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lunes, 18 de noviembre de 2019

[HISTORIA] Nostalgia de un imperio



Mapa del imperio austro-húngaro en 1914


"Nací en 1881 en un imperio grande y poderoso, la monarquía de los Habsburgo –escribió Stefan Zweig en el prefacio de sus memorias, El mundo de ayer –; pero no se molesten en buscarlo en el mapa: ha sido borrado sin dejar rastro”. 

Lo comentaba el escritor Lluís Uría hace unos días en el diario barcelonés La Vanguardia: "Abrumado por la furia suicida de Europa, -comienza diciendo Uría- que por segunda vez en el siglo XX dirigía el continente hacia la destrucción, el escritor austriaco lamentaba la pérdida de un mundo basado en la razón y la tolerancia, y añoraba la Austria culta, cosmopolita, abierta y plural, arruinada por las guerras mundiales y condenada en aquel momento –finales de los años treinta, principios de los cuarenta– a convertirse bajo la bota de Hitler en una provincia alemana: “Sólo las décadas venideras demostrarán el crimen cometido contra Viena con el intento de nacionalizar y provincializar esta ciudad, cuyo sentido y cultura consistían precisamente en el encuentro de elementos de lo más heterogéneo, en su supranacionalidad”. Un siglo después de la caída y desmembramiento del imperio austro-húngaro –el pasado 10 de septiembre se cumplieron cien años de la firma del tratado de Saint-Germain-en-Laye entre Austria y las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial, que certificó su fenecimiento–, algunos estudiosos valoran el legado de la monarquía de los Habsburgo, cuya evolución a finales del siglo XIX ven como un ejemplo de Estado multinacional moderno, alejado del mito de la “prisión de naciones” con el que fue calificado al término de la Gran Guerra. Los historiadores Paul Miller-Melamed y Claire Morelon, autores de un artículo reciente publicado en The New York Times con el título Lo que el imperio de los Habsburgo hizo bien , presentan la monarquía multinacional austriaca casi como un antecedente de la Unión Europea: en sus vastos territorios –que incluían Austria, Hungría, Chequia, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, buena parte de Polonia y Rumanía, y porciones de Italia y Ucrania–, no había fronteras interiores, funcionaba una moneda única, había 11 lenguas reconocidas oficialmente, se permitía la libertad de expresión y de religión, y todos los ciudadanos eran iguales ante la ley. No se trataba, desde luego, de un Estado democrático, pero sí era más abierto y tolerante que los imperios vecinos, el alemán y el ruso. Para Paul Miller-Melamed y Claire Morelon, la monarquía de los Habsburgo demostró que “un Estado multinacional no está necesariamente condenado al fracaso” y que “el Estado-nación no es la única forma natural de organización política”. ¿Hasta qué punto el modelo de los Habsburgo fue una apuesta política consciente o resultado de las contingencias históricas? El escritor italiano Claudio Magris, nacido en una antigua posesión austro-húngara, Trieste, y autor de un formidable libro histórico y cultural sobre las tierras del viejo imperio – El Danubio –, sostiene que la inclinación de Viena por la construcción de la denominada Mitteleuropa , fue consecuencia de su impotencia a la hora de disputar a Berlín la hegemonía del mundo germánico. “Incapaz de llevar a cabo la unificación alemana, a cuya cabeza se sitúa Prusia, la Austria de los Habsburgo busca una nueva misión y una nueva identidad en el imperio supernacional, crisol de pueblos y de culturas”, escribe Magris. El Danubio se acabaría erigiendo en símbolo de cruce y de mezcla, en contraposición al Rin, “místico guardián de la pureza de la estirpe”. Quien más quien menos reconoce la originalidad del modelo supranacional austriaco, pero no todo el mundo comparte el mismo entusiasmo. En un trabajo realizado en 1997 para el Center for Austrian Studies of Minnesota –y publicado en el 2009 on line por Cambridge University Press–, el desaparecido historiador norteamericano Solomon Wank, uno de los mayores expertos mundiales en el imperio austro-húngaro, constataba ya en aquel momento –dos décadas atrás– la existencia de una cierta “ola de nostalgia” historiográfica hacia lo que representó la monarquía de los Habsburgo, que compartía sólo parcialmente. Wank reconocía de buena gana los avances que el imperio introdujo a nivel económico y social, pero –por más que consideraba también contingente la organización del Estado-nación, modelo que según decía “no durará siempre”– veía serias disfunciones en la estructura austro-húngara. El modelo presentaba claros desequilibrios. Fruto del llamado Compromiso de 1867, por el cual se reconocieron como iguales las entidades nacionales austriaca y húngara, el imperio otorgó un segundo rango al resto de nacionalidades y nunca llegó a adoptar la forma federal e igualitaria que reivindicaba en 1848 el líder nacionalista checo Francis Palacký. A juicio de Solomon Wank, las sucesivas concesiones descentralizadoras realizadas por los Habsburgo –que no dejaban de verse a sí mismos como una dinastía alemana– perseguían solamente salvaguardar la continuidad de su monarquía y no hicieron sino acrecentar las pulsiones nacionalistas en el seno del imperio. “La cuestión de cómo purgar el nacionalismo de Europa central y del este de sus agresivas y destructivas tendencias y crear una estructura política multinacional –razonaba Wonk– sigue abierta. (...) Quizá la solución radica en una Europa comunitaria ampliada”. Eso escribía en 1997. Austria había ingresado en la UE apenas dos años antes, y el resto de países del viejo imperio, aún tardarían bastante: Chequia, Eslovaquia, Eslovenia y Polonia entrarían en el 2004; Rumanía en el 2007; Croacia en el 2013... No deja de ser irónico que el nacionalismo de los antiguos países del viejo imperio, lejos de haberse curado en la Europa unida, no ha hecho más que exacerbarse, hasta el punto de que son precisamente ellos –reunidos en el Grupo de Visegrado– los que amenazan hoy más directa y gravemente los principios y la cohesión de la UE". 



La diosa Clío, musa de la Historia



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sábado, 26 de octubre de 2019

[A VUELAPLUMA] Halle: vergüenza y náusea


Dibujo de Eulogia Merle para El País


A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de las autoras, sobre todo autoras -algo que estoy seguro habrán advertidos los asiduos lectores de Desde el trópico de Cáncer- cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. Ellas tienen, sin duda, mucho que decirnos. Les dejo con el A vuelapluma de hoy. 

"No hubo incredulidad ni indignación. Cuando llegó la primera noticia de que un hombre blanco había matado a una mujer delante de la sinagoga y a un hombre dentro de un local de kebab en la ciudad de Halle, mis reservas de incredulidad e indignación estaban ya vacías -escribe la filósofa alemana Carolin Emcke-. Lo único que quedaba era el doble dolor de la vergüenza y la náusea. Vergüenza porque, para mi generación, la reflexión crítica sobre la Shoah fue el principal punto de referencia de nuestra educación moral y política y había dado forma a nuestra ansia de una sociedad (y una Europa) democrática, antinacionalista, incluyente y antirracista. La realidad del antisemitismo descarado y brutal en este país me llena de vergüenza. No hemos sabido crear una sociedad en la que los judíos no tengan que vivir con miedo.

Y a esa vergüenza se une la náusea. La repugnancia ante la incredulidad con la que reaccionan muchos ante los ataques de Halle. Como si la muestra pública de sorpresa pudiera disimular el hecho de que todo el mundo habría podido verlo venir. Lo llaman “impensable” (el presidente Frank-Walter Steinmeier), como si fuera la primera vez que unos judíos sufren una agresión pública, como si no hubiera todo el tiempo ataques brutales contra refugiados o incendios provocados en sus centros de acogida. Lo llaman una “señal de alarma” (Annegret Kramp-Karrenbauer, la líder del partido cristiano conservador CDU), como si el criminal de Halle no hubiera conseguido disparar a un hombre y una mujer, como si lo único importante fuera que no logró entrar en la sinagoga, una “señal de alarma”, como si el pasado mes de junio no hubiera muerto asesinado su colega Walter Lübcke, un político conservador de Kassel que había sido blanco del odio de la derecha radical y murió por un disparo de un extremista de derechas, como si no hubiera sido la red terrorista de extrema derecha de la NSU (Clandestinidad Nacionalsocialista) la que mató a nueve inmigrantes y un policía entre los años 2000 y 2007.

Este simulacro de sorpresa es repugnante porque pretende hacer del ataque de Halle algo inesperado, una excepción. No ofrece protección a los judíos ni a ninguno más de los señalados como “otros”; únicamente protege el estado de negación de la realidad de que no solo existe un terrorismo violento de extrema derecha, sino también una ideología supremacista blanca, misógina, homófoba y antisemita. Existen redes de extrema derecha con “listas de enemigos” en las que figuran los nombres y direcciones de intelectuales y activistas de los derechos humanos, abogados que representan a refugiados, políticos locales, judíos, personas LGTBI; existen cacerías xenófobas como la del pasado agosto en Chemnitz, existen declaraciones revisionistas e islamófobas de miembros de AfD. ¿Y todos estos fenómenos son casos aislados?

Es como dibujar siguiendo los puntos: hemos trazado todas las líneas, podemos ver las grandes orejas y el tronco, las cuatro patas, pero, si alguien se atreve a decir que es un “elefante” —se atreve a llamar “redes” a las redes de extrema derecha o a decir que el racismo es “estructural”—, todos se muestran sorprendidos y escandalizados y dicen que es un “moralista” o un “elitista cosmopolita”. Como si el respeto a los judíos o a las mujeres fuera un accesorio de lujo, solo al alcance de los privilegiados. Como si la igualdad de derechos fuera una demanda absurda. Como si odiar a los musulmanes y a los LGTBI fuera más “natural” que no odiarlos. Ha habido un deseo público de mantener separados todos los síntomas de racismo estructural y de conexión entre la derecha radical, y eso ha creado un bucle en el que nos encontramos con criminales aislados y con unas autoridades y unos comentaristas que, ante cada caso, estudian la biografía, la familia, el proceso de radicalización, reconstruyen el atentado y despolitizan los actos y la forma de inspirarse unos a otros.

Pero el odio no sale de la nada: se fabrica. La dirección en la que se vierten el odio y la violencia, a quién apuntan, está manipulada. El supremacista blanco de Halle no salió a matar a “alguien” sin más. Quería asesinar a “antiblancos”, preferiblemente judíos, pero también pensó en atacar un centro cultural de izquierdas o una mezquita. Estaba lleno de odio a las “feministas” porque son “responsables de la baja tasa de natalidad” y, “por tanto”, de la “inmigración masiva”. Puede que actuara solo, pero estaba conectado mediante la cámara de su casco y dispuesto a comunicarse en directo con todos los demás supremacistas blancos y misóginos que están solteros a su pesar y cuyo mundo cultural es el de los memes en los tablones de imágenes.

En toda Europa, y también en Alemania, hemos podido ver en años recientes la (re)aparición de un discurso de la “pureza”, un relato revisionista que fantasea con un supuesto “antes”, un pasado inventado con otro orden: familias tradicionales, naciones homogéneas a salvo de cualquier cosa que se considere “de fuera”. Judíos, inmigrantes, feministas, trans,gente de otras razas, pasan a ser “otros”. La diferencia se vuelve peligrosa e infecciosa para el cuerpo político nacional.

Es evidente que siempre ha habido en esta sociedad cierto segmento con rencores antisemitas y racistas. Lo que ha cambiado en los últimos años no es la cantidad, sino la calidad del odio: la obscena alegría de romper los tabúes, la actitud exhibicionista de las declaraciones xenófobas y misóginas. Los mensajes de correo cargados de odio ya no son anónimos, sino a menudo firmados con nombre y domicilio. Parte del discurso político ha querido centrarse en el fanatismo y la violencia de los yihadistas radicales mientras ignoraba el fanatismo y la violencia cada vez mayores de la derecha radical. Se suponía que el racismo y el antisemitismo debían estar lejos, en la periferia, ser extraterritoriales. No en medio de nuestra sociedad y en nuestro Parlamento. Durante muchos años, la imagen del “cabeza rapada borracho y estúpido” dominó la percepción pública del entorno neorracista y antisemita. Ahora, se han unido elementos que antes estaban separados: un entorno de escritores de extrema derecha intelectuales y muy sofisticados, una red ultraviolenta de bandas criminales, alborotadores, terroristas y una representación política en los Parlamentos y, sobre todo, en programas de televisión —es el caso de AfD— forman hoy una amalgama aterradora de radicalismo de derechas. Son una minoría, pero reciben una atención y una representación desproporcionadas.

Por desgracia, el antisemitismo y la misoginia son más fáciles de reconocer cuando pueden atribuirse a los musulmanes. Sin embargo, también existe antisemitismo entre los inmigrantes de Oriente Próximo, existe machismo misógino entre los inmigrantes, y es necesario afrontarlo y combatirlos. Pero, mientras solo veamos y luchemos contra el antisemitismo que consideramos “importado”, mientras solo nos preocupe la violencia contra las mujeres cuando el autor es un refugiado o un musulmán, no comprenderemos el carácter universal de los derechos humanos.

Eso es lo que Halle podría y debería cambiar: no es posible seguir negando la violencia de los supremacistas blancos, ni fingir que solo puede haber antisemitismo en otros lugares. Ya no valen las sorpresas simuladas, ni seguir negando los vínculos de una internacional racista que inspira a personajes como Stephan B. Ni siquiera necesitan ya una estructura organizativa. Lo más importante es quizá que no puede seguir existiendo una jerarquía de víctimas, no se puede seguir diciendo que el dolor o el miedo de unos es más doloroso y más grave que el de otros. El de Halle fue un atentado terrorista cometido por un nihilista. Tal vez actuó solo, pero su odio lo crearon y cultivaron todos los que niegan la igualdad de derechos y protecciones para todos los seres humanos. Lo que hace falta es disentir y protestar contra todos aquellos que dictan qué sufrimiento es importante y el de quién no, qué piel, qué cuerpo, qué fe, qué deseo se pueden rechazar, a quién se puede humillar o herir y a quién no. Es una vergüenza que haya que volver a explicar todo esto".







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lunes, 30 de septiembre de 2019

[NUESTRA EUROPA] El estilo de vida europeo



Proeuropeos escoceses, Reino Unido (Reuters)


Las palabras importan, afirma la presidenta electa de la Comisión Europea Ursula von der Leyen. No podemos dejar que las fuerzas antieuropeístas se apropien de la definición de lo que queremos. 

El artículo 2 del Tratado de la Unión Europea dice así: “La Unión se fundamenta en los valores de respeto de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías. Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre mujeres y hombres”.

El mes pasado fue el trigésimo aniversario de aquel señalado día en que dos millones de personas unieron sus manos para formar una “cadena de libertad” de más de 600 kilómetros en los Estados bálticos. Las imágenes de dicho evento constituyen un recordatorio emotivo e impactante de todo lo que ha avanzado Europa en el curso de una generación. Demuestran, también, la fuerza unificadora de nuestros valores comunes: la libertad, la igualdad, la democracia y el respeto de la dignidad humana.

Estos valores, y nuestra adhesión a ellos, constituyen nuestros cimientos. Dichos valores están consagrados en nuestro Tratado y nos otorgan las libertades de las que gozamos actualmente. Ellos definen y resumen en qué consiste nuestra Unión.

Debemos estar orgullosos de nuestro estilo de vida europeo en todas sus formas y aspectos y procurar en todo momento conservarlo, protegerlo y consolidarlo. Esta es la razón por la que fue uno de los seis principios rectores de mis orientaciones políticas, que recibieron el apoyo del Parlamento Europeo en julio.

Para la mayoría, el estilo de vida europeo no es algo que necesite explicación; se trata, simple y llanamente, de una realidad cotidiana. Sin embargo, es evidente que esta semana ha surgido un debate sobre sus connotaciones y sobre el concepto en sí. Este debate es bueno, y debemos hacerlo público y abierto.

En mi opinión, la mejor síntesis del estilo de vida europeo se encuentra en la redacción del artículo 2 del Tratado, con el que comienza este artículo.

Cada una de esas palabras tiene dos vertientes. Parafraseando a John F. Kennedy, podríamos decir que no solo debemos preguntarnos qué hace la Unión por nosotros, sino también qué podemos hacer nosotros por la Unión. Cada palabra del artículo 2 constituye tanto un derecho como un deber para todos, con independencia de dónde seamos y de en qué lugar de la Unión vivamos.

Esta es la visión europea de la vida. Consiste en construir una Unión de igualdad en la que todos tengamos el mismo acceso a las oportunidades. Consiste en dotar a las personas de los conocimientos, la educación y las competencias que necesitan para vivir y trabajar con dignidad. Consiste en poder recibir los servicios que necesitamos y en saber que estamos seguros en nuestros hogares y en nuestras calles. Consiste en proteger a los más vulnerables de nuestra sociedad. En última instancia, se trata de la forma en que vivimos juntos.

Este estilo de vida europeo ha sido el fruto de grandes sacrificios. Nunca debe darse por descontado; no es ni un hecho definitivo ni una garantía. Buena prueba de ello es que todos los días nuestro estilo de vida es puesto en entredicho por anti-europeístas de dentro y de fuera de Europa. Hemos visto cómo han interferido en nuestras elecciones desde el exterior potencias extranjeras y hemos visto también cómo populistas autóctonos, armados de eslóganes nacionalistas baratos, tratan de desestabilizarnos desde dentro.

No podemos permitir que estas fuerzas se apropien de la definición del estilo de vida europeo. Quieren que represente lo opuesto a lo que realmente es. Pretenden socavar nuestros fundamentos y sembrar la división entre nosotros. Son partidarios de una forma de hacer política que saca a relucir los problemas, en lugar de resolverlos. Debemos plantarnos y no ceder a esta situación.

Evidentemente, las palabras importan; estoy de acuerdo. Para algunos, el estilo de vida europeo es un término capcioso y con significación política, pero no podemos ni debemos dejar que nos quiten nuestro lenguaje: es parte integral de quienes somos.

Otras partes del mundo tienen su propio estilo de vida, que difiere del nuestro. Todos tenemos nuestras tradiciones, nuestro conjunto de valores y nuestra forma de actuar. Con todo y con eso, siempre elegiré el European way of life y nuestra Unión de solidaridad, tolerancia e integridad.

El estilo de vida europeo conlleva escuchar y conversar los unos con los otros para encontrar soluciones en pos del bien común. Esto es lo que quiero que hagamos juntos.



La Victoria de Samotracia, Museo del Louvre, París


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sábado, 14 de septiembre de 2019

[ARCHIVO DEL BLOG] El Mito de Europa (Publicada el 20/12/2008)



El rapto de Europa, de Tiziano


Me resisto como gato panza arriba a comentar las cosas de nuestros políticos. Se de lo que hablo, pues convivo con cinco gatos en casa... Mi decepción es tan profunda con la clase política, con toda, aunque con unos más que otros, que he tenido que esperar toda una semana completa para ponerme al teclado. No voy aburrirles con un catálogo de las chorradas e incongruencias que se han dicho unos a otros en estos días. Por mencionar una: aquí, en Canarias, todo un presidente del gobierno se permite amenazar con "acciones penales, civiles y de todo tipo" (y lo dice en sede parlamentaria, con el rictus desencajado por la ira) a quienes acusen a su gobierno de manipulación en la concesión de emisoras de TDT en la isla de Tenerife. Lo curioso del caso es que lo suelta después de que el Tribunal Superior de Justicia de Canarias, el máximo órgano judicial de la Comunidad Autónoma, en sentencia firme, pusiera a caer de un burro a su gobierno por la concesión de las susodichas licencias a sus amiguetes... Son como niños, no nos follan pero nos joden un montón... De los políticos nacionales, ni les hablo, pues les supongo al tanto; lo mismo que de los avatares europeos, un poco más lejanos. Si el ciclón Obama no aporta aires nuevos, lo veo todo muy negro... Y no es un juego de palabras...

Hoy escribe Pasqual Maragall en El País un interesante artículo titulado  "Los Estados Unidos de Europa, reinventados". Mítico ex alcalde de Barcelona, ex presidente del Comité de las Regiones Europeas, ex presidente del gobierno catalán, Maragall lanza un ilusionado mensaje en favor de esos Estados Unidos de Europa que pocos tienen interés en alcanzar, y menos aún en momentos de una generalizada crisis financiera, económica y social; sí, y lo que es peor, también de confianza en las instituciones de la Unión.

No se trata de reelaborar el "Mito de Europa". La Unión Europea no es un mito: es una realidad y está presente en nuestras vidas a pesar de sus muchas carencias... Yo nací a los nueve meses justos del término de la II Guerra Mundial en Europa, y me pregunto: ¿alguien de los que vivieron ese momento (el fin de la guerra, y mi nacimiento...), afortunadamente muchos aún, podría tan siquiera imaginar que las fronteras desaparecerían de Europa, que podríamos pasar sin detenernos de Francia a Alemania, de España a Portugal, de Italia a Austria, que la mayor parte de los países europeos tendrían una moneda en común, un parlamento europeo y unas instituciones políticas comunes? Piensen en ello. No se si llegaré a ver esos Estados Unidos de Europa que yo también deseo fervientemente, quizá la única meta política por la que siento verdadera ilusión; ni tan siquiera estoy seguro que la vean mis hijas, pero se que la verán mis nietos y que ellos vivirán con orgullo su condición de canarios y españoles, pero sobre todo de europeos... HArendt





"Los Estados Unidos de Europa, reinventados", por Pasqual Maragall 

Hace 25 años, en diciembre de 1983, el periódico francés Le Monde publicó una entrevista con el historiador Fernand Braudel sobre la identidad europea. Llevaba por título "Il faut réinventer les Etats-Unis d'Europe". España aún tardaría tres años en ingresar en la Unión, entonces compuesta por diez Estados miembros: Alemania, Bélgica, Dinamarca, Francia, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Países Bajos, Reino Unido y Grecia. Yo llevaba un año de alcalde y miraba hacia Europa con las mismas esperanzas que Braudel evocaba. Mi amigo norteamericano residente en Brasil, Norman Gall, al frente hoy de la Fundación Braudel, y casado con una catalana, me sigue informando por Internet aún hoy de lo que por el mundo sucede. Gall, como el propio Braudel, es uno de los pocos humanistas globales que no hacen simplemente el ridículo, sino que, como decimos en catalán, hi toquen: que entienden de qué va la cosa. Braudel en 1983 explicaba la identidad europea desde la cultura europea, entendida como una y plural, como hecho compartido.

Lo ejemplificaba diciendo que un francés situado en Italia, Rusia, Polonia o Alemania, no se siente extranjero; que las sensaciones experimentadas son reconocibles y con referentes histórico-culturales comunes. A diferencia de lo que le ocurriría en países como la India o China, donde te sientes desorientado, distinto de verdad.

Cada país europeo representa una Europa particular, decía Braudel. En aquel momento describía la Unión como únicamente económica, y por tanto muy beneficiosa, fundamental, pero no aún la Europa unida que él, yo y sin duda mucha gente soñamos. La Europa unida y popular (del pueblo) necesitaba una base donde desarrollarse. Era preciso que sus gentes viviesen y circulasen libres por el continente. Para ello, concluía en su reflexión, para construir la Europa cultural y ciudadana, hacían falta varias cosas: una estructura política, un Gobierno Europeo, un Parlamento Europeo con mayores poderes y una defensa europea común. Ya entonces decía que un país europeo solo no podía hacer frente a los retos que se le presentaban. Hacía falta reinventar los Estados Unidos de Europa. ¿Qué ha pasado desde entonces, dónde estamos, hacia dónde vamos como Europa?

La Unión Europea la formamos 27 Estados miembro y aún aspiran a entrar más países europeos. Tenemos un Parlamento Europeo e instituciones comunitarias que representan, res-pectivamente, a los ciudadanos y a los Estados miembro. Tenemos un Mercado Único y una Unión Económica y Monetaria, con la adopción en 2002 del euro como moneda única, realidad consolidada ya hoy. Tenemos moneda, bandera y un himno, la parte coral de la Novena sinfonía, de Beethoven, cuya letra, de Schiller, tradujo mi abuelo Joan Maragall al catalán: "Joia que ets dels cels guspira / engendrada dalt del cel". Tenemos la libre circulación. Tenemos incluso un Comité de las Regiones, que me honré en presidir durante dos años y vicepresidir otros dos.

¿Qué más hace falta para ser realmente los Estados Unidos de Europa? Quizás una selección nacional europea de fútbol, que podría ganar incluso a Brasil (sobre todo si nos dejaran poner a Messi en el equipo, aunque con Henry y algún otro de sus compañeros tendríamos bastante). Hemos intentado establecer una Constitución, pero las dificultades propias de ser tantos y tan distintos a la hora de ponernos de acuerdo la han frustrado, llevándonos al Tratado de Lisboa. A pesar del no irlandés, de momento.

Son grandes y notables éxitos comunes. Pero seguimos lejos de los Estados Unidos de Europa que Braudel defendía 25 años atrás. Hace un año un mandato del Consejo Europeo, encargó un informe sobre el rumbo y los objetivos de la Unión de cara al horizonte de los años 2020 a 2030 a un Consejo de Sabios o grupo de reflexión sobre el futuro, formado por personalidades de reconocido prestigio político y académico y presidido por Felipe González. El informe debe estar listo en junio de 2010 (aunque Felipe ya ha anunciado que intentará que sea antes), pero el mandato citado especifica que el grupo no deberá abordar cuestiones institucionales, sino trabajar en el marco que establece el nuevo Tratado de Lisboa. 2010, 2020, 2030... Europa es compleja y por ello lenta. El mundo no va al mismo ritmo. El mundo va rápido, los ritmos económicos exigen respuestas inmediatas. Los conflictos internacionales y sus víctimas no pueden esperar más.

Como subrayaba Lluís Bassets hace unos días, cada Gobierno se ha vuelto hacia su Estado. La Alemania de Merkel parece paralizada a nivel europeo por sus problemas internos. Si el país del himno no está por la labor, ya me dirán. Quizás haya también un problema de liderazgo, en el mundo y en Europa. Sanguinetti publicaba, también en este periódico, un artículo en ese sentido. Falta un liderazgo al servicio de una idea, la idea de la Europa Común, donde los ciudadanos, recuperando a Braudel, seamos libres e iguales, cada cuál con su acento y sus manifestaciones culturales, hermanas y distintas.

Hacia esta dirección remaba el plan de Bolonia para conseguir un espacio europeo de educación superior único y homologable, con universitarios y después profesionales europeos de verdad, circulando y ejerciendo libremente por toda Europa. Animo a nuestros líderes y pensadores a que aceleren el ritmo de la construcción europea. A Felipe y su grupo de reflexión a que no espere a 2010, a que levante la bandera europea bien alta y proponga medidas de presente. La crisis puede ser una muy buena oportunidad.

Recientemente me he adherido, junto al mismo Felipe González, Prodi, Santer y otros destacados líderes europeos, a una declaración promovida por una asociación de la que formo parte, Nôtre Europe, fundada por mi maestro europeo, Jacques Delors. Se titula Face à la crise, un besoin d'Europe. En ella se apela a la necesidad de más Europa para afrontar la crisis económica. Al final de la declaración proponemos que para las próximas elecciones al Parlamento Europeo (junio de 2009) cada familia política europea presente un candidato a presidente de la Comisión Europea, y que estos candidatos debatan entre sí, ofreciendo directamente a los ciudadanos europeos la oportunidad de conocer sus visiones e ideas y dando mucha más visibilidad y proximidad a los que nos representan en Europa. Sería un paso más. Decisivo. (El País, 20/12/08).



Parlamento europeo, Estrasburgo, U.E.



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miércoles, 4 de septiembre de 2019

[NUESTRA EUROPA] Extrema derecha. El club de la discordia



El ministro del Interior italiano Matteo Salvini (Foto de Yara Nardi, Reuters)


Los desencuentros entre los países son cada vez mayores, pero aunque a veces parezca el club de la discordia, a pesar de todo, la Unión Europea sigue funcionando razonablemente bien, escribe Dirk Schümer, corresponsal para Europa del diario alemán Die Welt.

La solidaridad recíproca entre los distintos países de Europa no pasa por su mejor momento, comienza diciendo Schümer. Numerosos europeos occidentales reniegan de la derecha nacionalista de Polonia y Hungría. Ya durante la crisis del euro, cuando en Grecia se exhibían imágenes de la canciller Angela Merkel en uniforme nazi y se quemaban en público banderas alemanas, se endureció el tono contra la supuesta arrogancia de una Alemania económicamente todopoderosa. La política de fronteras abiertas de Merkel ha azuzado todavía más los ánimos contra Alemania en muchos lugares. El ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, se ha despachado verbalmente contra los buenistas alemanes que, a sus ojos, desprecian la soberanía y las leyes italianas.

Podría seguir y seguir con la lista de conflictos intraeuropeos: muchos catalanes desprecian a la Unión Europea (UE) porque no ha querido zanjar su conflicto con el poder central. Incluso en Bruselas, funcionarios y políticos se indignan con los “europeos orientales” que se embolsan mucho dinero de los fondos estructurales, pero no muestran solidaridad alguna a la hora de acoger a inmigrantes.

Sin embargo, en las cumbres de la Unión Europea no se oye nada de que estos mismos países pierden de forma masiva a sus médicos e ingenieros, que los abandonan por trabajos mejor remunerados en los Estados de Europa septentrional y occidental, lo que amenaza con la miseria a muchas zonas de Bulgaria, Rumanía y Croacia.

En estos tiempos turbulentos, la Unión Europea actúa —incluso dejando fuera el caos del Brexit— como un club de la discordia organizada. Si la UE fuera un club de fútbol, las disputas entre la delantera y la defensa, los entrenadores y el presidente hace ya tiempo que habrían precipitado su descenso. De forma sarcástica, también se puede defender la conclusión contraria: que a pesar de la rampante desconfianza y los reproches mutuos, la Unión Europea sigue funcionando pasablemente; además, el hecho de que pese a toda la gresca se hayan podido poner de acuerdo para elegir una nueva presidenta de la Comisión es casi un milagro y un indicio de que la formidable idea básica de la cooperación transnacional es más fuerte que el egoísmo nacional.

Y, al contario, también podríamos preguntarnos alguna vez con calma si, personalmente, somos ajenos a los prejuicios nacionales que se deslizan en las noticias e incluso en los comunicados gubernamentales. Hace poco me preguntó irónicamente una francesa qué tal me iba, como alemán, en Italia, “el país de Salvini”. Mi digna respuesta —“en las elecciones presidenciales francesas el Frente Nacional de Marine Le Pen ha recibido el doble de votos que la Liga Norte de Salvini en Italia”— fue rechazada con grandeur por la dama: “Son cosas completamente distintas”, observó.

Es precisamente esta manera de pensar la que termina socavando la Unión Europea. Quien considera que para sí y para los suyos rigen otras normas que para “los otros”, quien quiere solo para sí lo ancho del embudo, está profundamente preso de una estrecha forma de pensar nacional.

Por eso no debería ser ninguna sorpresa que los italianos teman más a la inmigración masiva a través del Mediterráneo que los irlandenses, daneses o letones. Es en Italia donde desembarcan los migrantes. Lo mismo puede decirse de la solidaridad que se exige a los europeos orientales a la hora de acogerlos. ¿Por qué Estados como Bulgaria, que sufre la sangría demográfica de sus ciudadanos mejor formados, debe hacerse cargo de numerosas personas sin formación, que a fin de cuentas acuden atraídos por Europa occidental? Todos debemos cuidarnos de las cómodas generalizaciones nacionales.

Un ejemplo más: no hay “polacos populistas”, porque no todos los ciudadanos de Polonia, ni de lejos, han votado al partido Ley y Justicia. Y, al mismo tiempo, una ojeada al sangriento pasado polaco, con las ocupaciones nazi y soviética, nos ayuda a entender la mayor desconfianza de Polonia a un poder central que dé órdenes desde el extranjero. Lo mismo ocurre con todas las naciones de la UE y sus historias divergentes. Cada país es distinto, funciona de forma distinta, reacciona de manera distinta. Eso es precisamente lo fascinante de la UE. Si reducimos esto a un tosco relato sobre Oriente y Occidente, sobre derecha e izquierda, sobre el bien y mal, la Unión Europea ya ha perdido su diversidad.



La Victoria de Samotracia. Museo del Louvre, París



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domingo, 1 de septiembre de 2019

[ESPECIAL DOMINGO] Fin a la hipocresía colectiva




Dibujo de Raquel Marín para El País


La perversión de nuestra sociedad de la abundacia, escribe el sociólogo alemán Stephan Lessenich, es que para mantenar las condiciones de vida, se hace necesario dañar a otros. Para gozar de sus pequeñas libertades, tienen que privar a otros de las suyas. 

El populismo de derechas está arrasando en Europa, comienza diciendo Lessenich. Mientras que en países como Italia o Hungría ya se ha asentado en los respectivos Gobiernos nacionales, en otros —últimamente España incluida— está dominando el discurso público e institucional sobre la inmigración y el trato a los refugiados. Muchos observadores están convencidos de que el auge populista radica en la depresión económica y la precariedad laboral de crecientes estratos sociales en los países ricos. Pero mientras las desigualdades sociales, efectivamente, han aumentado en toda Europa en la última década, los datos socioeconómicos no pueden explicar por qué el populismo está en alza también entre las clases medias y en zonas sociales que no se ven afectadas por la inseguridad social. ¿Qué es lo que está alimentando la oleada populista en lugares tan diferentes y distantes como Dinamarca y Polonia, Austria y Reino Unido?

La respuesta es que, en toda Europa, la gente se está dando cuenta de que el modelo de reproducción social que se ha establecido en el mundo occidental, el modelo social de capitalismo democrático que ha resultado en niveles inéditos de prosperidad económica y estabilidad política, está llegando a sus límites y no se prolongará indefinidamente. Ahora que la creciente migración global está llegando a las puertas de Europa, ahora que millares de personas mueren ahogadas en el Mare Nostrum, ahora que el cambio climático se está notando no solo en algún atolón lejano del Pacífico, sino también en nuestras latitudes: ahora es el momento en el que finalmente nos damos cuenta de que estamos viviendo como en otro mundo, en un lugar que hasta ahora estaba protegido de la miseria del resto del globo. Vivimos en una posición privilegiada que poco a poco estamos perdiendo.

La distribución asimétrica de condiciones de vida entre los países que nos hemos acostumbrado a llamar “desarrollados” y el mundo presuntamente “en desarrollo” radica en desigualdades geopolíticas que se han establecido durante siglos —en la época que se conoce por el nombre de “modernidad”—. Pero resulta que nuestra modernidad la hemos construido a través de la colonialidad, a modo de adueñarnos del trabajo, las tierras, la sabiduría, la vida de otros pueblos. Se sabe que ese proceso ha sido extremadamente violento y sangriento, pero con el tiempo ha sido “racionalizado” y las asimetrías económicas, ecológicas y sociales han quedado institutionalizadas en forma de regímenes políticos transnacionales, desde el Fondo Monetario Internacional hasta la Organización Mundial del Comercio o el Acuerdo de París. Basándose en esa constelación geopolítica y en su poderío militar, ha sido posible para las sociedades occidentales construir una estructura socioeconómica que solo funciona a costa de terceros. Un modo de producción y consumo que obedece a una racionalidad irracional, porque no puede dejar de producir daños materiales para seguir funcionando.

Las sociedades de capitalismo democrático son sociedades externalizadoras. Su reproducción opera a través de un complejo de mecanismos, empezando por la apropiación de recursos, particularmente recursos humanos y naturales, a costa de expropiar pueblos y tierras en otras partes del mundo. Estos recursos son explotados para extraer beneficios financieros de ellos, beneficios que en un intercambio desigual recaen sistemáticamente en una parte de la relación económica. Ese sistema de expropiación y explotación, sin embargo, es viable solo porque a la parte más poderosa de esta relación le es posible desvalorizar los recursos en cuestión, negándoles al trabajo y a la naturaleza de los países “subdesarrollados” el valor y el precio que les serían atribuidos si provinieran de las regiones “desarrolladas”. Una vez utilizados, los costes del aprovechamiento de los recursos ajenos —costes económicos, sociales, ecológicos— son exteriorizados, reservando la “productividad” de ese modelo de reproducción para las economías más “competitivas”, mientras que su destructividad debe ser procesada por las economías más vulnerables. Para evitar que las repercusiones negativas de su modelo de reproducción puedan recaer en sí mismas, las sociedades externalizadoras intentan cerrar el espacio económico y social propio, controlando el flujo de mercancías y, sobre todo, de personas por sus fronteras. Y, finalmente, para completar la cosa, los países explotadores y externalizadores tratan de obscurecer y enmascarar todos los mecanismos mencionados, construyendo el imaginario social de un mundo en el que el “progreso” del Oeste se debe a sus propias fuerzas y capacidades: al ingenio de sus empresas, al empeño de sus trabajadores, a la construcción de su orden institucional.

Las sociedades ricas de este planeta operan con una doble moral, una hipocresía estructural. Siendo sociedades externalizadoras, viven con la verdad negada de la historia de su supuestamente imparable ascenso mundial. Su éxito económico y su riqueza colectiva se basan en la extracción de minerales y de las plantaciones industriales en otras regiones del mundo, en el trabajo de 150 millones de niños alrededor del globo, en la destrucción indiscriminada de la selva tropical. No hay una producción y menos un consumo ingenuos en Europa. Los ciudadanos europeos vivimos en sociedades que hacen trabajar, o bien ilegalmente o bien en condiciones legales, pero miserables, a migrantes africanos en sus huertas industriales o a migrantes latinoamericanas en sus casas particulares —y que al mismo tiempo declaran que no pueden acoger refugiados porque están “al límite” de sus capacidades—.

Al mismo tiempo, los ciudadanos de las sociedades externalizadoras no queremos saber cuáles son las condiciones estructurales de nuestro modo de vivir, ni queremos saber tampoco de sus inevitables efectos. Es más, los que vivimos en los países ricos del planeta estamos en una posición de no tener que saber lo que está pasando, lo cual es un importante recurso de poder. Un recurso que los ciudadanos de estos países poseen colectivamente, aún perteneciendo a los estratos menos privilegiados de sus sociedades nacionales.

Paradójicamente, esta posición contradictoria de las clases subalternas en las sociedades externalizadoras puede ser una de las llaves para cambiar las cosas. Porque la perversión de nuestro modo de vida está en que incluso los más míseros y perjudicados en nuestras sociedades de la abundancia, para vivir la vida que viven, tienen que dañar a otros. Para gozar de sus pequeñas libertades tienen que privar a otros de las suyas. Siendo los más pobres y desprivilegiados de nuestras sociedades, se preguntarán cómo es posible que, no sabiendo cómo llegar a finales de mes, sí saben que si de algún modo lo quieren lograr será a costa de gente con unas condiciones de vida aún mucho más miserables que las suyas. ¿Por favor, cómo puede ser esto? Y la respuesta es: pues es como funciona la sociedad de la externalización.

Nuestra vida diaria y todo el orden institucional de las sociedades occidentales están íntimamente relacionados con procesos de externalización. Por ello, iniciar un proceso de transformación de nuestro modelo de producción y consumo equivale a un acto heroico. Renunciar a los beneficios de la externalización es renunciar a la vida a la que estamos acostumbrados y a la que muchos creemos tener un derecho casi legal a sostenerla. Hemos incorporado colectivamente las normas del individualismo liberal, e insistimos en la libertad individual de consumir cuando, donde y como queramos. En consecuencia, lo que se necesitaría para salir del dilema de la externalización sería algo equivalente a una revolución cultural. Porque una cosa está bien clara: al mundo no lo cambiamos a base de decisiones individuales de no usar las libertades que se nos ofrecen y de restringir nuestro consumo de energía o de recursos naturales. Las cosas solo cambiarán si colectivamente decidimos dejar de producir millares de cosas que restringen o anulan las libertades de otros. Lo que hará falta es un nuevo contrato social: juntos convenimos que no queremos seguir viviendo a costa de otros.




Bosque de laurisilva. La Gomera (Islas Canarias)



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