sábado, 11 de octubre de 2008

*Libros, lecturas, memoria...





Hace unos minutos que acabo de ver por televisión el último capítulo de la última temporada de la serie de televisión más premiada de la historia; sin duda, con todo merecimiento. Me estoy refiriendo, como es lógico y sabido, a "El Ala Oeste", la serie creada por Aaron Sorkin en 1999, que durante siete años consecutivos (hasta 2006) mantuvo en suspense a los telespectadores de medio mundo narrando los avatares del personal de la Casa Blanca al servicio del presidente Josiah Bartlet, (interpretado por Martin Sheen). Decir que me ha emocionado es poco decir; sencillamente, magnífica; lo mejor de lo mejor... No soy el primero, ni seguramente el último que lo dice, pero debería ser de "obligado visionado" en las Facultades de Ciencias Políticas. En fín, no se que voy a hacer ahora los sábados por la noche, momento en que la veía en soledad, cuando el resto de la familia dormía ya... Pura adicción... Casi mejor que el café...

En estos días he leído tres interesantes artículos sobre libros y lecturas... El más reciente, hoy mismo, en la revista Babelia, del premio nobel turco Orhan Pamuk ("La memoria de Pamuk"). Un recorrido sentimental, en primera persona, sobre su pasión por los libros desde su más temprana juventud, que, salvando las distancias, me ha resultado muy "familiar". Lo recomiendo sinceramente.

El segundo, es un reportaje firmado por el periodista Abel Grau ("Internet cambia la forma de leer... ¿y de pensar?"), publicado en El País de ayer, sobre la forma en que Internet está cambiando, a juicio de numerosos especialistas en comunicación, psicología y neurobiólogos, no sólo nuestra forma de leer, sino incluso nuestra forma de pensar, modificando los esquemas de funcionamiento del cerebro a la hora de procesar la información que recibe... ¿Ciencia ficción?, no lo se..., pero tengo que reconocer que no es lo mismo procesar la información obtenida a través de un libro determinado, la consulta de una bibliografía específica sobre un tema cualquiera en una biblioteca, la lectura detenida de un documento en un archivo, o lidiar con el caudal de información suministrada por la pantalla de un ordenador con solo teclear una determinada palabra en un buscador tipo como Google... ¿Verdad que no?... Muy interesante...

El último artículo que deseaba comentar apareció en El País Semanal del pasado dómingo, 5 de octubre ("Sepa de libros sin leer ni una línea"), escrito por Íker Seisdedos. Un jocoso comentario sobre un jocoso libro a punto de publicarse en España por Anagrama ("Cómo hablar de los libros que no se han leído") escrito por el psicoanalista y profesor de literatura de la Universidad de París, Pierre Bayard. ¿Cuántos de los libros que tienen en su casa han leído ustedes?, pocos, ¿verdad?... Lo mismo me pasa a mi... En el margen derecho de mi blog ("A tres grados del Trópico de Cáncer hay unas islas...") en el apartado "Algunos de mis autores y libros favoritos", hay una serie de autores y de libros (sólo uno de cada autor), citados por orden alfabético; no están todos los leídos, pero si están leídos todos los citados... A pesar de ello, reconozco que ya no puedo mantener el ritmo de épocas pasadas. Y confieso, con pudor, mi enorme deuda con la gran y buena literatura que no he leído... Ohran Pamuk, en su artículo citado, recordaba el orgullo con que su padre veía como se llevaba "sus" libros a "su" biblioteca en ciernes... Yo lo hice con la de mi padre, un gran lector también hasta su ancianidad. Y veo con orgullo (sólo hasta cierto punto) que mis hijas arramblen con los libros de "mi" modesta biblioteca familiar para incrementar las suyas, pero sobre todo espero, deseo y pido a Atenea, diosa pagana de la Sabiduría, que mis nietos aprendan pronto a leer para que descubran por sí mismos el mundo maravilloso que se esconde en los libros... Que así sea y así se cumpla... (HArendt)



"La memoria de Pamuk", por Ohran Pamuk

El núcleo de mi biblioteca lo forma la de mi padre. A los diecisiete o dieciocho años, cuando empecé a pasar la mayor parte de mi tiempo leyendo a solas, atacaba los libros del salón de mi padre tanto como las librerías de Estambul. Fue entonces cuando comencé a, si leía algo que me gustaba, llevármelo de la biblioteca de mi padre a la de mi cuarto y a colocarlo entre mis propios libros. Mi padre, feliz de que su hijo leyera, se alegraba de que añadiese a mi biblioteca algunos de sus libros y cuando veía en mis estantes alguno de sus antiguos volúmenes bromeaba conmigo diciendo: "Vaya, también este libro ha sido elevado a una alta categoría".

En 1970, a los dieciocho años y como todo turco aficionado a los libros, empecé a escribir poesía. Por un lado estudiaba arquitectura y notaba que iba perdiendo el placer que me proporcionaba la pintura, y por otro, a escondidas y fumando hasta altas horas de la noche, escribía poemas. Fue en esa época cuando me leí todos los libros de poesía turca de la biblioteca de mi padre, que en su juventud también quiso ser poeta.

Me gustaban los libros delgaditos y de tapas pálidas de los poetas que pasarían a la historia de la poesía turca con el nombre de Primeros Nuevos (de los años cuarenta y cincuenta) y Segundos Nuevos (de los sesenta y setenta) y al leerlos me gustaba estar escribiendo poesía como ellos. Parte de los Primeros Nuevos, que trajeron a la poesía turca la lengua del ciudadano de a pie y su sentido del humor e ignoraron el discurso formal de la lengua oficial de un mundo represivo y autoritario, por ejemplo, Orhan Veli, Melih Cevdet u Oktay Rifat, eran también conocidos, así como los primeros libros que publicaron, como el grupo de los "Raros". Mi padre a veces sacaba de su biblioteca las primeras ediciones de aquellos poetas y nos leía en voz alta y con un estilo que nos hacía sentir que la literatura era uno de los aspectos más maravillosos de la vida un par de poemas divertidos y bromistas que nos gustaban y nos divertían.

En cuanto a la poesía de los Segundos Nuevos, una continuación de aquella corriente renovadora, me emocionaba el hecho de que de ella surgiera una voz descriptiva y narrativa que alcanzaba una confusión a veces dadaísta o surrealista y a veces ornamental. Al leer a esos poetas, extrañamente en ocasiones tan incomprensibles y difíciles como emocionantes y ahora todos fallecidos (Cemal Süreya, Turgut Uyar, Ilhan Berk), me sentía como esos inocentes que al mirar un cuadro "abstracto" creen que también ellos podrían hacerlo. Como el pintor que al contemplar un buen cuadro, o un cuadro que cree haber entendido cómo se ha hecho, corre a su estudio con el deseo de pintar, me entraban ganas de escribir poesía y me sentaba a la mesa a hacerlo.

Como, exceptuando a estos autores, la poesía turca está muy alejada de la lengua cotidiana y es muy artificial, me interesaba más que como poesía, aparte de algunos poemas y versos excepcionales y sumamente hermosos, como cuestión intelectual. ¿Qué protegería el poeta local de esa tradición que iba desapareciendo bajo el aplastante peso de la occidentalización, la modernidad y Europa, y cómo lo haría? ¿Cómo se podían adaptar a los juegos literarios y a una poesía moderna las bellezas de la poesía del Diván, que las elites otomanas habían creado bajo la influencia persa y que las nuevas generaciones sólo podían entender gracias a diccionarios y guías? Estas preguntas, expresadas de una forma muy general con la locución "aprovecharse de la tradición", durante mucho tiempo ocuparon la mente tanto de los autores de mi generación como la de los de la previa. Los problemas literarios y filosóficos podían discutirse con más facilidad a través de la poesía gracias a la fuerza de la poesía otomana, fuera de la influencia occidental, y a su tradición centenaria. El hecho de que no existiera una tradición prosística y novelística daba lugar a que nosotros, los narradores, preocupados por el localismo literario y formal, volviéramos los ojos a la poesía. A principios de los setenta, cuando decidí ser novelista después de que mi entusiasmo por la poesía se inflamara y se extinguiera sin que pasara mucho, en Turquía se consideraba a la poesía como la verdadera literatura y a la novela como algo más bajo y popular. No sería incorrecto afirmar que en los últimos treinta y cinco años la novela se ha convertido en algo más importante mientras que la poesía ha perdido su importancia. Durante este tiempo tanto los lectores de literatura como la industria del libro han crecido y se han enriquecido a una velocidad sorprendente.

Cuando yo decidí ser escritor el punto de vista dominante, tanto en la poesía como en la novela, no era sólo el que un individuo solitario expresara con palabras su propio ser, su alma y sus singularidades, sino que también se valoraba que el escritor, actuando en equipo con un grupo, una colectividad o con sus compañeros, contribuyera en algo a una utopía, a un sueño (modernismo, socialismo, islamismo, nacionalismo o republicanismo laico). Por esa razón, para los autores nunca fue una cuestión literaria el impulso de aprovecharse de la Historia y la tradición para encontrar la forma literaria que más les sirviera para expresar su voz, sino que, en su lugar, se transformó en parte del sueño de construir la sociedad, la nación, feliz y armoniosa del futuro codo a codo con el Estado. A veces pienso que en el último siglo la literatura modernista y optimista, sea tanto republicanista, ilustrada y laica como socialista igualitaria, ha perdido de vista el espíritu de lo que ocurría en las calles de Estambul y en sus propias casas por tener la mirada demasiado puesta en el futuro. Me da la impresión de que los autores que lamentan la pérdida de la cultura del pasado, como Tanpinar o Abdülhak Sinasi Hisar, y los que aman sin prejuicios la poesía y la vitalidad de las calles de Estambul, como Ahmet Rasim, Sait Faik o Aziz Nesin, explican mejor la vida que vivimos que aquellos que se preocupan apasionadamente por cómo Turquía puede alcanzar un futuro brillante.

Después de que comenzaran los movimientos de occidentalización y modernización, el problema fundamental de todas las literaturas no occidentales, no sólo la turca, ha sido la dificultad de abarcar al mismo tiempo los sueños de futuro con los colores del presente, el sueño de un país y un ser humano modernos con el placer de vivir en el mundo tradicional existente. El que los escritores que imaginan un futuro radical muchas veces hayan intervenido en disputas políticas y luchas por el poder y hayan dado con sus huesos en la cárcel ha endurecido y hecho más amargas sus voces y sus observaciones.

En la biblioteca de mi padre también estaban los primeros libros de Nazim Hikmet, publicados en los años treinta, antes de que ingresara en la cárcel. Me impresionaban tanto como el tono airado y positivo de quien cree en un futuro esperanzador y feliz y las innovaciones formales tomadas de los futuristas rusos, los padecimientos sufridos por el poeta, sus días en la cárcel, la vida en presidio tal y como la describían en sus cartas y memorias narradores realistas como Orhan Kemal y Kemal Tahir, que compartieron cárcel con él. De memorias de intelectuales y periodistas turcos que sufrieron prisión y de novelas y cuentos que transcurren en la cárcel podría formarse una biblioteca entera. En cierta época leí tanta literatura carcelaria que aprendí tanto como un preso cualquiera de la vida cotidiana en los pabellones, de esa jerga presidiaria que tanto me gustaba y de las leyes de matones y chulos. Por aquellos años la literatura me parecía una vida en la que la policía te esperaba continuamente a la puerta, la secreta te seguía por las calles, te pinchaban los teléfonos, no podías conseguir un pasaporte y desde prisión escribías emotivas cartas y poemas a tu amada. Nunca aspiré a esa vida de la que supe por los libros, pero la encontraba romántica. Treinta años más tarde, cuando viví hasta cierto punto preocupaciones parecidas, me consolaba pensando que mi situación era mucho más llevadera que la descrita en los libros de aquellos autores que había leído en mi juventud con un horror comprensible y un extraño romanticismo.

Por desgracia he perdido muy poco del punto de vista ilustrado y utilitario según el cual los libros son algo que nos prepara para la vida. Puede que sea porque la vida del escritor en Turquía siempre lo confirma. Sobre todo porque en Turquía nunca, pero especialmente en aquellos tiempos, han existido grandes bibliotecas donde uno pudiera encontrar con facilidad el libro que quería. Tras la fantasía de la biblioteca borgiana en la que cada libro gana una misteriosa cualidad y, como consecuencia, la propia biblioteca se reviste de una poesía ajustada a la confusión del mundo y de una aureola metafísica de infinitud, están esas grandes bibliotecas que contienen innumerables libros, tantos como para que sea imposible leerlos todos. Borges era director de una biblioteca así en Buenos Aires. Pero en mi juventud no había ni en Estambul ni en toda Turquía ni una sola de esas bibliotecas abierta para el aficionado a los libros. En cuanto a libros en lenguas extranjeras, no los había en ninguna. Si quería aprender de todo, convertirme en alguien ilustrado y profundo y librarme de los límites asfixiantes que guardaban las prohibiciones, el título de literato y las amistades y grupos de la literatura nacional, debía formarme mi propia gran biblioteca.

Entre 1970 y 1990, después de escribir, mi principal ocupación consistió en comprar libros para formarme una biblioteca que contuviera todos los libros importantes y útiles dignos de interés. Mi padre me daba una buena cantidad de dinero para gastos. A partir de los dieciocho años convertí en costumbre el ir una vez por semana al mercado de libros de Beyazit. Me pasaba horas, días, en aquellas tiendas calentadas a duras penas por pequeñas estufas eléctricas, rebosantes de pilas de libros sin clasificar y en las que todo el mundo, desde el dependiente y el dueño hasta el visitante ocasional o el aficionado buscador de libros, tenía aspecto de ser muy pobre. Entraba en una tienda que vendía libros de segunda mano; inspeccionaba uno por uno todos los estantes y todos los libros; escogía uno de historia sobre las relaciones otomano-suecas en el siglo XVIII, o las memorias del director médico del Hospital Psiquiátrico de Bakirköy, o las notas de un periodista testigo de un golpe de Estado frustrado, o una monografía sobre los edificios otomanos en Macedonia, o una antología en turco de las memorias del viaje de un alemán que había venido a Estambul en el siglo XVII, o las reflexiones de un catedrático de la facultad de medicina de Çapa sobre la neurosis maniaco-depresiva y la predisposición a la esquizofrenia, o el diván de un olvidado poeta otomano comentado y traducido al turco de nuestros días, o un libro de propaganda ilustrado con fotografías en blanco y negro sobre las carreteras, edificios y parques construidos por la diputación de Estambul en los años cuarenta; regateaba con el dependiente y me lo compraba. Al principio reunía todos los clásicos de las literaturas universal y turca -aunque para la literatura turca sería más apropiado decir "libros importantes"-. Los otros, pensaba que ya los leería algún día, como los clásicos. Pero incluso mi madre, preocupada por lo mucho que leía, se daba cuenta de que compraba más libros de los que podía leer. "Por lo menos no compres más sin haberte acabado los que has comprado ahora", decía bastante harta.

No compraba los libros como un coleccionista, sino como alguien inquieto que quisiera comprender lo antes posible, leyéndolo todo, el sentido del mundo y por qué Turquía era tan pobre y problemática. Con poco más de veinte años era incapaz de dar una respuesta satisfactoria a los amigos que venían a la casa en que vivía con mis padres y me preguntaban para qué compraba aquellos libros que iban llenando a toda velocidad cada uno de los cuartos. El motivo de la casa en los cuentos populares de Gümüshane; la trastienda de la rebelión de Ethem el circasiano contra Atatürk; un listado de asesinatos políticos en la época constitucional; la historia de la cacatúa de Abdülhamit, comprada por el embajador en Londres por encargo del sultán y enviada desde Inglaterra a Turquía; ejemplos de cartas de amor para tímidos; la historia de la introducción de las tejas de Marsella en Turquía; las memorias políticas del médico que fundó el primer hospital para tuberculosos; una Historia del Arte Occidental de ciento cincuenta páginas escrita en los años treinta; los apuntes de clase del comisario que enseñaba a los estudiantes de la escuela de policía las maneras de combatir a los pequeños delincuentes callejeros como carteristas, timadores y descuideros; los seis tomos de memorias de un antiguo presidente de la república, llenos de documentos; la influencia en la pequeña empresa moderna de la ética de los gremios otomanos; la historia, los secretos y la genealogía de los jeques de la cofradía de los cerrahi; las memorias del París de los años treinta de un pintor olvidado por todos; las intrigas de los comerciantes para elevar el precio de las avellanas; las quinientas páginas de duras críticas de un movimiento marxista turco prosoviético a otro movimiento prochino y proalbanés; el cambio de la ciudad de Eregli tras la apertura de las fábricas de hierro y acero; el libro para niños titulado Cien turcos famosos, la historia del incendio de Aksaray; una selección de columnas de entreguerras de un periodista totalmente olvidado hacía treinta años; la historia bimilenaria comprimida en doscientas páginas de una pequeña ciudad de la Anatolia Central que no era capaz de localizar en el mapa de un primer vistazo; la afirmación de un maestro jubilado que pretendía, a pesar de no saber inglés, haber resuelto el misterio de quién era el asesino de Kennedy sólo leyendo la prensa turca; ¿de verdad me interesaba tanto todo aquello como para leérmelo de principio a fin? En años posteriores volvería a encontrarme con esa pregunta: siempre me tomaba en serio interpelaciones del tipo: "Orhan Bey, ¿se ha leído todos los libros de su biblioteca?". "Sí", contestaba. "Y, si no me los he leído todos, puede que algún día me sirvan de algo".

Como puede comprenderse por esa respuesta que daba con tanta seriedad, en mi juventud mi relación con los libros se limitaba al optimista punto de vista del positivista irredento que cree que podrá dominar el mundo gracias a sus conocimientos. Puede que algún día usara aquella información en una novela. En mí había algo de la resolución del personaje autodidacta de La náusea de Jean-Paul Sartre, que se lee todos los libros de la biblioteca de una ciudad de la A a la Z, y de Peter Klein, el personaje de Auto de fe de Elias Canetti que se enorgullece de sus libros como un militar de sus ejércitos y que recibe su fuerza de ellos. La idea de la biblioteca de Borges para mí no era una fantasía metafísica que aludía a la infinitud del mundo, sino la mismísima biblioteca que me estaba formando en mi casa de Estambul libro a libro.

Encargué al instante un libro sobre fundamentos legales de la economía agraria del Imperio Otomano en los siglos XV y XVI. Gracias a él supe, leyendo los impuestos que se aplicaban a las pieles de tigre, que por aquel entonces había tigres en Anatolia. Gracias a los pesados volúmenes de su correspondencia desde el exilio supe que el poeta decimonónico Namik Kemal, combativo, patriota, romántico y educador (¡el Victor Hugo turco!), protagonista imprescindible de los manuales escolares y de los chistes verdes de estudiantes, era un malhablado con la boca podrida. Compraba en cuanto lo veía las divertidas memorias políticas de un ex diputado que había sufrido prisión, el recuento de los casos más curiosos de incendios y accidentes de tráfico que se había encontrado a lo largo de su vida laboral un asegurador, los recuerdos de una diplomática bastante pija que había sido compañera mía de clase. Me daba cuenta de que al ocuparme sólo de los libros me perdía la otra parte de la vida y en venganza de la vida que se me escapaba compraba más libros. Ahora, muchos años después, comprendo que pasé horas muy felices en las frías librerías haciendo amistad con el dependiente que me ofrecía un té y hurgando en el fondo de pilas de libros viejos.

Después de pasarme unos diez años escarbando en las librerías de viejo y en el mercado de libros, a finales de los setenta concluí que por mis manos debían de haber pasado todos los libros escritos en alfabeto latino desde principios de la República. A veces calculaba que desde 1928, año en que toda la nación pasó del alifato árabe al alfabeto latino por deseo de Atatürk, debían de haberse publicado, como mucho, cincuenta mil libros. En 2008 aquella cifra apenas había superado los cien mil. El plan secreto que se escondía tras mi ansia por comprar libros quizá fuera el de reunirlos todos en mi casa... Pero la mayoría los compraba por el impulso del momento. En mi manera de comprar los libros uno a uno había algo que se parecía a construir una casa piedra a piedra.

A principios de los ochenta podía ver a otros como yo no sólo en los libreros de viejo sino también en las principales librerías de la ciudad. Hablo de los que se pasaban cada tarde por la librería a las cinco o las seis de la tarde, le preguntaban al dependiente: "¿Qué hay de nuevo hoy?" y examinaban una a una las novedades que habían llegado ese día. Hoy, en el año 2008, la cifra se ha multiplicado por tres, pero en los ochenta se publicaban en Turquía unos tres mil libros anuales de media. Cerca de la mitad de estos libros, de los que vi una gran mayoría, eran traducciones. Como no se importaban demasiados libros de fuera intentaba enterarme de lo que ocurría en la literatura mundial a través de esas traducciones, en general descuidadas y hechas a toda prisa.

En los setenta las estrellas de las librerías eran los grandes volúmenes históricos que investigaban las raíces del "atraso" de Turquía, de su pobreza y de sus crisis políticas y sociales. Aquellas pretenciosas historias modernas, escritas con un lenguaje airado, al contrario que las antiguas historias otomanas, de las cuales cada día se editaba alguna nueva en alfabeto moderno -me las compraba todas-, no nos acusaban demasiado por los desastres que se nos habían caído encima, sino que atribuían nuestra pobreza, nuestra falta de formación y nuestro "atraso" o a fuerzas extranjeras o, ya entre nosotros, a un puñado de retorcidos villanos y, quizá por eso, se leían y gustaban mucho. También compraba sin dejar que se me escaparan los libros de historia, las memorias o las novelas que demostraban que "detrás" de tantos golpes militares de la historia reciente, de los movimientos políticos, de las derrotas militares de los años del desplome del Imperio Otomano y de los interminables crímenes políticos, había un "misterio", una conspiración maligna, un juego de las potencias internacionales. Historias de la ciudad escritas por maestros jubilados y publicadas por los propios autores o por los ayuntamientos; memorias de idealistas médicos, ingenieros, funcionarios de Hacienda, diplomáticos o políticos; biografías de estrellas cinematográficas; libros sobre las cofradías religiosas y sus jeques; volúmenes que revelaban la cara oculta de los masones y sus nombres; compraba todos aquellos libros que contenían algo de humor, algo de la vida, algo de la realidad o, al menos, algo de Turquía.

De niño leí con mucho agrado libros sobre Atatürk escritos por sus compañeros o por miembros de su círculo más íntimo. Al contrario que aquellos libros escritos por gente que conoció a Atatürk y lo apreciaban de veras, la imagen de Atatürk fue convertida por las generaciones posteriores en la de un superhombre autoritario a causa de las prohibiciones que nos impedían ver sus facetas más humanas y escribir sobre ellas, y la mayor parte de las veces su respetable nombre ha sido mal usado para legitimar la opresión política y las prohibiciones. A causa de las prohibiciones existentes hoy en día en Turquía, es imposible hablar de Atatürk en una novela como de una persona normal o escribir una biografía convincente sin acabar en los tribunales. No obstante, cada año se escriben cientos de libros sobre él. Quizá porque, como ocurre con los libros sobre el islam, las prohibiciones han simplificado una materia difícil y compleja que ahora les resulta muy cómoda a los autores.

A mediados de los setenta, cuando dejé de lado mi sueño de ser pintor y arquitecto, en Turquía se publicaban unas cuarenta o cincuenta novelas al año. Las examinaba todas, me compraba la mayoría por si me servían de algo algún día y las hojeaba, más que por sus valores literarios, por los detalles de la vida en el campo, los paisajes de la vida en provincias y los fragmentos de vida en Estambul y en Turquía entera que contenían. El famoso crítico de los cincuenta Nurullah Ataç, que por un lado defendía en voz alta que debíamos imitar la civilización occidental en todo -especialmente la cultura francesa- y que por otro no podía evitar burlarse de las tonterías que hacían los escritores no demasiado ilustrados que imitaban a los franceses, escribió que en un país como el nuestro a veces era necesario comprar los libros que se publicaban aunque sólo fuera como apoyo al autor y al editor. Y yo seguía su consejo.

Hojeando y leyendo aquellos libros, por un lado sentía el placer de pertenecer a una cultura, a una historia, y por otro me ponía tan contento pensando en los que yo escribiría en el futuro. Pero a veces me dejaba arrastrar lentamente por una cierta tristeza, por un pesimismo peligroso. En un libro me distraían los frecuentes errores de imprenta y el descuido del autor y el editor; en otro lamentaba que un tema que podría haber sido tratado de una forma mucho más inteligente y rica, el autor lo había matado con su prisa, su ira y su ansiedad. En realidad también el tema lo encontraba un tanto tonto y patético... Asimismo me daba pena que tal libro estúpido y sin valor fuera tan apreciado y que nadie apreciara ese otro tan interesante y fascinante...

Todos aquellos sentimientos disparaban una preocupación mucho mayor y más profunda y en mi mente comenzaba a crecer y espesarse lentamente la nube de la destructora duda con la que han luchado a lo largo de sus vidas los intelectuales de los países no occidentales: ¿Qué importancia podía tener que supiera que en los siglos XV y XVI los tigres habían campado por sus respetos en Anatolia? ¿Qué sentido tenía saber la influencia de la literatura india en la poesía de Asaf Halet Çelebi, un poeta que ni siquiera el lector turco conocía bien? Tampoco me parecía tan importante saber que detrás de los saqueos de las casas y las tiendas de las minorías ortodoxa y judía y los asesinatos de sacerdotes de los días 6 y 7 de septiembre de 1955 en Estambul estaban tanto los servicios secretos turcos como los ingleses, que no querían que Chipre fuera completamente griego, ni leer lo que hablaron Atatürk y el Sha de Persia durante un paseo por el Bósforo. Notaba la inutilidad del esfuerzo de todos los que habían escrito monografías, novelas y libros de historia sobre aquellos temas. Como el historiador Faruk, uno de los protagonistas de mi segunda novela, La casa del silencio, que leía documentos centenarios en los archivos otomanos y que recordaba todos los hechos sin olvidar ni uno, pero que era incapaz de relacionarlos, yo también, en mis momentos más pesimistas, empezaba a preocuparme por la "importancia" de los detalles de toda una historia, una cultura y una lengua que había conseguido proteger en mi biblioteca. ¿Qué importancia tenía quién había provocado el gran incendio de Esmirna? Me daba la impresión de que las razones que se ocultaban tras el golpe del 27 de mayo o la fundación del Partido Democrático después de la Segunda Guerra Mundial sólo le interesaban a tres o cuatro tipos como yo. ¿Quizá porque la cultura turca estaba demasiado politizada? ¿O porque generalmente se expresaba a través de la política la vida del país? ¿O bien porque el estar lejos del centro y el sentimiento de provincianismo provocaban que para ti perdiera su valor tu propia biblioteca nacional?

La idea de que los hechos de los libros con los que tan a gusto llenaba los cuartos de mi casa no fueran tan importantes para otras naciones, para el resto del mundo, como me habría gustado, me ponía de mal humor con una cierta sensación de inutilidad. Pero a los veinte años, aunque de vez en cuando me molestara que mi universo se encontrara tan lejos del centro del mundo, esa sensación no me impedía amar mi biblioteca. A los treinta, cuando fui a los EE UU y me encontré con la riqueza de otras bibliotecas y otras culturas, me dio pena ver lo poco que se sabía en el mundo de la cultura turca y de su biblioteca. Al mismo tiempo, ese dolor era para mí una advertencia como novelista que me aconsejaba que diferenciara mejor entre los aspectos transitorios y los fundamentales de mi cultura y mi biblioteca y que observara más "profundamente" la vida y mis libros.

En La lentitud de Milan Kundera hay un personaje checo que en una reunión internacional empieza a hablar cada vez que puede diciendo "en mi país..." y que precisamente por eso resulta gracioso. Con toda la razón, los demás desprecian a dicho personaje porque es incapaz de pensar en nada que no sea su propio país y porque no sabe ver la relación que existe entre su propia humanidad y la Humanidad entera. Pero leyendo la novela yo no me identificaba con los que despreciaban al que decía "en mi país..." sino con ese personaje ridículo. No para ser como él, sino para no serlo. En los años ochenta comprendí que sólo podría -por decirlo en palabras de los personajes de El libro negro- "ser yo mismo" no despreciando la miseria de aquel a quien Naipaul llamaba "el hombre imitación" a causa de todo lo que hace por librarse del provincianismo y la opresión, sino identificándome con él y comprendiéndolo.

Como los turcos nunca hemos sido a lo largo de nuestra historia una colonia occidental, imitar a Occidente, como quería Atatürk, nunca ha sido algo humillante y agobiante, como sugieren Kundera, Naipaul o Edward Said, sino una parte importante de la identidad turca moderna. Lo que le demuestra al lector turco la simpática ridiculez de Efruz Bey, el más querido -o más odiado- de los personajes literarios turcos creados para criticar la pijería y el esnobismo del ansia por occidentalizarse, no es la riqueza imprescindible de la biblioteca turca, sino sólo que el cuentista nacionalista y polemista Ömer Seyfettin (1884-1920), que a veces llegaba a creer en el racismo de la sangre, veía el occidentalismo como un movimiento de una clase alta despegada del pueblo.

En estos asuntos me siento próximo a Dostoievski, que se enfurecía con los intelectuales rusos porque conocían mejor Europa que Rusia. Pero tampoco puedo darle toda la razón en esa furia que le llevó a odiar a Turguenev. Porque sé por mí mismo que detrás de que Dostoievski se dedicara con tanto entusiasmo a la defensa de la cultura rusa y del misticismo ortodoxo -¿lo llamamos la biblioteca rusa?- subyace una reacción sentimental a que los intelectuales rusos desconocieran toda aquella cultura, y no sólo los occidentales.

A lo largo de los treinta y cinco años que llevo escribiendo novelas he aprendido a no tirar en un rincón por ridículos ninguno de los libros de mi biblioteca turca, ni siquiera los más tontos, provincianos, fuera de lugar y de época, pasados de moda, absurdos, erróneos o raros. Pero el secreto de que me gusten no consiste en que los lea como a sus autores les habría gustado, sino en leer esos libros extraños, inconexos y en ocasiones extraordinariamente bellos, poniéndome en el lugar de sus autores. La vía para huir del provincianismo no está en huir del campo, sino en identificarse hasta el final con ese sentimiento. Así fue como aprendí a sumergirme en profundidad en mi biblioteca, cada vez más grande, y, al mismo tiempo, a mantener las distancias con ella. Fue así como comprendí a partir de los cuarenta años que la razón más poderosa para que me gustara mi biblioteca radicaba en que ni los occidentales ni los turcos la conocían.

Ahora me dicen: "Ha ganado usted el Nobel, este año es el año de Turquía en la Feria del Libro de Francfort, ¿podría presentarnos su biblioteca de libros turcos?". Estoy dispuesto a hacerlo, a conseguir que guste la biblioteca turca, pero me da miedo perderle el cariño que le tengo al hacerlo. (Babelia, 11/10/08)





http://www.elpais.com/recorte/20061224elpdmgrep_14/LCO340/Ies/Orhan_Pamuk.jpg
Ohran Pamuk, Premio Nobel de Literatura




"Internet cambia la forma de leer... ¿y de pensar?", por Abel Grau

La lectura en horizontal, a saltos rápidos y muy variados se ha extendido - ¿Puede la Red estar reeducando nuestro cerebro?

Internet ya es para muchos el mayor canal de información. Cada vez es superior el tiempo empleado en navegar, ya sea para leer las noticias, revisar el correo, ver vídeos y escuchar música, consultar enciclopedias, mapas, conversar por teléfono y escribir blogs. En definitiva, la Red filtra gran parte de nuestro acceso a la realidad. El cerebro humano se adapta a cada nuevo cambio e Internet supone uno sin precedentes. ¿Cuál va a ser su influencia? Los expertos están divididos. Para unos, podría disminuir la capacidad de leer y pensar en profundidad. Para otros, la tecnología se combinará en un futuro próximo con el cerebro para aumentar exponencialmente la capacidad intelectual.

Uno de los más recientes en plantear el debate ha sido el ensayista estadounidense Nicholas G. Carr, experto en Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), y asesor de la Enciclopedia británica. Asegura que ya no piensa como antes. Le sucede sobre todo cuando lee. Antes se sumergía en un libro y era capaz de zamparse páginas y páginas hora tras hora. Pero ahora sólo aguanta unos párrafos. Se desconcentra, se inquieta y busca otra cosa que hacer. "La lectura profunda que solía suceder de forma natural se ha convertido en un esfuerzo", señala Carr en el provocador artículo Is Google making us stupid? (¿Está Google volviéndonos tontos?), publicado en la revista The Atlantic. Carr achaca su desorientación a una razón principal: el uso prolongado de Internet. Está convencido de que la Red, como el resto de medios de comunicación, no es inocua. "[Los medios] Suministran el material del pensamiento, pero también modelan el proceso de pensar", insiste.

"Creo que la mayor amenaza es su potencial para disminuir nuestra capacidad de concentración, reflexión y contemplación", advierte Carr, a través del correo electrónico. "Mientras Internet se convierte en nuestro medio universal, podría estar readiestrando nuestros cerebros para recibir información de manera muy rápida y en pequeñas porciones", añade. "Lo que perdemos es nuestra capacidad para mantener una línea de pensamiento sostenida durante un periodo largo".

El planteamiento de Carr ha suscitado cierto debate en foros especializados, como en la revista científica online Edge.org, y de hecho no es descabellado. Los neurólogos sostienen que todas las actividades mentales influyen a un nivel biológico en el cerebro; es decir, en el establecimiento de las conexiones neuronales, la compleja red eléctrica en la que se forman los pensamientos. "El cerebro evolucionó para encontrar pautas. Si la información se presenta en una forma determinada, el cerebro aprenderá esa estructura", detalla desde Londres Beau Lotto, profesor de neurociencia en el University College de Londres. Y añade una precisión: "Luego habría que ver si el cerebro aplica esa estructura en el modo de comportarse frente a otras circunstancias; no tiene por qué ser así necesariamente, pero es perfectamente posible".

Lo que queda por ver es si esta influencia va a ser negativa, como vaticina Carr, o si va a ser el primer paso para integrar la tecnología en el cuerpo humano y ampliar las capacidades del cerebro, como predice el inventor y experto en inteligencia artificial Raymond Kurzweil. "Nuestras primeras herramientas ampliaron nuestro alcance físico, y ahora extienden nuestro alcance mental. Nuestros cerebros advierten de que no necesitan dedicar un esfuerzo mental (y neuronal) a aquellas tareas que podemos dejar a las máquinas", razona Kurzweil desde Nueva Jersey. Y cita un ejemplo: "Nos hemos vuelto menos capaces de realizar operaciones aritméticas desde que las calculadoras lo hacen por nosotros hace ya muchas décadas. Ahora confiamos en Google como un amplificador de nuestra memoria, así que de hecho recordamos peor las cosas que sin él. Pero eso no es un problema porque no tenemos por qué prescindir de Google. De hecho, estas herramientas se están volviendo más ubicuas, y están disponibles todo el tiempo".

Oponer cerebro y tecnología es un enfoque erróneo, según coincide con Kurzweil el profesor John McEneaney, del Departamento de Lectura y Artes lingüísticas de la Universidad de Oakland (EE UU). "Creo que la tecnología es una expresión directa de nuestra cognición", discurre McEneaney. "Las herramientas que empleamos son tan importantes como las neuronas de nuestros cráneos. Las herramientas definen la naturaleza de la tarea para que las neuronas puedan hacer el trabajo".

Carr insiste en que esta influencia será mucho mayor a medida que aumente el uso de Internet. Se trata de un fenómeno incipiente que la neurología y la psicología tendrán que abordar a fondo, pero de momento un informe pionero sobre hábitos de búsqueda de información en Internet, dirigido por expertos del University College de Londres (UCL), indica que podríamos hallarnos en medio de un gran cambio de la capacidad humana para leer y pensar.

El estudio observó el comportamiento de los usuarios de dos páginas web de investigación, uno de la British Library y otro del Joint Information Systems Comittee (JISC), un consorcio educativo estatal que proporciona acceso a periódicos y libros electrónicos, entre otros recursos. Al recopilar los registros, los investigadores advirtieron que los usuarios "echaban vistazos" a la información, en vez de detenerse en ella. Saltaban de un artículo a otro, y no solían volver atrás. Leían una o dos páginas en cada fuente y clicaban a otra. Solían dedicar una media de cuatro minutos por libro electrónico y ocho minutos por periódico electrónico. "Está claro que los usuarios no leen online en el sentido tradicional; de hecho, hay indicios de que surgen nuevas formas de lectura a medida que los usuarios echan vistazos horizontalmente a través de títulos, páginas y resúmenes en busca de satisfacciones inmediatas", constata el documento. "Casi parece que se conectan a la Red para evitar leer al modo tradicional".

Los expertos inciden en que se trata de un cambio vertiginoso. "La Red ha provocado que la gente se comporte de una manera bastante diferente con respecto a la información. Esto podría parecer contradictorio con las ideas aceptadas de la biología y la psicología evolutivas de que el comportamiento humano básico no cambia de manera súbita", señala desde Londres el profesor David Nicholas, de la Facultad de Información, Archivos y Bibliotecas del UCL. "Hay un consenso general en que nunca habíamos visto un cambio a esta escala y rapidez, así que éste podría muy bien ser el caso [de un cambio repentino]", añade, citando su ensayo Digital consumers.

Se trata de una transformación sin precedentes porque es un nuevo medio con el potencial de incluir a todos los demás. "Nunca un sistema de comunicaciones ha jugado tantos papeles en nuestras vidas -o ejercido semejante influencia sobre nuestros pensamientos- como Internet hace hoy", incide Carr. "Aun así, a pesar de todo lo que se ha escrito sobre la Red, se ha prestado poca atención a cómo nos está reprogramando exactamente".

Esta alteración de las maneras de buscar información y de leer no sólo afectaría a los más jóvenes, a los que se les supone mayor número de horas conectado, sino a individuos de todas las edades. "Lo mismo les ha sucedido a maestros, profesores y médicos de cabecera. Todo el mundo muestra un cpomportamiento de saltos y lecturas por encima", precisa el informe.

Carr insiste en que una de las cuestiones clave es el modo de lectura "superficial" que va ganando terreno. "En los tranquilos espacios abiertos por la lectura de un libro, sostenida y sin distracciones, o por cualquier otro acto de contemplación, establecemos nuestras propias asociaciones, extraemos nuestras propias inferencias y analogías, y damos luz a nuestras propias ideas". El problema es que al impedir la lectura profunda se impide el pensamiento profundo, ya que uno es indistinguible del otro, según escribe Maryanne Wolf, investigadora de la lectura y el lenguaje de la Tufts University (EE UU) y autora de Cómo aprendemos a leer (Ediciones B). Su preocupación es que "la información sin guía pueda crear un espejismo de conocimiento y, por ello, restrinja los largos, difíciles y cruciales procesos de pensamiento que llevan al conocimiento auténtico", señala Wolf desde Boston.

Más allá de las advertencias sobre los hipotéticos efectos de Internet sobre la cognición, científicos como Kurzweil dan la bienvenida a esta influencia: "Cuanto más confiamos en la parte no biológica (es decir, las máquinas) de nuestra inteligencia, la parte biológica trabaja menos, pero la combinación total aumenta su inteligencia". Otros discrepan de esta predicción. La mayor dependencia de la Red conllevaría que el usuario se vuelva vago y, entre otras costumbres adquiridas, confíe completamente en los motores de búsqueda como si fueran el grial. "Lo utilizan como una muleta", señala el profesor Nicholas, que recela de que esa herramienta sirva para liberar al cerebro de las tareas de búsqueda para poder emplearse en otras.

Carr va más allá y asegura que el tipo de lectura "vistazo" beneficia a las empresas. "Sus ingresos aumentan a medida que pasamos más tiempo conectados y que aumentamos el número de páginas y de los elementos de información que vemos", razona. "Las empresas tienen un gran interés económico en que aumentemos la velocidad de nuestra ingesta de información", añade. "Eso no significa que deliberadamente quieran que perdamos la capacidad de concentración y contemplación: es sólo un efecto colateral de su modelo de negocio".

Otros expertos matizan bastante el pronóstico de Carr. El experto en tecnología Edward Tenner, autor de Our own devices: how technology remake humanity (Nuestros propios dispositivos: cómo la tecnología rehace a la humanidad), se suma a la crítica de Carr pero añade que no tiene por qué ser irreversible. "Coincido con la preocupación por el uso superficial de Internet, pero lo considero como un problema cultural reversible a través de una mejor enseñanza y un mejor software de búsqueda, y no como una deformación neurológica", explica desde Nueva Jersey (EE UU). "Sucede como con la gente que está acostumbrada a los coches y a las tumbonas pero entiende la importancia de hacer ejercicio".

En definitiva, científicos como Kurzweil destacan el potencial de Internet como herramienta de conocimiento. "La Red ofrece la oportunidad de albergar toda la computación, el conocimiento y la comunicación que hay. Al final, excederá ampliamente la capacidad de la inteligencia humana biológica". Y concluye: "Una vez que las máquinas puedan hacer todo lo que hacen los humanos, será una conjunción poderosa porque se combinará con los modos en los que las máquinas ya son superiores. Pero nos mezclaremos con esta tecnología para hacernos más inteligentes".

Un informe pionero del University College de Londres sobre hábitos de búsqueda de información en Internet distingue mitos y realidades sobre el uso que hacen los jóvenes. Una de las ideas que subyace en todas las conclusiones es que la destreza digital no equivale a destreza informativa, es decir, a saber cómo buscar información y transformarla en conocimiento.

1. Los usuarios jóvenes no suelen comprender bien sus necesidades informativas y por tanto les resulta difícil desarrollar estrategias de búsqueda efectivas.

2. Tienen un mapa mental poco sofisticado de lo que es Internet. No logran entender que se trata de una colección de recursos en red procedentes de diferentes fuentes. Así, los motores de búsqueda, ya sean Yahoo! o Google, se convierten en la primera marca que asocian con Internet.

3. Son en general más competentes con la tecnología que la generación anterior, aunque los adultos se ponen rápidamente al día. Emplean, sin embargo, menos aplicaciones digitales de lo que se cree.

4. Prefieren sistemas interactivos y le dan la espalda al consumo pasivo de información. Prefieren la visual sobre la textual.

5. Son la generación del corta y pega. Abundan los casos de plagios de diversas fuentes en los trabajos encargados.

6. Prefieren, como los adultos, la información despiezada, en vez de textos completos.

7. No son expertos buscadores. (El País, 10/10/08)





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Internautas de andar por casa




"Sepa de libros sin leer ni una línea", por Íker Seisdedos

Para ser sinceros, aquel ejemplar de El ser y la nada, de Jean-Paul Sastre, encuadernado en piel y de letra enana, fue mucho más paseado por las campas de la universidad que leído. Y aunque se hizo lo que se pudo con el primero de los ocho volúmenes de En busca del tiempo perdido, a veces, cuando sale el tema, a uno le resulta invencible la tentación de mentir al recordar "aquel verano que se fue en engullir la gran obra de Proust enterita". Y si es cierto que en las brumas de la memoria se ocultan tardes de infancia, reales o inducidas por los recuerdos, con un Moby Dick ilustrado entre las manos, también lo es que, aparte del dichoso arranque ("Llámame Ismael") y de Zelig -filme de Woody Allen cuyo argumento echa a andar precisamente con un tipo que miente al asegurar que ha leído la novela-, el conocimiento que hoy me queda de la inmortal obra tiende a cero.

Hay cosas peores y más útiles, sin duda, que engañar al prójimo sobre si se ha leído esta novela universal o aquel poemario revelador. Bien, pues ahora podrá hacerlo. Con todas las de la ley. Gracias a un libro de próxima publicación en España que no sólo demuestra que es posible hablar, pontificar incluso, de lo que no se ha leído, sino que anima y enseña a hacerlo. Algo bien útil, si se atiende a los datos: un ser humano falta a la verdad unas 60 veces por día y se publican más de 70.000 títulos al año sólo en España.

Convivir con la impostura, relajarse y afinar el tan extendido oficio de la mentira literaria es la utilidad de Cómo hablar de los libros que no se han leído (Anagrama), uno de los lanzamientos más irreverentes del otoño literario. Una gamberrada -de cierto tono intelectual, eso sí- que ha sido un éxito en Francia (50.000 ejemplares vendidos) y en Alemania, así como un best-seller allá donde se ha traducido al inglés y vendido bajo el eslogan "¡Si no piensa leer ningún libro este año, que sea éste!".

El librito bien podría haber sido escrito por un británico. Nick Hornby, por ejemplo, autor de un añorado diario de lecturas en la revista The Believer, en el que la lista de los libros leídos decía tanto como la de los comprados para ser aparcados sine die. Y, sin embargo, el ensayo que nos ocupa es la original propuesta de un francés: Pierre Bayard, avispado profesor de literatura de la Universidad de París y psicoanalista, además autor de varias novelas, leídas o no.

Su misión al escribir este ensayo era, según recuerda en vísperas de su llegada a las mesas españolas de novedades, "reflexionar sobre la esencia de la lectura", despojar a los libros "de su condición de objetos sagrados", "de aterradoras llaves para ingresar en el mundo de la cultura". Y, ya puestos, "introducir la libertad y desterrar la culpa de la ecuación".

Para tamaños propósitos, Bayard emplea la forma de un libro de autoayuda (ya desde el título), un toque de humor y cierta arrogancia que, si se piensa, no dista mucho de la de aquel otro éxito de ventas llamado El canon occidental, por el que el muy erudito Harold Bloom fue criticado al sacarse de encima siglos de literatura en unos pocos centenares de páginas (que tampoco hubo manera de leer de principio a fin, si quieren saberlo).

"Lo que desde luego no es", se apresura a aclarar Bayard al teléfono desde Tokio, "es un libro contra la lectura, ni una apología de la incultura. Yo soy un amante de la literatura y vivo rodeado de libros. Pero no me parece razonable el modo en el que funcionan las cosas. No puede haber sólo dos maneras de afrontar un libro: leerlo o no leerlo. Hay un vasto espacio intermedio. Incluso los libros que se hojearon o se dejaron a medias pueden determinar la vida de uno. Pocos creyentes han leído la Biblia de cabo a rabo y fíjese cuánto ha influido".

En un extremo de la gama de grises literarios de Bayard, el "primer sorprendido por el éxito internacional" de su ensayo, se colocan los libros que ni se conocen. Lo cual, claro, no es impedimento para opinar sobre ellos. Un personaje de la monumental El hombre sin atributos, de Robert Musil, K2 de la literatura centroeuropea y acaso una de las obras más citadas con menor conocimiento, sirve para concluir: "Leer un libro en particular es una pérdida de tiempo comparado con poseer una perspectiva de la literatura en general". Luego llegará el turno de los volúmenes únicamente hojeados, aquellos de los que tan sólo se ha oído hablar y los que se leyeron hace tanto tiempo como para haber sido olvidados.

Como la sinceridad comienza en uno mismo, Bayard la adopta con los libros que van saliendo a colación (la mayoría, de esos que hay que buscar en la biblioteca de nuestras cabezas en la zona de "imprescindibles", y justo en la balda de "pendientes").

No, Bayard no pasó de hojear Hamlet, de Shakespeare (aunque la defina "como la mejor obra del canon inglés"), ni tan siquiera los Ensayos de Montaigne. Y sí, ha oído unas cuantas cosas de El paraíso perdido, de Milton; las suficientes para parlotear acerca de él llegado el caso. "La voz que conduce al lector por el ensayo no soy exactamente yo", se excusa el autor. "Tiene una parte mía, sin duda... Pero es, en cierto modo, como cuando escribes una novela negra. No significa necesariamente que tú seas el asesino".

Suyos sí son los consejos para salir airoso de los trances de un lector medianamente embustero; esas cenas de sábado noche, las conversaciones casuales en la librería, los corrillos al final de una conferencia o las entrevistas de trabajo con pregunta-trampa. No conviene avergonzarse, y si eso sucede, que no se note. Es bueno confiar en nuestros propios criterios aunque carezcan de base; después de todo, la libertad de las opiniones puede amparar cualquier cosa. Y lo mejor será basar los juicios propios en los ajenos. O, llegado el caso (extremo), acudir a la pura invención.

Y no crea que estos trucos están destinados sólo a los lectores aficionados o a los estudiantes que motivaron a Bayard a emprender el proyecto. Se trata de un protocolo de actuación también (y sobre todo) para profesores ("el oficio más expuesto a hablar de lo que no se sabe", explica el escritor), así como para críticos y periodistas culturales. Por si no había reparado en ello, unos enormes mentirosos.

Aunque no hay malicia en su comportamiento, según Bayard, sino pura higiene mental e instinto de supervivencia. Los suplementos de libros de los sábados tratan más novedades de las que una redacción puede humanamente digerir en una sola semana. Eso sin contar relecturas, rescates y citas tangenciales. Desde la comprensión y la piedad, Bayard sale en defensa de un gremio que, dicho sea de paso, tampoco trató especialmente bien su libro cuando se publicó en Francia ("hubo quienes entendieron la humorada y quienes no", explica).

La excusa para los críticos literarios ya estaba, en realidad, en el socorrido Oscar Wilde y la cita que abre el ensayo ("Nunca leo un libro que deba reseñar; despierta tanto mis prejuicios..."), y que permite a Bayard acabar concluyendo esto: que al hablar de un libro no leído (antes de seguir debería de saber que está a punto de conocer el final de la historia), "el lector, libre del peso de las palabras ajenas, podría encontrar la fuerza de inventar su propio texto y, entonces, convertirse en un escritor".

Puede sonar tramposo. Pero ya se sabe que siempre hay una cita de Oscar Wilde para cualquier circunstancia. Para apoyar la teoría en cuestión y justo la contraria. Un ejemplo: "El valor de una idea no tiene nada que ver con la sinceridad del hombre que la expone", escribió el irlandés.

Porque, para ser sinceros, en la confección de este reportaje, Cómo hablar de libros que no se han leído fue tan sólo hojeado. "Ya lo suponía", dijo el autor al saberlo. "Yo habría hecho lo mismo". (El País Semanal,05/10/08)





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El símbolo de Atenea, diosa de la Sabiduría





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