lunes, 22 de julio de 2019

[CUENTOS ADULTOS] Hoy, con "Chochi y Abejorro Verde", de Alberto Atienza






El cuento, como género literario, se define por ser una narración breve, oral o escrita, en la que se narra una historia de ficción con un reducido número de personajes, una intriga poco desarrollada y un clímax y desenlace final rápidos. Desde hace unos meses vengo trayendo al blog algunos de los relatos cortos más famosos de la historia de la literatura universal. Obras de autores como Philip K. Dick, Franz Kafka, Herman Melville, Guy de Maupassant, Julio Cortázar, Alberto Moravia, Juan Rulfo, Jorge Luis Borges, Edgar Allan Poe, Oscar Wilde, Lovecraft, Jack London, Anton Chejov, y otros. 

Continúo hoy la serie Cuentos para adultos con el titulado Chochi y Abejorro Verde, de Alberto Atienza, periodista y escritor argentino, de Mendoza,  de cuya amistad personal me precio. Les dejo con



CHOCHI Y ABEJORRO
 por 
Alberto Atienza


Sesenta años confesados. “Sesentidies”, rumoreaban por lo bajo las chusmas de la cuadra. Cuerpo vasto, pesado, voluminoso. Respetable peinado con rodete, de matrona o de abuela. Falda larga. Medias de muselina. Zapatos de tacón bajo. Y por encima un mantón que servía en los domingos para cubrirla de la cabeza hacia abajo en la misa y en los días de semana como prenda completa, envolvente, abrigada. Lentes de armazón gruesa. La cartera de charol pendiendo del brazo derecho.

Sobre el asiento de mi bicicleta, inmóvil, con un pie en el cordón de la vereda, yo la miraba. A escasos doce o trece metros. La veía bien. Una señora clásica de las tantas de calle Ituzaingó. Angélica, para las vecinas. “Chochi”, nombre privado, recóndito, una clave desconocida para Mari, Nora, Jovita y todas las demás doñas de la zona. “Es la viuda de un sargento de policía”. “Se jubiló como enfermera del hospital Emilio Civit”. “Tenia una tienda en el centro”. “Sus hijos viven en Estados Unidos y le mandan dólares todos los meses”. Las versiones eran muchas. La más increíble contaba que su hermano, un partisano de la segunda guerra mundial, fue uno de los que colgó cabeza abajo a Mussolini y a Clara Petacci. Y que cobra una pensión en liras legada por ese ex combatiente.

La mitología acerca de Chochi era frondosa. Mientras más follaje, más lejos la verdad. Claro. Nunca las comadres del barrio aceptarían su pasado desnudista. Su tiempo, traducido en venta de tragos a parroquianos de lujosos cabarets y ya madura, en antros poco más grandes que un garaje, donde se hacinaban putas viejas, desdentadas, gordas, al lado de cafisos de trocha angosta, cobardones al principio y a ultranza, vociferantes de mentidas hazañas. Y algunos pibes en rol de despedida de solteros, contentos por bailar con una mujer a quien no alcanzaban a rodearle la cintura con un abrazo ansioso. 

La encontré en una tarde. Las calles tenían ese tono dorado que les regala el otoño. Las señoras barren y barren. Queda limpia una vereda y en segundos bajan más hojas.. 

Estaba en la puerta de su casa a la espera de un remise, uno de los pocos gustos de antaño que aun se daba: auto con chofer. Nada de caminar mucho. Menos un ómnibus de esos que nunca paran. Hacía varios días que yo aguardaba el momento para hacer contacto con ella. Siempre en el mismo lugar. En algunas ocasiones salió a hacer compras. Advertí el respetuoso tono con que las vecinas, chismosas profesionales, se dirigían a ella. Las diferentes leyendas sobre su pasado, sin dudas, les vedaban el paso a una condenable verdad. 

Varias veces la observé, con disimulo y no pude evitar volver a esas madrugadas. Sentado en un taburete de la barra del cabaret “Barrabas”, disfrutaba de su número de streap tease, el mejor de todos sin dudas. Mientras las otras mujeres se quitaban las prendas de modo mecánico, hasta monótono, Chochi lo hacía con una suavidad tan especial que encantaba a los hombres ahí reunidos. Por momentos parecía sentir pudor por lo que hacía. Y eso, más gustaba. Una de esas noches la invité a una copa, que fueron dos. Y otras que pagó ella. Y ahí quedó sellada lo que coincidimos en llamar nuestra amistad. 

A ella le agradó mi trato, la manera frontal de manifestarme. A mí me gustó, mucho, ella toda. Era una hermosa mujer, muy bien proporcionada, única en medio del elenco femenino del lugar, un bosque de exuberancias. Y lo otro, el talento, el recato, para ir mostrando de a poco su cuerpo a extraños. El modo dulce con que hablaba y su preocupación por saber más cosas a las que no tenía acceso, salvo por mi condición de “enviado especial” a su vida. Comenzó a interesarse por la literatura, el teatro. Le robaba horas a su descanso diurno y asistía a muestras de pintura. Llegaba a mi lado lúcida, feliz por el descubrimiento de otro mundo, al que entró de mi mano. Nuestras conversaciones se tornaron cada vez más interesantes. 

Chochi y Abejorro Verde escribí con pintura en medio de un corazón con forma de hígado, en una enorme piedra, al lado del río Mendoza en plena cordillera de Los Andes. Todavía éramos jóvenes. Amigos. Mentíamos. Yo, casado con una buena mujer. Ella, desposada con la noche. Yo “Abejorro” para ocultar mi identidad. Ella, “Chochi”, por lo mismo. Comíamos asado los lunes al mediodía. Metíamos los pies en el gélido cauce. Nunca fui su cliente. Estábamos muy juntos algunas horas a la semana y con eso nos bastaba. Compartimos secretos. Yo era el destinatario de sus corpiños cuando llegaba al final de su actuación, en medio del humo y los gritos, al compás de “El hombre del brazo de oro”. Nos amábamos sin saberlo. 

La vida, de un hachazo, nos bifurcó. Uno de los tantos cuartelazos, disfrazados con el nombre de revolución, que sacudieron a la Argentina, me proyectó hacia una prisión, sin comerla ni beberla, pero así fue. Salí del encierro y ella ya no estaba en ese cabaret. Me dijeron que se había marchado al sur, donde todavía una chica hermosa podía hacer dinero. No la vi. más. Tampoco la olvidé. Era el símbolo de los años más intensos de mi existencia. Luego de esa etapa, todo para mí fue un apagarse lento, aburrido. De casualidad supe dónde ella vivía. Averigüe sobre sus días y así me enteré de las leyendas tras las que se ocultaba para poder vivir decentemente. 

Fue en una tarde de otoño en que decidí hacer contacto. Ella esperaba el remise en el puente de su casa, como otras veces. Iba para el mercado central, yo lo sabia, por el bolso a cuadros que colgaba de su brazo, al lado de la brillante cartera. Comencé a pedalear despacio, aceleré y poco antes de pasar al lado de ella le grite: “¡Chau, Chochi!”. Me miró y se le iluminó la cara en una gran sonrisa. La misma de antes, no obstante los cabellos grises, los pesados lentes, la misma bella sonrisa. “!Chau, Abejorro!” alcancé a escuchar.







Los artículos con firma reproducidos en este blog no implica que se comparta su contenido, pero sí, y en todo caso, su interés y relevancia. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




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Entrada núm. 5083
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