viernes, 25 de julio de 2025

DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY VIERNES, 25 DE JULIO DE 2025

 










































jueves, 24 de julio de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY JUEVES, 24 DE JULIO DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 24 de julio de 2025. Durante unas horas a finales de octubre, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy el periodista británico Guy Hedgecoe, poco después de que la DANA azotara Valencia, pareció que por una vez los políticos españoles iban a ser capaces de unirse por encima de las líneas divisorias partidistas; en un primer momento sorprendía escuchar a Carlos Mazón, del Partido Popular, llamando a Pedro Sánchez «querido presidente» y agradeciendo su ayuda. En la segunda, un archivo del blog de julio de 2020, la escritora Nuria Labari se preguntaba si por primera vez, no era más importante decirnos a nosotros mismos quiénes vamos a ser el año que viene o dentro de diez sino confesarnos cómo habíamos llegado hasta aquí. El poema del día, en la tercera, se titula Mensaje a Azorín en su generación, está escrito por el poeta español Dionisio Ridruejo, y comienza con estos versos: Eran jóvenes; avanzaron/Derechamente a la morada,/castillo y polvo de granito/con todo el mar en retirada. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt













DEL NO ENTENDIMIENTO DEL OTRO

 








Como periodista británico que lleva dos décadas viviendo en España, el país nunca deja de sorprenderme, escribe en Revista de Libros [La trampa de no entender al otro, 09/05/2025] Guy Hedgecoe. Durante unas horas a finales de octubre, comienza diciendo Hedgecoe, poco después de que la DANA azotara Valencia, pareció que por una vez los políticos españoles iban a ser capaces de unirse por encima de las líneas divisorias partidistas. En un primer momento sorprendía escuchar a Carlos Mazón, del Partido Popular, llamando a Pedro Sánchez «querido presidente» y agradeciendo su ayuda.

Pero la paz no duró. La ejecutiva del PP en Madrid cuestionó la gestión de la crisis por parte del gobierno central, y también lo hizo Mazón, mientras que sus propias acciones ese día también fueron objeto de un feroz escrutinio. En lugar de demostrar cómo son capaces de cooperar un gobierno central de izquierdas y una administración regional conservadora, las consecuencias de la DANA han desembocado en un , torneo de culpas cuya virulencia se ha extendido hasta Bruselas, donde el PP intentó bloquear el nombramiento de Teresa Ribera como comisaria de la UE.

Episodios como este hicieron que no me extrañara en absoluto leer un informe que incluía a España entre los seis países más polarizados del mundo1. En el Barómetro de Confianza Edelman de 2023, Argentina figuraba como el más «severamente polarizado», seguido de Colombia, Estados Unidos, Sudáfrica, España y Suecia. Pero yo me pregunté si el país donde vivo no debería ocupar un lugar aún más alto en el índice, que se basa en las divisiones ideológicas perceptibles y en el arraigo de las «trincheras políticas» en la sociedad.

Después de todo, durante los últimos seis años el principal partido de oposición viene tachando al gobierno de España de ilegítimo, mientras que el ejecutivo acusa a este de mostrar tendencias extremistas. Este fenómeno se ha agravado con el tiempo, debido en gran parte a la supuesta amoralidad de la dependencia y el compromiso del gobierno de Sánchez con EH Bildu, Junts per Catalunya (JxCat) y Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Pero más recientemente también en torno a varias acusaciones de corrupción.

Es raro ver algún tipo de consenso entre izquierda y derecha, ni siquiera en cuestiones internacionales. Y las crisis nacionales, que con frecuencia sirven como herramientas de unificación política en otros países, son todo lo contrario en España. El ejemplo más evidente, además de la reciente DANA, son las venenosas consecuencias del 11M, que sucedió hace ya 20 años. Pero el Covid también abrió una brecha en la política española, entre izquierda y derecha.

Estas divisiones no sólo suceden en el ámbito político. El furor causado por el desdeñoso apretón de manos del jugador Dani Carvajal al presidente Pedro Sánchez después de ganar el campeonato europeo de fútbol, por ejemplo, pareció arrastrar la polarización al mundo del deporte, mancillando una celebración que debía ser una ocasión festiva. Y a principios de este año, cuando Juan García-Gallardo, de Vox, desencadenó una disputa con los productores de cine españoles cuando los llamó «señoritos», también llegó a la cultura.

El peligro no es sólo que los españoles estén perdiendo el respeto por sus adversarios políticos, sino también que pierdan la confianza en sus instituciones. Después de todo, ¿quién mantiene su fe en el sistema parlamentario después de presenciar un debate típicamente mordaz en el Congreso?

Siempre resulta tentador hacer comparaciones cuando se examinan fenómenos como este. Miro a mi país natal, el Reino Unido, y me pregunto si allí la política está igual de fragmentada. La respuesta corta es «no», al menos no ahora. Un primer ministro laborista muy moderado, Keir Starmer, ha asumido recientemente su cargo con una agenda alejada de buena parte de los campos de batalla tradicionales de la izquierda (sobre el tema de la inmigración incluso ha pedido consejo a la líder italiana de la derecha ultraconservadora, Giorgia Meloni). Por si esto fuera poco, la oposición actual está muy desorganizada.

Pero hace apenas media década, la situación era bien distinta. La decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea partió al país en dos mitades, de manera impactante. No fue tan simple como una división entre izquierda y derecha. Los británicos opuestos al Brexit eran frecuentemente retratados como elitistas urbanos fanáticos de las políticas woke y las tiendas de tofu, en vez de los problemas socioeconómicos de los trabajadores. A los partidarios del Brexit, por el contrario, se les tachaba de xenófobos y nostálgicos de las tradiciones coloniales.

Esa división en dos mitades aumentó al ganar las elecciones un primer ministro, Boris Johnson, que tenía un carisma afable pero una relación difícil con las normas y con la verdad. Mientras el país intentaba llegar a un acuerdo pos-Brexit con la UE, surgió otro elemento polarizador: el líder de la oposición, Jeremy Corbyn, que llegaba con una agenda de estilo podemita.

Durante varios años, el Reino Unido fue un lugar en el que la retórica política se había convertido en una zafiedad: los coches llevaban pegatinas en los parachoques proclamando las afiliaciones políticas de sus dueños y los periódicos etiquetaban a los jueces como «enemigos del pueblo». Ese oscuro capítulo terminó, afortunadamente, cuando Gran Bretaña formalizó su relación con la UE, y tanto Johnson como Corbyn fueron reemplazados por líderes relativamente moderados (aunque el Edelman Trust Barometer asegura que el Reino Unido todavía está «en peligro de una polarización severa»). Sin embargo, aquel episodio demostró con qué facilidad cualquier país, incluso uno conocido por la estabilidad y madurez de su política, puede caer en el oscuro túnel de la polarización.

Los asuntos concretos tienden a ser el terreno más fértil para la división política: la inmigración, la autodeterminación catalana, la salida de la UE. Pero determinados personajes pueden abrir aún más la brecha, tanto en el ámbito político como en la sociedad. Esto se ha visto de manera patente con Donald Trump, cuyo estilo personal horroriza a la mitad de los estadounidenses tanto como su ideología.

Gran parte del problema en Estados Unidos, un país profundamente dividido, parece haber sido la «otredad» de los oponentes. En el bando partidario de Trump, miles veían a Kamala Harris, y por tanto a sus votantes, como caricaturas de la izquierda. Mientras tanto, los votantes de Harris cayeron en la tentación de repetir mentalmente el famoso comentario de Hillary Clinton de 2016: que la mitad de los votantes de Trump eran «deplorables».

En una atmósfera política polarizada, el desafío es resistirse a entrar en el terreno de esos insultos y, en cambio, intentar comprender por qué la gente apoya una idea, entidad o persona que pueda considerarse aborrecible, ya sea Trump, Se Acabó La Fiesta, Brexit, Carles Puigdemont o incluso, digamos, el Real Madrid. Esto, por supuesto, es una tarea ardua en los tiempos en que vivimos. Proliferan la desinformación y las cámaras de resonancia, que funcionan como pruebas constantes de los supuestos crímenes de aquellos que ya nos desagradan de antemano. Los medios de comunicación, particularmente en España, suelen tener una agenda política claramente definida, lo que a menudo puede significar que nuestras propias opiniones, en lugar de ser puestas a prueba, simplemente se refuerzan cada vez que abrimos nuestro sitio web de noticias favorito o encendemos la radio.

En los últimos meses, el exilio de usuarios de la divisiva plataforma anteriormente conocida como Twitter es una señal de que, pese a los indicios en contra, el camino hacia la polarización no es inevitable. Sin embargo, abandonar ese camino por completo y encontrar uno más constructivo, donde el consenso y el debate serio sean posibles, constituye una de las tareas más complejas y relevantes que nos toca afrontar. Guy Hedgecoe es un periodista independiente que vive en Madrid desde 2003, como corresponsal en España para la BBC, The Irish Times y Politico. Sus crónicas escritas y audiovisuales también ha aparecido en The New Republic, Deutsche Welle, Global Post, Foreign Policy, The Telegraph, The Miami Herald y Al Jazeera, entre otros medios. Dirigió la edición en inglés del periódico El País y fundó la web de noticias en español Iberosphere. En 2015, publicó el ensayo Congelando a Franco: la batalla por la memoria de España y en 2016 publicó Piel contra piedra: el laberinto vasco de España. Guy tiene estrechos vínculos afectivos con Madrid: sus abuelos maternos se conocieron durante la guerra civil en esta ciudad, donde nació su madre. Texto traducido al español por Gabriela Bustelo.












[ARCHIVO DEL BLOG] TRISTE FELICIDAD. PUBLICADO EL 27/07/2020










Por primera vez, no es más importante decirnos a nosotros mismos quiénes vamos a ser el año que viene o dentro de diez sino confesarnos cómo hemos llegado hasta aquí, comenta en este primer A vuelapluma de la semana [La nueva felicidad y el tango de moda. El País, 24/7/2020] la escritora Nuria Labari. Nunca imaginé que en la felicidad hubiera tanta tristeza -comienza dicendo Labari-. Yo debía de tener unos dieciséis años cuando me topé con esta frase leyendo a Mario Benedetti. La misma edad que tienen ahora las chicas de la playa que llevan el tanga de moda del verano para tomar el sol. Pandillas enteras uniformadas con brasileñas negras y la parte de arriba de otro color como única diferencia entre unas y otras. Pienso en el inmenso trabajo que habrá supuesto para ellas ir a la tienda, seleccionar la prenda, probársela con su mascarilla y con esos plásticos imposibles que llevan las bragas del biquini, mirarse en el espejo bajo la luz vertical del probador… También en las razones por las que han elegido esa prenda y no otra. Hay una visión del mundo detrás de cada uno de esos tangas, una ideología tan exigente como el rigor con que se exponen al sol. Por la tarde, cuando la playa se vacía, algunas de esas chicas salen corriendo al agua como las niñas que aún son mientras que algún chico (o chica) las persigue como las mujeres que están empezando a ser. Entonces recuerdo la frase de Benedetti que leí cuando tenía su edad.
A estas alturas, todos nos hemos dado cuenta de que este verano todo lo que antes nos parecía normal se ha cubierto con un velo de tristeza, todo tiene un sentido nuevo que además nos parece peor. Porque, de alguna manera, todos sentimos que ya no volveremos a ser felices, al menos no de la misma manera. Creo que es porque, hasta ahora, la felicidad la veníamos declinando en futuro, igual que el éxito. Así que era algo que estaba lejos y que estallaba de pronto en instantes de consecución de un logro o de un objetivo. Un momento de gloria que nos impulsaba hasta la siguiente meta. Pero la covid-19 nos ha dejado a todos desnudos, con o sin el tanga puesto, ante el futuro. Porque esta pandemia ha invertido la flecha del tiempo y ahora la felicidad ya no es algo que está por llegar sino aquello que nos pasó sin darnos cuenta. El paradigma ha cambiado: éramos felices y no lo sabíamos, recordamos ahora mientras estrenamos una felicidad que se declina en pasado.
Vivimos una vida sin pandemia y ni siquiera nos enteramos de nuestra fortuna. Fuimos tan libres que nunca imaginamos que pudiéramos vivir encerrados. La pregunta obligatoria es qué hicimos con aquella felicidad, a qué dedicamos nuestra vida y nuestros esfuerzos. “La vida mejor no es la más agradable”, me silba Séneca desde la tumba. Sin duda no supimos vivir la vida mejor. Cuando todo iba bien, nos hicimos expertos en anestesiar todo lo que estaba mal. Y ahora, atravesados por la flecha del tiempo, la felicidad nos parece algo que dejamos atrás y no tenemos ni idea de qué vamos a hacer con la vida que nos queda por delante. Las noticias hablan de primas de riesgo, de paro, de ERTE, de muertes, de Europa, cada vez menos de Siria o del hielo de los glaciares, aunque allí siguen. Y mientras tanto, nosotros intentamos ser felices incluso en el peor verano de nuestras vidas.
Quizás sea hora de recordar que antes de la covid-19, cuando las cosas nos iban mejor y éramos más felices de lo que ahora somos, la felicidad fue también una forma de domesticarnos, de aprobar exámenes, de conseguir trabajo, de ligar. De avanzar hacia lugares a los que no sabíamos si realmente queríamos ir. La ideología de la felicidad flotaba en el aire hasta volverlo asfixiante. Entonces los jóvenes nos parecían siempre más felices que los mayores, por más que lo estuvieran pasando fatal. Porque en la medida en que la felicidad se declinaba en futuro, los niños y los adolescentes se consideraban sin duda los seres más afortunados de la tierra. Y se daba por hecho que a los viejos les quedaba ya poca o ninguna plenitud por descubrir. Esto no se decía, claro, pero se sentía. Y se ha sentido mucho más duro con la gerontofobia de esta pandemia. Por lo demás, no puede haber una ideología más triste que aquella empeñada en que el avance de la propia vida está reñido con la esencia misma de la felicidad. ¿Quién no estaría triste en un mundo así?
A vivir y a morir hay que aprender toda la vida, decían los clásicos. Pero hace mucho que esa asignatura nos la quitaron del programa de estudios y hasta del vital. En su lugar nos dieron un currículo y un smartphone. Las redes sociales usaron tecnología punta para convertir la idea de felicidad en una mentira social monetizable. Y nosotros hicimos el resto. Pero aquí estamos, inaugurando juntos un tiempo nuevo. Porque, por primera vez, no es más importante decirnos a nosotros mismos (individuos y sociedades) quiénes vamos a ser el año que viene o dentro de diez sino confesarnos cómo hemos llegado hasta aquí.
Es hora de asumir que aquella idea de felicidad que hoy añoramos, no nos trajo nada bueno. Nada tan bueno, desde luego. La mayoría de las veces no hizo que encontráramos nuestro sitio en el mundo ni que fuéramos capaces de conquistar el placer sin olvidarnos de todo lo que estaba mal. Y por tanto, en cierto sentido, fue inútil. Me gustaría que mi sociedad, mi ciudad y mi cultura no volvieran a olvidarse de todo lo que está mal. Que la felicidad deje de ser moneda de cambio y el placer un anestésico. Siento cómo empieza a soplar el viento de otra vida por vivir, como en la novela de Theodor Kallifatides. Y me digo que, con un poco de suerte, la felicidad nunca volverá a ser lo que fue".
A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt

















EL POEMA DE CADA DÍA. HOY, MENSAJE A AZORÍN EN SU GENERACIÓN

 







MENSAJE A AZORÍN  EN SU GENERACIÓN




Eran jóvenes; avanzaron


Derechamente a la morada,


castillo y polvo de granito


con todo el mar en retirada.


 


Eran jóvenes; con las manos


del que aún es ciego y no se engaña


tantearon bajo la hiedra


el quebranto de la muralla.


 


Eran jóvenes; con piquetas


de las que minan hacia el alba


iban probando el arnés huero,


la nave rota, el caz sin agua.


 


Golpeaban como perdidos


hasta el umbral de las entrañas.


Donde la herrumbre les cedía


empujaban la voz. Nombraban:


 


Tormes, Manrique, Melibea,


Guadarrama, Miguel, España,


Librando carne tierna y rosa,


árbol en flor y fuente clara.


 


En libertad airadamente,


la libertad les habitaba,


haciendo al hombre verdadero


de luz eterna ensimismada.


 


De libertad hasta los huesos


su clamorosa bocanada


oreaba la vasta ruina


como el rumor de una campana.


 


Eran jóvenes; el naufragio


de gleba pobre y alma vana


les embota sordamente


la voz vibrante y solitaria.


 


Pero volvían obstinados


con recreante brisa al alba


silabeando España, siéndola


de libertad y de mañana.


 


Eran jóvenes; los más jóvenes


ya van subiendo hacia sus canas


y todavía hacia un castillo


con todo el mar en retirada.


 


Eran jóvenes y os repiten


-Tú lo confirmas cuando aguardas-


porque es verdad, y todavía, 


la tierra, el pueblo y la mañana.


 



DIONISIO RIDRUEJO (1912-1975)

poeta español.
























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY JUEVES, 24 DE JULIO DE 2025

 



































miércoles, 23 de julio de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 23 DE JULIO DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 23 de julio de 2025. Los vínculos subjetivos son los que nos hacen humanos, y eso es algo que ningún robot puede alcanzar, escribe la primera de las entradas del blog de hoy la filósofa Adela Cortina. En la segunda, un archivo del blog de julio de 2018, el politólogo Fernando Vallespín afirmaba que había máximas políticas que casi siempre se cumplen, como la de que los partidos en el poder sólo pueden renovarse una vez que pasan a la oposición, por lo que el rearme ideológico de la derecha lo que buscaba era llevarse los votos de centro a la derecha. El poema del día, en la tercera, se titula Canto a España, el del poeta español José Hierro, y comienza con estos versos: Oh España, qué vieja y qué seca te veo./Aún brilla tu entraña como una moneda de plata cubierta de polvo./Clavel encendido de sueños de fuego./He visto brillar tus estrellas, quebrarse tu luna en las aguas,/andar a tus hombres descalzos, hiriendo sus pies con tus piedras ardientes. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt