miércoles, 6 de mayo de 2026

DEL CAFÉ DE SOBREMESA. (IN)JUSTICIA ENTRE LAS GENERACIONES, POR MARÍA EUGENIA RODRÍGUEZ PALOP. 6 DE MAYO DE 2026

 






Estos años se ha popularizado la división generacional como una fuente de diagnósticos de todo tipo. Boomers, generación X, mileniales o generación Y… todos tenemos un lugar en un nicho cronológico de fronteras difusas. Generaciones que no vienen marcadas por ningún acontecimiento histórico ni por hechos objetivos ampliamente reconocibles, sino por una serie de vivencias compartidas en función del calendario.

El fenómeno puede tener su interés, siempre que se asuma que la aproximación no es científica. Se trata, más bien, de un enfoque prosaico y de trazo grueso, más parecido al que usan la astrología o los horóscopos que al de las sesudas clasificaciones marxistas de la Escuela de Fráncfort. Cuesta creer que el peso específico de unas experiencias narradas en primera persona pueda determinar la vida de millones de seres dispares en diferentes latitudes. El testimonio autocentrado de un grupo tiene considerables limitaciones epistemológicas.

El problema es que, sin responder a un análisis sólido, la de las generaciones empieza a ser una cantinela perturbadora de efectos preocupantes, sobre todo cuando se abona la simplista demonización de una generación concreta. De momento, esa generación es la de los boomers, que parecen haber tenido el dudoso honor de vivir mejor que sus padres y que sus hijos. Los boomers son los privilegiados que han frustrado las expectativas, más o menos fundadas, de las siguientes generaciones, rompiendo así el contrato social que les garantizaba un reparto equitativo.

En el corazón de este supuesto choque intergeneracional se sitúa la crisis de la vivienda. La dificultad para comprar o alquilar una casa en condiciones razonables es el principal obstáculo que encuentran los jóvenes para emanciparse. Tampoco ayudan los salarios insuficientes, la temporalidad ni la llamada flexiseguridad. Las nuevas relaciones laborales están sobredeterminadas por el capitalismo cognitivo, y convierten al trabajador en un paquete de tiempo, un nodo sin continuidad biográfica ni memoria narrativa. Aunque el apoyo familiar de los propios boomers amortigua la percepción del agravio intergeneracional, esa misma ayuda aumenta la desigualdad según el patrimonio de origen y se interpreta, finalmente, como síntoma de un fallo estructural.

La cuestión es que culpabilizar a una supuesta generación de una brecha de semejante magnitud, o concentrar sus desencadenantes en unas pocas décadas, ni es serio ni resulta prometedor.

En primer lugar, no se puede confirmar la tesis, pretendidamente empírica, de que nuestros antepasados “vivían mejor”, ni siquiera reduciéndola esqueléticamente al acceso a la vivienda y el trabajo estable. Tampoco se pueden desconocer los factores que en cada contexto histórico condicionan los aciertos y los errores de una generación.

Por lo demás, conviene no hacerse trampas al solitario ni ponerse palos en las ruedas. La ejecución del proyecto vital de los más jóvenes depende también de sus vínculos generacionales, y la confrontación profundiza más en su atomización y aislamiento que en su autorrealización personal. Cultivar los tejidos que hay entre nosotros y no dinamitarlos es lo que nos fortalece como personas autónomas.

Todas las generaciones tienen deberes contraídos con las demás. Con las generaciones futuras, a las que no podemos colocar en un punto de no retorno, y con las que nos precedieron y nos cuidaron. La justicia intergeneracional es moralmente exigible por las plusvalías afectivas de las que hemos disfrutado sin haberlas merecido. Es más, la justicia intergeneracional opera incluso cuando no se nos ha cuidado. La idea de que nuestras responsabilidades se reducen a las que nos hemos impuesto a nosotros mismos o se deducen del principio de reciprocidad (quid pro quo) puede resultar atractiva, pero no capta la variedad de obligaciones morales y políticas que normalmente aceptamos y valoramos. Las obligaciones que se derivan, por ejemplo, del derecho a la memoria, la lealtad o la solidaridad con personas a las que no conocemos de nada. Si nos tomamos en serio esas obligaciones como hijos, estamos obligados a ayudar también a unos malos padres.

Está claro que el lenguaje del progreso ha dejado de nombrar la experiencia real de quienes encadenan alquileres, empleos precarios y proyectos vitales suspendidos. Hay una generación que ya no puede confiar plenamente en el esfuerzo y la cualificación como fuentes de seguridad material y, en su deriva descendente, corre el riesgo de no creer en nada. Pero relacionarse con padres y abuelos a partir de la envidia o el reproche, en el supuesto de que merecemos todo lo que hemos imaginado o que alguien nos ha prometido, es tan inconsistente como autodestructivo.

De hecho, las propuestas reaccionarias y autocráticas de la extrema derecha son también excrecencias del desclasamiento y el desarraigo que genera la erosión de las certezas vitales que hemos interiorizado. Como decía Theodor Adorno, el fascismo reaparece cuando los sectores amenazados por el descenso de clase canalizan su inseguridad hacia respuestas autoritarias en un contexto de concentración del capital. Y la clave está en no olvidar ese contexto. No se trata de señalar a los abuelos por habernos robado el futuro, sino de identificar y aprender a combatir las estructuras de dominación que deterioran nuestras condiciones materiales de vida. María Eugenia Rodríguez Palop es profesora titular de Filosofía del Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid. El País, 5 de mayo de 2025.



























SALUTACIONS A LES LLENGÜES DE LA MEVA PÀTRIA ESPANYOLA. AVUI DIMECRES, 6 DE MAIG, EN CATALÀ

 






Hola, bon dia de nou a tots i feliç dimecres. M'agradaria ser optimista, però com ja saben els amables lectors del bloc, aquest no és el meu fort. Com diu el premi Nobel Paul Krugman a l'entrada d'avui: “D'alguna manera, no tinc la sensació que la força estigui amb nosaltres”. Jo tampoc. Anem amb les entrades del bloc d'avui. La primera, de l'assumpte del dia, la signa la historiadora Pilar Mera i es titula Caminants cecs; la segona, de l'arxiu del bloc, de fa avui justament nou anys, la va signar l'escriptor Julio Llamazares, i es titulava Feixisme; la tercera és el poema del dia, es titula Gavines rosades i del poeta ucreaniano Borys Humenyuk; la quarta són les vinyetes d'humor d'avui; la cinquena, del cafè de sobretaula, la signa la jurista María Eugenia Rodríguez Palop, i porta per títol (In)justícia entre les generacions; la sisena, primera de la secció De la tarda que cau, és del professor i economista Robert Reich, i es titula L'apocalipsi laboral de la IA ja està passant; la setena, de la mateixa secció del bloc, és de l'historiador Michael Ignatieff i es titula Creant la teva pròpia fantasia; i la vuitena i última del dia es titula De l'Administració de l'Estrella de la Mort, i la signa el premi Nobel, Paul Krugman. Espero que les gaudeixin. Tamaragua, amics meus. Ens veiem demà si la deessa Fortuna ho permet. Sigueu feliços, us ho prego: us ho mereixen. Petons. Els vull. HArendt













ENTRADA NÚM. 10441

DEL ASUNTO DEL DÍA. CAMINANTES CIEGOS, POR PILAR MERA. 6 DE MAYO DE 2026

 







Los protagonistas de 1914 eran como sonámbulos, vigilantes pero ciegos, angustiados por los sueños, pero inconscientes ante la realidad del horror que estaban a punto de traer al mundo. Así presentaba Christopher Clark Sonámbulos, magnífica obra sobre cómo Europa fue hacia la Gran Guerra. El libro recorre con minuciosidad ese cómo, escudriñando los movimientos de los diferentes líderes políticos y sus mensajes inexactos, que buscaban atraer la opinión pública de sus países y contribuyeron a una locura colectiva donde miles de personas vitoreaban la guerra antes de la guerra, todavía ajenos a su horror. La suma de decisiones y acciones de un momento, alimentadas durante años con miedo, inseguridad y venganza, abrieron paso al odio y terminaron desencadenando la guerra.

De cómo los vigilantes ciegos caminaron hacia el abismo fue el título de la reseña que escribí en 2014 sobre Sonámbulos. Y creo que esa imagen es la que me ha hecho pensar en el libro de Clark estos días, desde la aparición de la estatua de Banksy en Londres. Como muchas de sus obras, surgió de manera casi imposible. De madrugada, en pleno centro, sin autorización, sin llamar la atención. Amaneció en Waterloo Place, a dos pasos de Downing Street, junto a sedes gubernamentales, monumentos oficiales y memoriales históricos que apelan al Imperio británico. Un hombre marcha con paso decidido portando una bandera. Uno de sus pies pisa con fuerza en el aire, camino del vacío, rumbo a un abismo que no ve. La bandera se ha enredado en su rostro, dejándolo ciego.

La estatua, dicen, es una crítica al nacionalismo exaltado, a quienes se envuelven en la bandera y, cegados ante lo demás, se asoman al abismo. Un mensaje dirigido de manera especial a los políticos que promueven y se aprovechan de este tipo de nacionalismo y nos arrastran al caos. ¿A quién no se le ocurre una larga lista de posibles destinatarios de esta crítica, políticos ciegos a las consecuencias de sus decisiones, adictos a los mensajes inflamables que promueven el odio?

Frente al nacionalismo cegador, está bien recordar que las decisiones que salvaron la democracia tras las guerras mundiales fueron las que combatieron la desigualdad y fomentaron la confianza en el otro y en las instituciones. Pero también que los políticos no son los únicos que construyen y destruyen democracia. Con nuestras acciones y omisiones, con lo que normalizamos y lo que no, todos contribuimos a defender la ciudadanía o a caminar hacia el abismo. Pilar Mera es historiadora y profesora de la UNED. El País, 5 de mayo de 2025.




























DEL ARCHIVO DEL BLOG. FASCISMO, POR JULIO LLAMAZARES. 6 DE MAYO DE 2026

 






Lo peor de que te guste el fútbol es la gente a la que tienes que tratar. Tal vez a algunos la afirmación les suene muy fuerte, pero es porque no conocen a los hinchas futbolísticos o no tienen un hijo que practique ese deporte que se reduce a meter un balón en una red pero que mueve tanto dinero como el tráfico de armas o el de estupefacientes.

Este martes me invitaron a ver en el estadio Bernabéu el partido de Champions entre los dos equipos de Madrid, con la mala suerte de que mis asientos estaban en la zona de los denominados radicales madridistas, antes llamados ultrasur (por cierto que la identificación entre radical y energúmeno nunca he logrado entenderla, pues radical es una palabra noble). Y, aunque conocía ya cómo se las gastan los radicales de los diferentes clubes, volví a mi casa sobrecogido por la violencia, la agresividad expresiva y verbal y el fascismo puro y duro que destilan esos grupos que se mueven como falanges macedonias portando símbolos y banderas y cantando himnos y canciones cargados de odio hacia los adversarios. Al compás del megáfono de un agitador, durante todo el partido estuvieron insultando a los hinchas atléticos (“paletos”, “perros”, eran los adjetivos más suaves) y haciéndoles peinetas o el signo de los cuernos con los dedos cada vez que Cristiano Ronaldo metía un gol. Mi compañero de asiento, un joven al que imaginas al día siguiente llevando a sus hijos al colegio y acudiendo a su trabajo bien vestido, me impresionó desde el primer momento por su mirada de odio, que la hinchazón de las venas del cuello acentuaba con cada insulto, y no era una excepción.

Pero no hace falta ir al Santiago Bernabéu ni a cualquiera de los estadios de fútbol donde juegan los equipos de Primera para advertir la carga de odio y violencia que anida en muchos de los espectadores. Acompañar a un hijo a un partido de juveniles, incluso de infantiles o aún más pequeños, supone muy a menudo una actividad de riesgo, y hablo por experiencia, no por las imágenes que últimamente veo en la televisión. Por desgracia para los aficionados a ese deporte, que produce tanta belleza como emoción como simple espectáculo, la violencia en su entorno no es una excepción como los periodistas deportivos quieren hacernos creer (algunos de ellos echando también bilis por la boca) sino que es habitual en los campos de fútbol, desde los de profesionales hasta los de juveniles, donde hinchas y padres llenos de odio y desprecio hacia el oponente demuestran cada jornada que el fascismo sigue anidando en nosotros mucho más de lo que nos gustaría saber. Julio Llamazares es escritor. El País, 5 de mayo de 2017.





























DEL POEMA DE CADA DÍA. GAVIOTAS ROSADAS, POR BORYS HUMENYUK

 





 


 

GAVIOTAS ROSADAS


 


Estas gaviotas que sobrevuelan el campo de batalla—


son aves de mal agüero.​​ 


No me​​ sorprendería​​ si fuesen cuervos.


Desde hace mucho han​​ comido​​ la carne del soldado.


Poco​​ importa si es la de nuestros héroes


o la de nuestros rivales.


Está de más​​ enojarse con los cuervos


aunque me​​ duela​​ pensar en ellos.


 


Tampoco me sorprendería si fuesen palomas.


Están acostumbradas a hurgar en la basura humana.


Incluso​​ usan el cabello​​ 


extraído de los cráneos sangrientos,​​ 


perforados por balas,


para tapizar sus nidos.


Muy bien las​​ comprendo.


 


No me​​ sorprendería si fueran​​ gorriones.


Sólo desean alimentarse.


Con un alegre canto


picotean los bolsillos y mochilas de los caídos


extrayendo trozos de pan, galletas, azúcar


cualquier otra cosa que puedan​​ robar como trofeo.


A veces,​​ sin querer, picotean los ojos.


 


Comprendo a los gorriones,


pero a las gaviotas las envidio.


 


Sobrevuelan en círculo donde yacen los caídos.


Durante el alba y el crepúsculo se ven rosadas —


Procuro decirme​​ que es la luz​​ quien les da​​ tal color


y no la sangre.


Los​​ flamencos​​ se tornan rosados


por ingerir camarones.


Es imposible que las gaviotas adquieran tal color tan rápido​​ 


por sólo comer la carne de los caídos.


Para que tal fin se consume


el combate​​ habría de prolongarse más allá de un ciclo solar.


 


Sobrevuelan un campo de batalla


donde ya nadie recuerda cómo arar,


cómo construir una casa,


cómo sembrar cereales,


cómo dar a luz.


 


Vuelan en círculos,


se lanzan en picada,


toman su rapiña​​ 


y se alejan hacia el mar​​ 


más allá de nuestros retenes.


A veces, cuando riñen entre ellos,


dejan caer ante nuestros pies


trozos de​​ carne y huesos humanos.


Es algo hórrido no poder saber


si son las partes de un soldado amigo o las de un rival.


 


Resulta inquietante​​ 


una falange o un lóbulo​​ 


cae del cielo


ante tus pies.​​ 


 


A veces pienso


que si reúnes todas​​ esas​​ piezas,


podrías reconstruir a una persona​​ —


amigo o​​ rival—


si tan solo​​ existiera​​ alguien​​ capaz de insuflarle​​ vida.


 


Gaviotas rosadas —


ojalá​​ jamás​​ las hubiera visto —


son el mayor horror de esta guerra


junto a esos trozos de carne humana


que caen del cielo


y no sabes qué hacer con ellos,


pues no​​ se​​ puede cavar una tumba​​ 


tan sólo para un dedo.


 


BORYS HUMENYUK (1965)

poeta ucraniano




***

 


 


Рожеві чайки



Ці чайки, що літають над полем бою,

Вони як ворони.

Я не здивувався б, якби це були ворони.

Ворони віддавна їдять солдатське м’ясо.

Їм байдуже, чиє це м’ясо

наших героїв Чи наших ворогів.

На воронів не варто ображатися, Хоча про них і боляче думати.

Я не здивувався б, якби це були голуби.

Голуби звикли порпатися в людському смітті.

Вони навіть вищипують волосся З розбитих кулями закривавлених черепів,

Щоб вимостити ним свої гнізда. Я їх розумію.

Я не здивувався б, якби це були горобці.

Горобці просто хочуть їсти.

Вони весело цвірінькають І заглядають у кишені й рюкзаки убитих,

Вишукують там крихти хліба, галет, цукор

Усе, що можна потягнути як трофей.

Іноді вони випадково викльовують очі.

Я розумію горобців. Але чайкам я заздрю.

Вони кружляють над полем бою.

На світанку і ввечері вони здаються рожевими.

намагаюся переконати себе,

що це таке світло,

А не кров.

Фламінго стають рожевими,

Бо їдять креветок.

Чайки не можуть так швидко стати рожевими Від того,

що їдять людське м’ясо.

Для цього війна мала б тривати Більше,

ніж один сонячний цикл.

Вони літають над полем бою,

Де вже ніхто не пам’ятає,

як орати землю,

Як будувати дім,

Як сіяти хліб,

Як народжувати дітей.

Вони кружляють,

Падають каменем униз,

Хапають свою здобич І летять до моря,

Далеко за наші блокпости.

Іноді, коли вони б’ються між собою,

Вони випускають і кидають нам під ноги Шматки людського м’яса і кісток.

Це жахливо

не знати, Чи це частина твого друга,

чи ворога.

Це дуже дивне відчуття,

Коли фаланга пальця або мочка вуха Падає з неба Тобі під ноги.

Іноді я думаю,

Що якщо зібрати докупи всі ці шматки,

Можна було б скласти людину

Друга чи ворога

Якби тільки знайшовся хтось,

Хто міг би вдихнути в неї життя.

Рожеві чайки

Краще б я їх ніколи не бачив

Це найбільший жах цієї війни.

Разом із тими шматками людського тіла,

Що падають із неба,

І ти не знаєш,

що з ними робити,

Бо не можна викопати могилу Для одного лише пальця.





 BORYS HUMENYUK (1965






***





 

Borys Humenyuk (Ternopil,​​ Ucrania; 1965). Humenyuk es​​ poeta, novelista​​ y​​ reportero. Ha sido​​ nominado al Premio Nacional de Literatura Shevchenco. Es autor de​​ Un medio de defensa​​ (poesía),​​ Lukianivka​​ (novela),​​ La isla​​ (novela),100​​ Cuentos de guerra,​​ Poemas de guerra​​ y​​ 14​​ Amigos de​​ la junta.​​ La poesía de Humenyuk no expresa​​ patriotismo. Sus poemas de guerra​​ evidencian​​ las​​ experiencias en el campo de combate: comparten con el lector el dolor y el horror propio, de sus compañeros e,​​ incluso,​​ del enemigo;​​ contienen nombres de personas reales;​​ son​​ intensos, inmediatos, francos​​ y con algo de ironía;​​ expresan​​ el​​ sinsentido​​ que tiene la muerte del soldado,​​ civiles y niños, la destrucción de villas y ciudades.​​ En sí, la poesía de Humenyuk, es la catarsis de​​ un ser humano atrincherado en el escenario hostil de la guerra, sin señalaciones políticas que puedan reclamarla, es​​ una poesía vivencial y testimonial.​​