sábado, 18 de octubre de 2025

DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, LA PLANTA MÍNIMA, DE JUAN F. RIVERO

 







LA PLANTA MÍNIMA 



Así,


como la planta mínima

que entre dos losas

halla el espacio para germinar


y se levanta,

contraponiendo al gris

brutal y frío

un solo rayo de ternura verde,


así, con paciencia menuda

pero firme,


hemos de hacernos con las grietas

de este mundo.



JUAN F. RIVERO (1991)

poeta español























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY SÁBADO, 18 DE OCTUBRE DE 2025

 





 
























viernes, 17 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY VIERNES, 17 DE OCTUBRE DE 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 17 de octubre de 2025. Hemos dejado de ver el dolor que no coincide con nuestra alineamiento ideológico, se  dice en la primera de las entradas del blog de hoy acerca de la de Gaza. En la segunda, un archivo del blog de octubre de 2017, se hablaba de de que los movimientos que entienden la soberanía en términos aislacionistas suelen recurrir a un nacionalismo exacerbado. El poema del día, en la tercera, es de un poeta español nacido en 1975, que comienza con estos versos: Las cosas sucedieron muy despacio./Aquel verano,/con sus costas lejanas,/construyó la delgada cicatriz del silencio,/todo un acantilado entre nosotros. Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos, ἡμεῖς ἀπιοῦμεν, HArendt













DE LAS LEALTADES TRIBALES

 







Hemos dejado de ver el dolor que no coincide con nuestra alineamiento ideológico, comenta en El País [Ciegos en Gaza, 12/10/2025] el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez. Un sábado de mayo de 2016, comienza diciendo Vásquez, poco antes de la medianoche, atravesamos el puesto de control que sirve de entrada a la ciudad de Ramallah. Esa tarde nos habíamos encontrado en los corredores del hotel que nos alojaba en Jerusalén, y un colega irlandés me había lanzado aquella propuesta imposible de rechazar: ir al otro lado. Y allí estábamos, a unos 30 kilómetros del encuentro de escritores que era la razón de nuestra presencia en Israel, corriendo riesgos imprecisos para entrar en territorio palestino y pasar la noche hablando con otros escritores reunidos con el pretexto de otro encuentro. En el puesto de control le entregamos nuestros pasaportes a un muchacho que parecía escondido detrás de un fusil enorme y cuya expresión me pareció reconocer. La había visto en caras igual de jóvenes en un retén militar junto al río Magdalena, en Colombia, durante los difíciles años noventa; la había visto en un tren que se dirigía a Chennai, en el sur de la India, llevando a un contingente de soldados que iban a combatir a las guerrillas de los Tigres Tamiles. Lo que había en ese rostro era desconfianza: una desconfianza de resultados impredecibles, porque se parecía mucho al miedo.

El jovencito nos pidió un par de explicaciones, nos devolvió los pasaportes y nos dejó pasar. Y durante las cinco horas siguientes, hasta las 4 de la madrugada de ese domingo de primavera, estuve en la terraza de un edificio de tres pisos que hoy no sería capaz de encontrar en un mapa, hablando con novelistas y periodistas y poetas y profesores de literatura y asistiendo, como tantas otras veces, a mi propia ignorancia: por más informado que uno se sienta, por más periódicos y libros que haya consumido y creído vagamente entender, nada reemplaza la conversación de cuerpo presente para tomarle la medida a la vida de los otros. He olvidado muchas conversaciones de esa madrugada y no he vuelto a ver a mis interlocutores, y por eso no sé nombrar al periodista palestino que, contestando de buena gana a mis preguntas impertinentes, me dijo una frase simple que se me ha quedado en la memoria. No recuerdo las palabras exactas, pero la sustancia venía a ser esta: Netanyahu es lo más peligroso que le ha pasado a Palestina, pero no se quedará para siempre. Salvo que ocurra una catástrofe, un 11 de septiembre, no se quedará para siempre.

No dejo de pensar en esa conversación: pues el 11 de septiembre ocurrió, por supuesto, y se llama 7 de octubre. Hace dos años asistíamos con horror a los ataques terroristas de Hamás, a la masacre y el secuestro de más 1.500 israelíes que no estaban combatiendo ni llevaban uniforme (ancianos y niños entre ellos), y comenzaba de inmediato la reacción previsible del país agredido; y en este tiempo la reacción previsible del país agredido se ha convertido en el más atroz espectáculo de crueldad que haya llevado a cabo un estado democrático en muchas décadas, y también en el mayor fracaso político y moral de eso que llamamos Occidente. En cuanto a Netanyahu, ya convertido en criminal de guerra y líder de un régimen de fanáticos cuya intención abierta es genocida, se ha visto arrastrado por sus propias decisiones a una posición insostenible, o solo sostenible mediante la violencia: huir hacia adelante entre las ruinas de Gaza y los cuerpos de 70.000 palestinos que no tenían por qué morir. Esto tiene en común Netanyahu con otros líderes de nuestro tiempo: quedarse en el poder es la única manera de liberarse de la cárcel.

Ahora bien: he hablado del fracaso político y moral de Occidente, y quizá sea necesario aclarar a qué me refiero. Porque no estoy hablando solamente de la impotencia de nuestras instituciones, esas siglas que inventamos después de la Segunda Guerra y el Holocausto para tratar de que algo así no volviera a producirse; me refiero también a la grotesca utilización de la catástrofe de Gaza que han llevado a cabo partidos políticos y organizaciones ideológicas de todas partes del espectro: en esto, la miopía ética, el cinismo y la franca idiotez se han repartido de manera bastante equitativa. ¿Qué mundo grotesco es este, donde la derecha radical que ha sido siempre el hogar predilecto de los antisemitas y los negacionistas del Holocausto se ha convertido a sí misma en la mejor valedora de Israel y de los judíos? ¿En qué mundo grotesco estamos, si cierta izquierda se llena la boca con la defensa de los palestinos, pero, por razones puramente ideológicas, se niega a una palabra en favor de las víctimas ucranias de la agresión rusa? ¿Y no podemos ir más allá de nuestras lealtades tribales, de nuestras simpatías o antipatías, para condenar la barbarie del ejército israelí, la hambruna organizada, los cotidianos crímenes contra la humanidad que cometen Netanyahu y los suyos?

Parece que no. Y entonces la derecha radical (por ejemplo, la norteamericana) exige pruebas de que realmente se ha usado el hambre como arma de guerra en Gaza, y se le olvida que todos los días mueren asesinados los periodistas que quieren contar lo que sucede; y la izquierda más ideologizada (por ejemplo, la francesa de los Insumisos) le lava la cara al terrorismo de Hamás llamándolo “resistencia”, o exige pruebas de que hubo realmente mujeres violadas el 7 de octubre. Mientras tanto, Trump se erige en adalid contra el antisemitismo, cuando hace poco llamaba Shylocks a los banqueros judíos, su querido Elon Musk hacía saludos nazis a la vista de todos y a la Casa Blanca iban a cenar negacionistas como Nick Fuentes. Pero ni siquiera tengo que salir de mi país para encontrar ejemplos patéticos: ahí estaba el expresidente Iván Duque, miembro con carnet de la derecha más boba, tomándose fotos junto a Netanyahu para promocionar el libro que acaba de publicar, ciego a la matanza indiscriminada de gazatíes; y ahí está el presidente Gustavo Petro, representante de la izquierda más sectaria, que ha usado sin vergüenza el dolor palestino para acosar a los empresarios colombianos, y muy poco le ha importado despertar los monstruos nunca dormidos del antisemitismo. Él también está ciego.

Nos hemos quedado ciegos al dolor que no coincide con nuestras alineaciones ideológicas, y estamos ciegos al mismo tiempo a las contradicciones, hipocresías y postureos que acompañan todo conflicto en nuestros tiempos instagramables. Me alegra enormemente la posibilidad de un plan de paz: los palestinos dejarán de sufrir lo inenarrable y los secuestrados israelíes se podrán reunir con sus familias. Pero estas semillas de paz son más frágiles de lo que quisiéramos. Por una asociación de ideas que al principio fue meramente verbal, recordé en estos días una lectura de mis 20 años: Ciego en Gaza, una de las mejores novelas de Aldous Huxley. El título viene de un verso de Milton sobre el destino de Sansón, capturado y esclavizado por los filisteos, que antes le habían quemado los ojos. Anthony Beavis, el personaje principal de la novela, lleva un diario. “Todos somos noventa y nueve por ciento pacifistas”, escribe allí. “Sermón de la Montaña, siempre y cuando se nos permita ser Tamerlán o Napoleón en nuestro uno por ciento particular. Paz, una paz perfecta, mientras que nos permitan tener la guerra que nos convenga. Resultado: todos somos la víctima predestinada en la guerra excepcional de alguien más”. La novela se publicó en los años 30 y nada tiene que ver con nuestro momento. O casi nada. Juan Gabriel Vásquez es escritor.







 








DEL ARCHIVO DEL BLOG. LA SOBERANÍA QUE DE VERDAD IMPORTA. PUBLICADO EL 27/10/2017

 








Los movimientos que entienden la soberanía en términos aislacionistas suelen recurrir a un nacionalismo exacerbado, comenta Javier Solana, político, físico, embajador, profesor de universidad y una de las voces más prestigiosas del socialismo europea y español, que ha sido ministro de Cultura, portavoz del Gobierno, ministro de Educación y Ciencia, de Asuntos Exteriores, Secretario General de la OTAN, Alto Representante del Consejo Europeo para la Política Exterior y de Seguridad Común de la Unión Europea, y Comandante en Jefe de la EUFOR.

En su famoso “trilema político de la economía mundial”, comienza diciendo, el economista de Harvard Dani Rodrik expone un problema irresoluble: la integración económica global, el Estado-nación y la democracia son tres elementos que no pueden darse simultáneamente en su máxima expresión. A lo sumo, podemos combinar dos de los tres, pero siempre a expensas del restante.

Hasta hace bien poco, el Consenso de Washington que nació en los años ochenta —cimentado en principios como la liberalización, la desregulación y la privatización— representaba el canon económico por excelencia. Si bien la crisis de 2008 lo puso en jaque, los países del G20 convinieron evitar una respuesta proteccionista. Mientras tanto, la Unión Europea se mantenía (y se mantiene) como el único experimento democrático a escala supranacional, haciendo gala de avances prometedores, pero aquejado de múltiples déficits. En otras palabras, a nivel mundial se venía favoreciendo una integración económica anclada todavía en el Estado-nación, lo cual daba pie a que las dinámicas de los mercados internacionales relegasen a la democracia a un segundo plano.

Pero el año 2016 marcó un punto de inflexión, aunque aún no sepamos a ciencia cierta lo que ello comportará a largo plazo. Más allá de que haya surgido en China lo que ha venido a llamarse Consenso de Pekín, en el que algunos ven un modelo alternativo de desarrollo basado en un mayor intervencionismo estatal, fueron sobre todo el Brexit y la elección de Donald Trump los acontecimientos que catalizaron un cierto cambio de ciclo. “Let’s take back control” fue el lema que popularizaron los Brexiteers, mientras que muchos votantes de Trump expresaron su recelo ante el poder acumulado por Wall Street, actores transnacionales e incluso otros Estados en un escenario de hiperglobalización. Sería poco sensato desdeñar este diagnóstico, que suscribe en gran medida el propio Rodrik, por el mero hecho de estar en desacuerdo con el tratamiento que proponen Trump y algunos conservadores (¿o reaccionarios?) británicos. Ese tratamiento consiste en poner trabas a la globalización —eso sí, manteniendo intactos o incluso realzando otros ingredientes del Consenso de Washington, como la desregulación financiera— y en fortalecer la democracia a través del estado-nación.

En su primera intervención ante la Asamblea General de Naciones Unidas, el presidente Trump pronunció un discurso de 42 minutos, en el que las palabras “soberanía” o “soberano” aparecieron un total de 21 veces. Es decir, la friolera de una vez cada dos minutos. En Europa, no es únicamente Reino Unido el que se encuentra inmerso en una deriva neowesfaliana, sino también otros Estados como Polonia y Hungría. Incluso el movimiento “independentista” catalán, comandado por una serie de partidos que en su mayoría no se sentirían cómodos con la etiqueta de “anti-globalización”, sigue una lógica similar de repliegue nacionalista.

Sin embargo, estos actores tienden a sobreestimar su capacidad de diluir la integración económica existente, afianzada por el vertiginoso desarrollo de las cadenas globales de valor en las últimas décadas. Resulta más plausible que, si dichos movimientos insisten en nadar contracorriente, lo que consigan diluir a mayor velocidad sea la influencia de sus respectivos Estados —o aspirantes a Estado— sobre la globalización. En resumidas cuentas, un aumento de soberanía formal puede implicar paradójicamente una pérdida de soberanía efectiva, que es la que de verdad importa. Trasladando esta reflexión al caso catalán, un movimiento pretendidamente independentista y soberanista podría terminar creando una sociedad más dependiente y menos soberana, que quedaría más a merced de las dinámicas internacionales.

Justo una semana después del discurso de Trump en la ONU, el presidente francés Emmanuel Macron acudió a la Sorbona para presentar su visión sobre el futuro de Europa. Macron mencionó también en repetidas ocasiones la palabra “soberanía”, dejando claro que su modelo de Europa se asienta sobre esta noción. Pero, a diferencia de los populistas, el presidente francés apuesta por una soberanía efectiva e inclusiva, de alcance europeo, y apoyada sobre otros dos pilares maestros: la unidad y la democracia.

Otra de las tríadas que operan en el ámbito internacional hace referencia a las formas que tienen los Estados de relacionarse entre sí. Podemos decir que estas relaciones se vehiculan a través de tres ejes: cooperación, competencia y confrontación. Sería ingenuo aspirar a eliminar por completo ese elemento de confrontación que, desde los albores de la historia humana, ha estado siempre presente. No obstante, sí que es posible reducir su dosis aumentando exponencialmente sus costes de oportunidad, como bien ha demostrado la Unión Europea. Por desgracia, los movimientos que entienden la soberanía en términos aislacionistas suelen recurrir a un nacionalismo exacerbado, poco dado a fomentar esos espacios comunes que permiten que la sociedad internacional goce de buena salud.

Que ciertos Estados aboguen por recluirse dentro de sus fronteras resulta anacrónico y contraproducente, pero sería un grave error por parte del resto de la sociedad internacional reaccionar con despecho, imponiendo estrictas cuarentenas ante el temor a un efecto contagio. El espíritu de cooperación, junto con una competencia constructiva, debe vertebrar las relaciones entre todos los actores que dispongan de legitimidad internacional. Es preciso resistir la tentación de aplicar este principio a la carta, ya que estaríamos olvidándonos de que, en aquellos Estados que han sucumbido a discursos reduccionistas, todavía existen amplísimos sectores de la ciudadanía que reivindican un enfoque aperturista. Pensemos en el 48% de votantes del Remain, o en el 49% de partidarios del “no” en el referéndum constitucional turco, y en la decepción que supondría para tantos ellos que la Unión Europea les diese la espalda.

El diálogo habrá de ser la seña de identidad de una sociedad internacional que esté a la altura de ese apelativo, que sea verdaderamente eficaz en la gestión de sus recursos compartidos, y que trate de resolver en conjunto problemas globales como la proliferación nuclear, el terrorismo y el cambio climático. Ese diálogo deberá producirse en el marco de una esfera pública común y democrática, si no queremos perpetuar las deficiencias del Consenso de Washington, que se revelaron con gran estrépito en el infausto año 2016. Si cultivásemos esa esfera pública común, disminuyendo la preeminencia del Estado-nación, podríamos desplazarnos paulatinamente hacia el lado menos explorado del triángulo que dibuja Rodrik: el de la democracia global.

Desde luego, este objetivo se antoja difícil de alcanzar, pero el desarrollo tecnológico y la multiplicación de sinapsis económicas y culturales hacen que no sea una quimera. En este sentido, la Unión Europea ha sabido abrir una nueva senda, y lo que se antoja más difícil es renunciar a la oportunidad de recorrerla. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt























DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, UNA EXTRAÑA LEALTAD, DEL POETA LUIS ANDRÉS DOMINGO PUERTA

 







UNA EXTRAÑA LEALTAD




Las cosas sucedieron muy despacio.

Aquel verano,

con sus costas lejanas, 

construyó la delgada cicatriz del silencio,

todo un acantilado entre nosotros.

Los tenaces rasguños de las motocicletas en la brisa

al caer el sol, noches de junio

que aprendían a rozar las sutiles fronteras

de un cuerpo imaginado. El corazón

como un tachón bordado sobre un sueño.


Fue aquella

una extraña lealtad que se abrazó al suicidio

cuando dejaba atrás el país de los juegos.


Noches

de un verano extendido en la tormenta,


porque nunca llegaste hasta mis quince años,

te habías ido

hasta una edad distinta, otro lugar

donde te busca

este esbozo de hombre que ahora soy y la nostalgia

que persigue en las noches

el súbito desnudo imaginario

de otra vida posible,

la que me pertenece,

la que nunca fue mía.





LUIS ANDRÉS DOMINGO PUERTA (1975)

poeta español






















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY VIERNES, 17 DE OCTUBRE DE 2025

 



























jueves, 16 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY JUEVES, 16 DE OCTUBRE DE 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 16 de octubre de 2025. En la primera de las entradas del blog de hoy se habla de John Le Carré, el escritor, que visitó los campos de refugiados libaneses cuando trabajaba en ‘La chica del tambor’, y que cuarenta años después se revela como una novela de extraordinaria inteligencia política. En la segunda, un archivo del blog de noviembre de 2016, HArendt hablaba de sus vivencias infantiles sobre el Día de los Difuntos, acurrucado junto a su madre al calor del brasero, mientras oía año tras año, por la radio el Don Juan Tenorio de Zorrilla. El poema del día es de un afamado poeta palestino, nacido en 1978, que comienza con estos versos: Me expulsarán de la ciudad/antes de que caiga la noche: alegarán/que me negué a pagar por el aire. Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos, ἡμεῖς ἀπιοῦμεν, HArendt













DE LE CARRÉ, EL MOSAD Y PALESTINA

 







John Le Carré, el escritor, visitó los campos de refugiados libaneses cuando trabajaba en ‘La chica del tambor’, cuarenta años después se revela como una novela de extraordinaria inteligencia política, comenta en El País [LeCarré, el Mosad y Palestina, 11/10/2025] el escritor Jordi Ibáñez Fanés. John Le Carré publicó su novela La chica del tambor (The Little Drummer Girl) en 1983.comienza diciendo Ibáñez. El libro se distribuyó en el mes de marzo. Apenas medio año antes, el 15 de septiembre de 1982 y durante tres días de horror, se produjo la matanza de Sabra y Chatila, en Beirut. Las víctimas —las cifras oscilan entre los cerca de mil y los más de 3.000 asesinados en apenas tres días— eran mayormente mujeres, niños y ancianos, palestinos sobre todo, y también refugiados chiíes. Los cadáveres mostraban signos de tortura y ensañamiento, de mutilaciones y violaciones. El ataque respondió a una explosión de odio dentro de la lógica feroz de la guerra civil libanesa. Los perpetradores fueron las milicias de las Fuerzas Libanesas, cristianos maronitas ultraderechistas liderados por Bechir Gemayel, recién elegido presidente del Líbano y asesinado el 14 de septiembre. La matanza fue, pues, un acto de venganza. Pero el horror necesitó de la asistencia del ejército israelí, que bloqueó todas las vías de escape y asistió impasible a la carnicería. Había invadido el Líbano en junio de aquel año con el beneplácito de las milicias de Gemayel, que ansiaban acabar con la OLP de Arafat, establecida allí después de su expulsión de Jordania en septiembre de 1970. De aquel septiembre jordano salió la organización Septiembre Negro, famosa por el sangriento secuestro de atletas israelíes en los juegos de Múnich de 1972. En cierto modo la historia se repetía en el Líbano. Fueron expulsados de Jordania después del intento fallido por parte de los fedayines de derrocar al rey Hussein, y ahora, en agosto de 1982, Arafat y su guardia se retiraba a Túnez ante la presión de las milicias maronitas y los tanques israelíes. Los fedayines atentaban y emboscaban, se retiraban cuando las cosas se ponían feas, y los civiles palestinos que quedaban atrás eran masacrados. Sucedió en Jordania en 1970. Sucedió en Líbano en 1982. Dejo la rima en el aire.

En los agradecimientos, el escritor no menciona a una persona clave en la gestación de la novela: Janet Lee Stevens, una arabista y periodista norteamericana muy conocedora de los campos de refugiados palestinos en el Líbano

John Le Carré visitó los campos de Sabra y Chatila mientras trabajaba en su novela. Los agradecimientos por el intenso trabajo de documentación y localización están fechados en julio de 1982. En ellos, que merecen ser leídos con atención por lo que dicen y por lo que callan, no menciona a una persona clave en la gestación de la novela: Janet Lee Stevens, una arabista y periodista norteamericana muy conocedora de los campos de refugiados palestinos en el Líbano. Fue ella la que acompañó al novelista en su visita a los campos, y es ella la que da título a la novela. Los palestinos la conocían como “la chica del tambor”, por su compromiso y combatividad. Janet Lee Stevens murió el 18 de abril de 1983 en el atentado que reventó la embajada de los Estados Unidos en Beirut —63 muertos, 120 heridos—.

Stevens se encontraba allí para entrevistarse con el responsable de USAID en la zona y reclamarle una mayor implicación con los palestinos y los chiitas libaneses. El atentado fue una de las muchas jugadas maestras del Irán de los ayatolás.

Leer hoy esta extraordinaria novela de John Le Carré impresiona y conmueve. Los 40 años transcurridos desde su publicación no le pesan al libro, le pesan al lector, y lo apesadumbran. De sus adaptaciones a la pantalla sólo diré: No —para mi gusto— a la versión cinematográfica (1984), y sí a la miniserie (2018). Pero el texto da todo lo que exige a cambio. La novela cuenta la historia de Charlie, una chica que el Mosad infiltra en el núcleo de un sanguinario comando palestino muy activo en Alemania. No es la historia de la militar ya adiestrada para infiltrarse en una organización terrorista. Se trata de una guapa muchacha —ha de servir de cebo—, actriz del montón, políticamente concienciada, atolondrada, elegida con criterio pero captada con malas artes, seducida, engañada, secuestrada y sometida a una sesión despiadada de desmontaje moral, y finalmente lanzada a una aventura con todo el riesgo y sin garantías. Que la chica sea quien es, su fragilidad e imprevisibilidad, eso sería la parte inverosímil de toda la historia. Pero se salva por la prodigiosa intensidad literaria, moral y psicológica que exige hacerla creíble. Y se salva también por la inteligencia política que acompaña toda la sabiduría literaria de la novela.

Sobre esta inteligencia política, creo que terriblemente lúcida en 1983 y dolorosamente vigente hoy, pensando en Gaza y en el Israel actual, merece mucho la pena detenerse en tres momentos estremecedores: el relato que Becker —el agente del Mosad captor, raptor y seductor de la chica— hace del drama palestino (“el acto más cruel, la peor burla de toda la historia: que Israel, en 30 años, haya convertido a los palestinos en los nuevos judíos de la tierra”); luego la propuesta, hoy olvidada o acallada, de un único Estado aconfesional donde convivan palestinos y judíos, defendida por una generación de idealistas ya envejecida, marginada o eliminada (el personaje del profesor judío Minkel, que expone el dilema con crudeza: “O bien democracia sin realización del judaísmo, o bien realización del judaísmo sin democracia”); finalmente, la profecía, de nuevo en boca de Gadi Becker, sobre el destino de Israel: acabar siendo una “Esparta moderna”, puramente judía pero con la democracia secuestrada por el estado de guerra permanente. Claro que entonces la pregunta es: si Israel es Esparta, ¿dónde queda Atenas? ¿Ya no hay Atenas? Jordi Ibáñez Fanés es profesor y escritor. Su último libro es la novela ‘Buenas noches, lechuza’ (Tusquets, 2025).