domingo, 16 de noviembre de 2025

ALBERT CAMUS Y EL SUICIDIO

 







Albert Camus convirtió el suicidio en una cuestión filosófica central, afirma el escritor Juan Ángel Asensio en la revista Ethic (04/11/2025). Si la vida carece de sentido, escribió, ¿por qué seguir viviendo? Su respuesta fue clara: resistir, pensar y afirmar la existencia. Hay una frase, comienza diciendo, que abre uno de los ensayos más célebres del siglo XX y que resume una inquietud universal: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio». Albert Camus la escribió en 1942, en El mito de Sísifo, en plena Segunda Guerra Mundial. Y al contrario de lo que comúnmente se pueda pensar si no se ha profundizado en su obra, esta afirmación no es una mera provocación o una postura estética subversiva. Es, para el Premio Nobel francés, la pregunta más honesta que un ser humano puede hacerse cuando se enfrenta a la sensación de que la vida carece de sentido.

Antes de entrar en materia, también merece la pena señalar que Camus no era un académico encerrado entre libros. Era un hombre que había conocido la pobreza en Argelia, la guerra en Europa y la pérdida personal a un nivel profundo. Su pensamiento sobre el suicidio no nace de la abstracción, sino de la experiencia de un mundo donde las certezas se estaban derrumbando.

Entonces, ¿qué hacer cuando la vida se nos presenta en forma de absurdo? ¿Cómo seguir viviendo si todo lo que nos rodea carece de propósito? Responder a esas preguntas fue el eje de su filosofía del absurdo. Y es, también, la razón por la que su obra sigue interpelando, más de medio siglo después, a quienes se preguntan cómo seguir adelante cuando la existencia parece un laberinto sin salida.

Cuando Camus escribe El mito de Sísifo, Europa está sumida en el caos. Las guerras mundiales han destruido la idea de progreso, y el existencialismo empieza a describir la angustia del hombre contemporáneo. En ese contexto, Camus formula su punto de partida: el ser humano busca sentido, pero el mundo no se lo da. De esa confrontación entre deseo y realidad nace lo que él llama lo absurdo.

El suicidio, en ese escenario, se presenta como una respuesta clara e inmediata. Si la vida carece de significado, ¿por qué continuar con ella? Camus no elude la pregunta y, muy al contrario, busca colocarla en el centro de su búsqueda filosófica. Para él, el suicidio es una tentación comprensible, pero no una solución. No resuelve el problema del absurdo, solo lo interrumpe, y sí, puede que acabe con el sujeto que se pregunta, pero no con el vacío que lo genera.

Al hablar sobre estos supuestos, Camus no se limita al suicidio físico. También denuncia lo que llama el «suicidio filosófico», es decir, la tendencia de algunos pensadores a escapar del absurdo inventando consuelos metafísicos o religiosos. Pensadores como Kierkegaard o incluso Platón, según su lectura, buscaron refugio en un sentido trascendente de las cosas, en una esperanza que trasciende la realidad. Para Camus, esa huida también es una forma de renuncia e, incluso, un modo de cerrar los ojos ante el hecho de que el mundo, muy probablemente, no tenga explicación.

Sin embargo, la alternativa que él propone es paradójica pero luminosa: vivir sin sentido, y aun así vivir. Aceptar que el universo es indiferente y, pese a todo, afirmarse en él. Camus toma como símbolo a Sísifo, el personaje de la mitología griega condenado por los dioses a empujar una piedra hasta la cima de una montaña, solo para verla caer una y otra vez. El castigo eterno se convierte, en su lectura, en una metáfora de la condición humana. Y, en una frase que ha pasado al inconsciente colectivo y que bien podría condensar toda su obra, Camus concluye que «hay que imaginar a Sísifo feliz».

Eso sí, con esto no trata el francés de ofrecernos un consuelo. En realidad lo que está haciendo es invitarnos a asumir la vida tal y como es, sin engaños ni esperanzas ni ilusiones. Para Camus, la felicidad se encuentra viviendo con plena conciencia del absurdo y siguiendo adelante, con dignidad y sin autoengaño.

Si el suicidio es la renuncia y la evasión metafísica es la huida, Camus propone una tercera vía: la rebelión. Pero no se refiere a una revuelta política o a la violencia, se refiere a una actitud interior. Rebelarse, en su filosofía, significa negarse a ceder ante lo absurdo. Significa seguir viviendo, actuando y creando, aun sabiendo que no hay un sentido último que justifique la existencia.

Podemos hablar de ella como una rebelión activa y consciente. Supone mirar al mundo sin ilusiones, pero también sin rendición y sin bajar los brazos. La lucidez –la capacidad de ver las cosas tal como son– es el punto de partida; la acción, su consecuencia. Frente al vacío, Camus defiende el movimiento.

En esa actitud se condensa la ética camusiana. Su pensamiento, lejos de empujarnos al nihilismo, nos conduce hacia una forma de vitalismo sin ingenuidad. A diferencia de otros filósofos existencialistas, como Sartre, Camus, más que definir la esencia del hombre, lo que busca es entender y explicar su modo de estar en el mundo. En este sentido, su conclusión es que la conciencia del absurdo no debe paralizarnos, debe impulsarnos hacia una forma de vida más auténtica.

Este enfoque se extiende a toda su obra, incluyendo la literaria. En La peste, Camus retrata una ciudad asediada por la enfermedad y a un grupo de personas que deciden resistir, sin héroes ni milagros posibles. En El extranjero, muestra a un hombre que, frente a la muerte, alcanza una serenidad que solo proviene de haber aceptado la realidad tal cual es. En todos los casos, la respuesta de Camus no es, en ningún caso, la desesperación.

Para él, el desafío consiste en vivir dentro del absurdo sin tratar de escapar de él. De esta manera, el suicidio no es una solución porque interrumpe esa posibilidad de resistencia. Lo que Camus pretende es seguir empujando la piedra, sabiendo que caerá, pero encontrando sentido en el simple hecho de empujarla.

El pensamiento de Albert Camus no ofrece consuelo fácil ni verdades definitivas. Lo que propone –aceptar la falta de sentido y, aun así, elegir la vida— es más incómodo, pero también más humano. Vivir es, por tanto, un acto de conciencia y de rebeldía.

Camus prefirió el don de la claridad a la esperanza. Su legado sigue siendo relevante porque plantea una pregunta que todos, en algún momento, nos hacemos: si la vida no tiene un propósito fijo, ¿cómo seguir viviendo? Su respuesta, por suerte, es luminosa y nos entrega algo a lo que agarrarnos, aun cuando parece no haber nada, nada en absoluto, nada en absoluto salvo nada misma. Juan Ángel Asensio

















DE LOS JUEGOS MORTALES DE NIÑOS VIEJOS

 







Triunfan los matones que dicen ir con la sinceridad por delante frente a la hipocresía de las reglas de la democracia y la cortesía, escribe en El País (14/11/2025) el filósofo Santiago Alba Rico. En el Kunst­historisches Museum de Viena, comienza diciendo, hay un cuadro que siempre me ha gustado mucho, Juegos de niños, pintado por Brueghel el Viejo en 1560. Parece un maravilloso catálogo de juegos infantiles (hasta : de la taba a la gallina ciega, de las canicas a los bolos), pero en realidad produce al espectador un efecto inquietante. ¿Por qué? ¿Será porque Brueghel reúne en un espacio abierto una multitud, como en El triunfo de la Muerte? Busco a alguien que sienta lo mismo que yo y por fin lo encuentro. “He mirado este cuadro cientos de veces”, escribe la pedagoga Heike Freire, “y lo más curioso es que no veo niños por ninguna parte: veo personas de todas las edades. Veo cuerpos que más bien parecen de adultos”. Es eso, en efecto: no es la multitud la que remeda el triunfo de la muerte; es que se trata de los mismos cuerpos, robustos, adultos, pecadores. Brueghel el Viejo pinta a adultos jugando como niños, que invocan y aplazan así el inevitable triunfo de la muerte.

La infancia son estas dos cosas: el juego y la nada. O el juego o la nada. Identificamos sin razón el juego con la improvisación, la espontaneidad, la travesura. No es así. El juego son reglas y los niños, lo sabemos, se toman muy en serio las reglas. Puede que se las hayan inventado ellos, pero exigen su cumplimiento con perentoriedad kantiana. “¿Vale que naufragábamos en una isla desierta y construíamos una cabaña y Alberto era un monstruo que intentaba devorarnos y venía Ana y nos salvaba?”. En este “¿vale?”, fundación natural de la literatura misma, se expresa toda la solemnidad que los niños confieren a la ficción.

Cuando se deja de jugar, se recae en la nada. La nada son las pulsiones primarias: el deseo de comida, de sexo, de territorio exclusivo; es decir, de poder. Y el miedo a no tener comida ni sexo ni territorio; es decir, a la impotencia. Cuando se deja de jugar, de noche en la cama, el deseo y el miedo se apoderan, como depredadores caníbales, de nuestras almas. Si no fuese por el juego, el deseo y el miedo nihilizarían el mundo sin parar. Los niños juegan y juegan, con felicísima seriedad, contra el deseo y contra el miedo al que vuelven cuando han dejado de jugar. El serísimo juego de la infancia retiene un rato la pulsión de muerte.

Que los adultos dejen de jugar no quiere decir que maduren; quiere decir, al contrario, que dejan de tomarse en serio las cosas y corren el riesgo, por eso mismo, de caer una y otra vez en la nada. La única manera de fingirse mayor de edad contra la condición humana es adoptar el juego, ya superado, como hipocresía. Son las reglas que respetamos pero en las que no creemos: las del matrimonio, las de la paternidad, las de la cortesía, las de la democracia, las de la ONU. Cuando se abandona la hipocresía, como hace Donald Trump, se recae en el otro regazo de la infancia; es decir, en la nada. Trump parece que juega; pero parecer que se juega, en lugar de jugar, es romper al mismo tiempo con la seriedad del juego y con el escudo de la hipocresía. El que parece que juega con armas de mentira mata con armas de verdad; el que parece que juega con vidas de ficción desbarata las vidas reales de los que lo rodean. Fingir que se finge es la destrucción de la ficción: la pirueta final de la desnudez del mal. Las risas de Trump y de sus seguidores despojan de ropa y conducen a las cámaras de gas, todos los días, a todos los perdedores de la humanidad.

Los niños, digo, se toman muy en serio las reglas; eso, y no la ingenuidad o la creatividad, es lo que tienen en común con los artistas. Los únicos adultos que se toman en serio el juego, sí, son los artistas: “Cread vuestras propias reglas, pero seguidlas”. Un artista, mientras compone música, mientras pinta un cuadro o escribe un poema, niega al mismo tiempo la nada y la hipocresía. No hay artistas nihilistas, pues todos ellos creen al menos en los nombres, en los sonidos, en los colores; y no hay artistas hipócritas, pues ninguna obra de arte verdadera oculta una verdad más profunda que ella misma.

Los demás tenemos que elegir entre la hipocresía y el nihilismo. En el colegio, a partir de los cinco años, unos juegan a estudiar, a hacer deporte, a rezar; a encajar en un género, a imitar a los padres, a ser generosos o adustos o pesimistas o solares; es decir, a asumir un carácter. Otros, en cambio, imponen su nada. Un colegio es este reparto definitivo entre hipócritas en ciernes y matones precozmente consumados. Basta ver nuestro Parlamento (o nuestras comidas de empresa) para comprender que nunca salimos del colegio. Kant se equivocó en sus pronósticos de una humanidad que alcanza por fin la mayoría de edad; no tenemos tiempo de madurar y alcanzar la edad de la razón. De nada sirve prolongar la vida; de nada serviría alcanzar la inmortalidad, como pretenden los matones de Silicon Valley: nos morimos a los 90 años sin haber abandonado el patio de la escuela.

Siempre es preferible el juego —aunque encubra hipócritamente la nada— que la nada impúdica, aunque sea mucho más sincera. La hipocresía es como la resonancia hueca de la buena infancia (la de los juegos tomados en serio), que arma su palacio de palillos y fracasa; el matonismo de Trump (y de tantos otros), el retorno a la infancia mala, en la que los que nos tomábamos en serio los juegos estábamos siempre a punto de sucumbir a la violencia de los matones.

Como la única alternativa a la hipocresía es la nada, ocurre que, cuando nos cansamos de los hipócritas, reclamamos la verdad, aunque implique nuestra propia destrucción. Dos guerras mundiales o, mejor dicho, europeas, así lo demuestran. Gaza lo confirma. Trump, con una corona en la cabeza y arrojando excrementos sobre millones de manifestantes desde un avión, no está jugando hipócritamente al juego del derecho, como su antecesores; es la verdad misma desnuda, ante la que nos arrodillamos con orgasmo de maravilla. Netanyahu, tocado con una kipá y arrojando bombas sobre Gaza, no está defendiendo hipócritamente la religión judía, como hace el sionismo sedicente de izquierdas; es la nada desinhibida, colmada de sí misma, regocijada en su propio vacío, contenta de que un montón de hipócritas le hagan zalemas y reverencias.

¿Qué hacer? Olvidémonos: no se puede seguir vendiendo la hipocresía a un mundo radicalmente dañado por nuestros juegos. El dilema lo planteaba muy bien Máriam Martínez-Bascuñán en un reciente y brillante artículo: “No podemos criticar [la hipocresía de Trump], como hacemos con los políticos tradicionales, porque él no es hipócrita, así que la tentación obvia es responder con las mismas armas: abandonar las normas y adoptar tácticas sin escrúpulos, combatir el fuego con fuego. Es la trampa que nos tiende el trumpismo”. Europa ha forzado demasiado las cosas, y el resto del mundo, cargado de razón, prefiere ahora la sinceridad, por muy destructiva que resulte. Vuelve, sí, el tiempo de los matones. Todos en realidad estamos cansados de la hipocresía, pero algunos —muchos quizás— no queremos jugar al falso juego de la verdad letal ¿Cuál es la alternativa? ¿Habrá una tercera vía? ¿Una alternativa al mismo tiempo infantil y movilizadora? ¿Seremos capaces de inventar nuevas reglas sin un previo triunfo de la muerte? Tendremos al menos que intentarlo. Santiago Alba Rico



















DEL ARCHIVO DEL BLOG. POUR LA LIBERTÉ. VIVE LA FRANCE. PUBLICADO EL 14/11/2015

 







Ya se empiezan a oír en las redes sociales comentarios, quiero suponer, de verdad, que sinceros y de buena fe (aunque seguro que los hay también de mala fe y sin respeto alguno por las víctimas) que parecen decir que los muertos en los atentados de París son responsables de sus propias muertes porque sus gobiernos son culpables de no se sabe qué. Que en Occidente no sentimos lo mismo cuando las víctimas no son occidentales. Y eso es una falacia. Lo lamentamos y nos dolemos de ello por igual. Pero nos quedan un poco más lejanos. Y eso es normal y humano. Lo que me suena hipócrita es que me pidan que sienta el mismo dolor por el que conozco que por el ajeno. Todos los muertos por causa del fanatismo merecen el mismo respeto, todos sin excepción. Pero el dolor no puede ser el mismo. Si fuera así, sería imposible vivir. No deberíamos permitir que se haga demagogia con las víctimas del terrorismo, porque eso es terrorismo también.

Lo explicaba muy bien unos días después de los atentados de París el escritor Bernardo Marín en un artículo de El País titulado "El dolor cercano por el país de las libertades". A él les remito. No puedo sino reconocer que coincido plenamente con sus planteamientos.

También  me parecen inobjetables las palabras pronunciadas al respecto por el filósofo francés Bernard-Henri Lévy, en su artículo "La guerra, manual de instrucciones". Hay que llamar a las cosas por su nombre, dice en él, y tratar al enemigo como tal. La alternativa está clara: si no hay tropas en su territorio tendremos más sangre en el nuestro. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν", nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, CUESTIÓN DE FE, DE JAVIER ALMUZARA

 








CUESTIÓN DE FE




Desoye a los profetas y santones

que buscan ciegamente su camino,

igual que cualquier hijo de vecino,

aunque lleven tras ellos a millones.


Pon tu esperanza en Superman o Conan,

las hadas buenas o alguien del pasado,

como ese dios ya desamortizado;

quienes no existen nunca decepcionan.


Y ojo con la ilusión; no quieras verte

en una peli. Ni aun así vendría

para salvarte la caballería

contra el caballo loco de la muerte.


Mírate en un espejo que no empañe,

y que la fuerza siempre te acompañe.




JAVIER ALMUZARA (1969)

poeta español

























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY DOMINGO, 16 DE NOVIEMBRE

 




























sábado, 15 de noviembre de 2025

SEGUNDO SHOCK DE TRUMP: COMO (NO) HA CAMBIADO LA ESTRATEGIA EUROPEA

 








Cuando Donald Trump fue elegido presidente de Estados Unidos en noviembre de 2024, escribe en Geopolítica europea (14/11/2025) la analista de Política internacional de la Universidad de Notre Dame, Gesine Weber, los estrategas, políticos y líderes europeos estaban mejor preparados que en 2016. Al menos, la posibilidad de una victoria de Trump se tomó en serio; se esbozaron escenarios y se debatieron las posibles implicaciones para Europa. Los europeos se prepararon intelectualmente para el escenario de una victoria de Trump, hasta que este escenario tocó los puntos más conflictivos de la relación transatlántica.

La velocidad y el alcance con que la administración Trump hizo añicos tradiciones arraigadas y lo que los analistas transatlánticos consideraban el tejido fundamental e indestructible de la relación sorprendieron a muchos. No debería haber sido así, incluso si, obviamente, resulta más conveniente seguir la idea de que los Estados siempre actúan en función de lo que históricamente, y basándose en los ideales de la democracia liberal, se ha definido como su interés nacional. Sin embargo, la administración Trump no sigue este patrón; ignora los principios de una profunda colaboración con los aliados y, en cambio, adopta un enfoque más aislacionista, transaccional y de poder político. La interpretación estratégica europea de la política exterior estadounidense aún se basaba en un razonamiento liberal-internacionalista, mientras que Estados Unidos ya había evolucionado.

Europa no estaba preparada porque muchos estrategas, políticos y líderes europeos se mostraban reacios a abordar las grandes incógnitas. Cuestionar la fiabilidad de Estados Unidos como socio, la idea de que la alianza transatlántica debía priorizarse a toda costa y la afirmación de que Europa y Estados Unidos están unidos por valores compartidos: todas estas eran cuestiones incómodas, a veces demasiado incómodas para tomarlas en serio o abordarlas, a veces porque contradecían tanto la tradición estratégica de muchos estados europeos que incluso expresarlas provocaba irritación o abierta ira.

La administración Trump obligó a Europa a afrontar estas incómodas cuestiones y, sobre todo, a encontrarles respuesta. En algunos casos, estas respuestas propiciaron profundos cambios en el pensamiento estratégico europeo y la impulsaron a consolidarse como actor de seguridad o, en general, como actor global. En otros, generó inercia estratégica. Dado que Europa aún enfrenta casi tres años de la administración Trump, los estrategas europeos deberían ahora aprovechar las lecciones aprendidas durante el primer año.

Lo que ha cambiado: Europa sola ya no es una hipótesis. El compromiso de la administración estadounidense con la OTAN en La Haya este verano, y en especial su reafirmación del artículo 5 y la declaración de Rusia como una “amenaza a largo plazo” en el comunicado final, han tranquilizado a los aliados. Sin embargo, los sucesos ocurridos a principios de 2025, como las amenazas abiertas de abandono y las conversaciones entre Trump y Putin, han dejado una profunda huella en Europa, como se evidencia en los debates actuales sobre el armamento nuclear europeo. La idea de que Estados Unidos podría no ser un socio fiable bajo la presidencia de Trump, incluso si altos funcionarios continúan tranquilizando a los aliados europeos en privado, se percibe cada vez más como una realidad. Además, los estrategas europeos se han percatado de que la política exterior estadounidense podría socavar los objetivos europeos, y que hablar con una sola voz —o más bien, reiterar el mensaje a través de diferentes canales— es fundamental para orientar la estrategia estadounidense hacia una dirección que se alinee con los intereses europeos. Visitas como la serie de reuniones bilaterales y el viaje conjunto de líderes europeos a Washington previo a la reunión entre Trump y el presidente ucraniano Zelenskyy demuestran que la coordinación en estas cuestiones clave ha mejorado. Los líderes europeos están adoptando ahora un enfoque de "cuanto más, mejor", con la esperanza de que al menos uno de ellos logre influir en el razonamiento o la toma de decisiones de Trump.

De igual modo, los europeos deben aprender a pensar estratégicamente por sí mismos. Las iniciativas anteriores, de carácter exclusivamente europeo, como la Iniciativa Europea de Intervención impulsada por Francia, solían tener un alcance muy limitado, y los debates serios sobre la seguridad del continente solo se celebraban con la presencia de Estados Unidos, es decir, en el marco de la OTAN. Hoy en día, los gobiernos europeos mantienen estos debates entre sí, pero, lo que es más importante, incluso se transforman en nuevos formatos, como se observa en la iniciativa franco-británica de la llamada Coalición de los Dispuestos a Apoyar a Ucrania , que incluye garantías de seguridad. Aún está por verse el resultado, pero el hecho de que los Estados europeos estén dispuestos a asumir responsabilidades y a influir en la toma de decisiones sobre la seguridad europea, como lo hicieron a través de esta coalición, va mucho más allá de lo que se podría haber imaginado bajo una administración estadounidense más favorable a Europa.

Si bien la adopción del objetivo del 5% para los aliados de la OTAN —que implica un gasto del 3,5% del PIB en defensa y del 1,5% en áreas afines— suele asociarse directamente con la administración Trump, la necesidad de que Europa intensificara sus esfuerzos en materia de seguridad y defensa ya existía con anterioridad. Considerar el compromiso con el gasto del 5% —una medida puramente política sin implicaciones legales— como un mérito de la administración Trump, por lo tanto, ignora los cambios estratégicos que se están produciendo en Europa; la misma medida podría haberse adoptado con una administración Harris más colaborativa en Estados Unidos. El cambio más interesante en la estrategia europea reside en la implementación de estos planes y en la selección de capacidades, como ilustra el ejemplo alemán: tan solo el 8% del gasto previsto en defensa se destinará a material de defensa estadounidense, mientras que la gran mayoría se invertirá en Europa.

Por último, y quizá lo más evidente, el riesgo de abandono por parte de Estados Unidos ha reavivado los debates estratégicos europeos sobre la defensa nuclear, y no solo sobre el despliegue nuclear compartido. Los líderes y expertos europeos coinciden en gran medida en que las potencias nucleares europeas no podrán sustituir el paraguas nuclear estadounidense y que Europa no debería aspirar a hacerlo, sino más bien mantener el compromiso con Washington. Sin embargo, el creciente debate sobre la contribución europea a la disuasión nuclear del continente también refleja la disminución de los tabúes en Europa sobre este tema y los cambios fundamentales en la percepción de la seguridad, las amenazas y las garantías estadounidenses para Europa.

Lo que no ha cambiado: Europa tiene demasiado miedo para morder. La principal lección que la administración Trump extrajo de su primer año de colaboración con los gobiernos europeos probablemente sea: la coerción funciona. El mejor ejemplo de ello es el acuerdo comercial UE-EE. UU. , en el que la UE acepta los aranceles estadounidenses sobre los productos europeos. Tras la firma del acuerdo, altos funcionarios de la UE reconocieron que los beneficios comerciales estaban condicionados a la seguridad en Europa por la administración Trump. La señal que la UE envió a Washington al aceptar este acuerdo es que sus preocupaciones de seguridad son tan graves que las convierten en un formidable instrumento de presión sobre sus aliados, y que ni siquiera movilizará recursos en el ámbito donde tiene mayor competencia, es decir, el comercio, en cuanto exista la posibilidad de que exista una conexión con la seguridad. Esto no implica que Europa debiera haberse lanzado de lleno a una guerra comercial con Washington, pero los funcionarios de la UE podrían al menos haber dejado más claro, incluso públicamente, a la administración estadounidense que su instrumento de no coerción también podía utilizarse contra Washington.

Además, el riesgo de recaer en viejos patrones persiste. Una lección clave para Europa de la primera administración Trump debería ser que improvisar es una pésima idea y que la inacción europea tendrá consecuencias contraproducentes. En algunos ámbitos, como las adquisiciones de defensa, Europa parece haber aprendido la lección. Al mismo tiempo, el hartazgo con Trump también alimenta en ciertos círculos europeos el optimismo ingenuo de que Europa solo tiene que sobrevivir (literal y metafóricamente) hasta las próximas elecciones estadounidenses, y que la coordinación con Estados Unidos volverá a ser más fácil en 2028. Sin embargo, esta visión pasa por alto que Trump y su forma de conducir la política exterior podrían representar la nueva normalidad, en lugar de la excepción. Minimiza el consenso emergente en Washington en materia de política exterior, que aboga por una política exterior estadounidense más moderada, e ignora que la ideología MAGA conecta con una parte considerable del electorado estadounidense. La imagen de Estados Unidos en Europa suele estar inspirada en una percepción liberal internacionalista, ignorando así el riesgo que supone el surgimiento de una alianza transatlántica revisionista muy diferente . Sin embargo, los estrategas europeos suelen ser demasiado cautelosos a la hora de explorar a fondo lo que significaría para Europa una confrontación ideológica abierta con Estados Unidos, y cómo podría protegerse de la hostilidad proveniente de Washington. Plus ça change…

¿Cuanto más cambian las cosas, más siguen igual? Sí y no. En esta ocasión, parece que la percepción de Estados Unidos en Europa, y especialmente la de la responsabilidad europea en materia de seguridad, ha cambiado profundamente. Incluso los estados tradicionalmente más transatlantistas, que antes rechazaban la idea de una Europa centrada en la seguridad y la defensa, argumentando que esto podría debilitar la relación con Washington, ahora coinciden en que Europa debe hacer más, incluso sin Estados Unidos. Este cambio de paradigma es claramente beneficioso para el futuro de la seguridad y la defensa europeas y ya se ha traducido en cambios en las políticas, como se observa en los objetivos de gasto nacional y las asignaciones presupuestarias para la defensa. Sin embargo, la pregunta clave es hasta qué punto Europa podrá hacer realidad sus ambiciones a medio y largo plazo. Casi todos los principales estados europeos se enfrentan a considerables limitaciones económicas para sus esfuerzos de rearme, y está por ver si lograrán implementarlos teniendo en cuenta las necesarias reformas económicas y las restricciones macroeconómicas.

Por último, el principal desafío de Europa sigue siendo la brecha entre los instrumentos y la visión. Durante el último año, Europa ha desarrollado un amplio abanico de herramientas para aumentar su soberanía, incluso en respuesta a la administración Trump. Sin embargo, los mejores instrumentos solo pueden tener un efecto limitado si faltan los objetivos a largo plazo y la definición de los intereses europeos clave. Mientras figuras destacadas atacan las ideas fundamentales del proyecto europeo —basta con recordar el discurso de JD Vance en la Conferencia de Seguridad de Múnich en febrero de 2025 o las amenazas del presidente Trump de anexar Groenlandia— , los responsables políticos y estrategas europeos deben mejorar considerablemente su capacidad para definir la esencia del proyecto europeo, tanto en términos de ideas como de logros políticos concretos. En otras palabras, Europa necesita prepararse para « defender lo que es Europa: territorio, mercado único, democracia ». Solo vinculando estos fines y medios se podrá formular e implementar una estrategia europea.¡Gracias por leer Geopolitical Europe! Suscríbete gratis para recibir nuevas publicaciones y apoyar mi trabajo. Gesine Weber

























EL VEREDICTO DE LA HISTORIA: LA GLORIFICACIÓN FASCISTA DE TRUMP. ESPECIAL 1 DE HOY SÁBADO, 15 DE NOVIEMBRE DE 2025

 












Amigos, escribe en el blog Substack el economista Robert Reich (13/11/2025), el veredicto de la historia ya se ha pronunciado sobre Trump y su glorificación fascista. Trump, comienza diciendo, ha ordenado al Tesoro de Estados Unidos que diseñe una moneda de 1 dólar con su imagen en ambas caras, con el propósito de “honrar el 250 aniversario de Estados Unidos y a @POTUS ” , según funcionarios del Tesoro.

Mientras tanto, Trump quiere que los Washington Commanders nombren su estadio, cuyo costo se estima en 3700 millones de dólares, en su honor. Una fuente de alto rango de la Casa Blanca declaró a ESPN: «Es lo que el presidente quiere, y probablemente sucederá». Se presume que el nombre de Trump estará grabado en una fachada de granito en la entrada del estadio.

El gigantesco salón de baile de 300 millones de dólares que Trump está añadiendo a la Casa Blanca se llama “Salón de Baile Presidente Donald J. Trump” en la lista de donantes del proyecto, y altos funcionarios de la administración dicen que es probable que el nombre se mantenga.

Trump busca inmortalizarse con su nombre grabado en monedas, esculpido en frontones e inscrito en el mármol de la Casa Blanca. Quiere glorificarse de la forma más permanente posible.

Esto es lo que hacen los dictadores fascistas cuando están en el poder. Stalin, Hitler y Mussolini construyeron monumentos para glorificarse a sí mismos y así ser exaltados en la historia.

Las democracias no hacen esto. Solo rinden homenaje a sus héroes después de su muerte, y solo si el público desea que se les rinda homenaje.

Trump merece ser recordado, pero no como un héroe. Al contrario: es nuestro deber solemne asegurarnos de que sea recordado por todo lo que ha hecho y aún puede hacer para destruir la democracia estadounidense.

Debe ser recordado como el presidente que afirmó, sin pruebas, que le habían “robado” las elecciones. Quien luego instigó un golpe de Estado que incluyó electores falsos, amenazas a funcionarios estatales y un asalto al Capitolio de los Estados Unidos que resultó en cinco muertos y 174 policías heridos.

Debe ser recordado como el presidente que, tras ser reelegido, intentó borrar de la memoria colectiva sus acciones indultando a 1.600 manifestantes condenados por participar en el ataque al Capitolio y a 77 personas que habían conspirado con él para llevar a cabo el intento de golpe de Estado. A todos los llamó “patriotas”.

Debe ser recordado como el presidente que usurpó los poderes del Congreso; que negó a la gente el debido proceso legal; que procesó a sus opositores políticos; que violó el derecho internacional al matar a personas a las que calificó de combatientes enemigos; que envió al ejército a ciudades estadounidenses a pesar de la oposición de sus alcaldes y gobernadores; y que aceptó sobornos abiertamente y con descaro.

No debemos permitir que Trump borre esta historia con falsos homenajes a sí mismo, grabados en plata, mármol o granito.

En cambio, una vez que se haya ido, debería erigirse un monumento para recordar a las futuras generaciones la traición de Trump y la traición de los funcionarios que lo apoyaron.

Sería un edificio sencillo, construido de hierro y cemento, que contendría los registros de sus ataques contra la democracia y los nombres de todos los que le ayudaron.

Sobre su puerta estarían las palabras “La traición de Trump”.

Se ubicaría en el jardín de la Casa Blanca, donde antes se encontraba el salón de baile Trump (ya demolido). Daría a la Avenida Pensilvania para que las familias que visiten la capital del país —incluidas aquellas que conmemoren el 500 aniversario de Estados Unidos— tengan fácil acceso y recuerden esta catástrofe durante mucho tiempo. Robert Reich























DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 15 DE NOVIEMBRE DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 15 de noviembre de 2025. La posverdad es el fin del mundo común, que el mundo común se está acabando, se lee en la primera de las entradas del blog de hoy, y es así, ¿qué nos depara el futuro? La segunda es un archivo del blog de noviembre de 2017 en la que podía leerse que la esperanza, por muy virtud teologal que la consideraran los creyentes, no parecía muy válida como vara para medir las cuestiones políticas, ya que las promesas utópicas terminan por postergar la resolución de los problemas concretos, que son los que de verdad importan. El poema del día, en la tercera, es de un poeta español nacido en 1978, que comienza con estos versos: En el juego de miradas/pierdo el contacto con tu pupila/tus dedos señalan a otro horizonte/tus labios ya no van a mis heridas/tus pensamientos no son míos. Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. Y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt