viernes, 9 de octubre de 2009

Calidad democrática (II)

Al concluir mis estudios de licenciatura en Geografía e Historia en la UNED, me planteé seguir con un doctorado en Ciencias Políticas, que era realmente la opción que siempre me había atraído más. Diversos avatares profesionales y personales hicieron que la cuestión no pasara de mero proyecto, pero recuerdo que llegué a proponerme dos temas como posibles a la hora de acometer la tesis doctoral que culminaría mi paso por la universidad. Uno fue el del papel del Senado en las democracias modernas, asunto que siempre me ha atraído, y me sigue atrayendo, dada la escasa relevancia que la Constitución y los sucesivos gobiernos le han dado al español. El otro asunto posible objeto de esa tesis "non nata" era el del papel de la ciudad como sujeto y objeto de renovación democrática; en cierto sentido, una vuelta al ámbito originario de la democracia participativa, siguiendo la estela de pensadores como Hannah Arendt.

Esta es, también en cierto modo, la tesis del filósofo, escritor y periodista Josep Ramoneda, que el pasado 19 de agosto escribía un interesantísimo artículo en El País, titulado "Hacia una Europa de las ciudades", en el que venía a decir que frente al carácter cerrado de la nación, el ámbito urbano es el lugar idóneo para forjar una identidad abierta, la que necesita la nueva conciencia europea, que sea políticamente solidaria y capaz de compartir la soberanía.

La cultura nacional es una cultura cerrada y unitaria, dice. Se basa en la presunta homogeneidad de los ciudadanos que pueblan el Estado. Pero esta idea de comunidad está hoy completamente obsoleta, en sociedades que por su composición ya no pueden esconder su heterogeneidad. ¿No sería la hora de volver a este "lugar de una humanidad particular" que es la ciudad europea? Las ciudades son identidades abiertas frente a las naciones que son identidades cerradas. ¿No podrían ser éstas los nodos adecuados sobre los que tejer una red de identificación básica europea?

Pero la ciudad -concluye- es sobre todo el lugar de una identidad abierta, es el lugar en que es posible encontrar un denominador común entre los extraños que la componen; una identidad mínima muy parecida a la que requiere la reconstrucción de la conciencia europea, una identidad basada en el reconocimiento al otro y en la defensa de un modelo europeo que tiene todos los elementos de la cultura urbana: la soberanía compartida entre extraños; la solidaridad política; la diversidad y el conflicto como portadores de oportunidades y de cambio, y la negociación y el diálogo, como manera de relacionarse. Sin necesidad de inclinarse ante ningún dios menor, sea la patria o la religión de turno.

Me gustaría terminar esta entrada de hoy citando de nuevo al politólogo Robert A. Dahl, y su libro "La democracia y sus críticos" (Paidós, Barcelona, 1993). Dice en el mismo que sea cual sea la forma que adopte, la democracia de nuestros sucesores no será ni puede ser igual a la de nuestros antecesores. Ni debe serlo. Ya que los límites y posibilidades de la democracia serán radicalmente distintos de los que existieron en otras épocas y lugares del pasado. La brecha existente entre el conocimiento de las élites de la política pública y el de los ciudadanos corrientes, añade, puede reducirse, pues ya es técnicamente posible que todos los ciudadanos puedan disponer de información sobre todas las cuestiones públicas accesible de inmediato. ¿Está pensando Dahl en Internet?... Lo que parece claro es que el ámbito de la ciudad es quizá, o sin quizá, el idóneo para un ensayo de democracia participativa universal. Y las ciudades europeas, por su historia de libertad, el marco adecuado. ¿Por qué no intentarlo? Espero que les resulte interesante. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. (HArendt)




El profesor Robert A. Dahl




"HACIA UNA EUROPA DE LAS CIUDADES"
, por Josep Ramoneda
EL PAÍS - Opinión - 19-08-2009

Frente al carácter cerrado de la nación, el ámbito urbano es el lugar idóneo para forjar una identidad abierta, la que necesita la nueva conciencia europea, que sea políticamente solidaria y capaz de compartir la soberanía.

La ciudad "como lugar de una humanidad particular". La expresión es del historiador Marc Bloch. El filósofo Claude Lefort la recoge en un ensayo sobre Europa como civilización urbana. El argumento podría explicarse así. Al final de la Edad Media, las ciudades se conforman en Europa como lugar de comercio y de libertad. Poco a poco, en torno al mercado, una clase social naciente, la burguesía, genera un orden legal nuevo que acabará minando el poder feudal; al mismo tiempo, los siervos que se emancipan de sus señores encuentran protección en un espacio cada vez más libre. La expresión que siglos más tarde formulará Max Weber, "el aire de la ciudad hace libre", va tomando forma. "La libertad de la ciudad", escribe Lefort, "significa la disolución de los vínculos de dependencia personal, pero también la posibilidad de cambiar la propia condición, a favor del trabajo, de la capacidad de iniciativa, de la educación o de la oportunidad". Para Lefort esta comunidad urbana es específica de Europa y explica, en parte, el salto que ésta dará en el Renacimiento. Mientras la ciudad europea es lugar de comercio y libertad, la ciudad china es el territorio de la burocracia y del mandarinato. De ahí que Lefort sustente que la unión política de Europa, si algún día llega a ser completa, será el producto de una civilización secular de carácter profundamente urbano.

El proyecto europeo surgido del descenso a los infiernos que fue la II Guerra Mundial se construyó sobre el tabú de la guerra civil: que los europeos no volvamos a matarnos entre nosotros. Pero los países de Europa son viejos y arrastran demasiada memoria, demasiadas marcas inscritas en sus cuerpos por las armas de los vecinos. De modo que en ningún momento ha dejado de sentirse la tensión entre un singular proyecto de superación de desencuentros en un marco de soberanía compartida y la carga histórica de los Estados-nación, un invento de doscientos años de antigüedad que la propaganda ha tratado de hacer eterno. Y, sin embargo, se ha avanzado. Durante la guerra fría, Europa creció como un club selecto, protegido por el paraguas nuclear. Más tarde dos nuevas exigencias aparecieron por el camino: la globalización y el hundimiento de los regímenes de tipo soviético. Ya no era sólo el empuje político y moral del inicio del proceso, irrumpía la necesidad económica. La globalización, que es por encima de todo un cambio de escala de la economía, exigía tamaño: sólo una Europa unida puede tener voz en el mundo multipolar del siglo XXI. Al mismo tiempo, era un deber de la Europa democrática acoger a aquellos países que habían sufrido el secuestro del imperio comunista soviético. Europa, por fin, volvía a estar entera: Praga, incluida.

Estos dos nuevos factores han dado complejidad al proceso. Las dificultades no impidieron llegar a una insólita cesión de soberanía por parte de la mayoría de los Estados: la renuncia a la moneda propia a favor de una moneda única. Pero desde entonces ha ido creciendo la confusión. La ampliación no se ha digerido, la Administración Bush, con la irresponsable complicidad de algunos dirigentes europeos, utilizó los países del Este para abrir una fractura en el continente por la guerra de Irak, y la crisis ha venido a despertar las eternas querencias endogámicas del discurso de las patrias. En tiempo de dificultades, la tentación de escudarse en lo próximo, en los referentes tradicionales, es muy grande. Al fin y al cabo, la economía está globalizada pero la experiencia de los ciudadanos sigue siendo fundamentalmente nacional y local.

Pero la crisis cae sobre mojado. El rechazo de la Constitución Europea por parte de Francia y Holanda acabó con el tiempo de los eufemismos y de las medias palabras. Por fin, emergía a la superficie lo que se decía en voz baja: Europa tiene un serio déficit democrático. El orden de los tiempos ha sido acertado, los ritmos, no. Fue sensato empezar la casa por abajo: construyendo primero la unión económica, para entrar después en la unión política. Sin lo primero, lo segundo era prácticamente imposible. Pero la incorporación de la ciudadanía se hizo tarde y mal. Y ésta tuvo la sensación de ser invitada a ratificar algo que se había cocinado a sus espaldas. Lo pagó la Constitución, porque dos países con tradición política hicieron saltar la apuesta. Desde entonces, cunde una sensación de estancamiento y retroceso. Con una doble impresión: la mediocridad se ha adueñado de la Unión Europea por falta de líderes comprometidos. Y los Estados-nación se resisten e intentan tirar de las riendas del proceso en plena incertidumbre.

El Estado-nación no ha sido invento cualquiera. Ha sido el marco de la democracia en Europa. Pero ha perdido eficiencia y, al mismo tiempo, es un lastre para dotar a Europa de una mínima identidad común. Sin duda, la elección de presidente por sufragio universal directo sería un importante factor de integración política. Pero ¿el presidente de la República francesa o el Rey de España están dispuestos a aceptar una autoridad democrática por encima de ellos?

La cultura nacional es una cultura cerrada y unitaria. Se basa en la presunta homogeneidad de los ciudadanos que pueblan el Estado. Pero esta idea de comunidad está hoy completamente obsoleta, en sociedades que por su composición ya no pueden esconder su heterogeneidad. ¿Es la hora de volver a este "lugar de una humanidad particular" que es la ciudad europea? Las ciudades son identidades abiertas frente a las naciones que son identidades cerradas. ¿Pueden ser los nodos adecuados sobre los que tejer una red de identificación básica europea? "Las ciudades", dice Baumann, "son espacios donde los extraños viven y conviven en estrecha proximidad". La seducción de la ciudad viene de que la variedad es promesa de oportunidades.

La ciudad es el lugar en el que viven la mayoría de ciudadanos europeos. Y ciertamente se ha convertido, para utilizar la expresión de Baumann, "en un vertedero de problemas engendrados y gestados globalmente". El fantasma de la incertidumbre generado por la globalización y por la ideología del miedo amenaza a la ciudad con la fractura. Hay ciudades en el mundo donde los distintos sectores sociales viven encerrados, separados por murallas y barreras, sin apenas contacto alguno. La urbanalización, para utilizar la expresión de Francesc Muñoz, la separación de urbs y civitas (François Choay) por la vía de la ocupación indiscriminada del territorio por la urbanidad dispersa, miles y miles de casas pareadas y sus jardines, amenaza la ciudad densa, territorio de anonimato y libertad. Pero Europa, a pesar de todo, ha conseguido mantener la intensidad de sus ciudades. Y ha tendido a asumir los conflictos y a convertirlos, en lo posible, en factores de oportunidad. Al fin y al cabo, lo que ha sostenido la peculiar forma de ser de las ciudades europeas ha sido el Estado del bienestar y éste será a escala europea o no será.

Es en las ciudades donde ocurren los cambios. Es en las ciudades donde todavía es posible que el espacio público ejerza de lugar de encuentro y contacto, indispensable para el reconocimiento mutuo, que es la base de cualquier forma de convivencia realmente posible. Y son las ciudades las que hacen de nodos de conexión. Europa pronto tendrá inscrita en su geografía una trama de trenes de alta velocidad con las grandes ciudades en sus vértices. La movilidad es un factor esencial para la construcción europea, que tiene en este terreno un retraso enorme respecto a Estados Unidos.

Pero la ciudad es sobre todo el lugar de una identidad abierta. El lugar en que es posible encontrar un denominador común entre los¡ extraños que la componen. Que es una identidad mínima muy parecida a la que requiere la reconstrucción de la conciencia europea. Una identidad basada en el reconocimiento al otro y en la defensa de un modelo europeo que tiene todos los elementos de la cultura urbana: la soberanía compartida entre extraños; la solidaridad política; la diversidad y el conflicto como portadores de oportunidades y de cambio, y la negociación y el diálogo, como manera de relacionarse. Sin necesidad de inclinarse ante ningún dios menor, sea la patria o la religión de turno.





El filósofo Josep Ramoneda




Entrada núm. 1233
"Pues, tanto como saber, me agrada dudar" (Dante)
"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura" (Voltaire)

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