domingo, 27 de julio de 2008

*Crisis de confianza



Se me escapa el alcance real de la crisis económica ¿real, psicológica, inducida? que España y Occidente están afrontando. Según parece está afectando sobre todo a las economías más desarrolladas, y menos, o menos gravemente, a las de los países en desarrollo o de economías emergentes. No lo entiendo pero dicen que es así... ¿Cómo afrontarla? También para eso hay recetas para todos los gustos y todos los colores... Moisés Naím, director de la prestigiosa revista Foreign Policy escribe hoy en El País ("¿Quién hundió la economía mundial?") que las "crisis globales nunca tienen una sola causa ni un solo padre", pero para encontrarle una explicación a la actual señala a algunos culpables, empezando por Alan Greenspan, director de la Reserva Federal norteamericana, los reguladores financieros, los especuladores, el presidente George W. Bush, y terminando con los chinos... Es una opinión. Otra, la del catedrático de Política Económica de la Universidad de Barcelona, Antón Costas, ("La crisis como oportunidad"), se centra más en la crisis nacional, y dice sobre ella que puede superarse. Que la economía española, el tejido productivo español, tiene recursos suficientes para afrontarla siempre siempre que los males de diagnostiquen con rigor y "todos", liderados por el Gobierno, nos pongamos a ello. Ese "todos", por supuesto, implica a empresarios, trabajadores, sindicatos y administraciones, en un gran acuerdo para: "primero, repartir equitativamente, a corto plazo, los costes, evitando un conflicto distributivo que dispare la inflación y frene la continuidad del crecimiento, y segundo, lograr acuerdos de largo plazo que fomenten la vitalidad, la innovación y el cambio de modelo productivo para adaptarlo a los cambios económicos y tecnológicos". En resumen, que estamos en una crisis que, aparte de económica, es también una crisis de confianza: crisis de confianza en el gobierno y su liderazgo, en las instituciones europeas y nacionales económicas, en el sector empresarial, en el sistema financiero, y en nuestras propias capacidades. No entiendo nada de economía, pero sí tengo claro que una democracia consolidada no se deteriora por culpa de una crisis económica. Que las democracias tienen recursos suficientes para hacerlas frente. De esas crisis, más o menos tarde, con más o menos daños, se sale. Eso es indudable, pero para lograrlo, hay que saber que está pasando, qué lo causa y cómo ponerle remedio. Pedir al gobierno que nos diga la verdad, que no nos mienta, que no se amilane, y que se ponga al frente con todos los recursos que hagan falta para sacarnos de ella. Como ya hicimos en el pasado, como tenemos que hacer ahora... HArendt





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Romeu en El País (27/07/08)




"La crisis como oportunidad", por Antón Costas

En algunos momentos excepcionales de su historia las naciones hacen una pausa para reflexionar sobre su futuro. Tales momentos suelen coincidir con situaciones de crisis. Sorprendentemente, las dificultades son oportunidades para el cambio. Ponen a prueba la habilidad y capacidad de una sociedad para cuestionar pasadas trayectorias, fortalecer su vitalidad y reinventarse para seguir creciendo y creando riqueza y bienestar.

Nuestro país es un ejemplo excelente de esa capacidad regeneradora que tienen las crisis cuando se las sabe encarar. En el último medio siglo ocurrió en dos ocasiones. La primera, a finales de los cincuenta, cuando los desequilibrios económicos provocados por el modelo autárquico e inflacionista del primer franquismo amenazaban con llevar al desastre económico y social. La segunda, veinte años más tarde, en los inicios de la transición, cuando la crisis energética y económica internacional vino a poner la puntilla a un modelo de crecimiento obsoleto y desequilibrado que amenazaba la transición democrática y la supervivencia como país. Ambas crisis, sin embargo, significaron el inicio de dos etapas de crecimiento económico y progreso social espectacular: la de los "felices sesenta", que recuerdan todos aquellos que están por encima de la cuarentena, y la del "milagro económico" español, que ha durando hasta ahora.

De nuevo, como en un ciclo, dos décadas más tarde, España está comenzando a experimentar una crisis como no habíamos visto desde esas dos ocasiones. Y aunque la historia nunca se repite de la misma forma, creo es posible extraer algunas lecciones de esas dos experiencias para la situación actual

La capacidad para cuestionar el pasado y reinventar el futuro se apoyó en tres factores. En primer lugar, en el reconocimiento político de la existencia de una situación de crisis. En segundo, en la capacidad para hacer un diagnóstico compartido por la mayoría de la sociedad española sobre las causas y sus remedios. En tercer lugar, en la habilidad del Gobierno para lograr la colaboración de todos los actores a la hora de fijar las dos prioridades esenciales: 1º) repartir equitativamente, a corto plazo, los costes, evitando un conflicto distributivo que dispare la inflación y frene la continuidad del crecimiento, y 2º) lograr acuerdos de largo plazo que fomenten la vitalidad, la innovación y el cambio de modelo productivo para adaptarlo a los cambios económicos y tecnológicos.

La colaboración de todos los actores es esencial para el control de los desequilibrios y el cambio de modelo productivo. Lograrla exige poner en marchanuevos acuerdos -o, como en ocasiones se dice, nuevos "contratos sociales"- que a la vez que permiten a cada actor perseguir su propio interés facilitan la colaboración para lograr objetivos de interés general. A esos acuerdos o reglas los economistas les llaman "instituciones". Pueden consistir en nuevas políticas, reformas o simplemente reglas de colaboración. Pueden ser formales o informales, implícitos o escritos. Un ejemplo de acuerdo escrito fueron los llamados Pactos de la Moncloa de 1978, que contribuyeron de forma decisiva a corregir los desequilibrios macroeconómicos y a enfocar el cambio de modelo de crecimiento. Sea de una u otra forma, lo fundamental es que se genere esa colaboración.

Para que se produzca hay un prerrequisito: que el sistema político sea capaz de reconocer la realidad y liderar el acuerdo. Sin embargo, ahora, el Gobierno de la nación, con su presidente al frente de manera destacada, tiende a negar la existencia de la crisis. Como me cuesta aceptar que sea una cuestión de información, la única explicación racional que encuentro a esta negación es de naturaleza psicológica, tal como escribí hace un mes en la edición de Barcelona de este diario (La negación psicológica de la crisis, 23 de junio de 2008). El poder obnubila y crea lo que psicólogos y sociólogos llaman "disonancia cognitiva". Pero, quién sabe, a lo mejor es el efecto del maleficio de la Moncloa, que sufrieron todos los presidentes de la democracia que vivieron en esa residencia.

En cualquier caso, con su negación de la crisis, Rodríguez Zapatero no sólo arriesga su reputación y su crédito político y el de su Gobierno, como bien reflejaban los resultados de la encuesta de opinión que publicó días pasados este diario. Además, pone en riesgo la capacidad de la sociedad española para aprovechar la crisis como una oportunidad para el cambio de modelo de crecimiento, como ocurrió en las dos ocasiones anteriores mencionadas.

"Es la economía, estúpido". Este lema electoral sirvió al joven político Bill Clinton para percibir cuál era el núcleo de las preocupaciones de la sociedad norteamericana en medio de la crisis de 1992, venciendo a un George Bush padre victorioso de la primera guerra de Irak pero incapaz de ver la realidad económica interna. Ese lema podría ser también utilizado para definir la situación política española actual.

Reconocer la crisis no es ahondar en el pesimismo, sino generar confianza social al mostrar que se conoce la realidad y se sabe cómo enfrentarla. El principal riesgo de la crisis es negarla. Reconocerla, por el contrario, es el primer paso para transformar ese riesgo en oportunidad.

El presidente del Gobierno debe volver a los objetivos y propuestas de cambio que hizo en 2004. Ese programa fue olvidado bajo los efectos de la euforia del crecimiento a corto plazo provocado por la droga del dinero barato y los excesos de la especulación inmobiliaria. Una euforia que alimentó además la falsa ilusión de que la mejora de las políticas sociales se podía financiar con los ingresos de la especulación. La explosión de la burbuja, el final de la euforia y la disminución de los ingresos deben hacer ver al Gobierno que las mejoras de la productividad de nuestra economía son el único camino efectivo y duradero para el crecimiento económico y progreso social a largo plazo.

Para controlar la inflación y revisar nuestro averiado modelo de crecimiento -de baja productividad, escasa vitalidad innovadora, empleo precario y bajos salarios-, no bastan piadosas llamadas a la moderación salarial, ni políticas aisladas. Necesitamos nuevas instituciones y reglas, voluntariamente aceptadas, capaces de hacer que mientras cada uno asume sus responsabilidades y busca su propio interés, faciliten la colaboración mutua en busca del interés general.

Esta colaboración es hoy más necesaria que nunca, porque ésta es la primera crisis económica en la que al no tener la peseta no podemos usar los instrumentos clásicos de la política económica para corregir los desequilibrios de precios y balanza comercial: los tipos de cambio y la política monetaria. Hemos de suplir la falta de esos instrumentos por nuevas instituciones de colaboración social.

Creo sinceramente que esos acuerdos son posibles. Porque a pesar de sus debilidades, España tiene aún una economía fuerte y una cohesión social elevada. Y, ante todo, tiene una sociedad, unos sindicatos y unas empresas con una fuerte cultura de acuerdo y colaboración.

Esos son los mimbres. Lo que se espera del Gobierno es liderazgo político para saber utilizarlos y conducir a la economía hacia la estabilidad y el cambio económico. En manos del presidente del Gobierno está el no desaprovecharlos. (El País, 27/07/08)




"¿Quién hundió la economía mundial?", por Moisés Naím

Las cosas venían muy bien. Entre el 2002 y el 2007 la economía mundial tuvo su mejor periodo en cuatro décadas. Las economías crecieron, la inflación fue la más baja en 40 años, la pobreza declinó y la clase media apareció donde nunca antes había existido. Hoy en día este reciente nirvana económico parece casi prehistórico. Los precios de los alimentos y de la gasolina por las nubes, crisis inmobiliarias, economías en picada, desempleo en ascenso y pesimismo generalizado son ahora los titulares de las noticias. ¿Qué pasó? ¿Cómo pasamos tan rápido del paraíso al infierno?

Hay varios posibles culpables de esta crisis. Identificarlos es útil porque permite aclarar el diagnóstico de la enfermedad económica que hoy aqueja al mundo. Éstos son los principales indiciados:

Alan Greenspan: A finales de 2004 el entonces jefe del banco central estadounidense decía que "es improbable que exista una severa distorsión en los precios del sector inmobiliario". Hace poco y refiriéndose a la actual crisis inmobiliaria, Greenspan comentó: "No me di cuenta hasta que ya era tarde". A Greenspan se le acusa de haber respondido a las diferentes crisis financieras estimulando demasiado la liquidez monetaria, con lo cual creó problemas aún mayores después. La crisis asiática, el crash de las empresas de Internet, de grandes fondos de inversión, o los problemas del sector inmobiliario fueron todos tratados por Greenspan inyectando liquidez. También creía mucho en la innovación financiera: "Los consumidores americanos se beneficiarían si los bancos les ofrecen productos hipotecarios más variados y más alternativas que las hipotecas tradicionales a tasas fijas de interés", declaró en 2004. Los bancos le hicieron caso y entre los productos "no tradicionales" que ofrecieron en abundancia estuvieron hipotecas a familias que no las podían pagar. El resto es historia conocida.

Los reguladores del sector financiero: El sistema financiero mundial ha crecido en tamaño y complejidad a mucha mayor velocidad que la capacidad de los Gobiernos para entenderlo y regularlo adecuadamente. Y no son sólo los Gobiernos. Los banqueros mismos con frecuencia confiesan no entender plenamente algunos de los instrumentos financieros que negocian. Si bien los reguladores de diferentes países intentan coordinar sus actividades, la realidad es que la globalización financiera, cuyos beneficios son indudables, hace muy difícil que los funcionarios públicos que operan desde un solo país puedan tener una visión adecuada de los mercados que regulan. No hay dudas que las fallas en la supervisión financiera contribuyeron a crear la crisis que hoy vivimos.

Los especuladores: Éstos son los culpables preferidos de los políticos. En casi todos los países ha habido recientemente una rueda de prensa donde algún ministro o algún político han explicado por qué los especuladores son la causa de la crisis. Las multas o, mejor aún, la cárcel son el remedio favorito de quienes acusan a los especuladores. Y por supuesto que la especulación inmobiliaria, financiera o con los alimentos o el petróleo ha contribuido a la crisis. Ha contribuido. Pero no la ha creado. Y mandar gente a la cárcel nunca soluciona los problemas económicos.

George W. Bush: Dos guerras pagadas con rebajas a los impuestos de quienes más ganan. Acelerada expansión del gasto y la deuda pública. Descuido en la inversión pública no bélica. Políticas que indirectamente aumentan el precio internacional del petróleo. ¿Hace falta decir más?

Los chinos. Y los indios, los indonesios y todos los pobres del mundo: Su culpa es que millones de ellos ahora tienen cómo comer más y mejor que antes, lo cual genera presiones inflacionarias. Esto está pasando, y ciertamente conlleva costos para todos. Pero es una tendencia que hay que aplaudir en vez de denigrar; estimular en vez de frenar. Además, no es cierto que la actual ola de inflación mundial es causada principalmente por los nuevos consumidores. Las causas de la inflación tienen más que ver con las políticas de los países ricos que con los hábitos de los consumidores pobres. Las estadísticas muestran que los subsidios al etanol por ejemplo, encarecen más la comida que el aumento en el consumo de alimentos en los países pobres.


Las crisis globales nunca tienen una sola causa ni un solo padre. Los culpables que aquí menciono, algunos más importantes que otros, simbolizan algunas de las fuerzas que nos han moldeado la situación actual. Y estos culpables no serán los únicos causantes de nuestros problemas. Esta crisis es un drama en varios actos que recién está comenzando. Vendrán otros actos y con ellos otros culpables. (El País, 27/07/08)




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