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jueves, 5 de diciembre de 2019

[A VUELAPLUMA] Una dosis de jabón





"A veces, cuando en la vida no se consigue el producto ­adecuado para lavar según qué, una ­drástica opción es echarlo al fuego y renovarse", comenta en el A vuelapluma de hoy la escritora Flavia Company. 

"En el hotel hay lavadora y secadora -comienza diciendo Flavia Company-. Es una de las máximas felicidades para quienes viajamos con mochila. Aprovecho que hoy llueve para quedarme a trabajar en la habitación y, al mediodía, bajo a recepción a preguntar por los detalles. Escollo: no hay jabón. ¿Cómo que no? Se nos ha acabado. Puedes ir a comprar al Fiesta –el gran supermercado de nombre prometedor que hay cruzada la carretera–.

Llueve, como he dicho, pero la colada se lo merece. Me meto en el chubasquero y, para empezar, siento que arriesgo la vida cuando me veo en la necesidad de cruzar la ruta de doble sentido sin aceras ni pasos de peatones. Llego a las inmediaciones de la gran superficie y recuerdo la novela de A.M. Homes Este libro te salvará la vida y a su protagonista, atropellado en una de esas zonas de aparcamiento, quien, tras el accidente, recibe una sarta de insultos de quien conducía, porque a quién se le ocurre caminar, a estos sitios se llega en coche.

No tienen en el Fiesta dosis de deter­gente individuales o al menos pequeñas. Aprovecho para cambiar la pantalla protectora del móvil, que se me quebró hace unos días, y, en el camino de regreso, paro a comer en un restaurante típico de Texas en el que se ofrece la habitual barbacoa, que no elijo pero que me lleva hasta otra novela de A.M. Homes que me entusiasma. Se trata de Música para corazones incendiados , con uno de los mejores pri­meros capítulos que le conozco a la lite­ratura, en el que un matrimonio de hombre y mujer, mediana edad, dos hijos, acaban de despedir a los invitados de ese domingo y se dirigen a la cocina a lavar los platos. Rascando la grasa que ha quedado en cubiertos y vajilla, se dan cuenta de que no pueden más con esa vida de tedio, ­deudas, incomunicación y mediocridad. Un pacto silencioso los lleva de nuevo al jardín. Acercan la barbacoa a la pared de la casa y le prenden fuego, tanto fuego como pueden. Es de noche. Sacan a los hijos de sus camas, los suben al coche y empiezan a alejarse. La casa está ardiendo, la ven por el retrovisor. Van a un hotel. Y regresando yo al mío he pensado que a veces, cuando en la vida no se consigue el producto ­adecuado para lavar según qué, una ­drástica opción es echarlo al fuego y renovarse. Pero entonces he llegado y en re­cepción me ­esperaban con un regalo: una dosis de ­jabón".


A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. 






La reproducción de artículos firmados en este blog no implica compartir su contenido. Sí, en todo caso, su  interés. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt







HArendt




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La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

lunes, 7 de octubre de 2019

[A VUELAPLUMA] Diario de mudanzas



Dibujo de Anna Parini


Estar de mudanza, comenta la escritora Joana Bonet, es darte cuenta de que repites a menudo la misma cantinela de tu madre: “Apaga la luz, por favor”. No perdonar el café con leche de las 9, la cocacola de las 19 ni la copa de vino de las 21. Convertir las horas y los estimulantes en liturgias líquidas. Empezar a andar en calcetines por casa, incluso para recibir al mensajero.

Deshacerte de medio armario, hasta de prendas históricas: ya no las necesitas para recordar. Empezar a sumar los minutos que pierdes cada día buscando objetos que depositas vete a saber dónde mientras piensas en otras cosas.

Pasar de celebrar los cumpleaños a considerarlos algo bastante desagradable, hasta que dejan de importarte y valoras la suerte de seguir viva. Dimitir de querer estar al día en música, sobre todo si tu nivel de inglés no es elevado. Huir de experimentaciones cuando quieres quedar bien. Dejar de querer quedar bien. Ante una avería –o catástrofe– doméstica, no preocuparse, llamar al seguro, y pedir la cena por teléfono.

Quedarte embobada con los niños pequeños, admirar sus evoluciones, sus preguntas, cómo les mueve el instinto de ­supervivencia, cuánto es de libre su imaginación.

Atreverte a chistar sin demasiado apuro a quien habla por teléfono en el vagón de silencio del AVE. El silencio y el tiempo propio han acabado siendo las mejores drogas.

Recordar que la dignidad humana también incluye que nadie merece sentarse, en un restaurante o en un acto, à côté de la toilette . Probar todas las leches vegetales, y volver a la de vaca sin lactosa. No comer carne roja, ni azúcar, ni… Ahora, ateos gastronómicos, ¿cómo podéis prescindir del pan y el vino?

Mirar por la ventana, enchufarte a Blue world de Coltrane o a un libraco de Thomas Hardy, y disfrutar del tiempo que pasa contigo dentro de él.

Olvidarte del dicho vulgar “a cierta edad, decide: cara o culo”. No debe despreciarse ninguno de los dos. Tampoco hay que pesarse cada día, ni cada mes. No tener que dar cuentas a una báscula de tu frustración. Anestesiarte, tu sabrás cómo: correr, meditar, ver series, practicar sexo, coleccionar, comprar...

Viajar sin joyas, libros fetiche, cuadernos manuscritos ni nada que no quieras perder.Saludar por su nombre a aquellos que te cruzas a diario y que limpian, man­tienen o protegen el lugar donde trabajas.

Revisar los asientos y el suelo antes de cerrar la puerta de un taxi. Puede que halles uno de tus pequeños tesoros, incluso tus llaves.

Andar. No por la grasa, ni por el colesterol. Andar y pensar, o mirar. Andar para redimirse , y engancharte a la app que cuenta los pasos porque no eres perfecta.

Aceptar tu soledad animal, a pesar de tener una familia maravillosa.






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