miércoles, 21 de enero de 2026

DE CANADÁ Y TRUMP. ESPECIAL URGENTE DE HOY MIÉRCOLES, 21 DE ENERO DE 2026

 







Un sincero agradecimiento al Primer Ministro de nuestro norte que dice la verdad, escribe en Substack (21/01/2026) el exsecretario de Trabajo estadounidense, economista y profesor de la Universidad de California en Berkeley, Robert Reich. Amigos, comienza diciendo, el primer ministro canadiense, Mark Carney, recibió una ovación de pie tras su discurso de ayer en el Foro Económico Mundial. A diferencia de la pomposidad de Trump de hoy, vale la pena leer el discurso de Carney. Aquí está completa, la transcripción oficial: "Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en reglas se desvanece. Que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable: la lógica natural de las relaciones internacionales se reafirma.

Y frente a esta lógica, existe una fuerte tendencia de los países a aceptar para llevarse bien. A adaptarse. A evitar problemas. A esperar que el cumplimiento compre seguridad. No lo hará. Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones?

En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo titulado El poder de los impotentes . En él, planteaba una pregunta sencilla: ¿cómo se sostenía el sistema comunista?

Su respuesta comenzaba con un verdulero. Cada mañana, este tendero coloca un cartel en su escaparate: "¡Trabajadores del mundo, uníos!" Él no lo cree. Nadie lo cree. Pero coloca el cartel de todos modos: para evitar problemas, para indicar obediencia, para llevarse bien. Y como todos los comerciantes de cada calle hacen lo mismo, el sistema persiste.

No solo mediante la violencia, sino mediante la participación de la gente común en rituales que, en secreto, saben que son falsos.

Havel lo llamó "vivir dentro de una mentira". El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera cierto. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: cuando una sola persona deja de actuar —cuando el verdulero retira su cartel— la ilusión comienza a resquebrajarse.

Es hora de que las empresas y los países retiren sus carteles.

Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus instituciones, elogiamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Podíamos implementar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección.

Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las normas comerciales se aplicaban asimétricamente. Y que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor según la identidad del acusado o la víctima.

Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proporcionar bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para la resolución de disputas.

Así que colocamos el cartel en la ventana. Participamos en los rituales. Y en gran medida evitamos señalar las deficiencias . Entre la retórica y la realidad.

Este acuerdo ya no funciona.

Seamos directos: estamos en medio de una ruptura, no de una transición. Durante las últimas dos décadas, una serie de crisis financieras, sanitarias, energéticas y geopolíticas pusieron de manifiesto los riesgos de una integración global extrema.

Más recientemente, las grandes potencias comenzaron a usar la integración económica como arma. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como coerción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades explotables.

No se puede vivir bajo la falsa creencia del beneficio mutuo mediante la integración cuando esta se convierte en la fuente de la subordinación.

Las instituciones multilaterales en las que se apoyaban las potencias intermedias —la OMC, la ONU, la COP—, la arquitectura para la resolución colectiva de problemas, se han visto enormemente mermadas.

Como resultado, muchos países están sacando las mismas conclusiones. Deben desarrollar una mayor autonomía estratégica: en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro.

Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse ni defenderse tiene pocas opciones. Cuando las reglas ya no te protegen, debes protegerte.

Pero seamos claros sobre adónde conduce esto. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible.

Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la apariencia de reglas y valores para perseguir sin trabas su poder e intereses, las ganancias del «transaccionalismo» se vuelven más difíciles de replicar. Las potencias hegemónicas no pueden monetizar continuamente sus relaciones.

Los aliados diversificarán sus estrategias para protegerse de la incertidumbre. Contratarán seguros. Aumentarán sus opciones. Esto reconstruye la soberanía —que antes se basaba en reglas—, pero que se anclará cada vez más en la capacidad de resistir la presión.

Esta clásica gestión de riesgos tiene un precio.

Pero ese costo de autonomía estratégica, de soberanía, también puede ser compartido. Las inversiones colectivas en resiliencia son más económicas que construir cada uno su propia fortaleza.

Los estándares compartidos reducen la fragmentación. Las complementariedades son una suma positiva.

La pregunta para las potencias intermedias, como Canadá, no es si debemos adaptarnos a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. La pregunta es si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos o si podemos hacer algo más ambicioso.

Canadá fue uno de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar radicalmente nuestra postura estratégica.

Los canadienses saben que nuestra vieja y cómoda suposición de que nuestra geografía y la pertenencia a alianzas conferían automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida.

Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado «realismo basado en valores»; o, dicho de otro modo, aspiramos a ser íntegros y pragmáticos.

Basados ​​en nuestro compromiso con los valores fundamentales: soberanía e integridad territorial, prohibición del uso de la fuerza excepto cuando sea compatible con la Carta de las Naciones Unidas, respeto por los derechos humanos.

Pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser gradual, que los intereses divergen y que no todos los socios comparten nuestros valores. Nos involucramos de forma amplia, estratégica y con los ojos abiertos. Afrontamos activamente el mundo tal como es, sin esperar a que sea como deseamos.

Canadá está calibrando nuestras relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores. Priorizamos una amplia participación para maximizar nuestra influencia, dada la fluidez del mundo, los riesgos que esto conlleva y lo que está en juego en el futuro.

Ya no dependemos solo de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza.

Estamos fortaleciendo esa fuerza en casa.

Desde que mi gobierno asumió el cargo, hemos reducido los impuestos sobre la renta, las ganancias de capital y la inversión empresarial, hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial y estamos acelerando un billón de dólares de inversión en energía, inteligencia artificial, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y más.

Duplicaremos nuestro gasto en defensa para 2030 y lo haremos de manera que impulse nuestras industrias nacionales.

Nos estamos diversificando rápidamente en el extranjero. Hemos acordado una alianza estratégica integral con la Unión Europea, que incluye la adhesión a SAFE, el sistema europeo de adquisiciones de defensa.

En los últimos seis meses, hemos firmado otros doce acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes. En los últimos días, hemos concluido nuevas alianzas estratégicas con China y Qatar. Estamos negociando pactos de libre comercio con India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y el Mercosur.

Para contribuir a la solución de los problemas globales, buscamos una geometría variable: diferentes coaliciones para diferentes temas, basadas en valores e intereses.

En cuanto a Ucrania, somos un miembro fundamental de la Coalición de la Voluntad y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad. En cuanto a la soberanía del Ártico, apoyamos firmemente a Groenlandia y Dinamarca y apoyamos plenamente su derecho único a determinar el futuro de Groenlandia. Nuestro compromiso con el Artículo 5 es inquebrantable.

Trabajamos con nuestros aliados de la OTAN (incluidos los 8 países nórdicos y bálticos) para reforzar la seguridad de los flancos norte y oeste de la alianza, mediante inversiones sin precedentes en radares transhorizonte, submarinos, aeronaves y despliegue terrestre.

En materia de comercio plurilateral, impulsamos iniciativas para tender un puente entre el Acuerdo Transpacífico y la Unión Europea, creando un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas. En materia de minerales críticos, formamos clubes de compradores con base en el G7 para que el mundo pueda diversificar su oferta, alejándose de la concentración de la oferta. En materia de inteligencia artificial, cooperamos con democracias afines para garantizar que, en última instancia, no nos veamos obligados a elegir entre potencias hegemónicas e hiperescaladoras.

Esto no es multilateralismo ingenuo. Ni se trata de depender de instituciones debilitadas. Se trata de construir coaliciones que funcionen, tema por tema, con socios que comparten suficientes puntos en común para actuar juntos. En algunos casos, esta será la gran mayoría de las naciones.

Y se trata de crear una densa red de conexiones en el comercio, la inversión y la cultura, de la que podemos aprovechar los desafíos y las oportunidades futuras. Las potencias intermedias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú.

Las grandes potencias pueden permitirse actuar en solitario. Tienen el tamaño del mercado, la capacidad militar y la influencia para dictar las condiciones. Las potencias intermedias no. Pero cuando solo negociamos bilateralmente con una potencia hegemónica, negociamos desde la debilidad.

Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros para ser los más complacientes. Esto no es soberanía. Es ejercer la soberanía aceptando la subordinación.

En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una opción: competir entre sí por favores o combinarse para crear una tercera vía con impacto.

No debemos permitir que el auge del poder duro nos impida ver que el poder de la legitimidad, la integridad y las normas seguirá siendo fuerte si decidimos ejercerlo juntos. Esto me lleva de nuevo a Havel. ¿Qué significaría para las potencias medias "vivir en la verdad"?

Significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el "orden internacional basado en normas" como si todavía funcionara como se anuncia. Llamar al sistema por su nombre: un período en el que los más poderosos persiguen sus intereses utilizando la integración económica como arma de coerción.

Significa actuar con coherencia. Aplicar los mismos estándares a aliados y rivales.

Cuando las potencias medias critican la intimidación económica desde una dirección, pero guardan silencio cuando proviene de otra, mantenemos el cartel en la ventana. Significa construir aquello en lo que decimos creer. En lugar de esperar a que la potencia hegemónica restablezca un orden que está desmantelando, crear instituciones y acuerdos que funcionen como se describe.

Y significa reducir la influencia que permite la coerción. Construir una economía nacional fuerte siempre debería ser la prioridad de todo gobierno. La diversificación internacional no es solo prudencia económica; Es la base material de una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a adoptar posturas basadas en principios al reducir su vulnerabilidad a las represalias.

Canadá tiene lo que el mundo desea. Somos una superpotencia energética. Poseemos vastas reservas de minerales esenciales. Tenemos la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones se encuentran entre los inversores más grandes y sofisticados del mundo. Contamos con capital, talento y un gobierno con la inmensa capacidad fiscal para actuar con decisión.

Y tenemos los valores a los que muchos otros aspiran.

Canadá es una sociedad pluralista y funcional. Nuestra esfera pública es ruidosa, diversa y libre. Los canadienses mantienen su compromiso con la sostenibilidad. Somos un socio estable y confiable —en un mundo que no lo es—, un socio que construye y valora relaciones a largo plazo.

Canadá tiene algo más: un reconocimiento de lo que está sucediendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos que esta ruptura exige más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal como es. Estamos retirando el cartel de la ventana.

El viejo orden no regresará. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo.

Esta es la tarea de las potencias intermedias, quienes tienen más que perder en un mundo de fortalezas y más que ganar en un mundo de cooperación genuina.

Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de reconocer la realidad, de fortalecernos en casa y de actuar juntos.

Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos con apertura y confianza.

Y es un camino abierto para cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros".













ENTRADA NÚMERO 7949

¿DE QUÉ HABLAMOS?, ¿DEL FIN DE LA DEMOCRACIA LIBERAL?

 






Vivimos el momento de la gran contestación populista, escribe en la revista ETHIC (09/01/2026) su fundador y editor, Pablo Blázquez, del festival mundial del delirio y la crispación. Un conjunto de fuerzas heterogéneas repartidas por el mundo busca un objetivo común: llevar a cabo una contrarreforma iliberal que acabe con el legado de la Ilustración.

Fue un éxito arrollador. La música de las ideas de Francis Fukuyama sirvió de banda sonora durante la caída del Muro de Berlín. Y, sin embargo, qué mal ha envejecido El fin de la historia. Unas pocas décadas después de la publicación del libro que le convertiría en una rockstar del pensamiento liberal, la moda es el líder populista e histriónico, a veces mesiánico, por supuesto radical, que miente como un condenado, se pasa por el arco del triunfo el principio de contradicción y coloniza, una por una, cada institución.

Quizá un paseo rápido por estos años de perro —que diría García Aller— nos ayude, si no a comprender, quizá sí al menos a recordar por qué zigzagueantes caminos hemos llegado hasta aquí. Hasta este momento peliagudo en el que la teoría del eterno retorno parece haberse zampado los ingenuos vaticinios de una victoria ad aeternam de la democracia liberal. Permitidme, pues, que recorra con brevedad los meandros que nos han traído hasta este lugar:

El lobo de Wall Street. La codicia de los directivos de ciertos bancos no se dejaba regular y en 2007 nos estalló en la cara una devastadora crisis internacional. Eran los días del walking dead financiero en los que Sarkozy, condenado ahora por una corrupción y tráfico de influencias, proclamaba solemnemente que había que refundar el capitalismo. No sirvió de nada tanta pomposidad: las semillas del malestar y la desconfianza habían germinado ya. En España, Zapatero se tiró años negando la crisis y, entre desahucio y desahucio, nuestras plazas se llenaron de olas de indignación. De ahí saldrían los primeros experimentos de agitación y propaganda contra eso que algunos ultras insisten en llamar «el régimen de la Transición». A río revuelto, ganancia de demagogos. El populismo empezaba a apuntalarse como fenómeno global. En cada país, iría adoptando la forma y el corpus ideológico que fuese necesario para triunfar.

Don’t Look Up. Tras las continuas advertencias de la comunidad científica, en 2015 se firmaba el Acuerdo de París para atajar uno de los problemas más acuciantes de nuestra época: el calentamiento global. Ese año se firmaron también los Objetivos de Desarrollo Sostenible en Nueva York, que de alguna forma se empapaban del ideal ilustrado de Kant y que abordaban cuestiones decisivas para cualquier democracia liberal: igualdad de oportunidades, educación, medio ambiente, salud, equidad de la mujer, etc. En las sociedades abiertas que aspiran a estas metas tan loables empezó a producirse, sin embargo, un efecto burbuja en torno a la sostenibilidad. Vinieron entonces días de inflación moral, de sobrecarga ideológica, de imposturas y sobreactuación. El caldo de cultivo idóneo para un fenómeno que ya estaba en marcha: la cultura woke. Una legión de puritanos y torquemadas prendían las hogueras de lo políticamente correcto y de la cancelación. Por supuesto, tan dogmáticos como ellos resultan los antiwoke, convertidos a estas alturas en otra «minoría identitaria, monomaniática y pesadísima», como ha advertido Diego S. Garrocho. Mientras los chalecos amarillos hacían arder Francia, enfurecidos tras un impuesto medioambiental decretado en algún despacho de la capital, el ecologismo más fervoroso y sentimental ponía a una niña al frente de la manifestación.

Stranger Things. Y con esas, estalló la guerra de Ucrania: un durísimo baño de realidad para esa Europa que predicaba el Pacto Verde mientras le compraba el gas a un dictador. Draghi dio entonces un golpe en la mesa y la partió en dos. El mensaje era contundente: la UE no puede seguir perdiendo competitividad. Y así hemos llegado hasta aquí. Al momento de la gran contestación populista. Al festival mundial del delirio y la crispación. Un conjunto de fuerzas heterogéneas repartidas por el mundo con un objetivo común: llevar a cabo una contrarreforma iliberal que acabe con el legado de la Ilustración. «Ser libre y actuar son la misma cosa», escribió Arendt en La condición humana. La historia se recorre solo a través de quiebros y sinuosos zigzags. Los años que vienen no serán fáciles y una pregunta esencial se posa sobre el calendario ahora que echa a andar 2026: ¿seremos capaces de salvar la democracia liberal?










ENTRADA NÚMERO 7948

DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, VOLTAIRE Y ROUSSEAU DISCUTEN EN EL SIGLO XXI. PUBLICADO EL 24/01/2018

 







Los ‘philosophes’ encarnan la discusión actual sobre si es mejor hacer reformas o liquidarlo todo para empezar de cero, comenta en El País (24/01/2018) el historiador y escritor José  Andrés Rojo. ¿Tienen todavía los ilustrados algo que contar en los tiempos que corren? ¿O son ya nada más que unos cadáveres empelucados que siguen pontificando sobre las bondades de la razón?, comienza diciendo. Hace no mucho se ha publicado una breve antología de la Enciclopedia que reúne “las entradas más significativas del magno proyecto que dirigieron Diderot y D’Alembert y que fue uno de los hitos de la Ilustración” (el entrecomillado forma parte del título). La selección la ha realizado Gonzalo Torné, que ha preparado un exquisito menú que hará las delicias de cuantos disfruten del brillo de la inteligencia. “La Enciclopedia fue un símbolo”, escribe Fernando Savater en el prólogo, “el estandarte de una forma de pensar distinta a la tradicional, la leva de la veda para desacreditar los dogmas más acrisolados, el final del respeto”. He ahí la cuestión: ¿hace falta volver a la Ilustración cuando llevamos siglos faltándoles el respeto a los dogmas de la tradición?

Otra cita actual con los enciclopedistas tiene lugar en el teatro. Voltaire/Rousseau. La disputa, de Jean-François Prévand, pone en escena algunos profundos desacuerdos que existieron entre dos de las grandes figuras que participaron en aquella “magna obra”. Josep Maria Flotats (V.) y Pere Ponce (R.) están magníficos, y saben llenar de matices un conflicto que sigue vivo. El hilo conductor no es lo más relevante: Rousseau acude al castillo de Ferney, donde vive Voltaire, para intentar averiguar quién es el autor de un libelo anónimo que circula por Ginebra y que lo desacredita gravemente.

No ha pasado un minuto, y ya están enzarzados en la disputa (nunca directa, siempre a dentelladas). Esa disputa que estalla con especial virulencia tras un periodo de crisis y en la que, hoy mismo, seguimos metidos hasta las trancas. Cuando las cosas no van bien es cuando más claramente se definen esas dos maneras antagónicas de lidiar con los asuntos que nos rodean. Voltaire entiende que habrá que arremangarse para combatir los errores, pero reconoce los logros culturales y científicos que la humanidad ha ido conquistando. Rousseau piensa, en cambio, que esa humanidad es buena por naturaleza y que es la sociedad la que la ha corrompido: no hay problemas que arreglar, hay que cambiarlo todo. ¿No les suena? Aquí en España, por ejemplo, hay quienes reconocen que la Constitución de 1978 igual necesita algunos retoques; otros la tienen, al contrario, como la armadura que sostiene ese régimen putrefacto heredado de la Transición.

Tanto Voltaire como Rousseau están llenos de contradicciones, no son de una pieza y, además, los dos son brillantes. El conflicto entre ambos es antiguo. Ya Nietzsche le hablaba a su amigo Heinrich Köselitz, en una carta de 1887, a propósito de los enemigos de aquel canalla, Voltaire: todos esos románticos que bebían de Rousseau (y del resentimiento). Y le decía, citando unos versos del propio Voltaire, que compartía por completo: “Un monstruo alegre es preferible / a un sentimental aburrido”. Pues eso.













ENTRADA NÚMERO 7947

DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY: UN CAMBIO EN LOS CLIMAS DEL CORAZÓN, DE DYLAN THOMAS

 







UN CAMBIO EN  LOS CLIMAS DEL CORAZÓN




Un cambio en los climas del corazón

vuelve seco lo húmedo, la bala de oro estalla

sobre la tumba helada.

Un clima en la comarca de las venas

cambia la noche en día; la sangre entre sus soles

ilumina al viviente gusano.


Un cambio en el ojo advierte a tiempo

la ceguera hasta el hueso; y el útero incorpora

una muerte mientras surge la vida.


Una sombra en el clima del ojo

es a medias su luz; el mar sondeado irrumpe

sobre una tierra sin arpones.

La semilla que del lomo hace una selva

divide en dos su fruto; y la mitad se escurre

lenta en un viento dormido.


Un clima en la carne y el hueso

es seca y húmeda; el viviente y el muerto

se mueven como espectros ante el ojo.


Un cambio en el clima del mundo

vuelve espectro al espectro; y cada niño dentro su madre

se repliega en su doble de sombra.

Un cambio echa la luna dentro del sol,

tira de las ajadas cortinas de la piel;

y el corazón entrega a sus muertos.




DYLAN THOMAS (1914-1953)

poeta británico
























ENTRADA NÚMERO 7946

DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY MIÉRCOLES, 21 DE ENERO DE 2026

 





























ENTRADA NÚMERO 7945

AGURRA NIRE HERRIALDEKO HIZKUNTZETAN, GAUR, ASTEAZKENA, URTARRILAREN 21A, EUSKARAZ

 






Kaixo, egun on berriro guztioi, eta asteazken zoriontsua. Oraindik ere, espainiar guztiak bezala, igandean Kordobako probintzian (Andaluzia) gertatu zen tren istripu azaldugabeak astindu nau, dozenaka hildako eta desagertutako edo identifikatu gabeko biktimak izan zituenez, gaurko blogeko sarrerak zuzenean irakurriko ditut. Eguneko lehenengoa Pablo Blázquez editoreak idatzi du, eta protesta populista handi baten une bat bizitzen ari garela esaten digu, delirio eta tentsio jaialdi global bat, non mundu osoan zehar zabaldutako indar multzo heterogeneo batek helburu komun bat bilatzen duen: Ilustrazioaren ondarea amaituko duen kontraerreforma iliberal bat egitea. Blogaren artxiboa, bigarren sarreran, 2018ko urtarrilekoa da. Bertan, José Andrés Rojo historialariak Ilustrazioaren pentsalariek erreformak ezartzea edo dena desmuntatu eta hutsetik hastea hobe den eztabaida nola gorpuzten duten aztertzen du. Ilustrazioko pentsalariek oraindik ere zerbait esateko duten garai hauetan edo arrazoiaren bertuteei buruz pontifikatzen jarraitzen duten gorpu ileordeak baino ez diren galdetzen dio bere buruari. Eguneko poema, hirugarren argitalpenean, Dylan Thomas poeta britainiarrak idatzi du eta "Bihotzaren klimaren aldaketa" izenburua du. Laugarren eta azken argitalpenak, beti bezala, eguneko marrazki bizidun umoretsuak ditu. Tamaragua, lagunok. Mesedez, izan zaitezte zoriontsuak. Musuak. Maite zaituztet.













ENTRADA NÚMERO 7944

martes, 20 de enero de 2026

DEL LECTOR COMO PROTAGONISTA

 







Una vez publicada una novela, su propietario deja de ser el autor y pasa a ser el lector el auténtico protagonista, comenta en El País (17/01/2026) el escritor y académico de la RAE, Javier Cercas. Me lo preguntan cada vez que se lleva una de mis novelas al cine o la tele (o a lo que sea), comienza diciendo: “¿Está usted satisfecho con la adaptación?”. Y también: “¿Es fiel a la obra?”. A la primera pregunta siempre contesto que sí. La respuesta suele decepcionar, sobre todo si quien pregunta pertenece al gremio periodístico, muy aficionado a la bronca entre escritores y cineastas; de hecho, un periodista me dijo una vez que yo siempre daba esa respuesta porque me importaba un rábano lo que hicieran con mis libros, cosa que es falsa. Podría ocurrir, en cambio, que en este asunto me parezca a Colm Tóibín, quien, hablando de la adaptación de una de sus novelas, me confesó: “Yo, cuando alguien se interesa por lo que hago, pierdo por completo el sentido crítico”. Es posible. Incluso es posible que el escritor sea la persona menos indicada para opinar sobre las adaptaciones de sus novelas: le pillan demasiado cerca. Es posible, pero también caben otras posibilidades.

De partida, una perogrullada: una novela es una novela y una película es una película. Aunque el cine surja históricamente de la novela y guarde relación con ella, el material de la novela y el del cine son distintos: una película está compuesta de imágenes, sonidos y palabras; una novela, solo de palabras, y no se puede emancipar de ellas: adaptar comporta alterar; en otros términos: toda adaptación es una traición. La mera idea de una película del todo fiel a una novela es absurda; fiel a su letra, quiero decir: puede ser fiel a su espíritu, sea eso lo que sea, pero solo traicionando su letra. Mi ejemplo favorito de esa bendita deslealtad es El gatopardo, de Luchino Visconti, un cineasta a menudo engolado y pretencioso que halló sin embargo en la novela homónima de Lampedusa el instrumento de una obra maestra: no hay duda de que la insondable melancolía siciliana del libro sobrevive en la película; tampoco de que la letra de ésta es, en puntos clave, opuesta a la de aquélla: en la película, el joven Tancredi está enamorado de la exuberante Angelica, mientras que al final de la obra de Lampedusa comprendemos que, en realidad, siempre estuvo enamorado de su desdichada prima Concetta. Otra perogrullada: una novela no es mejor porque un cineasta decida llevarla al cine; cuando un cineasta de verdad adapta una novela no lo hace solo porque le guste, sino sobre todo porque detecta en ella algo que le atañe, que de algún modo le pertenece. Hace nueve años, Manuel Martín Cuenca estrenó una película, El autor, basada en mi primera novela, que se había publicado casi en secreto, con el título de El móvil, casi cuatro décadas atrás; naturalmente, cuando el director me contó su proyecto pensé que estaba como una cabra, hasta que recordé que su última película trataba de un caníbal que devora carne humana y que El móvil trata de otro caníbal: un novelista que devora vidas humanas para escribir sus novelas. Esto significa que, casi 40 años antes de que Martín Cuenca estrenase El autor, yo ya había escrito su partitura sin que ni él ni yo lo supiéramos. Eso es una novela: una partitura que quien lee interpreta en su fuero interno; el cineasta es otro lector, solo que, además de interpretar la partitura en su fuero interno, la traslada al externo: a la pantalla. “¿Veremos en la pantalla lo que hemos leído en su novela?”, suelen preguntarme también. “Imposible”, respondo. “Lo que usted ha leído solo lo ha leído usted; en cambio, lo que verá en la pantalla es lo que ha leído el cineasta, transmutado en palabras, imágenes y sonidos”. Ahí está la gracia de la literatura: en ella, no es una imagen la que vale más que mil palabras, sino una palabra la que vale más que mil imágenes.

Dicho esto, comprenderán ustedes que un servidor no tenga el más mínimo sentido de la propiedad sobre sus novelas (salvo económicamente, claro está: me encanta cobrar por lo que escribo). La razón es simple: una vez publicada una novela, su propietario deja de ser el autor y pasa a ser el lector, que es quien termina los libros y el auténtico protagonista de la literatura. Que nuestro tiempo lo haya olvidado no significa que deje de ser verdad.























ENTRADA NÚMERO 9743

DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY: LEER A GALDÓS PARA ENTENDER LA ESPAÑA DE HOY. PUBLICADO EL 08/01/2020

 









Cien años después de su muerte,  comenta la escritora Almudena Grandes en el  A vuelapluma de hoy miércoles, la obra del autor de los ‘Episodios Nacionales’ no solo explica lo que nos ha pasado a los españoles sino las claves de lo que nos está pasando ahora. 

En febrero de 1897, Benito Pérez Galdós leyó su discurso de ingreso en la Real Academia Española. En aquel texto, titulado La sociedad española como materia novelable, expuso lo que ahora llamaríamos su poética, su manera de entender la novela como género, las ambiciones y propósitos que guiaron su escritura. Una de las frases de aquel discurso se convertiría en un lema galdosiano. Imagen de la vida es la novela, dijo entonces, y al contar la de los españoles, sus libros fueron trazando la imagen de un país que se llamaba igual que el nuestro, aunque ya no son el mismo. Pero más allá de la emoción, de la admiración, del placer, el mejor motivo para leer hoy al otro gran narrador español de todos los tiempos es su asombrosa capacidad para explicarnos lo que nos ha pasado, lo que nos está pasando todavía.

Galdós nunca fue neutral, y en el principio alienta una flamante ilusión democrática. La Fontana de Oro, su segunda novela, se publicó en 1871, un año antes de que apareciera el primero de los Episodios Nacionales, que la toman como modelo. En La Fontana, Galdós retrocede hasta el Madrid de 1821, donde los liberales han recobrado la esperanza. El odioso Fernando VII ha jurado la Constitución. La felicidad pública, el progreso, el nacimiento de una España más moderna e igualitaria se adivina en el horizonte. Así disculpa el joven Bozmediano a los exaltados que han atropellado en la calle a quien parece un pobre anciano. No hay revoluciones sin excesos, le dice mientras le acompaña a casa, pero el Gobierno pondrá fin a estos altercados. Mientras tanto, el anciano calla. Bozmediano no puede saber que es precisamente él quien, con dinero de Fernando, paga a los agitadores, a los incendiarios, a los energúmenos destinados a asustar al pueblo, para convencerle de que solo el poder absoluto de un rey tiránico labrará su paz y su felicidad.

A lo largo de los Episodios Nacionales, Galdós desarrolla este amargo principio en un trágico rosario de esperanzas frustradas, revueltas armadas y guerras civiles que comienzan siempre de la misma manera. En las regiones más ricas de España, el País Vasco, Navarra, Cataluña, la vieja aristocracia y la pujante burguesía que no tienen nada que ganar con los planes modernizadores de los gobiernos liberales de Madrid, levantan ejércitos bajo la bandera de Dios, la Tradición y el Rey absoluto que identifican con don Carlos, el hermano menor y aún más reaccionario, de Fernando VII. A partir de 1833, los carlistas siempre pierden las guerras que empiezan pero son, también siempre, tan generosamente perdonados por los vencedores que están en condiciones de volver a conspirar en el instante mismo de su derrota. Así, en 1840, en 1849, en 1876, cuando en la superficie parece que todo ha terminado, en el subsuelo todo vuelve a empezar.

Los lectores de Galdós tenemos una perspectiva más amplia de lo que estamos viviendo que los españoles que nunca lo han leído. Sabemos por qué el independentismo catalán suprime el siglo XIX en un relato que insiste machaconamente en el XVIII, como si este estuviera más cerca que aquel. Sabemos que los partidarios de la mano dura se llamaban a sí mismos moderados, igual que la ultraderecha se beneficia hoy de términos como centroderecha o constitucionalismo. Sabemos que el republicanismo no fue un virus extranjero inoculado a traición en el ignorante pueblo español de 1931, sino una aspiración sólidamente instalada en el pensamiento progresista nacional desde las Cortes de Cádiz. Sabemos por qué el término “liberal”, que existe en casi todas las lenguas del mundo, es una palabra española y que, precisamente por eso, Franco se esforzó por extirpar la memoria del siglo XIX de “su” España, condenándolo a un limbo del que no ha sido completamente rescatado todavía. Sabemos además, quizás sobre todo, que la única Guerra Civil que conocemos por ese nombre —como si las carlistas no lo hubieran sido— fue el desenlace de un conflicto que duró más de un siglo. Desde 1812, dos Españas lucharon entre sí bajo banderas antagónicas. La libertad, el progreso, la igualdad, combatieron a la tradición, al clericalismo, a la reacción, y ni siquiera venciendo en tres guerras seguidas lograron ganar el futuro. El país donde yo nací aún era producto de su derrota.

Galdós nunca fue neutral, y en el final la desolación es casi absoluta. En 1897, Misericordia certificó el naufragio de todos los sueños. La Restauración había asfixiado las ilusiones de Bozmediano, los intentos de modernización del país agonizaban cubiertos de polvo. La burguesía, que debería haber sido el motor de la transformación social, imitaba el proverbial egoísmo de la aristocracia en lugar de liderar el Estado democrático. Las clases medias solo aspiraban a subir en el mismo ascensor, desentendiéndose de los más pobres, que se dejaban morir en el arroyo.

Un milímetro más acá sobrevive Benigna, la señá Benina, Nina, tres nombres diferentes para un personaje que encarna la dignidad del pueblo español en el contexto de la crisis más feroz. Benigna pide limosna en la puerta de una iglesia para alimentar a su señora, la dama arruinada que come lo que su criada le da. La señá Benina corre, va, viene, pide un duro prestado, empeña, rescata, se agota en una lucha implacable y todavía socorre a quienes tienen menos que ella. Su único patrimonio es su amigo Almudena, un mendigo moro, ciego, más marginal que miserable, que la quiere bien. Galdós, creador de personajes femeninos extraordinarios, a través de los cuales contó el mundo con tanta ambición como la que desplegó en sus personajes masculinos, deposita en Benigna, en su nobleza, en su generosidad, en su ternura, la última de sus esperanzas. Ella representa la frágil hebra de vitalidad que conserva el imperio moribundo, ensimismado y mohoso, que tal vez aún merezca la oportunidad de renacer. Leer a Galdós es entender España, naufragar con ella, encontrar motivos para seguir creyendo. También por eso es un escritor imprescindible". La reproducción de artículos firmados en este blog no implica compartir su contenido. Sí, en todo caso, su  interés. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt