sábado, 31 de diciembre de 2011

Lecturas para políticos en ciernes (y en activo)







Platón (428-347, a.C.)





De todos es bien sabido que los políticos en activo no leen. No tienen tiempo. Hasta las noticias se las dan sus respectivos gabinetes de prensa seleccionadas y fragmentadas para que puedan digerirlas adecuadamente. Y es una lástima, pero es así. Dedicados en cuerpo y alma a nuestra salvación no tienen tiempo para cultivar su espíritu y su sensibilidad. Lo siento por ellos. Y si no tienen tiempo para leer, no digamos para escribir... Atrás quedaron los tiempos de Pi i Margall, Castelar, Cánovas, Azaña, o más recientemente, Leopoldo Calvo-Sotelo, Joaquín Leguina o Jorge Semprún, por citar algunos.

Sobre el asunto citado trataba un reportaje de antes de ayer en El País titulado "Léase antes de gobernar", En él, renombrados filósofos, politólogos e historiadores escogían obras para el liderazgo ideal y se permitían recomendar su lectura a nuestros políticos en ciernes y en ejercicio.

Menciono, de entre las citadas, tan solo las leídas por mí, si no con provecho al menos con placer: "El político" y "El Oráculo manual", de Baltasar Gracián; "El Príncipe", de Maquiavelo; "Pensar Europa", de Edgard Morin; "La fiesta del chivo", de Vargas Llosa; "A sangre fría", de Truman Capote; "Discurso sobre la servidumbre voluntaria", de De la Boêtie; el "Protágoras", de Platón; o "El traje nuevo del Emperador", de Dich Whittington. Varios de las recomendantes coinciden en señalar como fundamental un libro muy actual, "Algo va mal", del historiador británico Tony Judt, fallecido el pasado año. A mi también me lo parece, y no se porqué, sospecho que ninguno de nuestros flamantes nuevos ministros lo ha leído.

La profesora de la UNED, Amelia Valcarcel, catedrática de Filosofía moral y política, se permite ironizar, sin "animus iujuriandi", al respecto: ."¿Lecturas para un político español? En París más de una vez me he encontrado a Dominique de Villepin comprando libros. En España jamás he visto a un político en una librería. Será que no voy a las buenas. Un gobernante no tiene más obligaciones lectoras que cualquier persona con cierta formación, pero a veces no se llega ni a eso. Parece que la lectura es perjudicial para la salud". Coincido con su apreciación.

El reportaje de El País me ha animado a elaborar, a vuela pluma, una lista de mis lecturas políticas favoritas, no incluidas entre las citadas por tan ilustres profesores e intelectuales. No están todas las que son, evidentemente, pero pienso que son todas las que están. Las cito por orden más o menos cronológico y no por la importancia que me merecen.

El primer lugar es, sin dudarlo, para "La República" de Platón. Pese a lo que su nombre parezca indicar no es un tratado sobre la política, sino sobre la educación,... de los políticos. Es una utopía, pero sigue siendo lectura imprescindible a mi modesto juicio.

El segundo puesto lo reservo para una tragedia clásica, "Los persas" de Esquilo. Una obra en la que el adversario, en este caso el enemigo ancestral de los griegos, los persas, son tratados con un respeto que en la política actual se ha perdido por completo.

El tercer lugar lo ocupa "El Federalista", la gran obra de Hamilton, Jay y Madison en defensa del proyecto de Constitución de los Estados Unidos de América. Su lectura vale con provecho por cualquier curso de Ciencia Política.

La cuarta posición es para las "Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal" de G.W.F. Hegel. Una magistral síntesis sobre el sentido y el progreso de la historia de la humanidad.

El quinto lugar lo reservo para "La democracia en América", de Alexis de Tocqueville. Uno de los más influyentes y acertados análisis que se han hecho sobre la democracia y los peligros que, por su causa, pueden acechar a la libertad.

La sexta posición la guardo para "Rebelión en la granja" de George Orwell, la más crítica fábula que se ha escrito sobre el estalinismo y la falta de libertad de la Rusa soviética de entre-guerras.

La séptima es para "Los orígenes del totalitarismo" de Hannah Arendt. No podía dejar de mencionarla sin desautorizarme a mí mismo, aun cuando he dudado entre ésta o su otro libro, "Sobre la revolución".

El octavo lugar lo guardo para otra obra de ficción: "Memorias de Adriano" de Marguerite Yourcenar. La larga y reflexiva epístola que el emperador Adriano escribe a su sucesor, sobre el arte de gobernar, cuando siente la proximidad de su hora final.

El noveno lugar es para "Historia del siglo XX. El mundo, todos los mundos" del historiador francés Marc Nouschi. Magistral obra de síntesis, sin parangón alguno, sobre el siglo que se fue, y cuyas consecuencias estamos pagando aún.

Y el décimo y último lo guardo para otro libro de otro historiador francés: "El pasado de una ilusión", de François Furet, un interesantísimo análisis de la inmensa tragedia y fracaso que ha supuesto para la historia la experiencia comunista.

En fín, un año más que se va; otro "annus horribilis" (como acertadamente definió la reina Isabel II el de 1997). "Annus horribilis" que para los españoles y los europeos no se termina hoy, 31 de diciembre, sino que tiene todo el aspecto de que va a prolongarse durante bastante tiempo más.

Sean felices a pesar de todo. Tamaragua, amigos. Y Feliz Año Nuevo... HArendt







Tony Judt (1948-2010)





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"Tanto como saber, me agrada dudar" (Dante)
"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura" (Voltaire)
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miércoles, 28 de diciembre de 2011

Las cuentas del rey (II)






Cortes Generales (Madrid, 27-12-2011)



Decir que uno es monárquico en España no debería parecer una originalidad ni representar ningún problema. El artículo 1, punto 3, de la Constitución establece que la forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria. Sin embargo, por el ruido que hacen, parece que para muchos españoles no es así: que la forma monárquica de configuración de la Jefatura del Estado fuera algo obsoleto y reprobable y que los que nos declaramos monárquicos por convencimiento somos unos carcas con peluca. 

Yo me declaro monárquico sin pudor alguno. Respetuoso con aquellos ciudadanos que defienden la republicana como forma política de configuración de la Jefatura del Estado, creo que la monarquía y quién la personifica en este momento de la historia cumple con pulcritud el papel que la Constitución le encomienda y que la disyuntiva a resolver no es monarquía/república, sino democracia/autoritarismo. 

Monarquías son algunos de los Estados más avanzados socialmente y con mayor y acreditada solera democrática: Gran Bretaña, Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Luxemburgo y Bélgica, son en Europa, monarquías. En América, lo son Canadá y la mayoría de los pequeños Estados del Caribe. En Oceanía, Australia, Nueva Zelanda y otro buen número de Estados insulares; y en Asia, Japón. Es cierto que también hay monarquías que no cumplen ni por aproximación las expectativas de reconocimiento como Estados democráticos en África y Oriente Medio, pero eso también es aplicable a la mayor parte de los Estados configurados como repúblicas en todo el mundo. 


El argumento "monarquía=obsoleta / república=progresista" carece de peso y,  sinceramente, buscar el enfrentamiento de la ciudadanía en función de esa disyuntiva me parece un soberano ejercicio de irresponsabilidad política.

En enero de 2009, va a hacer justamente tres años, regalé por Reyes a una antigua y gran amiga, ferviente republicana, un libro recién publicado por Carlos García Retuerto titulado "33 españoles y el Rey" (Martínez Roca, Madrid, 2009). Ese hecho me dio pie a publicar a mi vez una entrada en el blog el 16 de enero de ese año que titulé "Las cuentas del rey" [1], en la que comentaba uno de los aspectos destacados por el citado libro, aquel que hacía referencia a la cuestión ¿cuánto cuesta a los ciudadanos de los estados democráticos, sean éstos monarquías o repúblicas, mantener a su Jefe del Estado?

Con datos tomados de los respectivos presupuestos generales del Estado, la presidencia de la República Federal Alemana, arrojaba un gasto de 21 600 000 euros anuales. La de la República Francesa, 30 500 000 euros;  los gastos de la Corona británica ascendían a 54 000 000 de euros. Los de la presidencia de la República Italiana ascendían a 425 000 000 de euros anuales. Los de la Corona española a 9 050 000 euros...

Ayer martes, se celebraba en Madrid la solemne apertura de la X Legislatura de las Cortes Generales [2], en una sesión conjunta del Congreso de los Diputados y del Senado que presidían los Reyes y los Príncipes de Asturias. En la recepción que seguía a la misma, se informaba que en el día de hoy se harían públicas por vez primera en detalle las partidas de gastos en las que se emplean las cantidades que los presupuestos generales del Estado determinan anualmente para el sostenimiento de la Jefatura del Estado. 

En este enlace [3] de la página electrónica de la Casa de Su Majestad el Rey puede examinarse el presupuesto oficial de gastos de la Familia Real y de su Casa presentado por la Intervención de Estado esta misma mañana. Y en este otro [4] el incisivo reportaje que sobre el hecho escribe en la edición electrónica de El País de esta misma tarde la periodista Mábel Galaz.  La cuestión no da para más, pero aquí están los datos. ¿Qué se ha tardado mucho en dar el paso? Es posible, no lo discuto, pero ya están aquí; dejemos de especular al respecto. 

Espero que los disfruten. Y sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt





Cortes Generales (Madrid, 27-12-2011)









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domingo, 25 de diciembre de 2011

El Discurso del Rey: Mensaje de Navidad - Diciembre 2011











Como todos los años por estas fechas reproduzco en el blog el tradicional Mensaje de Navidad [1] del rey a los españoles. Lo hago sin comentarios, con el enorme respeto que siento por la Corona y la persona que la ostenta. 

En este enlace [2] puede leerse la reacción que el mismo ha merecido para el más prestigioso de los diarios españoles. 

Les deseo de nuevo una feliz Navidad. Tamaragua, amigos. HArendt











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miércoles, 21 de diciembre de 2011

¡Feliz Solsticio! ¡Feliz Navidad! ¡Feliz Año Nuevo!





Mi felicitación personal



Repito mi felicitación personal del pasado año; y no lo hago por comodidad o falta de talento para ser original. Simplemente: me gustó tal y como quedó entonces. Tópico o no, es un placer compartir un año más con los lectores y amigos de este blog las fiestas milenarias del Solsticio de Invierno y de la Natividad Cristiana. ¡Feliz Solsticio!, ¡Feliz Navidad! Que el año próximo que se acerca venga para todos ustedes y para todos los hombres de buena voluntad cargado de paz, amor y felicidad. Y que la diosa Fortuna les sea propicia hoy, mañana y siempre. Tamaragua, amigos. HArendt






Forges y la Navidad





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Rajoy jura su cargo como Presidente ante el Rey

Mariano Rajoy es investido presidente del Gobierno por el Congreso

Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados: Debate de investidura (II) - 20/12/2011





Zapatero felicita a Rajoy tras su elección






Desde este enlace (1) de la página electrónica del Congreso de los Diputados puede accederse al Diario de Sesiones de la cámara correspondiente al 20 de diciembre de 2011, donde puede leerse el contenido íntegro de la segunda y última sesión del debate de investidura de Mariano Rajoy como presidente del gobierno de España. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt







Los diputados del PP aplauden a Rajoy








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martes, 20 de diciembre de 2011

Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados: Debate de investidura (I) - 19/12/2011









Mariano Rajoy (PP)







Desde este enlace (1) de la página electrónica del Congreso de los Diputados puede accederse al Diario de Sesiones de la cámara correspondiente al 19 de diciembre de 2011, donde puede leerse el contenido íntegro de la primera sesión del debate de investidura de Mariano Rajoy como presidente del gobierno de España. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt







Congreso de los Diputados (Madrid)






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domingo, 18 de diciembre de 2011

Shirin Ebadi: La conciencia de Irán






Shirin Ebadi





El mundo de la diplomacia se desenvuelve mediante expresiones sobreentendidas que dicen lo que no dicen y que solo entienden los iniciados. Por ejemplo, cuando un diplomático dice "sí", en realidad está diciendo "quizá"; cuando dice "quizá", está diciendo "no"; y nunca dirá "no", porque eso no sería diplomático... Quizá sea esa la razón de que si le preguntáramos a un diplomático de la Unión Europea o los Estados Unidos de América cuál es la actual "bête noire" (otro término diplomático) de las cancillerías occidentales se nos fuera por la tangente, pero creo que no tendría duda alguna de que le estábamos preguntando por el régimen iraní.

No suelo caer en el maniqueo equiparamiento de régimen o gobierno, y pueblo o Estado. Por poner otro ejemplo, soy un decidido admirador y defensor del pueblo y del Estado de Israel, y con igual convicción condeno muchas de las actitudes y comportamientos de sus gobiernos actuales y pasados. Por la misma razón, siento una profunda simpatía por el pueblo iraní y su milenaria historia, y una igual de profunda animadversión por su régimen actual, heredero directo de la teocracia impuesta por el ayatolá Ruhollah Jomeini (1902-1989) en 1979.

Mi admiración y afecto por el pueblo iraní viene de antiguo, como mínimo, de hace cincuenta años. Ya lo he contado en el blog anteriormente en la entrada "Irán & USA" (1), de mayo de 2008, en la que relataba mis asiduas visitas, con catorce o quince años, a la Embajada Imperial del Irán en Madrid, muy próxima al domicilio de mis padres, y el trato siempre cordial que me dispensaban en ella, que ponía en relación con mi admiración simultánea en el tiempo por el pueblo norteamericano, nacida de algo tan inusual en un españolito de principios de los 60 como mi afición por el béisbol. 

Lo recordé hace unas semanas leyendo un interesante artículo de la profesora María Jesús Merinero, catedrática de Historia Contemporánea en la Universidad de Extremadura, titulado "Añicos de Irán" (2), publicado en el número de octubre de Revista de Libros. Un artículo en el que se hace una severa crítica del reciente libro de los periodistas franceses Serge Michel y Paolo Woods "Puedes pisar mis ojos. Un retrato del Irán actual" (Alianza, Madrid, 2011), que la profesora Merinero tacha de sensacionalista, falto de rigor y plagado de prejuicios, estereotipos, ignorancia e intereses geoestratégicos, que ensombrecen, dice, los múltiples cambios que se han producido en la sociedad iraní, y que la hacen emerger como una sociedad afable, posmoderna, e inmersa en el éxtasis de la comunicación; en definitiva, confundiendo y mezclando, intencionadamente, pueblo iraní con régimen iraní. Régimen que los propios iraníes, añade, definen lisa y llanamente como dictatorial, más que como teocrático e infalible, despojándole así de la supuesta sacralización que los ultraconservadores del régimen quieren atribuirle para defender sus prácticas. 

En apoyo de esta tesis sobre la realidad del pueblo y la sociedad iraní actuales, que lucha por imponerse al régimen político que los sojuzga, viene a sumarse la actividad incansable de la abogada y activista proderechos humanos iraní Shirin Ebadi (3),  Premio Nobel de la Paz en 2003, primera ciudadana iraní y primera mujer musulmana en recibir este premio, en exilio forzado desde 2008, 

Nacida en Hamadán (Irán) en 1947, con solo 23 años fue una de las primeras mujeres juez de su país, y a los 28 la primera presidenta de un tribunal iraní, Fue arrestada por primera vez en el año 2000 por defender a familiares de escritores e intelectuales asesinados en su despacho de abogado, que abrió tras ser expulsada de la carrera judicial. Tres años después le concedieron el Nobel de la Paz, que recogió en Estocolmo con la cabeza descubierta, lo que provocó nuevas críticas de los dirigentes iraníes. Hace tres años, el Gobierno iraní cerró el Centro de Defensores de Derechos Humanos que había creado en Teherán y comenzó un acoso implacable a su familia, además de amenazas de muerte que le impiden regresar a su país y le obligan a un exilio nómada, de país en país. 

El País Semanal de hoy domingo publica una extensa entrevista con ella (4), realizada en Madrid el mismo día en que Gadafi era linchado en Libia por los opositores de su régimen, en la que se pronuncia decididamente por una separación estricta entre religión y política, y aunque aprovecha cualquier oportunidad para defender su religión critica el uso político que hacen los dictadores islamistas de la misma. Para Ebadi, la religión es importante pero asegura que los gobiernos antidemocráticos, como el iraní, justifican sus actos con la religión, pero que eso no es verdad, que lo que hacen no está de acuerdo con el islam.

A la pregunta de si ha cambiado algo en Irán en los últimos años responde con rotundidad que hoy la situación es peor que hace un año; mucho peor que hace ocho años, cuando recibió el Nobel, y claramente peor que cuando se le impidió volver a Teherán en 2009. Las cárceles están llenas, añade, y la cosa va a peor, aunque cada vez haya más personas en contra del gobierno, Al final de la entrevista dice sentirse apoyada en su lucha por el pueblo iraní, un pueblo que quiere la democracia y los derechos humanos.

Los vídeos que acompañan la entrada son sendos reportajes sobre la concesión del Premio Nobel de la Paz (5) a Shirin Ebadi, y la historia de la revolución iraní (6) entre 1978 y 2009, éste último en inglés. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt





Ruhollah Jomeini





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Shirin Ebadi, Premio Nobel de la Paz 2003 - (Canal Sur, Andalucía

Iran history (1978-2009)

domingo, 11 de diciembre de 2011

Sobre libros y bibliotecas: filias y fobias






Maqueta de la antigua biblioteca de Alejandría





¿Cómo se definirían ustedes: cómo bibliópatas o cómo bibliófobos? Si lo primero, ¿cómo prefieren los libros: en papel o electrónicos? 

"Leer por gusto, para matar el rato y así ganarse tal vez la eternidad, ha sido siempre el motivo de esa búsqueda de la felicidad y el conocimiento que es la lectura, y como en todos los actos humanos innecesarios o superfluos -a la vez que trascendentales- el acompañamiento personalizado, irrepetible (aunque tu ejemplar sea uno entre un millón que otros desconocidos leen en ese momento), fungible, de un libro físico, añade al acto de leer un componente sensual y sentimental infalible. El tacto y la inmanencia de los libros son, para el "amateur" (amador), variaciones del erotismo del cuerpo trabajado y manoseado, una manera de amar tradicional que, justo es reconocerlo, no pocas personas rechazan, prefiriendo el contacto sexual con aparatos, figuras de holograma y voces pregrabadas, lo que antes se conocía como telephone sex y pronto será, no lo dudo, digital sex, seguramente operado, como la telefonía móvil de alta gama, sin manos". 


Transcribo con placer este párrafo de Vicente Molina Foix, porque sintetiza muy bien lo que se siente, lo que yo siento, cuando tengo un libro entre mis manos... Está en un artículo suyo en El País: "El siglo XXV. Una hipótesis de lectura" (1), escrito como réplica a otro del escritor mexicano Jorge Volpi, "Requiem por el papel" (2), publicado en el blog literario El Boomeran(g), en el que se pronunciaba rotundamente por la edición digital en lugar de la de papel. 

Ha sido la lectura de otro espléndido artículo, éste del escritor José María Merino en Revista de Libros, "Bibliofobia"  (3), lo que me ha llevado a esta reincidente reflexión personal sobre los libros, a la que no aporto nada que no haya dicho anteriormente, por ejemplo, en la entrada de este blog titulada "Bibliopatía" (4)

Ni que decir tiene que comparto las tesis de Vicente Molina Foix, (y de Anne Fadiman, en la citada "Bibliopatía"), sobre el amor y la pasión por los libros: Ya no es esa pasión compulsiva propia de la edad de iniciación, ahora ya morigerada por los años, la experiencia lectora, el cultivo del gusto literario, y... el precio de los libros. También para mí, el libro, todos los libros, son objetos sensuales y sentimentales; y hasta en el más insulso y prescindible, puede uno encontrarse una frase, un giro, una idea, que lo hacen atractivo... Puedo entender que haya gente a la que no le guste leer; ¿pero odiar a los libros?... Escapa a mi comprensión. Y sin embargo, el odio a los libros, la bibliofobia, como ilustra muy bien José María Merino en su artículo, es una constante histórica en todas las civilizaciones y culturas. Basten al efecto las citas sobre la destrucción premeditada y alevosa de bibliotecas como la de Babilonia, por los asirios, hace 4000 años, o la de Bagdad, por los bombardeos norteamericanos ya en el siglo XXI, pasando por la de la Alejandría de Hipatia; o los bibliocaustos eclesiales varios (Savonarola o el Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum, entre otros); o los de la última guerra civil española; o el nazi, en el pasado siglo. Les recomiendo su lectura; estoy seguro que los disfrutarán. 


Acompaño la entrada con el vídeo del capítulo (5) que la serie de televisión "Cosmos", de Carl Sagan, dedicó a la Biblioteca de Alejandría. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt





Hipatia de Alejandría, de C.W. Mitchell




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La biblioteca de Alejandría ("Cosmos", de Carl Sagan)

sábado, 10 de diciembre de 2011

Sobre libros y lecturas. Memorias de juventud de Esther Tusquets







Portada de "Habíamos ganado la guerra"






No se si es una pasión o un vicio, pero aunque desconfío y detesto a partes iguales las secciones de libros de las grandes superficies comerciales, colocadas normalmente al lado de los embutidos o los electrodomésticos para el hogar, lo primero que hago en cuanto entro a una de ellas es pararme a echar una ojeada por los estantes y mirar por encima los títulos y novedades que en ellos se exponen.

Con un poco de práctica el cerebro se educa para reconocer aquellos títulos que en uno u otro momento han llamado nuestra atención y como si de un código de barras se tratara nuestro escáner cerebral emite un chasquido especial cuando la vista, aun abarcando unas docenas de libros simultáneamente, tropieza con el titulo previamente grabado en nuestra mente.

Me pasó ayer tarde, en el Carrefour de Hoya de la Plata, junto a nuestra casa en Las Palmas. Fue como un “piii, piii, piii”…, intenso y sonoro, aunque evidentemente sólo lo oía yo. Allí estaba; sin buscarlo, en un estante a media altura, escondido junto a otros muchos libros sin sustancia (la mayoría de lo que se expone a la venta en estos lugares) el objeto de la inconsciente respuesta automatizada de mi cerebro: "Habíamos ganado la guerra" (Ediciones B, Noviembre de 2007, Barcelona), de Esther Tusquets, justo el libro y su autora de la que trataba la entrada de mi blog del pasado día 6. Una hora más tarde estaba sentado en el sofá de casa leyéndolo, y unas horas después lo terminaba transido de emociónes y sentimientos contradictorios, casi al borde del llanto.

Hasta yo mismo me preguntaba el “por qué”. ¿Qué podía tener de especial un libro de memorias de una joven burguesa. de buena familia, ahora escritora famosa y editora de prestigio, que relata sus vivencias de infancia y juventud -entre 1936, el año de su nacimiento, y el de 1956-, en que lo finaliza, para despertar en mi ese cúmulo de sensaciones?

Una de las razones es que, nacido diez años después que ella, y en ambientes -no solo sociales- completamente distintos y diferentes, muchas de las vivencias de juventud que Esther Tusquets relata en sus memorias, las he vivido y experimentado personalmente.

Sólo una primera coincidencia: el desfile de las tropas de Franco entrando en Barcelona en marzo de 1939. Me faltaban diez años para nacer, pero mi madre y mis dos hermanos mayores, niños aún como ella, tambieén estaban ese día en las calles de Barcelona, es probable que a su mismo lado, celebrando la entrada de los “nacionales” en la Ciudad Condal y con ella, el práctico final de la guerra civil. Mientras mi padre, desaparecido hacía meses, esperaba su repatriación en un campo de prisioneros cercano a Lyon (Francia).

Hay más concidencias, claro está: Un temprano fervor religioso y su posterior conversión en desprecio por la Iglesia y agnoticismo militante; un inquieto estado de perplejidad ante la flagrante injustica social imperante; un volcarse en la organización oficial del Régimen (el “Movimiento”) como instrumento de realización y vocación política personal, defraudada finalmente; una decidida y latente ubicación en la izquierda incapaz, a la larga, de sujetarse a los trágalas de todas y cualesquiera organizaciones políticas existentes; el cambio radical de forma de pensar que supuso el paso por la universidad, nuestra común licenciatura en Historia, la pasión por el mar… Todo muy difuso, pero muy real, en el recuerdo y en los sentimientos. Me mereció la pena leerlas y rememorar una época no tan lejana en el tiempo. 

Complementan la entrada sendos vídeos con la entrevista (1) que Canal Sur realizó a la escritora catalana y las opiniones de ésta sobre el Festival Eñe (2) celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 2009. Sean felices a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt








Esther Tusquets






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Entrada núm. 1438 -
Reedición  de la publicada en el blog el 9/12/2007
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Esther Tusquets: Festival Eñe (Madrid, 2009)

Esther Tusquets entrevistada en Canal Sur TV

miércoles, 7 de diciembre de 2011

¿Muerta para nada?: Anna Politóvskaya, cinco años después







Anna Politóvskaya






El idilio, si es que alguna vez fue idilio y no simple temor, entre Vladimir Putin y el pueblo ruso comienza a resquebrajarse (1). Es la opinión generalizada en todos los medios de prensa y cancillerías occidentales a la vista de los resultados de las elecciones a la Duma, la cámara baja del parlamento ruso, celebradas el pasado domingo. Como ocurre con la capitalista, reverenciada y temida República Popular China, a Rusia le falta todavía más de un hervor para ser considerada una democracia, y al Sr. Putin, el término "Демократия" (democracia) le tiene que producir sarpullido, por muy dura que tenga la cara, algo de por sí, evidente. Algunos cínicos dirán que para que quieren ser una democracia con lo bien que les va así (sobre todo a los chinos). Vale; es una opinión, idiota, pero la respeto. 


Hoy hace justamente cinco años publiqué en "Desde el trópico de Cáncer" el artículo que reproduzco de nuevo más adelante titulado "¿Muerta para nada?", escrito por el filósofo francés André Glucksmann en homenaje a la escritora y periodista rusa Anna Politkóvskaya (2). Reconocida especialista en asuntos como la guerra de Chechenia, decidida proactivista y defensora de los derechos humanos y muy crítica con la política de Vladimir Putin y de su entorno en el Kremlin, Anna Politóvskaya fue asesinada a tiros en Moscú justo dos meses antes de dicho artículo, en lo que parecía a todas luces un asesinato político propiciado desde el poder.

André Glucksmann (3), filósofo y ensayista profundamente anticomunista, denostado por la izquierda radical francesa, decidido partidario de Nicolas Sarkozy en las últimas elecciones presidenciales, y amigo personal de Anna Politkóvskaya, escribió un emotivo y documentado artículo sobre las más que probables vinculaciones de los asesinos de su amiga con el gobierno de Putin.

Tras meses de presiones internacionales, y la misteriosa muerte en Londres, presuntamente también asesinado, de un antiguo funcionario de los servicios secretos rusos llamado Alexander Litvinenko (4), que había denunciado públicamente en Occidente las tropelías de la policía secreta rusa e investigado las circunstancias de la muerte de Anna Politkóvskaya, la justicia rusa encausó a varias personas como responsables del asesinato de la periodista. En febrero de 2009, todas ellas fueron absueltas por falta de pruebas. 

No han cambiado mucho las cosas en Rusia desde entonces. Vladimir Putin se dispone a gobernar de nuevo el imperio ruso, pero su pueblo ha comenzado a darle la espalda. Y como todos los autócratas, más pronto que tarde, acabará por caer, aunque Occidente, aplicando la regla de oro de que en las relaciones internacionales no hay amigos ni aliados sino intereses, siga mirando para otro lado. Y la razón está en que cada vez son más los ciudadanos rusos que piensan que Anna Politkóvskaya no murió para nada y que el pueblo ruso tiene derecho a vivir dentro de una auténtica democracia y no en un simulacro de la misma como la actual.

Acompaño la entrada con un vídeo del reportaje (5) emitido por RTVE diez días después del asesinato de Anna Politkóvskaya y con otro de la película-documental (6) dirigida por los realizadores italianos Giovanna Massimeti y Paolo Serbandini sobre la vida y la muerte de la periodista y activista rusa.

Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt




Vladimir Putin
  




¿Muerta para nada?, por André Glucksmann 
EL PAÍS, 7/12/2006

Una tarde de octubre, sonó el teléfono. Primero desde Moscú, luego desde Roma: Anna acababa de ser asesinada. Un día nefasto para la humanidad. Un día nefasto para Rusia. Un día nefasto para Chechenia. Un día nefasto para todos nosotros y para mí, que era amigo suyo. Quizá un buen día para Putin, condecorado hace poco (a escondidas) con la Gran Cruz de la Legión de Honor por Jacques Chirac.

Anna Politkóvskaya era un ser excepcional, con un valor mental y físico que cortaba el aliento. Y, como todas las personas heroicas, con una modestia y un humor asombrosos. Imaginen un paso confiado, un rostro de ángel, una mirada luminosa disimulada tras unas gafas enormes, unas carcajadas comunicativas. Había perdido ya la cuenta de sus viajes de ida y vuelta entre Moscú y Grozni (más de 50), a pesar de las intimidaciones, las amenazas y los simulacros de ejecución que adornaban sus desplazamientos. Quería sacar a la luz todo el espanto que encontraba sin cesar en la guerra del Cáucaso. Resistía bien ante
el Kremlin, pero le dejaba sin respiración y le repugnaba la indiferencia obscena de los políticos occidentales. No escogía ningún campo, aparte del de la verdad. Su horror ante la crueldad, fueran quienes fueran los autores, era uno e indivisible.

Su rectitud sin concesiones le había granjeado el afecto de la población chechena. Negoció la rendición de los que mantenían capturados a los rehenes en el teatro Nordost de Moscú, pero se le adelantaron las “fuerzas especiales” que gasearon hasta causar la muerte a los desgraciados espectadores. En septiembre de 2004, volvió a ofrecerse como intermediaria en Beslán, y entonces envenenaron su té durante el vuelo Moscú-Rostov. Aunque nunca se recuperó físicamente de aquel envenenamiento, desechó sin contemplaciones tanto su fatiga como la advertencia criminal. Los ministerios relacionados con la seguridad y la defensa, nostálgicos del KGB, le profesaban un odio insaciable.

La Duma la declaró “enemiga número 1″. Ella me confesó, con una sonrisa enternecedora, que sabía lo que le aguardaba. ¿Y qué hizo? Fundaciones de todo tipo le propusieron trabajar en Occidente, pero ella rechazaba siempre las invitaciones. Estaba empeñada en “salvar el honor de Rusia”. El martirio de Chechenia era una herida abierta, la negación, purulenta y contagiosa, de lo que constituye desde hace tres siglos la grandeza de la cultura rusa, de sus poetas y sus escritores. Era ciudadana rusa y, como tal, se sentía responsable de los crímenes cometidos en su nombre.

Cuarenta días después de su asesinato -la duración del duelo ortodoxo-, mientras un puñado de amigos encendía unas velas en su memoria, Anna parecía olvidada del gran público, borrada del mapa. Los asesinos, recogidos en pleno trabajo por la cámara de vigilancia, se habían disuelto en la naturaleza. Los rumores vagos y contradictorios ayudaban a enterrar su ejecución en la larga lista, cada día más extensa, de crímenes sin resolver. Los periodistas, financieros, políticos y desconocidos caídos bajo balas de encargo constituyen el día a día de la vida en Moscú, Petersburgo y toda la santa Rusia según Putin, que declaró, con gran galantería, que su compatriota asesinada a tiros tenía una importancia “insignificante”. Apenas cerrado el ataúd, nuestro patán favorito hinchó el pecho y tensó los músculos: prohibida en la televisión desde hacía varios años, excluida de las publicaciones de gran tirada, la víctima tuvo que prestar testimonio desde ultratumba, lejos de la larga mano del Kremlin. La olvidadiza opinión pública internacional pareció asumir la opinión del zar del petróleo y pasó a otros asuntos.

Han hecho falta otros 10 días y la lenta agonía de Alexander Litvinenko en un hospital londinense para que la prensa recordara a la ejemplar periodista de Novaya Gazeta. El antiguo funcionario de los servicios secretos que denunció en dos obras las maquinaciones de los jefes de la Lubianka (incluido Putin), estaba investigando los atentados, seguramente cometidos por la policía, cuyas 300 víctimas en Moscú justificaron la invasión de Chechenia, además del asesinato de Anna. Se ganó el derecho a la dosis letal, gracias a unos servicios secretos rusos especializados desde Stalin y Andrópov en estos sabrosos cócteles. Uno se los traga sin darse cuenta y termina, delante de todo el mundo, con unos sufrimientos terribles. Después de haber guardado vigilia junto a la cabecera de un cole-ga demasiado curioso, Anna sospechaba que los asesinos habían cocinado astutamente las dosis para que la muerte se abriera paso en medio de espantosas torturas. El tiempo suficiente para que el dolor que se extiende por el sistema muscular y nervioso transmita a próximos y lejanos una sana advertencia: éste es el precio que se paga por meterse en el terreno de las autoridades. ¡A buen entendedor, pocas palabras bastan! Esta terapia del ejemplo, me decía Anna, es más eficaz que cualquier fastidiosa advertencia.

¿Por qué ella era tan valiente? ¿Por qué afrontaba el supremo peligro? Por un orgullo intrépido: “Me niego a esconderme y esperar en mi cocina días mejores”. Y por una generosidad insaciable. En su último artículo, esbozado en el ordenador y recuperado después de su muerte, escribía: “He tomado la decisión deliberada de no detenerme en los ‘alicientes’ del camino que he escogido: el envenenamiento en el avión hacia Beslán, las detenciones, las amenazas enviadas por correo o a través de Internet, las promesas de muerte. Todo eso no me importa. Lo esencial es tener la oportunidad de hacer lo que considero fundamental. Describir la vida, acoger todos los días en la redacción a visitantes que ya no saben dónde acudir en su desgracia. Las autoridades les hacen pasearse de un sitio a otro, porque lo que les ocurre no encaja con las concepciones ideológicas del Kremlin, hasta el punto de que la historia de sus infortunios no puede aparecer en ninguna parte y sólo se publica en nuestro periódico, Novaya Gazeta”.

No obstante, tras la profesión de fe incandescente de una periodista que lleva al límite su deontología y sobrepasa su oficio, yo observo más cosas. En la precisión de su mirada y la exactitud quirúrgica de su estilo se atisba a la hermana pequeña de Chéjov, con quien a menudo se encuentra en el placer de la escritura. En el Cáucaso norte, Anna descubrió algo más grave que los desastres corrientes de un conflicto colonial: “Aquí se ha construido un mundo de una irracionalidad militar total, e incluso si la guerra terminara mañana -quién sabe-, seguiría existiendo. Digan lo que digan los médicos, los neurólogos y los psiquiatras sobre nuestras infinitas posibilidades, cada hombre tiene una resistencia moral limitada, más allá de la cual se abre un abismo personal, que no es necesariamente la muerte. Puede haber situaciones peores, como que uno pierda por completo su humanidad en
respuesta a todas las abominaciones de la vida. Nadie puede saber de qué sería capaz en una guerra”.

Anna me decía: no se trata sólo de la infinita desgracia de los chechenos, sino de nosotros, los rusos, y de vosotros, los occidentales prósperos pero ciegos. La barbarie despiadada es un cáncer cuyas metástasis -corrupción, arbitrariedad, brutalidad- alcanzan a Moscú, San Petersburgo y los ambientes cerrados de la miserable provincia rusa. Mi país no es una dictadura africana o latinoamericana cualquiera, es un miembro permanente del Consejo de Seguridad, la segunda potencia termonuclear, un traficante de armas gigantesco, un increíble productor de gas y petróleo. Los dueños del Kremlin tienen una capacidad asombrosa de hacer daño, y la ejercen sin inmutarse por escrúpulos ni pudores. El calvario de los chechenos no es más que el primer paso y el ejemplo periférico de sus facultades. He visto cómo desaparecían nuestras escasas libertades, cómo la autocracia ahogaba una opinión pública incipiente y cómo se entregaba el país a una anarquía mafiosa y burocrática en la que los conflictos de intereses se solucionan a tiros o, en el mejor de los casos, mediante encarcelamientos arbitrarios. Véase el caso de Jodorkovski.

En mi opinión, la fuerza de Anna, el secreto de ese valor inflexible, residía en que no disimulaba nunca, ni ante sí misma ni ante los demás, su extrema fragilidad. Se adivinaba vulnerable, pero sabía que el mundo no era menos mortal que ella, y sí, desde luego, más cobarde. Anna-Cassandra había descubierto en la guerra de Chechenia la sima en la que cae la sociedad rusa. Cuando la censura se instala en el espíritu de cada individuo, el ciudadano regresa a la larga tradición de sumisión, mientras que los amos del Estado vuelven a sentir que tienen un gran margen de maniobra, incontrolados en el interior y escasamente vigilados desde el exterior por una comunidad internacional complaciente. Anna no presentía sólo la proximidad de su propia muerte, analizaba un peligro sin fronteras que pone nuestra supervivencia a merced de la buena voluntad y los malos deseos de políticos, gusanos y cretinos, que en Moscú encarnan todo el poder y toda la molestia.

¿Acaso Anna Politkóvskaya murió para nada? Anna hizo sonar la alarma para que el mundo democrático se enterara y reaccionara. Los responsables que controlan el buen y el mal tiempo en Europa occidental han decidido apoyar el egoísmo de Vladímir Vladimirovitch. Este antiguo oficial de la Gestapo soviética (KGB) saca pecho vestido de “demócrata de pura raza” para Schroeder (el ex canciller de Alemania, nuevo empleado de Gaz-prom), que le asegura su amistad irrenunciable. El presidente de Francia, por su parte, no parece estar arrepentido de haber colocado la máxima condecoración de la República en el pecho de Putin. Ninguno de los dos, ninguno de otros como ellos, ha metido nunca la nariz en los escritos de Anna Politkóvskaya, asustados de que haya muerto por descubrir las verdades pestilentes.

¿Muerta para nada? Muerta por nosotros. Nosotros, los occidentales, que no hemos sabido leerla ni protegerla. Esa nada por la que Anna dio su vida somos nosotros. Receptiva al dolor de los oprimidos, inaccesible a la corrupción, glacial ante nuestros compromisos, Anna fue y sigue siendo el faro. Por encima de los honores, el dinero y la carrera, un deseo de verdad a toda costa.

En la primavera pasada, cuando la vi por última vez, Anna me dijo: “Si me matan, no investigues, el responsable está en el Kremlin”. El 23 de noviembre de 2006, Alexander Litvinenko deslizó con un último aliento: “Los cabrones me han pillado, pero no podrán pillarnos a todos”. Depende de nosotros.





André Glucksmann






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Entrada núm. 1437 -
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