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martes, 22 de octubre de 2019

[A VUELAPLUMA] Conductora



Fotografía de Máximo García para El País


A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de las autoras, sobre todo autoras -algo que estoy seguro habrán advertidos los asiduos lectores de Desde el trópico de Cáncer- cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. Ellas tienen, sin duda, mucho que decirnos. Les dejo con el A vuelapluma de hoy.

"Fue en Colombia -comienza diciendo la escritora argentina Leila Guerriero-. Llovía. Ella llegó a mi hotel dando grititos como si fuese un juguete histerizado, tapándose el pelo con las manos para no mojarse. Me di a conocer y caminamos apuradas de regreso a su taxi. El trayecto era largo, conversamos. Me contó que tenía 40 años, marido, tres hijas. Me preguntó si viajaba mucho y le dije que sí. Me preguntó si me gustaba y le dije que más o menos. Me preguntó si no extrañaba a mis hijos y le dije: “No tengo hijos”. Me dijo: “Oh”, como quien da el pésame. Me preguntó si tenía marido. Le dije: “Estoy en pareja”. Me preguntó: “¿Y lo deja solo?”. Le dije: “Yo también estoy sola, pero ¿por qué pensás que es ‘él’ y no ‘ella’?”. Me dijo: “Eso se nota enseguida”, impostando la voz al decir “eso”, de modo que sonó como “esa asquerosidad”. Me preguntó si me gustaba pasear. Le dije que sí, pero que no tenía tiempo. Me dijo que, si yo quería, ella podía llevarme a sitios en los que no me iba a sentir cómoda yendo con un hombre. Le pregunté: “¿Por ejemplo?”. “El mall. Las mujeres somos muy antojadas y demoramos comprando cositas: el recuerdito, el regalito para la mamá. El hombre no tiene paciencia”. Le dije que el hombre con quien vivo demora más que yo en decidirse por un par de zapatillas, que el mall me deprime, que no tengo “mamá” y que cuando la tenía no le compraba cosas en los viajes. Dijo: “Así somos las mujeres. Nos gusta regalar, pero más nos gusta que el marido nos regale”. Me acordé del reguetón aquel —“tú vas a extrañarme cuando abras la cartera y no tengas nada”—, y llegamos a destino. Me dijo que la llamara, que “entre mujeres nos sentimos más cómodas”, anotó su teléfono, me lo dio y se fue. Sentí un impulso maligno, como si las vértebras se me transformaran en cuchillos. Después, a lo largo del día y mientras trabajaba, pensé mucho en esa palabra difícil: sororidad".







La reproducción de artículos firmados en este blog no implica compartir su contenido. Sí, en todo caso, su  interés. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt





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La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

miércoles, 15 de mayo de 2019

[A VUELAPLUMA] El desencuentro





Al final, habrá un largo rastro de descuidos como animales aplastados, comenta la escritora argentina Leila Guerriero. Empieza por la comida. Un día, cuando él regrese tarde del trabajo, váyase a dormir sin dejarle la cena lista, una alteración en el hábito de todos esos años durante los cuales, siempre que él llegó tarde, usted dejó comida hecha. Esa madrugada, cuando él se meta en la cama, despiértese y recuerde cómo, hasta hace poco, cuando eso sucedía usted lo abrazaba como si tuviera hambre o sed. Ahora dígale: “Ponete de costado, así no roncás”. En la mañana, durante el desayuno, pregúntele —intentando que en su voz se note una molestia inexplicable— qué cenó. Escuche cómo él responde sin encono, genuinamente distraído: “Piqué algo en el trabajo. No tenía hambre”. Sienta furia y cansancio. Prepare café sólo para usted y no le ofrezca. Una semana más tarde, olvide el día de su cumpleaños. Recuérdelo a último momento y dígase, irritada, “tengo que comprarle algo”. Interrumpa lo que está haciendo. Vaya al mall. Sienta, mientras compra, que está perdiendo el tiempo. Recuerde la felicidad iridiscente que le producía, años atrás, planificar el regalo, escribir la tarjeta. Elija cualquier cosa, fastidiada. Al pagar, sienta que está desperdiciando su dinero. Ya en su casa escriba, en un papel usado, ¡Feliz cumpleaños! Deje el regalo sobre la mesa, de cualquier manera. Piense: “Cuando llegue lo va a ver, no va a ser una sorpresa”. Piense: “Qué importa”. Un día, perciba que él ya no tiene champú, ni crema de afeitar, ni queso del que le gusta. Cuando vaya al supermercado, no compre nada de todo eso. Piense: “Que se lo compre él”. Una tarde él dirá: “Me duele el cuello”. No se disponga, como siempre, a hacerle un masaje. Dígale: “¿Tomaste ibuprofeno?”. Caiga en la cuenta de que hace meses que él no la llama —“¡Amor, llegué!”— al entrar en la casa. Piense: “Mejor”. Pregúntese cuánto falta.





Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt 



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