jueves, 21 de agosto de 2025

DEL ARCHIVO DEL BLOG. PETER HANDKE, EL BOB DYLAN DE LOS APOLOGETAS DEL GENOCIDIO. PUBLICADO EL 03/11/2019

 






"Cuando vivía en Sarajevo, en Bosnia y Herzegovina, leí los libros del escritor austriaco Peter Handke, me quedé agradablemente desconcertado por sus obras de teatro y vi las películas que escribía, -comienza diciendo el escritor bosnio Aleksandr Hemon-. Me encantó el brillante vacío de su novela El miedo del portero al penalti. Me fascinó la belleza de la obra maestra de Wim Wenders Cielo sobre Berlín, en cuyo guion trabajó él.

A finales de los años ochenta, yo era joven y me obsesionaba la búsqueda de la inteligencia y la modernidad. Handke no solo parecía inteligente y moderno sino que además, como autor, estaba ampliando las fronteras de la literatura. Era el tipo de escritor en el que yo deseaba convertirme.

Sin embargo, las cosas cambiaron para él y para mí en 1991, cuando Eslovenia y Croacia se separaron de Yugoslavia. Ante el llamamiento del presidente de Serbia, Slobodan Milosevic, el Ejército Popular Yugoslavo emprendió una breve guerra en Eslovenia y luego otra mucho más larga y sangrienta en Croacia, en la que arrasó ciudades y cometió todo tipo de atrocidades.

Reacios a permanecer en Yugoslavia, los habitantes de Bosnia y Herzegovina decidieron por mayoría proclamar la independencia en un referéndum celebrado en 1992. Milosevic estalló. Su ambición nacionalista de crear una “gran Serbia” requirió una operación genocida contra los musulmanes bosnios. Radovan Karadzic, uno de los colaboradores de Milosevic en Bosnia, llevó a cabo una campaña de “limpieza étnica”, es decir, violaciones y asesinatos, expulsiones en masa, campos de concentración y asedios. El Estado de Milosevic proporcionó toda la ayuda económica y militar necesaria.

En julio de 1995, los serbios entraron en Srebrenica, una ciudad en el este de Bosnia, que había sido declarada zona segura y, en teoría, estaba protegida por un batallón holandés bajo la bandera de Naciones Unidas. El general Ratko Mladic, jefe del Ejército serbobosnio, estuvo allí celebrando la toma de la ciudad y declaró que era la victoria más reciente en los 500 años de guerra contra “los turcos”, un término racista para designar a los musulmanes bosnios. Unas días más tarde, los soldados de Mladic asesinaron a 8.000 musulmanes bosnios y los enterraron en fosas comunes sin identificar.

No recuerdo cómo ni cuándo me enteré de que Peter Handke, cuya madre era eslovena, había decidido que las verdaderas víctimas de las guerras yugoslavas eran los serbios y que los Gobiernos y los periodistas occidentales mentían sobre ellos por odio.

Es posible que mi reacción inicial fuera de mera incredulidad ante la idea de que el escritor que había imaginado a los ángeles en el cielo sobre Berlín cuidando de sus ciudadanos en la película de Wenders pudiera pensar que los “musulmanes” de la multiétnica Sarajevo estuvieran matándose a sí mismos para culpar a los serbios y que las atrocidades en Srebrenica fueran responsabilidad de los dos bandos. Handke insistía en que el número de bosnios asesinados se exageraba y los serbios estaban sufriendo tanto como los judíos en la época de los nazis.

Poco después de que terminara la guerra en 1996, Handke publicó un libro titulado Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina o Justicia para Serbia. Había descubierto una especie de pureza de dos mil años de antigüedad en Serbia y la República Srpska (la entidad serbia que se estableció después de la limpieza étnica dentro de Bosnia como consecuencia de loa Acuerdos de Paz de Dayton) y había llegado a la conclusión de que la verdadera Europa solo existía allí.

Milosevic tenía tanto afecto a Handke que le otorgó la Orden del Caballero de Serbia por su compromiso con la causa. Incluso después de que el inmenso volumen de pruebas de los crímenes cometidos por los serbios en Croacia y Bosnia (y, desde 1999, en Kosovo) condujera a la detención y el procesamiento de Milosevic y sus secuaces tras la guerra, el apoyo de Peter Handke al carnicero de los Balcanes no remitió jamás.

Milosevic le pidió que testificara en su juicio en La Haya, pero Handke rechazó amablemente la petición, aunque acudió al juicio más de una vez. Cuando murió Milosevic, en 2006, Handke habló en su funeral, ante un público de 20.000 patriotas afligidos. En Belgrado lo consideran “el amigo que los serbios no necesitaron comprar”.

Fuera de las tierras puras de Serbia y la cabeza del señor Handke, la responsabilidad de Milosevic y sus adláteres quedó establecida más allá de toda duda razonable: Karadzic y Mladic fueron condenados a cadena perpetua por crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y genocidio.

Podría tener la tentación de pensar que aquellos crímenes se han convertido ya en historia imposible de negar, pero los bosnios hemos aprendido por las malas que “¡Nunca más!”, normalmente, quiere decir “¡Nunca más, hasta la próxima vez!”. Es frecuente que nos encontremos con gente que no sabe nada, no quiere saber nada, piensa que es demasiado complicado o niega directamente lo que sucedió en Bosnia y quién tuvo la culpa.

Cualquier superviviente de un genocidio dice que no creerle o despreciar su experiencia es una forma de prolongar ese genocidio. El que niega el genocidio está favoreciendo que vuelva a ocurrir. En cuanto a Handke, The Irish Times contó así su reacción: “Cuando los que le criticaban señalaron que los cuerpos de las víctimas eran pruebas de las atrocidades serbias, el escritor respondió: ‘¡Podéis meteros vuestros cadáveres por el culo!”.

Tal vez los delirios inmorales del señor Handke estén relacionados con su estética literaria, su falta de confianza en la capacidad del lenguaje para representar la verdad, que acaba desembocando en la idea de que todo es igualmente cierto o falso. Su fracaso moral también podría interpretarse en el contexto de la interminable islamofobia europea, o del “y tú más” que considera que todas las partes de la antigua Yugoslavia fueron igualmente responsables de su desaparición, una teoría que encajaba muy bien con la aversión instintiva al imperialismo de Occidente que, en los sangrientos años noventa, nublaba las mentes más excelsas de muchos círculos europeos.

Ahora bien, incluso aunque se pudiera explicar el descarrilamiento moral de Peter Handke por su escepticismo intelectual o por su sentimentalización acrítica de los Balcanes, ligada a su historia familiar, cuesta comprender qué pudo hacer que idolatrara a un monstruo como Milosevic.

Milosevic, un hombre gris del aparato cuya ambición estaba a la altura de su carácter sanguinario, se apoyaba en la maquinaria opresora de su policía, su servicio secreto y sus paramilitares. Tenía la costumbre de ordenar el asesinato de sus rivales políticos. Convirtió Serbia en una cleptocracia adicta a la guerra, arruinó su economía, perdió todas las guerras que libró y fue derrocado por su propio pueblo en el año 2000. Para Handke, era “un hombre más bien trágico” que hizo lo que habría hecho cualquiera en su situación.

Desde que Peter Handke decidió entregarse a la causa perdida de Milosevic y Serbia, no he sido capaz de leer sus obras. Como buen bosnio, no soy tan europeo como los sabios suecos del Comité del Nobel que le han otorgado el Premio Nobel de Literatura. Por eso me resulta imposible, una y otra vez, no buscar la conexión entre lo que escribe, por ejemplo, sobre un portero que padece ansiedad ante el penalti y su convicción de que los defensores de Sarajevo arrojaron una bomba sobre el mercado abarrotado para poder echar la culpa a los serbios.

Las ideas políticas de Handke invalidaron irreversiblemente sus ideas estéticas, y su adoración por Milosevic invalidó sus principios éticos. En el funeral proclamó: “El mundo, el llamado mundo, lo sabe todo de Yugoslavia y de Serbia. El mundo, el llamado mundo, lo sabe todo de Slobodan Milosevic. El llamado mundo sabe la verdad... Yo no sé la verdad. Pero miro. Escucho. Siento. Por eso estoy hoy aquí, cerca de Yugoslavia, cerca de Serbia, cerca de Slobodan Milosevic”. Un escritor capaz de decir esas palabras no puede tener nada valioso que decir.

Es evidente que no saber la verdad sobre Milosevic y el genocidio no ha sido un problema para el Comité del Nobel, que tiene el mandato, instituido por Alfred Nobel, de recompensar “a la persona que haya producido en el campo de la literatura la obra más sobresaliente en una dirección ideal”. Quizá la literatura comprometida de la gran Olga Tokarczuk no sea, para ellos, más que una más entre muchas opciones estéticas y éticas, del mismo valor que la obra de Handke.

Es posible que los respetados miembros del Comité del Nobel estén tan dedicados a preservar la civilización occidental que, para ellos, una página de Peter Handke valga lo mismo que mil vidas musulmanas. O que en los exclusivos salones de Estocolmo, el portero ansioso de Handke resulte mucho más real que una mujer de Srebrenica cuya familia fue aniquilada en la masacre.

La elección de Peter Handke implica una concepción de la literatura a resguardo de los infortunios de la historia y las realidades de la vida y la muerte humanas. La guerra y el genocidio, Milosevic y Srebrenica, el valor de las palabras y los actos de un escritor en este momento histórico, pueden ser interesantes para los toscos plebeyos que han sufrido asesinatos y desplazamientos, pero no para quienes saben valorar “un ingenio lingüístico [QUE]ha explorado la periferia y la especificidad de la experiencia humana”. Para ellos, el genocidio pasa, pero la literatura es eterna.

En medio de una epidemia mundial de islamofobia y nacionalismos blancos, el Premio Nobel de Handke ha validado una estética que no se inmuta por cuestiones de decencia, un proyecto literario cuyo valor debería disolverse como un cuerpo en ácido ante la magnitud de los crímenes que su autor a negado repetidamente y, por tanto ha respaldado. Handke es el Bob Dylan de los apologetas del genocidio. El Comité del Nobel ha demostrado que sabe poco sobre la literatura y su verdadero lugar en este llamado mundo". Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt


















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, LA NOCHE, DE ALEJANDRA PIZARNIK

 







LA NOCHE




Poco sé de la noche

pero la noche parece saber de mí,

y más aún, me asiste como si me quisiera,

me cubre la conciencia con sus estrellas.

Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte.

Tal vez la noche es nada

y las conjeturas sobre ella nada

y los seres que la viven nada.

Tal vez las palabras sean lo único que existe

en el enorme vacío de los siglos

que nos arañan el alma con sus recuerdos.

Pero la noche ha de conocer la miseria

que bebe de nuestra sangre y de nuestras ideas.

Ella ha de arrojar odio a nuestras miradas

Sabiéndolas llenas de intereses, de desencuentros.

Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.

Su lágrima inmensa delira

y grita que algo se fue para siempre

Alguna vez volveremos a ser




ALEJANDRA PIZARNIK (1936-1972)

poetisa argentina


























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY JUEVES, 21 DE AGOSTO

 






































miércoles, 20 de agosto de 2025

DE LAS ENTRADAS DE BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 20 DE AGOSTO DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 20 de agosto de 2025. Un político debe mirar con un ojo el terreno que pisa, pero con el otro debe atisbar el horizonte, y yo no veo, en Cataluña, España y Europa, un horizonte vivible que no sea federal, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor Javier Cercas. En la segunda, un archivo del blog de agosto de 2017, Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, comentaba que venía huyendo del Brexit para caer en Trump, y que no tenía claro cuál era peor. El poema del día, en la tercera, se titula Otra vez la poesía, es del poeta español José Luis López Bretones, y comienza con estos versos: ¿De dónde viene el viento/que nos arrastra a las palabras? Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos.











DE LA DERIVA FEDERAL DESEABLE

 







Un político debe mirar con un ojo el terreno que pisa, pero con el otro debe atisbar el horizonte. Yo no veo, en Cataluña, España y Europa, un horizonte vivible que no sea federal, escribe en El País [Salvador Illa y la revolución pendiente, 08/08/2025] Javier Cercas. Transcurrido un año exacto desde su llegada a la presidencia de la Generalitat, comienza diciendo Cercas, salta a la vista que Salvador Illa ha liderado una revolución en Cataluña. Básicamente, esta consiste en tres cosas: primero, en respetar la ley; segundo, en hablar con todo el mundo; y, tercero, en intentar, con mejor o peor fortuna, mejorar la vida de la gente. Pero, Dios santo, dirán ustedes, ¿qué clase de revolución es esa? Pues una revolución en toda regla, al menos en Cataluña, donde durante casi una década los políticos en el poder despreciaron por sistema las leyes, obraron como si más de la mitad de los catalanes no existiéramos y se dedicaron a financiar con dinero público una juerga colectiva que por fortuna solo acabó mal, porque hubiera podido acabar catastróficamente. Dicho esto, no extrañará que algunos, en la izquierda, piensen que Illa está gobernando razonablemente bien porque hace lo contrario que Pedro Sánchez, quien al empezar esta legislatura levantó un muro frente a sus adversarios (mientras que Illa derribó el que sus adversarios habían construido frente a él); tampoco extrañará que haya socialistas que piensen que, cuando llegue el postsanchismo y muchos sanchistas acérrimos de hoy juren y perjuren que siempre fueron acérrimos antisanchistas, Illa podría ser un candidato verosímil a devolver la socialdemocracia populista del PSOE actual a la socialdemocracia a secas del PSOE histórico. No seré yo quien diga lo contrario; tampoco quien niegue los beneficios que, tras casi 50 años de democracia, podría depararnos a todos los españoles la presencia de un catalán en La Moncloa.

Sobra decir que Illa cuenta también con numerosos detractores, desde quienes le recriminan su apoyo —inducido u obligado por los separatistas— a la llamada “financiación singular”, hasta quienes lo tachan de político aburrido. El primer reproche lo entiendo: es imposible que, por muy ambiguo e interpretable que sea el acuerdo firmado con ERC, lo de la financiación singular de uno de los territorios más prósperos nos suene bien a quienes, aunque vivamos en ese territorio y la nueva financiación pueda beneficiarnos, abogamos sin ambages por la igualdad de oportunidades y la solidaridad con los menos favorecidos (es decir, a quienes somos de izquierdas). El segundo reproche es extraño, al menos para mí, que soy un entusiasta de la diversión, pero solo en la literatura, el cine, la música y la vida personal; en política, por el contrario, soy partidario de un aburrimiento feroz, de un tedio escandinavo (o como mínimo suizo): de hecho, yo considero, modestamente, que la tarea del político consiste en proporcionar a los ciudadanos el suficiente aburrimiento público para permitirles vivir, cada uno a su manera, una permanente juerga privada.

Más previsible es la crítica que le hacen a Illa los nacionalistas, o el temor que le expresan: temen que “des-catalanice” o “españolice” Cataluña. Lógico. Durante el último medio siglo, el nacionalismo ha persuadido a muchos catalanes de que la única forma de defender su lengua, su cultura y su identidad estriba en construir un estado propio; es una traducción local de la doctrina implícita en cualquier nacionalismo, y, si no queremos que vuelva a repetirse lo ocurrido en 2017 —de no hacer nada al respecto, cuando vuelvan a darse las circunstancias propicias se repetirá, probablemente corregido y aumentado—, estamos obligados a desmontar esa falacia: hay que convencer a esas personas de que catalanes, españoles y europeos podemos vivir unidos en lo diverso, de que Cataluña, España y Europa garantizarán su derecho a usar su lengua, desarrollar su cultura y tener la identidad que les apetezca, hay que demostrarles que lo que nos une es muchísimo más y más importante que lo que nos separa, que juntos somos fuertes y separados somos débiles, y que es compatible —en Cataluña, España y Europa— la unidad política con la diversidad lingüística, cultural e identitaria. No se trata de españolizar ni de catalanizar a nadie; se trata de que, igual que disponemos de un estado religiosamente laico, en el que podemos practicar la religión que queramos (o ninguna), dispongamos de un estado nacionalmente laico, en el que podamos tener la identidad nacional que queramos (o ninguna); se trata de transformar la purista y excluyente mentalidad nacionalista, de la que todos llevamos dos siglos imbuidos, por una mestiza e incluyente mentalidad federal.

¿Imposible? Platón y Aristóteles ni siquiera podían imaginar una sociedad sin esclavos, y hace cuatro días las mujeres no disfrutaban de los mismos derechos que los hombres. Un político debe mirar con un ojo el terreno que pisa —atender a lo inmediato—, pero con el otro debe atisbar el horizonte. Yo no veo, en Cataluña, España y Europa, un horizonte vivible que no sea federal. Avanzar en serio hacia él, para poder habitarlo cuanto antes, es la revolución que todos —y no solo Illa— tenemos pendiente. Javier Cercas es escritor y miembro de la Real Academia Española.





















DEL ARCHIVO DEL BLOG. LA MALTRECHA ANGLOSAJONIA OCCIDENTAL. PUBLICADO EL 15/08/2017

 






Vengo huyendo del Brexit para caer en Trump, y no sé cuál es peor. La locura colectiva y la autodestrucción están en el Brexit, que va a perjudicar a Reino Unido. Y en EE UU ocupa el poder un matón narcisista, misógino, indisciplinado y errático, comenta en El País Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford e investigador titular en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford.

"Debe de ser usted inglés, me dice el farmacéutico de Menlo Park, California, cuando menciono al presidente Donald Trump, ¿qué tal si hablamos de cómo van las cosas en su país? A su señora May, la de Downing Street, le están dando bien los burócratas de Bruselas...", comienza escribiendo el profesor Garton Ash.

No tengo más remedio que asentir. Vengo huyendo del Brexit para caer en Trump, y no sé cuál es peor. La principal diferencia es que una es la locura de las cosas y otra de las personas. Theresa May es seca y rígida y no da la talla, pero, en comparación con Trump, parece la Madre Teresa. La locura colectiva y la autodestrucción están en el Brexit, es decir, una cosa. Cada semana hay nuevas pruebas sobre cómo va a perjudicarnos en casi todos los ámbitos y, sobre todo, entre los votantes de la clase obrera y abandonada que prefirieron la salida y que serán los más afectados por la caída, ya visible, de los ingresos reales.

Trump es uno de los pocos personajes mundiales que apoyó el Brexit, pero ahora prefiere dar la mano al presidente francés, Emmanuel Macron, que a la primera ministra británica, y ya no habla sobre las glorias futuras de Reino Unido.

Eso no significa que se haya vuelto más discreto o responsable. En la campaña vimos a un matón narcisista, misógino, indisciplinado y errático. En sus primeros seis meses como presidente, Trump ha hecho honor a todos esos epítetos. Como dijo hace poco su nuevo director de comunicaciones, Anthony Scaramucci [solo estuvo en el cargo 10 días], no vamos a esperar que un hombre de 71 años cambie.

Sigue tuiteando sin parar. Hace poco dijo que la famosa presentadora de la cadena MSNBC Mika Brzezinski estaba “loca” y tenía un bajo cociente intelectual, y contó que se había negado a recibirla en su residencia de Mar-a-Lago porque “sangraba sin cesar del lifting que se había hecho”. El comentarista neoconservador Bill Kristol se sintió obligado a responder. “Querido @realDonaldTrump, es usted un cerdo. Sinceramente, Bill Kristol”. Lo que más me gusta es el “sinceramente”. La reciente entrevista de Trump con el “debilitado” The New York Times revela su mente egocéntrica, superficial, incontinente y enferma. Al preguntarle si va a viajar a Reino Unido, no responde más que: “Ah, sí me lo han pedido”, y luego vuelve a contar su visita a París. Pues vaya con la relación especial tras el Brexit. Después de mencionar que visitó la tumba de Napoleón, dice una frase impagable: “Bueno, Napoleón acabó un poco mal”.

Hace unas semanas se dedicó a criticar a su propio fiscal general, Jeff Sessions, como si este, uno de los primeros políticos que le apoyó, de repente fuera Clinton. Todas las mañanas me despierto pensando: “¿Cómo es posible que este charlatán de pacotilla sea presidente de Estados Unidos?”. Su problema fundamental es de carácter, más que de ideología o de política, si es que tiene alguna idea o política coherente. Ahora hemos llegado al surrealista debate de si el presidente tiene derecho a indultarse a sí mismo.

La locura de una persona a un lado del Atlántico y la locura de una cosa al otro tienen varias semejanzas. El vitriolo verbal no tiene casi precedentes. Washington y Londres, acostumbradas a Gobiernos estables y eficientes, viven hoy una extraordinaria confusión. En el Departamento de Estado no se hacen nombramientos. Scaramucci acusó al jefe de gabinete de Trump de filtrar informaciones. Los ministros del Gobierno británico se contradicen unos a otros en público. En el Támesis y en el Potomac hay más soplos, meteduras de pata y cambios de opinión que en un vodevil.

No es extraño que la canciller alemana diga que el continente europeo ya no puede seguir fiándose de sus aliados del otro lado del Canal y el Atlántico. Rusia y China llegaron encantadas a la cumbre del G-20 en Hamburgo, después de que el China Daily proclamara en su portada que “en medio del proteccionismo estadounidense y el Brexit, China y Alemania se disponen a llevar la iniciativa de la globalización y el libre comercio”.

¿Estamos ante el fin de Occidente? ¿O, al menos, del Occidente anglosajón? He oído decir en varias ocasiones que la coincidencia de Trump y el Brexit anuncia ese declive histórico. El siglo XIX fue el de Gran Bretaña y el siglo XX (al menos, a partir de 1945) fue el de Estados Unidos. El neoliberalismo que dominó ideológicamente el mundo entre la caída de la URSS en 1991 y la crisis financiera de 2008 era un producto típicamente anglosajón, y es lo que provocó el malestar que los populistas han sabido aprovechar. Los que utilizan este argumento lo dicen no sin cierta alegría mal disimulada.

Pero cuidado con lo que desean. Quizá imaginan un siglo XXI posanglosajón, gloriosamente iluminado por Emmanuel Macron y Justin Trudeau. Pero hay más probabilidades de que quien se quede con los despojos sea un Xi Jinping, un Vladímir Putin o un Recep Tayyip Erdogan.

Pero, en realidad, todo esto es parte de la llamada enfermedad del tertuliano. Todavía puede haber otro futuro. El verano pasado pregunté a un distinguido politólogo estadounidense qué le parecería que Trump llegara a la presidencia, y me contestó que sería una prueba muy interesante para el sistema político del país. La semana pasada nos vimos y estuvimos de acuerdo en que, de momento, da la impresión de que el sistema de controles y equilibrios funciona. Los tribunales han bloqueado dos veces la restricción de visados de Trump. Es impensable un desafío a la independencia judicial estadounidense como el que se está planteando en Polonia. La gran tradición de la Primera Enmienda permite a la prensa libre hacer exactamente lo que previeron los fundadores del país. En política exterior hay menos controles, pero un Congreso republicano acaba de aprobar más sanciones a Rusia, Corea del Norte e Irán, y ha hecho que al presidente le sea más difícil levantarlas.

Mientras Trump no emprenda una guerra contra Corea del Norte o cualquier otra locura equivalente, Estados Unidos podrá salir de estos cuatro años de espantosa presidencia con su democracia y su reputación maltrechas pero sin daños irreparables. La democracia británica también está funcionando, con un Parlamento que quizá gane el tiempo necesario para que nos recuperemos de la locura y hagamos un Brexit blando o incluso abandonemos la idea de irnos. Los anglosajones están en horas bajas, en gran parte por sus propias locuras, pero no hay que darlos por muertos todavía. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt






DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, OTRA VEZ LA POESÍA, DE JOSÉ LUIS LÓPEZ BRETONES

 







OTRA VEZ LA POESÍA 




¿De dónde viene el viento

que nos arrastra a las palabras?


Cuando pensábamos que todo

estaba ya por fin acomodado en su sentido,

¿qué turbulencia, en medio del mar de nuestra vida,

pretende ahora sumergirnos

en el extenuado hondón de las palabras?


Parece como si nunca hubiésemos reconocido

el viciado metal de esa moneda

que entregamos en rescate a nuestra muerte,

como si no supiéramos que a cada cosa escrita

le aguarda un olvido mayor que nuestros años.


Y sin embargo el estremecimiento permanece,

el combate se reanuda,

el viejo esfuerzo por dominar la vibración del aire

y moldear con el sonido un ídolo

que nos procure en vano algún sosiego.


Allá donde la vida nos reclama

un mínimo espacio para el remordimiento

vuelve a plantar de nuevo

sus desastrosas tiendas la poesía.




JOSÉ LUIS LÓPEZ BRETONES (1966)

poeta español