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miércoles, 20 de agosto de 2025
martes, 19 de agosto de 2025
DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MARTES, 19 DE AGOSTO DE 2025
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 19 de agosto de 2025. Los discursos sobre la desigualdad, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor Sergio del Molino, apenas edulcoran la certeza brutal de que cada día más ciudadanos tienen muy limitados sus derechos. En la segunda, un archivo del blog de agosto de agosto de 2017, el divulgador científico Javier Sampedro, decía que el gran problema de un sistema democrático, no era atender a las mayorías —para eso basta un contable— sino proteger a las minorías. El poema del día, en la tercera, se titula Tus crímenes, es del poeta español Justo Braga, y comienza con estos versos: Tienes ojos de venganza cuando miras/y un azul/en tu mirada inamovible. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt
DEL RETORNO SOLAPADO DEL ANCIEN RÉGIME
Los discursos sobre la desigualdad, escribe en El País Sergio del Molino [Vuelve el Antiguo Régimen, 08/08/2025] apenas edulcoran la certeza brutal de que cada día más ciudadanos tienen muy limitados sus derechos. Aciertan los historiadores cuando nos censuran por comparar el mundo de hoy con el ascenso de los fascismos históricos de la década de 1930, comienza diciendo Del Molino. No porque la comparación sea un síntoma de presentismo, el peor de los vicios para un historiador, sino porque estos años que vivimos evocan más el Antiguo Régimen, con sus pelucas empolvadas, sus dorados versallescos, sus chateaux del Loira y sus despotismos a veces ilustrados, aunque siempre despóticos.
Los fascismos europeos, descontando algún delirio de Mussolini y el capricho de la Kehlsteinhaus de Hitler, fueron austeros incluso en su megalomanía monumental. Tendían al igualitarismo por el uniforme, y su gusto por el gigantismo era de inspiración militar, refractario al lujo y al placer. Las avenidas de la arquitectura nazi y fascista estaban hechas para el desfile, no para el paseo. Por lo demás, ya se sabe que Hitler era vegetariano y que Franco cenaba tortillitas francesas (aunque las orgías de Stalin compensaban estas modestias domésticas). Los tiranos de hoy no son frugales. Se parecen mucho más a la corte de Luis XVI, desparramados y horteras.
Lo vimos en la boda de Jeff Bezos, que se alquiló Venecia entera, y por un poco más, casi se la compra. Los ultrarricos que aúpan a los villanos de hoy —o que los miran con simpatía o, como poco, con indiferencia calculada— forman una aristocracia capaz de someter la libertad de muchos Estados y de conformar el mundo a su capricho. Elon Musk, paradigma de la nueva casta, parece escapado de una novela del marqués de Sade o de una distopía tecnototalitaria de Jodorovsky. Sus modos no se distinguen de los de un señor feudal con derechos absolutos sobre los siervos. Desprecian la noción del bien común y las virtudes republicanas más elementales. Borrachos de poder, solo tienen fe en sí mismos y en su voluntad. Si las elecciones no les permitieran controlar gobiernos, y sus fortunas no avalasen sus delirios, un juez los inhabilitaría y los internaría en una institución adecuada. Pero, como los nobles en Versalles, han aprendido que su capricho es ley. Además, la parte del pueblo que en otras épocas montaba guillotinas en la plaza de la Concordia les jalea y amenaza con cortar la cabeza de los demócratas, señalados como elitistas progres.
La involución va mucho más allá del porcentaje de voto que puedan arañar los partidos ultras en Europa, tanto si les da para gobernar o solo para incordiar. También rebasa los crímenes y razias que pueda cometer Trump en lo que ya difícilmente puede percibirse como una democracia. Incluso supera el genocidio sobre los palestinos en Gaza o la invasión de Ucrania. El cambio es profundo, de estructura, aunque tal vez no sea aún irreversible. Pero ya ha sucedido. Hemos dejado de vivir en un mundo de valores republicanos de igualdad, libertad y fraternidad. Quizá podamos recuperarlos, pero los demócratas, de momento, vamos perdiendo en esta guerra.
Cualquiera puede verlo en su vida cotidiana, y millones lo sufren de manera trágica. Que los centros de las capitales europeas sean guetos de millonarios (sic), a los que solo les faltan un foso con cocodrilos y unas murallas, es la manifestación más general y clara del nuevo sistema de castas que rige. El principio de igualdad —que siempre fue un ideal irrealizable, pero se expresaba como horizonte hacia el que debía marchar una sociedad democrática— está catastróficamente roto. Los discursos sobre la desigualdad de los científicos sociales apenas edulcoran la certeza brutal de que cada día aumentan los ciudadanos que no pueden ejercer de tales porque sus derechos están muy limitados. Su derecho a la sanidad, a la educación, a recibir información veraz, a la vivienda, al trabajo digno e incluso a la representación política están seriamente degradados o imposibilitados. Las medidas sociales de gobiernos progresistas actúan a veces como paliativos, casi siempre insuficientes. Eso los convierte en ciudadanos de segunda clase, en una casta sin poder.
Más grave es la situación de los inmigrantes, verdaderos metecos de esta nueva Atenas que estamos construyendo. Desposeídos de la ciudadanía, trabajan en un régimen casi esclavista para una sociedad en la que no pueden participar de ninguna manera. Son masas invisibles que mantienen todo en funcionamiento, como los antiguos esclavos, sin que nadie repare en ellos más que como argumentos para el odio racial. Los poquísimos casos de éxito que contradicen esta norma se usan para obviar esta realidad y fingir que las democracias europeas aún son ese sueño integrador y ecuménico que un paseo distraído por cualquier ciudad desmiente. Basta ver quién friega las oficinas y quién se sienta en los escritorios para entender el sistema de castas.
No es ciudadano quien no gobierna su destino o una parte importante de él. Campesinos asfixiados a quienes les imponen el precio de sus productos, jóvenes multiempleados que no pueden vivir solos o mujeres maltratadas que no pueden denunciar ni divorciarse porque caerían en la miseria más rotunda son ejemplos que cuestionan la retórica de la democracia. Podrán votar, pero la democracia plena, entendida como conversación entre iguales, es para ellos algo que sucede muy lejos. Tampoco participan de la democracia quienes no leen jamás un periódico y viven sometidos al capricho del algoritmo de TikTok o de Instagram. Excluirse de la discusión política es también una manera de desposeerse de la ciudadanía y convertirse en plebeyo. Aturdido y feliz, pero políticamente desarmado.
Entre los ricos que han ocupado los barrios nobles —que por algo se llaman así—, cunde una idea patrimonial del espacio público que muchas administraciones avalan. Es ejemplar el caso de Madrid, turistificada y privatizada. El urbanismo de este nuevo antiguo régimen beneficia a quien puede pagar la cuenta de un buen restaurante y castiga al jubilado que quiere sentarse en un banco a la sombra o al niño que quiere ir a unos columpios. La concepción democrática del espacio público que regía los Estados de bienestar beneficiaba a ambos, permitiendo una igualdad social que trascendía la desigualdad económica. Pero ahora el rico ya no quiere que los jubilados y los niños le estropeen la plaza, e impone peajes y aduanas para expulsarlos.
Parece una nadería, pero el antiguo régimen empezó a levantarse en las urbanizaciones del extrarradio, en lo que Jorge Dioni llamó la España de las piscinas, y siguió con los ayuntamientos que suprimían las fuentes públicas y daban licencias de terrazas en vez de ampliar los jardines. De aquellas minucias viene la boda de Jeff Bezos, que recupera la Venecia de los duces, tan serenísima como elitista.
El fascismo antiguo nació de un impulso igualitario y se hizo popular precisamente en los barrios obreros donde había calado el ideal socialdemócrata: querían sociedades homogéneas, la felicidad de fundirse en una masa nacional (pese a la paradoja de estar guiados por jefes carismáticos). Las nuevas tiranías se alimentan también del rencor de los nadie, pero nacen del lujo y de una idea patrimonial del mundo, y solo podrá oponerse a ellas una fuerza que se tome en serio la igualdad y la democracia como espacio público para todos. Esa es la razón por la que Trump opera como un rey del siglo XVIII: nadie cree ya en esa igualdad. Nos urge recuperar esa fe y movilizar a quienes la compartimos. Sin ella, pronto seremos siervos de estos nuevos señores. Sergio del Molino es escritor.
DEL ARCHIVO DEL BLOG. ENTOMOLOGÍA. PUBLICADO EL 19/08/2017
DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, TUS CRÍMENES, DE JUSTO BRAGA
TUS CRÍMENES
Yo he visto esa mirada
dirigida al enemigo,
JUSTO BRAGA (1959), poeta español
lunes, 18 de agosto de 2025
DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY LUNES, 18 DE AGOSTO DE 2025
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 18 de agosto de 2025. Y feliz día también para mi “alma mater”, la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) que hoy cumple 53 años. El escándalo por los falsos títulos de los políticos es un trampantojo, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy Estefanía Molina, y lo que debería soliviantarnos en realidad es que los partidos cada vez premien más a quienes repiten sus relatos prefabricados sin pestañear. En la segunda, un archivo del blog de agosto de 2017, escribía el politólogo Víctor Lapuente, los independentistas creen que España es un artilugio chusquero, pero, paradójicamente, asumen la existencia de una unidad indisoluble entre las fuerzas españolas del Gobierno, la fiscalía, el poder judicial, los medios de comunicación y demás instituciones de ámbito estatal y que estas actuarían siguiendo unos protocolos definidos. El poema del día, en la tercera, se titula El polvo del peregrino, del poeta español Andrés Mirón, y comienza con estos versos: Como una loba herida/por la umbría de un bosque atarquinado,/nos persigue/y acosa. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt
DE LOS MUÑECOS ROTOS DE LA POLÍTICA ESPAÑOLA
Lo que debería soliviantarnos, escribe en El País Estefanía Molina [Palmeros y muñecos rotos en política, 08/08/2025] en realidad, es que los partidos cada vez premien más a quienes repiten sus relatos prefabricados sin pestañear. El escándalo por los falsos títulos de los políticos es un trampantojo, comienza diciendo. Es sabido que en política demasiado a menudo se asciende por hacer la pelota, callar debidamente o tener un núcleo leal. Maquillar el currículum quizás solo les sirva a algunos para aliviarse ese sonrojo. Lo que debería soliviantarnos, en realidad, es cómo se está degradando el hecho de tener a académicos, altos funcionarios o profesionales de prestigio en las instituciones, si los partidos cada vez premian más a quienes repiten sus relatos prefabricados sin pestañear.
Nada menos que la ministra de Universidades, Diana Morant, salió estos días a alabar la trayectoria del excomisionado de la dana tras las sospechas sobre su currículo. Solo por el puesto que Morant ocupa, debió ahorrarse ese apuro. Morant es además ingeniera de Telecomunicaciones. Es triste asumir que hasta alguien preparado repite el mensaje que al partido le conviene porque es lo que toca.
Así que de nada sirve decir “los políticos no son todos iguales” —y menos mal— porque no estamos hablando de la voluntad personal o de la valía de cada individuo en concreto. Se trata de cómo funciona el sistema en su conjunto, y sí, los incentivos para toda la clase política son hoy los mismos. Tan corrosiva es la antipolítica que solo ve defectos en nuestros representantes, como la que niega cualquier lacra fingiendo que así no da alas a los reaccionarios. Lo que espolea a la ultraderecha no es denunciar lo que se hace mal, sino hacer las cosas mal y luego pretender que a alguien le parezca normal.
La realidad es que la política española expulsa de forma creciente talento mientras atrae arribismo. Quien no pueda soportar la castración de su pensamiento libre, su criterio o rigor, a la larga se marchará, si además tiene alternativa laboral. La polarización y el actual cesarismo en los partidos obligan a sostener posturas rígidas o surrealistas, por eso de que ceder un milímetro equivale a dar munición al adversario. Fíjense cómo la mayoría repite consignas, con independencia de su rango o capacitación. No va de colores o ideologías. Generalmente, serán capaces de transigir con lo que les echen quienes no puedan ganarse mejor la vida fuera, necesiten nutrir su ego mediante el cargo, o algunos cínicos asumiendo que aquí se juega.
Dirán que esto ha pasado siempre, pero querer permanecer a toda costa en la alta representación se puede volver cada vez más una necesidad material. La política vuelve a percibirse como una suerte de privilegio a ojos de la calle, como ya pasó en el 15-M. Sus salarios no serán excesivos para su nivel de responsabilidad, pero muchos cuadruplican los del currante de a pie. La prueba de ese malestar latente se puede leer repetidamente estos días en redes sociales: “Le voy a recomendar a mi hijo que se afilie a un partido, y así se soluciona la vida” o “ya casi es mejor tener carné político que estudios”.
Será ironía, pero no perdamos la intuición de fondo: hay ciudadanos llegando a la conclusión de que aconsejar a sus chavales que desarrollen su autonomía, su criterio o valor profesional, ya no siempre es una garantía de progreso como antaño se creyó. La depauperación de las viejas clases medias también ha roto aquel sueño aspiracional de que ir a la universidad o instruirse era suficiente mérito o ascensor social para garantizarse un mínimo bienestar. Por eso, el proceso de envilecimiento de nuestra sociedad puede ser irreversible: los incentivos para ser honesto o competente se reducirán en España si la precariedad permanece estructural. Aunque nadie quiera verlo, tiene mucho que ver con las expectativas frustradas de nuestra juventud. Sería natural, perdonen el sarcasmo, que hoy la recomendación familiar fuera acercarse a quien parte el bacalao, callar y asentir para alcanzar o preservar un estatus.
Ese nihilismo es generacional, pero los partidos lo están institucionalizando y agravando. Politizar las altas instituciones del Estado o las empresas públicas lleva al recelo de que esos juristas, economistas, arquitectos… tal vez solo están ahí como meras correas de transmisión para ejecutar órdenes sin rechistar. Todo ello, bajo la coartada de la especialización. Lo mismo ocurre con los discursos que circulan en el debate público. Los partidos tienen capacidad de promocionar a los expertos que más les convienen o de reducir los ángulos de pensamiento al sectarismo de sus influencers. En cambio, otros profesionales no se prestarán a contradecir lo que han estudiado, o a ver el mundo sin matices por unos minutos de fama.
Estas dinámicas ya están generando muñecos rotos. Si lo más apreciado es tener a peones, no a mentes pensantes o críticas, entonces la crisis que tiene hoy España es moral. Cuando llegue un mejor palmero, la persona se dará cuenta de que estaba ahí por su servilismo o utilidad, no por su valor. Para cualquiera resultaría doloroso. Todavía más, para el joven precario que se ha esforzado en tener una formación y puede llegar a creer que hacer las cosas bien no tiene recompensa, que no montar escándalos condena a la invisibilidad, o peor aún: que los principios con los que creció de nada le han servido o quizás, ni servirán. Estefanía Molina es politóloga.
DEL ARCHIVO DEL BLOG. ¿EXISTE ESPAÑA? PUBLICADO EL 14/08/2017











































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