miércoles, 8 de noviembre de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] El cadáver de Dios. [Publicada el 21/02/2018]











Guy Debord llegó a la revolución de la misma manera que otros llegan a la literatura, combinando memoria y deseo a partes iguales. Por algo así, Debord nunca olvidaría que un fragmento del Mayo francés era suyo, que le pertenecía en cada una de sus consignas. Eslóganes que ocupaban la mayoría de los muros de un París electrizado, contraseñas que asumirán su valor de uso desde el mismo momento en que penetraron en las estructuras psíquicas de una sociedad revuelta, escribe en la revista Jot Down Roberto Montero González, más conocido como Montero Glez (1965), un escritor español cuya obra enlaza con la tradición del esperpento de Valle Inclán y el realismo sucio de Charles Bukowski.
Hasta entonces, hasta la aparición de Guy Debord, la praxis no había hecho más que reforzar el mundo, comienza diciendo. Con las teorías de Guy Debord, llegaba la hora de destruirlo. Porque nadie como él, nadie como Debord, supo percibir el intenso perfume de la memoria hasta hacerlo presente de aquel modo, dando utilidad a las palabras para activar con ellas los resortes de una revolución que denunciará la miseria desde el mismo corazón de la riqueza. A la sombra del cadáver de Dios —y anticipándose al Mayo francés— Guy Debord había conseguido publicar un manual de preparativos para la ceremonia en la que París se iba a casar con el siglo. Su título: La société du spectacle.
Hasta el momento de su publicación, en noviembre de 1967, las relaciones fetichistas que han dado lugar a la historia —y, por extensión, sus formas de conciencia correspondiente— no habían sido denunciadas con una carga crítica tan profunda. Si la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, Debord va a conseguir el salto vital del siglo al señalar el origen esotérico de la citada lucha de clases. Porque para Guy Debord el conflicto continuado que se da dentro de las estructuras de la sociedad de la mercancía tiene su origen en la misma mercancía y en su relación con el ser humano.
De esta manera, el concepto marxiano del fetichismo de la mercancía es recogido por Debord para ser aplicado a la denominada sociedad del espectáculo hasta darle la vuelta. Se trata de invertir la jerarquía de un mundo donde las relaciones fluyen solo en un sentido: de arriba hacia abajo, de poderoso a oprimido. En la denominada sociedad del espectáculo las relaciones se falsifican, la exclusión se hace pasar por participación y la pérdida de realidad se hace pasar por realización. Al final, en la sociedad del espectáculo se termina confundiendo necesidad con deseo.
Debord, que ha leído y comprendido a Marx, asume que la mercancía está llena de «humoradas teológicas». Al igual que los fetiches son venerados por su propiedad sobrenatural, nosotros apreciamos la mercancía por su propiedad invisible; una propiedad esotérica que es valor de cambio en las relaciones sociales. Con todo, el fetichismo de la mercancía, lejos de ser ilusión, es realidad. Una realidad muy alejada de la ciencia, tal y como escribiría Marx, ya que, hasta el momento, «ningún químico ha descubierto valor de cambio en las perlas o en los diamantes».
El fetichismo de la mercancía y su paradoja, llevarían a Debord a plantearse que el concepto de lucha de clases no es más que una teoría para liberar el capitalismo de residuos de la misma manera que el aparato digestivo libera jugos gástricos. Solo hay una forma en la que se le puede cortar la digestión al capitalismo: golpeando en el hígado. Por algo Guy Debord siempre aspiró a ser un cruce de boxeador y poeta, entre Arthur Cravan y Lautréamont. Al final traspasaría las membranas psíquicas con la intensidad de ambos en lo que respecta a su deriva, a su aproximación romántica a la vanguardia, llegando hasta el cielo del espectáculo para denunciarlo. Desde las solapas de sus libros nos avisan de las veces en las que Debord «despertó mayor interés en la policía que en los órganos que se encargan de la difusión del pensamiento».
Bien mirado, Guy Debord es un hereje que propone el retorno a las fuentes originales del marxismo, un credo que ha sido pervertido con desviaciones estalinistas. Porque para Debord, el marxismo había dejado de ser ideología para convertirse en dogma de una religión burocrática con todo lo que eso acarrea. El estalinismo será el ejemplo debido a sus procedimientos rituales y sus purgas. Fue en ese preciso instante, momento en el que el estalinismo interpretaba el pensamiento de Marx en beneficio propio, cuando apareció Guy Debord. Un tipo mofletudo y con olor a coñac que llegaba a tiempo para practicar el exorcismo con toda la mala conciencia del fracaso. En realidad, fue la historia quien lo había elegido para su próxima actuación.     
El hilo conductor entre el Marx más esotérico y el Debord más acertado va a ser otro hereje. Su nombre: Henri Lefebvre; un marxista que, a finales de los años cincuenta, impartió un curso de sociología en Nanterre al que asistiría Debord. Aunque Lefebvre está a punto de ser expulsado del Partido Comunista, se encuentra pletórico, está en su mejor momento. El asunto de su inevitable expulsión parece llenarlo de energía. Suele pasar. En aquel curso, Lefebvre construirá momentos que atraparán a Debord como si fueran «situaciones» o, lo que es lo mismo, revoluciones en la vida cotidiana. De esta manera, Lefebvre señalaría el punto vital donde había que atacar y Debord pondría en práctica su golpe más doloroso.
Debord asumiría a Lefebvre, que es como decir que asumiría los hechizos fatales que van desde Judas el Oscuro hasta Artaud, por nombrarlo con palabras del propio Lefebvre. Sin embargo, la arqueología del pensamiento de Debord no se reducía a Lefebvre por mucho que Lefebvre pensase lo contrario. Cuando Debord llegó al curso de Lefebvre lo hacía fogueado. Cargaba intuiciones de calado. Por ejemplo, Debord sospechaba que existía un ámbito sin descubrir y ese era el de la creación de situaciones; la construcción concreta de ambientes de vida momentáneos y su trasposición a una calidad pasional superior que no se producirá ni en un espacio ni en un tiempo marginal, sino sobre las ruinas del espectáculo moderno envueltas en el tiempo de la conciencia histórica; una dimensión mucho más flexible que la que condiciona la sociedad actual con su falsa conciencia del tiempo. Por decirlo de alguna manera, Debord intuyó y Lefebvre convirtió las intuiciones de Debord en certezas.
Lo que sucede es que el Mayo francés como revolución en busca de autor no se conformaría con las lecciones de Lefebvre, sino que, tirando del hilo del tiempo, alcanzará el origen de la revisión del marxismo propuesta por el grupo Socialismo o Barbarie (1) o, más lejos aún, cuando Marx y Engels en el libro La ideología aleman anuncian los principios de su teoría sociológica partiendo de «la vida cotidiana».
Con dichos materiales e inspirado por el mismísimo demonio, que a su vez inspiró a Maquiavelo su tratado, Debord escribiría un manual de instrucciones políticas para acabar con Dios. La société du spectacle es un texto geométrico, concebido como una obra tóxica, de alto veneno político y que arranca del pasado original que construyeron Marx y Engels en su obra La Ideología alemana, donde la pareja de perturbadores presenta los principios de su teoría sociológica partiendo de la vida cotidiana. De esta manera, el concepto de alienación constituirá la base intelectual sobre la cual Guy Debord edificará su noción de espectáculo. Porque la alienación proviene de una praxis invertida que impide la realización de las capacidades del propio ser humano que la ejerce. Dicho de otro modo: el hombre no trabaja para vivir, sino que vive para trabajar. 
Invertir la praxis para acabar con la alienación solo es posible retirando el valor de cambio de la mercancía a favor de su valor de uso, de esta manera el movimiento práctico de la mercancía dejará de achicar la Tierra en beneficio del mercado mundial. Porque solo hay una manera de convertir a Dios en un cadáver y esa manera consiste en hacer la revolución contra el valor de cambio, contra la forma social de la mercancía, confiriendo un valor de uso totalmente nuevo a todos los rincones del mundo.
Las tesis del ensayo de Debord siguen vigentes, no han dejado de ser confirmadas a cada momento por la acción real del espectáculo mundial. Además, se pueden aplicar en cualquier situación en la que la vida cotidiana se haya reducido a un espectáculo y las relaciones sociales hayan sido falsificadas. Por algo, La société du spectacle fue concebido y escrito como un libro para malos tiempos.
Si al cielo del espectáculo político le aplicamos algunas de las tesis de Debord, nos daremos cuenta de que en una democracia de mercado los candidatos comparten la misma esencia opresora. Lo que aparece como contradicción oficial, luchas entre candidatos con políticas opuestas, no es más que lucha por gestionar el mismo sistema socioeconómico donde el idealismo sigue teniendo la libertad de decidir el precio que se pone al trabajo ajeno. Sus lacayos abrazan la libertad en la única forma que la conciben: como libertad del mercado. Con tal manera de desligar la economía de la realidad material es imposible que el sistema económico propuesto pueda salvar las calles.
Cuando la revolución se pone en marcha, la única manera que tiene el capitalismo de hacerse «razonable» es con la resurrección violenta del idealismo: sacando el fascismo a pasear. Guy Debord nos lo advierte cuando coloca el fascismo como defensa extremista de la economía burguesa amenazada por la crisis, «uno de los factores en la formación del espectáculo moderno y la forma más costosa del mantenimiento del orden capitalista».   
Guy Debord se suicidó el 30 de noviembre de 1994, apoyando una escopeta contra su pecho. Sus cenizas fueron arrojadas al Sena desde el Pont du Vert-Galant y aún no se han disuelto. Sin duda alguna, cada vez que una revuelta se dispone a conquistar la lejanía aparece cargada con los fragmentos que pertenecen a Guy Debord. Que el diablo lo bendiga. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












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