lunes, 18 de abril de 2011

Roma




Comencé a escribir esta entrada el 15 de mayo de 2010. Mi intención era hacer un relato sobre los recuerdos que tenía de Roma. Y lo primero que recordaba es que, de entrada, lo que más me había impresionado no había sido su monumentalidad ni su historia, ni la exuberancia barroca de sus iglesias, plazas y fuentes, ni el esplendoroso testimonio de sus ruinas milenarias. No, lo que me había impresionado a primera vista había sido el caótico tráfico de la ciudad: un caos autordenado, eso sí, que parecía funcionar y sonar como una sinfonía de perfecta ejecución. Luego fui descubriendo todos los demás encantos y emociones que Roma guarda para el visitante, claro está, pero mi primera impresión de Roma fue algo tan prosaico como lo citado. 

He guardado ese borrador celosamente durante once meses en la memoria de mi portátil (uno más del centenar que tengo almacenado en ella como posibles nuevas entradas del blog) y no creo que hubiera acabado publicado sino llegar a ser por la intromisión, brillante como casi todas las suyas, de mi hija Ruth de hace unos días, que me ha animado a rescatarla. La publico sin terminar; tal y como la dejé en su momento, apenas esbozada. Con una salvedad, que no dejen de leer el delicioso reportaje que me llevó a escribirla...  Apareció publicado en la revista El Viajero de esa misma fecha, firmado por el periodista Enric González, con el título de "Historias de Roma". Reportaje que termina con la encomiosa recomendación del autor de que no se pierdan si tienen ocasión de presenciarlo el más maravilloso de los espectáculos que un mortal puede gozar en la Ciudad Eterna: ver caer la nieve en el interior del Panteón... Yo no lo he visto, aún, pero espero hacerlo algún día. En cada una de las ocasiones en que he visitado Roma, me he dejado muchas cosas por ver premeditadamente. Así, siempre encuentro una excusa para volver... La próxima tengo claro que me gustaría pasar una noche entera de verano deambulando por el Trastévere. Les dejo con mi crónica inacabada sobre Roma. Quizá en algún momento me anime a continuarla; solo quizá... 

Quince días en Roma dan para mucho, o para poco… Depende de las dotes de organización del visitante, de sus gustos estéticos, de sus posibilidades económicas, de su capacidad física. Sí, de su capacidad física, pues las calles de Roma están empedradas con adoquines y el asfalto brilla por su ausencia aun en las avenidas más afamadas y transitadas. Y además, lo de las Siete Colinas sobre las que se asentaba la ciudad en su fundación, se hace notar al paseante.

Lo primero que percibe el viajero nada más llegar a Roma es la fluidez con que discurre el aparente caos circulatorio de la ciudad. Es como si ese caos se autorganizara entre automovilistas, motoristas (¡muchos motoristas!) y peatones, que interaccionan entre sí, cada uno a su aire, sin inmiscuirse unos en la ruta de otros. Ves muchos policías y carabineros armados custodiando los numerosos edificios oficiales del centro de la ciudad, pero desde luego a ninguno de ellos parece preocuparles lo más mínimo la circulación. Los pasos de cebra no existen, o sólo son pintadas en el suelo; los semáforos, un adorno más de la ciudad. Los coches, y sobre todos las motos, circulan a una velocidad endiablada sorteándose unos a otros y, por supuesto, a los peatones. Se aparca en los sitios más inverosímiles y en las posiciones más extrañas y los peatones cruzan las calles y avenidas como pueden y donde pueden y donde quieren y como quieren. Curiosamente, no se ven apenas atascos ni siquiera a las horas centrales, no se oyen conciertos de cláxones, los peatones no insultan a los conductores ni estos a los peatones. En resumen: un caos absolutamente ordenado.

Nosotros hemos estado alojados en dos sencillos y cómodos hoteles. El primero, el Hotel Kent, junto a Porta Pia, una de las puertas de la muralla de Roma que daban acceso a la ciudad. Porta Pía fue precisamente la puerta por la que entraron en Roma las tropas italianas que incorporaron por la fuerza la ciudad al Reino de Italia en 1870, obligando al papa a recluirse en el Vaticano, de donde no volvió a salir ninguno de ellos hasta que lo hiciera Juan XXIII, a mediados del pasado siglo. En nuestra segunda visita a Roma lo hicimos en el Hotel Morgana, a unos doscientos metros de la imponente estación central de Roma, la famosa Estación Términi, y muy cerquita de la más hermosa de las basílicas romanas, la de Santa María la Mayor, territorio vaticano y no italiano, por cierto, al igual que las de San Juan de Letrán y San Pablo Extramuros. En la Piazza del Cinquecento, frente a la fachada principal de Termini, se pueden coger casi todas las líneas de autobuses urbanos que recorren Roma y tienen allí su parada terminal. Y entonces fuimos conscientes de una segunda percepción: y esta  es que los autobuses urbanos de Roma no son gratuitos pero que nadie paga. Los autobuses de Roma no tienen cobrador; el conductor se limita a conducir, y no expide billetes. Estos tienen que comprarse en los quioscos de prensa, las terminales de autobuses, los estancos, las librerías o incluso en bares y restaurantes. Hay varios tipos de billetes: el normal, a 1 euro, se puede utilizar todas las veces que se desee durante los setenta y cinco minutos siguientes al momento en que se pique por vez primera en cualquier autobús, o por una sola vez si viajas en metro (Roma sólo tiene dos líneas de metro que se cruzan, como no, en la Estación Termini). Luego, existe otro billete, a 4 euros, que te sirve para subir a cualquier tipo de transporte público (autobús o metro) todas las veces que desees a lo largo del día en que lo piques por primera vez. Los visitantes “aprenden” enseguida que las probabilidades de que suba un inspector y te pille sin billete son mínimas, y los romanos, por lo que se ve, lo saben de antiguo. Conclusión, los transportes públicos de Roma no son gratuitos, pero no paga nadie. A pesar de lo cual los autobuses son limpios, cómodos, rápidos, pasan con una frecuencia envidiable, llegan a todos los puntos de la ciudad y en cada parada está señalado todo el itinerario de la línea que corresponda. Como no todo va a resultar tan fácil hay que señalar una pega: las paradas, salvo excepciones, no están denominadas por lugares turísticos o monumentales sino por calles o avenidas que al visitante no le suenan de nada, y por otro lado, es relativamente frecuente coger el autobús en la acera equivocada y terminar en el lugar opuesto a aquél al que pretendías llegar… A nosotros nos pasó en más de una ocasión...

Y ahí dejé mi crónica. Si he logrado llamar su atención pinchen ahora en el enlace que les llevará hasta el reportaje de Enric González. Lo van a disfrutar, con seguridad. Y en cuanto pueden vayan a Roma y píérdanse por ella. Y sean felices, por favor, que este valle de lágrimas no da para mucho más... Tamaragua, amigos. HArendt




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Entrada núm. 1366
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"Pues, tanto como saber, me agrada dudar" (Dante) 
"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura" (Voltaire)

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