martes, 2 de septiembre de 2025

EL POEMA DE CADA DÍA. HOY, COCA Nº 4, DE ROBERTO SABIANO

 








COCA Nº 4


 


Como una cosa sagrada de nombre impronunciable, 


como la amante secreta que tienes fija en el pensamiento,


 como una superficie vacía sobre la que se puede escribir cada palabra, 


así es la que buscas invocas recuerdas de mil maneras. 


Cada nombre suyo es un deseo, una pulsión, 


una metáfora, una alusión irónica. 


Ella es un juego y una desesperación, ella es la que tú quieres 


en cualquier momento, en cualquier lugar, a cualquier hora. 


Por eso en América puedes llamarla 24/7 


como el drugstore de debajo de tu casa, 


la llamas Aspirin porque es como ella efervescente 


que te hace bien o en Italia Vitamina C 


porque es tu modo de curarte el resfriado. 


La «C» es su letra 


también la indicas sólo con la inicial de su nombre, 


o la vocalizas como Charlie 


siguiendo el alfabeto de los pilotos y radioaficionados. 


O pídele la tercera letra, Number 3, 


al take-away de los deseos, 


Teclea C-game, C-dust, llámala Caine, 


que casi suena igual al nombre de Caín. 


Toma una «C» cualquiera en femenino: 


Corinne Connie Cora Cory o sobre todo Carrie,


 la chica que te agarra y se te lleva. 


Ella es un Cadillac, un Viaje, 


la pista que en turco se convierte en Otoban, autopista, 


La Veloce, Svelta, veloz; Ускоритель, uskoritel, el acelerador, 


Энергия, pura energía y Dinamite. 


Ella es la Botta la Bomba la Bamba. 


Es Bonza, Bubbazza, Binge y Barella. 


Ama la «B» explosiva y sensual. 


Blast, Bump, Boost, Bomb, Bouncing Powder, 


polvo que te hace brincar hasta el cielo, 


en el mundo hispano Bailar hasta el alba. 


Y cuando estás demasiado paranoico para hablar, 


andas con 256 que en el teclado del móvil 


es igual a BLO porque en inglés Blow equivale a «esnifar». 


Ella te hace pasártelo en grande, 


ella es Big Bloke, Big C, Big Flake, Big Rush. 


Ella te hace estar como dios y nada menos que Dios


la llamas en América Latina, 


pero también Diablo o Diablito. 


La caspa del diablo, Devil’s Dandruff, es coca en polvo, 


Devil’s Drug es el crack y te lo fumas 


con el Devil’s Dick, la polla del diablo. 


La coca normal puede convertirse en Monster, 


Piscia di gatto, orín de gato, Il giro nella casa degli orrori, un viaje a la casa del terror, 


pero la que te gusta evocar, 


la que vas buscando, es exactamente lo contrario: 


Paradise, Alas de Ángel, Polvere di stelle, 


Polvo Feliz, Polvo de Oro, Star Spangled Powder, 


Heaven Dust o Haven Dust, un oasis de paz para aspirar. 


Happy Powder, Happy Dust, Happy Trail, 


la raya que te hace feliz. 


Ella es Dream y Beam, rayo de luz. 


Es Aire porque te vuelve ligero como él, 


es Soffio en italiano, Soplo en español 


o sencillamente Sobre porque te hace siempre estar arriba. 


La llamas Angie como la más angélica amiga 


o Aunt Nora como la tía de las tartas caseras. 


En Brasil es Gulosa, 


en otras partes recuerda a muchas de las golosinas por las que flipan los niños: 


Icing, el rico glaseado de tu tarta de cumpleaños, 


Jelly y Jam, los escondidos tarros de mermelada, 


Candy y Candy C, los caramelos, Bubble Gum, Double Bubble, 


la doble burbuja que sólo se logra con los mejores chicles 


Granita, Mandorlata, Cubaita, Dolcetto, 


California Cornflakes, Bernie’s Cornflakes o Cereal. 


Los copos de cereales vienen de los Flakes, 


copos de nieve, porque la coca es siempre nieve.  


Snow                                                        Snö  


Schnee                           Снег                      Sne 


Neige


Nieve


 


La coca es nieve en cualquier lugar donde la nieve caiga, 


pero también puedes llamarla Florida Snow 


porque es milagrosa como una nevada en Miami. 


Es Свежий: svezhii, fresco 


y puede transformarse en Ice, el hielo que te sube por las venas. 


Ella es Snow White y Biancaneve, la más hermosa del reino. 


Tú no la envidias porque la alineas 


sobre el espejo de tus afanes. 


O bien es simplemente Bianca,  


Blanca,  


Blanche,  


Branca y Branquinha en Brasil  


Beyaz Ten, piel blanca en Turquía 


En Rusia белая лошадь: Belaia loshadi, Caballo blanco 


White Girl, White Tornado, White Lady, 


White Dragon, White Ghost, White Boy, White Powder 


Polvere bianca, Polvo blanco, Poudre, Pudra, en turco 


o todo lo que se le parece como el azúcar, 


Sugar, Azúcar, Toz şeker, el fino azúcar con el que se recubre el lokum. 


Pero también se parece a la harina, 


Мука, Mukà, en Rusia o 白粉: Bai fen en China. 


Es todo aquello que como sonido la recuerda, 


como el Cocco, Coconut, Coco en francés, кокос: kokos 


o Кекс: Keks, el plumcake ruso, pero sobre todo Кокс: Koks 


que es siempre Koks en alemán y en sueco, 


nombre antiguo que ha quedado privado de cobertura 


porque para calentarte ella todavía existe, 


pero ya no están las viejas estufas de carbón 


y cuando dices Coke (que es como la llamas también en francés) 


no piensas ya en un combustible para pobres. 


Así ella se ha convertido en Coke, 


pero ha sido la Coca-Cola la que ha aludido a la Coca 


y por lo tanto ésta ha adoptado todas las formas típicas 


de llamar a la famosa bebida: Cola en danés, 


Kola en sueco y en turco, 


кока en Serbia y en Rusia. 


A veces, no sé por qué, se transforma en animal. 


Puedes llamarla Coniglio, conejo, quizá porque es mágica 


como lo que sale del sombrero, o Krava, vaca, en croata; 


en español es Perico o Perica, 


a lo mejor porque te hace más locuaz, 


a veces el Gato que te ronronea. 


La llamas Farlopa que es su nombre coloquial más común, 


o Calcetín, o es también la Cama, el lecho 


que te hace soñar, la Tierra que tienes bajo tus pies. 


Si tomas la más económica 


se convierte en tu viejo amigo Paco, en italiano Fefè, 


así como en ruso puedes llamarla коля, Kolia, 


en Estados Unidos se convierte en Bernie, pero también en Cecil, 


un nombre más altanero, puedes evocarla con Henry VIII, 


el gran rey inglés, puedes mimarla 


llamándola Baby, o Bebé en español, 


pero ella más que ninguna otra droga 


es Love Affair con una hermosísima señora, 


Fast White Lady, Lady, Lady C, 


Lady Caine, Lady Snow, Peruvian Lady, 


ella es la Dama blanca o bien Mujer, 


la mujer por antonomasia, 


ella es Girl y Girlfriend, tu chica, 


o bien tu Novia, tu prometida. 


Como ella no hay más que una 


luego puedes llamarla incluso Mamá Coca; 


o bien decir sólo She o Her, 


ella no es otra cosa que ella misma y punto. 


Ella consume sus nombres como consume a sus amantes 


por eso esta lista no es más que una muestra, 


pero puedes llamarla como te plazca: 


ella responderá siempre a tu llamada. 




ROBERTO SAVIANO (1979)

poeta italiano


 


 












DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY MARTES, 2 DE SEPTIEMBRE

 


































lunes, 1 de septiembre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY LUNES, 1 DE SEPTIEMBRE DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 1 de septiembre de 2025. Son los discursos xenófobos los que socavan esas tradiciones que decimos proteger, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy la escritora Irene Vallejo. En la segunda, un archivo del blog de enero de 2018, el polémico escritor que se esconde bajo el seudónimo de Tsevan Rabtan, alababa el ejercicio de transparencia de la Guardia Civil tras la rueda de prensa de algunos de sus mandos sobre un mediático asesinato. El poema del día, en la tercera, se titula Lo exacto, es del poeta Juan Manuel Villalba, y comienza con estos versos: Hay un misterio en cada cosa,/pero tiene que estar en su momento preciso,/y cada objeto, insecto o persona/carece de sentido sin su marco de tiempo. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt












DE LA FALSA PUREZA DEL PASADO

 







Son los discursos xenófobos los que socavan esas tradiciones que decimos proteger, comenta en El País [Seres errantes, 24/08/2025] la escritora Irene Vallejo. En la escuela fui la rara oficial, comienza diciendo Vallejo. Dentro de mi cabeza hervían ideas que yo creía fabulosas, pero aburrían a los demás. Era torpe en las conversaciones relajadas, nadie entendía mis chistes, tenía gustos estrafalarios y parecía condenada a no encajar. Por ser extraña, pagué el peaje del acoso escolar. Nacida en la misma ciudad de mis compañeros, compartíamos idioma, costumbres, inmadurez y series de televisión. No había choque de civilizaciones, la rareza era vocacional: de mayor quería ser ciudadana excéntrica. Aquellos años vienen a mi cabeza cuando oigo decir, quizá a las mismas voces de mi infancia asediada, que los extranjeros ponen en peligro nuestro ser y tradiciones. Por lo visto, alguien olvidó entregarme el manual de coros y usanzas de nuestra asediada aldea gala. Nunca me sentí parte de una uniformidad, sino de una comunidad. Sin duda los distintos necesitan voluntad de entenderse, pero, como aprendí en la niñez, la igualdad obligatoria asfixia. Para los raros locales, esas personas que nunca cumplimos los requisitos, lo diferente es aquello que nos hace sentir en casa. La extrañeza puede ser un hogar. Dicen que la inmigración nos hunde en la mezcla y el desorden. A la vez, abrazamos una homogeneidad sin precedentes y con marchamo occidental. Aquí y allá las mismas marcas venden idénticos productos y fabrican en serie nuestra ropa. Los escaparates son iguales en las millas de oro de las capitales, escuchamos canciones con millones de descargas, imitamos a celebridades mundiales estereotipadas y un cóctel explosivo de propaganda y algoritmos nos configura según sus moldes. Se diría que el caos de la pluralidad no es nuestro problema más alarmante.

Alimentamos una falsa imagen de la pureza del pasado. Desde que partimos de nuestro primer hogar en África, somos seres errantes, en su doble sentido, criaturas que vagabundean y se equivocan. En la Roma imperial, tres cuartos de la población eran descendientes de esa inmigración forzosa llamada esclavitud. El historiador Suetonio menciona que ya Julio César encargaba espectáculos en distintas lenguas para la Urbe. Según las fuentes, los senadores se burlaban del latín con tonalidad bética del emperador Adriano —ya habían inventado el estigma del acento—. El campeón de los nostálgicos de la identidad perdida, Juvenal, hervía de indignación viendo Italia ocupada por esas gentes insufribles cuya patria habían invadido las legiones romanas: “No soporto una ciudad llena de griegos; Siria desembocó en el Tíber y trajo consigo su lengua y sus costumbres”. Menciona a moros, sármatas y tracios, se enfurece por la prosperidad de ciertos extranjeros.

En la que fue, posiblemente, la mayor oleada de emigración ilegal en la historia, los colonos europeos de época moderna abandonaron su terruño para instalarse en otros continentes sin la cortesía de pedir permiso a los habitantes autóctonos. Por otro lado, cuando italianos, irlandeses, polacos y alemanes llegaron a la tierra de las oportunidades, los estadounidenses catalogaron a aquellos judíos y católicos como amenazas para la nación, imposibles de asimilar. En 1914 el conocido sociólogo Edward Ross opinó que admitir a europeos “atrasados” supondría “un deterioro de inteligencia, un suicidio racial”. Su colega Edwin Grant reclamaba “deportaciones sistemáticas que limpien eugenésicamente América de la escoria del melting pot”. Hoy, sus descendientes —según decían, imposibles de integrar— ocupan cargos en parlamentos, tribunales, universidades y grandes empresas, incluso la presidencia del país. En realidad, cualquier tiempo pasado fue impuro y desordenado.

El investigador Hein de Haas documenta en su ensayo Los mitos de la inmigración nuestra tendencia a idealizar sociedades anteriores como si hubieran sido homogéneas y sin conflicto. Tras estudiar durante décadas los patrones mundiales de migración, de Haas concluye que son muy predecibles a largo plazo y que las políticas estrictas o permisivas, a las cuales dedicamos debates tan acalorados, apenas influyen. Si una economía florece y la demanda de mano de obra no se cubre, vendrán extranjeros, ya sea legal o ilegalmente. Contra el tópico, no son los más pobres quienes emigran: desplazarse a lugares lejanos es caro y exige planificación, endeudarse, vender tierras. En su inmensa mayoría emprenden la odisea porque familiares y paisanos que les precedieron encuentran para ellos un posible empleo, declarado o sumergido. Para las tareas más exigentes no hay bastantes trabajadores locales capaces y dispuestos: todos los intentos de enrolar a desempleados autóctonos han fracasado sin excepción. Las sociólogas Helma Lutz y Ewa Palenga, que estudian el incremento de cuidadoras extranjeras para niños y ancianos, definen la situación como “el secreto a voces”. Tenemos deseos ambivalentes: buscamos personas con la determinación y la motivación para dedicarse a esas labores, y que —no es tanto pedir— fuera de sus jornadas extenuantes tengan la delicadeza de desvanecerse en el aire. El endurecimiento de las leyes y deportaciones es un vacío ritual cíclico para fingir firmeza al timón. Acosar al inmigrante provoca inmensos sufrimientos sin cambiar nada, y solo aspira a poner en escena un espejismo de mano dura.

Pero nuestros antepasados fueron trashumantes y en cada hogar anida la memoria de quien partió a lo desconocido, incluso sin papeles ni permisos: abuelos, tías, hijos. Aún palpitan la piel y la angustia de nuestros familiares empujados a otros horizontes: la lucha por subsistir, la lejanía de los seres más queridos, las barreras del idioma, las leyes hostiles, el rechazo racista, la solitaria indefensión y el fantasma del fracaso. Los psiquiatras llaman “síndrome de Ulises” a los trastornos debidos a esa ansiedad prolongada. Debe su nombre al héroe griego que zarpó en su juventud y tardó 20 años en regresar. Lejos de Ítaca, afrontó todos los peligros imaginables, perdió el rumbo, se hundió, sufrió humillaciones y a menudo pareció que su destino era perderlo todo una y otra vez. Homero cuenta que Atenea, diosa de la inteligencia, estuvo siempre de su parte y acudía a infundirle esperanza en los momentos de desconsuelo. En nuestra memoria cultural, también la Biblia es rotunda. Dice el Éxodo: “No explotarás ni oprimirás al extranjero, porque también vosotros fuisteis extranjeros en Egipto”. Insiste el Levítico: “Si un extranjero se establece entre vosotros, será como un compatriota más y lo amarás como a ti mismo”. Jesús evoca en el Evangelio de Mateo: “Tuve hambre y me disteis de comer, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, en la cárcel y vinisteis a verme”. Son los discursos xenófobos los que socavan esas tradiciones que decimos proteger.

Nos habitan identidades múltiples. La diversidad nunca fue una amenaza real para mantenernos unidos; lo son la desigualdad, el empleo precario y el empobrecimiento de las redes de colaboración. Hoy demasiada gente sufre ansiedad económica y dificultades para encontrar trabajo estable y vivienda asequible debido a políticas que desamparan, y ciertos líderes necesitan un culpable sobre el que volcar los miedos. Cierto, la convivencia es difícil, tensa, conflictiva. No solo por diferencias culturales, la fricción brota también entre compatriotas en competición. Siempre ocurrirán más explosiones donde hay más intemperie. La inmigración ha sido, desde siempre, un asunto emocional: alivia pensar que nuestros problemas más graves provienen de fuera, que podemos deportar las complejidades. Como suele decir una persona muy querida, el mejor amigo del hombre no es el perro, sino el chivo expiatorio. Por eso importa tanto qué historia nos contamos sobre nosotros mismos. Las naciones son, también, narraciones. Irene Vallejo es filóloga y escritora, Premio Nacional de Ensayo de 2020 por El infinito en un junco (Siruela).