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miércoles, 4 de septiembre de 2019

[NUESTRA EUROPA] Extrema derecha. El club de la discordia



El ministro del Interior italiano Matteo Salvini (Foto de Yara Nardi, Reuters)


Los desencuentros entre los países son cada vez mayores, pero aunque a veces parezca el club de la discordia, a pesar de todo, la Unión Europea sigue funcionando razonablemente bien, escribe Dirk Schümer, corresponsal para Europa del diario alemán Die Welt.

La solidaridad recíproca entre los distintos países de Europa no pasa por su mejor momento, comienza diciendo Schümer. Numerosos europeos occidentales reniegan de la derecha nacionalista de Polonia y Hungría. Ya durante la crisis del euro, cuando en Grecia se exhibían imágenes de la canciller Angela Merkel en uniforme nazi y se quemaban en público banderas alemanas, se endureció el tono contra la supuesta arrogancia de una Alemania económicamente todopoderosa. La política de fronteras abiertas de Merkel ha azuzado todavía más los ánimos contra Alemania en muchos lugares. El ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, se ha despachado verbalmente contra los buenistas alemanes que, a sus ojos, desprecian la soberanía y las leyes italianas.

Podría seguir y seguir con la lista de conflictos intraeuropeos: muchos catalanes desprecian a la Unión Europea (UE) porque no ha querido zanjar su conflicto con el poder central. Incluso en Bruselas, funcionarios y políticos se indignan con los “europeos orientales” que se embolsan mucho dinero de los fondos estructurales, pero no muestran solidaridad alguna a la hora de acoger a inmigrantes.

Sin embargo, en las cumbres de la Unión Europea no se oye nada de que estos mismos países pierden de forma masiva a sus médicos e ingenieros, que los abandonan por trabajos mejor remunerados en los Estados de Europa septentrional y occidental, lo que amenaza con la miseria a muchas zonas de Bulgaria, Rumanía y Croacia.

En estos tiempos turbulentos, la Unión Europea actúa —incluso dejando fuera el caos del Brexit— como un club de la discordia organizada. Si la UE fuera un club de fútbol, las disputas entre la delantera y la defensa, los entrenadores y el presidente hace ya tiempo que habrían precipitado su descenso. De forma sarcástica, también se puede defender la conclusión contraria: que a pesar de la rampante desconfianza y los reproches mutuos, la Unión Europea sigue funcionando pasablemente; además, el hecho de que pese a toda la gresca se hayan podido poner de acuerdo para elegir una nueva presidenta de la Comisión es casi un milagro y un indicio de que la formidable idea básica de la cooperación transnacional es más fuerte que el egoísmo nacional.

Y, al contario, también podríamos preguntarnos alguna vez con calma si, personalmente, somos ajenos a los prejuicios nacionales que se deslizan en las noticias e incluso en los comunicados gubernamentales. Hace poco me preguntó irónicamente una francesa qué tal me iba, como alemán, en Italia, “el país de Salvini”. Mi digna respuesta —“en las elecciones presidenciales francesas el Frente Nacional de Marine Le Pen ha recibido el doble de votos que la Liga Norte de Salvini en Italia”— fue rechazada con grandeur por la dama: “Son cosas completamente distintas”, observó.

Es precisamente esta manera de pensar la que termina socavando la Unión Europea. Quien considera que para sí y para los suyos rigen otras normas que para “los otros”, quien quiere solo para sí lo ancho del embudo, está profundamente preso de una estrecha forma de pensar nacional.

Por eso no debería ser ninguna sorpresa que los italianos teman más a la inmigración masiva a través del Mediterráneo que los irlandenses, daneses o letones. Es en Italia donde desembarcan los migrantes. Lo mismo puede decirse de la solidaridad que se exige a los europeos orientales a la hora de acogerlos. ¿Por qué Estados como Bulgaria, que sufre la sangría demográfica de sus ciudadanos mejor formados, debe hacerse cargo de numerosas personas sin formación, que a fin de cuentas acuden atraídos por Europa occidental? Todos debemos cuidarnos de las cómodas generalizaciones nacionales.

Un ejemplo más: no hay “polacos populistas”, porque no todos los ciudadanos de Polonia, ni de lejos, han votado al partido Ley y Justicia. Y, al mismo tiempo, una ojeada al sangriento pasado polaco, con las ocupaciones nazi y soviética, nos ayuda a entender la mayor desconfianza de Polonia a un poder central que dé órdenes desde el extranjero. Lo mismo ocurre con todas las naciones de la UE y sus historias divergentes. Cada país es distinto, funciona de forma distinta, reacciona de manera distinta. Eso es precisamente lo fascinante de la UE. Si reducimos esto a un tosco relato sobre Oriente y Occidente, sobre derecha e izquierda, sobre el bien y mal, la Unión Europea ya ha perdido su diversidad.



La Victoria de Samotracia. Museo del Louvre, París



La reproducción de artículos firmados en el blog no implica compartir su contenido, pero sí, su  interés. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt





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lunes, 26 de agosto de 2019

[A VUELAPLUMA] Vergüenza



Matteo Salvini besa un rosario durante un mitin en mayo


La vergüenza es un sentimiento revolucionario, y al final, va a resultar que los auténticos cristianos son los que pasan por descreídos, comenta el escritor Julio Llamazares en relación con las vicisitudes de los ocupantes y la tripulación del "Open Arms" en el Mediterráneo durante estas últimas semanas. 

El 31 de marzo de 2018, comienza diciendo Llamazares, durante su oración en la celebración del vía crucis del Viernes Santo ante el Coliseo de Roma, el papa Francisco calificó de vergüenza que quienes hoy dirigen los destinos del planeta “dejen a los jóvenes un mundo fracturado por las divisiones y las guerras, un mundo devorado por el egoísmo donde los jóvenes, los débiles, los enfermos y los ancianos son marginados”. No era la primera vez que el Papa argentino de origen italiano utilizaba la palabra vergogna (vergüenza) para definir una situación, ya fueran los abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes católicos, ya fuera la actitud de algunos gobernantes europeos ante la llegada al continente de personas que huyen de la hambruna y de las guerras que asolan los suyos. Incluso llegó a hablar el papa Francisco en una ocasión de la vergüenza como “una gracia divina que nos impulsa a pedir perdón”.

Se ha echado en falta, por eso mismo, la voz del Papa estos días ante el incidente internacional provocado por el ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, con su negativa a acoger a un barco de una ONG española que transportaba a inmigrantes ilegales rescatados del mar, condenándolos a permanecer frente a las costas de Lampedusa en circunstancias penosas durante 18 días hasta que un fiscal italiano le obligó a acogerlos. En lugar del Papa, la que ha utilizado esta vez la palabra vergüenza ha sido la ministra de Defensa española, Margarita Robles, quien no ha dudado en calificar la actitud de su colega italiano Salvini como “una vergüenza para la humanidad en su conjunto”.

Pero lo que produce más vergüenza, aparte de la actitud de Salvini (quien, por cierto, no duda en aparecer, cuando se fotografía en bañador con sus admiradores en cualquiera de las playas italianas cuya inviolabilidad con tanto rigor defiende, con un crucifijo en el pecho y en presumir de cristiano; (“cristiano pero no tonto”, ha precisado, eso sí), es la de los representantes de los partidos de la derecha española, que también se declaran cristianos, criticando la actitud del Gobierno español en funciones en un asunto que no admite disensión, salvo por oportunismo político. Si ya no entienden el interés nacional al tratarse de un conflicto entre un barco español y un Gobierno extranjero —ellos que tanto hablan de patriotismo— ni las razones humanitarias que han llevado al nuestro a ofrecerse a acoger a los náufragos solidariamente con otros Gobiernos europeos en el caso, que finalmente no se produjo, de haber llegado aquéllos a territorio español, al menos que lo hagan por vergüenza y por caridad cristiana, esa de la que tanto presumen y a la que se agarran cuando les interesa. Que el propio Papa vaya por delante de ellos, si bien en este caso concreto no haya alzado la voz (sí en otros anteriores), debería hacerles pensar y reconsiderar su comportamiento, poniéndose, no ya del lado del Gobierno español, sino del de los Evangelios, esos que recomiendan y santifican la caridad y el socorro a los que los necesitan: “Dichoso el que cuida del pobre y desvalido; en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor” (salmo 40).

Al final, va a resultar que los auténticos cristianos son los que pasan por descreídos y comecuras, y que el papa Francisco es uno más de ellos, como algunos de sus seguidores, por cierto, ya han dejado caer por alinearse con los desfavorecidos y no con ellos, dejándoles en evidencia. Lo dijo Carlos Marx y lo reprodujo como cita en su poema Malos recuerdos, publicado dentro del libro Blues castellano, el poeta Antonio Gamoneda: “La vergüenza es un sentimiento revolucionario”.





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miércoles, 10 de julio de 2019

[A VUELAPLUMA] La capitana y el ministro





Debemos estar atentos al juicio de Carola Rackete, escribe el Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, que podría ser condenada a 10 años de cárcel, y exigir que los jueces salven la honra y las buenas tradiciones de Italia, hoy pisoteadas por Salvini y la Liga

Carola Rackete, la capitana del barco Sea Watch 3, que hacía 17 días andaba a la deriva en el Mediterráneo con 40 inmigrantes a bordo rescatados en el mar, atracó en la madrugada del viernes pasado en la isla italiana de Lampedusa, pese a la prohibición de las autoridades de ese país. Hizo bien. Fue de inmediato detenida por la policía italiana, y el ministro del Interior y líder de la Liga, Matteo Salvini, se apresuró a advertir a la ONG española Open Arms, que anda por los alrededores con decenas de inmigrantes rescatados en el mar, que “si se atreve a acercarse a Italia, correría la misma suerte que la joven alemana Carola Rackete”, quien podría ser condenada a 10 años de cárcel y a pagar una multa de 50.000 euros. El fundador de Open Arms, Óscar Camps, respondió: “De la cárcel se sale, del fondo del mar, no”.

Cuando las leyes, como las que invoca Matteo Salvini, son irracionales e inhumanas, es un deber moral desacatarlas, como hizo Carola Rackete. ¿Qué debería haber hecho, si no? ¿Dejar que se le murieran esos pobres inmigrantes rescatados en el mar, que, luego de 17 días a la deriva, se hallaban en condiciones físicas muy precarias, y alguno de ellos a punto de morir? La joven alemana ha violado una ley estúpida y cruel, de acuerdo con las mejores tradiciones del Occidente democrático y liberal, una de cuyas antípodas es precisamente lo que la Liga y su líder, Matteo Salvini, representan: no el respeto de la legalidad, sino una caricatura prejuiciada y racista del Estado de derecho. Y son precisamente él y sus seguidores (demasiado numerosos, por cierto, y no sólo en Italia, sino en casi toda Europa) quienes encarnan el salvajismo y la barbarie de que acusan a los inmigrantes. No merecen otros calificativos quienes habían decidido que, antes de pisar el sagrado suelo de Italia, los 40 sobrevivientes del Sea Watch 3 se ahogaran o murieran de enfermedades o de hambre. Gracias a la valentía y decencia de Carola Rackete por lo menos estos 40 desdichados se salvarán, pues ya hay cinco países europeos que se han ofrecido a recibirlos.

Sobre la inmigración hay prejuicios crecientes que van alimentando el peligroso racismo que explica el rebrote nacionalista en casi toda Europa, la amenaza más grave para el más generoso proyecto en marcha de la cultura de la libertad: la construcción de una Unión Europea que el día de mañana pueda competir de igual a igual con los dos gigantes internacionales, Estados Unidos y China. Si el neofascismo de Matteo Salvini y compañía triunfara, habría Brexits por doquier en el Viejo Continente y a sus países, divididos y enemistados, les esperaría un triste porvenir a fin de resistir los abrazos mortales del oso ruso (véase Ucrania).

Pese a que las estadísticas y las voces de economistas y sociólogos son concluyentes, los prejuicios prevalecen: los inmigrantes vienen a quitar trabajo a los europeos, acarrean delitos y violencias múltiples, sobre todo contra las mujeres, sus religiones fanáticas les impiden integrarse, con ellos crece el terrorismo, etcétera. Nada de eso es verdad, o, si lo es, está exagerado y desnaturalizado hasta extremos irreales.

La verdad es que Europa necesita inmigrantes para poder mantener sus altos niveles de vida, pues es un continente en el que, gracias a la modernización y el desarrollo, cada vez un número menor de personas deben mantener a una población jubilada más numerosa y que sigue creciendo sin tregua. No sólo España tiene la más baja tasa de nacimientos en el año; muchos otros países europeos le siguen los pasos de cerca. Los inmigrantes, querámoslo o no, terminarán llenando ese vacío. Y, para ello, en vez de mantenerlos a raya y perseguirlos, hay que integrarlos, removiendo los obstáculos que lo impiden. Ello es posible a condición de erradicar los prejuicios y miedos que, explotados sin descanso por la demagogia populista, crean losMatteo Salvini y sus seguidores.

Desde luego que la inmigración debe ser orientada, para que ella beneficie a los países receptivos. Conviene recordar que ella es un gran homenaje que rinden a Europa esos miles de miles de miserables que huyen de los países subsaharianos gobernados por pandillas de ladrones y, encima, a veces fanáticos que han convertido el patrimonio nacional en la caverna de Alí Babá. Además de establecer regímenes autoritarios y eternos, saquean los recursos públicos y mantienen en la miseria y el miedo a sus poblaciones. Los inmigrantes huyen del hambre, de la falta de empleo, de la muerte lenta que es para la gran mayoría de ellos la existencia.

¿No es un problema de Europa? La verdad es que sí lo es, por lo menos parcialmente. El neocolonialismo hizo estragos en el Tercer Mundo y contribuyó en buena parte a mantenerlo subdesarrollado. Por supuesto que la falta es compartida con quienes adquirieron las malas costumbres y fueron cómplices de quienes los explotaban. No hay duda de que, en última instancia, sólo el desarrollo del Tercer Mundo mantendrá en sus tierras a esas masas que ahora prefieren ahogarse en el Mediterráneo, y ser explotadas por las mafias, antes que continuar en sus países de origen donde sienten que no cabe ya la esperanza de cambio.

Lo fundamental en Europa es una transformación de la mentalidad. Abrir las fronteras a una inmigración que es necesaria y regularla de modo que sea propicia y no fuente de división y de racismo, ni sirva para incrementar un populismo que tan horrendas consecuencias trajo en el pasado. Es preciso recordar una y otra vez que los millones de muertos de las dos últimas guerras mundiales fueron obra del nacionalismo y que éste, inseparable de los prejuicios raciales y fuente irremediable de las peores violencias, ha dejado huella en todas partes de las atrocidades que causó y que podría volver a causar si no lo atajamos a tiempo. Hay que enfrentar a los Matteo Salvini de nuestros días con el convencimiento de que ellos no son más que la prolongación de una tradición oscurantista que ha llenado de sangre y de cadáveres la historia del Occidente, y han sido el enemigo más encarnecido de la cultura de la libertad, de los derechos humanos, de la democracia, nada de lo cual hubiera prosperado y se hubiera extendido por el mundo si los Torquemada, los Hitler y los Mussolini hubieran ganado la guerra a los aliados.

Escribo este artículo en Vancouver, una bella ciudad a la que llegué ayer. Esta mañana me he desayunado en un restaurante del centro de la ciudad en el que trabé conversación con cuatro “nativos” que eran de origen japonés, mexicano, rumano y sólo el último de ellos gringo. Los cuatro tenían pasaporte canadiense y parecían contentos con su suerte y entenderse muy bien. Ese es el ejemplo a seguir en Europa, el de Canadá.

Debemos estar atentos al juicio de Carola Rackete y exigir que los jueces salven la honra y las buenas tradiciones de Italia, hoy pisoteadas por Salvini y la Liga. Estoy seguro de que no seré el único en pedir para esa joven capitana el Premio Nobel de la Paz cuando llegue la hora.



Dibujo de Fernando Vicente para El País


Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



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