jueves, 18 de abril de 2013

Progreso moral y terrorismo





Boston (16/4/2013)



El terrorismo es intrínsecamente perverso; no hay terrorismo malo y terrorismo bueno; ni de derechas ni de izquierdas; hay terrorismo y terroristas a secas; y todos son deleznables. La vida humana es siempre valiosa en sí misma y  por sí misma, sin etiquetas, matices ni colores.

La simultaneidad en el tiempo, apenas unas horas, de varios hechos que no tienen especial relación entre sí: los atentados de Boston y Mogadiscio (o los que ocurren a diario en Bagdad, Damasco, Beirut, Gaza, Kabul o cualquier otro lugar del mundo) y la lectura de un artículo sobre la historia del progreso moral de la humanidad, me han hecho reflexionar sobre una conversación que hace unos días mantenía en Facebook con un buen amigo en relación con mi entrada del blog titulada "España en crisis. ¿Queda algo en pie?".

Estoy seguro que sin intentención peyorativa alguna me tildaba en ella de "optimista".  Vaya por delante que más que optimista, que no lo soy en esencia, yo me autocalifico como "escéptico", término este que defino  como el de "un optimista chamuscado por la realidad".

En el fondo, o no tan en el fondo, yo soy hegeliano. Como G.W.F. Hegel expone en su "Lecciones sobre la filosofía de la historia univeral" (Alianza, Madrid, 1980), uno de mis libros de cabecera, creo que la historia de la humanidad es la historia de un progreso lineal moral, no necesariamente ni siempre -por desgracia- material del hombre sobre el mundo. A pesar, como comentaba a mi amigo, de todos los meandros, vueltas y revueltas que el fluir de esa historia presenta hasta hoy, sigo creyendo en él.

Ese mismo pensamiento esencial lo compartieron en opinión de Hannah Arendt ("Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política": Península, Barcelona, 2003), cada uno con matices propios, Kierkegaard, Marx y Nietszche, los tres grandes herederos de Hegel, que pusieron patas arriba, con él, toda la filosofía anterior a su época.

Pero estoy divagando en exceso. En la conversación con mi amigo, defendiéndome  de su calificación de "optimista",  le comentaba que en el momento en que dejera de creer en la fuerza de la palabra habría dejado de vivir. Y añadía en mi respuesta una frase del paleontólogo, filósofo y jesuita francés Teilhard de Chardin en su libro "El fenómeno humano" (Taurus, Madrid, 1965) escrito en 1950, uno de los libros que han marcado mi vida como lector,  que venía a decir que "aunque perdiera la fe en Dios, seguiría conservando la fe en el hombre". Yo, en Dios, hace tiempo que la perdí.

A pesar de mi escepticismo, o de mi optimismo chamucado si prefieren verlo así, yo sigo creyendo en el progreso moral de la humanidad. Es la misma tesis que mantiene el psicólogo, escritor y profesor de la Universidad de Harvard (Estados Unidos), Steven Pinker, en su libro "Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones" (Paidós, Barcelona, 2012), magistralmente comentado por el profesor y catedrático de Filosofía Juan Antonio Rivera en su artículo "Una epopeya del progreso moral", publicado en el último número, abril-mayo, de "Revista de Libros". 

Toda esta larguísima digresión no es más que una invitación sincera, ferviente y entusiasta a que lean el artículo del profesor Rivera, y como no, si tienen ocasión y oportunidad el del profesor Pinker.

Y como colofón, les dejo este artículo publicado en El País del día 19 de abril por el escritor estadounidense Dennis Lehane titulado "No saben con qué ciudad se han metido". No conozco Boston; casi con toda seguridad no voy a conocerla nunca, pero es una de esas ciudades, como Atenas, Roma o El Cairo, que para mí son más un símbolo que una ciudad real. No me pregunten por qué; no sabría responderles.

Sean felices, por favor; o al menos inténtenlo. A pesar del gobierno y del mundo. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν". Tamaragua, amigos. HArendt




Hegel, Nietzche, Marx, Kierkegaard






Entrada núm. 1848
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