lunes, 14 de mayo de 2012

La iglesia y sus demonios





La iglesia católica universal y la española en particular mantienen su pertinaz obsesión inquisitorial fruto de una tradición de siglos. El historiador Américo Castro (1885-1972) ya enfatizó sobre ello: "Desde 1481 el supremo tribunal del Santo Oficio fue como ciertos Ministerios del Interior, la Gestapo, la NKVD, y todo lo parecido a esos arbitrarios medios de coerción y terrorismo para la masa disconforme. Todavía -añadía-, en 1600 calificaba el padre Mariana a la Inquisición de servidumbre gravísima y a par de muerte". 

Desaparecida formalmente en 1820, la inquisición sigue ahí, con nombre distinto pero misma función. Y si ahora no quema a los heterodoxos no es porque no quiera, sino porque no puede ni la dejan.

Varias noticias de prensa en estos días han sacado el asunto a relucir: La amonestación vaticana a una asociación de monjas estadounidenses, preocupadas por el deterioro y la injusticia social [1], es una de ella. Otra, la condena [2] del teólogo español Andrés Torres Quiroga. Es solo una muestra de como está el ambiente; no creo que merezca la pena insistir al respecto.

No soy creyente. A pesar de ello, o quizá por ello, siento un profundo respeto por las religiones, especialmente por la cristiana, a la que el filósofo español George Santayana (1863-1952) calificaba como parte sustantiva de la cultura occidental y fuente simbólica de inspiración para nuestro perfeccionamiento personal. 

Hay una frase de la filósofa francesa, de origen judío, Simone Weil (1909-1943) que me impactó desde que la leí por vez primera: "Si el Evangelio omitiera toda mención de la resurrección de Cristo, la fe me sería más fácil. La Cruz sola me bastaría".

En ese sentido podría yo decir sin rubor que me siento cristiano.

A mí el catolicismo de los españoles me produce vergüenza ajena. Es más idolatría que religión. Casi nada que ver, salvo por el nombre, con el mensaje de su fundador. Y si en el pueblo llano -el escritor francés Georges Bernanos (1888-1948) decía que él tenía la fe no de un bretón, sino la de una bretona-, podría resultar excusable la ignorancia casi absoluta sobre los fundamentos de la fe que dice profesar, no lo es en cuanto al comportamiento exigible a su jerarquía, que tiene de todo menos de caridad cristiana. Pruebas de esto último, las que se quieran, rozando el cinismo cuando no la más absoluta desvergüenza.

No es de extrañar que españoles que elevaron la mística [3], entendida como la relación íntima y espiritual entre el ser humano y su Creador a categoría universal, como Teresa de Jesús, Juan de la Cruz o Fray Luis de León, tuvieran problemas con el Santo Oficio. Y lo que son las casualidades, si es que algún ignorante quiere verlo así, que los tres fueran "cristianos nuevos", o lo que es lo mismo, descendientes de judíos convertidos al cristianismo.

Como complemento de la entrada les invito a ver el vídeo [4] que sobre el pensamiento de Simone Weil en relación con la paz y la guerra, guerra que ella vivió con intensidad, he encontrado en YouTube.

Y sean felices, por favor, a pesar del gobierno y de monseñor Rouco y compañía. Tamaragua, amigos. HArendt


   


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Entrada núm. 1467
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