lunes, 26 de octubre de 2009

El Blog secreto de "MM"






Siento de veras que el título de mi entrada de hoy haya podido despistar a más de uno y que llegara al blog atraído por la posibilidad de que un servidor de ustedes hubiera podido encontrar la Bitácora secreta de Norma Jean Monterson, más conocida por su nombre artístico de Marilyn Monroe, y trágicamente fallecida (asesinada, dicen algunos) en agosto de 1962 a los treinta y seis años de edad.

Lo siento, no me refería a ella, aunque de haber llevado Marilyn un blog les aseguro que lo hubiera leído con sumo placer. La persona a la que me refiero con las siglas "MM", y que escribió una serie interesantísima de reflexiones personales sobre los más diversos aspectos de la vida y de la sociedad de su tiempo -no en un blog, por supuesto, pues lo hizo a finales del siglo XVI-, fue mi admirado Michel de Montaigne (1533-1592), un humanista francés de noble cuna que fue Juez y Consejero en el Parlamento de Burdeos y alcalde de dicha ciudad.

Sus "Ensayos" (Cátedra, Madrid, 1962), a los que ya he hecho mención numerosas veces, pueden leerse con la misma facilidad y placer que se leen algunos blogs, magistralmente escritos (no como éste, mediocre, que ojean ahora mismo), que pululan por el universo de Internet. No otra cosa que un erudito blog son sus "Ensayos". Y como tantos otros blogs, éste entre ellos, sus autores nos paramos a reflexionar de vez en cuando sobre sobre los "por qué, para qué y para quién" los escribimos.

Dice Montaigne en su Prólogo al Lector: "Es éste un libro de buena fe, lector. De entrada te advierto que con él no me he propuesto más fin que el doméstico y privado. En él no he tenido en cuenta ni el servicio a ti, ni mi gloria. No son capaces mis fuerzas de tales designios. Lo he dedicado al particular solaz de parientes y amigos: a fin de que una vez me hayan perdido (lo que muy pronto les sucederá), puedan hallar en él algunos rasgos de mi condición y humor, y así, alimente más completo y vivo, el conocimiento que han tenido de mi persona. Si lo hubiera escrito para conseguir el favor del mundo, habríame engalanado mejor y mostraríame en actitud estudiada. Quiero que en él me vean con mis maneras sencillas, naturales y ordinarias, sin disimulo ni artificio: pues píntome a mí mismo. Aquí podrán leerse mis defectos crudamente y mi forma de ser innata, en la medida en que el respeto público me lo ha permitido. Que si yo hubiese estado en esas naciones de las que se dice viven todavía en la dulce libertad de las primeras leyes de la naturaleza, te aseguro que gustosamente me habría pintado por entero, y desnudo. Así, lector, yo mismo soy la materia de mi libro: no hay razón para que ocupes tu ocio en tema tan frívolo y vano. Adiós pues; de Montaigne, a uno de marzo de mil quinientos ochenta".

¿Hermoso texto, no es cierto? Pues bien, en el capítulo XXXIX del Libro I de sus "Ensayos", Michel de Montaigne aclara muy bien que, en realidad, todo escritor escribe en verdad para sí mismo, en un doloroso, y a veces narcisista, ejercicio que no llega a "paja mental" pero se le parece. Lo de "paja mental", es lo que nos hacemos la mayoría de los blogueros españoles a juicio de mi también admirado Javier Marías, aunque en este caso concreto piense que se ha pasado tres puertos, pero en fin, es una opinión...

Dice Montaigne sobre esto de los "por qué-para qué-para quién": "Dejad junto a los otros placeres el que nace de la aprobación de los demás; y en cuanto a vuestra ciencia e inteligencia no os preocupéis, que no perderá sus efectos y así valdréis más vos mismo. Acordáos de aquél que cuando le preguntaron para qué se esforzaba tanto en un arte cuyo conocimiento podía llegar a tan poca gente, respondió: Me basta con muy pocos, me basta con uno, me basta con ninguno. Decía verdad: vos y otro compañero sois público suficiente el uno para el otro, o para vos mismo".

Pues, eso; con lo bien que lo dice Montaigne, para qué lo voy a explicar yo... Por cierto, si quieren leer sus "Ensayos", los pueden descargar en esta dirección electrónica; es gratis:

http://www.bibliotheka.org/?/buscar/Montaigne%20Michel%20De/

Estoy seguro de que me lo agradecerán, pero tampoco pasa nada si no lo hacen. Lo interesante es que los lean, sin prisas, saltando de uno a otro, sin orden aparente. Seguro que los disfrutarán. Y sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. (HArendt)




--
Entrada núm. 1240
http://harendt.blogspot.com
"Pues, tanto como saber, me agrada dudar" (Dante)
"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura" (Voltaire)

domingo, 25 de octubre de 2009

Digresión sobre la soledad

Emocionante y emocionado homenaje el que hoy, domingo, formula el escritor Juan José Millás a Pasqual Maragall en El País Semanal. Un estremecedor reportaje-entrevista realizado al político catalán, ex-alcalde de Barcelona y ex-presidente de la Comunidad Autónoma de Cataluña, enfermo de Alzheimer.

Denostado por muchos dentro de su propio partido, el socialista, -que acabó por abandonar-, por su independencia de criterio; admirado por muchos más, dentro y fuera del mismo, de Pasqual Maragall se podría decir cualquier cosa menos la de que dejara indiferente a nadie.

A él no podrán achacársele nunca las duras palabras de denuncia que Michel Montaigne ("Ensayos", Libro I, Capítulo XXXIX: Cátedra, Madrid, 1992), escribiera a finales del siglo XVI sobre los políticos que confunden lo público con lo privado, normalmente en detrimento de lo primero y en favor de lo segundo.

Dice Montaigne: "Dejemos a un lado esa larga comparación de la vida solitaria con la activa y en cuanto a ese hermoso dicho con el que se encubre la ambición y la avaricia: que no hemos nacido para lo privado sino para lo público, remitámonos a los que están en cotarro; y que rebusquen en su conciencia a ver si por el contrario no persiguen las dignidades, los cargos y todo ese ajetreo del mundo, más bien para sacar provecho privado de lo público. [...] ¿Quién no entregará gustoso salud, reposo y vida, a cambio de fama y gloria, la más inútil, falsa y hueca moneda que pueda haber para uso nuestro?".

¿Les suena la música?, porque la letra está clarísima... Algunos deberían aprender, pero no es normal: en España, el verbo dimitir, no tiene conjugación... Les dejo con el enternecedor reportaje de Juan José Millás. Sean felices a pesar de todo. Tamaragua, amigos. (HArendt)





Pasqual Maragall con uno de sus nietos





"UN SUEÑO EN LA CABEZA", por Juan José Millás
EL PAIS SEMANAL - 25-10-2009

Si decir de alguien que fue alcalde de su ciudad y presidente de su comunidad puede parecer mucho, en el caso de Pasqual Maragall no es nada. Habría que añadir que fue el alcalde de los Juegos Olímpicos de 1992 y el presidente del nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña. Los Juegos modificaron el rostro de Barcelona, quizá también sus huesos, además de colocarla en la lista de las ciudades más hermosas del mundo. La aprobación del Estatuto marcó un antes y un después en la historia política catalana. Piensa uno que ambas realizaciones (puras quimeras en el momento de imaginarlas) fueron el producto de un "delirio" al modo en que también lo son las conquistas artísticas. Es cierto que para que un delirio se lleve a cabo es preciso añadirle planificación, racionalidad, talento práctico, recursos humanos y económicos..., pero si no hay delirio (el delirio es el alma) todo lo demás es pura exterioridad. La torre Eiffel o el Empire State Building no podrían haberse levantado sin planos ni sin raíces cuadradas, pero tampoco sin delirio. Son dos ejemplos extrapolables a cualquier otro ámbito de la actividad humana. La diferencia entre el político "delirante" y el pragmático es la que va de Maragall a Gallardón. Aunque que el alcalde de Madrid (ejemplo de voracidad política desnuda, mera ambición sin sueño) consiguiera los Juegos de 2016, haría de ellos los más convencionales de la historia.

De Maragall habría que decir, pues, que, además de eficaz, fue un gestor insólito. Quizá fue eficaz por ser insólito. Su singularidad le salvó de caer en los desenfrenos propios de la corrección política, pero constituyó un arma que sus adversarios más mediocres utilizaron con vigor, y a veces con resultados prácticos inmediatos; a la larga, sin embargo, ninguna de las infamias con las que se intentó socavar su prestigio ha quedado en pie. Incluso el término "maragallada", inventado como sinónimo de algo sin pies ni cabeza, ha adquirido con el tiempo unas connotaciones amables. Nacido en enero de 1941, y tercero de una familia de ocho hermanos, pertenece a una saga entre cuyos miembros podemos encontrar empresarios, políticos, deportistas, pintores, escultores y escritores (es nieto del poeta Joan Maragall).

A nadie extrañó, por tanto, la repercusión de la rueda de prensa que ofreció el 20 de octubre de 2007 para informar públicamente de que padecía Alzheimer. Acompañado por Diana Garrigosa, su mujer, confirmó ante los medios el diagnóstico y anunció que dedicaría todas sus fuerzas a combatir esa enfermedad. "Hicimos los Juegos Olímpicos, hicimos aprobar y refrendar el Estatuto y ahora iremos a por el Alzheimer", aseguró.

"Ahora iremos a por el Alzheimer". Dicho así parece otro delirio, pero lo cierto es que la fundación que lleva su nombre ha puesto en marcha un proyecto enormemente ambicioso que aspira a convertirse en una referencia universal sobre la investigación de esta enfermedad neurodegenerativa. El Fondo Alzheimer Internacional de la Fundación Pasqual Maragall, que así se llama, está dirigido por el doctor Jordi Camí y pretender abordar el estudio de la enfermedad con nuevas técnicas y desde una mirada multidisciplinar. Dados las energías, el talento y la originalidad (el delirio, en suma) que Maragall y su entorno están poniendo en el proyecto, no sería raro que diera alguna sorpresa antes de lo previsto.

Fue una vez clausurada su etapa al frente de la Generalitat, y al percibir que algo no funcionaba como debía, cuando decidió ir al médico. La exploración no reveló nada anormal, por lo que los síntomas con los que acudió a consulta se atribuyeron a las presiones sufridas durante su mandato. No obstante, y como él insistiera en que no se encontraba bien, se le hizo un test de memoria que, sin ser determinante, levantó sospechas. Pasado el tiempo, y tras un viaje familiar a Argentina en cuyo transcurso se acentuaron algunos síntomas, el matrimonio Maragall decidió consultar de nuevo. Lo hicieron en un hospital de Nueva York, por miedo al revuelo que podría organizarse en España de producirse alguna filtración. Allí, en palabras de Diana, su mujer, "un polaco de dos metros, frío como el hielo", confirmó el diagnóstico temido.

En julio de 2007 el matrimonio volvió a EE UU, esta vez a Boston, en busca de una segunda opinión. Tras la toma de una muestra del líquido cefalorraquídeo, y a la espera de los resultados, la pareja visitó a algunos amigos e hizo turismo. Entre tanto, y dado que albergaban pocas esperanzas acerca del diagnóstico, en Maragall fue creciendo y tomando forma la idea de colocar a Barcelona en el mapa de la investigación mundial sobre el Alzheimer. Por aquellos días, según cuenta en su libro de memorias (Oda inacabada), apareció en el periódico USA Today un artículo acerca de Richard Taylord, un psicólogo víctima del Alzheimer y autor de un libro titulado Alzheimer?s from the inside out, en el que relata su experiencia y se refiere a las virtudes de compartirla con la sociedad. "El artículo", escribe Maragall, "me impactó y me convenció definitivamente del acierto de nuestra intuición: salir del armario, declarar públicamente mi nueva condición de enemigo de una enfermedad por ahora intratable, plantarle cara, buscar ayuda para los que vendrán".

Nuestro encuentro con el ex alcalde de Barcelona y ex presidente de la comunidad catalana se produjo a lo largo de los días 21 y 22 de julio pasados, es decir, dos años después del viaje a Boston. Dos años, en el progreso de esta enfermedad, pueden ser mucho o poco, dependiendo de factores de toda clase, incluidos los ambientales. A lo largo de este tiempo, Maragall ha permanecido activo, dividiendo su tiempo entre la familia y sus dos despachos (el de ex presidente de la comunidad y el de la Fundación Pasqual Maragall). Ha publicado un interesante libro de memorias y está a punto de aparecer España y el federalismo, que reúne buena parte de sus escritos políticos. Tiene una agenda intensa, anotada en unas hojas pequeñas (a hoja por día de la semana), grapadas entre sí, a modo de un cuaderno, que lleva siempre en el bolsillo y que consulta con frecuencia. A petición propia, forma parte de un grupo de enfermos de Alzheimer sometidos a una terapia experimental, aunque dado que el método por el que se realiza es el denominado "doble ciego", no sabe si lo que se le administra es el preparado real o un placebo. Soporta esta ignorancia con humor e ironía, en la convicción de que si le ha tocado ser sujeto del placebo no tendrá tiempo de probar el tratamiento verdadero. El de Maragall es un caso de diagnóstico precoz y de intervención también temprana, pues su médico de cabecera, cuando los síntomas por los que acudió a consulta se atribuyeron al estrés, le administró, "por si acaso", un tratamiento que no le haría daño si no era Alzheimer, pero que de serlo aminoraría sus efectos.

Primera jornada: Los juicios previos. Nos encontramos por primera vez en un restaurante de Barcelona donde tras las presentaciones, y después de que nos liberara de darle el tratamiento de presidente, proponiendo que nos tuteáramos, comimos un arroz mientras evocábamos su trayectoria política y vital. Quince años intensos de alcalde de Barcelona y tres años turbulentos de presidente de la comunidad dan mucho de sí, de modo que el tiempo pasó volando. Al llegar a los postres, y como hubiera hecho una demostración increíble de buen juicio y de excelente memoria, me pregunté dónde estaba la enfermedad. Yo había acudido a aquel encuentro como quien viaja a un territorio fronterizo denominado Alzheimer. Esperaba encontrar en él a un individuo con un pie en el lado de acá y otro en el de allá, pues me gustaba la idea de que el recuerdo y el olvido, la memoria y la desmemoria, fueran regiones vecinas, comarcas colindantes, pero claramente diferenciadas. Y pretendía que ese hombre me contara la relación entre esos territorios, que me relatara cómo se desplazaba de uno a otro y qué ocurría en el momento de atravesar sus límites. Yo había acudido a aquel encuentro, en fin, lleno de juicios previos (de prejuicios) a los que, como se verá, no estaba dispuesto a renunciar así como así. Muchacho, no dejes que la realidad te estropee un buen reportaje.

-¿Dónde está el Alzheimer? -le pregunté entonces directamente (quizá brutalmente), sin ser capaz, creo, de reprimir un tono de decepción, de queja.

Maragall sonrió y continuamos hablando de política hasta la llegada del café. Entonces, confortados nuestros cuerpos por la comida, y ya entrados en confianza, sacó del bolsillo un móvil que acababan de conseguirle en el mercado de segunda mano y que era, según dijo, idéntico al que había venido usando hasta que se le estropeara. Estaba feliz con él porque se ajustaba perfectamente a sus necesidades y a sus aptitudes. Me pidió que sonriera, sonreí, y me sacó con el móvil una foto que en ese mismo instante envió por SMS al mío, donde sonó enseguida la alarma. Abrí el mensaje, vimos el resultado y no nos gustó, por lo que repetimos la operación. Ahí estaba yo, en fin, viajando de un móvil a otro, quizá también de un lado a otro del Alzheimer. Se trataba de un juego inocente con el que pasamos un buen rato, pero me pareció advertir en él (¡por fin!) un aspecto sutilmente inquietante, también un punto de desinhibición atribuible, según el gusto del consumidor, al carácter de Maragall o a su enfermedad (cada uno encuentra lo que busca). Tras esa breve excursión a lo que decidí que era el otro lado de la frontera, regresamos a éste, donde insistí en que me hablara de su relación con la enfermedad:

-Una cosa que yo he descubierto -dijo con paciencia- es que la actividad es buena. Crear nuevos proyectos, moverse. Cuando tú estás diagnosticado de algo, ¿qué hace la gente? Etiquetarlo, clasificarlo. Éste es un demente, éste es un tipo sin memoria, etcétera. Pero todos estamos un poco locos, un poco sin memoria. Esa manía clasificatoria hace que se pierda una de las cosas claves del pensamiento: la interacción. Los problemas no están aislados, se relacionan. ¿Son todos los enfermos de Alzheimer iguales? No, cada persona es cada persona. Los que tratan las enfermedades tienen que catalogarlas, homologarlas, hacer paquetes. Pero no hay dos enfermos iguales. Los especialistas, y el Alzheimer tiene muchos, ponen fronteras en su estudio. La especialización es un sistema de progreso con muchas limitaciones, porque las cosas ocurren a la vez. Yo intento que la especialización no mate el problema. A mí me gustaría que al lado de los físicos hubiera químicos, porque yo tengo, por ejemplo, sensaciones físicas de inmaterialidad, pero si le pregunto a mi médico no sabe nada de eso, ni le interesa. Con la especialización se avanza, pero se produce una pérdida.

Otra de las cuestiones que le llamaban la atención, y que no lograba explicarse, eran los ataques de "déjà vu". Precisamente, yo había copiado en mi cuaderno un párrafo de sus memorias relacionado con este asunto (y con el de las sensaciones de inmaterialidad). Lo busqué y lo leí en voz alta. Decía así: "Estos días, a veces, recuerdo la depresión que me causó regresar de Estados Unidos, un verano en Empuries, atravesando en diagonal el campo de alfalfa entre Ca L?Eugasser y Can Rubert, con una extraña sensación de estar y no estar, andando maquinalmente".

Maragall reconoció el párrafo y evocó la situación que lo había provocado, pues se trataba, dijo, del primer "déjà vu" (acompañado también de cierta sensación de inmaterialidad) del que tenía memoria. Hablamos, asimismo, de las paradojas de la memoria que señala con detalle en su libro: el hecho, por ejemplo, de que un camino conocido le sorprendiera a veces como nuevo. En ocasiones, y debido a la enorme fuerza de la memoria remota, tenía, al regresar a lugares antiguos, la sensación de regresar a la infancia. Experiencias extrañas, en fin, desconcertantes y con frecuencia incómodas, que él observaba con curiosidad. Quizá, pensé, gracias a esa curiosidad fuera capaz de obtener también algún placer de ellas.

Para el manejo de la memoria reciente había ido adquiriendo un repertorio de trucos que denominaba "anti-Alzheimer". Así, por ejemplo, para no olvidar la chaqueta, la dejaba colgada en una silla que situaba en medio del pasillo, de modo que no tenía más remedio que tropezar con ella al salir. Y consultaba cada poco el cuadernillo que contenía su agenda semanal. Para recordar los nombres de las personas, repasaba todo el abecedario, si era necesario dando más de una vuelta; en la segunda recitaba mentalmente, ab, ac, ad... En un momento dado, hablando de un cómico recientemente fallecido cuyo nombre no nos venía a ninguno de los presentes, Maragall apuntó de súbito: Rubianes.

-He repasado todo el abecedario -explicó- y no me ha venido, pero lo he rozado, de modo que al llegar a la zeta me he dado cuatro segundos de espera y, de repente, ha saltado.

Le preocupaba la idea -muy extendida- de que la pérdida de memoria fuera acompañada de una pérdida de sensibilidad. "El Alzheimer", me diría más de una vez, "borra la memoria, no los sentimientos". De ahí su interés por programas que cuidaran los aspectos emocionales del paciente.

-Ahora -me dijo hablando de la importancia de los pequeños gestos cotidianos- yo tengo una pelea, porque hay estudios según los cuales con Alzheimer no puedes conducir, y mi hijo, con ese argumento, me ha robado el Ford Escort.

Se refería a un viejo automóvil que le ha acompañado a lo largo de media vida y al que profesa un apego casi cómico. Al hablarme de él en los términos en los que lo hizo, tuve por un momento la sensación de que en esos instantes se dirigía a mí desde el otro lado de la frontera, sobre todo porque propuso que yo telefoneara a su hijo a fin de averiguar con cualquier excusa dónde se encontraba el Ford Escort, para ir a buscarlo. Me reí por la propuesta, y él conmigo, pues incluso cuando se manifestaba el Alzheimer (si se trataba del Alzheimer) lo hacía en un registro maragalliano, pleno de ironía, de humor.

En cualquier caso, me pareció que el asunto del coche tenía un significado especial, en la medida en que conducir simbolizaba la capacidad de conducirse. Un coche propio proporciona autonomía personal; no había nada raro, pues, en que alguien cuyo horizonte era la dependencia acumulara, mientras le fuera posible, las herramientas de independencia que aún era capaz de controlar. Y aunque afirmaba de sí mismo que era un enfermo atípico porque tenía un entorno muy sólido, ya que todo el mundo lo conocía e iba con escolta a todas partes, admitía también que en esas ventajas había algo de prisión. De ahí, pensaba uno, su empeño en conducir, en recuperar su mítico Ford Escort y también en escapar de la vigilancia de los escoltas, pues se pasaba el día haciendo planes de fuga que indefectiblemente fracasaban. Me relataba estos planes con ironía, como si se trataran de un ejercicio retórico más que de un propósito real, pero no dejaba de hacerlos.

Hubo otro aspecto que también me llamó la atención en esta primera jornada. Me refiero a ciertas "ausencias" que se daban cuando alguna reunión o alguna situación se prolongaban demasiado. Entonces tenía uno la impresión de que había en el interior de la cabeza de Maragall una puerta que comunicaba la parte de delante con la de detrás (la tienda -podríamos decir- con la trastienda), de modo que, a ratos, sin dejar de estar contigo, notabas que había cruzado esa puerta, refugiándose en la parte de atrás. Cuando se encontraba en ese lado aparecía en su rostro una especie de vacío, un punto de tristeza. No logré averiguar lo que pasaba en la trastienda, pero sí que el cambio de actividad le hacía regresar de allí con bríos renovados, dispuesto a cualquier cosa.

Segunda jornada: "Este hombre es muy nervioso". La jornada empezó a las nueve de la mañana en el servicio de rehabilitación del hospital de La Esperanza, adonde Maragall acude tres veces por semana a que le den un masaje que forma parte de su tratamiento anti-Alzheimer. Habíamos quedado allí porque quería presentarnos a la masajista, Loli Díaz, de modo que los acompañé durante un rato en la estrecha cabina de masaje, donde apenas cabíamos los tres. Sin dejar de amasar el cuerpo del paciente, tumbado sobre una camilla, Loli me explicó que Maragall había llegado al servicio de rehabilitación fatigado y tenso. Le hacía, entre otros, unos estiramientos cervicales beneficiosos para la actividad mental. Maragall, por su parte, y pese a las dificultades que tenía para hablar debido a su postura (boca abajo, con el rostro introducido en un orificio de la camilla desde el que sólo veía el suelo), logró resumirme la historia del barrio en el que nos encontrábamos y me habló de una casa de okupas cercana en cuya fachada había pintadas de contenido anarquista que le hacían gracia.

Al abandonar el hospital decidió que iríamos andando hasta su casa, donde habíamos quedado con Diana para desayunar. El calor aún no era excesivo, y Maragall, estimulado por el reciente masaje, se encontraba pletórico (aún no nos habíamos dado cuenta de que ése era su estado natural), de modo que comenzamos a caminar en la creencia ingenua, por nuestra parte, de que haríamos el recorrido de un modo lineal y en un tiempo razonable. Pero andar con Maragall por las calles de Barcelona es una aventura, no ya porque todo el mundo se acerca a hablar con él como si se tratara de un amigo, sino porque él mismo puede detenerse frente a una anciana y reconvenirla cariñosamente por ir tan cargada, ofreciéndose a echarle una mano con las bolsas de la compra. Daba la impresión de que se sentía responsable de cuanto ocurría cerca de él. Según íbamos calle abajo, por ejemplo, apareció una furgoneta montada sobre la acera que estorbaba el paso a los peatones. Al llegar a su altura, Maragall introdujo la cabeza por una de las ventanillas y, dirigiéndose al conductor, que permanecía al volante, exclamó cargado de razón: "¡Hombre!". El hombre miró a Maragall como si fuera un aparecido y soltó un "Hostias" contrito al tiempo que ponía la furgoneta en marcha.

Un poco más abajo se detuvo junto a nosotros un automóvil conducido por una señora que bajó la ventanilla y gritó:

-¡Presidente!, ¿cómo se encuentra?

-Muy bien -dijo Maragall-, vengo del hospital, de darme un masaje.

-Pues yo acabo de dejar allí a mi marido -dijo la señora.

-¿Podemos subir? -preguntó Maragall.

-Cómo no -dijo la señora.

De modo que subimos al coche. Maragall ocupó el asiento del copiloto, y Jordi Socías (el fotógrafo), uno de los escoltas y un servidor de ustedes, el de atrás. Le dijimos hacia dónde nos dirigíamos y la señora dijo hasta dónde nos podía acercar. Como nos pareciera bien a todos, se puso en marcha, y durante el trayecto averiguamos que se llamaba Lolet y que era de Mataró. Dos o tres días a la semana traía a su marido al hospital para un tratamiento ambulatorio. Era simpatiquísima y muy habladora. Maragall se interesó por su vida poniendo en la escucha una tensión singular, como si sus problemas le afectaran de un modo inexplicable. Al llegar a nuestro destino nos bajamos todos del coche y nos hicimos fotos mutuamente felicitándonos por aquel encuentro que presagiaba una mañana feliz. Pero no habíamos dado más de siete pasos cuando en un semáforo se nos acercó una muchacha filipina que quería que Maragall le firmara un autógrafo para sus padres. Era muy simpática también, de modo que nos sentamos en las sillas de la terraza de un bar y nos contó su vida. Se llamaba Evangelina.

Como ya he señalado que yo iba detrás del Alzheimer como un cazador tras su presa, inmediatamente atribuí esta sociabilidad extrema a la enfermedad. Qué peligro, pensé más tarde, tiene la mirada del observador, incluso la del observador informado. Todos vemos lo que esperamos ver, de modo que si uno busca en otro el Alzheimer, encontrará el Alzheimer (pero sólo el Alzheimer). He ahí los riesgos de etiquetar a los que se había referido Maragall el día anterior. Si te dicen que este señor está loco, sólo verás en él su locura; si que tiene cáncer, sólo su tumor; si que está ciego, sólo su ceguera... La sociabilidad de Maragall constituía un rasgo de carácter que la enfermedad, por fortuna, no había aminorado. Recordé que el día anterior, un taxista al que habíamos solicitado su opinión sobre el ex presidente nos dijo que en Barcelona se le sentía muy cercano.

-Tengo un primo -añadió- que es mosso d?esquadra y que perteneció a la escolta de Maragall cuando era presidente. Siempre dice que aquélla fue la época más feliz de su vida porque cada día era distinto. Nunca sabían lo que iban a hacer, ya que Maragall no respetaba las agendas.

Siendo alcalde de barcelona, Maragall inició una práctica inusual para conocer de cerca los problemas de determinados barrios: de vez en cuando hacía las maletas y se iba a vivir unos días, junto a Diana, a la casa de uno de los vecinos de la zona. Se lo recuerdo mientras troto a su lado (lleva una velocidad endiablada), pues intento entender frente a qué clase de talento estoy, y me responde que si eres nieto de un poeta catalán y de un zapatero valenciano, ese tipo de iniciativas carecen de mérito. Cuando le voy a dar la réplica, porque el asunto me interesa en la medida en que guarda alguna relación con los procesos creativos, se acerca alguien de nuevo para preguntarle cómo está. Y es que la enfermedad de Maragall se vivía en la calle como un asunto comunitario. Muchas de las personas con las que hablábamos tenían también un familiar que padecía Alzheimer y nos contaban su caso, estableciendo comparaciones entre el proceso de su padre o su abuelo con el de Maragall, que escuchaba a todos sin paternalismos de usar y tirar, incluso, sin paternalismos a secas. Sus expresiones eran siempre de solidaridad, de apoyo, también de optimismo.

-Es increíble -dije- el cariño que te tiene la gente.

-Tú -respondió con un escepticismo en el que no había amargura- me coges en un momento de mi vida en el que soy un ex. Ser ex es cojonudo. Si estás en ejercicio, la gente te odia, te ama o te teme. Si eres ex, eres adorable porque no tienes poder. Además, en mi caso, yo recuerdo a muchas personas su juventud, sus mejores momentos, que coincidieron con la época de los Juegos Olímpicos.

Milagrosamente, logramos llegar a su casa, un piso acogedor y modesto en el que sólo vivía la pareja, ya que los tres hijos están independizados. A Diana no le extrañó que hubiéramos tardado tanto, pues estaba acostumbrada a estos plantones (hace años preparó para el cumpleaños de su marido una fiesta a la que el único que no acudió fue él, porque se puso a ordenar papeles en el despacho y se le fue el santo al cielo).

Jordi Socías y yo tomamos posesión de la vivienda al modo de esos parientes un poco pesados que viven cerca y que pasan de vez en cuando a matar el tiempo, pues enseguida vimos que Pasqual Maragall y Diana Garrigosa practicaban una hospitalidad en la que la frase "estás en tu casa" tenía un significado literal. A nuestros anfitriones les importaban un pito las apariencias o el qué dirán (en este caso, el qué escribirán o qué fotografiarán), pues nos dejaron libertad para movernos por la casa (por toda la casa) a nuestro antojo. Diana se ocupó del café y las tostadas, y luego desapareció porque tenía que trabajar.

-Esta casa -dijo Maragall cuando nos instalamos en la terraza- es la mejor de España, y eso se debe a que tiene una señora que se llama Diana a la que se le ocurren ideas como ésta.

La idea como "ésta" era un gran recipiente de cristal lleno de avellanas, almendras y nueces junto al que encontramos una tabla y una maza de madera para partirlas, a lo que se puso con entusiasmo. Al poco se levantó, fue al interior y volvió con un aparato de radio encendido.

-Adoro esta radio -dijo mostrándonosla- porque la compré en mi época de América y me ha acompañado media vida. Es una Sony, y esto que estáis oyendo es Radio Gladys Palmera, que va cambiando de frecuencia porque es ilegal. Me encanta porque ponen música cubana. Las letras de la música cubana son mejores que Bécquer.

Como un servidor de ustedes es un poco idiota, en vez de disfrutar del bolero que sonaba en esos instantes y de la situación, que era inédita, se dedicaba a hostigar a su anfitrión con preguntas supuestamente interesantes para su reportajito de mierda sobre el Alzheimer. Uno había ido a Barcelona a por el Alzheimer de Maragall y no estaba dispuesto a que se le escapara (de nuevo la maldita etiqueta). Pero por Dios, si el reportaje estaba ante mis ojos. Tantos años de oficio y aún no había aprendido que escribir consiste en ser capaz de ver lo que tienes delante de las narices (véase La carta robada, de Poe). Maragall llevaba con paciencia al reportero de mierda que les habla, hasta que en un momento dado se volvió a Socías y dijo señalándome:

-Este hombre es muy nervioso, no se da cuenta de que para que se dé la circunstancia del conocimiento tiene que haber tranquilidad.

Yo me sonrojé, como pillado en falta. Entonces Maragall me miró con afecto, sonrió y dijo:

-¡Estos madrileños!

En cualquier caso, la alusión a mis nervios tuvo la virtud de poner un poco de orden en mi cabeza. Una vez que comprendí que para que se diera la "circunstancia del conocimiento" tenía que haber, en efecto, tranquilidad, bajé la guardia, comencé a disfrutar de la música cubana y me di cuenta de la importancia que tenían los objetos familiares para este hombre aquejado del Alzheimer. Primero fue el móvil (tuvieron, si se acuerdan, que buscarle uno idéntico al anterior en el mercado de segunda mano). Después fue el Ford Escort que le había acompañado a lo largo de media vida y que le había "robado" su hijo. Ahora era la Sony que compró en su época americana. Por si fuera poco, Maragall estaba sentado en una mecedora -otro objeto familiar, quizá otro fetiche- que se había traído de un viaje a Costa Rica y sobre la que se balanceaba con placer asegurando que quitaba el Alzheimer. No era todo: la casa en la que nos encontrábamos era la misma en la que había nacido 68 años antes. Desde la azotea, adonde nos condujo mientras nos contaba la historia del edificio, pudimos ver, tres o cuatro pisos más abajo, el patio en el que Maragall jugaba al fútbol de pequeño con sus primos y hermanos, así como las puertas que desde ese patio daban acceso a la casa museo del poeta Joan Maragall, su abuelo. Su biografía personal y su historia familiar estaban concentradas en aquel bloque, donde también vivían su hermana pequeña y sus hermanos Jordi y Ernest, este último, actual consejero de Educación del Gobierno de la Generalitat, de quien se dice con frecuencia que es el auténtico Pasqual Maragall. No había más que subir o bajar tres o cuatro pisos, en fin, para ascender o descender por el tronco de su árbol genealógico.

-Al otro lado de ese muro -dijo señalando una tapia que había a la izquierda- había un colchonero que nos amenazaba con la vara de sacudir la lana cuando colábamos el balón en su patio.

Entonces cobró sentido otra de las frases que había pronunciado el día anterior, al contarnos la historia de una amiga enferma de Alzheimer a la que había visitado aquella misma mañana en una residencia: "Si a una persona con problemas de memoria y de identidad la sacas de su entorno y la metes en un almacén de enfermos, la estás acabando de matar".

Cuando regresamos al piso, Maragall volvió a ocupar la mecedora anti-Alzheimer y dijo que esa noche había tenido un sueño divertido del que no se acordaba.

-Cuando me despierto -añadió- intento capturar los sueños, pero no consigo retenerlos. Tendría que anotarlos.

Por un momento nos quedamos callados, a la espera de que el sueño divertido aflorara a la superficie y nos lo pudiera relatar. Pero no afloró, así que, tras unos segundos de tensión onírica, Maragall se dirigió a Socías y le preguntó si quería una Coca-Cola o media.

-Pues media -dijo Socias.

-Si dice "pues"-añadió Maragall volviéndose hacia mí-, es que la quiere entera. ¡Estos catalanes!

antes de que el fotógrafo terminara su Coca, Maragall consultó la agenda y dijo que había que salir pitando, pues tenía algo que hacer en su despacho. Pero decidió de nuevo que fuéramos andando (aunque no se encontraba cerca) porque seguía pletórico.

-La calle es un festival -exclamó con entusiasmo al pisar la acera.

Si las dependencias de su casa le servían para ir de un sitio a otro de su historia familiar, las calles de Barcelona le servían para moverse por el interior de sí mismo, como si hubiera entre su cuerpo y el cuerpo de la ciudad una extraña identificación. Conocía cada esquina, cada fachada, casi cada registro de la luz o del agua, cada boca de riego, cada edificio, cada portal, cada esquina... Nos explicaba la ciudad y la relación entre sus partes como el que explica el funcionamiento de un artefacto complejísimo a cuya construcción ha contribuido.

-Fíjate -dijo señalándome el cartel de la calle de Lincoln-, sólo tienes que ver los nombres de las calles para darte cuenta de lo grande que es esta ciudad.

A la velocidad del rayo atravesábamos plazas, cruzábamos avenidas, fotografiábamos graffitis, traspasábamos mercados y tomábamos notas de aquel viaje al corazón de Barcelona, quizá al corazón de Maragall. De repente, en una esquina, se detuvo, miró a su alrededor y sentenció de forma misteriosa:

-Esta ciudad tiene algo de japonés, de chino, fíjate en la aglomeración de comercios, en la densidad...

de vez en cuando se volvía indicándome que no dejara de controlar los coches aparcados, por si apareciera su viejo Ford Escort. ¿Lo decía desde el lado de acá o desde el lado de allá? Imposible saberlo porque acompañaba la frase con una mirada maliciosa, con una sonrisa ladina, como si le divirtiera confundir a este idiota cuyos nervios estuvieron a punto de impedir que se diera "la circunstancia del conocimiento". Por fortuna, a estas alturas, tampoco nos importaba saber desde qué lado hablaba (si había dos lados), pues ya no nos interesaba el Alzheimer de Maragall, sino Maragall, un personaje cuya compañía creaba adicción, cuya seguridad desbordaba, cuya vitalidad provocaba envidia.

Durante el resto del día, Socías y yo le acompañaríamos, más que como reporteros, como cómplices, pues también poseía la habilidad de ganarte para su causa, para sus causas, tuvieran el tamaño que tuvieran. Quizá porque fuimos capaces de adaptarnos a su ritmo vital (frenético) no huyó a la trastienda de su cabeza ni una sola vez a lo largo del día. Sólo volvimos a verle ese gesto de tristeza, quizá de desconcierto, por la noche, en su casa de Rupiá, adonde nos había invitado para que conociéramos al resto de su familia. Sucedió que un nieto le leyó delante de nosotros un cuento que acababa de escribir. A Maragall le gustó y felicitó al niño. Pero a los cinco minutos, como el cuento continuara encima de la mesa, pidió a su nieto que se lo leyera.

-Pero si te lo acabo de leer -dijo el pequeño.

Entonces Maragall se retiró desconcertado a la trastienda y cambió de conversación. Recordé que esa misma tarde yo le había preguntado qué se sentía al pertenecer a una saga familiar tan particular como la suya.

-Al final, te olvidas -dijo.





El escritor Juan José Millás





--
Entrada núm.1239
http://harendt.blogspot.com
"Pues, tanto como saber, me agrada dudar" (Dante)
"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura" (Voltaire)

jueves, 22 de octubre de 2009

Verdad, historia, justicia

He escrito "historia y justicia", a propósito, con minúsculas. "Verdad", no; por simple coherencia gramatical, al ser palabra inicial de escrito. Y las escribo con minúscula por no contradecirme a mi mismo, que soy bastante relativista en asuntos políticos, y de eso hablamos, de "política" (con minúscula), cuando nos enfrentamos a decisiones tan extravagantes como la de procesar a un juez que quiere saber la "verdad"...

Buscar la "Verdad" (con mayúscula) es labor de los historiadores; al menos intentarlo. También debería ser misión de los jueces, pero quizá eso sea pedir peras al olmo, pues bastante hacen si son capaces de aplicar la ley sin caer en el absurdo. Dejar la "Justicia" a cargo de un hipotético dios en una hipotética vida futura, resulta lo más cómodo para todos; sobre todo para los jueces. Así pués, me quedo con la "Historia", aunque sólo sea por deformación profesional.

Si de vez en cuando pongo por escrito una digresión de esas que el subconsciente me dice que debería contar hasta diez antes de escribirla, ésta es una de ellas; pero en fin, cada uno es cada uno, y yo soy como soy... Y todo, desencadenado por la entrada del Blog "Del alfiler al elefante" que hoy publica en El País mi admirado periodista y analista internacional Lluís Bassets sobre las "verdades" implícitas en las "historias" de Katyn y Auschwitz, y en esas otras "historias" españolas que, algunos jueces, se empeñan en desvelar y, otros, en ocultar... Cosas veredes, Sancho... Sean felices a pesar de todo. Tamaragua, amigos. (HArendt)





Descubrimiento de una fosa en Katyn





"KATYN SIN AUSCHWITZ", por Lluís Bassets
El Blog "Del alfiler al elefante" -
EL PAÍS - Internacional - 22-10-2009

Uno a uno, con un tiro en la nuca. Así hasta 21.857. La flor y nata de la oficialidad polaca, pero también millares de profesionales de toda condición. La élite de un país que no quería conformarse a su desaparición y al reparto de sus despojos entre Alemania y la Unión Soviética, las dos grandes potencias que lo habían ocupado en septiembre de 1939. Sucedió en la primavera de 1940, en los mismos días en que las cárceles y cuarteles de la España franquista se habían convertido también en un matadero de hombres, ejecutados también por razones políticas aunque de significado contrario.

El exterminio se realizó a propuesta de Beria, en carta dirigida a Stalin, fechada el 5 de marzo de 1940, y clasificada como ultrasecreta. El escrito ordena a la NKVD (la policía de Estado soviética) que juzgue en tribunales especiales, sin comparecencia de los detenidos y sin acta de acusación, mediante la mera producción de certificados de culpabilidad y que "se les aplique el castigo supremo: la pena de muerte por fusilamiento".

Meses más tarde, el 22 de junio de 1941, Hitler invadió la Unión Soviética. De los más de 22.000 polacos detenidos por los soviéticos 448 se salvaron del exterminio, fueron amnistiados y se integraron en el ejército polaco en el exilio al mando del general Anders. Los soviéticos y el propio Stalin se hicieron los locos respecto al ejército polaco aparentemente esfumado, hasta que los alemanes dieron la primera noticia del crimen cuando llegaron a Smolensko y descubrieron unas fosas comunes en el bosque de Katyn.

Tres fueron los campos de ejecución, pero sólo en Katyn, donde se asesinó al aire libre al pie de las fosas, quedaron evidencias suficientes de la matanza. Goebbels convirtió el descubrimiento en un arma propagandística, que le permitió neutralizar las noticias que empezaban a llegar sobre los campos de exterminio nazis. La reacción soviética fue salvaje: reconocer Katyn como el crimen soviético que era se convirtió en signo de colaboración con el nazismo. Los aliados actuaron sumisamente ante el dictador soviético: tanto el Roosevelt admirado por Obama y los progresistas como el Churchill adorado por Aznar y los neocons se sumaron al negacionismo de Katyn para complacer a su aliado.

En España, en cambio, se supo la verdad en seguida; verdad de un lado sin la verdad todavía más terrible del otro: a los españoles de los años 50 y 60 se les contaba una historia de Europa en la que estaba Katyn pero no Auschwitz. Lo contrario de lo que les sucedía a los otros europeos y americanos, que sabían de Auschwitz sin Katyn. En la historia soviética era peor: ni Auschwitz ni Katyn, todo confundido en la Gran Guerra Patria contra el nazismo con un solo héroe llamado Stalin; ni eran judías las víctimas de los campos, ni eran soviéticos los verdugos de Katyn.

La documentación probatoria, con la carta de Beria incluida, fue guardada celosamente en los archivos del PCUS, sin que tuvieran noticia de ella más que los máximos responsables soviéticos. Gorbachov eludió todas las peticiones para su publicación, incluidas la del general Jaruzelski, pero no pudo impedir que la perestroika lanzada por él mismo terminara haciendo luz sobre la matanza. En 1988, finalmente, Moscú admitió la responsabilidad de su policía de Estado en el crimen, aunque la presentación de las disculpas no se produjo hasta octubre de 1990. El día en que cedió el poder a Borís Yeltsin, en diciembre de 1991, le entregó personalmente la carpeta que contenía la carta de Beria a Stalin, con una indicación: "Temo que puedan surgir complicaciones internacionales. Pero eres tú quien tiene que decidir". En 1992, Yeltsin entregó la documentación al tribunal supremo de la Federación Rusa para que la adjuntara al proceso contra el PCUS como organización criminal, así como al presidente polaco Lech Walesa.

Se conoce casi todo de Katyn. Los nombres de los ejecutores y los responsables, los móviles del crimen y los documentos probatorios. Nadie ha sido acusado y ni siquiera interrogado en Rusia acerca de todo ello. Andrzej Wajda hizo hace dos años un filme estremecedor, que ahora se ha estrenado en España. Pero en la Rusia de Putin, la niebla cubre de nuevo la memoria del estalinismo. No es extraña la inquietud actual de los polacos.

Katyn tiene la misma edad que los hechos de similar crueldad cometidos por unos españoles contra otros españoles. Pero nuestro Tribunal Supremo ha querido procesar a Baltasar Garzón, el juez que quiere saberlo todo sobre aquellos crímenes. Es Katyn sin Buchenwald, Mauthausen y Auschwitz, todavía.

(Fuentes: La matanza de Katyn, de Victor Zaslavsky y A puerta cerrada. Historia oculta de la Segunda Guerra Mundial, de Laurence Rees, también resumido en el artículo Katyn de la revista Claves de Razón Práctica, nº 191).





Descubrimiento de una fosa en Auschwitz




--
Entrada núm. 1238
"Pues, tanto como saber, me agrada dudar" (Dante)
"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura" (Voltaire)

miércoles, 21 de octubre de 2009

Fuerza de Paz

Sin acritud. Y sin que nadie se llame a engaño. El mundo, y no sólo Occidente, se está jugando mucho en Afganistán, y más todavía en el Pakistán, pero... ¿a la vista de los resultados, no deberíamos replantearnos para qué y por qué estamos ahí?... La viñeta de El Roto, en El País de hoy, vale por todo un cursillo acelerado de Relaciones Internacionales. ¿No creen? Dante y Voltaire quizá también dudarían... Sean felices, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. (HArendt)










--
Entrada núm. 1237
"Pues, tanto como saber, me agrada dudar" (Dante)
"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura" (Voltaire)

lunes, 19 de octubre de 2009

Historias de la República

La Historia, notaria del pasado, sigue gozando de respetable salud. Y eso que hace ya 2500 años que dos griegos ilustres, mediado el siglo IV a.C. la iniciaran como disciplina científica: Heródoto, con su "Historia" (Círculo de Lectores, Barcelona, 1996), y Tucídides, con su "Historia de la Guerra del Peloponeso" (Círculo de Lectores, Barcelona, 1997), hermosas lecturas que recomiendo con énfasis especial.

De esa misma respetable salud sigue gozando la historia de la Guerra Civil Española de 1936-1939, y por extensión, la de la II República española (1931-1939). Uno de los historiadores que más y mejor ha escrito sobre la guerra civil española ha sido el profesor e hispanista norteamericano Gabriel Jackson (1921), y entre los españoles, el economista, diplomático e historiador Ángel Viñas (1941), catedrático de la Universidad Complutense de Madrid.

Al profesor Viñas le conocí, aunque no tuve el place de tratarle personalmente, durante su paso por la UNED, en el tiempo en que yo cursaba la licenciatura de Geografía e Historia en dicha universidad, a mediados de los 80, y en el Congreso Internacional sobre "La oposición al régimen de Franco", organizado en Madrid, también por la UNED, en 1988, bajo la dirección de los profesores Tuñón de Lara y Javier Tusell, al que asistí como alumno becario. Le recuerdo con su sempiterna corbata de pajarita (prenda típica y casi de uniformidad oficial del profesorado de la Universidad de Princeton, en Nueva Jersey (Estados Unidos); la Universidad de Albert Einstein, y perdónenme la digresión, los cinematográficos y televisivos, respectivamente, doctores Indiana Jones y House).

De él reseñé en este mismo blog, en mi entrada "Falsos mitos", del uno de septiembre pasado, un artículo suyo de ese mismo día en El País, titulado "Un tiempo de sangre y fuego", sobre algunas de las falsedades creadas por la historia en torno al pacto Stalin-Hitler, que diera paso poco más tarde a la II Guerra Mundial.

Y en este mes de octubre, en la prestigiosa, y para mi imprescindible lectura mensual "Revista de Libros" (aquí) en su número 154, el profesor Gabriel Jackson publica una extensa y documentada recensión bajo el elogioso título de "Una trilogía histórica magistral" (aquí) de los tres últimos libros del profesor Ángel Viñas: "La soledad de la República"; "El escudo de la República", y "El honor de la República", todos ellos editados por Crítica, Barcelona.

Dice el profesor Jackson que los tres libros reseñados constituyen, sin ninguna duda, los estudios archivísticos más detallados y más exhaustivamente documentados de las reacciones diplomáticas y militares al estallido de la Guerra Civil española; y también de los esfuerzos de los sucesivos gobiernos republicanos para vencer la hostilidad político-económica de las grandes potencias democráticas –Inglaterra, Francia y Estados Unidos– y contrarrestar la masiva ayuda militar ofrecida desde el principio por Italia, Alemania y Portugal a las fuerzas comandadas por el general Franco.

En pos de su investigación documental, añade, el autor ha viajado a París, Londres, Moscú y a muchos otros lugares específicos en que se encuentran archivos relevantes. Ha proporcionado detalladas notas al pie para todas sus interpretaciones controvertidas. Ha preparado una lista de los acrónimos de docenas de archivos, preparado una bibliografía ingente, ofrecido al lector una extensa lista de dramatis personae y aportado copias de documentos importantes. Para conseguir su objetivo crítico e historiográfico ha citado, y refutado, cientos de contundentes afirmaciones de personas e instituciones que aparecen citadas con sus nombres.

En los párrafos finales de su comentario, el profesor Jackson dice que ha intentado señalar lo que le parecen énfasis ocasionales que distraen de la tarea principal, y que han ocupado mucho espacio porque quería que el lector conociera los juicios del autor más que simplemente las valoraciones que el reseñista hacía de esos juicios, pero que ello no ha de entenderse en absoluto como una evaluación negativa. Nadie, añade, ha rastreado los archivos más exhaustivamente que Viñas, que nadie ha estado más dispuesto que él a compartir información, o se ha mostrado más deseoso de comparar interpretaciones con colegas.

Como conclusión de la reseña, el historiador e hispanista norteamericano manifiesta que esta trilogía publicada por el profesor Viñas se mantendrá como una combinación excepcionalmente rica de historias basadas en archivos y de debates que cuestionan deliberadamente ideas establecidas en la lucha por alcanzar un entendimiento objetivo de la Guerra Civil española.

Desde el momento en que leí el artículo de Gabriel Jackson en "Revista de Libros" pensé que debería traerlo hasta mi blog, no, evidentemente, por lo que yo pudiera decir al respecto, salvo manifestar mi admiración y respeto por tan ilustre historiador, sino por hacerles partícipes a ustedes del placer de su lectura. Mi más sincero agradecimiento al profesor Gabriel Jackson y a la editora de "Revista de Libros" por haberme dado permiso para reproducir su artículo en mi Blog. Es un honor y un enorme placer para mi.

Espero que les resulte interesante. Y sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. (HArendt)










UNA TRILOGÍA HISTÓRICA MAGISTRAL
Gabriel Jackson
Historiador

Revista de Libros
nº 154 · octubre 2009

Ángel Viñas
LA SOLEDAD DE LA REPÚBLICA; EL ESCUDO DE LA REPÚBLICA; EL HONOR DE LA REPÚBLICA
Crítica, Barcelona: 554, 688, y 624 pp., respect. / 29,90 € (cada volumen)

Los tres libros aquí reseñados constituyen, sin ninguna duda, los estudios archivísticos más detallados y más exhaustivamente documentados de las reacciones diplomáticas y militares al estallido de la Guerra Civil española; y también de los esfuerzos de los sucesivos gobiernos republicanos para vencer la hostilidad político-económica de las grandes potencias democráticas –Inglaterra, Francia y Estados Unidos– y contrarrestar la masiva ayuda militar ofrecida desde el principio por Italia, Alemania y Portugal a las fuerzas comandadas por el general Franco. Estos últimos esfuerzos obligaron a su vez a la República a depender de la Unión Soviética, México y las Brigadas Internacionales como las únicas fuerzas dispuestas y capaces de ayudar a la República a defenderse.

Para ofrecer al lector potencial una idea más específica de los hechos abordados en cada uno de los tres volúmenes, La soledad de la República se abre con la constatación de que, aunque la República sea un gobierno reconocido internacionalmente y elegido democráticamente, no va a recibir, por diversas razones, ninguna ayuda de las potencias democráticas a la hora de defenderse contra el levantamiento militar del 18 de julio. Por otro lado, una semana después del pronunciamiento, Italia, Alemania y Portugal han prometido su ayuda militar al general Franco y el gobierno conservador de Gran Bretaña ha hecho saber a los franceses que Inglaterra no mirará con buenos ojos ninguna maniobra gala para ayudar a la República. Dentro de España pareció imprescindible sustituir rápidamente al tímido gobierno republicano de clase media de José Giral por un gobierno que representase a la totalidad del Frente Popular, y con Francisco Largo Caballero al frente, que era de lejos el dirigente más famoso y respetado, con numerosos seguidores entre la clase obrera. La Unión Soviética se unió al Comité de No Intervención organizado por iniciativa franco-británica, pero cuando, a primeros de septiembre, resultó ya evidente que el comité no haría ningún esfuerzo realmente serio por detener el flujo de ayuda italo-alemana al general Franco, Stalin decidió ofrecer una ayuda limitada a la República. Las primeras armas soviéticas, así como alimentos y suministros médicos, llegan a España en la segunda mitad de octubre de 1936.

El escudo de la República se ocupa de los meses durante los cuales Largo Caballero fue tanto primer ministro como ministro de la Guerra, desde el 4 de septiembre de 1936 hasta mediados de mayo de 1937. La edad de Largo y su dilatada experiencia como dirigente sindical lo dejaron realmente sin la capacidad de funcionar como un líder militar, y Viñas se concentra en los esfuerzos de Prieto, quien como ministro de Marina funcionó realmente como un ministro de Defensa de facto, y en Juan Negrín, quien como ministro de Hacienda fue la principal figura gubernamental que participó en las iniciativas para comprar armas en los mercados internacionales y en el mercado negro, y para reorganizar el cuerpo de carabineros como una policía económica y de fronteras. Negrín también preparó, con los asesores económicos soviéticos, y explicó a los miembros pertinentes del gabinete, sus planes para la exportación de las reservas de oro del Banco de España a la Unión Soviética como el único destino fuera de España donde esas reservas estarían disponibles para financiar la defensa de la República. La experiencia de Viñas como economista, diplomático y estudioso de las instituciones financieras y bancarias se traduce en que estos capítulos sean absolutamente excepcionales por su información y documentación. El escudo de la República trata también con un detalle considerable de los conflictos en el seno del gabinete que desembocaron en la caída de Largo Caballero, los «hechos de mayo» en Barcelona, el declive del poder político anarquista y del POUM, la sustitución de Largo Caballero por Negrín como primer ministro y el secuestro y posterior asesinato de Andreu Nin.

El tercer volumen, El honor de la República, empieza con la pérdida del País Vasco y da cuenta de los esfuerzos del primer ministro, Negrín, el ministro de Defensa, Prieto, y el jefe del Estado Mayor, el coronel (posteriormente general) Vicente Rojo, para crear un ejército republicano competente y suficientemente armado. Aunque los esfuerzos combinados de los oficiales españoles leales, los antiguos dirigentes de la milicia de la defensa de emergencia de Madrid en noviembre-diciembre de 1936 y los asesores militares soviéticos dieron lugar en la práctica a un ejército competente, la cantidad de ayuda militar italo-alemana al general Franco fue tan superior a la brindada por la Unión Soviética a la República que, con excepción de las primeras semanas de la batalla de Teruel y los primeros días de la batalla del Ebro, los nacionalistas salen constantemente victoriosos. Viñas analiza tanto los puntos fuertes como los puntos débiles internos de las fuerzas republicanas; también las preocupaciones de los soviéticos con la amenaza de Japón junto a la frontera de Siberia, y la necesaria atención soviética a la Alemania hitleriana y a una hostilmente conservadora Inglaterra, que para Stalin resultaban asuntos inevitablemente más importantes que la suerte de la España republicana. Para el autor, el honor de la República se encarna muy especialmente en la política de resistencia del primer ministro Negrín, y en sus esfuerzos por gobernar como un líder civil, responsable ante las Cortes y el presidente de la República.

Los libros están escritos simultáneamente como tratados académicos, para exponer la verdad sobre la base de documentación archivística, y como filípicas, para reparar las injusticias cometidas con las intenciones y las acciones de los gobiernos republicanos españoles durante la Guerra Civil. Notas al pie desdeñosas (pero también precisas) y numerosos comentarios entre paréntesis dentro del propio texto contienen observaciones detalladas sobre obras que glorifican a Franco y a su dictadura; obras tanto de españoles como de extranjeros que defienden las posturas del Vaticano, la Iglesia española, los defensores falangistas y carlistas, diversas variedades de marxismo no estalinista y anarquismo. En pos de su investigación documental el autor ha viajado a París, Londres, Moscú y a muchos otros lugares específicos en que se encuentran archivos relevantes. Ha proporcionado detalladas notas al pie para todas sus interpretaciones controvertidas. Ha preparado una lista de los acrónimos de docenas de archivos, preparado una bibliografía ingente, ofrecido al lector una extensa lista de dramatis personae y aportado copias de documentos importantes. Para conseguir su objetivo crítico e historiográfico ha citado, y refutado, cientos de contundentes afirmaciones de personas e instituciones que aparecen citadas con sus nombres.

En conjunto, los tres volúmenes se traducen en unas 1.800 páginas de texto y notas al pie. El estilo de Viñas es a un tiempo narrativo, explicativo y argumentativo. Es un defensor tanto apasionado como exigente de los mandatarios republicanos. Para conseguir beneficiarse plenamente de estos tres libros, el lector debe poder desplazar frecuentemente su atención del relato de los hechos a las referencias a pie de página a las diversas fuentes que sostienen la narración y a la interpretación o distorsión de esos hechos por parte de otros escritores. Pero si tiene la paciencia de llevar a cabo estos cambios de atención, los resultados serán ricos tanto en conocimiento fáctico como en diferencias de interpretación. Tras haber intentado más arriba enumerar los temas cubiertos en cada uno de los volúmenes, me centraré a continuación en el comentario de algunos capítulos concretos.

El capítulo 9 de El escudo de la República (pp. 331-368) se concentra en las comunicaciones entre Stalin, Largo Caballero y el embajador Marcelino Pascua, y en la luz que estas comunicaciones pueden arrojar sobre la actitud del dictador soviético hacia la República española. Se basa principalmente en informes del embajador Pascua, y en material del Foreign Office británico que es mucho más detallado que el conocimiento de Pascua. Así, a comienzos de febrero de 1937, en Ginebra, Pascua había entregado un memorándum al ministro de Asuntos Exteriores, Julio Álvarez del Vayo, en el que afirmaba que a Stalin le preocupaba principalmente el desarrollo interno de una sociedad socialista en la Unión Soviética, y también le inquietaban los movimientos militares de Japón en el Lejano Oriente. Además, estaba decidido a formar una gran armada de guerra, cuya inversión habría de limitar inevitablemente, en el futuro más inmediato, las mejoras en la calidad de vida de la población en general. Los informes del Foreign Office sobre la actividad militar-industrial soviética indicaban que los soviéticos ya contaban con la mayor flota de submarinos del mundo, y en muchos aspectos confirmaban la interpretación general de Pascua, aunque aportando muchos más datos concretos.

Tras informar al lector, con pruebas concretas, de que Stalin muy raramente se reunía con diplomáticos extranjeros (dejando esa tarea principalmente en manos de Molotov), el autor examina los informes de Pascua de las diversas audiencias que Stalin le concedió a comienzos de 1937. Stalin recalcó (repitiendo un anterior consejo por escrito a Largo Caballero) la importancia de asegurar a la clase media y a los campesinos que Europa occidental, España incluida, no estaba lista para una revolución soviética, que la disposición de las poblaciones a apoyar la lucha contra el fascismo dependía del mantenimiento del libre comercio y de que los campesinos tuvieran la sensación de que poseían la tierra que se esperaba que cultivaran.

Explicó a Pascua que durante la guerra civil rusa de 1918-1921 había habido enormes espacios a los que el Ejército Rojo podía retirarse en caso de necesidad, y también que la guerra mundial que había enfrentado a las principales potencias capitalistas, y que diezmó sus recursos humanos, permitió que los soviéticos tomaran iniciativas que España en 1937 no podía tomar, aunque a una parte indeterminada de su población le hubiera gustado llevar a cabo una nueva versión de la revolución bolchevique. Apoyándose de nuevo fundamentalmente en documentos británicos, y en algunos franceses, Viñas señala que el Foreign Office veía en 1937 a la Unión Soviética debilitada por las purgas que seguían produciéndose, mientras que las potencias fascistas estaban volviéndose cada vez más poderosas y agresivas. Las opiniones relativas tanto a la evolución interna en España como a la relativa fuerza militar de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini se correspondían en gran medida con las opiniones de parlamentarios socialistas como Prieto, Negrín y Pascua.

Stalin no ocultó sus reservas sobre el espíritu de lucha de la República. El eslogan del «no pasarán» le parecía demasiado pasivo, demasiado a la defensiva desde el punto de vista psicológico. Se preguntaba si la falta de experiencia de combate en la Primera Guerra Mundial había dejado a los españoles sin espíritu de lucha. ¿Querían realmente ganar la guerra? La victoria requería un espíritu activo, agresivo, no sólo «no pasarán». Y, a propósito, la República debía fortalecer la disciplina, además de «desenmascarar» y «denunciar» las «intrigas» anarquistas. Pascua explicó la postura militar defensiva como consecuencia de la terrible experiencia de casi perder Madrid en los primeros días de noviembre de 1936 y de volcar todas sus energías a partir de entonces en salvar la maltrecha capital. Stalin se mostró de acuerdo en que la República debía conservar Madrid, pues de lo contrario los soviéticos tendrían que «reconsiderar» su postura.

En cuanto al primer ministro Largo Caballero, que estaba más interesado en el poder político de los sindicatos que en parlamentos mayoritariamente de clase media, en la carta en que agradecía a Stalin las armas, alimentos y suministros médicos, y los pilotos y asesores miliares, escribió también, y Viñas lo cita directamente (p. 337): «Cualquiera que sea la suerte que lo por venir reserva a la institución parlamentaria, ésta no goza entre nosotros, ni aún entre los republicanos, de defensores entusiastas».

Las siguientes páginas del mismo capítulo contienen información, toda ella basada en informes diplomáticos y militares, relativa a las relaciones soviéticas con China y Japón, las actitudes que mostraron mutuamente la Alemania nazi y la Rusia soviética, el empeño increíblemente ingenuo organizado por Luis Araquistáin para «sobornar» a la Alemania nazi y la Italia fascista con parte del oro del Banco de España, y algunos de los recuerdos inexactos de Largo Caballero, que contienen discrepancias entre sus memorias y los documentos archivísticos. Se estudian también, aunque en mucho menor detalle que en otros capítulos, los modos en que el programa claramente no revolucionario de la Unión Soviética y del Partido Comunista de España se asemejaba al programa socialista parlamentario de los prietistas y, más tarde, del gobierno de Negrín.

Tras haber ofrecido un resumen plenamente admirativo del contenido de la trilogía, creo que es importante mencionar algunas reservas. De entrada, debo decir dos cosas que podrían sonar contradictorias: que he aprendido algo y me he sentido estimulado intelectualmente por casi todas y cada una de las páginas, y que en ocasiones no he tenido más remedio que preguntarme si el autor estaba confundiendo nueva información con información de una importancia decisiva. Para hacer justicia a ambas afirmaciones necesitaría cuarenta o cincuenta páginas. En una recensión necesariamente breve, y dando por sentado que la función más útil de un reseñista para con sus lectores es ofrecer una crítica constructiva, me ocuparé de dos ejemplos en que, en algunas ocasiones, los énfasis me desconcertaron.

En las páginas 46 a 61 de La soledad de la República el autor se ocupa de la decisión francesa de agosto de 1936 de no intervenir a favor de la República sino de intentar establecer una política de no intervención, una política que –cabía esperar– acortaría la guerra y daría lugar a un acuerdo como fruto de la mediación. El gobierno francés que tomó la decisión era el primer gobierno del Frente Popular. Estaba formado por socialistas y radicales, y estaba también apoyado por los comunistas, pero sin que aportaran ningún ministro. El gabinete estaba dividido en sus simpatías, no estrictamente con criterios partidistas, ya que había tanto radicales como socialistas que eran partidarios de brindar ayuda militar a la República, por motivos de seguridad militar francesa, y acudir en apoyo de un gobierno democrático legítimo que había sido atacado por una junta militar. Pero Léon Blum, el primer ministro socialista, se mostró en un principio decididamente favorable a proporcionar armas a la República, y los socialistas se sentían por regla general emocionalmente afines a la República, mientras que la mayoría de los radicales preferían simplemente un gobierno legítimo y amigo a una dictadura apoyada por los fascistas.

En la narración de Viñas, basada en documentos diplomáticos franceses y españoles de la época, la reunión del gabinete del 1 de agosto vio cómo una mayoría de los miembros se inclinaban por no ayudar a la República militarmente. El viceprimer ministro y ministro de Defensa, Edouard Daladier, se oponía. Sabía que algunos miembros del Estado Mayor se mostraban del lado de los insurgentes y le preocupaba la conveniencia de exportar armas que resultaban necesarias para el propio rearme de Francia en caso de tener que hacer frente a una Alemania hostil. También él, y muchos diputados de ambos partidos, manifestaron su razonable escepticismo de que Italia y Alemania pudieran acceder a cejar en su ayuda a la insurrección militar.

Ese mismo día, el 1 de agosto, el ministro de Asuntos Exteriores, Yvon Delbos (un radical) había dicho en la Cámara de Diputados: 1) que el Gobierno español era un gobierno legítimo amigo de Francia; 2) que, sin embargo, Francia no tenía previsto intervenir; y 3) que Francia había interrumpido el envío de armas a la República. Como comenta Viñas, «lo que había ocurrido en las bambalinas no se sabe con exactitud», pero un informe fechado el 20 de septiembre, redactado por Luis Jiménez de Asúa, un miembro de la comisión republicana de compra de armas en París, arroja al menos una luz circunstancial sobre el problema. Asúa había mantenido una reunión secreta en la noche del 3 de agosto con el ministro de Finanzas, Vincent Auriol, un socialista que simpatizaba fuertemente con la causa republicana. Auriol le dijo a Asúa que durante la reunión del gabinete Blum había presionado a un reacio Delbos para conceder el permiso oficial para vender a México las armas destinadas a España. Delbos pensó que el plan era ridículo una vez que todo el mundo sabía que las armas estaban destinadas a España.

Delbos abandonó la reunión antes de que concluyera. Blum, Auriol y Daladier siguieron hablando del tema y decidieron que tendría realmente más sentido tratar directamente con el gobierno de Madrid. Entonces llamaron por teléfono a Delbos que, según el informe de Asúa, ahora sí que dio su consentimiento. El 4-5 de agosto, el recién llegado embajador español Álvaro de Albornoz fue informado de qué tipos y cantidades de armas iban a enviarse. Mandó a un agente secreto a las autoridades militares francesas en Burdeos, además del pago en forma de cheque del gobierno español. Pero el día siguiente, el 6 de agosto, no había llegado el permiso de exportación final del Quai d’Orsay. Jiménez de Asúa acudió entonces a casa de Blum, quien derramó amargas lágrimas mientras contaba que el embajador británico había hablado con Delbos, ordenando virtualmente a Francia que no armara a España y proponiendo, por el contrario, una política de no intervención para todas las grandes potencias. Dijo que si Francia no se atenía a esto, y si la guerra acababa extendiéndose más allá de las fronteras españolas, Inglaterra no podría defender a Francia en esas circunstancias.

Aunque el relato de Viñas añade decididamente nueva información a nuestro conocimiento de la decisión de Francia de no vender armas a la República, y proponer en cambio el establecimiento de un Comité de No Intervención, no añade nada a nuestro conocimiento fundamental de los hechos descritos. Ya el 24 de julio, cuando Léon Blum viajó a Londres, había sido advertido claramente por los británicos de que Francia no se involucrara del lado de la República. Los principales periódicos franceses, británicos y estadounidenses se habían hecho eco de la noticia a los pocos días. La advertencia británica, y la sensación de Blum de que no debía ofender a los británicos a toda costa, se incluyó en el Survey of International Affairs de Toynbee en 1936, así como en algunos de los primeros trabajos sobre los aspectos internacionales de la Guerra Civil, como Prelude to War, de Patricia A. M. van der Esch, publicado en 1951, y Spain and the Great Powers, 1936-1941, de Dante Puzzo, publicado en 1962.

Pasando ahora a un segundo tema, en las páginas 275 a 285 Viñas ofre¬ce nueva información detallada sobre la decisión de Stalin de intervenir en la Guerra Civil. Comienza con un párrafo de dudas de once líneas. En septiembre de 1936, «parece ser» que el embajador Rosenberg sugirió que el Comintern enviara una fuerza militar armada con las armas más recientes. «De ser cierto», este plan habría surgido de resultas de su análisis de la situación en España a primeros de agosto, cuando se preveía claramente un cambio de gobierno en Madrid. Y, «si existió», el plan de Rosenberg se habría estudiado mientras Moscú estaba valorando todos los datos disponibles que dieron lugar a las decisiones del Comintern del 16-19 de septiembre (p. 275).

También fueron importantes la visita de Maurice Thorez, secretario general del Partido Comunista Francés, para realizar consultas con los mandatarios republicanos y con personal de la embajada soviética en Madrid; además de las llegadas a España a primeros de septiembre de André Marty, un miembro fundador del Partido Comunista Francés, y Manfred Stern, asesor soviético del recién formado Quinto Regimiento y del Comité Central del Partido Comunista de España. Al mismo tiempo, entre el 11 de septiembre y el 10 de octubre, alrededor de ciento ochenta voluntarios cruzaron la frontera en Cerbère, obligando a los soviéticos a pensar en su propia imagen como autoproclamados líderes de la izquierda marxista mundial. Los hechos reseñados más arriba fueron también importantes, por supuesto, a la hora de alimentar las esperanzas de la República de que la Unión Soviética pudiera acudir militarmente en su ayuda.

De acuerdo con estos hechos, Viñas señala que alimentos, ropas y otra ayuda humanitaria llegó en barcos soviéticos a finales de septiembre, pero que no se decía nada oficial sobre armas. Hace referencia a una fuente que señala que treinta y tres mecánicos de aviones habían llegado en septiembre, a lo que añade un comentario de una sola palabra: «sorprendente». Sus principales conclusiones a partir de las pruebas documentales relativamente escasas son que la República veía fuertes indicios de que la Unión Soviética podría intervenir, y que para Stalin los temas de la solidaridad antifascista y del liderazgo del Comintern mundial pasaron a ser cada vez más importantes como un factor dentro de las consideraciones soviéticas.

El autor comienza su estudio directo de la decisión de intervenir exponiendo algunas otras conclusiones a las que le ha llevado su investigación: que la decisión llegó tras una «aceleración gradual» pero que, dentro de la dinámica de aceleración, Stalin mantuvo siempre la posibilidad de retirada. A la pregunta retórica de por qué no se produjo tal retirada, la respuesta de Viñas es que la Unión Soviética tenía que perseguir simultáneamente lograr la seguridad colectiva con las potencias democráticas y cumplir con su papel de líder de una izquierda mundial que estaba implicándose cada vez más en la Guerra Civil española. Además, a Viñas le preocupa refutar la historiografía anticomunista de la Guerra Civil –la de los anarquistas, trotskistas y POUMistas–, que defiende que Stalin estaba decidido a acabar con la revolución que había estallado en el verano de 1936; y la de los conservadores y los Guerreros Fríos, que defiende que Stalin estaba decidido a establecer en España una «democracia popular» del tipo de la que instituyó en Europa oriental después de la Segunda Guerra Mundial.

Tras estas consideraciones generales introduce nuevas e importantes pruebas de genuinas, y libremente expresadas, diferencias de opinión entre los distintos mandatarios soviéticos. El ministro de Asuntos Exteriores, Maxim Litvinov, y el comisariado que presidía defendió en un principio no intervenir en España. Les preocupaba mucho más ampliar los pactos defensivos franco-soviéticos y franco-checos para formar una alianza general en pos de la seguridad militar contra Hitler, una alianza que incluiría no sólo a Inglaterra sino también a Rumanía, Yugoslavia, Turquía y, por supuesto, la Unión Soviética. En opinión de Viñas, Litvinov, que estaba casado con una inglesa, era muy anglófilo y nunca comprendió el alcance de la hostilidad gubernamental inglesa hacia la Rusia soviética. Cita una carta del ministro de Asuntos Exteriores al embajador soviético en Inglaterra, Ivan Maisky, fechada el 25 de junio de 1937: «Si hubiéramos permanecido al margen de la guerra civil, el resultado de esta postura hubiese sido un reforzamiento de nuestros vínculos con Gran Bretaña y Francia» (p. 279).

También cita, como «un documento fundamental», un telegrama de Litvinov al embajador Rosenberg el 4 de septiembre de 1936, reprendiendo a este último por interferir en la política española, y afirmando que dado que Rosenberg había estado en España se habían mantenido numerosas conversaciones en Moscú, y la conclusión general que se extrajo fue que iba a resultar imposible enviar armas a España. En opinión de Viñas, Litvinov aún esperaba para el 4 de septiembre que el recientemente formado Comité de No Intervención obligara en la práctica a las potencias fascistas a poner fin a su apoyo a la junta militar. Y su carta también recuerda a Rosenberg que los reportajes periodísticos no constituyen pruebas definitivas. Viñas menciona a continuación «valoraciones que, por desgracia, todavía no he visto documentadas. Según dicha fuente, Stalin se inclinaba hacia una política de completa neutralidad, Molotov se oponía y Vorochilov le apoyaba» (pp. 281-282).

Así pues, a fecha del 4 de septiembre, Stalin aún no había tomado una decisión. Pero la reunión del Comité de No Intervención el 9 de septiembre, que rechazó por completo las abundantes pruebas de la intervención italo-alemana, destruyó virtualmente cualquier esperanza soviética de que se ejerciera presión internacional sobre las potencias fascistas para que pusieran fin a su intervención, que resultaba evidente e incluso jactanciosa. Según Viñas, Molotov pidió entonces ayuda inmediata al Gobierno de Largo Caballero. «¿Qué había pasado? Lo que había pasado es que Stalin, desde Sochi (su residencia estival en el mar Negro), había empezado a dar comienzo a su propio giro, que Molotov se plegaba rápidamente, y que las solemnes declaraciones de no intervención se revelaban como un auténtico fracaso» (p. 282). El verbo «plegaba» me parece desconcertante, ya que Molotov acababa de ser caracterizado como una persona contraria a una política de absoluta neutralidad, pero el punto importante es que los diversos asesores pensaban de manera diferente y se atrevieron a expresar sus ideas en medio de un incremento de las purgas tras el juicio y las ejecuciones de los «viejos bolcheviques» Zinoviev y Kamenev.

Según Viñas, Stalin, durante sus vacaciones en Sochi, debió de darse cuenta de que la República no estaba enfrentándose necesariamente a la derrota, y también que la eventual victoria requeriría una ayuda militar sustancialmente equivalente a la ofrecida por las potencias fascistas a Franco. Este elemento estratégico (el adjetivo es de Viñas) dominó el pensamiento de Stalin, pero se vio acompañado por la determinación de dar una guerra sin cuartel a la «facción zinovievista-trotskista». Tras todo ello el autor dedica cuatro páginas completas a las complejas relaciones de varios jerarcas del Comintern, oficiales del NKVD y miembros del Politburó, y al «razonamiento» y el avance de las purgas. Uno de los objetivos principales de estas páginas, en palabras del propio autor, es mostrar que «éste es un escenario algo más complejo que el que consiste en hipertrofiar la noción de que lo que Stalin persiguió desde el primer momento era establecer una base que apoyara la constitución en España de un remedo de república popular avant la lettre» (p. 288).

Personalmente, no albergo ninguna duda de que Stalin estaba obsesionado con las numerosas formas de oposición (real e imaginada) que estaba dispuesto a aplastar, pero podía haber enviado a agentes del NKVD a España sin decidir enviar ni alimentos ni medicinas (sin pagar) o armas (con un eventual pago elevado). Así pues, el estudio detallado de las purgas que realiza el autor en este punto me llama la atención como algo que responde más a sus preocupaciones en relación con las afirmaciones de los estudiosos antirrepublicanos que con la decisión de Stalin a finales de septiembre de 1936 de intervenir militarmente en la Guerra Civil.

En estos párrafos he intentado señalar lo que me parecen énfasis ocasionales que distraen de la tarea principal, y que han ocupado mucho espacio porque quería que el lector conociera los juicios del autor más que simplemente las valoraciones que el reseñista hacía de esos juicios. Pero esto no ha de entenderse en absoluto como una evaluación negativa. Nadie ha rastreado los archivos más exhaustivamente que Viñas. Nadie ha estado más dispuesto a compartir información, o se ha mostrado más deseoso de comparar interpretaciones con colegas. Cuando estaba leyendo estos volúmenes me acordé de una conversación que mantuvimos los dos hace alrededor de cuarenta años, mientras Ángel me llevaba al aeropuerto en Madrid. Él me había hablado de la importancia que había tenido para los españoles la contribución de los expertos extranjeros al estudio de la Guerra Civil. Yo le dije que nosotros, los expertos extranjeros, habíamos tenido la inmensa fortuna de leer fuentes que estaban fuera del alcance de los españoles debido a la dictadura. Nos habíamos beneficiado directamente del deseo de esa misma dictadura de convencernos de que había una libertad total de investigación (con excepción de los archivos militares) en la España de los años sesenta. Yo confiaba en que los españoles tendrían pronto un día la oportunidad de escribir libremente su propia historia. Y confiaba en que uno de los primeros en hacerlo así sería Ángel Viñas. Esta trilogía se mantendrá como una combinación excepcionalmente rica de historia que se basa en los archivos y de debate que cuestiona deliberadamente ideas establecidas en la lucha por alcanzar un entendimiento objetivo de la Guerra Civil española. (Traducción de Luis Gago. Este texto ha sido escrito por Gabriel Jackson especialmente para Revista de Libros)







--
Entrada núm. 1236
"Pues, tanto como saber, me agrada dudar" (Dante)
"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura" (Voltaire)

martes, 13 de octubre de 2009

"El Día", de Tenerife: Estulticia y bochorno

Sinceramente, si yo fuera trabajador o periodista de El Día, de Tenerife, supongo que haría lo mismo que ellos: callar y tragar con lo que me echaran, porque eso de comer todos los días es muy mal hábito... Pero no lo soy, tampoco soy tinerfeño, así que allá ellos con su problema, pero si lo fuera sentiría vergüenza ajena de que un anciano decrépito, ignorante y maleducado pretendiera hacerse con la bandera del tinerfeñismo; como canario, me produce bochorno que un paisano mio diga tal cantidad de sandeces aprovechándose de la propiedad, heredada de sus antepasados, de lo que fuera uno de los grandes órganos de prensa de Canarias. Por último, como grancanario, me traen al pairo las tonterías que dice sobre mi tierra, a la que enaltece cada vez que pretende denigrarla con sus insultos. Por ejemplo, los publicados en su editorial del pasado 9 de octubre. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. (HArendt)





Portada de El Día del 9 de octubre





Editorial de EL DÍA, de Santa Cruz de Tenerife
9 de Octubre de 2009

EL VIERNES fue un día de canarionismo, de grandeza canariona y de desprecio a Tenerife y a las otras cinco islas que no son "grandes". Un desprecio mayúsculo cometido por el Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero y sus ministros, todos casados entre sí con "El único varón sobre la tierra". Que no se nos tome por machistas, por favor, ya que tan sólo nos limitamos a citar el título de una película muy antigua; un film de hace casi setenta años, interpretada por el famoso actor, en su tiempo, Raoul Roulien. En cualquier caso, una película cómica como los consejos de ministros de Zapatero.

Antes de seguir adelante, y por si se nos va el santo al cielo, vamos a iniciar lo que sigue -no sabemos si lo acabaremos velozmente o con retardo- con la penúltima frase de nuestro texto del viernes en primera página, a propósito del Consejo de Ministros de Las Palmas. ¿Y de los derechos de Marruecos sobre el territorio y las aguas interiores de Canarias qué, señores ministros? Esperamos una respuesta políticamente certera, segura y veraz. Queremos decir una respuesta que no entrañe una mentira o un engaño más al pueblo canario. No nos vale una de las respuestas embusteras que ustedes suelen dar. POR SI AÚN está en las Islas algún miembro del Gobierno o de los altos cargos que han asistido a los ministros en la celebración de ese indebido Consejo, celebrado, además, en una isla inadecuada, o por si han dejado aquí a alguien encargado de que les envíe los recortes de prensa que les afecten, vamos a hacerles un repaso de lo que hemos estado diciendo desde hace "unos pocos años" hasta hoy sobre el derecho de Canarias a ser una nación independiente.

Para empezar, estas Islas eran llamadas Afortunadas en la antigüedad. Afortunadas porque eran idílicas debido a su naturaleza y la bondad de sus habitantes guanches, benahoritas, canarios, majos, bimbaches y, en general los pobladores de las restantes islas. Todos ellos vivían en armonía, con sus estructuras familiar y social, hasta que un día aparecieron en los mares -no en los mares de Colón, que iba camino de descubrir las Indias Occidentales y de evangelizarlas matando con la cruz al frente, sino en nuestros mares- tropas regulares y mercenarias, asesinas todas ellas, provistas de importantes medios militares para la época; es decir, soldados a pie o a caballo armados con corazas, bombardas, picas, espadas, escudos y, sobre todo, mucho ánimo sanguinario. Esos desalmados llegados de un país lejano, situado en otro continente, casi acabaron con esos aborígenes que vivían rodeados de sus seres queridos. Personas que estaban en armonía con su tierra y se alimentaban de lo que les proporcionaba la caza, la agricultura y la pesca de mucha bajura. Un pueblo con sus creencias y sus ritos, con sus tagorores, sus gánigos, palos para salvar alturas y distancias, y sanseacabó.

Los invasores masacraron a nuestros abuelos, se apoderaron de su territorio, de sus viviendas y de sus útiles. Despreciaron su forma de vida para imponerles su cultura, que no era otra que el culto a la barbarie. Los bautizaron a la fuerza -por la fuerza de las Fuerzas- con nombres que les eran ajenos, haciendo desaparecer los nombres sonoros que poseían. Violaron a nuestras niñas y mujeres. Esclavizaron a nuestros hombres; aciaga suerte que también corrieron las mujeres y las niñas, asimismo vendidas como esclavas. A todos los humillaron, los ultrajaron y los ofendieron. Concluida su "hazaña", aquí se quedaron los desalmados conquistadores hasta hoy. Han transcurrido seis siglos desde que se cometió ese vil genocidio. Una situación a la que deseamos ponerle fin cuanto antes. Por eso le pedimos ayuda vehemente a la ONU y a los pueblos civilizados de Europa y del mundo. España está demostrando que no es uno de esos países civilizados.

VAMOS A DARLES más argumentos para nuestra independencia. Estamos seguros que los desconocen porque desconfiamos de la cultura política de los miembros del Consejo de Ministros. Como enseñar al que no sabe es una obra de misericordia, les diremos que la Resolución 1.514 del Comité de Descolonización de los Pueblos de la ONU señaló, hace unos diez años, una fecha para liberar a todos los territorios del planeta que todavía siguen uncidos al yugo de alguna metrópoli. Ese, también por si no lo saben, es el caso de Canarias. Posteriormente, la fecha fue ampliada hasta el año 2010. No hace falta decirles porque eso sí que lo saben los ministros de Zapatero con toda seguridad, que a España, después de Colón y de los sanguinarios conquistadores que lo siguieron, la echaron a patadas de los países que sojuzgó en América del Norte, Central y del Sur, así como de Filipinas y otras colonias que tenía en el mundo. Sólo le queda Canarias. La última treta de los españoles para no perder la teta canaria -una teta que proporciona "leche maternizada" a la Hacienda peninsular- es disfrazar a este Archipiélago de comunidad autónoma. ¡Vaya por Dios! Pese a estar a 1.500 kilómetros de Cádiz, a 2.000 de la capital y en otro continente, los godos y peninsulares pretenden hacernos creer y hacerle creer al mundo que somos españoles. A ver cómo se digiere esta química inorgánica de piedra. Lo peor de todo es que estos esquemas torticeros nos mantienen sometidos a los políticos peninsulares y a los godos que residen en España.

También deberían tomar nota los señores ministros -o los correveidiles, tiralevitas y pelotas que han dejado por aquí- de la amenaza que supone para Canarias las ansias expansionistas de Marruecos. Las aguas que rodean al Archipiélago son marroquíes. Nuestros pesqueros no pueden faenar en ellas, pues apenas cruzan los límites impuestos por Rabat son capturados, llevados a puerto y multados. Esto lo saben perfectamente los canarios y canarias al servicio del PP y del PSOE que defienden la españolidad de Canarias. A ver cómo se mastica esto.

El caso es, señores del Consejo, que cuando Marruecos quiera -y de momento no quiere por intereses políticos y diplomáticos- Canarias pasará a ser una provincia marroquí. Será posesión de la monarquía alauita de la misma manera que en su momento Marruecos fue posesión española en forma de protectorado. Les decimos esto para que lo tengan en cuenta: mientras seamos el Archipiélago de una nación, y no un Archipiélago nación, estamos a merced de lo que decida Mohamed VI. Lo repetimos: a menos de cien kilómetros de Marruecos y frente a las costas de ese país y del Sáhara, somos como mínimo una provincia de Rabat. Por otra parte, queremos ver cómo defienden ustedes a Canarias frente a las apetencias de los magrebíes, considerando que nuestros vecinos cuentan con la amistad de aliados poderosos como Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña entre otros, así como la simpatía del mundo por la buena labor de sus inteligentes servicios diplomáticos.

Y UNA APOSTILLA antes de concluir: los canariones, a pesar de Zapatero, el Partido Socialista y el Partido Popular, ya le están viendo los cuernos al diablo. Ya están viendo que la mayor de las islas, la más poblada, la más importante, la de mayor peso específico, la de mayores y mejores recursos naturales, frondosa, boscosa, bella e inigualable dentro del Archipiélago, albergará la capital lógica de la nación canaria cuando obtengamos la inevitable independencia. Por otra parte, que no nos vengan con el cuento de que en Las Palmas está la capital económica y aquí la política. Listos que son los muchachos. Como si ignorásemos que donde está el poder económico también lo está el político.

En definitiva, volvemos a una frase cierta e irrefutable: a los canariones, ni agua; con los canariones, ni a misa. Sí a la unión de las Islas, pero con capital en la mejor dotada por la naturaleza y de muy nobles habitantes: Tenerife.





Don José Rodríguez, dueño y editor de El Día




--
Entrada núm. 1235
"Pues, tanto como saber, me agrada dudar" (Dante)
"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura" (Voltaire)