sábado, 4 de octubre de 2025

DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, ME ANIQUILA, DE ALDA MERINI

 









ME ANIQUILA




Hay un movimiento secreto

al cerrarse el corazón

cuando los ángeles guardan silencio

y ocultan su propia sangre,

porque nadie sabe que el ángel

está hecho de nuestra misma materia.

Nadie sabe que la primera gota

caída de las rodillas de Dios

tenía forma de ángel.




ALDA MERINI (1931-2009)

poetisa italiana























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY SÁBADO, 4 DE OCTUBRE DE 2025

 



























viernes, 3 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY VIERNES, 3 DE OCTUBRE DE 2025

 










Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 3 de octubre de 2025. Las cosas fundamentales de la vida no tienen que ver con la utilidad, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy la escritora Esther Peñas. En la segunda, un archivo del blog de agosto de 2018, la columnista del diario belga Le Soir, Béatrice Delvaux, escribía: Regresa el pasado; vuelven el miedo y los fantasmas a una Europa que creíamos de paz y de progreso, pero esta sombría perspectiva no nos autoriza a caer en el inmovilismo. El poema del día, en la tercera, es de la poetisa española Esther Peñas, sí la misma de la primera entrada de hoy, se titula Quien ofrece su corazón, y comienza con estos versos: Quien ofrece su corazón/impregna de ternura a la virtud./Quien impregna de ternura a la virtud/colma de fe al hombre. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt
















DE LAS COSAS FUNDAMENTALES DE LA VIDA

 







Las cosas fundamentales de la vida no tienen que ver con la utilidad, comenta en la revista Ethic [Las cosas fundamentales de la vida no tienen que ver con la utilidad, 29/09/2025] la escritora Esther Peñas.

Acaso los cristales de sus gafas sean tan pequeños como sus ojos. Pizpireto y presto a la conversación, siempre apasionada y trufada de humor, Rob Riemen (Países Bajos, 1962) conversa con Ethic a propósito de su último ensayo, ‘La palabra que vence a la muerte’ (Taurus), un ramillete de historias que recogen cómo enfrentarse a la decadencia moral de nuestra época. Además de ensayista, Riemen dirige Nexus Institute, un foro independiente creado en 1994 para fomentar el debate filosófico y cultural en el ámbito internacional.

Podía haber abordado los asuntos que reúnen estos cuatro cuentos como un ensayo; sin embargo, ha preferido el relato, la historia. ¿Tiene que ver con reivindicar la transmisión oral que había antes, en la que los cuentos que nos contaban nuestros padres, de alguna manera, nos preparan para el mundo?

Sí. Sí, así es. Está muy bien visto. Cuando uno escribe un libro es porque quiere comunicar algo, compartir algo con otro. A los académicos no les interesa comunicar nada a la gente en general, solo saben hablar de temas especializados, con su lenguaje engolado, sus notas a pie de página… además, les da igual lo que publiquen los demás si no les citan. Así que decidí que el género del relato era el más apropiado para lo que quería contar, porque es más fácil de articular, más amable en su lectura; no quería hacer un libro sesudo. Me limité a escribir lo que Clío que me dictaba.

¿Así que fue la musa de la Historia quien le dictó este libro…?

Sí, qué suerte la mía, ¿verdad?

Uno de los conceptos que aparecen en el libro es el de «falsa grandeza». ¿Cómo se la reconoce?, porque el hecho de que haya desplazado a la verdadera, según apunta, significa que al menos no es tan evidente su engaño…

Pensemos en determinados pensamientos u obras de Thomas Mann o Thomas Bernhard, por ejemplo, en ellos vemos que la grandeza es la expresión solo de unos cuantos, pero ahora la grandeza está basada en la cantidad, en la mayor cantidad de algo, en lugar de la calidad, en vez de ser expresión de valores espirituales: verdad, bondad y belleza. La grandeza de la pintura de Velázquez es muy distinta a la «grandeza» de Trump; pasar una noche con cualquier enfermo, en el hospital o en su casa, es una grandeza distinta a la «grandeza» del hombre más rico del mundo. ¿Por qué ahora fascina tanto la «grandeza» de Elon Musk? Porque es el hombre más rico del mundo. Estamos obsesionados con esa grandeza, una grandeza falsa porque no tiene sustancia ni calidad, solo es cantidad, apunta a un tipo de poder que es efímero, que no permanecerá, a diferencia de la música de Bach, por ejemplo.

Pensaba en su primer libro, Nobleza de espíritu. ¿Nobleza y grandeza sin sinónimos?

¿Has leído ese libro? Caramba, no creo que muchos de mis compatriotas puedan decir lo mismo… Sí, son sinónimos, no se da la una sin la otra.

¿De qué depende que cuando todo está en nuestra contra, cuando uno está en medio del horror (y hay mucho horror retransmitiéndose en directo en nuestros días) se escoja la dignidad?

Tenemos libertad para hacer con nuestra vida lo que consideremos mejor. Siempre hay alternativa. Cada uno puede hacer algo distinto, dentro de sus posibilidades. Como no estamos en un estado totalitario, al menos todavía, todos y cada uno podemos elegir hacer las cosas de otra forma, decidir hacer las cosas de otro modo. Por ejemplo, Ethic, su revista, demuestra que las cosas, en este caso el periodismo, se pueden hacer de otra forma, apostando por el humanismo. En la biografía que escribí sobre Orwell, cuento cómo él, después de haber leído a Thomas Bernhard, se dio cuenta de que incluso en un contexto hostil, uno puede mantener la dignidad, como se ve en 1984. No es fácil, porque, como sucede ahora, nos hacen creer que no se puede hacer nada, y nos dejamos llevar por la inercia. Pero uno puede mantener su dignidad, actuar bien, no pensando en su beneficio, sino en el bien común. Por eso las Musas son importantes, tanto como la lengua, la literatura, que nos permiten conocer un mundo diferente y nos animan a apostar por la dignidad. Los utópicos de hoy son los realistas de mañana, esto ya se sabe. No hay que dejarse impresionar ni deprimir por lo que ocurre a nuestro alrededor. Actuar correctamente, cada uno en su parcela, es ya todo un triunfo.

Uno de los asuntos que aparecen en estos cuentos es la esclavitud de las pantallas, que recuerda mucho a ese concepto de La Boetiè, «servidumbre voluntaria»…

Sí, pero es que olvidamos que uno puede no estar conectado permanentemente… Se puede vivir sin X, sin Facebook, sin mirar esas estupideces de TikTok. Ya sabemos que las pantallas actúan como la droga, lo sabemos, pero seguimos drogándonos… Y lo peor, ¡esa droga se la damos a los niños! Somos libres, insisto, para cambiar el mundo, por ejemplo, con el uso de las pantallas, pero no solo hay que creérselo, hay que actuar en consecuencia.

De alguna manera también reflexiona a través de sus personajes en cómo lo sucedáneo ha ocupado el lugar que antes tenían las virtudes, el bien común. Esto, como apuntaba uno de sus maestros, Steiner, en Nostalgia del absoluto, ¿tiene que ver con la pérdida de lo sagrado?

Totalmente. Sin duda, el primero que lo descubrió fue Nietzsche, que sin las leyes de lo sagrado se acaba en el nihilismo, y el mundo entonces estará dirigido por el poder. ¿Cuáles son los valores en ese mundo? Los económicos, no hay otros. Como está sucediendo cada vez más hoy en día. En Países Bajos no puedo decir que estudié Teología, porque me mirarían mal, en concreto en Holanda, porque la religión holandesa es el ateísmo. Por eso mis libros son poco populares allí.

Es curioso que se hable tanto de «valores», que al fin y al cabo son términos bursátiles, en vez de «virtudes».

Por supuesto, es terrible, pero hoy en día pareciera que todo está relacionado con valores de mercado, que sea el mercado quien decida todo, hasta el tipo de educación, y el mercado, no lo olvidemos, se basa en cosas utilitaristas y materiales, tiene sus propias leyes. No hay que olvidar que los seres humanos no somos un valor de mercado, somos algo, pero si nos dejamos convertir en un valor de mercado, a través de esa servidumbre que mencionabas, nos convertimos en esclavos, nos pueden vender y comprar. Esta situación tiene que ver con muchas cosas, por supuesto con la pérdida de lo sagrado, pero la pérdida de valores a su vez está relacionada con la devaluación del lenguaje, con el hecho de que las palabras están vacías, ya no significan nada. Han perdido su valor simbólico. La ópera inacabada de Moisés y Aarón, de Arnold Schoenberg, termina con un grito de desesperación de Moisés, pidiendo la palabra, la palabra salvífica, que está, a su vez, relacionado con el título de mi libro, La palabra que vence a la muerte, al tiempo que se une con el comienzo del Evangelio de San Juan. Steiner, en su ensayo Gramática del silencio, habla de que hemos perdido la capacidad de hablar con palabras que tengan sentido y significado, están vacías, estamos en la era de los talk show, del bla, bla, bla constante, al igual que hacen los políticos y nosotros igual. Los que mejor comprenden esto son los poetas, por eso cuidan la palabra. En mi libro El arte de ser humanos hablo de esto, de cómo podemos recuperar el significado de las palabras y lo sagrado sin caer en la trampa del fundamentalismo.

Digamos que el libro tiene tres patas, como los trébedes: la dignidad, la justicia y la belleza. Me detengo en esta última porque acaso es la más inútil de las tres (inútil en tanto que antiutilitaria, inútil a la manera que usted lo entiende, como lo entendía Nuccio Ordine). ¿Por qué es tan necesaria?

Porque es inútil, tú lo has dicho, no es broma. ¿Qué utilidad tiene el amor? ¿Qué valor de cambio tiene la mujer o el hombre a quien amamos? Ninguna. Las cosas fundamentales de la vida no son útiles, no tienen que ver con la utilidad. Pensemos en lo que da sentido a nuestra vida, la amistad, por ejemplo. En el momento en que se vuelve instrumental, pierde su valor inherente y se convierte en una herramienta.

Pienso en ese prisionero chino de su libro, que lee mientras espera la muerte (cuentan que Sócrates aprendió a tocar el aulós, una pequeña flauta, haciendo tiempo antes de morir). Y me parece que algo similar, pero perverso, hacemos nosotros mientras son otros los que mueren…

Hay un gran libro de Alberto Moravia, La indiferencia, en el que cuenta que la indiferencia es la esencia del espíritu fascista. La tragedia de Israel se basa en la indiferencia que ha tenido que soportar desde hace dos mil años; no habríamos llegado donde estamos si no hubieran formado parte de nuestra cultura el antisemitismo, los prógromos, los guetos, la Inquisición… todo lo que acabó en aquel terrible holocausto. Europa podía haber bombardeado las vías de los trenes que conducían a los judíos a los campos de exterminio. No lo hizo. Y ahora Israel está copiando y haciendo todo lo que les ocurrió a ellos, y Stephen Miller, desde la Casa Banca, está haciendo lo mismo que hacían las SS con las deportaciones. Nuestra civilización se ha convertido en el culmen del mal y las tinieblas. Los hombres podemos crear belleza o destrucción, en la capacidad de lo humano existen ambas cosas, lo mejor y lo peor, uno no existe completamente malvado (bueno, no estoy seguro), ni completamente bueno, somos una mezcla y depende de nuestra valentía hacer lo correcto, el bien. Pensemos en la gente corriente, cuando hace alguna acción realmente buena, heroica. Si les preguntamos por qué actuaron así, suelen responder «he hecho lo correcto». No hay que perder la fe. Lo apocalíptico de nuestro tiempo tendrá un fin. Hay gente como Mike Pence que, a pesar de ser republicano, hizo lo correcto durante el asalto al Capitolio. Podemos imaginar las presiones que tuvo, pero decidió no apoyar a Trump. Hizo lo correcto. Mantuvo la dignidad.

Una última curiosidad, ¿por qué lleva dos relojes, uno en cada muñeca? ¿Es casual que el analógico esté en la izquierda y el digital en la derecha?

Qué cosas, solo las mujeres os fijáis en esto. Es extraño… de acuerdo: crecí en una familia humilde y católica, mi padre era un dirigente sindicalista, éramos seis hermanos, nunca tuvimos mucho dinero así que si uno quería algo tenía que trabajar. Con 11 años empecé a repartir periódicos muy temprano, y fui ahorrando hasta juntar 85 florines (unos 40 euros), y el 1 de diciembre de 1974 me compré este reloj, analógico, que me recuerda de dónde vengo. Siempre me acompañará. El digital es solo un reloj casi adorno que me dice cosas innecesarias, cómo duermo, cuántos pasos doy… lo reemplazaré cada tanto porque es meramente utilitario. Esther Peñas  es periodista y escritora. Ha publicado varios poemarios, novelas, ensayos y libros de entrevistas.












DEL ARCHIVO DEL BLOG. VUELVEN EL MIEDO Y LOS FANTASMAS. PUBLICADO EL 04/08/2018

 







Regresa el pasado. Vuelven el miedo y los fantasmas a una Europa que creíamos de paz y de progreso, pero esta sombría perspectiva no nos autoriza a caer en el inmovilismo, escribía hace unos días en El País la columnista del diario belga "Le Soir" Béatrice Delvaux. 

Se han vuelto a ver, como todos los años, a principios de este verano de 2018, comenzaba diciendo. Hace 10 años que se reúnen en este pequeño pueblo italiano, unidos por su admiración hacia Leopold Unger, alias Pol Mathil, el gran periodista polaco, hoy fallecido. Siempre los acoge la misma villa de vigas descubiertas. Siempre toman el ristretto matutino en el mismo café. Cada año siguen el mismo ritual: ríen, leen, beben vodka. En este rincón aislado en el que tantas veces han arreglado el mundo y la prensa, hoy se sienten desolados, testigos y actores impotentes de cómo está cambiando todo. Son belgas, polacos, alemanes, y contemplan, incrédulos, su paisaje europeo: la Italia de Salvini, la Polonia de Kaczynski, la Alemania de Merkel, que no ha podido contener el avance de AfD. Y Bélgica, que acoge a una Europa que amenaza con estallar bajo los efectos de la crisis llamada migratoria y que es un país dividido, ya no por las identidades, sino por su política de asilo. Algunos de ellos sienten que están viendo el resurgir de un pasado terrible y el aterrador fracaso del “nunca más” que habían prometido a sus hijos. Ellos, cuyas madres sobrevivieron a los campos de concentración, ya no se sienten capaces de seguir haciendo esa promesa.

¿Es el regreso de los fascismos? Parecía un fenómeno “manejable” e incluso “comprensible” mientras se trató solo de Hungría y Polonia. Pero ahora han llegado a Alemania e Italia, y en Francia solo lo ha evitado un hombre, Emmanuel Macron. Luchan y se manifiestan, pero ya no saben qué hacer para despertar a Europa ni cómo impedir que estos mensajes simplistas y egoístas vuelvan a seducir cada vez a más gente. “El populismo no tiene final feliz”: esta frase debería difundirse entre los que se rinden a él. El periodista belga Jean-Paul Marthoz, columnista en Le Soir, escribe: “Esa es, sin duda, la principal lección de la historia: el populismo nunca ha tenido un final feliz, ya sea de derechas o de izquierdas. El populismo, a veces, empieza como una farsa, un atronador vaffanculo (¡a la mierda!), pero siempre termina en desastre o tragedia”.

Marthoz recuerda un episodio de los años treinta, un periodo en el que, como hoy, el mundo se enfrentó a una encrucijada y todos se vieron obligados a escoger bando. El 3 de octubre de 1931, un joven refugiado italiano, Lauro de Bosis, huyó de Marsella a Roma a los mandos de un Pegasus. Desde su avioneta arrojó sobre la capital italiana 400.000 panfletos antifascistas y luego se hundió en el mar. Unos días después, Le Soir publicó seis páginas tituladas “La historia de mi muerte”, escritas por el joven (The New York Times lo publicó meses más tarde). En ellas explicaba su gesto: “Desembarcaremos para llevar un mensaje de libertad a un pueblo de esclavos del mar. Da igual la metáfora, vamos a Roma a propagar desde el cielo las palabras de libertad que, desde hace siete años, están prohibidas. Porque, si estuvieran permitidas, borrarían la tiranía fascista en unas cuantas horas”. Pero, añadía, “nadie se toma en serio el peligro del fascismo. Por eso es necesario morir. Espero que otros me sigan y consigan agitar la opinión pública. A mí no me queda sino transmitir el texto de mis mensajes”.

La misión suicida había sido posible gracias a Auguste D’Arsac, redactor jefe de Le Soir, que financió el vuelo. En octubre de 1931, el Duce se enfureció cuando se enteró de la hazaña de su joven compatriota, que había puesto en ridículo a la fuerza aérea. Pero nadie más se indignó: “Las semillas arrojadas por Lauro de Bosis desaparecieron en la embriaguez del fascismo triunfante. A principios de los años treinta, los trenes por fin eran puntuales, la malaria estaba desapareciendo de las marismas de Roma, la Mafia siciliana no se metía en líos...”.

¿Cuál es el paralelismo con el presente? Basta observar a esa gente que vuelve a escuchar los cantos de sirena de las frustraciones, las exasperaciones e incluso los odios. ¿No hay alternativa? “No veo ninguna”, afirmaba recientemente el excomisario europeo y ex primer ministro italiano Romano Prodi. Ahora bien, esta sombría perspectiva no nos autoriza a caer en el inmovilismo, sino que, al contrario, el dilema de estar junto a los esclavos del mar o junto a los que arrojan panfletos.

















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, QUIEN OFRECE SU CORAZÓN, DE ESTHER PEÑAS

 







QUIEN OFRECE SU CORAZÓN



Quien ofrece su corazón
impregna de ternura a la virtud.
Quien impregna de ternura a la virtud
colma de fe al hombre.
Quien colma de fe al hombre
prende la esperanza.
Tú eres mi oración en instinto.
Ante el miedo,
rezo tu recuerdo desgranando salmos
pequeños,
como minúsculas sacudidas de convicciones.
Tú me llenarás de círculos…
Jurar, que es un creer embrutecido,
se angosta para comprometerte
y, sin embargo, todo en ti es límpido.
Tu desprendes el incienso para el culto.



ESTHER PEÑAS (1975)

poetisa española


 












DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY VIERNES, 3 DE OCTUBRE DE 2025

 






























jueves, 2 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY JUEVES, 2 DE OCTUBRE DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 2 de octubre de 2025. La belleza no cotiza en el mundo actual pero Robert Redford y Claudia Cardinale lo fueron por dentro y por fuera, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy el cineasta David Trueba. En la segunda, un archivo del blog de diciembre de 2012, hablaba de su pasión por Hannah Arendt y reproducía el prólogo de Fernando Savater a su obra La condición humana. El poema del día, en la tercera, se titula Ensimismamiento, es de la filósofa Hannah Arendt, y comienza con estos versos: Cuando contemplo mi mano/—una cosa ajena pero emparentada conmigo—/de pronto no estoy en ningún país,/no quedo sujeta a ningún aquí ni a ningún ahora,/ni quedo ligada a ningún qué. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt












DEL DÉFICIT

 







La belleza no cotiza en el mundo actual pero Robert Redford y Claudia Cardinale lo fueron por dentro y por fuera, escribe en El País [El déficit, 30/09/2025] el cineasta David Trueba. Aunque a veces lo ignoremos, la búsqueda de la belleza, en lo que tiene de armonía, es un motor del mundo. Lo malo es que la belleza no cotiza en los mercados, como lo hace el petróleo, el oro o las acciones de las grandes empresas. Nos ha tocado vivir un momento en el que algunos de los liderazgos más importantes tanto en lo político como en lo social en lugar de traer algo de belleza al mundo están empeñados en ensuciarlo y vulgarizarlo, subidos a una ola salvaje en la que el resentimiento de unos contra los otros resulta ser la emoción más rentable de agitar. Al ver morir, casi simultáneamente, a dos personas como Robert Redford y Claudia Cardinale es normal que nos asalte una preocupación: ¿cómo vamos a compensar este déficit de belleza en el mundo? Porque Redford no solo fue ese rubio ideal con la raya del pelo al lado de los zurdos y una mirada pausada y entre irónica y civilizada, sino también un señor que se preguntó a menudo por las desigualdades sociales y las enmiendas al progreso.

Una vez fui invitado a su festival de Sundance entre las nieves de Utah para presentar una película que habíamos rodado íntegramente en un cuarto de baño de Madrid durante doce días. El actor y director norteamericano estaba empeñado en que las grandes corporaciones de Hollywood no fueran los únicos diseñadores de cómo había de ser el cine. El sello de cine independiente norteamericano taponó la llegada a ese mercado del cine extranjero. Ya poco celebró, como había celebrado dos décadas antes, nombres ajenos como Kurosawa, Fellini o Truffaut. Las grandes corporaciones crearon y adquirieron los sellos mal llamados indies para acabar por dominar todas las esquinas de la exhibición en aquel país. Harvey Weinstein fue el epítome de esa prepotencia disfrazada de alternativa, con su dominio escandaloso de los premios Oscar y los Globos de Oro. En el festival de Sundance se citaba un público especial, muchos se tomaban una semana de vacaciones para venir a ver películas que no se parecieran a las que poblaban las pantallas de los centros comerciales de los suburbios en que vivían. Incluso se utilizaba una sinagoga como sala de proyección donde al acabar se tomaba un vino y se discutía la película. Me regalaron un anorak para los días de frío que aún conservo y que me hace acordar con cariño del protagonista de Las aventuras de Jeremiah Johnson y El valle del fugitivo. Un tipo que fue guapo por dentro y por fuera.

A Claudia Cardinale la conocí en persona gracias a mi hermano Fernando, que le dio un papel en una de sus películas. Era ya una anciana, pero alegre e inteligente como esas presencias que embellecen el rincón que ocupan. Esa es una de las mejores contribuciones al planeta. Era dueña de una impresionante belleza, Ocho y medio o El gatopardo sirven de muestra. Una brutal biografía de emigrante, con un hijo fruto de una violación a los 17 que presentó durante años como su hermano pequeño, le daba autoridad para ser una voz feminista y comprometida. Hay relevos para sus figuras en el cine, pero costará igualar su significación, su afán de mejora, su generosidad tras alcanzar el éxito y su empeño porque el mundo fuera un poco menos abominable. Si fuéramos una especie seria, nuestros suplementos económicos y nuestras cabeceras de noticias llevarían una semana preguntándose por cómo vamos a compensar este déficit. Tanta horterada cruel precisa de un contraste hermoso que la ponga en evidencia. David Trueba es escritor y director de cine.
















DEL ARCHIVO DEL BLOG. REIVINDICACIÓN DE HANNAH ARENDT. PUBLICADO EL 13/12/2012

 









Traer a Hannah Arendt a este blog no necesita justificación alguna. Si acaso, el cumplimiento del deseo ya anunciado hace unos días de dedicarle una atención especial en el transcurso de este mes de diciembre en que se cumplen los treinta y siete años de su fallecimiento.

El título de la entrada de hoy tiene su razón de ser en las brevísimas páginas que el filósofo y ensayista Fernando Savater le dedica en la presentación de la edición de su, quizá, obra más emblemática, La condición humana, en la colección Ensayo Contemporáneo del Círculo de Lectores, que ya comenté en una entrada anterior. Páginas, apenas un par, no por breves menos admirativas hacia su persona y su obra, y que reproduzco más abajo. 

Dice en ellas nuestro filósofo que la elección de Hannah Arendt y su libro La condición humana para inagurar la colección de ensayo contemporáne no significa menosprecio alguno hacia la obra de otras mujeres como Virginia Wolf o Simone de Beauvoir, sino al deseo de potenciar obras que no versaran propiamente sobre la propia condición femenina.

A Hannah Arendt, dice, le debemos la reflexión filosófica sobre la política más genuina de este siglo. Reflexión llena de originalidad inspiradora, incluso para quienes menos comparten sus análisis, ya que su filosofía política no aspira al final de la política sino a su esclarecimiento y prolongación. Arendt, dice más tarde, permanece siempre entusiástica y lúcidamente fiel a la política como actividad, porque para ella, añade, hacer política es también hacer humanidad. Les dejo con Savater:

Pregunten a cualquier persona de instrucción media o alta, aunque sin especiales conocimientos de historia política, cuándo conquistaron las mujeres efectivamente su derecho a votar en nuestras democracias europeas. El noventa por ciento responderá que fue a mediados del siglo pasado, todo lo más en su última década. Y se sorprenderán al saber que el primer país en incorporar tal derecho (¡cómo tantos otros!), Inglaterra, no lo hizo hasta bien avanzado el siglo XX. Aún viven entre nosotros muchas personas que nacieron antes de lo que hoy se considera un requisito básico de cualquier democracia mínimamente decente. Recordémoslo antes de indignarnos virtuosamente contra los intolerables abusos machistas de ciertos países islámicos o del Oriente profundo...

En el plano de la educación superior, la docencia universitaria o la creación intelectual, la "novedad" que representa la plena aceptación de mujeres -¡allí donde afortunadamente se da!- en tales desempeños no es mucho menor. Lo que hoy es cuestión de sentido común era común sinsentido hace poquísimo. Disculpemos pues, cuando los haya, los excesos de énfasis de las feministas y no perdamos la perspectiva histórica que sirve para sustentar la vigilancia antidiscriminatoria. No se trata de "corrección política", sino de mera precisión cultural y equidad humana.

Estos precedentes explican en parte la escasez de ensayos firmados por mujeres en esta colección. En tal penuria interviene también otro factor: la más pronta y destacada incorporación femenina a la creación propiamente literaria que a la producción ensayística. Los casos indiscutibles de Jane Austen, George Sand, Emily Bronte, Emily Dickinson, etcétera, tardan más en aparecer -a mi juicio- en el campo del ensayo, pese a excelentes pioneras como Mary Wollonescraft y alguna otra. Aunque quizá sea cuestión de ir recuperando lo hasta ahora sectariamente minusvalorado. En nuestro siglo, los más obvios ensayos escritos por mujeres candidatos a selección creo que serían Una habitación propia de Virginia Wolf y sobre todo El segundo sexo de Simone de Beauvoir. Si hemos preferido otros de Hannah Arendt o María Zambrano no ha sido por menosprecio de la calidad de los anteriores, sino por potenciar obras que no versaran prioritariamente sobre la condición femenina. Una de las formas más habituales -y sutiles- del menosprecio cultural es reconocer a los miembros de un grupo hasta hace poco discriminado solamente la capacidad de teorizar sobre sí mismos, pero no sobre lo común a todos o lo universal. Por eso me ha parecido digno de la más elemental justicia poética -¡y filosófica!- empezar aquí por la inclusión de un libro espléndido significativamente titulado La condición humana. 

A Hannah Arendt le debemos la reflexión filosófica sobre política más genuina de este siglo. Digo "genuina", no simplemente acertada o sugerente. Por supuesto, su gran libro sobre los orígenes del fenómeno totalitario, su comparación entre la revolución americana y la francesa a la luz de las libertades públicas, sus esbozos sobre la violencia o sobre la crisis de la educación, están siempre llenos de originalidad inspiradora incluso para quienes menos comparten su análisis (¡con la posible excepción de sir Isaiah Berlin, que siempre le tuvo una ojeriza teórica sin desmayo!). Pero su filosofía política es genuina porque no aspira al final de la política, sino a su esclarecimiento y prolongación.

Me explico: el filósofo que se dedica a la epistemología no ansía llegar a una visión del conocimiento capaz de cancelar su progreso ulterior, ni el que piensa sobre moral pretende que llegue el momento feliz en que la moral sea cosa del bárbaro pasado... ¡aunque fuese gracias a la victoria definitiva del Bien! Pero el noventa por ciento de los filósofos políticos parecen considerar que la actividad política misma, su agitación, sus constantes cambios de proyecto o ideal, etcétera, son algo a erradicar cuanto antes. El ejercicio contradictorio de la política (necesariamente contrtadictorio, porque si no faltaría la libertad que lo hace posible) proviene para ellos de ambiciones, caprichos o accidentes igualmente detestables. De ahí su empeño por promulgar el "final de la historia" o la "utopía", objetivos simétricos aunque el primero sea conservador y el segundo, supuestamente revolucionario. En ambos casos (y en otros adyacentes, aunque menos graves) se da a entender que la culminación de la política llegará cuando ya no sea necesario hacer política.

Por el contrario, Arendt permanece siempre estusiástica y lúcidamente fiel a la política como actividad. Y la vincula en cuanto tal a la concepción de la vida humana como algo más que la acumulación de labores reproductivas o fabricación de objetos. Para ella, creo que acertadamente, hacer política es también hacer humanidad. Desde el punto de vista genérico de esta colección, La condición humana es particularmente interesante porque muestra las posibilidades del ensayo para abordar de una manera casi "aérea" perspectivas amplísimas que un tratadista minucioso no lograría agotar satisfactoriamente salvo que perpetrase toda una biblioteca de agobiantes volúmenes. Y desde luego porque en este caso el resultado de tal perspectiva sintetizadora merece realmente la pena. Y sean felices, por favor. A pesar del desgobierno que padecemos. Tamaragua, amigos. HArendt