El blog de HArendt (2006-2026) Pensar para comprender, comprender para actuar
sábado, 12 de septiembre de 2026
DEL ARCHIVO DEL BLOG. REIVINDICACIÓN DEL PECADO, POR JORGE BUSTOS. PUBLICADO EL 9 DE DICIEMBRE DE 2016
Un párroco español ha lanzado una aplicación móvil llamada Confesor Go que permite localizar al cura más próximo al penitente para administrarle la confesión. A partir de ahora cualquier político atormentado por su última mentira no tendrá que esperar cuatro años a ser indultado por las urnas, sino que podrá aliviar su conciencia citándose con un sacerdote en un parque o una plaza, o a la salida misma del lupanar o del Parlamento, por mencionar las dos sedes tradicionales del pecado.Confesor Go ha superado ya las 4.300 descargas y su desarrollador, el padre Latorre, espera que pronto se internacionalice su uso, que para eso católico quiere decir universal y en todas partes se peca con análoga fruición. Se deduce que los emprendedores ya no se conforman con comerse este mundo sino que aspiran a explotar el más allá con un Über no de cuerpos sino de espíritus que habría enloquecido a Gógol, cuyo personaje más famoso viaja por la estepa rusa en su troika comprando almas muertas. Confesor Go es el reverso luminoso de Tinder: en la era digital uno se empecata y se limpia por internet.La noticia ha sido celebrada como la penúltima vuelta de aggiornamento que Francisco imprime a la Iglesia. A Bergoglio se le da título de pontífice revolucionario porque le preocupa más atraer a los gentiles que sujetar a los fieles, aunque de momento nos falta un balance riguroso de entradas y salidas, no sea que vayan unas por las otras y el padrón de la casa del Padre al final se quede como estaba. Es el problema de toda revolución, que al consumar el giro completo lo deja a uno en el punto de partida. A los cristianos viejos, siempre recelosos del cambio, hay que señalarles que no se trata de virtualizar el sacramento, sino sólo el acceso a él. En el quinto centenario del cisma protestante cabe recordar que fue el obsceno tráfico de indulgencias lo que precipitó el desafío reformista de Lutero, pero antes de llamar al Santo Oficio aclaremos que Confesor Go es una app gratuita.Más allá del pintoresquismo que concite la noticia, a mí no me extrañaría que la noción de pecado volviera a ponerse de moda. Demasiado signos nos advierten del agotamiento de la contracultura y del retorno de la identidad, nostalgia del absoluto o malestar mítico según uno lea a Steiner o a Vattimo o mire al país de Fillon, donde nació también el escritor que predijo que el siglo XXI sería espiritual o no sería, y donde sus dos novelistas mayores -Houellebecq y Carrère- se obstinan en tematizar la religión sin concesiones a la corrección laicista. Desde que el hedonismo se volvió normativo, no sólo dejó de conceder el oscuro placer de la transgresión sino que canceló la consoladora posibilidad de arrepentirse. La propia idea de pecado, que había articulado la moral pública y privada durante siglos, fue proscrita a partir del 68. El iuspositivismo laminó el iusnaturalismo y el delito absorbió el pecado. Pero el Código Penal no se basta para remedar las tablas mosaicas, y en el hueco proliferan clérigos laicos que lo mismo te abroncan por no pagar el IVA que por no portar lazo cromático en la solapa. No es que el pecado haya sido abolido: ha cambiado el repertorio. Y a la Iglesia le cuesta sostener el catálogo canónico, así que rebaja las condiciones para perdonar un aborto o dar la comunión al divorciado. Pero ¿y si el hombre occidental ya no pide misericordia sino severidad? ¿Y si anhelamos los viejos códigos, que llaman pecado al pecado, para saber que somos libres de cometerlos y capaces de su perdón?
Por supuesto que vuelve la religiosidad. No hay más que ver a todos los concejales de ERC y la CUP que trabajaron el 6 por no creer en la Constitución y que ayer, en su ocio, se mostraron como fervorosos creyentes en la Inmaculada Concepción. Y ni siquiera Rita Maestre protestó por esa perturbación del laicismo corriendo desnuda por las calles. Jorge Bustos es escritor. El Mundo, 9 de diciembre de 2016.
DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, ABRO LA MAÑANA DE UN BLANCO LUNES, POR PIER PAOLO PASSOLINI (1922-1975)
ABRO LA MAÑANA DE UN BLANCO LUNES
Abro a la mañana de un blanco lunes
la ventana, y la calle indiferente
roba entre su luz y sus rumores
mi presencia infrecuente entre las hojas.
Este moverme… en días totalmente
fuera del tiempo que parecía consagrado
a mí, sin regresos ni paradas,
espacio lleno todo de mi estado,
casi prolongación de la existencia
mía, de mi calor, del cuerpo mío…
y se ha truncado… Estoy en otro tiempo,
un tiempo que dispone sus mañanas
en esta calle que yo miro, ignoto,
en esta gente fruto de otra historia
PIER PAOLO PASSOLINI (1922-1975)
poeta italiano
***
Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 5 de marzo de 1922-Ostia, Lacio, 2 de noviembre de 1975) fue un escritor y director de cine italiano. Después del verano en Casarsa, en 1941 publicó su primera colección de poemas en friulano, Versi a Casarsa. El trabajo fue apreciado y notado por los intelectuales y críticos como Gianfranco Contini, Alfonso Gatto y Antonio Russi. Sus pinturas también fueron bien recibidas. Pasolini fue director en jefe de la revista II Setaccio (El tamiz), pero acabó siendo despedido por conflictos con el director, quien estaba alineado con el régimen fascista. Un viaje a Alemania le ayudó, también, a percibir el estatus "provinciano" de la cultura italiana en ese momento. Estas experiencias le dieron a Pasolini nuevos pensamientos en su opinión acerca de la cultura política del fascismo y gradualmente iniciar su posición comunista.Hombre polifacético y personaje controvertido, fue uno de los artistas más reconocidos de su generación, como poeta y como realizador cinematográfico. Pero también se distinguió como actor, periodista, ensayista, novelista y activista político; en menor medida, como dramaturgo y pintor. Su asesinato provocó conmoción en Italia y el resto del mundo. La autoría y las circunstancias de su asesinato siguen siendo objeto de debate.
DEL ASUNTO DEL DÍA. EL 11-S, TODAVÍA, POR SERGI PAMIÉS. 12 DE SEPTIEMBRE DE 2026
Disney + ha estrenado la docuserie 11-S, unidos por la tragedia como conmemoración de los 25 años (!) de los atentados de las Torres Gemelas y del Pentágono. Producido por National Geographic y el Memorial del 11-S de Nueva York, el argumento es simple: que algunos sobrevivientes se reencuentren con los bomberos, policías, socorristas o voluntarios que les salvaron la vida. Es un ejercicio de gratitud que, intentando evitar excesos lacrimógenos, no siempre lo consigue. Y lo es tanto por los trucos narrativos como por la autenticidad de los sentimientos que afloran entre personas que, aunque parezca mentira, no se habían vuelto a ver desde aquel martes de septiembre del 2001.
De la cronología de los hechos, lo sabemos casi todo. El corpus de imágenes sobre el 11-S es tan completo que, aunque no nos sorprende, refuerza el acierto del montaje. Los testimonios, en cambio, sí son una novedad y tienen una categoría que conviene situar en el contexto norteamericano. En todos los casos, los supervivientes confiesan que necesitan hablar con los que les salvaron, pero también pasa al revés.
El azar se impone como un nexo entre los recuerdos de unos y otros. La consultora, que llegó media hora antes al despacho porque quería hacer unas fotocopias. La militar del Pentágono, que saltó por la ventana sabiendo que un marine la cogería en brazos. O los ejecutivos, que, atrapados en un ascensor, salieron gracias a la determinación de un limpiador de las fachadas de vidrio de una de las Torres Gemelas, un polaco tan bondadoso que si saliera en una película de ficción nos parecería inverosímil. O la mujer que, muy mal malherida por los restos de avión que le cayeron encima, necesitó 18 meses de hospitalización y 50 operaciones –repito: 50– para salir adelante.
¿Que la docuserie no analiza las secuelas políticas de los atentados? Es verdad. ¿Que es un ejercicio para reforzar el patriotismo a través de los buenos sentimientos? Puede que sí. ¿Que hay momentos en los que no hace falta subrayar las emociones con la música porque los testimonios ya son lo bastante conmovedores? Seguro. ¿Que a pesar de todo es un documental extraordinario sobre el paso del tiempo y las secuelas de la historia en la memoria individual y colectiva? También. Sergi Pamiés es escritor. 30 de agosto de 2026.
viernes, 11 de septiembre de 2026
BONES NITS, FELIÇ DESCANS I DOLÇOS SOMNIS. 11 DE SETEMBRE DE 2026
Hola de nou, amics. Bona nit, feliç descans i dolços somnis a tots aquesta nit de divendres, 11 de setembre de 2026. 25è aniversari dels atemptats islamistes a Nova York, que van canviar per malament l'esdevenir del món present. Espero que hagin passat un bon dia en companyia de les famílies i amics. Gràcies de tot cor per haver-se fet una volta pel bloc. M'alegraria creure que han gaudit de la visita. Tamaragua, amics meus. Que la deessa Fortuna i les benvolents Moiras els siguin favorables. Fins demà. Els vull. HArendt
ENTRADA NÚM. 11416
DE LA TARDE QUE CAE. CUANDO LAS IDEAS MOLESTAN, POR MANUEL CRUZ. 11 DE SEPTIEMBRE DE 2026
En pleno Antropoceno, cuando prácticamente todo cuando ocurre en el planeta, empezando por el propio clima, se encuentra relacionado con la intervención de la especie humana, resulta difícil señalar algo realmente importante con respecto de lo cual se puede decir que no cabe reclamar responsabilidad a ningún individuo, grupo, institución, gobierno o poder en general. De hecho, incluso cuando hoy ocurren catástrofes en las que no ha existido la menor intervención de ningún ser humano, como puede ser un terremoto, una inundación o una epidemia, de inmediato aparece alguien que se encarga de señalar los daños materiales o personales que se podían haber evitado si se hubieran adoptado las medidas preventivas oportunas.
De ahí que sea difícil entender el significado que pueda tener en nuestros días la frase de primeros de agosto, pronunciada por el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, tras los sucesos de Ceuta, “hay cosas que ocurren y no tiene por qué haber responsabilidades de nadie”, máxime referida a situaciones que tienen una notable repercusión colectiva. Quizá alguien pueda pensar que concederle demasiada trascendencia a una afirmación vertida en el transcurso de unas declaraciones improvisadas (un “canutazo”, en la jerga periodística) equivale a coger el rábano por las hojas. Sería esta sin duda una interpretación benévola, sobre todo teniendo en cuenta que el ministro remachó el clavo de su afirmación con un concluyente “son cosas que pasan”. Pero si tiendo a pensar que el asunto no se puede despachar a la ligera es porque no estaba muy lejos en el tiempo de otra frase, igualmente tajante y por un igual vacía, pronunciada semanas antes por otro relevante político de nuestro país. Me refiero a José Luis Rodríguez Zapatero, quien, preguntado en TVE por las famosas joyas encontradas por la UDEF en la caja fuerte de su despacho, respondió con una frase no menos llamativa que la del titular de Interior: “Estaban ahí”, fueron sus primeras (y rotundas) palabras.
Pues bien, lo que vincula el “son cosas que pasan” de uno y el “estaban ahí” del otro es precisamente la ausencia, por completo clamorosa, de cualquier noción de responsabilidad, ausencia, por cierto, reconocida de manera explícita por Marlaska. Pero mientras este parecía querer evitar el uso de la noción insinuando una cierta condición azarosa de la situación por la que se le preguntaba, el expresidente se acogía a una estrategia justificativa un pelín (pero tan solo un pelín) más elaborada. Porque a su obvia respuesta añadió luego argumentos tales como que las famosas joyas no tenían afán patrimonial alguno (“ni tenían uso, ni destino, ni hemos pensado en ellas”). Como si la responsabilidad no tuviera ninguna dimensión objetiva, material, y quedara identificada por completo con la intención del individuo, de modo que una buena intención (o, en su defecto, la inexistencia de una mala) pusiera a salvo de todo reproche o reclamación. En su simplicidad, el planteamiento recuerda el de esos niños que creen sentirse completamente exculpados de cualquier estropicio que puedan haber causado con el argumento de que “lo he hecho sin querer”.
Sin embargo, ambas actitudes parecen haber llamado poco la atención o, en cualquier caso, no han tenido una especial repercusión en el debate público. Como si no se hubiera reparado en el fondo del asunto, esto es, en los supuestos sobre los que se sostenían y que, sin duda, deberían ser motivo de preocupación. De hecho, los de mayor edad recordarán aquellos tiempos en los que se debatía constantemente en los medios de comunicación y en toda clase de foros (incluidos los parlamentarios) acerca de los diversos tipos de responsabilidad, distinguiendo sobre todo la política de la jurídica, sin excluir alguna que otra alusión, siempre más delicada, a la responsabilidad moral. Hoy parecen haberse acabado los distingos y, en caso de plantear la cuestión de la responsabilidad, se diría que solo importa la que se dilucida ante los tribunales.
Se trata de un drástico y brutal empobrecimiento del debate, no exento de importantes consecuencias, tanto prácticas como teóricas. Las primeras están a la orden del día y no dejamos de tropezarnos con ellas constantemente, en prensa, radio, televisión y redes sociales. En efecto, identificar un comportamiento reprochable con un comportamiento delictivo implica trasladar a los tribunales la tarea de investigar, valorar y, en su caso, penalizar tal comportamiento. Esta perspectiva, que parece haberse impuesto, tiene algo de externalización del servicio, de delegación de la función de reclamar responsabilidad en quienes lo hacen de una determinada manera y con determinados códigos (jueces y magistrados) o, por llevar la formulación al límite de la paradoja, de desresponsabilización de la responsabilidad de los políticos. Con las consecuencias por todos conocidas, y es que la lentitud de la justicia termine, o bien neutralizando a la política como tal, o bien pervirtiendo su sentido. Lo primero ocurre cuando las sentencias se posponen ad calendas graecas (el caso Pujol resulta paradigmático al respecto), en tanto que lo segundo tiene lugar cuando la instrucción se constituye en una especie de encubierto juicio público que puede terminar condenando a la muerte social a quien tiempo después, en el juicio propiamente dicho, queda absuelto.
Esta segunda posibilidad conecta con las consecuencias teóricas aludidas. Centrar la exigencia de responsabilidad en la responsabilidad jurídica termina vaciando de sentido a la actividad política misma. Así, lo ocurrido con los dos procesos judiciales que afectan de manera directa al presidente del Gobierno ilustra bien este proceso de vaciado. Mi competencia para valorar esta clase de asuntos es prácticamente nula, pero mi sensación es la de que no resulta descartable en absoluto que las acusaciones contra Begoña Gómez queden finalmente en nada. Pero lo más destacable de este asunto desde el punto de vista político es que la derecha lo haya apostado todo a la carta de su condena en los tribunales, como si renunciara por completo a la crítica en cualquier otro ámbito. Una consecuencia posible de semejante estrategia es que una hipotética sentencia absolutoria, no ya solo fuera presentada públicamente por parte del Gobierno como una inapelable derrota de la oposición, sino, mucho más relevante que eso, que se entendiera que deja a la mujer de Pedro Sánchez a salvo de cualquier otro tipo de reproche, como, por ejemplo, de carácter moral, referido a la escasísima ejemplaridad de su comportamiento. Cosas parecidas podrían afirmarse respecto a la condena recibida por el hermano del presidente, que uno puede estimar desproporcionada, pero eso no quita para considerar que las conductas de los condenados merecen una severa crítica desde el punto vista de los valores con los que estaban comprometidos y que han incumplido de manera flagrante.
En todo caso, lo importante es que ha sido la creciente y generalizada renuncia a asumir la idea misma de responsabilidad lo que nos ha traído hasta el punto en el que ahora nos encontramos, que se acerca de manera inquietante al grado cero de la política, como las afirmaciones de Marlaska y Zapatero certifican sin rubor. Parecería que muchos de nuestros representantes creen haber encontrado en el clásico principio jurídico “lo que no está prohibido, está permitido” una especie de salvoconducto con el que poder circular por la vida pública sin ser objeto de reproche alguno. Se diría que su razonamiento íntimo es: mientras no se me pueda acusar de ningún delito, no tengo por qué responder de nada. Así las cosas, quizá habría que empezar a pensar en cerrar el Parlamento. Manuel Cruz es catedrático de Filosofía y expresidente del Senado, y autor de Resabiados y resentidos. El eclipse de las ilusiones en el mundo actual (Galaxia Gutenberg). El País, 29 de agosto de 2026.
DEL CAFÉ DE SOBREMESA. YO CONTROLO, POR ANA IRIS SIMÓN. 11 DE SEPTIEMBRE DE 2026
Esta semana, Meta, el gigante que engloba Facebook, Instagram o WhatsApp, ha sentado un precedente: pagará hasta 18.000 millones de dólares a las arcas americanas para evitar ser juzgada por los daños que sus productos habrían generado a millones de adolescentes. Los fiscales alegaban que Meta conocía que sus aplicaciones tenían riesgo de generar adicción e incrementaban el de padecer ansiedad, depresión o ideación suicida entre los menores. Y no hicieron nada.
Así que la empresa ha decidido apoquinar 18.000 millones para evitar una posible condena, además de implementar una serie de mecanismos para que los niños no desarrollen adicción a sus aplicaciones. Uno de ellos, un límite de uso de dos horas diarias que se podrá ampliar si los padres dan un permiso. Y lo darán, porque la conciencia respecto al perjuicio que generan las redes sociales e Internet es casi nula.
Hace unas semanas, en una sobremesa, un amigo contaba que su primer cigarro se lo dio su abuelastro en la comunión, y que nadie le echó cuenta. Que alguno se escandalizó un poco, pero que en el fondo a todos les hizo gracia ver al crío con un Ducados en la boca. Hace unos años, mi abuela me contaba que hubo un tiempo no tan lejano en el que los resfriados de los niños no se curaban con Apiretal sino con un preparado de vino y azúcar, o con chupitos de brandi si había. En unas décadas, seguramente veamos con los mismos ojos con los que hoy miramos esos fenómenos a los bebés que van con un teléfono en el carrito, o a los que en la comunión no se les pone un cigarro en la boca pero sí un teléfono en las manos, o a unas comunidades autónomas que ya han condenado a varias generaciones a estudiar con dispositivos electrónicos.
Porque la relación entre el uso problemático de internet y las redes sociales y algunos problemas de salud mental ya está ampliamente documentada. Y con litigios como el de Meta queda patente lo que es una evidencia para cualquier usuario de sus productos: que es complicadísimo no hacer un uso problemático de ellos. Porque su negocio depende de conseguir que nadie —ya sean chicos o grandes— quiera dejar de mirar la pantalla.
Pero seguimos normalizando usar el móvil dos, cuatro, seis, ocho horas al día. No somos conscientes de la gravedad de no poder dejarlo en casa unas horas, o unos días, o incluso de renunciar a él, esa locura. Ya no es que pasemos demasiadas horas delante de una pantalla, sino que tenemos serias dificultades para dejar de hacerlo. Si Instagram, Facebook o WhatsApp son una droga para los críos, como se ha reconocido esta semana, ¿qué somos nosotros? No podemos empezar a tratar el abuso de internet y las redes por parte de los niños como un problema de salud pública mientras concebimos el de los adultos como una peculiaridad de la vida moderna.
Entre aquellos años en los que a un crío se le daba una calada de un puro en una boda o sus padres fumaban con él en los bares, y los días en los que miramos aquello con escándalo ha habido campañas informativas, decisiones políticas y una inversión pública que ha generado conciencia social. El Estado entendió que no bastaba con decirle a un crío que no fumara o a sus padres que no lo ahumaran: reguló el tabaco, como el alcohol. Quizá sea el momento de entender que con la economía de la atención, con los productos de las grandes tecnológicas, ocurre algo parecido. Mientras tanto, al leer sobre los perjuicios de las redes y la adicción a internet, seguiremos pensando que nosotros controlamos. Todos controlamos. Yo controlo, tú controlas. ¿Qué otra cosa diría un adicto? Ana Iris Simón es escritora. El País, 29 de agosto de 2026.
DEL ARCHIVO DEL BLOG. LAS PIONERAS, POR ANNA CABALLÉ. PUBLICADO EL 29 DE AGOSTO DE 2018
La cultura española no se lo puso fácil a las primeras literatas. Pronto comprendieron que su tiempo no había llegado, pero ejercieron de formidables quitanieves luchando por abrirse camino en medio de una cerrada misoginia, comenta en El País Anna Caballé Masforroll, escritora y crítica literaria, que el próximo septiembre publica en Taurus su libro Concepción Arenal. La caminante y su sombra.
Caballé comienza su artículo contando lo que Rüdiger Safranski dice en su libro sobre la amistad entre Goethe y Schiller: que cuando Madame de Staël anunció al primero su próxima visita a Weimar, prevista para las Navidades de 1803, con el propósito de conocer al gran hombre, Goethe corrió consternado a casa de Schiller: ¿qué pretendía aquella notable mujer con su visita? Los dos amigos experimentarían un gran alivio cuando se fue, tres meses después de su llegada. Germaine Staël tampoco se mostró muy entusiasta de sus conversaciones con los dos grandes poetas alemanes: no encontró en Weimar ninguna de las cosas que le interesaban: algo de amor, poder o el brillo de la gran ciudad. Sin embargo, con aquella y otras visitas al país germano armaría un gran libro, De l’Allemagne, decisivo en el conocimiento y la admiración de franceses y españoles por la nueva cultura germánica. Interesa subrayar aquí el estupor de Goethe: ¿quién quería sostener una conversación intelectual con una mujer, fuera de París, donde las mujeres sí lograron abrir durante la Ilustración un espacio de cultura maravilloso gracias a sus preciados salones? Mary Wollstonecraft se había hecho eco ya de los cambios que se avecinaban en su ensayo Vindicación de los derechos de la mujer, analizado recientemente por Charlotte Gordon en una biografía donde se considera aquella figura excepcional en relación a su hija, Mary Shelley.
Desde luego, la cultura española no se lo puso fácil a las primeras literatas que creyeron en los nuevos ideales que inflamaron el romanticismo, a excepción de Juan Eugenio Hartzenbusch, su principal apoyo. Hartzenbusch, el hombre que amaba a las mujeres. Muy pronto, aquellas pioneras comprenderían que su tiempo no había llegado, pero, en todo caso, ejercieron de formidables quitanieves luchando por abrirse camino con sus obras en medio de una cerrada misoginia. A la que firmaría más adelante con el seudónimo de Fernán Caballero, su padre, el influyente Nicolás Böhl de Faber, furioso con las ideas defendidas por Wollstonecraft, le escribió: “El día que quemes sus Rights of Women será para mí un gran día”. Y es que su joven hija Cecilia, deseosa de recibir la bendición paterna, le había consultado qué opinaba sobre el ensayo que tanto citaba y admiraba su madre, la también literata gaditana Francisca Larrea. Para el cónsul alemán, el libro no podía ser más dañino: “La esfera intelectual no se ha hecho para las mujeres. Dios ha querido que el amor y el sentimiento sean su elemento. Cuando Ícaro se acercó demasiado al sol, cayó al agua, y lo mismo sucedió a madame Wollstonecraft. ¿Por qué son desgraciadas todas las mujeres sabias? ¿Por qué se las detesta? ¿Por qué se las ridiculiza, por lo menos?”. La forma de reaccionar a esa hostilidad generalizada que solo la tenacidad del feminismo ha conseguido disolver, al menos en amplios sectores de la sociedad, determinaría la trayectoria de cada literata. En general, limitaron su talento para evitar choques, se recluyeron en el misticismo o bien aceptaron una masculinización impuesta que las sumía en la mayor confusión sobre sí mismas. Cuando Nicasio Gallego subrayó el “varonil vigor” de la literatura de Gertrudis Gómez de Avellaneda, ella respondería expresando sus dudas: “Yo no lo sé, creo que ningún hombre ve ciertas cosas como yo las veo, pero no niego que nunca descollé por cualidades femeninas”. Se entiende que las cualidades en las que estaba pensando eran el gusto por el hogar o las labores de aguja, pues la maternidad, aunque fugaz, sí fue intensamente vivida por la novelista cubana.
El caso más interesante en el conflicto que se plantea en el siglo XIX entre razón (hombre) y naturaleza (mujer) es el que ofrece Concepción Arenal, la pensadora (declino la palabra también en masculino) más importante del siglo XIX. Para poder abrirse camino intelectualmente se deshizo de corsés y crinolinas adoptando una cómoda indumentaria masculina en su juventud que le permitió acceder, mal que bien, a las aulas universitarias y trabar sólidas amistades. Sus ensayos sobre la moralidad pública, la necesidad de una sociedad civil concebida como contrapoder, el derecho de gentes o la urgencia de una reforma penitenciaria mostraban a las claras una inteligencia brillante, dominada por la lucidez. Sin embargo, su influencia sería mínima y no se contó con ella cuando tímidamente se abordaron las primeras reformas en el mundo penal. Vestirse de hombre no era suficiente, solo incrementaba su excentricidad y que la señalaran con el dedo. Arenal adoptó un aspecto que transmitía una gran severidad, pero era solo un escudo protector ante la maledicencia. Por ello defendió el derecho de las mujeres a intervenir activamente en la sociedad: “¿Cómo una mujer ha de ser empleada de aduanas? Solo pensarlo da risa. Pero una mujer puede ser jefe del Estado”. Era su razonamiento, porque no hay lógica que justifique tan absurdo criterio: una mujer puede ser madre de Dios, pero no puede dedicar su vida al sacerdocio. Tampoco le servirían de mucho los dos ensayos. En su tiempo se aceptó que su extraña vocación por la filosofía era fruto de una inteligencia masculina en un cuerpo de mujer, y así lo repetía la prensa una y otra vez, escribiendo con asombro sobre su talento viril, y desentendiéndose al mismo tiempo de la fuerza de sus ideas. La soledad moral de Arenal iría en aumento hasta darse casi por vencida en los últimos años. Casi, porque siguió trabajando y publicando hasta el final. Una vez desaparecida, de su política del espíritu, destinada a despertar a las élites liberales, no han quedado más que un par de frases. Pero sus correspondencias con el pensamiento de Martha Nussbaum son asombrosas: ambos se fundan en la empatía (que Arenal llamaba compasión) y tiene que ver con la idea de que es posible conectar con los otros, por diferentes que sean. No solo es posible, es un deber ético el intentarlo, y con ello se fomenta una cultura cívica y verdaderamente democrática. De ahí su frase, inspirada en el Tartufo de Molière, “odia el delito y compadece al delincuente”.
Es posible que ahora, en plena reescritura de la tradición cultural, se vea con un cierto hartazgo la presencia femenina, pero está respondiendo a la necesidad de romper con un orden —intelectual, científico, artístico, moral y económico— que ignoraba a la mujer como albergue del logos (la expresión es de María Zambrano, vista por los poetas de su generación como una pedante insufrible). Piénsese en lo que puede ocurrir si a una niña le destruimos su voluntad, sus propósitos, sus preferencias y aficiones cuando no se ajusten a un modelo determinado. Si le negamos su derecho a saber y minimizamos su talento, exigiéndole, además, que su físico sea el que nos conviene a nosotros. ¿Qué obtendríamos de toda esa presión? Pensar en ella ayuda a comprender de dónde venimos.
DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, MAÑANA, DE CESARE PAVESE (1908-1950)
MAÑANA
La ventana entornada recuadra un rostro
sobre el campo del mar. Los lindos cabellos
acompañan el tierno ritmo del mar.
No hay recuerdos en este rostro.
Sólo una sombra huidiza, como de nubes.
La sombra es húmeda y dulce como la arena
de una intacta caverna, bajo el crepúsculo.
No hay recuerdos. Sólo un susurro
que es la voz del mar convertida en recuerdo.
En el crepúsculo, el agua mullida del alba,
que se impregna de luz, alumbra el rostro.
Cada día es un milagro intemporal,
bajo el sol: lo impregnan una luz salobre
y un sabor a vívido marisco.
No existe recuerdo en este rostro.
No hay palabra que lo contenga
o vincule con cosas pasadas. Ayer,
se desvaneció de la angosta ventana,
tal como se desvanecerá dentro de poco, sin tristeza
ni humanas palabras, sobre el campo del mar.
CESARE PAVESE (1908-1950)
poeta italiano
***
Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 9 de septiembre de 1908 - Turín, 27 de agosto de 1950) fue un escritor, traductor, crítico literario y ensayista italiano. A menudo se le considera uno de los escritores italianos más influyentes de su tiempo. La traducción de las obras de Pavese al castellano comenzó pocos años después de su muerte, sobre todo porque el interés por la literatura italiana contemporánea creció en Europa y América Latina durante las décadas de 1950 y 1960, lo que favoreció la aparición de las primeras traducciones. Por esta razón, estas publicaciones surgieron primero en Argentina y otros países latinoamericanos, donde el mercado editorial estaba más abierto a la literatura europea moderna que en la España franquista. La recepción de Pavese se vio favorecida por varios factores: su prestigio literario en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, la afinidad temática de su obra con el existencialismo y la introspección psicológica de la literatura de posguerra, y el interés de poetas y narradores hispánicos que actuaron como mediadores culturales mediante traducciones, prólogos y estudios críticos. En el ámbito hispánico Pavese ha sido leído principalmente como un escritor de la experiencia interior y del retorno a los orígenes. Sus novelas ambientadas en el Piemonte rural y sus reflexiones sobre la soledad y el destino humano han sido interpretadas como una síntesis entre la narrativa realista y la exploración existencial, lo que ha contribuido a su permanencia en el canon de la literatura europea traducida al castellano.


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