domingo, 4 de febrero de 2024

De los males de Occidente

 









Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo. La dolencia colectiva de Occidente, afirma en El País el analista político Wolfgang Münchau, se puede definir como una falta de enfoque estratégico, con dos graves desafíos que no está abordando: el crecimiento y la desigualdad. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com








Cuando el trastorno por déficit de atención afecta a la política
WOLFGANG MÜNCHAU
01 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

En este inicio de 2024, el panorama internacional es desolador. Ha estallado un nuevo conflicto en el mar Rojo. La situación en Ucrania no pinta bien. Y lo que es peor para nosotros en Occidente: el resto del mundo ya no está de nuestra parte. Sudáfrica y Brasil se han distanciado claramente de Occidente a causa de Israel y tampoco nos apoyaron en la cuestión de Ucrania. La India tampoco nos apoya.
La falta de respaldo mundial es una de las razones por las que las sanciones occidentales contra Rusia no funcionan. Hay bastantes países dispuestos a ayudar a desviar mercancías hacia Rusia o a comprar petróleo ruso. La prohibición de Estados Unidos de exportar semiconductores a China tampoco funciona porque el Gobierno estadounidense subestimó la inteligencia de los ingenieros chinos.
No es difícil detectar un patrón aquí. El constante gran error de Occidente es pensar que el resto del mundo cree que somos maravillosos y quiere ser como nosotros. Nuestra versión de la democracia liberal encabezó las listas de popularidad mundial tras la caída del comunismo. Eso duró una década y terminó para siempre en algún momento alrededor de la crisis financiera mundial.
En la actualidad, Occidente está inmerso en cuatro batallas monumentales: guerras subsidiarias paralelas en Ucrania, Oriente Próximo y, pronto, quizá en el estrecho de Taiwán; la lucha contra el cambio climático; la reindustrialización, y la preservación de la sociedad abierta liberal en el propio Occidente. Ahora mismo no lo estamos haciendo muy bien en ninguno de esos cuatro frentes. Como mucho, creo que podemos dedicarnos a dos de los cuatro. Mi preferencia sería la preservación de la democracia liberal y el apoyo a la innovación tecnológica para ayudarnos a reducir las emisiones de carbono, como alternativa a la imposición de objetivos inviables.
Ya no podemos permitirnos actuar como policías del mundo. En cuanto a la reindustrialización, olvídense. Sería mejor que forjáramos alianzas estratégicas con otras partes del mundo como Latinoamérica. Es lo que hizo China cuando invirtió en las minas de litio chilenas. Desgraciadamente, la UE se extralimitó en las negociaciones comerciales con Mercosur al intentar imponer sus normas medioambientales a los países que lo integran. Los países latinoamericanos se han retirado ahora de las negociaciones, cargándose de hecho este proyecto de 23 años. La era de los grandes acuerdos comerciales ha terminado. El mundo se repliega en bloques comerciales que compiten entre sí.
Occidente también está siendo atacado desde dentro. La derecha está en auge en casi todas partes. Donald Trump acaba de dar un primer gran paso para convertirse en el candidato presidencial del Partido Republicano. Simpatizo con Bernie Sanders, quien, en una entrevista con The Guardian, afirmaba que el problema subyacente era “la creencia de que el Gobierno está fallando a los estadounidenses de a pie”. Esto, en pocas palabras, es lo que está ocurriendo en todo Occidente. Los gobiernos no resuelven los problemas. En el pasado tampoco lo hacían, pero las circunstancias eran más propicias. Cuando el crecimiento económico se situaba en el 3%, como era habitual en las décadas de 1980 y 1990, y cuando los niveles de desigualdad eran más bajos, muchos problemas se solucionaban solos. Cuando un país crece, hay dinero suficiente para todos, incluso para hacer varias cosas a la vez. Pero cuando se estanca y la desigualdad es alta, un aumento de la ayuda financiera a Ucrania, por ejemplo, se produce a costa de un ferrocarril que deja de construirse en ese país. Bienvenidos al mundo de la política de suma cero.
Los gobiernos liberales salientes tienen problemas en todas partes. Joe Biden está en grave peligro de ser derrotado en noviembre. Rishi Sunak también caerá pronto en el olvido. Quizá la mayor sorpresa sea Olaf Scholz. Empezó bien, pero desde entonces se ha convertido en el canciller alemán menos popular que se recuerda, porque su Gobierno no tiene ninguna estrategia para contrarrestar la rápida desindustrialización de Alemania. En Países Bajos, el partido de Mark Rutte, el primer ministro liberal, fue derrotado por el derechista Partido por la Libertad de Geert Wilders en las elecciones del año pasado.
Los graves desafíos que Occidente no está abordando son el crecimiento y la desigualdad. La reacción contra la inmigración es una consecuencia de este fracaso. No es la causa profunda. Solíamos quejarnos de que las políticas fiscales de la era de Thatcher generaban desigualdad. La generaban, pero no era nada comparado con lo que ha sucedido desde entonces. A finales de la década de 1990, la Reserva Federal, el banco central estadounidense, empezó a rescatar a los mercados financieros recortando los tipos de interés. Desde entonces, los bancos centrales occidentales intensificaron el apoyo a los mercados financieros mediante programas de flexibilización cuantitativa en los que compraron deuda pública en cantidades sin precedentes. Al mismo tiempo, los gobiernos impusieron la austeridad para compensar la bonanza financiera de los bancos centrales. Esa combinación se convirtió en una máquina apocalíptica de desigualdad.
Lo que mejor refleja cuál era la actitud imperante es un comentario de Mario Draghi, quien fue presidente del Banco Central Europeo. Afirmó que haría lo que fuera “necesario” para salvar a la zona euro de la embestida de los inversores financieros. Entre los políticos occidentales se ha puesto de moda utilizar variantes de esa expresión. David Cameron, ministro de Asuntos Exteriores, declaró que el Reino Unido apoyará a Ucrania durante “el tiempo que haga falta”. La realidad política es que ya no podemos hacer promesas así. Occidente seguirá ayudando a Ucrania mientras una mayoría política lo quiera. En Estados Unidos, la ayuda se ha terminado. Es probable que Europa siga con ella este año, pero no indefinidamente porque, sencillamente, no hay dinero suficiente para todo.
La dolencia colectiva de Occidente se puede definir como una falta de enfoque estratégico. Esto suena casi como el diagnóstico médico del trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH). Como nos informa el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, los seres humanos afectados por el TDAH tienen problemas para concentrarse y poca capacidad de atención. Y a menudo actúan sin pensar. Wolfgang Münchau es director de eurointelligence.com























 





[ARCHIVO DEL BLOG] ¿Enseñanza o creatividad? He ahí el dilema... [Publicada el 14/04/2018]












Finalmente no hubo pacto. Y es irrelevante, porque el tema principal no se discutía: cómo transformar la enseñanza ante la inminente irrupción de la Inteligencia Artificial (IA). Algo que traerá oportunidades, pero que acabará con el trabajo, la cultura o el conocimiento que ha guiado a la Humanidad hasta aquí. Y España está repitiendo su historia de no enfrentarse a la realidad: del XVII al XIX nuestras universidades se encerraron en la Escolástica como si la revolución científico-técnica fuera "una moda pasajera". Y así nos fue. Quien así se expresa en El Mundo es el profesor Carlos Elías, catedrático de Periodismo de la Universidad Carlos III, ahora en comisión de servicios en la UNED, autor del libro El selfie de Galileo (Península, 2015).
Hace unos meses, comienza diciendo Elías, este periódico publicó un reportaje sobre si los universitarios españoles cometen más errores ortográficos. No estoy seguro de que sea relevante, añade. Los procesadores de texto corrigen las faltas. En el Siglo de Oro los escritores reproducían palabras con diferentes ortografías, pero lo valioso era su creatividad. Un robot no puede aún superarla. Las generaciones que estudian en estos momentos (desde primaria a la universidad) tendrán que ser educadas en la creatividad, no tanto en las reglas ortográficas. En inglés las clases sociales se distinguen por el acento y, obviamente, la ortografía. En castellano solo la ortografía sugería estrato cultural. La informática ha eliminado esta barrera. 
En un mundo cambiante, las universidades no deben ser selectivas, sino inclusivas. Cuando la élite nutría la universidad, un título era pasaporte seguro al empleo. Los profesores ejercían de guardianes y repartían credenciales. Ahora el título apenas cuenta y la misión de la enseñanza debe ser incentivar la creatividad, no la erudición. Cuando no existía Wikipedia, memorizar (el clásico temario que preparan los opositores, incluidos los profesores) era fundamental. Siendo importante ya no es tan relevante. En el siglo XXI el 50% del peso del examen para acceder a profesor de lengua, periodismo o cine debe ser producción literaria o audiovisual propia. Ideas originales, no solo aprender las ajenas. ¿Se debatía eso en la comisión de Educación del Congreso?
La universidad española puede ser criticable pero, en mi opinión, tiene una ventaja: no es selectiva. Más del 90% de alumnos supera la prueba de acceso, mientras que el Gaokao chino lo aprueba el 40%. En Harvard entra el 6% de las solicitudes. Excepto en ciencias e ingenierías (donde hay que resolver problemas y no basta con plantearlos), la mayoría de las titulaciones en España tiene altos índices de aprobados con poco esfuerzo. En Comunicación, por ejemplo, acaba casi el 90% de los que se matriculan. Con sistemas donde los inspectores presionan para aprobar o donde los alumnos, a través de encuestas, deciden el salario o, incluso, la renovación de un profesor, está claro que la exigencia no es un valor en alza. Pero no es malo. Grandes transformadores del XXI -desde Steve Jobs a Zuckerberg o Gates, entre otros- no acabaron la universidad. La filosofía es que "la vida te aprobará o suspenderá". En Comunicación es habitual que malos estudiantes triunfen y que buenos no lo hagan. Y esto sucede porque es un área donde la creatividad, y no la erudición, es el valor. El periodismo robot redacta noticias simples, pero no grandes reportajes ni aporta ideas nuevas.
No he conocido a un periodista o cineasta -o pintor o escultor- a quien le exijan su título universitario. Y, desde luego, menos aún a alguien contratado por tener sobresaliente en Semiótica o Teoría de la Imagen. Se le contrata si sabe escribir. Si tiene entusiasmo y curiosidad y, sobre todo, creatividad. Y ahí sí sufrimos un grave problema. ¿Cómo se aprende, por ejemplo, a escribir si durante toda la etapa educativa estos chavales no han tenido profesores que lo hayan hecho? En las oposiciones de maestros se valora más conocer las implicaciones sociales de los cuentos (erudición) que crear un relato propio. En secundaria, los profesores prefieren corregir sintaxis y ortografía que sugerirles a los chavales que escriban ensayos, cuentos o capítulos de novelas. Entre otros motivos porque con qué autoridad suspendes la poesía que te entrega un alumno si el profesor jamás ha intentado una. Para ser poeta no hace falta ser culto; para detectar una oración subordinada, sí. Pero, ¿qué es más valioso en tiempos de la IA? La selectividad valora un comentario de texto, que no deja de ser una divagación erudita -como la crítica literaria o cinematográfica- de una cofradía de pedantes sobre lo que un autor quiso decir pero que seguramente jamás pensó. ¿Cuándo se exigirá un relato propio? En Harvard el requisito indispensable para entrar es redactar un buen ensayo (y publican un volumen anual con los mejores). El año pasado Harvard (la primera en los ránkings) doctoró a Obasi Shaw con una tesis en forma de álbum de música rap. Sería impensable en España doctorar con un reportaje, una novela o una película. La Inquisición del siglo XXI -la ANECA- lo impediría. 
Todo lo que enseñamos ahora lo hará mejor la Inteligencia Artificial en unos años: desde escribir sin errores hasta estudiar historias clínicas para, a través de análisis químico-físicos, detectar enfermedades. Un algoritmo lo resolverá mejor. No se aprende a crear -arte, ideas nuevas- que es la única manera que tenemos, de momento, de competir con robots inteligentes que dominarán pronto. Un ordenador ya mejora la sintaxis de un texto; incluso redacta un comentario de texto tipo selectividad, pero aún se tardará para que pueda crear ideas originales. La LOGSE introdujo una asignatura - "Aprende a razonar"- que es lo que hacen los algoritmos. La que necesitamos es, parafraseando a Kant, una de "atrévete a pensar". ¡Y a crear!
La ventaja de la creatividad es que no conoce clases sociales. Los hijos de grandes escritores, artistas o científicos poseen cultura (es algo que las élites pueden comprar) pero no heredan su creatividad. Insistir en la ortografía perpetúa la separación de clases. Solo los estratos altos (ojo, no en lo económico sino en lo cultural; pues, a estos efectos, es más clase alta el hijo de humildes maestros que de constructores millonarios pero sin estudios) manejan un vocabulario rico y hábitos de lectura. Eso no los hace más creativos, ni más listos (Amancio Ortega no tiene titulo universitario pero tiene una gran creatividad empresarial); sino más cultos.
Lo que se valorará en unos años no es la erudición (que es lo que mide nuestra selectividad y las pruebas de acceso a profesor) sino la contextualización y, en definitiva, la creación de lo nuevo. Las carreras de letras y sociales han sido tradicionalmente elitistas, no porque cueste aprobarlas; sino porque la mochila cultural que traen de sus casas los alumnos de padres con estudios los hace destacar sobre sus compañeros. Todos alcanzan el título final, pero la selección que hace el mercado es implacable con la procedencia. Esto no pasa tanto en ciencias o ingenierías. Ninguna familia discute ecuaciones diferenciales en el desayuno. Las matemáticas es un talento que no depende tanto de la cultura del entorno. Aunque uno proceda de clase desfavorecida, sus padres pueden realizar un sacrificio y pagar clases particulares. Como hay mucho trabajo en matemáticas o ingeniería, estas titulaciones aún suponen un ascensor social. Pero no ocurre en letras o ciencias sociales. No he conocido a ningún alumno de Periodismo o de Audiovisual que necesite clases particulares para aprobar. Todos obtienen el título, pero solo trabajan los que tienen una mochila llena (de contactos, de libros leídos, de experiencias en el extranjero...). Y, sobre todo, los que demuestran creatividad. Pero en el caso español es innata y ha debido superar la experiencia castradora de la enseñanza. En la selección del profesorado (sobre todo en la ANECA) se valora más a quien estudia a Almodóvar que al propio Almodóvar. Pocos catedráticos de Periodismo o de Audiovisual se han ganado la vida (al menos un par de nóminas) en la profesión que enseñan. Y pocos alumnos pueden leer los reportajes o ver las películas creadas por sus profesores. Es un sistema burocrático encorsetado que lastra la selección de creadores. Dentro de una década se verá que la mejor tesis de Comunicación en la Complutense fue la de Amenábar (su película Tesis sobre sus profesores castradores). Pero ya será tarde para dar marcha atrás. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



















sábado, 3 de febrero de 2024

De una UE en alza

 






La UE le propina un trago amargo a Putin y Orbán
ANDREA RIZZI
03 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Euroescépticos de distinto pelaje y enemigos de la UE han tenido que tragarse esta semana, otra vez, un erizo con púas de aguda decepción. Desde aquellos que auguraban que el euro no llegaría a la edad adulta hasta los que pensaban que el proyecto comunitario se resquebrajaría en un sálvese quien pueda pandémico, la lista de logros que desmienten la idea de que la UE no puede ser un actor funcional y sólido en el mundo moderno es larga. Esta semana se añadió a los hitos la aprobación por unanimidad de un paquete de ayuda financiera a Ucrania por valor de 50.000 millones de euros en un marco cuatrienal. Una excelente y fundamental demostración de compromiso con la nación brutalmente invadida por Rusia, que refuerza su capacidad de resistir, mientras Estados Unidos sigue sin dar un paso parecido, paralizado en el fango del politiqueo practicado por los republicanos. Da cierta satisfacción pensar en cómo regresó a casa tras el acuerdo Viktor Orbán, el primer ministro húngaro que trató de obstaculizarlo todo lo que pudo. Más satisfacción da pensar cómo se habrá recibido la noticia en el Kremlin.
La UE ha manejado con apreciable unidad y eficacia tres grandes crisis de la última década: la gestión del Brexit, la pandemia y la invasión a gran escala de Ucrania. Por supuesto, hay graves suspensos y agujeros negros en otros aspectos, desde el menor crecimiento y falta de competitividad con EE UU y China hasta una política migratoria de vallas y rebotes con pocas contemplaciones, desde la incapacidad de hacer crecer gigantes tecnológicos hasta la lamentable reacción a los primeros abusos de Putin en Ucrania o a la brutal respuesta de Israel al ataque de Hamás. Pero su nota en esos tres grandes frentes recientes es un aprobado. Hoy Orbán se fue a su casa derrotado. De entrada, parece que sin extraer grandes concesiones, aunque los balances definitivos es mejor hacerlos con tiempo.
Todo ello no excluye que los retos por delante sean formidables y que nada garantiza que la UE no salga malherida, incluso que pueda involucionar. Precisamente el nacionalpopulismo del que Orbán es una bandera es el grand desafío. Un sondeo publicado recientemente por el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores apunta, de cara a las europeas de junio, a un fuerte auge de la derecha extrema. Según esa proyección, la suma de PPE y agrupaciones ultras se queda a un soplo de la mayoría absoluta (356 de 720). ¿Tendrá el PPE, o incluso los liberales, la tentación de romper la tradicional mayoría europeísta y pactar cosas con los ultras? Ya hemos tenido algunos ejemplos de ello en la actual legislatura, precisamente en materia medioambiental. Esto abriría la puerta a un camino involutivo de la UE en varios apartados. Por eso la protesta de los tractores que brota en varios países europeos es políticamente importante. No representa a un sector ni demográfica ni económicamente de gran peso, pero el apadrinamiento de la ultraderecha y el entronque con ciertos presuntos valores tradicionales y conservadores es una mezcla que le otorga más peso político de lo que tendría de por sí.
Estamos, aquí, ante otro de los diferentes segmentos de malestar social que políticos como Orbán o Abascal quieren cabalgar. Conviene recordar que las clases sociales perdedoras de la globalización, los trabajadores que en Occidente perdieron sus empleos industriales, por ejemplo, han sido grandes caldos de cultivo de fenómenos como Trump, el Brexit o Le Pen. Hoy, en el campo se gesta una nueva bolsa de descontento. No es la única. Habrá que estar muy pendiente de otra que se irá inflando en los próximos años: los afectados por la irrupción de la inteligencia artificial generativa. El FMI, no un sindicato hiperprogresista, calcula que un 60% de los empleos de las economías avanzadas se verá afectado por esa irrupción. Una mitad de ellos, en términos adversos. Se van a llenar ahí grandes tanques de gasolina de descontento con el sistema que es siempre, con más o menos razón, el destinatario sin matices de la ira. Los populistas incendiarios ya se frotan las manos.
Los demás -a nivel europeo y en los niveles nacionales- deberíamos arremangarnos y abordar con suma atención estos problemas para hallar equilibrios inteligentes entre, por un lado, objetivos irrenunciables como la lucha contra el cambio climático o el estímulo a la innovación tecnológica, y, por el otro, el diseño de esquemas de protección para los auténticos damnificados por estas transiciones. No es justo y no es inteligente dejar a muchas personas abandonadas en la adversidad de grandes transiciones, como ocurrió con efectos colaterales de la globalización sumados a la desprotección postcrisis de 2008.
La protesta de los tractores ha puesto con vigor sobre la mesa la cuestión agraria. Pero mucho más complicada, por transversal, será la de la revolución de la IA. Habría que ponerse ya manos a la obra para abordarla de forma holística —desde sistemas educativos a mercados laborales—, para estimular lo mejor y atenuar lo peor de ella. Pero la fragmentación, la polarización, el secuestro de la agenda por parte de asuntos de importancia menor e incluso la triste y esperpéntica parálisis que sufren a menudo nuestras democracias dificultan el camino. Ojalá logremos colocarles otros erizos en el plato a quienes desean una UE débil, democracias débiles. Andrea Rizzi es analista de política internacional.








De ¿y si los malos somos nosotros?...

 






¿Y si somos los malos?
ANA IRIS SIMÓN
03 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Desde el inicio de lo que Israel llama “guerra contra Hamás” (en realidad contra el pueblo palestino), los sionistas la han tomado con cualquiera que ose criticar mínimamente su plan genocida. Cuando lo denuncia Sudáfrica en La Haya, son “el brazo legal de Hamás”. Cuando Sánchez dice que “el número de palestinos muertos es insoportable”, España está “alineada con Hamás”. La ONU entera, asamblea de todas las naciones, ha sido declarada non grata y una de sus organizaciones, la UNRWA, está siendo tachada de terrorista.
La UNRWA trabaja con refugiados palestinos (construye escuelas, instala infraestructura, reparte ayuda humanitaria) y tiene más de 12.000 empleados, pero Israel asegura que una parte de ellos (mínima, de seis personas en adelante) tiene vínculos con Hamás. Dando por buenas estas informaciones obtenidas no-se-sabe-cómo y verificadas por no-se-sabe-quién (no han proporcionado pruebas), lo máximo que se podría concluir es que hay militantes de Hamás (que allí es un partido político electo en las urnas) que cumplen sus ocho horas de trabajo para la UNRWA. Como los habrá que son panaderos, sin que por ello se pueda tomar por terrorista al gremio entero de la panadería.
Pero Israel busca inculpar a toda la UNRWA, porque se la tiene jurada desde hace años. Todo empezó tras la II Guerra Mundial, cuando la ONU creó la primera organización de refugiados (entonces OIR, ahora ACNUR), que comenzó atendiendo a los judíos refugiados del Holocausto. Muchos salían de Europa para establecerse en el naciente Israel, a menudo desplazando a los pobladores palestinos a base de dinero y amenazas. La preocupación israelí era que la organización de refugiados de la ONU les invitase a volver a Europa (cumpliendo el “derecho de retorno”) y, además, atendiese las peticiones palestinas de recuperar sus hogares en territorio acaparado por Israel. Así que el sionismo, apoyado por Occidente, logró forzar a la ONU a no atender a los palestinos, relegándolos a una organización menor: la UNRWA. De alguna forma fue una creación del propio Israel, al igual que en algunos aspectos lo es Hamás.
Una creación que ahora pretenden eliminar, con la previsible consecuencia de una marea de refugiados que impactará en todo el Mediterráneo, incluyendo España. El problema es que el delirio de Netanyahu tiene el apoyo de los principales países de Occidente, que han retirado la financiación a la UNRWA. EE UU, Reino Unido, Francia, Alemania: países que dicen luchar contra las fake news de Putin contra Ucrania o de Trump contra China, compran las del amigo de ambos, Netanyahu, contra la UNRWA en Palestina.
Según Francis Boyle, experto en casos judiciales de genocidio, Occidente ha pasado de ser “cómplice de genocidio” (por su apoyo económico, armamentístico y diplomático a Israel) a ser “participante en un genocidio” (por boicotear los esfuerzos humanitarios de la UNRWA, de forma que —según la convención sobre genocidio de 1948— “se inflige a un grupo unas condiciones de vida que conducen directa o indirectamente a su destrucción total o parcial”). Hay un número de Mitchell and Webb ambientado en la II Guerra Mundial donde un nazi le dice a otro: “Oye, ¿y si somos los malos?”. Parece que las élites occidentales nunca se hacen esta pregunta. Ana Iris Simón es escritora.








De los abusadores y los abusos

 






No somos valientes, somos verdad
ALEJANDRO PALOMAS
03 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Estos días han vuelto a los titulares y a la actualidad las denuncias de abusos sexuales, en esta ocasión todas ellas relativas al mundo del cine. En poco menos de una semana, hemos sido conocedores del testimonio de varias actrices que sufrieron la pesadilla de la violencia perversa en sus propios cuerpos por obra y desgracia de dos directores. A ellas, y al de Fernando Tejero, se suma ahora el testimonio y la voz de Cayetana Guillén Cuervo, una de nuestras grandes. A raíz del documental que acaba de estrenarse sobre Pandataria, la increíble obra con la que recorre nuestro país estos días, ha decidido hablar por primera vez de la violación que sufrió a los seis años y cuya existencia ha mantenido en silencio hasta la fecha.
Hoy se cumplen exactamente dos años desde que también yo viví ese mismo momento, el de la exposición. Las voces de estas actrices son recibidas con el mismo espanto que yo mismo vi en los ojos de quienes quisieron mirarme. Hay horror, hay pesar, incluso sorpresa. Y, desde la penumbra de la sala —que hoy es de cine— vuelve el eco del mismo público de entonces, compartiendo ahora idéntico titular: “Sois unos/as valientes”.
Después, el silencio. Fundido a negro. El público abandona la sala y sale a la calle, a su vida, a esa que es la de cada uno y nos aleja del otro, la que nos hace distintos, individuos, no grupo. Cada vez que un hombre confiesa haber sido violado en la infancia, cada vez que una mujer levanta la voz y señala en público al hombre que la agredió, reventándola por dentro para los restos, el público repite, convencido: “Qué valiente”. Y uno sabe que no es así, pero no lo corregimos porque sentimos que por lo menos alguien nos mira, que de repente no estamos solos y que ahí fuera no se nos juzga con asco o incredulidad por la mancha negra que creemos llevar impresa en la piel.
Valientes, dicen. No es cierto. Simplemente decimos la verdad, y la decimos porque cada día que vivimos ocultándola son 24 horas de no estar ni existir del todo. Decimos lo que es y eso, señores y señoras del público, no nos hace valientes, nos hace verdad. ¿O quizá es que llamamos valiente a quien no miente porque somos una sociedad que asume la cobardía como su estado natural?
¿Somos eso? ¿Queremos ser eso? Los supervivientes no somos valientes, somos supervivientes. Con eso nos basta. No nos regalen los oídos, ni se los regalen a ustedes para calmar sus conciencias. Si hay mujeres, niñas y niños violados, agredidos y abusados es porque existe un público que sabe y calla. El abuso se alimenta del silencio del grupo. Así es también en el acoso escolar. Está quien acosa y su víctima, pero el público silencioso —el grupo— es el que paga la entrada para ver y aplaudir el horror, la manada silente y cobarde que sabe pero que deja de saber cuando sale de la sala y vuelve a su vida.
Cuando un niño, una niña o una mujer —y en este caso se trata de actrices— revelan y describen con detalle los episodios de abuso sufridos en manos de un hombre, poco o nada tardan en dejarse oír las voces que aseguran haber estado al corriente de lo que ocurría. “Todo el mundo lo sabía”, “Era vox populi”, “En la profesión somos muchos los que conocemos casos” “Si yo te contara”… el público emerge de su silencio y se sube al carro de la víctima, sin saber que es precisamente ese púbico quien hace posible que las víctimas creamos que estamos solas, sumergidas en una angustia que ni siquiera sabemos verbalizar. Qué fácil, señores y señoras, llamarnos valientes. Qué elegante reconocer nuestra decisión, y qué torpe de su parte. Sépanlo: lo que nos hace valientes es su cobardía, la de haber sabido y no haber dicho, la de esperar a que seamos quienes vivimos en duelo perpetuo por un cuerpo quebrado quienes hablemos para, desde platea, asentir con expresión de solidaria condescendencia y darnos luego el pésame.
Sois unos/as valientes, nos dicen. No es cierto. No es lo que somos, sino lo que sois. Si somos valientes es porque ustedes no lo son y eso nos retrata como una sociedad que premia el silencio de quienes “saben” y da un diploma de consolación a quienes, por mera supervivencia, gritamos la verdad para que este barco en el que flotamos todos no se hunda. Si decir la verdad es ser valiente, necesitamos una revisión urgente como grupo que dice pretender lo justo y el bien común. Sépanlo: contar y denunciar no es de valientes, salvo que lo hagamos en una sociedad que se siente cómoda callando ante el sufrimiento ajeno. Esa es la diferencia, señores y señoras del público. No vuelvan pues a llamarnos “valientes”. Llámennos “verdad”. Alejandro Palomas es escritor.












De los miedos ajenos

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado. La vida política se ha degradado hoy hasta tal punto, escribe en El País el filósofo Daniel Innerarity, que a falta de una esperanza creíble y movilizadora, resulta más fácil agitar el temor a los otros, y esa es una de las maniobras más torpes que cabe hacer en política. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com











Los miedos ajenos
DANIEL INNERARITY
31 ENE 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Para entender a una sociedad es más útil examinar sus temores que sus deseos. Toda época de la historia se diferencia de las demás por haber conocido formas particulares de miedo, o mejor, por haber dado un nombre o un significado diverso a las angustias que desde siempre acompañan a la vida. También este año tendrá unos miedos diferentes de lo que nos preocupaban en el anterior. El paisaje ideológico de una sociedad se descubre observando a qué le tiene más miedo cada cual y cada grupo social o actor político. La confrontación política se lleva a cabo entre los miedos ajenos que nos resultan extraños y los miedos propios que nos parecen evidentes. Y la estrategia política elemental consiste en agitar el miedo a que se hagan con el poder aquellos cuyos miedos despreciamos. Hay conversación democrática allí donde, en vez de echar en cara a nuestros adversarios que teman cosas que nos parecen absurdas, tratamos de hacernos cargo de por qué pueden tener miedo a lo que juzgamos tan improbable.
Detrás de fenómenos políticos extremos (radicalismo, polarización, indignación, discursos del odio…) suele haber algún miedo intenso que por diversos motivos no conseguimos comprender. ¿Qué podemos y debemos hacer frente a él, especialmente cuando tenemos dificultades para entenderlo? Demasiadas veces achacamos opiniones o comportamientos que detestamos a la irracionalidad o la estupidez. Es cierto que muchos miedos tienen una base empírica y argumentativa muy endeble, como temer que el cielo pueda caer sobre nuestras cabezas, según el sentir de Astérix, o que con las vacunas se nos quiera introducir un chip para controlarnos. El escritor austriaco Robert Musil hablaba de un “analfabetismo del miedo” para describir ese sentimiento elemental que con frecuencia no valora correctamente el peligro ni sabe cómo gestionarlo. También podríamos hablar de un analfabetismo a la hora de comprender y relacionarse con los miedos ajenos, especialmente aquellos que, con o sin razón, nos parecen insólitos. Una de las obligaciones democráticas consiste en estar dispuesto a cambiar la perspectiva y examinar qué razones hay en los miedos de los demás y, a la inversa, si el miedo que les tenemos está plenamente justificado.
La vida política se ha degradado hoy hasta el punto de que, a falta de una esperanza creíble y que movilice positivamente, resulta más fácil agitar el miedo a los otros o ridiculizar los suyos. Además del desprecio declarado a los miedos ajenos, existe una condescendencia paternalista que no ayuda a entenderlos. Me refiero a la arrogancia implícita en aquello de que hay que comprender el miedo de los otros; se da así a entender que deberíamos esforzarnos para hacernos cargo de los falsos temores de las personas inseguras. En la recomendación de tomarse en serio los miedos de los otros se desliza un cierto menosprecio e incluso una devaluación moral. Los temerosos vendrían a ser los mal informados, los resentidos o los crédulos.
¿No podría ocurrir en muchas ocasiones que los demás no tienen miedos extraños sino preferencias políticas diferentes de las nuestras? ¿No estaremos haciendo un diagnóstico patológico de cuestiones políticas? Los miedos necesitan una terapia, mientras que las opiniones políticas son objetos de una discusión democrática. Y a veces queremos ahorrarnos este debate mediante una descalificación psicológica. Tratarles como a menores de edad que no saben que esos fantasmas no existen no es el mejor modo de hacerles frente, ni el más democrático. ¿Son esos miedos tan infundados como aseguran quienes disfrutan de tantas seguridades? ¿Quién es más razonable a la hora de ponderar los miedos, quien los padece o quien los observa, los más vulnerables o los mejor protegidos? En vez de echarse en cara unos a otros la irracionalidad de los miedos ajenos, nuestros análisis serían más certeros y nuestras decisiones más justas si los consideráramos como asuntos políticos, no de salud mental; si los abordáramos con una lógica política y renunciando a cualquier superioridad moral.
Esa condescendencia benevolente esconde un tono de superioridad que no va a ayudarnos a comprender nada y solo está dando lugar a diagnósticos perezosos. Se da a entender así que uno toma en serio los temores ajenos, pero no sus motivos, que considera completamente infundados. Los miedos ajenos pueden tener una causa insuficiente, pueden ser exagerados o estar agitados interesadamente por astutos manipuladores, pero son reales para quienes los sienten y eso es lo que deberíamos tomarnos en serio. Por supuesto que podemos —y en ocasiones debemos— discutir sus motivaciones, pero vencer el miedo no es conjurarlo con un mensaje tranquilizador que muestre lo absurdo de tenerlo sino, en muchas ocasiones, resolver aquellos problemas que lo originan.
Propongo que nos fijemos más en la realidad del miedo que en su fantasía o en su posible manipulación. El miedo es real, aunque no esté en proporción a sus causas; el entorno del que surge es real (la creciente incertidumbre, las transformaciones abruptas, la desprotección general), aunque muchas de las propuestas para conjurarlo sean engañosas. No basta con explicar a los temerosos lo exagerado de su miedo ante fenómenos cuyo verdadero impacto también nosotros desconocemos, como la digitalización, el incremento de la diversidad, el cambio de valores sociales o el desclasamiento.
Desde el punto de vista social es más real lo que sobrevalora la gente que lo que minimizan las élites. Estas argumentan que ciertas reacciones no son razonables ni ofrecen las soluciones adecuadas, lo que muchas veces es cierto, pero eso no nos exime de la responsabilidad de indagar en las causas de ese malestar. Insistir en que la política es representativa, que la globalización proporciona muchas oportunidades o el racismo es malo es algo que solo vale para tener razón, pero no sirve para hacerse cargo de por qué resulta tan irritante el elitismo político, qué dimensiones de la globalización representan una amenaza real para muchas personas o qué aspectos del conflicto multicultural deben resolverse con algo más que buenas intenciones. Tan cierto es que el capitalismo ofrece muchas oportunidades como que amenaza particularmente a un cierto tipo de trabajadores; el fenómeno multicultural es celebrado por quienes no experimentan más que sus beneficios en el bazar de la diversidad (en el consumo, la diversión o como mano de obra barata) y temido, tal vez en exceso, por quienes lo viven en sus dimensiones más conflictivas, pues sienten la inseguridad física en sus barrios o la precariedad en sus puestos de trabajo.
Los líderes de la nueva derecha pueden formar parte de esa misma élite, pero —como los dirigentes de la izquierda alternativa en otro momento— han captado bien una parte del descontento popular. Mientras tanto, existe un tipo de persona progresista que se siente cosmopolita y moralmente superior porque se eleva por encima de sus intereses cuando en realidad sus intereses no están en juego y los que son sacrificados son los intereses de otros, más vulnerables, más en contacto con las zonas de conflicto.
En la época de la indignación hubo quien aseguró que el miedo cambiaría de bando, sin adivinar que estaba agitando una munición electoral especialmente peligrosa. Se acaba generando así una cultura política en la que el miedo, con diferentes versiones, se generaliza e instala en todos los bandos. No hay nada más dañino que instalarse en aquel punto en el que, con palabras de Charles Taylor, el sueño de unos se convierte en la pesadilla de los otros. Es mucho mejor trabajar el miedo ajeno para disiparlo o aminorar su intensidad en la medida de lo posible, que producirlo. Como estrategia política, dar miedo es una de las maniobras más torpes. El miedo que atenaza a unos puede efectivamente cambiar de bando, pero en la dirección menos esperada y deseable, fortaleciendo una hostilidad que termina volviéndose contra cualquiera. Que otros tengan miedo no nos protege del nuestro. Sus miedos pueden alimentar en nosotros aquellos miedos de los que pensábamos librarlos al provocárselos. Tal vez lo más amenazante para nosotros sean esos miedos ajenos que, lejos de ofrecernos, por contraste, seguridad, nos conducen a una situación general de irracionalidad, desconfianza mutua, confusión, imprevisibilidad, en la que finalmente todos, no solo ellos, ni unos pocos, nos muramos de miedo. Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política.




































[ARCHIVO DEL BLOG] España 2025: Un horizonte incierto y lejano. [Publicada el 03/03/2013]














"El reconocimiento de la dignidad del hombre, de cualquier ser humano, entraña hoy su transformación práctica en ciudadano. La ciudadanía permite el derecho universal a participar en el cuerpo político, la libre expresión de opiniones y creencias, la libertad de asociación y el derecho al estilo de vida de cada cual" [...] "La sociedad decente ha sido definida por algunos autores, entre los que me encuentro, como aquella que no humilla a ninguno de sus ciudadanos. Es también la que, al mismo tiempo, les suministra un conjunto de oportunidades mínimas y garantías elementales para que, libremente, elijan su camino". (Salvador Giner: El origen de la moral. Ética y valores en la sociedad actual. Península, Barcelona, 2012).
¿Pueden compaginarse palabras como las anteriormente citadas con las que en El País de hoy enuncia con rotundidad Hans-Werner Sinn, un prestigioso economista alemán, al que las políticas que predica la señora Merkel para el euro y el sur de Europa le parecen "flojas"?: "A España le esperan diez años más de crisis y una devaluación interna del 30%". Y encima con un último consejo a nuestro presidente del gobierno: "Rajoy debe aprobar otra reforma laboral que flexibilice los salarios a la baja. Eso hizo Schröder en 2003 (en Alemania). Eliminó el salario mínimo y laminó el Estado de Bienestar privando a millones de personas de sus ayudas sociales; eso causó disturbios y protestas. Le costó el cargo. Sin embargo, se trataba de la política adecuada. Puede que con eso Rajoy no consiga gobernar mucho tiempo, pero eso es lo que España necesita". Pero inmediatamente después una de árnica: "La ventaja de España es su potencial para recuperar competitividad. Ha mostrado flexibilidad, y eso hace posible mejorar vía exportaciones. La desventaja es su deuda externa, de más de un billón de euros. Pero lo más importante es la competitividad, y ahí soy medianamente optimista". Si tienen la moral alta pueden leer sus declaraciones íntegras; si no, absténganse. 
Un toque de esperanza ante tanto futuro incierto y lejano lo pone la Fundación Colegio Libre de Eméritos. Una fundación cultural privada, creada en 1988, sin fin lucrativo alguno, con la intención de aprovechar en beneficio de la sociedad española las posibilidades de trabajo creador y didáctico de los profesores eméritos a ella asociados. Con esa noble intención, la Fundación acaba de publicar en su página electrónica un completísimo y amplio estudio que lleva el sencillo título de "España 2025"
El estudio consta de capítulos, que pueden leerse y descargarse por separado, escritos por los profesores Álvaro Delgado-Gal, Emilio Lamo de Espinosa, Antonio Morales Moya, Fernando Eguizadu, Gabriel Tortellá, Clara Eugenia Núñez, Roberto Luis Blanco Valdés y Alfredo Pérez de Armiñán, en los que se tratan asuntos como la situación de España en el mundo, las reformas económicas, la educación, los problemas territoriales, jurídicos y constitucionales que nos atenazan, las patologías que afectan a la idea que los españoles nos hacemos de nosotros mismos y nuestra constante búsqueda de un proyecto nacional contemporáneo. Todo un lujo en estos tiempos de zozobra que merece la pena leer.
Para acompañar la entrada he puesto tres vídeos recientes. El primero: "Crisis de un sistema; el retorno de una diosa", que aborda la crisis económica y la situación actual de la sociedad española a través de análisis y entrevistas a figuras relevantes del mundo de la economía, la cultura y la educación como Joan Antoni Melé, Santiago Niño Becerra, José Luis Sampedro, Eduardo Galeano, Matthieu Ricard, y otros más que no cito para no recargar la nómina. El segundo: "El futuro español y global", del profesor Santiago Niño; y el último: "Informe económico: El futuro de España en el euro", celebrado en julio pasado en el "Club Finanzas ESADE Alumni", con la partipación de ilustres profesores y economistas. Se los recomiendo con interés. Sean felices, por favor, a pesar del gobierno. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν". Tamaragua, amigos. HArendt