viernes, 8 de agosto de 2025

DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY VIERNES, 8 DE AGOSTO DE 2025

 





































jueves, 7 de agosto de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY JUEVES, 7 DE AGOSTO DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 6 de agosto de 2025. La agresión rusa, la ofensiva comercial de Trump, las maniobras industriales chinas y la masacre israelí en Gaza componen un terrible retrato de debilidad de la UE, y urge una respuesta radical porque está perdiendo todas esas guerras, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy el analista político Andrea Rizzi. En la segunda, un archivo del blog de septiembre de 2016, el escritor Gustavo Martín Garzo hablaba de la inminente clausura de la exposición sobre El Bosco en el museo del Prado, y se colocaba en la piel del pintor, reflexionando sobre el significado de lo misterioso, lo deforme y lo maldito en su obra. El poema del día, en la tercera, se titula Como una sola flor desesperada, es de la poetisa uruguaya Juana de Ibarbuoruo,  y comienza con estos versos: Lo quiero con la sangre, con el hueso,/con el ojo que mira y el aliento,/con la frente que inclina el pensamiento,/con este corazón caliente y preso. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt













DE LAS GUERRAS QUE LOS EUROPEOS VAMOS PERDIENDO

 







La agresión rusa, la ofensiva comercial de Trump, las maniobras industriales chinas y la masacre israelí en Gaza componen un terrible retrato de debilidad de la UE y urge una respuesta radical, afirma en El País [Europa afronta cuatro guerras: las está perdiendo todas, 02/08/2025] el analista político Andrea Rizzi. La Unión Europea se enfrenta a cuatro graves conflictos, comienza diciendo Rizzi, y esta perdiendo en todos ellos.

El primero es militar: la agresión de Rusia contra Ucrania. El segundo es comercial: la ofensiva arancelaria de Trump. El tercero es económico-productivo: la maniobra de China para dopar con respaldo público su capacidad manufacturera, echándonos de facto de su mercado e inundando el nuestro. El cuarto es moral. Es la devastación israelí en Gaza, a la cual, como bloque, asistimos inertes. No es un asalto dirigido contra nosotros, pero, igualmente, en él perdemos algo tan grande como nuestra honorabilidad.

En el frente ucranio, no sufrimos una derrota rotunda y definitiva. Pero cabe observar que la intensidad de los bombardeos rusos está en alza, golpeando física y anímicamente cada vez más la población del país invadido. Las tropas del Kremlin ganan, poco a poco, terreno. Las sanciones no han impedido a la industria de defensa rusa reconfigurarse alcanzando niveles de producción formidables; las ayudas a Kiev no bastan para contener el empuje de la ofensiva. La sumisión ante Donald Trump —sea en materia de gasto militar en la OTAN, sea en relaciones comerciales— es la prueba de nuestra total ineptitud para sostener solos ese frente. Necesitamos a EE UU, y el temor a que nos abandone explica las genuflexiones en buena medida.

El pacto comercial es otra derrota. Evita tal vez daños mayores, mantiene algunos sectores exentos de aranceles, en el del automóvil mejora la situación preexistente, retiene la capacidad reguladora sobre los gigantes digitales. Pero no hay que confundirse: es una derrota, en la sustancia, y también en la forma, con esa pleitesía al emperador en su campo de golf.

También perdemos inequívocamente en el enfrentamiento económico con China. Como ha correctamente señalado el economista Brad W. Setser, la de Pekín también es una guerra comercial contra Europa, y la está ganando. Lleva adelante desde hace tiempo una gigantesca operación de apoyo público a sectores manufactureros cruciales —después de haber impuesto cesiones forzosas de tecnología extranjera—. Ahora, progresivamente, echa de su mercado a competidores europeos y va inundando el nuestro por la vía de ese dopaje público. Sectores clave de nuestra industria sienten la presión estrecha en la yugular.

Perdemos además de forma indignante en cuanto a la masacre israelí en Gaza. Algunos Estados, con España a la cabeza, han actuado de forma digna. Pero en conjunto permanecemos inertes ante hechos que encajan de forma cada vez más cristalina con la definición de genocidio según el derecho internacional. El veto de algunos impide que la UE haga incluso lo mínimo, es decir, suspender su acuerdo de asociación con Israel por manifiesta violación de derechos humanos. Pero seamos claros: Alemania no solo bloquea eso, es que directamente ha seguido entregando armamento a Israel. En conjunto, es una ignominiosa renuncia a sostener nuestros principios fundacionales —de lo cual toma buena nota el resto del mundo—. Un desastre moral y político.

Las culpas, conviene tenerlo claro, son de muchos. Es fácil disparar contra Ursula von der Leyen por la claudicación comercial, pero es evidente que su penoso desempeño viene de debilidades y divisiones subyacentes, de las realidades de facto y del mandato conferido por los Estados miembros. Sobre Israel, no solo Alemania bloquea: también Italia, Hungría, y otros. Sobre la embestida comercial china, Alemania también tiene culpas, con un largo historial de ceguera ante lo que se gestaba. Pero Francia es quien bloquea empecinadamente la culminación del pacto con Mercosur, elemento clave de esa necesaria diversificación comercial.

Francia también es quien insiste mucho en la cláusula del comprar europeo en Defensa (correcto) pero cuyo subtexto parece ser más bien comprar francés, con escasa propensión a la colaboración necesaria (equivocado). España, tan europeísta en muchos frentes, está en el absoluto furgón de cola en cuanto a solidaridad en defensa. Se ha descolgado del excesivo objetivo de gasto militar del 3,5% de PIB (con ulterior 1,5% en gastos asociados) quedándose en un raquítico 2,1% —¡qué casualidad!, justo lo que ya tenía previsto, ni un paso más, a no ser que alguien proteste—, y siendo, según los cálculos del Instituto Kiel, uno de los más rácanos sostenes de Kiev en cuanto a ayuda militar. Conviene insistir en recordar el dato: desde el inicio de la invasión rusa hasta finales de abril de 2025, Estonia ha suministrado ayuda militar a Ucrania por valor de 900 millones de euros; España, país incomparablemente más grande, 840 millones. España, por supuesto, hace de otras formas aportaciones significativas. Pero, en proporción a su tamaño, son realmente modestas. El listado de las responsabilidades puede seguir con aquellos que frenan la culminación del mercado financiero —de nuevo, Alemania en primera fila—, la emisión de nuevos eurobonos —el clan de los halcones—, de un presupuesto más amplio, y un largo etcétera.

La debacle no es definitiva. Pero para levantarnos debemos entender la dureza de la derrota que estamos sufriendo, en todos los frentes. Las soluciones son claras, y tienen un común denominador: más integración. Culminar el mercado común para ser más resilientes y productivos; impulsar inversiones comunes para proveer bienes públicos europeos y favorecer innovación de manera equilibrada; más coordinación en el sector de la defensa. Si no lo hacemos, las consecuencias también son claras. No es que las grandes fieras nos comerán en el futuro. El escozor que notamos son ellas mordiendo nuestras extremidades, y lo que ocurrirá es que seguirán hasta las entrañas de la débil presa. Andrea Rizzi es analista de política internacional.



 




















[ARCHIVO DEL BLOG] EL CARRO DE HENO. PUBLICADO EL 24/09/2016

 







Ante la inminente clausura de la exposición sobre El Bosco en el museo del Prado, el autor se coloca en la piel del pintor y reflexiona sobre el significado de lo misterioso, lo deforme y lo maldito en su obra, comenta el El País [El carro de heno, 24/09/2016] el escritor Gustavo Martín Garzo. Se dice que no he amado a los hombres, que mi obra nace del disgusto que me provocan sus apetitos, sus ansias de poder, su insaciable egoísmo, poniendo sus palabras en boca del pintor.. Se dice que en mis cuadros sólo hay fealdad y locura, que fui un pintor excéntrico y visionario, obsesionado con ese infierno que a casi todos aguarda a causa de los pecados. Mas se olvida que en aquel tiempo solo se pensaba en la muerte. Era normal casarse a los catorce años, tener hijos inmediatamente y morir antes de cumplir los treinta. Una vida corta y no muy feliz así era la vida de casi todos. Y con la muerte llegaba el juicio, y te esperaban el infierno o el purgatorio o, con un poco de suerte, el cielo. Se vivía en mundo lleno de demonios y ángeles, y mis cuadros debían servir para hacer ver a hombres y mujeres los peligros que corrían si abandonaban la senda de la doctrina cristiana.

Se dice que pocos han pintado infiernos más temibles que los míos. Dragones, culebras, peces y escuerzos, se mezclan en ellos con guerreros y soldados torturadores, con flechas, ollas y trompetas, con fogatas y ruinas. Animales y hombres se confunden entre sus llamas dando lugar a criaturas repugnantes que simbolizan las abyecciones humanas y los desvíos de la sexualidad. En mi Tríptico del Juicio Final, algunos cuerpos son mordidos por serpientes, otros se abrasan en hornos. Un demonio femenino con patas de ave cocina a un desdichado a fuego lento junto a dos huevos blancos. Pero esa criatura con un embudo en la cabeza, el enano con sombrero rojo y cola de lagarto, la cabeza con piernas que lleva un naipe en la boca, los hombres ruedas, la monja que cocina cuerpos humanos, ¿acaso no son como las criaturas que en las ferias nos consuelan con sus risas de las miserias de la vida? Aún más, ¿no hay en esas obscenidades y locuras algo que nos obliga a prestarles atención?

No me hice famoso por defender ante los hombres la doctrina cristiana, sino porque me transformé en su bufón. Así fue como mi nombre no tardó en ser conocido en las cortes de Europa. Los príncipes pagaban grandes sumas por mis cuadros, y se formaban colas interminables para contemplarlos. Querían que les mostrara ese carro de heno que nunca se agota, que les hablara del cuerpo que lo roba, que lo esconde entre las ropas, de esa belleza inexplicable que hay en todo lo condenado: el sexo, las pasiones, los sueños.

¿Habéis visto cómo en las catástrofes los niños siempre encuentran la manera de entregarse a sus juegos y así unos dan en bañarse en las calles que el agua inunda, otros en deslizarse por los tejados hundidos por el peso de la nieve, y otros más en levantar sus moradas entre las vigas de la ciudad destruida por las guerras? ¿Les habéis visto jugar con los objetos que flotan en el agua, buscar en los campos de batalla las armas de los soldados muertos, jugar en las ramas del árbol en el que ayer mismo alguien se ahorcó? Yo era como ellos, mi reino eran las ruinas del corazón humano. El árbol del ahorcado donde juegan los niños, eso es toda mi obra.

No era un rebelde, nunca lo fui. Creía que la pintura debía transmitir un mensaje moral, advertir de los peligros que acechan al alma que renuncia a la pureza. Sé que muchos opinaban que estaba loco, que en mis monstruos y quimeras alimentaban extrañas herejías que hacían del cuerpo y de los excesos su única razón de ser. Pero yo no era distinto a los miniaturistas que adornaban los libros de los códices, los salterios y los libros de horas con todo tipo de criaturas extrañas, e incluso en mis cuadros más queridos, los que contienen las imágenes de mi devoción, no podía evitar introducir ese mundo de lo deforme y maldito. Y mentiría si dijera que no gozaba al hacerlo. Algo me decía mientras pintaba que no debemos abandonar prematuramente esa vida desfigurada, que saldremos ganando si no lo hacemos.

Siendo ya mayor pinté el cuadro que entre todos los míos es el que prefiero. Lo llamé La variedad del mundo, aunque a causa de su panel central, todos lo conozcan por El jardín de las delicias. Sus árboles están llenos de frutos rojos. Son los frutos del árbol de la vida por eso en el jardín todos están desnudos, todos danzan en torno a una pequeña laguna llena de muchachas que juegan. Un reino de silencio, donde se habla el lenguaje de las cosas mudas, así es mi jardín.

No están ahí nuestros recuerdos sino lo que hemos olvidado: un mundo de fuentes de ámbar y de secretos de los que no somos dueños. Es inútil que preguntéis por su significado, pues todo lo que pasa en él es indecible. Esa mujer que ofrece a su compañero un fruto rojo, ¿por qué se lo da a probar? Y los amantes que viven en el interior de una manzana ¿qué hacen? Ese ave delgadísima y el árbol que crece a su lado, ¿por qué están ahí, de quién es la pierna que asoma sobre el agua? ¿Qué hacen los grupos de jinetes o las jóvenes que se bañan en la laguna central?

Es inútil que preguntéis por el significado de mi jardín, pues todo lo que pasa en él es indecible

Cada cosa, cada criatura guarda un secreto que ni yo mismo, que todo lo pinté, podría explicar, ¿pues acaso un pintor sabe lo que hace? No, no lo sabe, pues la pintura solo nos espera en el punto en el que no nos estaba destinada, donde no era para nosotros. Somos entonces como aquellos judíos que durante el éxodo, y cuando más desesperados estaban, asistieron al milagro del maná. Estaban perdidos y hambrientos, creían que nada bueno volvería a sucederles y vieron aquellos copos blancos cayendo del cielo, y cómo en su boca se transformaban en la fuente de las delicias. Eso es lo que significa la palabra maná en su lengua: qué es. Veían caer aquella hermosura y se preguntaban qué es.

Fijaros ahora en mi jardín. ¿Acaso no veis caer los copos blancos? ¿No veis como todos quieren probarlos? Fijaros en las muchachas que hay en la laguna central. Algunas llevan frutos rojos en la frente, otras dialogan con garzas y cornejas, las de raza blanca se mezclan con naturalidad con las de raza negra. No sabemos qué hacen allí, qué esperan, se comportan como si pensaran que les basta con extender sus manos para tomar lo que quieren.

Ved ahora el círculo de los jinetes. Unos llevan huevos o peces, otros se cubren con pétalos inmensos o hacen acrobacias sobre sus monturas, que unas veces son caballos, otras dromedarios, cerdos, vacas, leones. ¿No les veis alzar las manos, adoptar todas las posturas inimaginables como esperando recoger eso que cae del cielo? Y todos los otros, los que en círculos aún más amplios reposan en la hierba, se ocultan en mejillones o vainas o se transforman en flores, qué esconden, por qué necesitan buscar los lugares más imprevistos para guardarlo? Esa muchacha, por ejemplo, que yace junto a un joven cuya cabeza es un fruto azul, ¿por qué lo mira así, qué esconde un corazón como el suyo? Qué es, qué es, oímos decir por todos los rincones del jardín, y es como si el maná siguiera cayendo en el mundo. Hemos sido expulsados del paraíso, pero a la vez permanecemos eternamente en él, es lo que nos dicen esos copos que no vemos. Gustavo Martín Garzo es escritor.





















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, COMO UNA SOLA FLOR DESESPERADA, DE JUANA DE IBARBOUROU

 






COMO UNA SOLA FLOR DESESPERADA


Lo quiero con la sangre, con el hueso,
con el ojo que mira y el aliento,
con la frente que inclina el pensamiento,
con este corazón caliente y preso,

y con el sueño fatalmente obseso
de este amor que me copa el sentimiento,
desde la breve risa hasta el lamento,
desde la herida bruja hasta su beso.

Mi vida es de tu vida tributaria,
ya te parezca tumulto, o solitaria,
como una sola flor desesperada.

Depende de él como del leño duro
la orquídea, o cual la hiedra sobre el muro,
que solo en él respira levantada.




JUANA DE IBARBOUROU (1895-1979)
poetisa uruguaya






















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY JUEVES, 7 DE AGOSTO DE 2025

 





































miércoles, 6 de agosto de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 6 DE AGOSTO DE 2025. 80º ANIVERSARIO DEL BOMBARDEO DE HIROSHIMA

 





 


Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 6 de agosto de 2025. El filósofo alemán Jürgen Habermas plantea el diálogo como núcleo del ejercicio democrático, ¿pero cómo garantizar el diálogo en una sociedad desigual? se pregunta en la primera de las entradas del blog de hoy el filósofo Alejandro Villamor. En la segunda, un archivo del blog de agosto de 2012, decía HArendt: El pasado día 6 se cumplieron dos años de la muerte del profesor e historiador británico Tony Judt. Y tal día como hoy de hace un año le rendía en el blog mi particular y personal homenaje de admiración y respeto. El poema del día, en la tercera, lleva el título de Campanas de Bastabales, está escrito por la poetisa española Rosalía de Castro, y comienza así: Campanas de Bastabales,/cuando os oigo tocar,/me muero de añoranzas. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt






DEL DIÁLOGO COMO EJERCICIO DEMOCRÁTICO

 






El filósofo alemán Jürgen Habermas plantea el diálogo como núcleo del ejercicio democrático, ¿pero cómo garantizar el diálogo en una sociedad desigual?. Se lo pregunta en la revista Ethic [La paradoja de Habermas: ¿Es posible el triunfo del diálogo?, 22/07/2025] el filósofo Alejandro Villamor. Jürgen Habermas (1929), comienza diciendo Villamor, es uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX. Miembro de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, su propuesta más ambiciosa es la teoría de la acción comunicativa, un complejo proyecto que intenta explicar cómo se construye el entendimiento y el consenso en las sociedades modernas. A través de esta teoría, el filósofo alemán pone el foco en la comunicación como núcleo de la vida social y del ejercicio democrático. Empero, en el centro de su planteamiento late una suerte de paradoja: su ideal de comunicación libre de coerción se enfrenta constantemente a las limitaciones reales del lenguaje. Esto es lo que algunos han dado en llamar la paradoja de Habermas.

Habermas parte de una pregunta central: ¿cómo es posible el entendimiento entre individuos en sociedades complejas, jalonadas por el conflicto y la desigualdad? Frente a la visión instrumental de la razón dominante en la modernidad –destinada al cálculo y al control–, propone una racionalidad comunicativa, es decir, una razón orientada al entendimiento.

En términos simples, el de Düsseldorf asegura que cuando hablamos con los demás no solo intercambiamos información, también estamos procurando un acuerdo. Para eso, presupone que todos los participantes del diálogo se pueden expresar sin coacción y de forma razonada. Este punto es denominado la situación ideal de habla. En ella, nadie impone su punto de vista por medio del poder o de la manipulación, sino que se trata de convencer al otro con argumentos.

Aquí es donde aflora la paradoja. Habermas mantiene que el lenguaje contiene en sí mismo una orientación hacia el entendimiento. Esto es, que cuando alguien afirma algo, está dispuesto, al menos en teoría, a justificarlo racionalmente. El problema es que el mundo real está lleno de relaciones asimétricas, de estructuras de poder, de intereses económicos y políticos que distorsionan el diálogo. En otras palabras, la comunicación está contaminada por el poder.

La paradoja de Habermas, dicho en plata, se produce al construir una teoría normativa –un ideal de cómo debería funcionar la comunicación– a partir de una práctica que rara vez existe en condiciones ideales. Utiliza el lenguaje como herramienta para criticar las distorsiones del propio lenguaje. Propone una utopía comunicativa dentro de un mundo en el que esa utopía está, por definición, comprometida. Su teoría está asentada en presupuestos que casi nunca se cumplen. Este aspecto ha sido criticado por muchos. Y es que, ¿no está Habermas siendo ingenuo al suponer que es posible una comunicación libre de dominación?

A pesar de sus tensiones internas, la teoría de la acción comunicativa brinda una poderosa crítica a las formas en que el poder coloniza la vida cotidiana. Habermas distingue el mundo sistémico (economía, burocracia…) del mundo de la vida (interacciones cotidianas, cultura…). El problema es que, en las sociedades modernas, el sistema tiende a invadir el mundo de la vida, imponiendo lógicas instrumentales en espacios en los que debería prevalecer la comunicación auténtica.

Esto se ve, vaya por caso, cuando el discurso político se convierte en propaganda, o cuando las relaciones humanas se rigen por criterios de eficiencia y rentabilidad. La crítica habermasiana apunta a eso, es un intento por recuperar la capacidad de los ciudadanos de argumentar y construir consensos racionales.

Desde luego, Habermas no niega que su propuesta es un ideal, pero aduce que es un ideal necesario. La situación ideal de habla no existe como realidad empírica, pero opera como un horizonte normativo. No se trata de describir cómo son realmente las interacciones, sino de establecer un criterio de evaluación y mejora.

La paradoja, por ende, no invalida su teoría. Más bien, le otorga cierta fuerza crítica. Si no existiera esa tensión entre lo que debería ser y lo que es, no habría forma de cuestionar las estructuras que distorsionan la comunicación. La paradoja revela la distancia entre el ideal democrático y las prácticas sociales reales, y en esa brecha se abre la posibilidad de la crítica y el cambio.

Frente al relativismo dominante, sigue apostando, con los grandes ilustrados, por la posibilidad de una vida en común fundada en el entendimiento mutuo. Su propuesta exige, entre otras cosas, tiempo, atención, escucha, voluntad de argumentar y de dejarse convencer. No es compatible con la lógica del espectáculo ni con la polarización política, tan extendidas hoy.

Todos apreciamos la peligrosa tendencia que sigue el debate público, no solo en el contexto doméstico, sino en el internacional. Una tendencia hacia la fragmentación que emplea la desinformación como arma para imponer el punto de vista propio. Ante este estado de las cosas, el ideal habermasiano puede semejar excesivamente naíf. Pero también es un recordatorio: si abandonamos la posibilidad de un diálogo honesto y racional, solo quedan el ruido, la manipulación, el espectáculo bochornoso o, directamente, la fuerza bruta. Alejandro Villamor es filósofo.