miércoles, 11 de octubre de 2017

[A vuelapluma] Los golpistas se ponen la máscara saducea





Una trampa saducea es una pregunta capciosa que se plantea con ánimo de comprometer al interlocutor, ya que cualquier respuesta que dé puede ser malinterpretada o considerada inconveniente.​ Alude a los saduceos, quienes según los Evangelios plantearon a Jesús varias cuestiones de este tipo (por ejemplo, si una mujer tiene siete esposos, en la resurrección ¿ cual será su marido?, si debían cumplir el mandato de Moisés de lapidar a las adúlteras o si era lícito pagar impuestos al César romano) entre otras.

Una trampa saducea es lo que el señor Puigdemont, presidente de la república catalana durante cuarenta y tres segundos, intentó formular ayer, pero por mucha piel de cordero y sonrisa bobalicona y cínica que pongan los independentistas, los falsos profetas, los cupitas totalitarios, los podemitas disfrazados de ursulinas y sus acomplejados e inútiles compañeros de viaje de las mareas y meandros de IU, viendo quienes están de ese lado tengo clarísimo de que lado estoy yo: de la democracia, de la libertad para todos, de la unidad de España, de la Constitución y del Rey. Y después del "sí pero no" de ayer en el Parlamento autonómico de Cataluña, los independentistas se han puesto la máscara del diálogo, pero siguen siendo los mismos golpistas que eran antes de ayer y que creen que van a colarnos sus mentiras y cantos de sirenas al resto de los españoles.

Aunque el independentismo vaya a ser derrotado ahora, continuará activo en la sociedad catalana, dice el historiador catalán Joaquim Coll. Es necesario construir un potente contrapeso a esa influencia infatigable que no tardará en escribir un relato heroico de lo que ha pasado. 

El contundente mensaje del Rey, inequívoco en señalar la culpabilidad de las autoridades de la Generalitat, no nos puede hacer olvidar los errores cometidos por el conjunto de las instituciones españolas, empezando por el Gobierno, que podían haber abortado mucho antes el desarrollo de unos acontecimientos largamente anunciados. Si la situación es de “extrema gravedad”, en palabras de Felipe VI, es porque demasiados frenos y cortafuegos han fallado. Porque no estamos ante el clásico golpe ejecutado de forma sorpresiva, urdido secretamente con el propósito de subvertir la legalidad de un día para otro. Si algo no se les puede reprochar a los partidos y entidades separatistas es que hayan escondido la naturaleza de sus planes. Tampoco se puede alegar que el cariz que estaba tomando la dinámica política en Cataluña no haya sido analizado profusamente por múltiples expertos, tanto para proponer reformas de diversa índole que pudieran encauzar el incremento de la tensión territorial como para señalar la urgencia de actuar con determinación ante la burla sistemática que de las leyes estaban haciendo las instituciones catalanas. Nada de lo sucedido ha podido pillar desprevenido a nadie y, sin embargo, los principales actores de la política española no han sido capaces de diseñar una estrategia reconocible ante la sucesión de escenarios previsibles.

El principal error de base que ha perdurado hasta hace muy poco, tanto en los partidos como en las instituciones del Estado y en no pocos medios de comunicación, ha sido las ganas de engañarse. En julio del año pasado, todavía PP y PSOE consideraban que la antigua Convergència del PDeCAT podía participar en el sostenimiento de la gobernabilidad y para ello a punto estuvieron de regalarle el grupo parlamentario en el Congreso que no había obtenido en base a una lectura ajustada del reglamento. En determinados círculos de poder madrileños no se ha querido asumir durante estos años las consecuencias globales del paso al independentismo del grueso de la derecha nacionalista catalana y de sus dirigentes.

Por otro lado, y sin necesidad de remontarnos a la etapa del procés que empezó con Artur Mas en 2012, los poderes del Estado han tolerado la erosión permanente de la legalidad constitucional en Cataluña, un proceso que se aceleró de forma inequívoca tras la resolución del 9 de noviembre de 2015 en el Parlament, que fue ya una declaración de independencia en diferido a la espera de los 18 meses de plazo para materializar la gran promesa. Tras el reajuste en la hoja de ruta que tuvo que hacer Carles Puigdemont para sortear la crisis de los presupuestos con la CUP, ahora hace un año, el plan culminaba con la aprobación de las leyes del referéndum y de transitoriedad jurídica. Ese autogolpe parlamentario, ejecutado finalmente los días 6 y 7 de septiembre pasados, intentó maquillar su carácter profundamente ilegítimo con una sucesión de jornadas revolucionarias en la calle con el objetivo de desbordar al Estado de derecho. Cualquier excusa ha sido buena para agitar el argumento de que España se había convertido en una dictadura. Y eso es lo que hemos vivido en estas inquietantes semanas hasta el 1-O, seguido de la inaudita “huelga nacional” del martes pasado en medio de un clima social desquiciado por la torpe actuación policial durante las votaciones. Hasta ahora hemos visto la cara mayormente festiva de esa revolución nacionalista, pero no puede descartarse un cierre violento en función del choque final que decidan los líderes separatistas. Han pronunciado demasiadas promesas de alto voltaje que han convencido a miles de catalanes que iban a votar y decidir la independencia.

Ciertamente, el procés ha conocido etapas cansinas hasta lo grotesco. Hemos asistido a una reiteración de anuncios sin consecuencias inmediatas, a una dilación del calendario desesperante incluso para los propios independentistas, y a un rediseño permanente de la táctica en búsqueda de la máxima astucia frente al Estado. Todo ello ha podido contribuir a que mucha gente fuera y dentro de Cataluña no se tomara en serio el desafío o considerase que estaba frente a una “ilusión” o un “pasatiempo” político. Sin embargo, finalmente ha quedado a la luz que estábamos ante una sofisticada técnica posmoderna de golpe de Estado que se ha servido de las instituciones del autogobierno para extender entre la sociedad catalana una dinámica insurreccional bajo la bandera del derecho a decidir y la democracia. Si algún día se hace la auditoría económica de lo que ha costado a las arcas públicas el procés, tanto dentro de Cataluña como de forma privilegiada en el ámbito internacional, descubriremos cifras escandalosas. Pero la clase política española ha sufrido una gran pereza para entender la naturaleza del fenómeno y ha preferido refugiarse en la tranquilidad de “lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible” porque la Constitución no lo permite.

De acuerdo, esta vez no habrá secesión, pero la crisis a que dicho intento nos ha llevado no tiene parangón. Hemos asistido a diversas fases de negación o de parálisis por estupefacción ante la gravedad del envite. También ha habido una renuncia clamorosa al combate de las ideas y a la batalla de la propaganda. Cuántas veces no hemos escuchado con desolación que ya no había nada que hacer en Cataluña, ignorando que somos muchos más los catalanes que no estamos dispuestos a que nos expulsen de nuestro país y nos roben la ciudadanía española y europea. En muchos debates el independentismo se ha impuesto por incomparecencia del Estado, cuya debilidad ha sido pasmosa. Una esclerosis que ha afectado desde lo más básico para hacer posible el cumplimiento de la ley, empezando por los Ayuntamientos, hasta el desinterés por lo que se supone debería preocupar a los servicios de inteligencia ante el intento de destruir la unidad territorial desde una parte del propio Estado. Finalmente, se ha confiado muy poco en los catalanes constitucionalistas que han luchado contra las mentiras del nacionalismo desde primera hora y han hecho propuestas para convertir el desafío en una oportunidad de mejora para Cataluña y España.

No habrá secesión, pero sería imperdonable no aprender de los errores, empezando por que los partidos encaucen de una vez para siempre la cuestión territorial con sentido de Estado. Porque si no se hace bien, cuando llegue la hora de la reforma constitucional, no conseguiremos encauzar la crisis en Cataluña. Aunque el separatismo sea derrotado ahora con la fuerza de la ley continuará operando en la sociedad catalana. Y por eso sería insensato no construir un potente contrapeso (mediático, cultural, económico, asociativo) a la influencia del infatigable nacionalismo, que rápidamente escribirá un relato heroico de su derrota, concluye diciendo.




Dibujo de Eulogia Merle para El País



Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos.  HArendt




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[Cuentos para la edad adulta] Hoy, con "El asno de Kuichú", anónimo chino





El cuento, como género literario, se define por ser una narración breve, oral o escrita, en la que se narra una historia de ficción con un reducido número de personajes, una intriga poco desarrollada y un clímax y desenlace final rápidos. Desde hace unos meses vengo trayendo al blog algunos de los relatos cortos más famosos de la historia de la literatura universal. Obras de autores como Philip K. Dick, Franz Kafka, Herman Melville, Guy de Maupassant, Julio Cortázar, Alberto Moravia, Juan Rulfo, Jorge Luis Borges, Edgar Allan Poe, Oscar Wilde, Lovecraft, Jack London, Anton Chejov, y otros.

Continúo hoy la serie de "Cuentos para la edad adulta" con el titulado El asno de Kuichú, que forma parte de la cultura tradicional china. Durante las próximas semanas voy a ir subiendo al blog narraciones anónimas del folclore y la cultura universal.  Les dejo con:


EL ASNO DE KUICHÚ
(Anónimo chino)


Nunca se había visto un asno en Kuichú, hasta el día en que un excéntrico, ávido de novedades, se hizo llevar uno por barco. Pero como no supo en qué utilizarlo, lo soltó en las montañas.

Un tigre, al ver a tan extraña criatura, lo tomó por una divinidad. Lo observó escondido en el bosque, hasta que se aventuró a abandonar la selva, manteniendo siempre una prudente distancia.

Un día el asno rebuznó largamente y el tigre echó a correr con miedo. Pero se volvió y pensó que, pese a todo, esa divinidad no debía de ser tan terrible. Ya acostumbrado al rebuzno del asno, se le fue acercando, pero sin arriesgarse más de la cuenta.

Cuando ya le tomó confianza, comenzó a tomarse algunas libertades, rozándolo, dándole algún empujón, molestándolo a cada momento, hasta que el asno, furioso, le propinó una patada. “Así que es esto lo que sabe hacer”, se dijo el tigre. Y saltando sobre el asno lo destrozó y devoró.

¡Pobre asno! Parecía poderoso por su tamaño, y temible por sus rebuznos. Si no hubiese mostrado todo su talento con la coz, el tigre feroz nunca se hubiera atrevido a atacarlo. Pero con su patada el asno firmó su sentencia de muerte.

FIN






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[Humor en cápsulas] Para hoy miércoles, 11 de octubre de 2017





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo no soy humorista, así que me quedo con la primera acepción, y en la medida de lo posible iré subiendo al blog cada día las viñetas de mis dibujantes favoritos. Las de hoy con Morgan en Canarias7; Ricardo y Gallego y Rey en El Mundo; Sciammarella, Forges, Peridis, Ros y El Roto en El País; y Montecruz y Padylla en La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas. 





Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




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martes, 10 de octubre de 2017

[A vuelapluma] Los silenciados hasta ahora ya se dejan oír





Los catalanes que permanecían callados han hablado. Ayer salieron a la calle contra las mentiras y engaños, contra los que subvierten la democracia y el derecho, contra los que quieren separarnos de España y de Europa, dice en El País el profesor Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Al final de la manifestación de ayer en Barcelona, que superó las previsiones de los más optimistas, una pregunta rondaba en todas las conversaciones: ¿esta masiva asistencia significa un antes y un después en la política catalana?, se pregunta el profesor De Carreras

En los próximos días, semanas o meses, se podrá contestar con fundamento a esa pregunta. En todo caso, los catalanes callados han hablado, ya no podrá la prensa extranjera —o nuestros nacionalistas locales— hablar de “los catalanes” como un bloque unitario frente a España. Cataluña es plural, hay muchas Cataluñas, como sucede también en España, o en Francia, Italia, Alemania y la mayoría de los demás países europeos. No somos distintos de ellos. Los conflictos, normales en toda sociedad, no son entre países, o entre naciones, sino entre ciudadanos. El Estado de derecho, a través de la democracia, es el cauce normal para resolverlos.

El éxito de asistencia en la manifestación de ayer no se puede explicar sin lo sucedido en semanas anteriores, desde finales de agosto. Se dice desde hace tiempo que el llamado procés está generando un hartazgo en buena parte de la población catalana y en la mayoría de la española. Es cierto. Pero al hartazgo se le ha sumado en los últimos tiempos la indignación, indignación ante las mentiras del independentismo, el abierto desafío al Estado de derecho y, finalmente, en los últimos días ha sido bien visible, el peligroso precipicio al que nos estamos acercando con temeridad.

El decálogo de mentiras del independentismo fue objeto de un extraordinario reportaje en EL PAÍS, hace un par de semanas, escrito por José Ignacio Torreblanca y Xavier Vidal-Folch. Desde hace años se repiten estas mentiras, día sí y día también, por políticos y periodistas nacionalistas. Ya puedes rebatirlas con datos y argumentos que, imperturbables, las siguen manteniendo. Cuando estos días recibía visitas o llamadas telefónicas de periodistas extranjeros para que les informara de lo que sucede en Cataluña, les remitía inmediatamente a este reportaje: sintéticamente allí está todo. Léanlo si no lo hicieron en su momento.

El desafío al Estado de derecho, mejor dicho la vulneración sin complejos de la Constitución, el propio Estatuto de autonomía y el resto del ordenamiento jurídico, viene de años, comenzó con la campaña de descrédito al Tribunal Constitucional tras la sentencia del vigente Estatuto. Entonces se contrapuso la democracia al derecho, algo tan peligroso que ha dado lugar a las más conocidas dictaduras europeas del siglo XX y que genéricamente ha sido llamado fascismo.

Pero en septiembre pasado, durante los días 6 y 7, el Parlamento de Cataluña fue el escenario de la bochornosa aprobación, sin debate alguno, de dos leyes que prescindían sin tapujos del marco legal vigente. Dos leyes que prepararon el simulacro de referéndum del pasado día 1 de octubre y sus consecuencias, precedido todo ello por la deslealtad del jefe de los Mossos, el mayor Josep Lluís Trapero, que incumplió un mandato judicial y dio lugar a una campaña de desinformación cuidadosamente preparada por el Govern de Carles Puigdemont, las redes sociales controladas por las entidades independentistas y los medios de comunicación públicos de la Generalitat o los privados alimentados con sus generosas subvenciones. Las mentiras han sido demasiadas y al final muchos catalanes han decidido salir a la calle porque ya era hora de denunciarlas.

Pero también contribuyeron a esta salida masiva a las calles de Barcelona otros dos hechos sucedidos la semana pasada que marcaron un importante punto de inflexión.

En primer lugar, el discurso real. Con rostro grave y severo, en poco más de seis minutos, el rey Felipe VI fue contundente. Dijo primero que, antes de nada, y previamente a todo, era imprescindible el restablecimiento del orden constitucional en Cataluña. Con ello constataba que ese orden constitucional había sido gravemente conculcado. En segundo lugar, el Rey no hizo ninguna referencia al diálogo ni a la negociación, tan común a todos sus discursos sobre Cataluña. Significado general de sus palabras: sin el respeto a la autoridad del Estado no es legítimo plantear demanda alguna. Como colofón, comunicaba solemnemente a los españoles que mantuvieran la confianza en la Constitución, las leyes y la democracia, en definitiva, a nuestro Estado de derecho.

Al día siguiente, Puigdemont expresó su disconformidad con el Rey, de quien dijo que había renunciado a su papel constitucional de mediador. Sin duda, el discurso del Rey había surtido efecto y el vértigo ante su incierto futuro empezaba a aflorar en las filas independentistas. ¿Cuál debía ser el paso siguiente? ¿La declaración unilateral de independencia, la famosa DUI? Y después de la declaración, un acto de pura retórica, ¿se habrían constituido en el tan anhelado Estado propio? Tras la euforia de la jornada del domingo, empezó el miedo y la decepción.

El aldabonazo final sobrevino el jueves. El Banco Sabadell anunciaba el traslado de su sede corporativa a Alicante. Le siguieron, entre otras empresas, CaixaBank y Gas Natural, y amenazan con seguir el ejemplo Freixenet, Codorniu y Planeta. Huida masiva contra el pronóstico de ilustres economistas, ahora sumidos en el ridículo. A los empresarios les asusta la independencia, a los trabajadores también. Esto fue definitivo para que ayer todos salieran a la calle: contra las mentiras y engaños, contra los que subvierten la democracia y el derecho, contra los que quieren separarnos de España y de Europa.

En este punto, empezaron a surgir como setas, tristes y ridículos, los mediadores. ¿Mediadores entre quiénes? ¿Cuáles son las partes? No estamos en Colombia, ni en Oriente Próximo. Aquí el problema es de lealtad a las leyes por parte de la Generalitat y no de conflicto de intereses entre Cataluña y España. La prueba está en que grandes y medianas empresas huyen de Cataluña porque sus intereses no los defiende la Generalitat sino un Estado que permanece y seguirá permaneciendo en la Unión Europea. Mediar hoy sería salvar a los culpables de haber llevado a Cataluña a una tristísima situación por haber estimulado las bajas pasiones y olvidar la razón.

Los hasta ahora callados han hablado, saliendo a la calle, tras tantas provocaciones, ante el riesgo cierto de empobrecerse, ante la descarada vulneración de las leyes que ponen en peligro su seguridad. En fin, ante tantas mentiras. ¿Ello significa que las causas de la afluencia a la manifestación significan un antes y un después en Cataluña? Esperemos que así sea. Después de tanta irresponsabilidad, de actuar con tan poco fundamento, a los independentistas, como es lógico, empiezan a temblarles las piernas, concluye diciendo.



Dibujo de Nicolás Aznárez en El País



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[Un clásico de vez en cuando] Hoy, con "Las traquinias", de Sófocles





En la mitología griega, Melpómene (en griego Μελπομένη "La melodiosa") es una de las dos Musas del teatro. Inicialmente era la Musa del Canto, de la armonía musical, pero pasó a ser la Musa de la Tragedia como es actualmente reconocida. Melpómene era hija de Zeus y Mnemósine. Asociada a Dioniso, inspira la tragedia, se la representa ricamente vestida, grave el continente y severa la mirada, generalmente lleva en la mano una máscara trágica como su principal atributo, en otras ocasiones empuña un cetro o una corona de pámpanos, o bien un puñal ensangrentado. Va coronada con una diadema y está calzada de coturnos. También se la representa apoyada sobre una maza para indicar que la tragedia es un arte muy difícil que exige un genio privilegiado y una imaginación vigorosa. Un mito cuenta que Melpómene tenía todas las riquezas que podía tener una mujer, la belleza, el dinero, los hombres, solo que teniéndolo todo no podía ser feliz, es lo que lleva al verdadero drama de la vida, tener todo no es suficiente para ser feliz.

Les pido disculpas por mi insistencia en mencionar a los clásicos, de manera especial a los griegos, y de traerlos a colación a menudo. Me gusta decir que casi todo lo importante que se ha escrito o dicho después de ellos es una mera paráfrasis de lo que ellos dijeron mucho mejor. Con toda seguridad es exagerado por mi parte, pero es así como lo siento. Deformación profesional como estudioso de la Historia y amante apasionado de una época y unos hombres que pusieron los cimientos de eso que llamamos Occidente.

Continúo la sección de Un clásico de vez en cuando trayendo hoy al blog la tragedia de Sófocles titulada Las traquinias. La pueden leer en el enlace inmediatamente anterior. Espero que la disfruten.

Sófocles (496-406 a.C.) poeta trágico ateniense, se sitúa junto con Esquilo y Eurípides entre las figuras más destacadas de la tragedia griega y de toda la literatura universal. De toda su producción literaria sólo se conservan siete tragedias completas que son de importancia capital para el género. Participó activamente en la vida política de Atenas. Fue administrador del tesoro de la Liga de Delos y estratego durante la guerra de Samos bajo la autoridad de Pericles. Perteneció al Consejo de los Diez Próbulos, formado en Atenas tras el fracaso de la Expedición a Sicilia. No se distinguió especialmente por sus dotes como político pero amó su ciudad y rechazó invitaciones de autoridades importantes de otras ciudades con tal de no abandonar Atenas. El teatro de Sófocles recurre a los antiguos mitos de las sagas heroicas, y posee una rica versatilidad que facilita múltiples maneras de aproximación. En buena medida su teatro es un teatro de caracteres. De hecho, el título de todas las tragedias conservadas (salvo "Las Traquinias") se corresponde con el de sus protagonistas que emergen como auténticos colosos y arquetipos humanos.

No se conoce la fecha en que la obra fue representada por vez primera, pero el carácter fiero de Heracles, distante de la humanidad característica de los personajes  de las últimas obras de Sófocles, y el hecho de que haya en ella dos figuras principales, sitúan la misma entre las más antiguas de las conservadas de este autor. 

Los héroes trágicos de Sófocles unen heroísmo y vulnerabilidad. Frente a los dioses, que son inmutables en el tiempo, sufren mutaciones súbitas y decisivas. Heracles es el paradigma de la indefensión humana a causa de su mutabilidad, pero sus sufrimientos no se deben a sus culpas. En Las traquinias, casi todos los personajes se dan cuenta tarde de la verdad. Deyanira comprende tarde que el manto causa la muerte de Heracles. Hilo descubre tarde que su madre no ha sido responsable. Y Heracles se da cuenta tarde del significado del oráculo que decía que moriría a manos del muerto.

La obra está llena de ironía trágica. Como trata sobre el regreso de un héroe a casa tras llevar a cabo grandes hazañas, se espera que la escena culminante sea el encuentro de los esposos, pero estos nunca llegan a estar en escena simultáneamente. 




La muerte de Heracles


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[Humor en cápsulas] Para hoy martes, 10 de octubre de 2017





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo no soy humorista, así que me quedo con la primera acepción, y en la medida de lo posible iré subiendo al blog cada día las viñetas de mis dibujantes favoritos. Las de hoy con Morgan en Canarias7; Ricardo y Gallego y Rey en El Mundo; Sciammarella, Forges, Peridis, Ros y El Roto en El País; y Montecruz y Padylla en La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas. 





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lunes, 9 de octubre de 2017

[A vuelapluma] La independencia no era una fiesta de pijamas





La independencia no era una fiesta de pijamas. La convivencia es frágil, el sistema bancario también. La fuga de empresas y la violencia despiertan a los ingenuos. Lo dice el director del diario económico Cinco días, Ricardo de Querol.

Desafiar al Estado no era una fiesta de pijamas. La revolución de las sonrisas ha cambiado a mueca amarga. El bonito cuento de la convivencia ejemplar en Cataluña se ha acabado. Ahora se percibe miedo, furia, tristeza. Las banderas de cada bando ondean en los balcones. La historia nos enseña que no hay frontera que no se haya dibujado con sangre; tampoco va a imponerse el Estado cogiendo claveles. Debió ser divertido ese fin de semana de encierro en los colegios, seguro que allí había sincera ilusión, pero será más prudente no volver a llevar a los niños y a las abuelas a las barricadas. Ya no estamos en la Diada, adonde se va con los chiquillos con las caras pintadas de estelada a ver los castellers. Esto va en serio. No hay revolución sin destrucción. El dinero, que huele el desorden y sale pitando, no estará allí para saludar a la nueva república, no vaya a ser que se estrene con un corralito y nacionalizaciones.

El independentismo empezó esta semana envalentonado por su éxito de imagen del domingo, esas fotos de ancianas ensangrentadas que dieron la vuelta al mundo y desenmascaraban al Estado autoritario y opresor. Luego se dieron cuenta de que nadie se había tragado la farsa del referéndum. Siguen solos. Y el poder económico, que ejerce cada día su derecho a decidir, se desconecta de ellos.

A esta hora, cuando deberían estar a punto de pulsar el botón nuclear, les tiemblan las piernas. Se lo piensan antes de hacer saltar todo en pedazos. Soñaban con pasar a la historia como héroes de la nueva patria, pero ya sienten el aliento del poder del Estado en el cogote. No es fácil encaminarse al martirio. Habían puesto por escrito en una ley (ilegal) que van a proclamar la república en 48 horas, pero no sería la primera vez que incumplen sus propias reglas. Se lo prometieron a su gente, que ahora también siente vértigo. Hasta Mas, que empezó todo esto, admite que no están preparados. Algunos dirigentes quieren enfriar el procés.

Puede estar siendo más eficaz la presión del dinero que la de todos los antidisturbios que desembarcaron del barco de Piolín. Algunos, bien informados, sostienen que el independentismo se agarraría ahora a cualquier salida honrosa, de ahí la súplica de una mediación. Pero no puede dar la vuelta un tren sin cambiar de vía. Esta sigue llevando al precipicio.

Claro que hay miedo. Si existe una remota posibilidad de que Cataluña alcance la independencia (de facto, nunca reconocida), pasaría por una movilización extraordinaria y permanente, como la del Maidán en Kiev o la plaza Tahrir en El Cairo. Miren cómo acabaron esas dos historias: una en guerra civil y la otra en dictadura militar. Hemos vivido eso aquí.

“En esta hora solemne, en nombre del pueblo y del Parlamento, el Gobierno que presido asume todas las facultades del poder en Cataluña y proclama el Estado catalán de la República Federal Española”. El 6 de octubre de 1934, durante una huelga general revolucionaria, la solemne declaración de Lluís Companys desde el balcón de la plaza de Sant Jaume desembocó en el estado de guerra, ataques de artillería, decenas de muertos, encarcelamientos en buques militares y la suspensión de la Generalitat, que no recuperó sus competencias hasta 1936. Fue uno de los movimientos que desestabilizaron la República y alentaron la sangrienta sublevación militar posterior. No estamos en los años treinta, en que campaban los totalitarismos. Pero encendemos el mismo fuego.

Otra vez el mercado estaba ciego, como antes del brexit o de la victoria de Trump. Vivimos tiempos de riesgos políticos extendidos que para la gente de números son difíciles de medir, así que los operadores del mercado tienden a ignorarlos y fijarse solo en lo suyo: los márgenes de las empresas, su endeudamiento, los tipos de interés. Hasta que la crisis es tan evidente que la realidad les da un sopapo. Entonces se disparan los nervios como si hubiera caído un meteorito inesperado. Y aparece la volatilidad de estos días: bajones y subidones, según las intuiciones de cada hora. La prima de riesgo no sube más porque la están sujetando los bancos, el BCE y los privados. Más nos vale haber resuelto este asunto cuando Draghi o quien le releve ponga fin a las narcóticas compras de deuda.

El mundo económico reacciona tarde, porque esto se veía venir hace años. Tal y como está pasando se había puesto por escrito hace un mes. Incluso después de eso se pensó que no había nada que temer. No calibraron el coste que tendrá restablecer el orden constitucional, si es que se restablece, en términos de seguridad jurídica, estabilidad política y certidumbre económica.

Antes que la Bolsa, que estaba a sus cosas, las empresas sí se daban cuenta de lo que se avecinaba pero elegían un perfil bajo. Los primeros en salir, claro, los bancos. Sabemos que un banco es una institución muy delicada. Frágil. Si cunde la desconfianza, si se ven atrapados en el caos, puede desatarse la espiral destructora: retiradas masivas, crisis de liquidez, rescate o muerte. Un banco puede arrastrar en su desplome a todo el país, como tenemos muy fresco en la memoria por ese horrible año 2012. Han esperado hasta el fin, porque temían significarse. Sabadell se marcha a Alicante, CaixaBank a Valencia. Las entidades actúan como se espera de ellas: lo primero es salvar el dinero de sus clientes, y lo segundo responder a sus accionistas, en su mayoría fondos internacionales que no quieren ni medio problema.

Después de los bancos han hecho las maletas muchas otras empresas, sobre todo las que tienen la mayor parte de su negocio fuera. Los exportadores no se pueden permitir quedar detrás de una nueva frontera. Nadie quiere operar entre la agitación permanente. No cabe exponerse a los requerimientos de la Hacienda catalana. No podrían descartarse expropiaciones (Aena no puede llevarse El Prat, señalado por la CUP). El Gobierno central ha marcado el camino de salida con esa reforma para que los consejos decidan sin convocar una junta. Ahora el temor por la imagen se invierte: se significa la compañía que no se vaya. Y se pone en la diana de las agencias de calificación.

En la calle vivimos una extraña tregua, un impasse después de jornadas de altísima tensión. Las imágenes son poderosas. Tuvimos un día de detenciones y redadas con manifestantes subidos al coche de la Guardia Civil (la Operación Anubis, dios de la muerte, ¿quién pondrá esos nombres?). Y el domingo de marras tuvimos a la Policía y la Guardia Civil metidos en una trampa, porque los Mossos les dejaron solos en territorio hostil. No cargaban contra los votantes, esto hay que recordarlo, sino contra quienes les bloqueaban el paso. Pero se les fue la mano, eso debió entenderlo alguien que en la tarde del domingo renunció a mantener la pelea, incluso a requisar las urnas llenas. El delegado del Gobierno en Cataluña ha pedido las disculpas que se han evitado pronunciar en Madrid.

En fin, ha habido episodios lamentables, pero ¿una “violencia sin precedentes”, como dice Puigdemont? Como si esta hubiera sido la primera intervención de los antidisturbios desde la muerte de Franco. No hace tanto que los Mossos sacudieron a los indignados del 15M en la plaza de Cataluña (cien heridos). Ha habido incidentes así en huelgas generales, conflictos laborales (cubriendo una revuelta minera en Asturias me llevé unos cuantos porrazos, gajes del oficio), manifestaciones estudiantiles, ultras que la montan en Cibeles, ni digamos ya en los años de la kale borroka.

A los de Puigdemont les convenía sobreactuar con la violencia del Estado. Si los resultados del referéndum no se los puede creer nadie (y menos con resultados a la búlgara del 90% a favor), las cifras de heridos (más de 800) tampoco son muy fiables cuando solo cuatro fueron hospitalizados. En cuanto ha pasado un poco la conmoción por las fotos, los editoriales de los diarios internacionales han vuelto a alejarse del procés. “Gana Rusia”, era la conclusión del Washington Post. The Economist habla de la “calamidad” de una secesión. Financial Times cree que hay una mayoría silenciosa del no. Tampoco aplauden a Rajoy, cierto, y alguno sugiere un referéndum pactado como el escocés. Nadie piensa que el 1-O se votó de verdad.

Les convenía sobreactuar ante la violencia policial. Ya no buscan la legitimidad en un referéndum increíble, sino en la violencia sufrida, como en Kosovo
Como el referéndum no lo avalan ni siquiera los observadores (no neutrales, fichados por la Generalitat), el separatismo pretende legitimarse no en la voluntad popular, sino en la violación de los derechos humanos por el Estado español. Esa es la vía por la que Kosovo pudo separarse de Serbia. Pero los serbios estaban masacrando a los kosovares, no se llegó a eso por los golpes repartidos en una mañana desgraciada. Nada menos que 400 profesores de Derecho Internacional (de unos 550) firman un manifiesto en que recuerdan los únicos supuestos reconocidos para la autodeterminación: situación colonial o de ocupación (el Sáhara, Palestina, nada que ver) o comunidades territoriales que sufran persecución y “violaciones generalizadas de los derechos fundamentales”. De ahí el relato victimista.

Los caminos pacíficos a la independencia son raros. Ha habido más Yugoslavias que Escocias. Se cita a Quebec, uno de los pocos casos en que hay un procedimiento previsto para la ruptura. La verdad es que la Ley de Claridad de Canadá impone unas condiciones tan leoninas para la independencia que ha frenado en seco al nacionalismo. No se reconoce el “derecho a decidir”, se exige una mayoría muy cualificada para empezar a negociar y, atención, no se garantiza la integridad territorial de la provincia que se va.

Cataluña se está despertando del loco sueño de que bastaba con votar y declarar la independencia, y eso ya sería efectivo de inmediato, el Estado se retiraría y la UE abriría los brazos. La convivencia de que tanto presumía la comunidad, con su modelo de asimilación lingüística y su sociedad multicultural, está hecha añicos. Sabemos de las tensiones por esto en los pueblos, las familias, las pandas de amigos. Es violento también el acoso a policías y guardias civiles (como en la Euskadi más negra), los casos de humillación de niños en el colegio, los piquetes de una extraña huelga convocada desde las instituciones, la furia contra los periodistas. Insultan a la cineasta Isabel Coixet cuando saca a pasear el perro, le hacen saber que no hay sitio para gente como ella allí.

Si la rabia contra el Estado en Cataluña fortalece a los partidos del Govern, en el resto de España resurge el orgullo de lo español, lo que claramente beneficia al PP (quedan en muy segundo plano las corrupciones que salpicaron a ambos). Las banderas en los balcones no son un fenómeno madrileño, ni se circunscribe a esa caricaturizada derecha centralista nostálgica del franquismo, que existe pero es minoritaria. Buena parte de los que se creen españoles (las naciones son siempre subjetivas) se sienten agredidos por el discurso del procés. Nos quieren hacer extranjeros, nos tachan de fascistas.

La subida de la fiebre nacionalista, española o catalana, deja en situación incómoda a los tibios. El PSOE parece enredado en sus contradicciones, ni con unos ni con otros, el mismo día apoya a Rajoy y reprueba a Santamaría. Curiosamente, habla más claro Iceta que la gente de Sánchez (el líder está mudo). Si llega el 155 no van a tener más remedio que tomar partido con claridad. Parece más astuto el movimiento de los comunes de Ada Colau, que aspira a pescar en el caladero nacionalista. Pero la declaración unilateral de independencia dejaría en ridículo a quienes, como ella, participaron en el referéndum porque lo consideraban una “movilización” contra Rajoy. Colau dijo que esta vez votaría en blanco o nulo (y en 2014 votó sí-sí, es decir, cualquier cosa menos el no a la independencia). Ahora se echa las manos a la cabeza por la DUI, y eso que los convocantes del 1-O habían dejado escrito que era vinculante y se aplicaría en 48 horas. En todo caso, ese conglomerado confuso que es Catalunya Sí Que Es Pot puede jugar un papel clave: son los únicos que podrían tirar un salvavidas a Puigemont y Junqueras si quisieran dar marcha atrás, porque en ese giro nunca les acompañaría la CUP. 

Los optimistas se aferran a la posibilidad de que en la semana que entra tampoco se proclame la independencia, o no del todo, o se haga en diferido. Ir ganando tiempo para que se calmen los ánimos. Pero los puentes están rotos: las últimas líneas rojas se traspasaron los días 6 y 7 de septiembre, en aquellas infames sesiones parlamentarias que aprobaron las nuevas leyes supremas con medio hemiciclo vacío. No hay atisbo de diálogo sin que renuncien a eso primero. Y entonces estarían traicionando a los suyos.

Es una pena: si el Govern estuviera dispuesto a reconocer que no puede llegar a la independencia y abandonara la rebeldía a la ley, solo en ese caso, podría llegar a una negociación en una posición de fuerza para lograr, si son pacientes, las mayores concesiones hechas nunca a Cataluña, no ya en una España federal, sino casi confederal. Los líderes de la Generalitat seguramente no se librarían de las condenas que les esperan, pero habrían hecho un servicio a su país mucho mejor que abocarnos a la confrontación.

Eso sí sería una puerta abierta como la que Puigdemont dejaba ver a su espalda en su mensaje televisado. Nos tememos que elija seguir los pasos de Companys.


Una imagen que puede repetirse con otros protagonistas



Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos.  HArendt




HArendt






Entrada núm. 3902
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La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)