jueves, 16 de abril de 2026

AGURRA NIRE HERRIALDIKO HIZKUNTZETAN. GAUR, OSTEGUNA, 2026KO APIRILAREN 16A, EUSKARAZ

 









Kaixo, egun on berriro guztioi, eta ostegun zoriontsua. Gaur ez dut inguratu nahi. Dena gaizki doa oraindik, Hungaria izan ezik. Agian hau izan zen EBk bere gutxiagotasun konplexua gainditzeko behar zuen bultzada txikia. Ikusiko dugu. Oraingoz, gaurko argitalpenetara goaz. Lehenengoa, gaurko gaiari buruzkoa, "Eman ala amore eman?" izenburua du; Mariana Toro zientzialari politikoak idatzi du, eta dioenez, errendimenduaren maximak liluratuta, gaur egungo gizarteak ikusten ari da erritmo frenetikoak nola eragiten dion, eta batzuentzat hazkunde ekonomikoaren eta banakako (eta planetako) mugen errespetuaren arteko dilema bada ere, agian posible da "erdiko bide" bat aurkitzea. Bigarrena 2019ko apirilaren 14ko blog sarrera bat da, "Denboratik kanpo iragana asmatzen" izenekoa, non Guillermo Altares idazleak adierazi zuen XIX. mendea ezinbestekoa izan zela Europako nazioak eraikitzeko, baina eraikuntza nazional horiek fundazio-mitoak behar zituztela. Eguneko poema, hirugarrenean, Gabriel Celaya poeta espainiarrarena da, eta oso ospetsua den "Poesia etorkizunez betetako arma da". Laugarrena, beti bezala, umorezko marrazki bizidunak dira, eta amaitzeko, egunero bezala, "Arratsaldeko kafe bakoitzaren zaporea", gaur Sergio del Molino idazleak idatzia, eta gaueko bereziak, Robert Reich eta Paul Krugmanek, hurrenez hurren. Tamaragua, lagunok. Bihar arte, zorteak nahi badu. Zoriontsu izan zaitezte, otoitz egiten dizuet: merezi duzue. Musuak. Maite zaituztet. HArendt














ENTRADA NÚM. 10268

DEL TEMA DEL DÍA. ¿RENDIR O RENDIRSE?, POR MARIANA TORO NADER

 




 



Embelesada por la máxima del rendimiento, la sociedad actual está viendo cómo el ritmo frenético le pasa factura. Aunque para algunos se trata de una disyuntiva entre el crecimiento económico y el respeto por los límites individuales (y planetarios), quizá sea posible encontrar un «justo medio».

Trabajar más de 80 horas a la semana. Y sin cobrar. Esa fue la convocatoria que hizo Elon Musk en su paso como responsable del Departamento de Eficiencia Gubernamental de Estados Unidos a «revolucionarios con un coeficiente intelectual muy alto» para que se encargaran de la reducción de costes. El propio Musk ha asegurado que tanto él como sus empleados trabajan 120 horas semanales. Si la semana tiene 168 horas, estas jornadas laborales extremas implicarían solo unas 6,8 horas diarias (en total, y contando los fines de semana) para dormir, comer, hacer la compra, recoger a los hijos, estar con la pareja, salir con los amigos, hacer ejercicio, lavar la ropa, ordenar la casa, pagar las facturas y regresar a la oficina —pues el hombre más rico del mundo cree que el teletrabajo «es una mierda»—.

Más allá de lo anecdótico, quizá lo más grave es que Musk no es el único magnate que ha defendido este tipo de medidas para «hacer temblar el sistema». Ya a finales de 2023, el multimillonario australiano Tim Gurner sostenía que la tasa de desempleo debía aumentar entre un 40% y un 50% para crear «dolor en la economía» y «recordarles a las personas que ellas trabajan para sus empleadores y no al revés». Las declaraciones surgieron al hilo de un fenómeno que había comenzado tras la pandemia de covid-19 y que continuó en los años siguientes, conocido como la Gran Renuncia, cuando millones de trabajadores dimitieron masivamente a sus empleos y pusieron en tela de juicio la actual forma de vivir y trabajar.

Motor en llamas. Nuestra época ha recibido muchos nombres. La era digital, de la atención, de la posverdad; la sociedad líquida, del espectáculo, del cansancio, del burnout. Pero, si se tuviera que englobar en un solo término, quizás el más acorde sería la «sociedad del rendimiento». Hoy se habla de mejorar el rendimiento económico, el rendimiento académico, el rendimiento mental, el rendimiento deportivo e incluso el rendimiento sexual. La máxima es hacer mucho con poco. Hacer muchísimo con lo mínimo. Optimizar. Hacer que rindan el tiempo, el cerebro, los recursos. Que la hipérbole sea la norma.

Para el filósofo coreano Byung- Chul Han, la sociedad contemporánea pasó de ser una sociedad disciplinaria (donde la presión venía de afuera) a una sociedad del rendimiento (donde la presión viene de adentro). El animal laborans no necesita que nadie sostenga el látigo: emprendedor de sí mismo, se autoexplota. El homo agitatus, Jorge Freire dixit, se consagra a la agitación y a la hiperactividad, debe «rendir siempre, no rendirse nunca». Se lleva al límite —físico y mental— y se funde por sobrecalentamiento.

De tanto «ponerse las pilas», el mecanismo colapsa, se quema. De allí su nombre: burnout. Agotado, el individuo actual sufre de un exceso de potencia; tiene prohibido no poder. Dale, tú puedes, si no puedes es porque no quieres, just do it.

El no se puede no poder ha llevado a lo que en inglés se conoce como bootstrapping, la idea de que todo el mundo es (o debe ser) capaz de mejorarse a sí mismo y a sus condiciones mediante la disciplina y sin ayuda de nadie. Así, se ha construido una cultura del sobreesfuerzo que no solo presiona y exige superarse constantemente, sino que, además, atribuye la pobreza a la falta de esfuerzo.

Ese ha sido el caldo de cultivo para la proliferación de lo que se ha llamado los productivity bros, que, según los describe la artista, escritora y docente de la Universidad de Stanford Jenny Odell, es «gente que hace vídeos para gente que hace vídeos» sobre rigurosos hábitos matutinos, tips de gestión personal y fórmulas mágicas de optimización del tiempo. Influencers que se hacen ricos sosteniendo «la idea de que una persona puede ser al mismo tiempo quien se libera y sobre quien se ejerce el dominio».

Hay entonces una retórica de autodominio y autovigilancia que llama a estar constantemente revisando el propio rendimiento, ya sea con hojas de cálculo, apps repletas de viñetas, checklists de optimización o poniéndose notas. Porque siempre hay más éxitos por conseguir, más minutos por optimizar, un cuerpo más esbelto por esculpir y, en general, cualquier otra cosa nueva por tener.

Por supuesto, no hay duda de que para cumplir los propios objetivos se requieren ciertas dosis de esfuerzo. Sin embargo, el punto de la hustle culture es que nunca se llene la brecha entre lo que se es y lo que se podría llegar a ser. Que esa brecha se vuelva insalvable.

Alarde del ajetreo. Insomnio, trastornos del sueño, neurastenia, enfermedades crónicas, problemas de salud mental. El mundo duerme cada vez menos y peor. El 84% de los empleados afirma sentir estrés debido a su trabajo. La ansiedad y la depresión se han expandido en todos los grupos de edad, y en algunos países las cifras de personas con enfermedades mentales alcanzan el 30% o 40% de la población. El estrés crónico ataca todos los sistemas: eleva la presión arterial, debilita el sistema inmunológico, aumenta el riesgo de accidente cardiovascular, afecta la capacidad de atención y contribuye al envejecimiento prematuro.

Aunque sabemos que es perjudicial para la salud, en la sociedad del rendimiento lo raro es no tener estrés. Se generaliza y se normaliza, casi que se premia socialmente. De allí el «síndrome de la vida ocupada»: cada segundo lleno de ocupaciones y tareas pendientes. En una incapacidad para enfrentarse a los espacios en blanco de la agenda —o al vacío, en general—, el ansia no es que el tiempo abunde, sino que escasee. La falta de tiempo se ha vuelto casi un objeto de admiración (y de jactancia). La doctora en Sociología Michelle Shir-Wise lo llama el «alarde del ajetreo». Mira qué ocupado, mira qué capaz. El estrés como medalla, el burnout como trofeo.

En inglés, la «sociedad del rendimiento» se traduce como la performance society. La idea del éxito está directamente relacionada con el hacer. Y, como si la autoexigencia no fuera suficiente, experimentos como los de la psicóloga social Janice Kelly han demostrado que los miembros de una sociedad se presionan entre sí, generando una suerte de «efecto de arrastre». Todo esto, además, amplificado en la tarima 24/7 de las redes sociales. Se rinde y se performa para un afuera que mira. El mundo exterior como teatro donde se graba contenido para el mundo virtual.

Según el profesor de Sociología de la Universidad de Columbia David Stark, lo que distingue a esta sociedad no es el rendimiento en sí, sino que cada vez más ámbitos de la vida se experimentan en términos de métricas de rendimiento. Así, «mientras unos rinden (perform), otros llevan la cuenta (score). Entrenadores y estadísticos deportivos miden el rendimiento de los atletas. Las empresas monitorean el desempeño de sus empleados, los mercados de valores registran el rendimiento de las empresas y los indicadores nos dicen qué naciones son más o menos libres, democráticas o corruptas».

Incluso el tiempo «libre» se ha llenado de quehaceres y de rankings: las vacaciones en casa parece que no son vacaciones de verdad, hay que viajar más, leer más libros, ver más series y películas, conocer más sitios, subir más stories, vivir más y mejor (y sobre todo mostrarlo). Se habla entonces de la «economía de la experiencia», un nuevo consumo de ostentación que ya no solo va de qué productos exclusivos se han comprado, sino también de en qué playas paradisíacas se ha estado o restaurantes de moda o luxury glampings… Ad infinitum.

El marketing ha estudiado bien los usos (por lo visto, inagotables) de la «envidia de las redes sociales». Un estudio de 2017 mostró que dos de cada cinco millennials estadounidenses eligieron sus destinos de viaje en función de lo instagrameables que fueran. La ironía está en que estas mismas dinámicas se han apropiado de experiencias y actividades que buscaban precisamente lo contrario: el autocuidado, el silencio y la desconexión también se han convertido en productos de lujo. Hasta la lectura se ha vuelto un espacio performático, donde a través de posts en redes o challenges de Goodreads se nos insta a mostrar quién ha leído más libros, quién está al día de más novedades… Rankings y ratings. Top 5, top 10. Competencia y comparación.

Soltar el acelerador. «Los hombres activos ruedan, como rueda una piedra, conforme a la estupidez de la mecánica», decía Nietzsche. Cuando la hiperactividad es la norma, el ocio y las pausas son solo pequeños paréntesis para reponerse y volver a trabajar. Pero, como afirma Freire, el contrapeso de la agitación no es el reposo, sino la abulia; «se exageran los aspavientos para disimular la impotencia». En una sensación permanente de carencia y de culpa, la lógica del hiperrendimiento defiende que lo que hace falta es ir más lejos. Y con mayor velocidad. Para la filósofa María Novo, estamos huyendo «de nuestra propia condición de seres con límites: lo grande, lo lejano y lo rápido son una invitación a superar las barreras de la naturaleza y de nuestra propia naturaleza». Una huida colectiva hacia adelante. En una carrera contra las manecillas del reloj.

«El reloj, y no la máquina de vapor, fue la máquina determinante de la era industrial moderna», afirma el historiador Lewis Mumford. Fue lo que impulsó el crecimiento para llegar hasta hoy. Ahora, los relojes están omnipresentes en los buses, en las farmacias, en las vallas publicitarias, en el teléfono, en la muñeca —además, contabilizando los latidos—. El temporizador y el cronómetro, mecanismos por excelencia de la medición del rendimiento.

Asistimos a lo que el escritor Robert Colville llama la Gran Aceleración. Pero esta va más allá de los avances tecnológicos y de las presiones del mundo laboral. La comunidad científica lleva años advirtiendo del impacto que la actual forma de producir y consumir está teniendo sobre el medio ambiente. Y, en palabras de Odell, eso ha llevado a una «náusea espiritual y nihilista» ante «la idea de ir corriendo contra reloj hacia el final de los tiempos».

Ante la inminencia de la crisis climática, científicos, economistas, políticos y pensadores se han preguntado cuál es el camino a tomar para poner en marcha un modelo que realmente respete los límites planetarios (e individuales). Mientras algunos aseguran que la solución es decrecer —la teoría decrecionista sostiene que el decrecimiento económico es la vía para que la humanidad pueda prosperar—, la posición contraria, basada en las conclusiones del Informe Draghi, ha lanzado la voz de alarma sobre lo que la merma del PIB implicaría para el mantenimiento del estado de bienestar. Pero ¿y si no se tratara de una cuestión de suma cero?

De acuerdo con el economista, exdiputado y director del Centro de Políticas Económicas de Esade Toni Roldán, «las sociedades más productivas no tienen peores problemas de ansiedad: en Dinamarca trabajan menos horas y viven un mejor equilibrio entre trabajo y vida personal. Hay que ser más productivos para vivir mejor». Por su parte, el filósofo y docente Carlos Javier González Serrano dice que, a su parecer, es «falsa e interesada la disyuntiva que quiere plantearnos estas opciones como excluyentes: o hiperproductividad o sacrificar el estado de bienestar». En su opinión, «la clave radica en vertebrar una economía que no devore a los sujetos que la sustentan».

Y es que, a la postre, a ninguna empresa le sirve que sus trabajadores estén quemados, y a los gobiernos tampoco. Según un informe de Gallup, «la baja implicación de los empleados le cuesta 8,9 billones de dólares a la economía mundial, el 9% del PIB global». Sin embargo, González lanza un interrogante: «¿Por qué solo nos plantean el estado de bienestar en términos económicos? ¿Y si ese bienestar tuviera que ver, más bien, con el establecimiento de una sociedad más frugal que no tuviera por cometido estimular constantemente el deseo de los consumidores?».

Porque, si bien es sustancial, el bienestar y el desarrollo no se limitan al mero poder adquisitivo. Ya lo había advertido el Premio Nobel de Economía Amartya Sen: no es sensato concebir el crecimiento económico como un fin en sí mismo: el desarrollo tiene que ocuparse de mejorar la vida que llevamos. Además, como bien lo expone el psiquiatra Carlos Cenalmor, «una persona sana y feliz es siempre mucho más productiva que una que no lo es». Tanto el Informe Mundial sobre la Felicidad que realiza anualmente Naciones Unidas como la encuesta European Working Conditions han demostrado que uno de los factores que más impacta sobre la calidad de vida y la felicidad de los trabajadores es tener tiempo para dedicarlo a la relación con otros, ya sean su familia, sus amigos o su comunidad.

De ahí que estén surgiendo cada vez más propuestas de políticas públicas para garantizar el «derecho al tiempo». El éxito de la implementación de la jornada laboral de cuatro días en países como Alemania, Islandia y Portugal ha hecho evidente que la conciliación entre trabajo y vida personal no sacrifica la productividad de las empresas. Al contrario. «Lo que podría parecer una contradicción en realidad es una conjunción: para ser más productivos, hay que descansar; para avanzar, hay que saber parar», señala Cenalmor.

Aurea mediocritas. Quizás allí radica el «justo medio» aristotélico: en entender que soltar el acelerador no es lo mismo que frenar. En los últimos tiempos, cada vez ha ido tomando más fuerza la lentitud como vía para recuperar la conexión con el entorno y los ritmos naturales. Para vivir con la atención menos dispersa, con el foco menos acelerado.

El escritor Oliver Burkeman lo ha puesto en términos básicos: a lo mejor no todas las tareas son esenciales para la supervivencia; a lo mejor no es una obligación universal ganar siempre más dinero, lograr cada vez más objetivos ni realizar el propio potencial en todas las esferas. Así, Odell recomienda que, si ya se tiene diagnosticado que se es un sujeto del rendimiento que no hace más que desgastarse, se experimente en algún ámbito de la vida con lo que podría parecer mediocridad. Y preguntarse, entonces, a quién le parece eso mediocre y por qué.

Porque lo cierto es que el burnout no solo tiene que ver con la falta de tiempo: también está ligado al propósito vital. Por eso tal vez la pregunta más relevante es qué significa realmente «vivir tu mejor vida». Sobre todo porque lo más seguro es que no haya una única respuesta, ni para todas las personas, ni en todas las etapas de la vida.

La inmediatez y la prisa aplanan el contexto, desdibujan los matices. Ir más despacio abre lugar para cuestionar, recuperar la agencia y salir del entumecimiento. Porque una cosa es el movimiento y otra cosa es la inercia. El movimiento requiere de intención, pausas, sentido. Es posible seguir moviéndose mientras se revisa y se corrige de tanto en tanto el rumbo. Quizá se trata solo de modular el tempo. MARIANA TORO NADER es politóloga. Publicado en Ethic en abril de 2026.


    




















DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, INVENTAR EL PASADO A DESTIEMPO, POR GUILLERMO ALTARES. PUBLICADO EL 14 DE ABRIL DE 2019

 







El siglo XIX fue esencial para la construcción de las naciones europeas. Muchas nacieron entonces y otras se forjaron culturalmente. En Francia, por ejemplo, la mayoría de la población no tenía el francés como primera lengua, sino que hablaba sus dialectos regionales, una situación que se prolongó hasta bien entrado el siglo XX. En las trincheras de la Primera Guerra Mundial, muchos soldados eran incapaces de entender las órdenes de sus superiores porque no hablaban el mismo idioma. Esa construcción nacional necesitaba mitos fundadores. Así, por ejemplo, se hablaba de “nuestros antepasados los galos”, una frase que se enseñaba incluso en las escuelas de las colonias francesas de Indochina y África. Cada país tuvo su Rudyard Kipling que ayudó a cimentar una identidad y, de paso, a justificar el dominio de tierras y países a miles de kilómetros de distancia.

Todo eso cambió durante el siglo XX y los mitos se fueron resquebrajando. Con las revoluciones de los años sesenta, los viejos clichés nacionales resultaron insostenibles y muchos países se volcaron en conocer su auténtica historia, el pasado que se habían perdido entre las fanfarrias. La evolución del wéstern lo explica muy bien (al fin y al cabo, Estados Unidos fue fundado por europeos). Las películas de vaqueros crearon toda una mitología de hombres libres, de caravanas que avanzaban hacia el Oeste para fundar una nueva sociedad. Los indios eran, en el mejor de los casos, una molesta presencia en la aventura civilizatoria y, en el peor, unos salvajes asesinos.

Pero eso también cambió. Ninguna película expresa con tanta precisión ese camino como El gran combate (Cheyenne Autumn en su versión original), el último y magistral wéstern de John Ford, de 1964, en el que el maestro pidió perdón a los indios a los que retrataba con una dignidad emocionante frente a las mentiras y los expolios del hombre blanco. “Incluso un perro puede ir donde quiera, pero no un cheyene”, exclama unos de los indios, privado de sus tierras y de su libertad.

Aquí, en España, se hacen oír cada vez con más fuerza corrientes que regresan sin complejos a los mitos fundadores de la nación del siglo XIX, que reescriben una historia que ignoran totalmente, olvidando que los países se hacen grandes y fuertes por su capacidad para mirar a su pasado de frente, no para idealizarlo. GUILLERMO ALTARES es escritor. Publicado en El País del 14 de abril de 2019.


























DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO, POR GABRIEL CELAYA

 






LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO




Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,

mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,

fieramente existiendo, ciegamente afirmando,

como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente

los vertiginosos ojos claros de la muerte,

se dicen las verdades:

las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.


Se dicen los poemas

que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,

piden ser, piden ritmo,

piden ley para aquello que sienten excesivo.


Con la velocidad del instinto,

con el rayo del prodigio,

como mágica evidencia, lo real se nos convierte

en lo idéntico a sí mismo.


Poesía para el pobre, poesía necesaria

como el pan de cada día,

como el aire que exigimos trece veces por minuto,

para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.


Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan

decir que somos quien somos,

nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.

Estamos tocando el fondo.


Maldigo la poesía concebida como un lujo

cultural por los neutrales

que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.

Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.


Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren

y canto respirando.

Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas

personales, me ensancho.


Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,

y calculo por eso con técnica qué puedo.

Me siento un ingeniero del verso y un obrero

que trabaja con otros a España en sus aceros.


Tal es mi poesía: poesía-herramienta

a la vez que latido de lo unánime y ciego.

Tal es, arma cargada de futuro expansivo

con que te apunto al pecho.


No es una poesía gota a gota pensada.

No es un bello producto. No es un fruto perfecto.

Es algo como el aire que todos respiramos

y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.


Son palabras que todos repetimos sintiendo

como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.

Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.

Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.




GABRIEL CELAYA (1911-1991) 

poeta español




***




Gabriel Celaya (1911-1991), fue un poeta español de la generación literaria de la posguerra. Fue uno de los más destacados representantes de la que se denominó «poesía comprometida» o poesía social. Su obra y su figura tuvieron la influencia y fueron fruto de la estrecha colaboración con su esposa, Amparo Gastón. Con Blas de Otero y Ángela Figuera Aymerich fueron llamados el "triunvirato vasco" de la poesía social. Entre 1927 y 1935 vivió en la Residencia de Estudiantes, donde conoció a Federico García Lorca, José Moreno Villa y a otros intelectuales que lo inclinaron por el campo de la literatura, llevándolo a dedicarse por entero a la poesía. En 1986 fue galardonado con el Premio Nacional de las Letras Españolas por el Ministerio de Cultura.



















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY JUEVES, 16 DE ABRIL DE 2026

 
















miércoles, 15 de abril de 2026

REVISTA DE PRENSA. NOSOTROS LOS ESPAÑOLES, POR JAVIRROYO. ESPECIAL NOCHE CUATRO DE HOY MIÉRCOLES, 15 DE ABRIL DE 2026

 








Nos han vendido que ser español es llevar una pulserita con la bandera, gritar mucho en los bares y aplaudir discursos que ni siquiera entienden. Pero ser español —de verdad— va de otra cosa bastante menos cómoda. Ser español es sostener lo común. Es pagar impuestos, trabajar, cuidar, levantar persianas, llenar escuelas, hospitales y calles. Y en eso, quienes llegan con papeles cumplen con todo: cotizan, trabajan donde falta gente, cuidan a nuestros mayores, levantan sectores enteros y aportan más de lo que se llevan. Mientras algunos agitan banderas, otros sostienen el país. Porque ser español no es una estética, es una práctica. No es una pulsera, es una responsabilidad. No es hacerse fotos con símbolos, es contribuir a que el sistema funcione. Y en un país envejecido, con baja natalidad y necesidad de mano de obra, quien viene a trabajar legalmente no es un problema: es parte de la solución. Lo paradójico es que quienes presumen de patriotismo son a menudo los mismos que defienden políticas que debilitan lo público o aplauden intereses extranjeros aunque vayan contra el bienestar aquí. Así que igual hay que empezar a redefinirlo: ser español no es gritar “España”, es hacer que España funcione. Y en eso, muchos inmigrantes con papeles son hoy más útiles —y más coherentes— que quienes llevan la bandera en la muñeca pero no en los actos. JAVIRROYO es ilustrador. Publicado en InfoLibre el 15 de abril de 2026.






















REVISTA DE PRENSA. EL LIBRO BLANCO DE LA DEMOCRACIA, POR GABRIELA BUSTELO. ESPECIAL NOCHE TRES DE HOY MIÉRCOLES, 15 DE ABRIL DE 2023

 








Han pasado 15 años desde que Larry Diamond, catedrático de Sociología Política de la Universidad de Stanford, aseguró que estamos inmersos en una «recesión democrática». En los tres años transcurridos desde que la OMS certificó el coronavirus como pandemia global, esta crisis de la democracia global no ha hecho sino acrecentarse. En otras palabras, el centenar aproximado de países democráticos que hay en el mundo estaría perdiendo calidad, día tras día, en sus respectivos sistemas de gobierno. ¿Y cuáles son los parámetros clásicos que definen una democracia estándar? Son seis: sufragio universal, separación de poderes, libertades civiles, parlamento funcional, partido de la oposición e igualdad ante la ley.   

Nueve catedráticos analizan la democracia española. En nuestro país, nueve catedráticos han tomado la decisión de unir fuerzas para denunciar una situación que juzgan de máxima gravedad: la merma progresiva de la democracia española. Sus análisis y reflexiones se han reunido en un libro que publica la Fundación Colegio Libre de Eméritos bajo el título España: Democracia menguante.

A cargo de este informe de situación se halla Manuel Aragón, catedrático de Derecho Constitucional y magistrado emérito del Tribunal Constitucional, que ha expresado públicamente su zozobra en cuanto a que la coyuntura política actual de nuestro país pudiera derivar en una «democracia disminuida». Bajo su batuta, el octeto denunciante lo forman Francesc de Carreras (Catedrático de Derecho Constitucional), Juan Díez Nicolás (Catedrático de Sociología), Tomás-Ramón Fernández (Catedrático de Derecho Administrativo), José Luis García Delgado (Catedrático de Economía Aplicada), Emilio Lamo de Espinosa (Catedrático de Sociología), Araceli Mangas (Catedrática de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales), Francisco Sosa Wagner (Catedrático de Derecho Administrativo) y Gabriel Tortella (Catedrático de Historia Económica).

El veloz declive de la calidad democrática española. En la prensa generalista se han publicado desde 2020 centenares de artículos inquietos por la deriva política nacional, en especial desde que el semanario británico The Economist eliminara a España del selecto grupo de Democracias Plenas de su Democracy Index (DI) en febrero de 2022 (valorando el comportamiento de nuestro país durante 2021). El 1 de febrero de este año 2023, España recuperaba su estatus de democracia plena, ascendiendo de nuevo al pequeño olimpo de los 24 países más políticamente avanzados del planeta. Pero, ojo, que ocupa el penúltimo lugar, casi rozándose con el siguiente grupo de las democracias deficientes. Pues bien, entre los factores que determinaron la mala posición de España en el prestigioso grupo de las democracias plenas del Democracy Index destacaron las medidas coercitivas que tomó el ejecutivo de Pedro Sánchez durante la pandemia de coronavirus. (Merece la pena recordar que en la cima del Democracy Index está Noruega, que mantiene su primer lugar desde el año 2010, cosa que en la España de la ideología de trazo grueso podría sorprender, ya que el sistema de gobierno noruego es una monarquía parlamentaria).

Deterioro grave y deslealtad constitucional de las instituciones. Si algo ha demostrado la pandemia es que, ante una crisis mundial de semejante envergadura, los países sin instituciones sólidas corren el peligro de perder calidad democrática de manera casi inmediata. En una democracia sana y funcional, las instituciones son el vínculo principal entre la ciudadanía y el Estado, nexo imprescindible para mantener la salud del sistema político. Precisamente, el sector institucional es el que más inquieta a los autores de este informe: «Nos estamos refiriendo principalmente al mal funcionamiento de nuestro Estado social y democrático de Derecho, cuyo deterioro se ha producido sobre todo en el plano institucional». Los autores van más lejos, al concretar que detectan una “deslealtad constitucional” en no pocas instituciones españolas.

La crisis democrática española es superior a la crisis democrática global. Una de las primeras aseveraciones del libro España: democracia menguante es que la crisis democrática global no puede considerarse un fenómeno tan agudo como el de España. No en vano recientes encuestas del Eurobarómetro (verano de 2022) indican que 9 de cada 10 españoles desconfían de los partidos políticos (la media de la UE es del 75%); el 74% desconfía del gobierno (frente al 61% de la UE); y otro 74% desconfía del parlamento (muy superior a la media UE del 60%).

En el capítulo inicial, dedicado al fracaso de la política española, se aportan datos recientes de un sondeo de Metroscopia (Junio, 2022) en cuanto a la «demoledora opinión sobre los políticos» que tiene la población española. Un 87% lamenta que no presten atención a las preocupaciones de los ciudadanos; un 84% echa en falta ideas claras para solucionar los problemas nacionales; un 81% detecta una carencia de vocación de servicio público; un 79% cree que los líderes no tienen la experiencia necesaria y un 75% asegura que actúan de manera deshonesta.

Gobiernos radicales administrando a ciudadanos moderados. En cuanto a la polarización, que con frecuencia se cita en España como un problema inherente a la propia ciudadanía, esta idea se rechaza de plano en el libro. El «bibloquismo», los «cordones sanitarios» y la falta de diálogo derecha-izquierda serían impostaciones de los propios líderes políticos, que infectan con ellas a sus representados. En cuanto a la conchabanza del bipartidismo con el nacionalismo, el veredicto es severo: «No olvidemos que los dos grandes partidos han dificultado siempre la posible emergencia de partidos bisagra (UCD, CDS, Partido Reformista, UPyD, Ciudadanos), prefiriendo el apoyo de los nacionalistas catalanes y vascos». Esta estrategia temeraria, en lugar de integrarlos, habría contribuido a reforzarlos, debilitando al Estado, hoy casi «residual» en algunas Comunidades Autónomas. Como reflexionaba Emilio Lamo de Espinosa en su cuenta de Twitter el 2 de marzo de 2023, aportando un gráfico de autoubicación ideológica del CIS para apoyarlo: «Los españoles llevan siendo de centro izquierda casi treinta años sin variación. No se han radicalizado. Los que se han radicalizado son los políticos, aunque no todos. Gobiernos radicales administrando a ciudadanos que no lo están».

Partitocracia derivada de una Ley Electoral oligárquica. El desmedido poder de los partidos políticos —cimentado por una Ley Electoral anticuada e injusta— habría devorado la separación de poderes: «el líder del partido que gana las elecciones controla no solo el Poder Ejecutivo, sino también el Poder Legislativo, pues los representantes lo son porque el aparato les ha incluido en la lista electoral». En cuanto al Poder Judicial, la Constitución se habría ido «modificando subrepticiamente» para que un «Consejo General del Poder Judicial políticamente mediatizado», junto a un reparto por cuotas de las designaciones directas que hacen las Cortes Generales, permitan a los principales partidos políticos nombrar a los jueces de los principales órganos de la Justicia.

La cultura de la corrupción. No olvidan los autores el gravísimo problema de la corrupción española, citando datos de Transparencia Internacional, que en 2021 situaba a España en el puesto 34 del escalafón global, empatada con Lituania. Constatan que recién estrenado este índice, en 1995, España ocupaba un puesto 26 y llegó a estar en el 20 en el año 2000. Pero quedó en el puesto 41 en 2018, hasta llegar al puesto 35 actual, empatada con Botsuana y Cabo Verde, según el Índice de Percepción de la Corrupción publicado en enero de 2023. En efecto, la cultura de la corrupción parece formar parte de la mentalidad nacional, que justifica la del partido propio y demoniza la del contrario. Los dos partidos mayoritarios tienen largos historiales corruptos, pero tampoco se libran los nacionalistas, ni los pequeños o emergentes. Los juzgados españoles rebosan «casos de corrupción en los que están involucrados políticos pertenecientes a todo el arco parlamentario».

España, ¿país sin ley ni justicia?. Abundan las columnas periodísticas que hablan ya de España, como «un país sin ley». En ese espíritu nos recuerda este libro que no puede haber democracia sin Estado de Derecho, cosa que en otros tiempos hubiera podido parecer una obviedad, pero que hoy es de obligada reivindicación. «Se observa con estupor cómo en parte del territorio español los poderes autonómicos desobedecen, de manera expresa y reiterada, la Constitución, las leyes y las sentencias de los tribunales sin que el poder central lo remedie, usando las competencias de ineludible ejercicio que tiene».

La politización de la justicia se define como el resultado de la partitocracia más cruda y voraz, lamentando que la ciudadanía haya asumido como algo «normal» la existencia de dos bloques entre los jueces de izquierdas y los jueces de derechas. Los autores nos comparan con Alemania y Estados Unidos, cuyos magistrados llegan a los tribunales «cargados de medallas políticas e incluso con el carné del partido en el bolsillo», pero este posicionamiento ideológico no suele influir sobre sus decisiones jurídicas. En España, por contraste, los jueces serían peones de partido, acatando las órdenes del aparato sin demasiada resistencia.

Gobierno «a golpe de decreto» y nula capacidad de absorción de fondos europeos. En el capítulo sobre el gobierno y la administración se puntualiza la cuestión sin ambages y con la claridad meridiana que caracteriza a todo el libro, reiterando que el Poder Ejecutivo ha desplazado al Legislativo, además de instrumentalizar a los tribunales. La masa de decretos leyes convertidos en leyes o convalidados equivale ya a tres cuartas partes del output legislativo, aseguran, y se requeriría una operación colosal para sanear el ordenamiento jurídico. Por si esto fuera poco, se apostilla que todas estas aparatosas «reformas» no mejoran una capacidad de absorción de fondos europeos casi nula, «que nos coloca los últimos de la lista de veintisiete, en la que nuestro modesto vecino, Portugal, figura en segundo lugar». España tiene la peor tasa de absorción de los fondos europeos en el período 2014-2020, con solo un 43% de los fondos ejecutados.

Estado autonómico gravemente disfuncional. En cuanto al estado autonómico, los autores lo desaprueban con una asepsia casi clínica, señalando los dos problemas graves manifestados desde sus comienzos. El primero es la disfunción organizativa, que genera anomalías, duplicidad de funciones y un gasto público innecesario. El segundo es la integración territorial defectuosa, que en determinadas partes del perímetro español pone en grave riesgo la unidad estatal y nacional. La solución que se recomienda sin rodeos es modificarlo para convertirlo en un modelo federal, es decir, en una versión perfeccionada de la actual. «El federalismo no es una forma política más conservadora o más progresista, más liberal o más socialdemócrata, más de izquierdas o más de derechas. Simplemente es una forma de organización territorial que funciona bien en muchos países y, por ello, también debiera funcionar en el nuestro».

Política exterior e imagen internacional: del enfrentamiento interno a la insignificancia global. El capítulo sobre el papel de nuestro país en el escenario mundial acusa a las cúpulas políticas del «descrédito de España como consecuencia de la ruptura de sus obligaciones europeas e internacionales», in crescendo ante las instituciones europeas y los mercados internacionales. Las grietas estructurales del Estado español lo incapacitan para cumplir con sus deberes y compromisos como país europeo y lo deslegitiman para aportar propuestas normativas que le confieran la relevancia e influencia correspondientes por su estatus occidental. Las ineficaces administraciones públicas, colonizadas por los partidos, ahuyentan a las empresas y agentes socioeconómicos. Por no hablar de la dependencia de la ayuda externa para salir de las quiebras internas en que los propios partidos políticos sumen al país, desde las crisis nacionalistas hasta las crisis económicas. La pandemia, lejos de servir como acicate para efectuar las reformas estructurales exigidas en 2019 por la UE, ha agravado junto con la crisis energética los desafíos orgánicos de España como nación europea. Lamentan los autores que la polarización interna haya impedido durante todo un siglo acordar intereses nacionales que permitieran afrontar con fuerza y dignidad el devenir externo de una España autocondenada a la irrelevancia mundial.

Es la economía, estúpido. Esta es la frase que James Carville, jefe de campaña de Bill Clinton, pegó en la pared de su oficina en 1992, bajo otra anotación que exigía «Un cambio» versus «Lo de siempre». Pues bien, para los autores de España: Democracia menguante la política económica española requeriría un cambio radical. En abierta contradicción con la propaganda gubernamental, observan un descenso del PIB por habitante desde 2007; un desempleo que duplica la media de la UE, disparado con los gobiernos socialistas y aminorado con los gobiernos del PP; un mercado laboral agarrotado e inflexible, que conserva la inmovilidad de los tiempos de Franco, con la dualidad de los trabajadores protegidos por el sistema (contratos laborales indefinidos) y los desprotegidos (contratos temporales); y unos sindicatos que no encarnan al sector laboral, sino a las cúpulas políticas y al sector público. ¿Las soluciones que se proponen? Entre otras, flexibilización del mercado, eliminación de trabas al comercio nacional e internacional, conexión del sistema educativo con el sistema productivo, seguridad jurídica como garantía del correcto funcionamiento de los mercados, reconducción del gasto público para impedir que el déficit presupuestario exceda del 3%, incluso llegando al superávit y creación de un mecanismo de fiscalización de las políticas públicas.

Objetivos generales de este informe. La meta inmediata de los autores de este Informe es generar un debate público sobre las averías crónicas de la democracia española, pues en opinión de estos nueve maestros, los peligros que acechan a España son de tal envergadura que, en su opinión, ponen en riesgo su propia existencia. Alegan que este debate nacional sería urgente y perentorio, dado que la ciudadanía ya no puede confiar en soluciones clásicas, como optar electoralmente por la izquierda o por la derecha, sino que se halla ante la disyuntiva de decidir entre la conservación y la destrucción de lo que hasta ahora veníamos llamando la democracia española. Reseña del libro España: Democracia menguante, VV. AA. Colegio Libre de Eméritos. Madrid, 2023. GABRIELA BUSTELO es filóloga. Publicado en Revista de Libros el 23 de marzo de 2023.