domingo, 14 de agosto de 2016

[Reedición] ¿Queda algo de la fraternidad universal?



Mnemosine, musa de la Memoria


"Reedición" es una nueva sección del blog dedicada a reproducir antiguas entradas que tuvieron cierto predicamento en su momento entre los lectores de Desde el trópico de Cáncer. Estas entradas se publican sin periodicidad fija, conservan su título, fecha y numeración y pueden variar ligeramente en su contenido sobre el publicado originariamente. Disfrútenla de nuevo si lo desean. 

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El Diccionario de la Lengua Española define fraternidad, en su única acepción, como "amistad o afecto entre hermanos o entre quienes se tratan como tales".

Libertad, igualdad y fraternidad, proclamó enfática la revolución francesa: "Los hombres nacen y crecen iguales en derechos" (art. 1º de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, 1789), y unos años antes la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776): "Todos los hombres son iguales".

La fraternidad, ideal cristiano por excelencia, lo es también, como acabamos de ver, de las grandes revoluciones ilustradas de finales del siglo XVIII, que dan origen al hombre moderno, ya no súbdito sino ciudadano.

Pero tengo la impresión de que el concepto clásico, cristiano, ilustrado y revolucionario de fraternidad ha sido sustituido por el más moderno y tenue de solidaridad, entendida (de nuevo recurro al diccionario) como "adhesión circunstancial a la causa o la empresa de otros". Lástima..., porque la realidad actual quizá sea peor de lo que imaginamos. Quizá, como dice un personaje de "El cementerio de Praga" (Umberto Eco: Lumen, Barcelona, 2010) porque "el odio calienta el corazón".

"Es inútil ir a buscarse un enemigo, qué sé yo, -dice el personaje citado- entre los mongoles o los tártaros, como hicieron los autócratas de antaño. El enemigo para ser reconocido y temible debe estar en casa, o en el umbral de casa [...] El sentimiento de la identidad se funda en el odio hacia los que no son idénticos. Hay que cultivar el odio como pasión civil. El enemigo es el amigo de los pueblos. Hace falta alguien a quien odiar para sentirse justificados en la propia miseria. Siempre. El odio es la verdadera pasión primordial [...] Se puede odiar a alguien toda la vida. Con tal de que lo tengamos a mano, para alimentar nuestro odio". 

¿Les suena? Desde finales del siglo XIX a mediados del XX, ese enemigo cercano, dentro de casa, fue el pueblo judío. Ahora, el nacionalismo identitario, el cáncer que corroe Europa, ha encontrado un nuevo enemigo-vecino: los judíos han sido sustituidos por los griegos, los españoles, los portugueses, los rusos, los ucranianos, los italianos, los turcos, los gitanos, los rumanos, los búlgaros, los norteafricanos musulmanes, los subsaharianos, los sirios, los hispanos, los inmigrantes... El caso es echar la culpa de nuestros males a los "otros"... Como antes, como siempre... 

Les invito a leer el artículo que hoy (14/8/16) publica el diario El País, titulado "La paradoja de Merkel", firmado por Máriam Martínez-Bascuñán.



Judíos europeos (años 40)



Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt





HArendt





Entrada núm. 2055
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Pues tanto como saber me agrada dudar (Dante Alighieri
Publicada originariamente el 17 de abril de 2014
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