más ricos que los del oído. En el silencio del amanecer empieza a escucharse ese chirrido peculiar de las golondrinas, en sus idas y venidas urgentes entre el vértigo del cielo y los nidos de barro bajo los aleros. El sonido del caudal de los ríos viene acompañado por el de las copas de los fresnos, los chopos, los abedules, los cañaverales de las orillas. Por las noches es frecuente oír voces cercanas de personas a las que no se ve, pues hablan en un balcón, o en una calle de al lado, como cuando desde la cama, en las noches antiguas de verano, oíamos por la ventana abierta las voces de gente que pasaba. Sobre las hojas y las flores enormes de las calabazas vibra el zumbido laboral de las abejas. Pájaros cuyos nombres casi nunca llego a saber cantan en las copas de los manzanos, sobre las que vuela a primera hora de la mañana un cuervo majestuoso de voz ronca y alas de un negro de antracita con reflejos azules.

Todo ha desaparecido en esta noche de insomnio. Y entonces veo de golpe el patrón que ha regido una gran parte de mi vida, desde que tengo memoria, como cuando Darwin vio ante sí el diseño espléndido de la selección natural después de muchos años de observaciones meticulosas sobre los gusanos, los berberechos, los picos de los pinzones, las palomas mensajeras, las tortugas gigantes del Pacífico. Mi vida entera hasta el día de hoy ha consistido en el choque con la brutalidad y en la huida de ella: en presenciarla o sufrirla, en detectar sus síntomas, en rebelarme contra ella, casi siempre en vano, en constatar su predominio en la vida española, en encontrar su rastro en la historia del pasado y su perduración no mitigada sino exagerada en el presente; y también en examinarme a mí mismo para averiguar en qué medida puedo haberme contagiado de ella. No en vano me crié en un tiempo en el que curas, padres y maestros podían volverle la cara a un niño inerme de una bofetada, y en el que una reputada diversión infantil eran las charlotadas del bombero torero y los siete enanitos.

En los juegos de la calle y en los patios de la escuela asistí a la brutalidad de los grandullones y los crueles, en la universidad la de los policías de porras negras y uniformes grises, en el servicio militar la de los mandos y los veteranos serviles, en los años de Granada la de los guerrilleros fascistas que quemaban kioscos y asaltaban bares. He presenciado y sufrido la brutalidad clásica española ejercida por los matones reaccionarios, y por la simple burricie humana, pero también la otra brutalidad que consintió y muchas veces alentó y alienta la izquierda: la brutalidad de los represores y tristemente la de los antirrepresores, que en algún momento, allá por los ochenta, decidieron que la mala educación y la bronca, la imposición intolerante de la juerga, eran progresistas, y hasta tenían un alto interés cultural.

Uno busca un refugio y casi siempre alguna forma de brutalidad lo expulsa de él. En 1993, cuando mi mujer y yo reformamos nuestra primera casa juntos, descubrimos, nuestra primera noche en ella, que aquel recóndito paraíso no iba a ser posible. En los bajos del edificio había una especie de discoteca gay con la música tan fuerte que hacía temblar el suelo y las patas de la cama varios pisos más arriba. Fui a quejarme educadamente al dueño y aparte de encogerse de hombros deslizó contra mí una sospecha de homofobia. De la siguiente casa, un piso alto con una pequeña terraza en la que cabía todo el horizonte de Madrid, nos expulsó de nuevo el descontrol acústico de los bares, además de la esclarecida costumbre del botellón. Cada fin de semana, después de una noche sin dormir, amanecíamos al hedor de los vómitos y los orines en la acera. Había quien defecaba entre los coches aparcados, y quien prefería hacerlo, comprensiblemente, en la intimidad de nuestro portal. Por esa época, alguna autoridad pusilánime quiso poner algún límite a las horas de cierre de los bares. Hubo un manifiesto airado de intelectuales protestando contra aquel atentado a la libertad. Gente que vivía en urbanizaciones para ricos nos desdeñaba como reaccionarios a los que teníamos la desdicha de vivir dentro de la ciudad. Recuerdo a una dirigente célebre y radical que dictaminó: “Tampoco le pasa nada a la gente por no dormir alguna noche”. Quizás podía haber tomado la precaución de consultar a una de esas personas que madrugaban para trabajar, y que debían de ser sus votantes naturales; y haber pensado con algo de sensibilidad en los viejos, los niños pequeños, los enfermos, las personas cuyos derechos y cuya salud quedan abolidos por la bronca nocturna.

Me ofende la brutalidad de los conductores que dedican insultos atroces en un semáforo, y la de los moteros que atruenan un barrio entero con sus acelerones de obsceno exhibicionismo masculino, y la de los viajeros del metro que mantienen una conversación a todo volumen en el móvil sin la molestia de ponerse unos auriculares. Me llena de tristeza que la mala educación sea considerada en España un signo de autenticidad. En un sendero del campo, una especie de Mad Max montado en un artefacto con cuatro ruedas enormes siembra el pánico entre las criaturas que lo habitan, y a mí me sume en una desolación de derrotado. En el pueblo faltan varias semanas para que empiecen las fiestas, con sus vaquillas despavoridas entre la gente y sus comas etílicos juveniles, pero en la casa del otro lado del callejón los bárbaros llevan toda la noche entrenando. En España un ciudadano está tan inerme frente a la brutalidad como a la corrupción. Antonio Muñoz Molina es escritor y miembro de la Real Academia Española.



















[ARCHIVO DEL BLOG] LA ESPECIE. PUBLICADO EL 02/08/2019











En las piscinas de los grandes hoteles se junta una muestra exacta del género humano en versión democrática, comenta el escritor Félix de Azúa en un artículo de hoy en El País [La especie, 02/08/2019]. Hacía un siglo que no pisaba una piscina populosa, comienza diciendo. Este año pude hacerlo y me ha quedado un cálido sentimiento de ternura. En las piscinas de los grandes hoteles se junta una muestra exacta del género humano en versión democrática. Casi desnudos, sin máquinas que los distingan, los teléfonos son todos iguales y los clientes del hotel, también.
El espectro es antropológico. Van primero los niños chiquitos, sin movilidad, frágiles, agarrados a sus madres y con los ojos muy abiertos. Vienen luego los niños propiamente dichos, lo mejor de la especie, los cachorros prístinos, perfectos, vivísimos. Son originales, imprevisibles y escandalosos. No lo hacen adrede, pero molestan todo cuanto pueden. Sus padres sueltan incoherencias como: “¡Ven aquí, que te voy a dar un azote!”, y los niños van, aunque sea haciendo mohines. ¡Como lluvia de estío!
Lo que sigue son los adolescentes, arrogantes, tímidos, incompletos, soberbios, aplastados por su inseguridad y por la obligación que les ha caído de golpe: seducir. Lo intentan, aterrados por el fracaso, pero cuando sosiegan son la belleza misma. Sus padres, que se los miran con temor y orgullo, soportan ahora la carga más desgraciada, tienen que dar de comer, vestir, cobijar y contentar a toda la familia. Tarea ímproba y sin reconocimiento. Todos son iguales, aunque ciertos caracteres secundarios distingan a un ruso (un tercio de carne más) de un italiano (fino, moreno, peludo), son diferencias triviales. Y luego ya, en el último tramo, los abuelos, tipos sin futuro, sin agobios, sin angustias, a quienes todos ignoran menos los niños, y eso les basta.
Hay que reconocerlo. La especie humana es admirable y magnífica solo cuando está en pelotas. Gocen de la piscina y hasta septiembre. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Hoy, 2 de agosto, cumple este blog trece años de vida. Gracias de todo corazón por compartir esta aventura conmigo. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt


















EL POEMA DE CADA DÍA. HOY, ME BASTA ASI, DE ÁNGEL GONZÁLEZ

 






ME BASTA ASÍ



Si yo fuese Dios

y tuviese el secreto,

haría

un ser exacto a ti;

lo probaría

(a la manera de los panaderos

cuando prueban el pan, es decir:

con la boca),

y si ese sabor fuese

igual al tuyo, o sea

tu mismo olor, y tu manera

de sonreír,

y de guardar silencio,

y de estrechar mi mano estrictamente,

y de besarnos sin hacernos daño

-de esto sí estoy seguro: pongo

tanta atención cuando te beso-;

entonces,




si yo fuese Dios,

podría repetirte y repetirte,

siempre la misma y siempre diferente,

sin cansarme jamás del juego idéntico,

sin desdeñar tampoco la que fuiste

por la que ibas a ser dentro de nada;

ya no sé si me explico, pero quiero

aclarar si yo fuese

Dios, haría

lo posible por ser Ángel González

para quererte tal como te quiero,

para aguardar con calma

a que te crees tú misma cada día,

a que sorprendas todas las mañanas

la luz recién nacida con tu propia

luz, y corras

la cortina impalpable que separa

el sueño de la vida,

resucitándome con tu palabra,

Lázaro alegre,

yo, mojado todavía

de sombras y pereza,

sorprendido y absorto

en la contemplación de todo aquello

que, en unión de mí mismo,

recuperas y salvas, mueves, dejas

abandonado cuando -luego- callas…

(Escucho tu silencio.

Oigo

constelaciones: existes.

Creo en ti.

Eres.

Me basta.)




ÁNGEL GONZALEZ (1925-2008)

poeta español

























DE LAS VIÑETAS DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 2 DE AGOSTO DE 2025

 







































viernes, 1 de agosto de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY VIERNES, 1 DE AGOSTO DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 1 de agosto de 2025. El escritor y cineasta israelí Etgar Keret reprocha a sus compatriotas la indiferencia ante el asesinato diario de decenas de civiles en Gaza en la primera de las entradas del blog de hoy: Mientras camino por las calles de Tel Aviv, dice, veo a la gente que se apresura de un lado a otro con expresión nerviosa y no me es fácil olvidar que estamos en guerra. En la segunda, un archivo del blog de abril de 2010, el escritor Félix de Azúa, habla de la bibliopatíA, Bella palabra, del griego "βιβλίον" (libro) y "πάθεια" (sufrir, experimentar), que podríamos definir como "pasión por los libros". El poema del día, en la tercera, se titula La princesa está triste, es del poeta nicaragüense Rubén Darío, y comienza con estos versos: La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?/Los suspiros se escapan de su boca de fresa,/que ha perdido la risa, que ha perdido el color./La princesa está pálida en su silla de oro,/está mudo el teclado de su clave sonoro,/y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt













DE LAS MUERTES DE GAZA VISTAS POR UN ISRAELÍ

 







El escritor y cineasta israelí Etgar Keret reprocha a sus compatriotas la indiferencia ante el asesinato diario de decenas de civiles en Gaza [La rutina de la muerte en Gaza vista desde Israel, El País, 27/07/2025]. Mientras camino por las calles de Tel Aviv, dice Keret, veo a la gente que se apresura de un lado a otro con expresión nerviosa y no me es fácil olvidar que estamos en guerra. Los aviones de combate que sobrevuelan nuestras cabezas nos lo recuerdan de vez en cuando, pero normalmente estamos preocupados por otras cosas. Un día, Trump suelta una predicción optimista sobre un alto el fuego entre Israel y Hamás y, al día siguiente, se acuerda de la guerra de Ucrania. Aquí, en Israel, nuestra atención oscila entre una encuesta que muestra que más del 80% de los israelíes quieren el fin inmediato de la guerra y la final de un reality show de cocina en horario de máxima audiencia. De forma periódica, nos sorprende el anuncio de que ha muerto otro soldado. Y, en medio de esta realidad tan contradictoria, hay algo que no deja de aparecer.

Hay días en los que nos aferramos a la esperanza de que los rehenes volverán pronto a casa y otros en los que no. Hay días en los que mueren soldados y otros en los que no. Hay días en los que la coalición de Netanyahu parece estar a punto de hundirse y otros en los que parece que este Gobierno nos va a perseguir durante toda la eternidad. Pero hay una constante: casi cada día de los últimos cuatro meses han muerto asesinados en Gaza decenas o centenares de civiles. En nuestros días más felices y en los más tristes; cuando llorábamos por un soldado caído y mientras nos reíamos con un sketch cómico en televisión; cuando nos fuimos de vacaciones a Grecia y cuando nos quedamos atrapados en el aeropuerto en el camino de vuelta a casa, cuando nos llamaron para cumplir el servicio militar como reservistas y cuando caímos enfermos de gripe; en cada uno de esos días, a menos de dos horas de coche de casa, murieron niños, hombres y mujeres, simples “daños colaterales”. Cada noche, cuando nos metemos en la cama y cerramos los ojos, unas personas a las que no conocemos, no muy lejos, están exhalando el último aliento. Familias enteras. Cuando abrimos los ojos por la mañana para ver el móvil, ya sea para leer que una delegación israelí se dirige a Qatar a reanudar las negociaciones o para informarnos sobre alguna nueva crisis política interna, no debemos olvidar que, ya antes de mirar la pantalla, hemos empezado otro día más en el que van a morir seres humanos. Nuestros vecinos.

Estas muertes no conmueven al mundo. No aparecen en los informativos del Canal 12 israelí, no tienen peso, apenas son noticia. Pero son persistentes, arbitrarias y asesinas y no tienen ningún propósito. La montaña de cadáveres de Gaza crece día a día, mientras va pasando el tiempo que les queda de vida a los rehenes y se determinan las futuras listas de soldados muertos. Y está ahí para recordarnos el abismo moral en el que hemos caído, un abismo en el que la muerte diaria de decenas, de cientos de seres humanos se ha convertido en rutina. Etgar Keret es escritor y director de cine israelí. Este artículo ha sido publicado también en el diario israelí Yedioth.












[ARCHIVO DEL BLOG] BIBLIOPATÍA. PUBLICADO EL 27/04/2010









Bella palabra "bibliopatía". Del griego "βιβλίον" (libro) y "πάθεια" (sufrir, experimentar). La podríamos definir como "pasión por los libros". La cita el escritor Félix de Azúa en un hermoso artículo en "El Boomeran(g)", titulado La letra ya no entra ni con sangre, que dice así: No le había visto en los últimos cinco años. Comparto con él la inicua pasión libresca, esa bibliopatía que nos ha llevado a acumular toneladas de libros cuya lectura ocuparía cinco largas vidas. Tenía muy buen aspecto y estaba sumamente simpático. Sólo en un momento de la conversación, justamente cuando tratamos sobre los libros, mostró cierta preocupación. Coincidimos en que nadie pone ya en duda que nuestras bibliotecas personales, conjuntos de diez, doce o quince mil volúmenes, son ya las últimas que podrá poseer un particular. En el futuro será cosa de locos o de millonarios reunir en casa más de mil libros. Mi generación es la última que ha logrado tener al alcance de la mano la totalidad del saber y de la literatura. La electrónica y el precio de la vivienda, aquí y en todo el mundo, matarán las grandes bibliotecas particulares.
Muy contrariado me dice que los libros le están costando mucho más caros que la familia que nunca tuvo. Una parte la guarda en el piso de su propiedad, pero ha tenido que alquilar otros dos para disponer el resto. Gasta todo lo que gana en su biblioteca. Otro amigo mío se vio obligado a alquilar su piso lleno de libros para poder seguir pagándolo. El inquilino convive con ellos, por cierto, muy a gusto. Otros amigos se han ido a vivir a lugares casi salvajes para poder disponer de espacio libresco.
Quienes padezcan esta pasión carísima y postrera se divertirán leyendo "Bibliotecas llenas de fantasmas" que ha editado Anagrama. Su autor, Jacques Bonnet, sufre la misma enfermedad y los mismos temibles conflictos. ¿Y por qué razón soportamos tan terrible losa? ¡Qué pregunta más ociosa! Cuenta Bonnet que en las carretas que llevaban a los nobles franceses a la guillotina, cierto testigo pudo observar a uno de ellos perfectamente ajeno a su muerte inmediata, apenas apoyado en las tablas laterales y leyendo absorto un libro en octavo. Y así subió al cadalso, sin dejar de leer y pasando página. ¡Lo que daríamos cualquiera de nosotros por tener ese libro en nuestra biblioteca!. 
El Boomeran(g) es un blog que les recomiendo encarecidamente como una de las lecturas más gratificantes y enriquecedoras que pueden encontrarse  en la red.  En él escriben algunas de las firmas más  interesantes del panorama literario en español, por ejemplo: Víctor Gómez Pin, Vicente Verdú, Yoani Sánchez, Vicente Molina Foix, Rafael Argullol, Basilio Baltasar, Javier Rioyo, o el propio Féliz de Azúa, entre otros.
Similar pasión por los libros padece la escritora norteamericana Anne Fadiman. Dejó constancia de ella en un precioso librito que ya he mencionado con anterioridad en el blog: "Ex Libris. Confesiones de una lectora" (Alba Editorial, Madrid, 2000). Lo leí por vez primera con inmenso placer hace ahora nueve años, y a él vuelvo con frecuencia. Les recomiendo lo lean si creen que padecen "bibliopatía". No se les curará, pero disfrutarán de su enfermedad doblemente.
Cuenta Anne Fadiman en su libro que hasta pasados cinco años de matrimonio, y ya con un hijo a cuestas, no se propusieron su marido (también escritor) y ella unir sus respectivas bibliotecas. Fue sólo entonces, comenta, una vez que lograron encontrar un sistema uniforme de clasificación de sus libros respectivos, que se consideró verdaderamente ligada a él... ¿Exageración? No lo creo... Lo digo por experiencia propia.
Mi modesta, caótica y abigarrada biblioteca familiar, de unos seis mil libros (cantidad calculada a ojo de buen cubero por las estanterías que ocupa) está repartida entre nuestras casas de Maspalomas, Las Palmas, las de mis hijas, ¡y hasta la de una cuñada! Ya casi he renunciado, por imposibilidad manifiesta, a su clasificación y catalogación, de la que sólo he llevado a cabo las de unos 2000 títulos. No me gustaría morirme sin llevarla a cabo, pero no se si lo conseguiré. Me faltan paz y sosiego para ello.
El escritor Félix de Azúa, en el artículo mencionado, comenta que en el futuro será cosa de locos o de millonarios reunir en casa más de mil libros; que su generación es la última que ha logrado tener al alcance de la mano la totalidad del saber y de la literatura; pero que la electrónica y el precio de la vivienda, aquí y en todo el mundo, matarán las grandes bibliotecas particulares. Creo que tiene toda la razón.
A las tres de la madrugada del 28 de abril, insomne, cuatro horas después de publicar esta entrada, me pongo a ojear de nuevo el blog "El Boomerán". Me encuentro en él una joya que no había visto hasta hoy. Un delicioso y sentimental artículo de la novelista cubana Zoe Valdés titulado "Libros clandestinos", publicado en 
https://www.elboomeran.com/upload/ficheros/noticias/bibliotecavaldes.pdf. Merece la pena hacerlo. A mí me ha emocionado, lo confieso sin pudor, porque en muchas de las cosas que dice me he visto reflejado. Creo que ahora me  va a resultar doblemente difícil volver a la cama y conciliar el sueño. Mal trago, porque mañana (hoy, miércoles ya) me espera un día bastante atareado de compromisos personales. Mi próxima entrada será la número 1300 del blog. Si tenemos en cuenta que lo inicié el 1 de agosto de 2006, hace 1365 días, salgo casi a un comentario diario. Demasiado, para algo que nació como un mero entretenimiento. Quizá haya llegado el momento de replantearse, ahora sí, su continuidad... Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt 



















EL POEMA DE CADA DÍA. HOY, LA PRINCESA ESTÁ TRISTE, DE RUBEN DARÍO

 






LA PRINCESA ESTÁ TRISTE


La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa  de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste, la princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
—la princesa está pálida, la princesa está triste—,
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

—«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».




RUBÉN DARÍO (1867-1916)
poeta nicaragüense