lunes, 24 de noviembre de 2025

LA PEOR DE LAS DEMOCRACIAS ES PREFERIBLE A LA MEJOR DE LAS DICTADURA

 







Los jóvenes que hoy manifiestan una inclinación autoritaria no añoran un dictador real, sino un ideal estético: alguien que «ponga orden» y remedie las frustraciones, escribe en la revista Ethic (20/11/2025) el periodista y escritor Rubén Amón. Resulta perturbador y revelador que casi uno de cada cinco jóvenes españoles declare su preferencia por una dictadura frente a una democracia, comienza diciendo. Perturbador por la estadística, revelador por la ligereza. Como si la dictadura consistiera en un botón que apaga el ruido, como si renunciar a las garantías constituyera un gesto de eficacia y no un suicidio político. Y lo es todavía más cuando el 30% de los jóvenes que votan a Vox comparten ese veredicto, persuadidos de que la mano dura resolvería las grietas de un país que no es perfectamente democrático, pero sí radicalmente libre.

La duda no está en la encuesta. Está en la despreocupación. En la sensación de que una parte de la juventud ha convertido la palabra «dictadura» en un accesorio verbal, en un objeto decorativo con el que impresionar en un debate, sin calibrar el peso histórico, la fractura moral, el silencio letal que la acompaña. Y no se trata de que España viva impecablemente la salud democrática, ni de que el sistema político esté libre de sombras, ni de que las instituciones funcionen como relojes. Se trata de algo más simple: incluso en los momentos más tensos, España está muy alejada de cualquier régimen autoritario.

Basta un rápido inventario para constatarlo. En una dictadura no estarían imputados el hermano del presidente ni su mujer. No habría un juzgado que investigara al entorno del jefe del Gobierno. El secretario general del partido del presidente no estaría en la cárcel. Tampoco se sometería a juicio a un fiscal general del Estado, porque la separación de poderes no sería una aspiración frustrada, sino un recuerdo arqueológico. Y ahí reside la paradoja: la posibilidad de denunciar la degradación institucional es precisamente una prueba de que no vivimos en un régimen autoritario.

La frivolidad se acentúa cuando se compara España con Venezuela, exhibiendo un tipo de inflamación argumental que no se corresponde con los hechos. Ni los precios, ni la escasez, ni el éxodo demográfico, ni la asfixia civil, ni la clausura del Parlamento, ni la abolición de la prensa crítica describen el paisaje español. La comparación es torpe y, sobre todo, irresponsable. España no es un paraíso democrático, pero está completamente fuera del perímetro de un Estado fallido. Y quizá la mejor demostración es otra: incluso quienes denuncian sin descanso un supuesto «derrumbe institucional» pueden hacerlo desde un micrófono, desde un escaño o desde una columna. Nadie les reduce al silencio. La estridencia forma parte del sistema. La protesta también.

Conviene recordarlo porque la democracia no es un régimen diseñado para el consenso, sino para la fricción. Funciona mal, pero funciona mejor que cualquier alternativa. Produce desencanto, cansancio, saturación. Y en esa saturación encuentran espacio los cantos de sirena del autoritarismo. La promesa del orden. La supuesta eficacia. La destilación quirúrgica del poder en un solo individuo. Basta repasar la historia del siglo XX para entender el coste: el líder carismático se convierte en un tótem; la ley es su brazo; la discrepancia, un estorbo.

Los jóvenes que hoy manifiestan una inclinación autoritaria no añoran un dictador real, sino un ideal estético: alguien que «ponga orden». Alguien que resuelva la inflación política, la polarización inagotable, la inflación burocrática y el desgaste institucional. El problema es que la acción sin contrapesos solo existe en la autocracia, y la autocracia no es un método de gestión acelerada, sino un laboratorio de sumisión.

Es cierto que Pedro Sánchez exhibe pulsiones autocráticas. Su insistencia en ajustar el Estado a su medida, su modo de colonizar instituciones, su permeabilidad a convertir RTVE en un altavoz, la intervención en el CIS, la instrumentalización de la Abogacía del Estado, el hostigamiento retórico a los jueces. Todo ello es criticable. Todo ello erosiona el paisaje democrático. Todo ello merece una vigilancia férrea.

Pero confundir estas prácticas deterioradas con una dictadura no es solo una exageración: es un error conceptual. Si España fuera una dictadura, nadie podría señalar la colonización institucional, nadie podría acusar al Gobierno de presión a la prensa, nadie podría denunciar la atonía del Parlamento. Y, sobre todo, nadie podría recurrir a la Unión Europea, que ejerce una tutela efectiva sobre los Estados miembros y que, como se ha demostrado con Polonia y Hungría, dispone de mecanismos reales para actuar frente a los abusos del poder ejecutivo allí donde se produzcan.

El Gobierno español cruza líneas, pero las líneas siguen existiendo. Y se cruzan precisamente porque hay una frontera. Nadie traspasa un límite en un régimen autoritario: los límites ya no están.

Tal vez se subestima hasta qué punto la Unión Europea actúa como una muralla vital para prevenir la deriva autoritaria en sus miembros. Los fondos estructurales, las auditorías, los tribunales, el Tribunal de Justicia de la UE, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, la Comisión, el Parlamento Europeo… Todos conforman un sistema de vigilancias recíprocas que impiden que un país se precipite hacia el autoritarismo sin pagar un precio económico y jurídico insoportable.

España no solo forma parte de esa estructura: se beneficia de ella y está perfectamente integrada. Y ello no hace mágicamente impecable nuestro sistema democrático, pero sí actúa como una garantía de que ningún Gobierno, ni el de Sánchez ni el de ningún otro, puede convertir el Estado en una jurisdicción personal sin afrontar el reproche europeo. Esa garantía, por sí sola, desactiva cualquier insinuación de asfixia institucional. Los problemas son reales, pero los contrapesos también.

El atractivo de la dictadura es emocional, no racional. Se fundamente en una fantasía: la supuesta claridad que proporciona un mando único. Y se refuerza con la sensación de impotencia que muchos jóvenes experimentan cuando observan un sistema multipolar, ruidoso, incapaz de ofrecer soluciones simples a problemas complejos. Pero la claridad que promete el autoritarismo no es claridad: es oscuridad sin matices. La eficacia que promete es eficacia solo para el gobernante. Y la estabilidad que promete es, en realidad, una petrificación social.

Lo inquietante no es que los jóvenes se equivoquen. Es que se equivocan desde el privilegio de poder equivocarse. Solo en una democracia puedes decir que preferirías una dictadura. Solo en una democracia puedes fantasear con la renuncia a tus libertades sin perderlas. Y solo desde una democracia se puede trivializar lo que significa abolirla. La tentación autoritaria no brota del sufrimiento real, sino del hartazgo, del descontento, de la política convertida en espectáculo. De ahí que resulte tan esencial explicar que una dictadura nunca es un gesto de impaciencia: es un salto al vacío.

La democracia española está exhausta, desprestigiada, polarizada, instrumentalizada. Pero sigue ahí. Late. Se corrige. Se equivoca. Se recupera. Es imperfecta porque depende de nosotros. Y eso, lejos de ser una desventaja, es la mayor fortaleza. La imperfección democrática es la única que admite la reforma, la crítica, la rectificación.

Una dictadura no admite nada. Ni siquiera el error. La rigidez se convierte en un destino. Y quizá convenga decirlo con toda serenidad: quienes hoy fantasean con el autoritarismo no saben realmente lo que piden, porque jamás lo han vivido. Confunden la molestia con la opresión, la frustración con el despotismo, el ruido parlamentario con un gulag. El desafío no es ridiculizarlos. El desafío es recordarles que la libertad no es una abstracción, sino un hábito que se desgasta cuando se banaliza.

España no es un paraíso democrático. Pero es, indiscutiblemente, un país libre. Con reglas, con controles, con jueces que investigan al poder, con prensa que incomoda, con instituciones que fallan, sí, pero que existen. Y mientras existan, la tentación autoritaria seguirá siendo solo eso: una tentación infantil revestida de gravedad adulta. Rubén Amón
























DEL ARCHIVO DEL BLOG. PERROS. PUBLICADO EL 24/11/2011 (REEDITADA)

 







Esta madrugada recibí un correo electrónico bastante inusual. No por la dirección electrónica desde la que me llegaba, la de una antigua y querida amiga, sino por lo que figuraba en el recuadro de asunto: "Para mami", y por la firma que aparecía al final del mensaje: D.

Todos los que convivimos con animales sabemos que los animales hablan. A su manera, pero nos hablan. Con toda claridad. Algunos, hasta escriben. Sobre todo aquellos que se han convertido en personajes literarios, cuyos nombres no voy a enumerar porque son sobradamente conocidos. Hasta hubo uno, un caballo, Incitato, histórico y real, que llegó a ser cónsul de la república romana... Lo que resulta más novedoso es que animales de carne, hueso y alma, sí, los animales también tienen alma, es que manden correos electrónicos. Cosas de la modernidad.

No tengo la menor idea del porqué me ha llegado a mí; supongo que por error. O quizá no, que lo haya enviado a propósito porque sabe que conozco a la destinataria y de alguna manera quería hacerme saber lo que está sintiendo, ahora que su "mami" no está en plenitud física a causa de un accidente laboral ocurrido hace unos meses. O quizá, también, por qué no, sabedor de mis manías escribidoras, para que lo publique en el blog y todos los otros amigos de su mami sepan cuanto la quiere... 

Conozco a D, un yorkshire terrier, desde que nació. Y a su mami, MF, también, claro está desde bastante antes que a él. Su mamá y yo nos conocimos a mediados de los 80, en Madrid. Una fresquita tarde de invierno, en la terraza de una cervecería de la plaza del Ángel, frente al Teatro Español, donde habíamos quedado el grupo de delegados de alumnos de  Geografía e Historia de la UNED, venidos de toda España para una reunión que tendría lugar al día siguiente en la Facultad. Congeniamos los dos a primera vista, y a pesar de la distancia y del tiempo transcurrido, ahí seguimos: ella, yo, y otros muchos, tan amigos como entonces, o más... Otra cosa más que agradecer a la vida, y a nuestra universidad.

Me ha emocionado el relato de D, entre otras muchas razones porque me ha recordado a mi perro Parchís, otro yorkshire terrier, que también hablaba, bebía café solo, dormía con papá y mamá, me esperaba en la puerta de casa cuando volvía del trabajo, y se hacía el muerto con maestría cinematográfica cuando alguien simulaba que le disparaba, con un dedo extendido, y decía ¡pumm!...

Muchas gracias por recordármelo, D, aunque no fuera esa tu intención. Dale un beso muy grande a tu mami de mi parte, y otro muy grande también para ti. Dile que se cure pronto; y que la quiero mucho... ¿Vale? Les dejo con la carta de D a su mamá. Dice así: Soy un perro. A diferencia de ese gato presumido de Sosaki, yo si tengo nombre. Y no un nombre cualquiera, no. Me llamo D, aunque se escribe D, sí, sí, en inglés, por eso no es un nombre cualquiera: corto, sonoro, con significado. Me lo puso mi mami. Ah, mi mami! Pero ya cuando nací, en un lugar donde los humanos se dedican a criar perros y luego venderlos a otros humanos como mascotas, me bautizaron  -bueno, bautizar en sentido figurativo ¿eh?- con el nombre de Ciro. Fíjate, yo con el nombre de un importante rey de los persas, Ciro el Yorkshire. Porte aristocrático sí que tengo, modestia aparte. Y también a diferencia de ese gato callejero tan sabiondo, tengo pedigrí, que es algo que los hombres se miran mucho a la hora de adquirir un animal de compañía ¿tiene pedigrí? Ah, pues no lo quiero,  yo quiero uno que tenga pedigrí, no un chucho callejero. Llegué a casa de mami a través de una amiga que tenía otra mascota de mi raza. Solo tenía un defecto, y es que era muy besucón y llenaba de babas a todo el que se le acercara. Un poco más pequeño que yo, puro nervio. Coñazo perro, que no se estaba quieto ni atado. Yo siempre he sido muy áspero. De pequeño no soportaba que me cogieran en brazos –puñetera manía que tienen los humanos de cogernos en brazos, manosearnos y besarnos- y eso de los besos he empezado a practicarlo ya de mayorcito, tal vez porque mi mami me besa mucho y ahora me gusta tanto que empecé a pensar que a ella también le gustaría que yo la besara. Y así lo hago y veo que sí, que le gusta. Aunque durante poco rato, porque no estoy acostumbrado y me cuesta. No veo yo eso de los besos como cosa de perros, que quieren que les diga.

Ya he cumplido los once años, o sea que estoy en la edad que los expertos consideran anciano para un perro. Y digo yo, ¿qué sabrán estos expertos sobre la vida de los perros si nunca han sido perros? 7 años de mi vida por uno de ellos. Y si los números no me fallan, en estos momentos tengo unos 77 años. Ahhhh, que me da un ataque de risa. ¿Qué os creéis, que los perros no nos reímos? Los humanos me parecéis bastante tontos. Pensáis que sois superiores a todos los bichos del reino animal. Pero si no sabéis ni andar a cuatro patas, con lo cómodo y rápido que es. Pues sí, los perros reímos, lloramos sin lágrimas, sufrimos, amamos, sentimos, tememos tos, nos tiramos pedos, eructamos, hacemos pipí y caca, tenemos miedo, nos estresamos, reconocemos a quienes nos aman de los que no, nos hacemos entender sin hablar, escuchamos, obedecemos, vemos la vida en dos colores –pero nos basta-, nos defendemos, demostramos nuestra alegría a todas horas saltando y moviendo nuestro rabo, protegemos a los nuestros, defendemos nuestro territorio, nos gusta el sexo tanto o más que a vosotros los humanos, nos enamoramos de nuestras perritas y luchamos por conseguir su amor, sabemos distinguir una buena comida de los restos de la vuestra, saboreamos el agua que bebemos… Ya veis, todo igual que al resto de la gente.

A pesar de tanta igualdad, debo confesar que existen grandes diferencias entre nosotros, los perros. Y eso se debe a la suerte que cada uno haya tenido en encontrar a su familia. Cuando paseo con mami –ah, mami- por la calle acostumbro a cruzarme con algún que otro compañero. Y cuando ves a su dueño ya sabes con qué clase de perro te vas a encontrar. Están los estirados, esos que ni te miran cuando pasas por su lado; incluso se apartan como si tú fueras un apestado y aligeran el paso para no hacerse el encontradizo. El dueño hace lo mismo: simula una prisa que no tiene y no ya ni te mira, es que ni te ve. Esos son perros infelices, pero como no les dejan tener relaciones sociales con otros perros, pues no se pueden desahogar ni les podemos ayudar y siempre llevan esa mirada penosa encima. Sus dueños tampoco se relacionan mucho con gente de su especie. Son personas solitarias, agrias, un tanto desgraciadas en su vida personal, laboral y social y que un día decidieron poner un perro en su vida para encontrar un poco de compañía. Da pena verles a los dos. 

Ah! y luego están los amiguillos de verdad, esos que se alegran de verte, que te esperan en medio de la calle ya moviendo su rabo y que desean olerte y ladrarte dándote los buenos días o las buenas tardes. Después de saludarnos, hala, cada uno al arbolito de turno para dejar nuestra marca. ¡Cómo los quiero a esos!  Alegran mi rutina diaria, y no digamos sus mamis o sus papis. Son tan simpáticos como ellos. Siempre entablan conversación con mami, la mayoría de las veces sobre nosotros mismos, que si tal, que si cual, que qué guapos somos, que qué bien peinados vamos hoy, que qué graciosos, que como movemos la colita, que si Poti ha estado malito con diarrea, que qué comió, a pues no sé, algo en la calle –siempre es la calle-, ahora está a dieta y Poti me dice que está hasta las narices de arroz hervido, que él lo que quiere es su perolete de cada día, con su buena ración de premios. Anda, anda, quejica, que si por ti fuera te comerías un pollo entero y mojarías pan en la salsa. Pues anda que tú, pijo del culo –siempre me llama así, no sé de donde le salió esa coletilla de “culo”- que estás suspirando para que te suban a la mesa y te den de todo lo que hay en los platos. Sí,  debo reconocerlo: estoy muy mal criado y consentido. En casa mando yo, con permiso de mami y hasta que ella quiere. Buf, cuando ella se cuadra, sálvese quien pueda. Luego nos encontramos con Mandi, una preciosa perrita pelirroja que me tiene el seso sorbido y a la que le importo un pito, o dos. Siempre me enseña los dientes y me dice ni se te ocurra acercarte que te los hinco. Y yo, con mi porte regio le digo, como si no me importara –pero sí que me importa-, pues que te den morcilla, y me marcho contoneándome y con la cabeza bien alta. Habrase visto la arrogante de la perra. Y mira que es guapa la jodida, pero no me deja ni olisquearla. Y alguna vez nos encontramos con esos perros tan enormes, que a mí me dan unas ganas de tirarme a su yugular y luchar a muerte con ellos, que si no fuera por mami –ah, mami- ya estaría supermuerto docenas de veces. Se creen que me asustan y que dan miedo por ser tan grandotes, pero yo soy un tío valiente donde los haya, por mis genes corre sangre de antepasados que luchaban con los hurones en las madrigueras, con las malditas ratas y otras alimañas. Porque es que además te miran con superioridad –vale que son muy grandes-, pero eso no les da derecho a menospreciar a los chiquitos. Mami, ah mami, no me deja acercar a ellos. Cuando les ve venir ya me frena la correa y me reprende cuando empiezo a gruñirles y me voy directo a sus cuellos. Siempre me dice, mira que eres tonto, que no ves que con solo abrir su boca ya estarías caput . ¿Qué querrá decir con eso de caput? Yo me enfado. Da igual, no me sirve de nada.

Hay otro tipo de perros a los que hay que tener a raya, porque no son lo que parecen, ni sus dueños tampoco. A simple vista parecen dóciles y nada agresivos. Sí, sí, fíate tú de esos. Disimulan y cuando te tienen a tiro, zas, mordisco al canto.  A esos los evito siempre. Son mala gente, traicionera, en los dos sentidos, perro y dueño.

A mami le gusta mucho jugar a pelota y yo para complacerla juego con ella. Cada dos por tres aparece con una pelota nueva  ¿Será que se cansa de las antiguas? Tenemos la casa llena. Yo las escondo debajo del sofá para tener un poco despejado el territorio, ya que son objetos peligrosos y mami puede pisarlas y caerse. Así que me he convertido en el guardián de las articulaciones de la gente de mi casa. D, ¿dónde está la pelota? Eso es que quiere jugar. Y yo voy entonces y la busco. Si están todas debajo del sofá le muestro el lugar y ella la saca. Entonces empezamos un interminable partido de fútbol. Yo la chuto con mi hocico y ella me la devuelve con su pie; yo la paro con mis manitas y mi boca y se la vuelvo a tirar. A veces se me escapa intencionadamente y entonces mami grita gol, te he marcado un gol! Y se la ve ten feliz que yo me dejo marcar alguno que otro para que ella grite gol, te he marcado un gol! Y así nos pasamos un buen rato, hasta que ella se cansa,  pero yo sigo jugando para hacerla reír, porque soy un artista consumado con la pelota. Hago lo que quiero con ella. Me tiene subyugado esa bolita, como se mueve, como salta, como se para… A veces me quedo estirado mirándola fijamente frente a mí, quieta, parada, esperando que de un momento a otro se ponga a rodar, como si mis ojos pudieran darle velocidad. Estoy convencido de que un día se pondrá a correr solita. Entonces, de un salto me levanto, la cojo entre mis dientes y la tiro al aire. Me fascina verla rebotar y rebotar y rebotar hasta que se vuelve a parar. ¿Qué tendrá dentro para saltar como lo hace? ¿Habrá algún animal misterioso en su interior, tipo canguro, que hace que pegue esos brincos? ¿Llevan pilas como los feos conejitos de un anuncio de la tele que los hacen andar como tontos metros y metros hasta que las pilas se acaban y los conejitos no saben ni dónde están ni cómo van a regresar?  Seguro que mis pelotas saltarinas son mágicas, porque las compra mi mami y todo lo que hace mi mami es mágico. Mami es mi refugio y mi paz, mi tranquilidad. Cuando estoy malito ella me cuida, me da esas asquerosas medicinas que yo no me quiero tragar y esas pastillas que escupo con gran habilidad. Pero, ah, ella tiene sus trucos. Me las inyecta disueltas a placer con una jeringuilla en la boca y ahí yo ya no tengo nada que hacer. Pataleo para que vea que no me gusta que me chuten y hago miles de ascos, aunque al ratito ya me encuentro un poco mejor. Así que haré el propósito de portarme bien cuando me toque la dosis, porque yo sé que mami nunca haría nada que pudiera perjudicarme y si ella me cuida tanto y me hace feliz yo también debo hacerla feliz a ella. Cuando tengo miedo, siempre busco sus brazos y ella me los abre y me acoge con todo el amor que se le puede dar a un hijo .Ella dice que yo soy su niño pequeño –debe decirlo por el tamaño- y debe ser verdad que lo cree así, porque desprende tanta ternura que casi me derrito.

Mami lleva días malita. Tiene algo en su pie, aunque no ha sido por culpa de las pelotas, que yo las escondo muy bien para que no se caiga, pero un día llegó a casa con toda su pierna vendada y sin poder andar. Yo no tengo medicinas para darle, así que me estiro a sus pies y hago ver que duermo, cuando en realidad no le quito ojo de encima, no vaya a ser que se ponga peor y yo no tenga tiempo de avisar a papi, porque él sí que tiene medicinas para darle y mami se las toma sin hacer tantos aspavientos como hago yo. Y vigilo atentamente para que no sea tan traviesa como yo y las escupa, porque así no se curaría y mi vida sin ella ya no tendría sentido.

Ahora muchas mañanas me quedo solo en casa porque dice mami que va al médico de la patita para curarse pronto, que vuelve enseguida, que me porte bien, que no ladre ni rasque la puerta, porque es muy importante para ella ir a ese médico. Se me hacen eternas esas horas. Me estiro frente a la puerta y me quedo mirándola fijamente: por ahí se ha ido, por ahí vendrá. Y cuando llega le hago unas grandes fiestas, salto, corro, le traigo la pelota… pero mami ya no está tan alegre y no me chuta la pelota porque no se puede poner de pie ni camina, sino que se desplaza en una silla enorme que anda sola.  Yo presiento que no me dice la verdad, que ese médico al que va no es tan bueno como el mío, porque sus medicinas no la están curando rápido. Deberé decírselo de alguna manera, que cambie de médico, que vaya al mío y que la pinche y le dé las pastillitas que tan bien me ponen a mí, que en cuatro días vuelvo a estar más fresco que una rosa. Yo presiento su dolor y algunas veces me pongo a darle besitos en su pie lastimado, para que sepa que la amo y que la cuido con mis limitados medios, y que quiero volver a salir de paseo con ella, y a jugar a pelota para que me marque todos los goles que quiera…Y ella sonríe y acaricia mi cabecita, dándome las gracias por mis desvelos, respondiendo a mis preguntas sin haberlas formulado, diciéndome que no sufra, que cada día se encuentra mejor, que pronto todo volverá a ser como antes. Y yo me dejo mecer por el sonido de esas palabras que hacen mella en mi corazón de perro, anhelando el momento de ver como mami se levanta de esa horrible silla. Así que ahora me estiro siempre frente a ella y la miro fijamente, como a mis pelotas, para ver si con mi penetrante mirada y mi ferviente deseo, hago que mami ande. No hay nada que la voluntad no consiga. Mami volverá a andar muy pronto. Palabra de perro. D. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt



















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, DESEO DE PERRO, DE SARA TORRES

 







DESEO DE PERRO




De niña yo soñaba

con caminar acompañada

por un pequeño animal

que fuera mi amigo


si me lo ponían delante

empujaba el carricoche

con la muñeca pelirroja


me gustaba el juego del cuidado

le daba de comer

cambiaba sus pañales

replicando los gestos

que tan recientemente

habían hecho conmigo


luego, en ausencia de juguetes

y rituales de género

ataba la cajetilla de ducados

de mi madre

a un cordel largo


la sacaba a la calle

la paseaba

la llamaba cariño


un día

en la cola del estanco

un hombre de mediana edad

agredió a mi perro


simplemente se paró sobre él

lo mantuvo bajo su zapato

sin inmutarse


era el pie muy grande

de un hombre muy alto

muy insensible en las plantas


tiré de la correa

tiré con cuidado para que el tirón

no lo rajase

y lo fuera a perder para siempre


cuando comencé a llorar bajito

mamá tuvo que tomarme en serio


“disculpe señor

le está pisando el perro a mi hija”


el respeto está en hablar

en los términos de quien ama




SARA TORRES (1991)

poetisa española


























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY LUNES, 24 DE NOVIEMBRE DE 2025

 


























 




domingo, 23 de noviembre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY DOMINGO, 23 DE NOVIEMBRE DE 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo, 23 de noviembre de 2025. Cuando el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman (MBS) llegó ayer a la Casa Blanca, se lee en la primera de las entradas del blog de hoy, fue recibido por una banda de la Marina, oficiales a caballo portando las banderas saudí y estadounidense, y aviones de combate sobrevolando la Casa Blanca; fue mucho más pomposo de lo que suelen recibir los líderes extranjeros visitantes. La segunda del día está dedicada al famoso poema El sueño, de Lord Byron, uno de los poemas más enigmáticos de Byron; es un texto bastante extenso, pero su lectura merece la pena. Parece poco intelectual hablar de TikTok, pero cuando uno se adentra en la edad provecta, se lee en la tercera de las entradas del día, debe cuidarse mucho de no aislarse del mundo que sigue andando alrededor con su vértigo de siempre. En el archivo del blog de hoy, escrito hace justamente diecisiete años, HArendt escribía que, a los filósofos hay que escucharlos siempre con atención: para elogiarlos o detestarlos; nunca para ignorarlos. Porque son una raza especial, y a veces, hasta atinan. El poema del día es del más famoso poeta inglés de la Historia y comienza así: No consiento que al lazo de almas fieles/Se opongan vallas. No es amor el amor/Que cambia si halla cambios, ni el fervor/Que cede al que pretende deshacerlo. Y la última entrada del día, como siempre, son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. Y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt













HONOR Y VENGÜENZA EN LA ERA DE TRUMP Y EPSTEIN

 








Amigos, el honor viene con la riqueza; la única excepción es la pedofilia, escribe en Substack (19/11/2025) el economista Robert Reich, profesor de la Universidad de California en Berkeley. Cuando el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman (MBS) llegó ayer a la Casa Blanca, comienza diciendo, fue recibido por una banda de la Marina, oficiales a caballo portando las banderas saudí y estadounidense, y aviones de combate sobrevolando la Casa Blanca en formación de V. Fue mucho más pomposo de lo que suelen recibir los líderes extranjeros visitantes.

¿Qué había hecho el príncipe heredero para merecer tal honor por parte de los Estados Unidos? Ha contribuido a mediar en un acuerdo de paz provisional entre Hamás e Israel. Pero también lo han hecho Egipto, Qatar, Jordania y los Emiratos Árabes Unidos. El verdadero motivo de este honor es que MBS y los saudíes están haciendo muchos negocios con la familia Trump, y esta visita forma parte de la recompensa.

Se trata del esfuerzo de MBS por rehabilitar su reputación después de que agentes saudíes asesinaran al columnista del Washington Post, Jamal Khashoggi, y descuartizaran su cuerpo con una sierra para huesos; un asesinato que, según la inteligencia estadounidense, fue autorizado por MBS. Pero en la comparecencia conjunta de ayer en el Despacho Oval —cargada de halagos entre Trump y MBS— Trump desestimó la pregunta de un periodista sobre MBS y el asesinato.

“A mucha gente no le caía bien ese señor del que hablas, te cayera bien o mal, las cosas pasan”, dijo Trump, refiriéndose a Khashoggi. ¿Pasan cosas? Cuando el periodista le preguntó a MBS sobre el hallazgo de la inteligencia estadounidense, Trump lo interrumpió rápidamente: «No sabía nada al respecto. No tienen por qué avergonzar a nuestro invitado con una pregunta así».

Todo lo cual plantea una vez más la cuestión de quién es honrado en esta era Trump al revés, y quién está sujeto a la vergüenza y la desgracia.

En esta época, el honor es un producto de la riqueza. Los asistentes a la cena de anoche en la Casa Blanca en honor a MBS tenían negocios con él y con Arabia Saudita. ¿Y qué hay de su responsabilidad en el asesinato de Khashoggi? Bueno, así son las cosas.

Entre los asistentes de anoche se encontraba Elon Musk, el hombre más rico del mundo, quien recientemente logró que Tesla le otorgara una compensación de un billón de dólares. El régimen autoritario de Musk durante la administración Trump resultó en numerosas sentencias judiciales que declararon ilegales muchas de sus acciones. Sin embargo, a pesar de todo esto, Musk no es motivo de vergüenza. Al contrario, es honrado.

Pero en esta época el honor tiene sus límites. Larry Summers, quien había sido secretario del Tesoro durante la presidencia de Bill Clinton y un alto funcionario en la Casa Blanca de Obama, dijo el lunes que estaba “profundamente avergonzado” por su relación con el delincuente sexual convicto Jeffrey Epstein y que, por lo tanto, se “retiraría” de todos los compromisos públicos mientras trabaja para “reconstruir la confianza y reparar las relaciones”.

La semana pasada surgieron nuevos detalles sobre la relación de Summers con Epstein cuando un comité de la Cámara de Representantes publicó correos electrónicos que mostraban años de correspondencia personal entre los dos hombres, incluyendo comentarios sexistas de Summers y su búsqueda de consejos románticos por parte de Epstein.

Los consultores especializados en rehabilitar la reputación de figuras públicas suelen aconsejarles que comiencen con una disculpa pública completa, junto con un período en el que se “retiren” del foco mediático. Lo que distingue el arrepentimiento inducido por un consultor del arrepentimiento genuino radica en si implica o no un verdadero sacrificio personal.

No está claro qué tendrá que sacrificar Summers. Al parecer, continuará como profesor universitario en Harvard, el rango más alto y prestigioso que un miembro del profesorado puede alcanzar allí. (La senadora Elizabeth Warren ha pedido a Harvard que rompa relaciones con Summers para que rinda cuentas por su estrecha amistad con Epstein).

En esta era trumpiana, la brújula moral de Estados Unidos —su capacidad para distinguir entre el bien y el mal, y para enorgullecerse de hacer (o al menos intentar hacer) lo que es honorable— parece haber desaparecido, junto con las normas en las que se basaba esa autoridad.

Bajo el mandato de Trump, la única norma es acumular el mayor poder y dinero posible. El poder y la riqueza se honran, incluso si quien los recibe ha dado luz verde a un asesinato brutal.

La única excepción parece ser la pedofilia. O el intento de encubrir una amistad con un pedófilo, para lo cual una sincera expresión de arrepentimiento puede ser suficiente para retomar el buen camino.

Una de las cosas que Estados Unidos debe hacer cuando este período de miseria moral haya quedado atrás será restaurar el verdadero honor y la verdadera vergüenza. Robert Reich