domingo, 7 de enero de 2018

[Tribuna de Prensa] Lo mejor de la semana. Enero, 2018 (I)





Les dejo con los Tribuna de prensa que durante la pasada semana he ido subiendo, día a día, a Desde el trópico de Cáncer. Espero que les resulten interesantes. Como dijo Hannah Arendt espero que les inviten a pensar para comprender y comprender para actuar. La vida, a fin de cuentas, no va de otra cosa que de eso. Se los recomiendo encarecidamente.


LUNES, 1 DE ENERO
La traición  de Kuczynski, por Mario Vargas Llosa
Año 2018, por Manuel Vicent
Aparofobia, palabra del año, por Ferrán Bono

MARTES, 2 DE ENERO
Amenaza, por Félix de Azúa
Libros y monjas, por Víctor Lapuente
Encoger, por David Trueba
Sexo y género, por Pablo Salvador Coderch

MIÉRCOLES, 3 DE ENERO
Reyes sin reino, por Manuel Jabois
Antes, por Leila Guerriero
Más metapolítica, por Sandra León
Capellán castrense, por Raúl del Pozo

JUEVES, 4 DE ENERO
Abuso y autoridad, por José Ignacio Torreblanca
Carta de Reyes, por Luz Sánchez-Mellado
Lo que sabemos ahora, por Tony Blair

VIERNES, 5 DE ENERO
El legado de un rey, por El País
Rey solo hay uno, por Mariola Urrea Corres
Astuto, intuitivo, valiente y popular, por Francesc de Carreras
Monarquía, consenso y democracia, por Juan Francisco Fuentes

SÁBADO, 6 DE ENERO
El peronismo catalán, por Gabriel Tortellá
Lente de aumento, por Manuel Arias Maldonado
Gladiador, por Rafael Moyano
La Guerra de las Falacias, por Teodoro León Gross
Un fracaso anunciado, por Jorge Trías Sagnier
El ratón, el sexo y García Lorca, por Manuel Vicent
#Youthquake, por Máriam Martínez-Bascuñán

Y desde los enlaces de más abajo pueden acceder a algunos de los diarios y revistas más relevantes de España y del mundo, actualizados continuamente. Espero que los disfruten:

The Washington Post (EUA)
El País (España)
Le Monde (Francia)
The New York Times (EUA)
The Times (Gran Bretaña)
Le Nouvel Observateur (Francia)
Chicago Tribune (EUA)
El Mundo (España)
La Vanguardia (España)
Los Angeles Times (EUA)
Canarias7 (España)
El Universal (México)
Clarín (Argentina)
L'Osservatore Romano (Vaticano)
La Voz de Galicia (España)
NRC (Países Bajos)
La Stampa (Italia)
Frankfurter Allgemeine Zeitung (Alemania)
Le Figaro (Francia)
Tages Anzeiger (Suiza)
Komsomolskaya Pravda (Rusia)
Excelsior (México)
Die Welt (Alemania)
El Nuevo Herald (EUA)
Revista de Libros (España)
Letras Libres (España)
Claves de Razón Práctica (España)
Cuadernos para el diálogo (España)
Litoral (España)
Jot Down (España)
Real Instituto Elcano (España)
Centro de Estudios Políticos y Constitucionales (España)
Der Spiegel (Alemania)
The New Yorker (EUA)
Política Exterior (España)
Cidob (España)
Concilium (España)
Le Monde Diplomatique (Francia)
Le Nouvel Afrique (Bélgica)
Time (EUA)
Life (EUA)
Revista Española de Ciencia Política (España)
Cambio16 (España)
Jeune Afrique (Francia)
Tiempo (España)
Historia y Política (España)
Newsweek (Estados Unidos)
Nature (Estados Unidos)
Historia National Geographic (España)
Paris Match (Francia)
Instituto Nacional de Estadística (España)
Y desde estos otros a los especiales sobre:
Y como siempre, para terminar, las mejores fotos de la semana en El País. 




Tormenta de nieve. (Atlantic City, Estados Unidos) 


Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



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La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

[Humor en cápsulas] Para hoy domingo, 7 de enero





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo no soy humorista, así que me quedo con la primera acepción.

En la medida de lo posible iré subiendo al blog cada día las viñetas de mis dibujantes favoritos en Canarias7, El Mundo, El País y La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas. 





Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt






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sábado, 6 de enero de 2018

[Galdós en su salsa] Hoy, con "Fortunata y Jacinta. Dos historias de casadas"



Estatua de Galdós (Pablo Serrano, Las Palmas GC)


Si preguntan ustedes a cualquier canario sobre quien en es su paisano más universal no tengan duda alguna de cual será su respuesta: el escritor Benito Pérez Galdós. Para conmemorar su nacimiento, del que van a cumplirse 174 años, he ido subiendo al blog a lo largo de los últimos meses su copiosa obra narrativa, que comencé con el primero de sus Episodios Nacionales, colección de cuarenta y seis novelas históricas escritas entre 1872 y 1912 que tratan acontecimientos de la historia de España desde 1805 hasta 1880, aproximadamente. Sus argumentos insertan vivencias de personajes ficticios en los acontecimientos históricos de la España del XIX como, por ejemplo, la guerra de la Independencia Española, un periodo que Galdós, aún niño, conoció a través de las narraciones de su padre, que la vivió. 

Nacido en Las Palmas de Gran Canaria, en las islas Canarias, el 10 de mayo de 1843 y fallecido en Madrid el 4 de enero de 1920, Benito Pérez Galdós fue un novelista, dramaturgo, cronista y político español, uno de los mejores representantes de la novela realista del siglo XIX y un narrador esencial en la historia de la literatura en lengua española, hasta el punto de ser considerado por especialistas y estudiosos de su obra como el mayor novelista español después de Cervantes. Galdós transformó el panorama novelístico español de la época, apartándose de la corriente romántica en pos del realismo y aportando a la narrativa una gran expresividad y hondura psicológica. En palabras de Max Aub, Galdós, como Lope de Vega, asumió el espectáculo del pueblo llano y con su intuición serena, profunda y total de la realidad, se lo devolvió, como Cervantes, rehecho, artísticamente transformado. De ahí, añade, que desde Lope, ningún escritor fue tan popular ni ninguno tan universal, desde Cervantes. Fue desde 1897 académico de la Real Academia Española y llegó a estar propuesto al Premio Nobel de Literatura en 1912. 

Subo hoy al blog su novela Fortunata y Jacinta. Una historia de casadaspublicada en 1887 en Madrid por la Imprenta La Guirnalda, cuya edición digital, basada en la edición citada de La Guirnalda, se encuentra en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes de la Universidad de Alicante.

Fortunata y Jacinta, publicada dentro del ciclo de las Novelas españolas contemporáneas, es para la mayoría de los críticos la mejor novela de Galdós, y junto a La Regenta de Leopoldo Alas "Clarín", una de las más populares y representativas del realismo literario español y de la novela española del siglo XIX. Situada en el Madrid de la segunda mitad de dicho siglo, relata las vidas cruzadas de dos mujeres de distinta extracción social unidas por un destino trágico.

Los críticos coinciden en reconocer que Galdós escribió Fortunata y Jacinta en la cima de su poder creador, y hasta el propio autor parecía consciente de ello.​ De ahí que emplease año y medio en concluir el manuscrito de la novela. No se sabe si en ese inusitado tesón por crear la obra perfecta pudo influir la reciente publicación de La Regenta, obra máxima de «Clarín», su colega, amigo.​

Más de un centenar de personajes secundarios con un perfil psicológico bien dibujado, dentro de un conjunto coral que se acerca al millar de tipos, forman 'la comedia humana' que Galdós, como Balzac y Dickens habían hecho años antes, hará girar en torno a un gran tiovivo alimentado por las emociones y los actos de los dos personajes protagonistas que "se odian y se aman al mismo tiempo": Fortunata, la mujer del pueblo, instintiva y víctima de su propia fortaleza, y Jacinta, la hembra estéril, sensible hasta la obsesión y finalmente salvada por su instinto maternal frente al acoso de su propia clase.




Imagen de la serie de RTVE "Fortunata y Jacinta" (1980)


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[Humor en cápsulas] Para hoy sábado, 6 de enero





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo no soy humorista, así que me quedo con la primera acepción.

En la medida de lo posible iré subiendo al blog cada día las viñetas de mis dibujantes favoritos en Canarias7, El Mundo, El País y La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas. 




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viernes, 5 de enero de 2018

[Cuentos para la edad adulta] Hoy, con "La muerte de los Arango", de José María Arguedas





El cuento, como género literario, se define por ser una narración breve, oral o escrita, en la que se narra una historia de ficción con un reducido número de personajes, una intriga poco desarrollada y un clímax y desenlace final rápidos. Desde hace unos meses vengo trayendo al blog algunos de los relatos cortos más famosos de la historia de la literatura universal. Obras de autores como Philip K. Dick, Franz Kafka, Herman Melville, Guy de Maupassant, Julio Cortázar, Alberto Moravia, Juan Rulfo, Jorge Luis Borges, Edgar Allan Poe, Oscar Wilde, Lovecraft, Jack London, Anton Chejov, y otros.

Continúo hoy la serie de Cuentos para la edad adulta con el titulado La muerte de los Arango, de  Jose María Arguedas (1911-1969), escritor, poeta, traductor, profesor, antropólogo y etnólogo peruano, autor de novelas y cuentos que lo han llevado a ser considerado como uno de los tres grandes representantes de la narrativa indigenista en el Perú junto con Ciro Alegría y Manuel Scorza. Introdujo en la literatura indigenista una visión interior más rica e incisiva. La cuestión fundamental que se plantea en sus obras es la de un país dividido en dos culturas (la andina de origen quechua y la occidental, traída por los españoles), que deben integrarse en una relación armónica de carácter mestizo. Los grandes dilemas, angustias y esperanzas que ese proyecto plantea son el núcleo de su visión.

Su labor como antropólogo e investigador social no ha sido muy difundida, pese a su importancia y a la influencia que tuvo en su trabajo literario. Se debe destacar su estudio sobre el folclore peruano, en particular de la música andina; al respecto tuvo un contacto estrechísimo con cantantes, músicos, danzantes de tijeras y diversos bailarines de todas las regiones del Perú. Su contribución a la revalorización del arte indígena, reflejada especialmente en el huayno y la danza, ha sido muy importante.

Fue además traductor y difusor de la literatura quechua, antigua y moderna, ocupaciones todas que compartió con sus cargos de funcionario público y maestro. Les dejo con su relato



LA MUERTE DE LOS ARANGO
por
José María Arguedas


Contaron que habían visto al tifus, vadeando el río, sobre un caballo negro, desde la otra banda donde aniquiló al pueblo de Sayla, a esta banda en que vivíamos nosotros.

A los pocos días empezó a morir la gente. Tras del caballo negro del tifus pasaron a esta banda manadas de cabras por los pequeños puentes. Soldados enviados porla Subprefectura incendiaron el pueblo de Sayla, vacío ya, y con algunos cadáveres descomponiéndose en las casas abandonadas. Sayla fue un pueblo de cabreros y sus tierras secas sólo producían calabazas y arbustos de flores y hojas amargas.

Entonces yo era un párvulo y aprendía a leer en la escuela. Los pequeños deletreábamos a gritos en el corredor soleado y alegre que daba a la plaza.

Cuando los cortejos fúnebres que pasaban cerca del corredor se hicieron muy frecuentes, la maestra nos obligó a permanecer todo el día en el salón oscuro y frío de la escuela.

Los indios cargaban a los muertos en unos féretros toscos; y muchas veces los brazos del cadáver sobresalían por los bordes. Nosotros los contemplábamos hasta que el cortejo se perdía en la esquina. Las mujeres iban llorando a gritos; cantaban en falsete el ayataki, el canto de los muertos; sus voces agudas repercutían en las paredes de la escuela, cubrían el cielo, parecían apretarnos sobre el pecho.

La plaza era inmensa, crecía sobre ella una yerba muy verde y pequeña, la romesa. En el centro del campo se elevaba un gran eucalipto solitario. A diferencia de los otros eucaliptos del pueblo, de ramas escalonadas y largas, éste tenía un tronco ancho, poderoso, lleno de ojos, y altísimo; pero la cima del árbol terminaba en una especie de cabellera redonda, ramosa y tupida. “Es hembra”, decía la maestra. La copa de ese árbol se confundía con el cielo. Cuando lo mirábamos desde la escuela, sus altas ramas se mecían sobre el fondo nublado o sobre las abras de las montañas. En los días de la peste, los indios que cargaban los féretros, los que venían de la parte alta del pueblo y tenían que cruzar la plaza, se detenían unos instantes bajo el eucalipto. Las indias lloraban a torrentes, los hombres se paraban casi en círculo con los sombreros en la mano; y el eucalipto recibía a lo largo de todo su tronco, en sus ramas elevadas, el canto funerario. Después, cuando el cortejo se alejaba y desaparecía tras la esquina, nos parecía que de la cima del ábol caían lágrimas, y brotaba un viento triste que ascendía al centro del cielo. Por eso la presencia del eucalipto nos cautivaba; su sombra, que al atardecer tocaba al corredor de la escuela, tenía algo de la imagen, del helado viento que envolvía a esos grupos desesperados de indios que bajaban hasta el panteón. La maestra presintió el nuevo significado que el árbol tenía para nosotros en esos días y nos obligó a salir de la escuela por un portillo del corral, al lado opuesto de la plaza.

El pueblo fue aniquilado. Llegaron a cargar hasta tres cadáveres en un féretro. Adornaban a los muertos con flores de retama, pero en los días postreros las propias mujeres ya no podían llorar ni cantar bien; estaban oncas e inermes. Tenían que lavar las ropas de los muertos para lograr la salvación, la limpieza final de todos los pecados.

Sólo una acequia había en el pueblo: era el más seco, el más miserable de la región por la escasez de agua; y en esa acequia, de tanto poco caudal, las mujeres lavaban en fila, los ponchos, los pantalones haraposos, las faldas y las camisas mugrientas de los difuntos. Al principio lavaban con cuidado y observan el ritual estricto del pinchk’ay; pero cuando la peste cundió y empezaron a morir diariamente en el pueblo, las mujeres que quedaban, aún las viejas y las niñas, iban a la acequia y apenas tenían tiempo y fuerzas para remojar un poco las ropas, estrujarlas en la orilla y llevárselas, rezumando todavía agua por los extremos.

El panteón era un cerco cuadrado y amplio. Antes de la peste estaba cubierto de bosque de retama. Cantaban jilgueros en ese bosque; y al medio día cuando el cielo despejaba quemando al sol, las flores de retama exhalaban perfume. Pero en aquellos días del tifus, desarraigaron los arbustos y los quemaron para sahumar el cementerio. El panteón quedó rojo, horadado; poblado de montículos alargados con dos o tres cruces encima. La tierra era ligosa, de arcilla roja oscura.

En el camino al cementerio había cuatro catafalcos pequeños de barro con techo de paja. Sobre esos catafalcos se hacía descansar a los cadáveres, para que el cura dijera los responsos. En los días de la peste los cargadores seguían de frente; el cura despedía a los muertos a la salida del camino.

Muchos vecinos principales del pueblo murieron. Los hermanos Arango eran ganaderos y dueños de los mejores campos de trigo. El año anterior, don Juan, el menor, había pasado la mayordomía del santo patrón del pueblo. Fue un año deslumbrante. Don Juan gastó en las fiestas sus ganancias de tres años. Durante dos horas se quemaron castillos de fuego en la plaza. La guía de pólvora caminaba de un extrerno a otro de la inmensa plaza, e iba incendiando los castillos. Volaban coronas fulgurantes, cohetes azules y verdes, palomas rojas desde la cima y de las aristas de los castillos; luego las armazones de madera y carrizo permanecieron durante largo rato cruzados de fuegos de colores. En la sombra, bajo el cielo estrellado de agosto, esos altos surtidores de luces, nos parecieron un trozo del firmamento caído a la plaza de nuestro pueblo y unido a él por las coronas de fuego que se perdían más lejos y más alto que la cima de las montañas. Muchas noches los niños del pueblo vimos en sueños el gran eucalipto de la plaza flotando en llamaradas.

Después de los fuegos, la gente se trasladó a la casa del mayordomo. Don Juan mandó poner enormes vasijas de chicha en la calle y en el patio de la casa, para que tomaran los indios; y sirvieron aguardiente fino de una docena de odres, para los caballeros. Los mejores danzantes de la provincia amanecieron bailando en competencia, por las calles y plazas. Los niños que vieron a aquellos danzantes el “Pachakchaki”, el “Rumisonk’o”, los imitaron. Recordaban las pruebas que hicieron, el paso de sus danzas, sus trajes de espejos ornados de plumas; y los tomaron de modelos, “Yo soy Pachakchaki”, “¡Yo soy Rumisonk’o!”, exclamaban; y bailaron en las escuelas, en sus casas, y en las eras de trigo y maíz, los días de la cosecha.

Desde aquella gran fiesta, don Juan Arango se hizo más famoso y respetado.

Don Juan hacía siempre de Rey Negro, en el drama dela Degollación que se representaba el 6 de enero. Es que era moreno, alto y fornido; sus ojos brillaban en su oscuro rostro. Y cuando bajaba a caballo desde el cerro, vestido de rey, y tronaban los cohetones, los niños lo admirábamos. Su capa roja de seda era levantada por el viento; empuñaba en alto su cetro reluciente de papel dorado; y se apeaba de un salto frente al “palacio” de Herodes; “Orreboar”, saludaba con su voz de trueno al rey judío. Y las barbas de Herodes temblaban.

El hermano mayor, don Eloy, era blanco y delgado. Se había educado en Lima; tenía modales caballerescos; leía revistas y estaba suscrito a los diarios de la capital. Hacía de Rey Blanco; su hermano le prestaba un caballo tordillo para que montara el 6 de enero. Era un caballo hermoso, de crin suelta; los otros galopaban y él trotaba con pasos largos, braceando.

Don Juan murió primero. Tenía treintidós años y era la esperanza del pueblo. Había prometido comprar un motor para instalar un molino eléctrico y dar luz al pueblo, hacer de la capital del distrito una villa moderna, mejor que la capital de la provincia. Resistió doce dias de fiebre. A su entierro asistieron indios y principales. Lloraron las indias en la puerta del panteón. Eran centenares y cantaron a coro. Pero esa voz no arrebataba, no hacía estremecerse, como cuando cantaban solas, tres o cuatro, en los entierros de sus muertos. Hasta lloraron y gimieron junto a las paredes, pero pude resistir y miré el entierro. Cuando iban a bajar el cajón de la sepultura don Eloy hizo una promesa: “¡Hermano -dijo mirando el cajón, ya depositado en la fosa- un mes, un mes nada más, y estaremos juntos en la otra vida!”

Entonces la mujer de don Eloy y sus hijos lloraron a gritos. Los acompañantes no pudieron contenerse. Los hombres gimieron; las mujeres se desahogaron cantando como las indias. Los caballeros se abrazaron, tropezaban con la tierra de las sepulturas. Comenzó el crepúsculo; las nubes se incendiaban y lanzaban al campo su luz amarilla. Regresamos tanteando el camino; el cielo pesaba. Las indias fueron primero, corriendo. Los amigos de don Eloy demoraron toda la tarde en subir al pueblo; llegaron ya de noche.

Antes de los quince días murió don Eloy. Pero en ese tiempo habían caído ya muchos niños de la escuela, decenas de indios, señoras y otros principales. Sólo algunas beatas viejas acompañadas de sus sirvientas iban a implorar en el atrio de la iglesia. Sobre las baldosas blancas se arrodillaban y lloraban, cada una por su cuenta, llamando al santo que preferían, en quechua y en castellano. Y por eso nadie se acordó después cómo fue el entierro de don Eloy.

Las campanas de la aldea, pequeñas pero con alta ley de oro, doblaban día y noche en aquellos días de mortandad. Cuando doblaban las campanas y al mismo tiempo se oía el canto agudo de las mujeres que iban siguiendo a los féretros, me parecía que estábamos sumergidos en un mar cristalino en cuya hondura repercutía el canto mortal y la vibración de las campanas; y los vivos estábamos sumergidos allí, separados por distancias que no podían cubrirse, tan solitarios y aislados como los que morían cada día.

Hasta que una mañana, don Jáuregui, el sacristán y cantor, entró a la plaza tirando de la brida al caballo tordillo del finado don Juan. La crin era blanca y negra, los colores mezclados en las cerdas lustrosas. Lo habían aperado como para un día de fiesta. Doscientos anillos de plata relucían en el trenzado; el pellón azul de hilos también reflejaba la luz; la montura de cajón, vacía, mostraba los refuerzos de plata. Los estribos cuadrados, de madera negra, danzaban.

Repicaron las campanas, por primera vez en todo ese tiempo. Repicaron vivamente sobre el pueblo diezmado. Corrían los chanchitos mostrencos en los campos baldíos y en la plaza. Las pequeñas flores blancas de la salvia y las otras flores aún más pequeñas y olorosas que crecían en el cerro de Santa Brígida se iluminaron.

Don Jáuregui hizo dar vueltas al tordillo en el centro de la plaza, junto a la sombra del eucalipto; hasta le dio de latigazos y le hizo pararse en las patas traseras, manoteando en el aire. Luego gritó, con su voz delgada, tan conocida en el pueblo:

-¡Aquí está el tifus, montado en el caballo blanco de don Eloy! ¡Canten  la despedida! ¡Ya se va, ya se va! ¡Aúúúú! ¡Aú ú!

Habló en quechua, y concluyó el pregón con el aullido final de los jarahuis, tan largo, eterno siempre:

-¡Ah… ííí! ¡Yaúúú… yaúúú! ¡El tifus se está yendo; ya se está yendo!

Y pudo correr. Detrás de él, espantaban al tordillo algunas mujeres y hombres emponchados, enclenques. Miraban la montura vacía, detenidamente. Y espantaban al caballo.

Llegaron al borde del precipicio de Santa Brígida, junto al trono dela Virgen. El trono era una especie de nido formado en las ramas de un arbusto ancho y espinoso, de flores moradas. El sacristán conservaba el nido por algún secreto procedimiento; en las ramas retorcidas que formaban el asiento del trono no crecían nunca hojas, ni flores ni espinos. Los niños adornábamos y temíamos ese nido y lo perfumábamos con flores silvestres. Llevaban ala Virgen hasta el precipicio, el día de su fiesta. La sentaban en el nido como sobre un casco, con el rostro hacia el río, un río poderoso y hondo, de gran correntada, cuyo sonido lejano repercutía dentro del pecho de quienes lo miraban desde la altura.

Don Jáuregui cantó en latín una especie de responso junto al “trono” dela Virgen, luego se empinó y bajó el tapaojos, de la frente del tordillo, para cegarlo.

-¡Fuera! -gritó- ¡Adiós calavera! ¡Peste!

Le dio un latigazo, y el tordillo saltó al precipicio. Su cuerpo chocó y rebotó muchas veces en las rocas, donde goteaba agua y brotaban líquenes amarillos. Llegó al río; no lo detuvieron los andenes filudos del abismo.

Vimos la sangre del caballo, cerca del trono dela Virgen, en el sitio en que se dio el primer golpe.

-¡Don Eloy, don Eloy! ¡Ahí está tu caballo! ¡Ha matado a la peste! En su propia calavera. ¡Santos, santos, santos! ¡El alma del tordillo recibid! ¡Nuestra alma es, salvada!

¡Adiós millahuay,  espidillahuay…! (¡Decidme adiós! ¡Despedidme…!).

Con las manos juntas estuvo orando un rato, el cantor, en latín, en quechua y en castellano.

FIN






Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



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El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo no soy humorista, así que me quedo con la primera acepción.

En la medida de lo posible iré subiendo al blog cada día las viñetas de mis dibujantes favoritos en Canarias7, El Mundo, El País y La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas. 





Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt






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jueves, 4 de enero de 2018

[A vuelapluma] Optimistas pero no idiotas





En el “asunto catalán”, los independentistas han ido viendo claro que esta broma ha durado demasiado y se ha terminado para siempre aunque las mentiras persistan. Y no importa que los constitucionalistas no tengan mayoría absoluta, comenta en El País el pintor y escritor Eduardo Arroyo.

Cada vez que acudo a los periódicos o a la televisión, comienza diciendo, lo que llamo “el asunto catalán” se me vuelve más aburrido. Por el interés desmedido de los medios creo que esto no tiene trazas de terminarse. En meses, personas como Junqueras, Puigdemont o Rovira se han convertido en figuras warholianas; viven con pasión, y con satisfacción, sus quince minutos de celebridad.

No sé si en la oscuridad presente y futura de la cárcel —que algunos que hayamos sido y por menores que nuestras penas hayan sido no olvidaremos— los presos e indiciados independentistas soportarán esa situación: ese inconfundible tufo a humedad, ese olor a colilla fría, a lejía que no te abandona jamás, ese insoportable perfume cuartelero. Tampoco se puede borrar ese rancho turbio con el que se supone alimentan más que deleitan a encarcelados, según nos recordó el señor Rull, de la eterna sonrisa y sufriente estómago. Curiosamente, después de la oleada rojo y gualda que reinventó el señor Puigdemont, aparecen tímidamente comentarios muy optimistas, sobre todo hechos públicos y firmados después de las elecciones.

Leyendo Cinco días de mayo de 1940: Churchill solo frente a Hitler de John Lukacs (Turner, 2001), se ve que van desapareciendo esos comprensibles derrotistas; así los llamaba Churchill en 1940 cuando se daba a Inglaterra por vencida. Desde hace años a los optimistas como se nos ha tratado de naífs, pero con el primer furgón directo del Tribunal a la cárcel y la aparición de esa cifra, 155, los independentistas han ido viendo claro que esta broma ha durado demasiado y se ha terminado para siempre, aunque las mentiras persistan y hagan que menos de la mitad de los catalanes no permitan el orden constitucional. Todo el resto son anécdotas y rellenos… Y no creo que haya que sufrir un solo momento la falta de mayoría absoluta de los constitucionalistas, es decir, nosotros. Este país ha vivido cosas peores, y si ellos consiguen gobernar en medio de esas espesas natillas, pues mejor que mejor.

Quiero proclamar que lo arriba versado forma parte de esa buena cantidad de deseos, esperanzas, polémicas y anatemas que han amueblado mi vida. Todas mis predicciones políticas han resultado erróneas y toda la historia de España desde que nací se ha hecho sin mí. Es natural, espero no haberme excedido en mi optimismo, porque me convertiría en un idiota optimista más, pero reitero la impresión de que somos más numerosos.

También puedo afirmar que no pondré jamás los pies en Cataluña, como tampoco los puse en la Grecia de los coroneles, ni en la Argentina mientras duraron los verdugos militares. Tampoco puse mis pies en la Cuba de Castro desde mi último viaje, en 1967. Esta actitud no es meritoria por lo que respecta a Cataluña, porque el arte, mi oficio, ya se lo han cargado con ese batiburrillo de estupideces plásticas oficiadas por instituciones independentistas.

Cuando Pujol recriminó a Carlos Taché, el director de mi galería de entonces, para mí para siempre abandonada, porque se exponían a artistas españoles (Saura, Palazuelo y yo); aquel comentario deslizado en Israel en el Huerto de los Olivos (véase también en Israel a Maragall y a Carod-Rovira jugando con la corona de espinas), me dejó indiferente, acostumbrado a que después de seis exposiciones en la galería, ningún organismo oficial hubiera comprado ni siquiera una litografía mía. Y tampoco me inmuté porque el dinero de esa litografía tanto soñada iba a parar en los bolsillos de Miró, Tàpies o Plensa; tampoco me importa cuando veo en la televisión esas caras independentistas reunirse bajo un cuadro tardío de Tàpies celebrando ocurrencias y chorradas.

Tampoco me sorprendió el verme hablando solo y en castellano en la bella aula magna de la Universidad de Barcelona. El caso es que había recibido una invitación para intervenir en un congreso promovido por las universidades de Barcelona y de Berlín sobre la figura de Walter Benjamin. Unos días antes recibí una llamada para invitarme a una excursión a Port-Bou. Decliné pero confirmé mi presencia en la Universidad; antes de colgar mi interlocutora me preguntó en qué lengua tenía yo intención de hablar sobre el desgraciado filósofo. Le dije que en castellano, y ella me respondió que no le parecía aconsejable. ¿Por qué? Simplemente porque el castellano no formaba parte de los idiomas admitidos para hablar de Benjamin: catalán, francés, inglés y alemán. Contesté que ya era tarde para arreglar este entuerto porque resultaba difícil encontrar a un traductor que trasladara mis 15 cuartillas en castellano a las lenguas admitidas.

En aquel parchís el único español era yo. El resto: catalanes, franceses, ingleses, alemanes y algún que otro norteamericano que nunca faltan a este tipo de saraos. Cuando me tocó hablar, en primer lugar me excusé en francés por el hecho de tener que leer mi intervención en castellano, una de mis tres lenguas. Hice examen de conciencia tipo Heberto Padilla en Cuba imitando los procesos de Moscú, prometí que en el futuro aquello no ocurriría jamás y así fue, ya que me juré a mí mismo que jamás en mi vida volvería a poner los pies en aquella Universidad. Me excusé por incurrir en tamaña grosería y, una vez terminada mi introducción en francés empecé, ya en castellano, a propinar a los oyentes un bombardeo en forma de misiles de papel que caían al albur según la intensidad con que salían disparados y la dirección en que los lanzaba. Mientras hablaba con calor de mi admiración por Benjamin, los traductores y las traductoras abandonaron las cabinas, los independentistas aprovecharon la ocasión para ir al baño y los alemanes, que no entendían nada de lo que ocurría —cosa comprensible—, hablaron entre ellos. Para mí se trató de una experiencia más frente a muñecos del pimpampum, y si Benjamin me hubiera podido ver desde el fondo de su tumba, aún no identificada, en el cementerio de Portbou, se hubiera partido de risa de ver aquel despropósito, a él dedicado. Imagino que se hubiera partido de risa porque ese regreso a los juegos de la infancia le habría divertido, aunque reconozco que nunca pude ver una sola fotografía suya en la que sonriera. En mi imaginación, Walter se partía de risa mientras numerosas butifarras de mármol y varias salchichas de madera iban abandonando el aula hasta que yo me quedase solo rodeado de misiles de papel que ya no volarían más.

Después de este episodio cené con Octavio Paz en Madrid y le vi muy alterado. Sabíamos de su carácter amable y tolerante y me sorprendía su semblante demudado. Acababa de recibir la medalla de Sant Jordi, y creo que también en la misma Universidad de Barcelona, donde fue recibido por Jordi Pujol, que se dirigió a él en catalán y ni siquiera se dignó dirigirle un: “¡Hasta la vista!”, a modo de despedida. Enojado, Octavio me decía: “Aquello fue intolerable para mí, eso no se hace jamás con un invitado; se le habla y si se puede se le recibe en su idioma. Si soy un poeta mexicano y mi lengua es el castellano…”. Optimistas sí, pero no idiotas.



Dibujo de Nicolás Aznárez para El País



Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



HArendt






Entrada núm. 4161
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La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)