martes, 18 de noviembre de 2025

CORRIENDO JUNTOS: UN CUENTO DE INVIERNO

 







Intento competir los fines de semana para asegurarme de hacer una tanda rápida, comenta en Substack (15/11/2025) el historiador y profesor de la Universidad de Yale, Timothy Snyder; para las tandas largas y lentas necesito menos incentivos. Pero, ¿qué hace que una carrera se convierta en una competición? Hace una semana, aquí en Toronto, tuve ocasión de preguntármelo..

Dondequiera que esté, rara vez tengo problemas para encontrar una carrera organizada. Siempre hay  alguien con una buena causa y la voluntad de organizarla. Unos cuantos clics, una cuota de inscripción y un viaje hasta el lugar: esas son las pequeñas tareas del corredor. ¡Además de la carrera en sí, claro!

El sábado pasado fue diferente. Mi hija y yo nos dirigimos a Mimico Creek, un punto de partida que me resulta familiar por mis largas carreras. Ya había un grupo de corredores esperando, pero no se veía a ningún organizador. La perplejidad flotaba en el aire, como la respiración congelada: algo así no le había pasado a nadie antes.

Por lo general, los organizadores están presentes horas antes de la carrera: su ausencia veinte minutos antes del inicio debería haber sido prueba irrefutable de que algo andaba mal. Pero yo mismo estaba confundido hasta que alguien más mencionó la palabra: «estafa».

Al mirar mi teléfono con mi hija, que tiene muy buena vista, notamos algunas señales de que algo no iba bien: solo había una página de Eventbrite y no una página web oficial de la carrera; había americanismos en la descripción de la carrera; la hora de inicio era más tarde de lo esperado; la carrera infantil era después del evento principal en lugar de antes...

La melancolía comenzaba a apoderarse de nosotros. Hacía mucho frío. La nieve caía con más fuerza. El frío nos atenazaba. No había ningún oficial presente, ni las estructuras que nos animaban: la línea de salida, el punto de retorno (era una carrera de ida y vuelta), la meta, ni los dorsales. No habría voluntarios animando durante el recorrido, ni medallas colgadas al cuello al final.

Alrededor de las 8:50 a. m., un lugareño alzó la voz y resumió la situación. Una estafa nos había reunido. Pero aun así podíamos correr los 5 km. Sabía dónde sería un buen punto de retorno. La gente formó un círculo mientras escuchábamos; nos mirábamos a las caras. Empezamos a cruzar el puente de la calle Mimico alrededor de las 9 a. m., la hora de inicio prevista. No había fichas ni cronómetros, así que el elemento de competición desapareció. Y aun así corrimos.

Había planeado ir rápido y dejar que mi hija corriera a su propio ritmo; ahora, sin voluntarios y con poca visibilidad, quería que siguiéramos juntas. Llevaba uno de mis auriculares debajo de un sombrero grande y una cartera con el móvil sujeta entre varias capas de ropa; empezamos despacio porque nos costaba arrancar con todo el equipo. De hecho, estábamos empezando a acelerar el ritmo en nuestra salida cuando nos cruzamos con el primer corredor que regresaba.

Correr hacia el noreste a lo largo del lago Ontario, desde Humber Bay, en dirección al centro de Toronto, es una experiencia muy bonita. Esa mañana no se veía el horizonte; pero a medida que aumentaba mi ritmo cardíaco, el blanco de la nieve y los grises del cielo y los edificios cercanos me daban suficiente color. Entramos en calor: terminé llevando el abrigo de invierno de mi hija en la mano izquierda.

Correr da más sensación que no correr. Llegamos al punto de retorno, avanzamos un poco más para nasegurarnos y emprendimos el regreso.

Es posible que hayamos adelantado a un par de personas... que habían decidido caminar... También es posible que nos adelantaran más tarde... En cualquier caso, no estábamos especialmente cerca de la cabeza del grupo cuando nos acercábamos al puente que servía de línea de salida y llegada.

El primer corredor, con el que nos habíamos cruzado, debía de haber terminado veinte minutos antes. Sin embargo, presentía que él y otros seguirían por allí, así que le dije a mi hija que era hora de darlo todo hasta la meta: cuesta abajo, cuesta arriba, cruzar el puente. Y así lo hizo.

Y, efectivamente, allí estaba, al otro lado del puente, al frente de una fila de corredores que lo esperaban. Todos los que habían terminado habían esperado, formando dos filas, una a cada lado del camino, para felicitarlo al pasar entre ellas. Mi hija bromeó diciendo que había ganado en su categoría. Y quizá tenía razón.

¿Fue una carrera? ¿Qué pasó? ¿Qué hicimos que sucediera? Todos caímos en una estafa digital que apeló a nuestra bondad y nos robó el dinero. Los estafadores decían estar ayudando a los veteranos en el Día del Recuerdo de Canadá. Y caímos en la trampa. Después, nos recompusimos, nos organizamos lo necesario, hicimos lo que teníamos que hacer y nos sentimos mejor. La sonrisa del primer participante en llegar a la meta al chocar los cinco con mi hija me alegró el día.

Caímos en la trampa. Y luego nos lanzamos a por ello. Una historia real, que tal vez se esté gestando cerca del punto de inflexión, acelerando el ritmo y esforzándose por cruzar la línea para convertirse en una pequeña parábola. Les dejo su energía al comenzar su sábado. Timothy Snyder
















EL CORTO VIAJE DE PUIGDEMONT

 







El partido del líder de Junts se presenta como ejecutor involuntario de la estrategia de PP y Vox, escribe en El País (15/11/ 2025) el periodista Enric Company, y el gen convergente descifrado por Enric Juliana fue un fruto de Jordi Pujol. El de Carles Puigdemont es otro, comienza diciendo, con elementos comunes, pero distinto. Veamos. De la mano de Puigdemont, la derecha nacionalista catalana logró en 2011 desalojar a los socialistas de la alcaldía de Girona, en la que el PSC llevaba nada menos que 32 años seguidos. Ahora, Junts per Catalunya, el partido de Puigdemont, está en un tris de repetir aquel éxito político, pero no cambiando una mayoría municipal, sino derribando un Gobierno de España, el formado por el PSOE y Sumar.

Aquella victoria municipal colocó a Puigdemont como una figura de primera línea entre la derecha nacionalista catalana. Le proporcionó las credenciales suficientes para ser en 2015 el candidato de la coalición de la derecha y la izquierda independentistas a la presidencia de la Generalitat, en un momento de agudas convulsiones políticas.

Desde entonces, sin embargo, todo le salió mal, rematadamente mal, a la coalición independentista. Puigdemont conoció la derrota y el exilio. El movimiento soberanista se rompió, su partido perdió la presidencia de la Generalitat a manos de Esquerra Republicana, primero, y del PSC después y desde 2021 está fuera del Gobierno catalán. Lo único positivo que ha obtenido Puigdemont tras acumular desastres es el indulto y la amnistía con las que los gobiernos de Pedro Sánchez han procurado desinflamar la política catalana.

Pero en política todo puede empeorar y en eso anda Puigdemont: ahora Junts quiere hacer caer al Gobierno de Sánchez, aunque sea el que promueve nada menos que la amnistía a los independentistas. Para que se vea que esto va de veras la portavoz de Junts en el Congreso, Míriam Nogueras, quiso alejarse de Sánchez pasando al insulto personal. Cínico e hipócrita, le llamó, tras repetir la misma retahíla de acusaciones y maldiciones que PP y Vox dedican sistemáticamente al presidente.

En la trayectoria de Puigdemont figura haber sido el presidente de la Generalitat que en 2017 proclamó una república para congelarla unos pocos minutos después pero, pasados ocho años, eso está lejos de consagrarle como líder político. Al revés. Toda la retórica y la inflamación independentista han quedado en nada, salvo la cárcel y el descrédito. En cambio, sus credenciales como político de derechas siguen siendo atractivas para buena parte de sus seguidores. Rota la coalición independentista con ERC y la CUP, Puigdemont ha reafirmado la alineación de Junts con los partidos de la derecha neoliberal marcada ya desde la etapa de Artur Mas.

Ha roto también con las señas de identidad iniciales de Convergència, que eran una mezcla de democracia cristiana, toques socialdemócratas y el populismo de Jordi Pujol tan atractivo para la menestralía catalana. Ahora Junts se dedica a denunciar el infierno fiscal, reclamar la supresión del impuesto de sucesiones, exigir que se ponga coto a la inmigración y lucir que detesta a la coalición del PSOE y Sumar.

Siempre hubo un poso conservador en CiU, pero estaba contenido, limitado por la necesidad de abarcar un ámbito social más amplio. Aquel poso se ha convertido ahora en la posición dominante en Junts y emerge con claridad cuando sus portavoces muestran la gran incomodidad que les provoca haber apoyado la investidura de Sánchez y al gobierno de izquierdas del PSOE con Sumar, al que detestan desde su mismo nacimiento.

Nada de conversaciones, nada de negociaciones, le anunció Míriam Nogueras a Sánchez. Paradojas de la vida, el partido de Puigdemont se ha convertido en ejecutor de la política de PP y Vox y lleva camino, de seguir así, de convertirse en su instrumento más eficaz. Enric Company


















ARQUITECTURAS PAVOROSAS

 








El derribo de un ala de la Casa Blanca de Trump o la ciudad en el desierto de Bin Salmán son señales que envían unos déspotas, comenta en El País el escritor y miembro de la Real Academia España, Antonio Muñoz Molina. Un rasgo que todos los déspotas tienen en común, comienza diciendo, es una temible predilección por la arquitectura. También se parecen en que son varones, en que muy pronto se vuelven perezosos, en que carecen de compasión y remordimiento, en que no escapan al trastorno mental que se adueña de cualquier ser humano que carece de límites a sus impulsos o a los caprichos de su voluntad. Se sabe que Donald Trump nunca llega a su oficina antes de las once, y que Hitler, Stalin y Mao eran noctámbulos que se quedaban hasta las tantas viendo películas o enhebrando monólogos ante sus cortesanos, y como nadie se atrevía a despertarlos, se quedaban durmiendo como viejos gandules hasta mediodía. Es curiosa la afición por el cine. Franco veía películas tan puntualmente como rezaba el rosario. Stalin y Hitler admiraban los musicales rutilantes de la Metro-Goldwyn-Mayer, que estaban prohibidos a sus súbditos. Hombre de una época en la que el cine se vuelve tan irrelevante como la palabra escrita, Donald Trump pasa las horas de día y de noche con el mando a distancia en una mano y el móvil en la otra, profiriendo mensajes de revancha o de simple delirio con faltas de ortografía, o viendo los programas de la cadena Fox, gran parte de ellos babosamente dedicados a excitarle una vanidad tan sin límites como su ansia de dinero o su desprecio por cualquier ser humano que no sea él mismo.

La razón es una facultad inestable que a partir de un cierto grado de descontrol se pierde en el delirio. Fidel Castro, déspota de una isla sin posibilidades de opulencia, se permitía al menos la desmesura gratuita de dar discursos que no terminaban nunca. A un alumno joven, recién salido de Cuba, estudiante afanoso de literatura en Nueva York, le pregunté cuáles eran sus recuerdos infantiles de la omnipresencia de Castro. Ponía cada tarde la televisión a la hora de los dibujos animados, pero la programación estaba suspendida muchas veces por un discurso del Amado Líder. Él apagaba la tele y esperaba un rato más o menos largo. Cuando volvía a ponerla, allí seguía Castro, con su gesticulante oratoria, y así hasta que llegaba la noche, y luego la cena, y la hora de acostarse. Castro era ese hombre torvo y charlatán que dejaba a aquel niño sin sus dibujos animados.

Aparte de la crueldad y la indiferencia hacia el sufrimiento de otros, quizás el rasgo más peligroso de los déspotas o aspirantes a tales sea el amor por la arquitectura, que con cierta frecuencia se corresponde con el amor de ciertos arquitectos de mucho mérito por los déspotas. Cerca de un Hitler nunca faltará un servicial Albert Speer. Al general Franco no le faltaron arquitectos, constructores y escultores para perfeccionar el espanto de su Valle de los Caídos. Menos conocido que Speer fue el arquitecto ruso Boris Iofan, que al mérito nada irrelevante de no ser ejecutado en los años de las purgas de Stalin unió el talento de satisfacer la megalomanía de los dirigentes soviéticos. Fue Iofan quien ganó en los años veinte el concurso para diseñar lo que sería el Palacio de los Soviets en Moscú, en el socavón gigante que había quedado tras la demolición de la catedral de los Santos Pedro y Pablo. El proyecto de Boris Iofan era una tarta montañosa, con galerías y galerías superpuestas de columnas, que iba a estar coronada por una estatua de Lenin de 100 metros. En el diseño original, el Palacio de los Soviets incluía en su base un arco del triunfo, bajo el que desfilarían marcialmente las multitudes de los trabajadores con sus banderas rojas, sus pancartas, sus retratos de los líderes.

Nada más empezadas las obras, justo en los años en que los campesinos sometidos a la colectivización forzosa morían de hambre por millones, hubo que suprimir la idea del arco del triunfo por razones de estabilidad. En 1939, empezó la guerra mundial y el Palacio de los Soviets nunca llegó a levantarse.

En el desierto de Arabia Saudí, el príncipe Bin Salmán, célebre por su amistad con presidentes y titanes de las finanzas, así como por la orden de descuartizar vivo a un periodista que lo criticaba, está impulsado proyectos de construcción de una envergadura como no ha existido nunca en el mundo: una estación de esquí en una montaña del desierto, que proveerá nieve sintética suficiente como para albergar unos Juegos Olímpicos de Invierno en 2029; una estructura cúbica de 400 metros de lado que tendrá un volumen de edificabilidad superior en 20 veces al Empire State, y una ciudad llamada The Line que estará contenida en un pasillo de 150 kilómetros de largo, entre dos muros continuos de 500 metros de altura, todos ellos cubiertos por una lámina continua de espejos. Dentro habrá viviendas, muchas de ellas colgantes, que alojarán a nueve millones de personas, parques, arroyos, jardines públicos, líneas de tren de alta velocidad. Habrá rascacielos invertidos que cuelguen como lámparas de los travesaños horizontales en la cima de los muros de espejos, y encima de ellos estadios para todo tipo de deportes. El mundo se parece cada vez más a una novela de J. G. Ballard. El príncipe Bin Salmán y sus arquitectos e ingenieros cortesanos afirman con orgullo que para culminar el proyecto hará falta el 60% del cemento que se produce en el mundo.

En YouTube hay vídeos promocionales que, además de hacerle a uno perder tontamente el tiempo, le provocan el mareo confuso de las películas con muchos efectos digitales, con el barroquismo obtuso y el lustre robótico de la inteligencia artificial, a la que me niego a dignificar con mayúsculas, y menos aún con sus iniciales de reverencia teológica. Por fortuna, cuando todas las leyes han sido ignoradas o pisoteadas por los déspotas, queda la fuerza inapelable de las leyes de la Física. Al príncipe Bin Salmán nadie se atreve a llevarle la contraria, por miedo no ya a perder el trabajo, sino el cuello, pero hay consultores independientes que han calculado la imposibilidad física de esos rascacielos bocabajo y campos de fútbol levantados encima de ellos, o la temperatura que pueden alcanzar en mitad del desierto dos muros paralelos de 500 metros de altura y una longitud de 150 kilómetros. Los plazos tempranos de terminación de las obras se van quedando sin cumplir, maleficio constructivo común del que no está a salvo ni un monarca absoluto. Y hasta el dinero está siendo insuficiente, porque los costes se multiplican a mayor velocidad que los antojos del príncipe, y la caída de los precios del petróleo ha puesto un límite de pronto a quien carecía de él. En las imágenes de los satélites, lo único que se ve por ahora son zanjas gigantes, pilones levantados en la arena, filas de camiones, grúas, hormigoneras, excavadoras, que a esa distancia adquieren una pequeñez irrisoria en la monotonía del desierto.

Por comparación con las ambiciones constructivas de Bin Salmán, las de su gran compadre Donald Trump no sobrepasan las de un magnate tronado de los casinos —él lo fue— o las de un oligarca ruso, de los que pueden comprarse en Inglaterra lo mismo unas cuantas mansiones nobiliarias que un escaño en la Cámara de los Lores. Yo estaba al tanto del salón de baile que Trump está haciendo construir en un ala derribada de la Casa Blanca, tan enorme que podría caber en él todo el edificio, y en el que todos los grifos serán de oro macizo, pero no de su ocurrencia más reciente, todo un arco de triunfo, copiado del de Napoleón en París pero a mayor escala, y más rico en protuberancias escultóricas, con un aspecto general de merengue muy elaborado. Los monumentos de los déspotas buscan abrumar con el tamaño y el hermetismo del poder. El de Trump será tan transparente como un anuncio, como el reclamo de un casino en Las Vegas. Le preguntaron en público a quién estará dedicado, y él respondió sin dudar: “A mí, por supuesto”. Antonio Muñoz Molina
























DEL ARCHIVO DEL BLOG. EL NOVÍSIMO TEATRO POLÍTICO. PUBLICADO EL 19/12/2018

 







No puede decirse que la teatralización de la política sea algo nuevo: los faraones egipcios se ataviaban como dioses y los presidentes democráticos visitan inundaciones con el chubasquero puesto, comenta Manuel Arias Maldonado, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga, pero es evidente que el fenómeno experimenta hoy una nueva intensidad, cuya causa principal ha de buscarse en la mediatización que distingue a nuestra época. 

Frente a las limitaciones impuestas por los medios analógicos, del periódico a la televisión, las tecnologías digitales equivalen al derribo de la cuarta pared del teatro político, comienza diciendo. Y la novedad es sustancial: los partidos pueden dirigirse directamente al público y ese público, que figuraba como mero receptor pasivo de mensajes en la esfera pública tradicional, puede hablar por sí mismo. Algo profundo está cambiando en las democracias liberales y conviene prestar atención.

Sucede que las nuevas posibilidades comunicativas no han aumentado el contenido deliberativo de los mensajes partidistas; para comprobarlo basta echar un vistazo a algunos hitos recientes de la escenificación mediática. Pensemos en la celebración del acuerdo presupuestario entre el Movimiento 5 Estrellas y la Liga Norte, anunciado por Luigi Di Maio en un balcón del Palacio de Gobierno con aspavientos dignos de una victoria mundialista de la selección italiana de fútbol. Pero también en el álbum fotográfico del presidente Sánchez, a quien hemos visto haciendo jogging y donando sangre; en el acto de campaña montado por Juan Manuel Moreno Bonilla, líder del PP andaluz, en el lugar donde se tomó la célebre fotografía del clan de la tortilla socialista; o en la variada maniera nacionalista: de la coreografía organizada por el independentismo catalán con motivo de la presentación del llamado Consell por la República, que incluía un baile regional ante la mirada del Gran Hermano Puigdemont, a las intervenciones tumultuarias de Gabriel Rufián en el Congreso. No se trata, huelga decirlo, de una relación exhaustiva: cada día tiene su afán.

Se hace en todo caso evidente que los partidos están empleando las herramientas digitales para sostener una campaña electoral permanente donde el argumento racional se subordina al eslogan emocional. Nótese que todos estos actos poseen una cualidad performativa: una idea es presentada mediante su escenificación. Lo que cuenta es el impacto afectivo sobre el electorado; de los contenidos ya se ocuparán los analistas. Así que los partidos -no es sorprendente- se comportan como partidos: tratan de reforzar su marca mediante técnicas publicitarias en un marco de intensa competencia por la atención del público; un público entretenido, a su vez, en una conversación incesante donde la cacofonía es norma.

Para evaluar este fenómeno con una cierta perspectiva histórica, nada mejor que comprobar lo que se decía sobre la relación entre partidos y electorados durante los convulsos años de la República de Weimar. No es un periodo cualquiera: la desgraciada historia de aquella república federal viene recordándonos desde hace décadas que las democracias liberales son reversibles. A ese resonante simbolismo contribuye también a la envergadura de los pensadores que tomaron parte en sus debates políticos y jurídicos, como nos recuerdan Josu de Miguel y Javier Tajadura en su excelente Kelsen versus Schmitt. Política y derecho en la crisis del constitucionalismo (Guillermo Escolar, 2018). Weber, Schumpeter, Kelsen, Schmitt: todos ellos advirtieron, cada uno a su manera, de los desafíos que la naciente democracia de masas planteaba al liberalismo parlamentario. Y lo que dijeron entonces tiene una sorprendente actualidad.

Max Weber, quien había dado la bienvenida a los partidos de masas por su capacidad para educar al ciudadano y estructurar la vida pública, temía sin embargo que en su empeño por movilizar apoyos y ganar votantes esos mismos partidos terminarían por apelar a los elementos irracionales del público. Elementos que ya poseían, como señalara por su parte Joseph Schumpeter, más importancia que cualquier debate sobre un asunto concreto. Para el pensador austriaco, la ampliación masiva del sufragio había hecho del parlamento una institución distinta de la prescrita por la teoría liberal clásica y las intervenciones de los diputados habían dejado de dirigirse a sus colegas, concibiéndose más bien en función de su efecto sobre la audiencia exterior. Así que esto ya pasaba en 1922: mucho antes del telediario y no digamos de Twitter.

No es así de extrañar que en el prefacio a la segunda edición de su crítica al parlamentarismo liberal, Carl Schmitt citase a Walter Lippman, el teórico norteamericano de la opinión pública que había cuestionado la idea de que el público democrático sea capaz de emitir juicios coherentes sobre la realidad política. Schmitt apuntaba que el desarrollo de la democracia de masas convierte la discusión pública basada en argumentos en una formalidad vacía, pues el apoyo de las masas se obtiene mediante una propaganda que explota los intereses y las pasiones más inmediatas: "El argumento, en el sentido que es propio de una discusión genuina, desaparece". A ello añade Schmitt una frase que podría haber sido escrita hoy: "Debe uno por tanto asumir como algo sabido que no se trata hoy de persuadir al oponente de la verdad o justicia de una opinión, sino de alcanzar una mayoría a fin de gobernar con ella". En otras palabras: no se trata de debatir argumentos, sino de obtener votos. Y no obtiene votos quien mejor debate argumentos, sino quien más eficazmente se maneja en el terreno sentimental.

Alarmado por la parálisis legislativa causada en su tiempo por la fragmentación pluralista del parlamento, el siempre controvertido Schmitt resaltaba el principio democrático de la constitución de Weimar por encima de sus aspectos liberales. Y lo hacía en coherencia con su desdén por el procedimentalismo liberal: estaba convencido de que la democracia de masas solo podía ser aclamativa. A su juicio, esto habría quedado demostrado ya en el hecho de que los fundamentos morales e intelectuales del liberalismo se encontraban debilitados por la aparición, en aquellos años de vértigo revolucionario, de dos ideologías más vitales que el liberalismo: el bolchevismo y el fascismo. Es lo que, en relación con el contexto contemporáneo, yo mismo he descrito como la "desventaja propagandística" del liberalismo.

Ahora bien: donde Schmitt decía bolchevismo y fascismo, podemos decir hoy populismo y nacionalismo. O nacionalpopulismo, a la vista de la habilidad con que el nacionalismo imita la estrategia populista. Cobra así forma en nuestros días una peligrosa tendencia plebiscitaria que, mediante una movilización que en buena medida se produce a través de las redes digitales, permite a los líderes populistas de todas las confesiones ponerse detrás del "pueblo". La voluntad popular se convierte entonces en la justificación para saltarse la ley o atentar contra los derechos de las minorías: en Venezuela, en Polonia, en Cataluña. Es paradójico: la idea democrática ha impregnado nuestra época con tal fuerza que casi nadie sabe cómo oponerse a la «voluntad popular». Aunque eso pueda conducir al socavamiento de la democracia.

Hay otras formas de verlo. El filósofo Santiago Gerchunoff, en un libro de próxima aparición, saluda con optimismo la ironía corrosiva de la nueva esfera pública y habla de una "hiperpolítica" más estimulante que peligrosa: un Weimar con final feliz. ¡Ojalá tenga razón! También el sociólogo Ronald Inglehart cree que la democracia es irreversible, pues el individualismo expresivo se ha convertido en un rasgo estructural de nuestras sociedades. Sin embargo, nada garantiza que la conversación pública de masas llegue a las conclusiones correctas. Puede suceder que el desorden comunicativo inducido por las redes sociales contagie al sistema de gobierno y la agudización del pluralismo conduzca al marasmo político; o que una polarización exasperada dinamite las bases de la convivencia. A ello pueden contribuir medios de comunicación y partidos políticos: unos entregándose al sensacionalismo para ganar audiencia, otros alternando demagogia y populismo para conquistar votos. Pero también, claro, el ciudadano que hace uso de las redes.

A una sociedad, en fin, no le basta con discutir; también necesita funcionar con razonable eficacia. Si insiste en no hacerlo, habrá ciudadanos que -prefiriendo la injusticia al desorden- se sientan tentados por el decisionismo autoritario. Por desgracia, no parece que podamos conjurar ese peligro invocando de manera solemne el sentido de la responsabilidad de medios, partidos y ciudadanos; aunque sea una bonita manera de acabar un artículo. Pero cuidado: si del teatro se adueñan los histriones, podemos quedarnos sin teatro. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt 













DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, UNA CANCIÓN DESESPERADA, DE PABLO NERUDA

 







UNA CANCIÓN DESESPERADA




Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy.

El río anuda al mar su lamento obstinado.


Abandonado como los muelles en el alba.

Es la hora de partir, oh abandonado!


Sobre mi corazón llueven frías corolas.

Oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos!


En ti se acumularon las guerras y los vuelos.

De ti alzaron las alas los pájaros del canto.


Todo te lo tragaste, como la lejanía.

Como el mar, como el tiempo. Todo en ti fue

naufragio!


Era la alegre hora del asalto y el beso.

La hora del estupor que ardía como un faro.


Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego,

turbia embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio!


En la infancia de niebla mi alma alada y herida.

Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!


Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo.

Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio!


Hice retroceder la muralla de sombra,

anduve más allá del deseo y del acto.


Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí,

a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto.


Como un vaso albergaste la infinita ternura,

y el infinito olvido te trizó como a un vaso.


Era la negra, negra soledad de las islas,

y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos.


Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta.

Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro.


Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme

en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos!


Mi deseo de ti fue el más terrible y corto,

el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido.


Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas,

aún los racimos arden picoteados de pájaros.


Oh la boca mordida, oh los besados miembros,

oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados.


Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo

en que nos anudamos y nos desesperamos.


Y la ternura, leve como el agua y la harina.

Y la palabra apenas comenzada en los labios.


Ése fue mi destino y en él viajó mi anhelo,

y en él cayó mi anhelo, todo en ti fue naufragio!


Oh sentina de escombros, en ti todo caía,

qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron.


De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste

de pie como un marino en la proa de un barco.


Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes.

Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo.


Pálido buzo ciego, desventurado hondero,

descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!


Es la hora de partir, la dura y fría hora

que la noche sujeta a todo horario.


El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa.

Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros.


Abandonado como los muelles en el alba.

Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.


Ah más allá de todo. Ah más allá de todo.


Es la hora de partir. Oh abandonado!




PABLO NERUDA (1904-1973)

poeta chileno

Premio Nobel de Literatura


























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY MARTES, 18 DE NOVIEMBRE DE 2025

 






























lunes, 17 de noviembre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY LUNES, 17 DE NOVIEMBRE DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 17 de noviembre de 2025. Un jurado de 116 especialistas ha seleccionado los 50 mejores libros españoles del último medio siglo, en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, a través de los cambios de sensibilidad y la evolución política explica la transformación del canon de las letras contemporáneas, como puede comprobarse comparando las encuestas sobre los mejores libros de la democracia. El declive y la caída de la Fundación Heritage y su deriva hacia la propagación de teorías conspirativas es el tema de la tercera entrada de hoy. En la cuarta, un archivo del blog de noviembre de 2017, imbuidos en la primera persona del plural, y protegidos por el grupo, acabamos silenciando las voces individuales y el discurso del que discrepa. El poema del día, de una poetisa puertorriqueña nacida en 1980, comienza con estos versos: Este pedazo de tierra/que compré/a precio de rebaja/es roca ígnea,/volcánica. Y la última entrada del día, como siempre, son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. Y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt