miércoles, 15 de octubre de 2025

DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY MIÉRCOLES, 15 DE OCTUBRE DE 2025

 




































martes, 14 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MARTES, 14 DE OCTUBRE DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 14 de octubre de 2025. Que el mundo está quedando muy mal es evidente, escribe la primera de las entradas del blog de hoy el filósofo Daniel Innerarity, pero cabe preguntarse si no responderá más al atractivo del autoritarismo que a la realidad. En la segunda, un archivo del blog de octubre de 2016, el escritor Javier Marías hablaba de las razones por las que había perdido la costumbre de ir al cine, entre ellas la falta de tiempo, la desaparición de los cines céntricos de la Gran Vía (se los cargaron el PP y Ruiz-Gallardón, recuerden, otra cosa que no perdonarles), y en gran medida los nuevos hábitos de los espectadores. El poema del día, en la tercera, se titula Sumisión, es del poeta español Francisco Bejarano, y comienza con estos versos: Sabe el tigre la muerte y la respeta/porque alimenta su ancestral codicia./Conoce el mar, la selva, y me ha mirado. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt












DE LA REALIDAD DE LA POLÍTICA

 







Que el mundo está quedando muy mal es evidente, escribe en El País [La fascinación de lo peor, 08/10/2025] el filósofo Daniel Innerarity, pero cabe preguntarse si no responderá más al atractivo del autoritarismo que a la realidad. El mundo nos está quedando tan mal que cualquier descripción de sus crisis y sus malvados parece quedarse corta, comienza diciendo Innerarity. Todo habría sido retratado ya en la serie House of Cards, que dejó a otras series anteriores como retratos ñoños e ingenuos. Quienes aspiran a protagonizar la vida colectiva y atraen nuestra atención son personajes de un narcisismo grotesco, dedicados a la intriga y la manipulación, de un cinismo supino. La política es representada, en la ficción y en algunos análisis muy sesudos, como un espacio sin valores ni ley, donde rige un poder ejecutivo caníbal, las relaciones de fuerza se imponen y los voraces devoran a los débiles. Por supuesto que esta imagen responde a muchas de las cosas que pasan en la política, desde siempre y en el momento actual, pero me pregunto qué exagera y qué omite, si su dramatismo no está motivado por esa fascinación que ejercen los mecanismos arcaicos del poder, por explicarlo todo a partir de la voluntad de los hombres fuertes y la brutalidad de la dominación. Hay una paradójica tranquilidad que produce explicarlo todo como si lo peor hubiera triunfado ya completamente.

Los poderosos sin escrúpulos nos repugnan y seducen al mismo tiempo; cuando explicamos todos los males de la sociedad por su autoritarismo les concedemos un valor que no merecen y nos condenamos a la impotencia desesperada y paralizante. Al convertirnos en simples espectadores o víctimas desactivamos la potencia inscrita en la indignación y nos entregamos al fatalismo autoritario. La primera lección del activismo democrático es saber que uno de los mecanismos de los poderosos es hacernos creer que pueden más de lo que pueden. Nada podían haber deseado más que ese desempoderamiento voluntario que les ofrecemos.

Aunque este espantoso relato sea cierto en buena parte, reduce la política a sus expresiones más espectaculares y parece ignorar el desempeño discreto de tantos de sus actores. Al explicar la vida política como si en ella todo se redujera a una cuestión de poder damos entender que, efectivamente, no es posible actuar de otra manera; esa caracterización puede estar sugiriendo cínicamente que, para hacer frente al autoritarismo, deberíamos elegir a líderes que actuaran en sentido contrario pero de la misma manera, es decir, que ejercieran un autoritarismo benefactor. Como si el problema fueran solamente los objetivos y no también los procedimientos.

No digo que esto no pueda acabar mal sino que el modo como diagnostiquemos la realidad puede frenar o acelerar ese final indeseable. Y al contrario: hay una forma implícita de resistencia en las descripciones equilibradas, que no se dejan impresionar por el poder ostentoso, cuyo daño aumenta con la atención que torpemente le prestamos. No es una cuestión de optimistas frente a pesimistas, de ingenuos frente a lúcidos, sino sobre qué tipo de descripción de la realidad política es más verdadera y cuál favorece más a los autoritarios: si diagnosticarla como un conjunto de hechos brutales o, sin renunciar a la crítica del poder, incluir en la descripción aquellos otros elementos que revelan sus limitaciones.

La cuestión que deberíamos plantearnos es a quién beneficia esta explicación derrotista de la política. El poder quiere impresionar y el poder autoritario quiere atemorizarnos hasta la desesperación. La victimización nos debilita todavía más que el sometimiento. No tenemos por qué creer las exhibiciones de fuerza de los autoritarios, que pueden ser, en el fondo, manifestaciones de debilidad.

Una consecuencia indirecta de todo ello es que consagra la desigualdad, uno de los objetivos más codiciados de los líderes autoritarios. Dramatizar la catástrofe, describir la realidad como si estuviéramos al borde del abismo, hablar de la humanidad amenazada en vez de las clases vulnerables, implica minusvalorar las diferencias que nos hacen diversamente frágiles ante las crisis y, por tanto, es una forma de desentenderse de la desigualdad; el riesgo nos afecta de manera diversa y hablar de una hecatombe permite no tener que hacerlo de los pobres y de los vulnerables, ni de las políticas que atenuarían su impacto en los diferentes grupos de población. Todos somos iguales en la desesperación, pero diferentes en las situaciones concretas de injusticia. David Sipress, el célebre humorista del New Yorker dibujaba una viñeta en la que un paciente le dice a su psicólogo: “tuve que dejar de ver las noticias. Estaba haciendo que mis propios problemas me parecieran insignificantes”. El ruido apocalíptico funciona como una estrategia de distracción para que no incordiemos al gobernante con nuestros problemas particulares.

La historia de la democracia es la historia de una forma de gobierno frágil y resistente a la vez, asediada y victoriosa sobre la opresión. La política no es una selva donde solo reinara la ley de la fuerza; en ella también se pone de manifiesto que es posible gobernar sin humillar ni imponer. Uno de los pasajes de la historia de la filosofía más ilustrativos a este respecto es el célebre diálogo entre Calicles y Sócrates en el Gorgias de Platón. Frente a una supuesta inevitabilidad del dominio de los fuertes sobre los débiles, Sócrates no defiende un angelismo moral, sino el valor de una fortaleza distinta: la del dominio de sí y el combate por la justicia. El ideal republicano consiste en que haya una regla común que no se impone solo a los demás sino también a uno mismo. En las mismas sociedades en las que los autoritarios avanzan e incluso llegan al poder sigue habiendo, pese a todo, una cultura política inclusiva, anti-centralista, promotora del gobierno abierto, donde la conversación es posible aunque sea cada vez más difícil, las instituciones se hacen valer y los servicios públicos cuentan con un amplio respaldo.

Las descripciones que todo lo explican por el poder de unos malvados tienen el efecto indirecto de presentar al pueblo con un victimismo que lo aproxima a la estupidez, como manipulado por los algoritmos o cómplice de sus tiranos. Hay muchas situaciones de dominación, por supuesto, pero no somos una sociedad tan anómica, alienada y sumisa como la describen los analistas más críticos y la desearían los autoritarios. En medio de las pulsiones autoritarias (y en buena medida como su justa respuesta) las sociedades se movilizan, hay campañas de contestación, expresiones de indignación y solidaridad, formas de resistencia y protestas, como frente al genocidio de Gaza. Todo ello es amplificado por la digitalización de un modo que ninguna institución clásica hubiera podido llevar a cabo. Aunque se les haya culpabilizado de casi todo, las redes sociales son una conquista democrática que ha horizontalizado la conversación pública; no debemos considerarlas solo como un espacio de manipulación colectiva porque, además de desinformación y radicalismo, hay en ellas un vector de democratización que no podemos minusvalorar.

Maquiavelo, un autor a quien solo consideran maquiavélico los que no lo han leído, decía que había enseñado a los tiranos en El Príncipe cómo conquistar el poder pero también a los pueblos cómo resistirse a ellos. Al revelar los mecanismos del poder contribuyó a que dejara de ser considerado como natural e inmutable. Sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio se centran en la organización republicana, la defensa de las libertades y la capacidad de los pueblos para defenderse de la opresión, introduciendo conceptos como las virtudes cívicas y el equilibrio de poder. No somos impotentes frente al poder, tampoco frente al que se pretende absoluto. En los momentos más brutales de la historia suele haber un resquicio para resistir y oponerse. Su conocida distinción entre la fortuna y la virtud, entre lo que no está en nuestras manos evitar y lo que, en cambio, podemos modificar, es una lección de resistencia frente al fatalismo. El pensador florentino ponía el ejemplo de las inundaciones devastadoras que lo destruyen todo sin que en ese momento podamos hacer casi nada, mientras que en tiempo de calma es posible prevenir y preparar las cosas para que las aguas no hagan tanto daño. Incluso cuando todo parece conspirar para que se imponga la fortuna más despiadada, hay oportunidades para el trabajo de la virtud.

Quienes pensamos y escribimos acerca de la política tenemos la obligación de hacerlo fieles a la realidad, pero sin dar más motivos a la desesperanza de los que ya ofrece el mundo duro y mediocre en el que vivimos. No podemos naturalizar la violencia como si fuera, además de una parte penosa de la realidad, una lógica inevitable que todo lo explica y fuera de la cual no habría más que ingenuidad y resignación. No todo lo que pasa se explica por la imposición de individuos poderosos; existen dinámicas sociales que no son dóciles al poder y hay liderazgos más compartidos y menos teatrales cuyos resultados tienen mayor envergadura y persistencia que la violencia autoritaria. Con ello no estoy formulando un deseo sino tratando de que el cuadro con el que describimos la realidad política sea más completo y no el resultado de la fascinación que lo peor ejerce sobre nosotros, también sobre sus más fervientes críticos. Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política (Ikerbasque / Instituto Europeo de Florencia) y acaba de publicar en Galaxia-Gutenberg el ensayo Una teoría crítica de la inteligencia artificial.
























DEL ARCHIVO DEL BLOG. POR QUÉ LEERÉ SIEMPRE LIBROS. PUBLICADO EL 09/10/2016

 








Sigo viendo muchas películas, escribe en El País [Por qué leeré siempre libros, 09/10/2016] el escritor Javier Marías, pero hace tiempo que no voy a los cines. Hubo épocas juveniles en las que iba hasta tres veces diarias cuando mis ahorros me lo permitían: rastreaba títulos célebres, que por edad me habían estado vedados, en las salas de barrio más remotas, y así conocí zonas de Madrid que jamás había pisado. La primera vez que fui a París, a los diecisiete años, durante una estancia de mes y medio vi más de ochenta pe­­lículas; gracias, desde luego, a la generosidad de Henri Langlois, el mítico director de la Cinémathèque, que me dio un pase gratuito para cuantas sesiones me apetecieran, quizá conmovido por la pasión cinéfila de un estudiante con muy poco dinero.

Hay varias razones por las que he perdido tan arraigada costumbre, entre ellas la falta de tiempo, la desaparición de los cines céntricos de la Gran Vía (se los cargaron el PP y Ruiz-Gallardón, recuerden, otra cosa que no perdonarles), y en gran medida los nuevos hábitos de los espectadores. Hay ya muchas generaciones nacidas con televisión en casa, a las que nadie ha enseñado que las salas no son una extensión de su salón familiar. En él la gente ve películas o series mientras entra y sale, contesta el teléfono, come y bebe ruidosamente, se va al cuarto de baño o hace lo que le parezca. Esa misma actitud, lícita en el propio hogar, la ha trasladado a un espacio compartido y sin luz, o con sólo la que arroja la pantalla. Las últimas veces que fui a uno de ellos era imposible seguir la película. Si era una de estruendo y efectos especiales daba lo mismo, pero si había diálogos interesantes o detalles sutiles, estaba uno perdido en medio del continuo crujido de palomitas masticadas, sorbos a refrescos, móviles sonando, individuos hablando tan alto como si estuvieran en un bar o en la calle. Seré tiquis miquis, pero pertenezco a una generación que reivindicó el cine como arte comparable a cualquier otro, y veíamos con atención y respeto todo, Bergman y Rossellini o John Ford, Blake Edwards, los Hermanos Marx y Billy Wilder. Con estos últimos, claro está, riéndonos.

Así que el DVD me salvó la vida, no me quejo. Sin embargo, me doy cuenta (y no soy el único al que le pasa) de que, seguramente por verlo todo en pequeño, y además en el mismo sitio (la pantalla de la televisión), olvido y confundo infinitamente más lo que he visto. No descarto que también pueda deberse a que hoy escasean las películas memorables y muchas son rutinarias (si vuelvo a ponerme Centauros del desierto la absorbo como antaño). A cada cinta se le añadía el recuerdo de la ocasión, el desplazamiento, la persona con la que la veía uno, la sala … Esos apoyos de la memoria están borrados: siempre en casa, en el sofá, en el mismo marco, etc. Por eso intuyo que nunca leeré en e-book o dispositivo electrónico, por muchas ventajas que ofrezca. He viajado toda la vida con cargamentos de libros que ahora podría ahorrarme. He recorrido librerías de viejo en busca de un título agotadísimo que hoy seguramente me servirían de inmediato. Sin duda, grandes beneficios. Pero estoy convencido de que, si con el cine y las series me ocurre lo que me ocurre, me sucedería lo mismo si leyera todo (o mucho) en el mismo “receptáculo”, en la misma pantalla invariable. Las novelas se me mezclarían, éstas a su vez con los ensayos y las obras de Historia, no distinguiría de quién eran aquellos poemas que tanto me gustaron (¿eran de Mark Strand, de Louise Glück, de Simic o de Zagajewski?). Letra impresa virtual tras letra impresa, un enorme batiburrillo.

A mis lecturas inolvidables tengo indeleblemente asociados el volumen, la cubierta que me acompañó durante días, el tacto y el olor distintos de cada edición (no huele igual un libro inglés que uno americano, uno francés que uno español). Madame Bovary no es para mí sólo el texto, me resulta indisociable del lomo amarillo de la colección Garnier y de la imagen que me llamaba. Pienso en Conrad y, además de sus ricas ambigüedades morales, me vienen los lomos grises de Penguin Modern Classics y sus exquisitas ilustraciones de cubierta, como con Henry James y Faulkner. Machado se me aparece envuelto en Austral, lo mismo que Rilke. Y luego están, naturalmente, la ocasión, la ciudad, la librería en que compré cada volumen, a veces la alegría incrédula de dar por fin con una obra que nos resultaba inencontrable. Todo eso ayuda a recordar con nitidez los textos, a no confundirlos. No quiero exponerme a que con la literatura me empiece a pasar lo que con el cine, pero aún más gravemente: en éste, al fin y al cabo, las imágenes cambian y dejan más clara huella, aunque se difumine rápido a menudo; en los textos siempre hay letra, letra, letra, el “aspecto” de lo que tiene uno ante la vista es casi indistinto, por mucho que luego haya obras maestras, indiferentes e insoportables. Me pregunto, incluso, si en un libro electrónico no acabarían por parecerme similares todas, es decir (vaya desgracia), todas maestras o indiferentes, o todas insoportables.



























DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, SUMISIÓN, DE FRANCISCO BEJARANO

 








SUMISIÓN




Sabe el tigre la muerte y la respeta

porque alimenta su ancestral codicia.

Conoce el mar, la selva, y me ha mirado.


No lo conozco yo, pero lo intuyo

tras la cortina del salón. El brillo

de sus ojos, el roce de su piel,

su leve paso siento si se acerca.


No sabe que le espero prevenido

–conoce su defensa cada vida–,

ni en los días hermosos, ni en la luz

olvidaré el terror de su existencia.


Volverá, sé que un día volverá.

Las cicatrices hablan por mí desde este lado.




FRANCISCO BEJARANO (1945)

poeta español
























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE MARTES, 14 DE OCTUBRE

 



























lunes, 13 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY LUNES, 13 DE OCTUBRE DE 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 13 de octubre de 2025. Al contrario que muchos políticos, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor Sergio del Molino, la editora de la revista Arqueología e historia, ha retirado de la circulación su último número titulado Vascones, porque cree que el rigor es el único patrimonio intelectual y moral que nos sostiene. En la segunda, un archivo del blog de octubre de 2017, se comentaba que los sentimientos son cuestionables. que no era verdad que la emoción nacional sea indiscutible, pues si los afectos políticos fueran inmunes a la crítica, todos gozarían de un valor equivalente. El poema del día, en la tercera, lleva por título Bendita imperfección, es de la poetisa española Marisa Calero, y comienza con estos versos: Aprendí las palabras como un maná de almíbar/que descendiera lento sobre mi raciocinio/y acabara enredado en mi garganta/saciando, al respirar, el hambre de mis ojos. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt












DE LOS HISTORIADORES QUE ENSEÑAN DIGNIDAD A LOS ESPAÑOLES

 









Al contrario que muchos políticos, escribe en El País [‘Desperta Ferro’: los historiadores que enseñan dignidad a los españoles, 08/10/2025] el escritor Sergio del Molino, la editorial Desperta Ferro, editora de la revista Arqueología e historia, ha retirado de la circulación su último número titulado Vascones, porque cree que el rigor es el único patrimonio intelectual y moral que nos sostiene. Todo se puede contar como un chiste o como una tragedia, comienza diciendo Del Molino. Incluso las historias mínimas que solo circulan porque divierten un rato o alimentan memes pueden decir cosas serias. Desperta Ferro es una revista y una editorial de historia dirigida a un público tan especializado que no podría enseñar nada, en principio, a quien no sea catedrático del ramo o no viva con pasión patológica las controversias sobre la forma del casco franconormando en la batalla de Hastings o no esté dispuesto a retirarle la amistad a quien cuestione el talento estratégico del Empecinado. Eruditos y marginales como son, acaban de dar a España una lección de ética que supera cualquier hallazgo historiográfico que hayan impreso o impriman en el futuro, que les deseo pródigo.

Dedicaron el último número de su revista Arqueología e historia a los vascones, pero la ilustradora de la portada les salió gamberra y boicoteó su trabajo, quién sabe por qué: escribió la palabra España en la mano de Irulegi y retrató a una pareja vascona como Dani Rovira y Clara Lago. Abochornados, los editores han retirado la tirada y han pedido disculpas, aunque no les sobran ni el dinero ni los lectores. Puede que la broma les haya dejado sin aguinaldo estas navidades, o tal vez salgan a menos habas a repartir, y ya las tenían muy contadas. Pero entre el prestigio, el rigor, el amor a la verdad histórica y sus cuentas corrientes, han escogido los tres primeros.

Quizá sea para algunos una reacción exagerada. Bastaban una explicación y un borbónico “lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a pasar”, y a preparar un número sobre la caza de elefantes en Botswana. Ese es el máximo ético que esperamos de un cargo público español. Pero los editores de Desperta Ferro solo se gobiernan a sí mismos y creen que la precisión es el único patrimonio intelectual y moral que nos sostiene. En una época de políticos tuiteros que usan la verdad como papel higiénico, esta actitud es rara y conmovedora.

Un solo gesto digno desnuda a la multitud que carraspea y se escaquea. La ministra de Igualdad con las pulseras, Juanma Moreno con las mamografías o el Gobierno con sus presupuestos sin presupuestar y el resto de líos pendientes convierten esta anécdota en el metro de platino de la decencia. Un grupo ignoto de estudiosos acaba de demostrar que es posible pedir perdón, asumir las consecuencias, pasar vergüenza y poner en peligro una empresa pequeña para estar a la altura del listón deontológico que ellos mismos se imponen. Solo por eso, Desperta Ferro merece la declaración de monumento nacional. Sergio del Molino Molina ​ es un escritor y periodista español, autor entre otras obras de La España vacía, un ensayo que abrió un debate social y político sobre la despoblación y sobre el efecto que el abandono del mundo rural ha tenido en el imaginario colectivo de los españoles.





















DEL ARCHIVO DEL BLOG. DE LOS SENTIMIENTOS EN POLÍTICA. PUBLICADO EL 12/10/2017

 







Los sentimientos son cuestionables. No es verdad que la emoción nacional sea indiscutible. Si los afectos políticos fueran inmunes a la crítica, todos gozarían de un valor equivalente. Para el nacionalista, la política se agota en preservar lo propio y levantar fronteras frente al otro, escribe en El País el profesor Aurelio Arteta, catedrático de Filosofía moral y política de la Universidad del País Vasco.

Uno de los acuerdos (o, mejor, prejuicios) más generales e indiscutidos hoy entre nosotros es que el mundo de los sentimientos ocupa un reducto íntimo del individuo que nadie debe allanar y todos han de respetar, comienza diciendo e profesor Arteta. Se supone, además, que son poco menos que naturales e inmunes a la razón y sus argumentos. Trasladadas estas premisas al terreno político, tal vez se permita a regañadientes el intento de persuadir al adversario mediante mejores razones, pero habrá que detenerse en cuanto rozan sus emociones. Este es un umbral que no hay que traspasar, no vayamos a herir sus sentimientos. ¿Pondremos a prueba tales supuestos, por ejemplo, en nuestra respuesta al desafío de los nacionalistas catalanes?

La ocasión nos la brindan unas recientes reflexiones a propósito de ese conflicto que hoy nos tiene en vilo. Sostenían que la democracia es un principio que puede defenderse racionalmente, mientras que la nación no. La nación señala algo afectivo, arraigado en los estratos emocionales más profundos. “Esta es, pues, una cuestión de sentimientos. Y los sentimientos sólo pueden ser respetados, no discutidos”. Que se me permita discrepar frontalmente de tesis tan rotunda. Si no deben cuestionarse las emociones nacionales de nadie, todas serán admisibles y hasta las más alejadas entre sí gozarán de un valor equivalente. No ha lugar a dilucidar lo apropiado o inapropiado de esas emociones, que nos enfrentan sin remedio. Al final impondrán las suyas quienes den rienda suelta a las más acendradas, o sea, los más fanáticos o los más brutos. Y la cobardía, la pereza o la incapacidad crítica muchos quedarán ocultas tras la digna máscara del respeto.

Pero el caso es que esos sentimientos no son los datos últimos e irrebasables del problema. ¿O acaso no tocará preguntarse de dónde emanan tales afectos? No parece descartable suponer que muchos arraiguen en infundadas obstinaciones de sus sujetos, ya sean frutos de dislates familiares o sociales transmitidos de generación en generación. Sería normal asimismo que tales convicciones procedieran de la imposición o del simple contagio de la mayoría. O que se incubaran en otros sentimientos, como el temor a ser condenados a la soledad por atreverse a discrepar de los dogmas dominantes en el grupo. O que se apoyaran en supuestos inventados acerca de su propia nación o comunidad étnica imaginaria, que acostumbra a estar bien lejos de ser la real. Y viniendo a la Cataluña del presente, ¿en cuántas cosas habrán sido engañados por sus gobernantes, propiciando así una arrogante conciencia nacional? ¿Cuánto habrán pesado en ella las décadas de educación escolar a cargo de ese nacionalismo de manual? ¿Alguien supone que la barbaridad moral de la inmersión lingüística no conlleva la transmisión de creencias nacionalistas tenidas por indubitables ?

Además de ser resultado de variables como ésas, las emociones son asimismo causas o motores de la acción privada y pública. Los sentimientos engendran convicciones y deseos que, a su vez, son órdenes de acción. ¿Cómo no habremos de poder (y de deber) enjuiciar la consistencia de tales intenciones individuales o colectivas, las medidas públicas que de ahí se derivan y los derechos que se consagran? Parece claro que el valor de tales emociones deberá medirse entonces por el grado de justicia de la causa política que impulsan, por la singularidad del momento y circunstancia a los que se apliquen.

No es verdad, pues, que cualesquiera sentimientos sean legítimos y dignos de respeto, un absurdo paralelo a la majadería de que todas las opiniones son respetables. Descorazona tener que repetirlo una vez más. Respetable será siempre el sujeto, pero no siempre su sentimiento; mejor dicho, con frecuencia ese sujeto será respetable a pesar de su particular sentimiento. Pues se admitirá que no valen lo mismo el amor que el odio, la admiración que la envidia, la benevolencia que la sed de venganza. Ni es cierto tampoco que la razón práctica deba abstenerse de cuestionar la calidad de los afectos en liza y, llegado el caso, de procurar transformarlos o erradicarlos. ¿Acaso unos sentimientos no conducen a cierta acción política y otros a la contraria? No es menos falso que la razón nada pueda contra ellos, como si no hubiera conexión entre lo que pensamos y lo que sentimos, así como entre lo que sentimos y lo que decidimos hacer. ¿O es que el cambio de convicciones dejará intactas nuestras emociones? En suma, somos responsables de nuestros sentimientos porque somos responsables de cultivar o rechazar las ideas que alientan esos sentimientos y sus consecuencias.

De suerte que el dictamen sobre la justicia o injusticia del ‘procès’ secesionista y la congruencia de las emociones que lo acompañan variarán según las creencias del sujeto. A tal creencia, tal idea de justicia y tales sentimientos nacionales. ¿Cómo superar el relativismo ante las pasiones y opiniones en liza, si no entramos a dilucidar con argumentos qué sea lo fundado o infundado en ellas? No bastará que el sujeto sienta que a su Pueblo le arrebatan su presunto derecho a decidir, porque antes habrá que discutir si goza de tal derecho. Como tampoco bastaba la emoción que hace pocos años un obispo vasco —y nacionalista— predicaba, a saber, “la conciencia cálida de pertenecer al mismo pueblo”. La cierto es que, mientras cultivemos diferentes afectos y aspiraciones nacionales, no somos un mismo pueblo ni sería posible que lo fuéramos. Formamos más bien una sociedad cultural y políticamente plural. Y esa sociedad sólo puede vivir en paz si instaura el pluralismo político y la tolerancia para las diversas ideologías —las tolerables, claro está— de sus miembros.

A una mirada nacionalista el sentimiento de pertenencia a su nación es la pasión política originaria e intocable. Por si alguien lo ignorase, el nacionalismo declara que la política es sobre todo la exaltación de la propia nación y, a fin de cuentas, un combate entre intereses, ideologías y pasiones nacionalistas. ¿Que eso contradice el significado de democracia? Eso lo dirá usted, replicará el fanático, yo estoy en mi derecho de sentir (y pensar) lo que quiera. No querrá usted convencerme. Nada cuenta el peso de las razones ni nada puede la deliberación racional contra la liberación nacional. “El nacionalismo es la indignidad de tener un alma controlada por la geografía”, concluyó el filósofo Santayana. En pocas palabras, para el nacionalista la política se agota en preservar lo propio y levantar fronteras frente al otro. Para el demócrata, en cambio, toda pertenencia individual —ya sea a una etnia, una iglesia o un partido— ha de someterse a la común ciudadanía. Y los únicos sentimientos políticos universalmente respetables serán sólo los nacidos de esa conciencia que nos considera a todos sujetos de iguales derechos, concluye diciendo.