lunes, 27 de mayo de 2024

[ARCHIVO DEL BLOG] Saber marcharse a tiempo es un arte. [Publicada el 02/06/2018]










En el teatro del mundo, uno se examina todos los días y siempre se le juzga por lo último que hace, escribía hace unos días en El Mundo su director, el periodista Francisco Rosell. Resuelta ya la moción de censura presentada por el partido socialista contra Mariano Rajoy que ha convertido a Pedro Sánchez en el séptimo presidente del gobierno desde la restauración de la democracia, las palabras de Francisco Rosell conservan toda su virtualidad.
Poco cuentan los éxitos cosechados por abundantes y magníficos que hayan resultado, señalaba Rosell en su artículo. Por eso, como dijo Tony Blair al despedirse del 10 de Downing Street, todo gobernante acaba indefectiblemente mal por muchas victorias electorales que atesore y éxitos de gestión esmalten su lucida biografía. Ello entraña una enorme injusticia. Sin duda. Pero obliga cuando se desempeñan puestos de alta responsabilidad y de obligada ejemplaridad. A este respecto, pocas cosas tan peliagudas como percatarse de cual es el momento de decir adiós, salvo insinuárselo al que está en la cúspide del poder. 
En la historia reciente de España, tamaña osadía originó incluso la voladura de un periódico como el rotativo Madrid. Su editor, Rafael Calvo Serer, clarividente miembro del Opus Dei, no tuvo mejor ocurrencia que establecer cierto paralelismo entre la marcha del general De Gaulle, a causa de la crisis política desatada por la revolución de Mayo del 68, y la conveniencia de que Franco hiciera lo propio, tras acumular entonces seis lustros en la Jefatura del Estado. 
Saber marcharse a tiempo es ciertamente la operación más difícil que cabe acometer. En el campo de batalla, pero también en el terreno político. No en vano, la política no deja de ser una guerra con otras armas. "En los regímenes democráticos, incluso, grandes personalidades, como Churchill y Adenauer -aludía Calvo Serer, disimulando el destinatario último de su invectiva- fueron objeto de duras críticas y se vieron obligados a abandonar el Poder de los electores que en otros momentos les manifestaron entusiasta adhesión o un simple reconocimiento de sus servicios".
Ésa es, justamente, la circunstancia del presidente Rajoy. Vive las horas más comprometidas de su carrera política, al haberle pedido al tiempo quizá más de lo que éste podía darle. Merced a ello, tiene el honor indubitado de ser el político que más perdura en el poder desde Franco. Bate la marca de Felipe González a base de hacer divisa de lo dicho por Felipe II de sí mismo: "Yo y el tiempo contra todos". Empero, después de ser un maestro en el manejo del mismo, éste parece haberle abandonado tras la severa sentencia de la Audiencia Nacional sobre la trama Gürtel. Lo ha crucificado sin estar sometido a juicio y sin aguardar a que se enjuicien otras piezas sumariales más comprometedoras por referirse a años en los que tuvo más altas responsabilidades orgánicas. 
Ni en la peor de sus pesadillas pudo imaginarse Rajoy un fallo así. Tan demoledor por la enormidad de las penas (más altas que las aplicadas a sanguinarios terroristas). Tan corrosivo por socavar su credibilidad como testigo en aspectos ajenos a esta causa, tan devastador por vincular las actividades del PP a los de una organización delictiva. Y tan catastrófico, en fin, por hacer saltar por lo aires la frágil entente (no ciertamente cordiale, que sí de circunstancias) de los tres partidos constitucionalistas (PP, PSOE y Cs) frente al órdago separatista catalán. 
Con su populismo punitivo, afrentoso para un Estado de derecho que se precie de tal, dos jueces (José Ricardo de Prada y Julio de Diego), en línea judicial e ideológica con el instructor inicial del sumario, el ex juez Garzón, pueden haber cambiado la historia reciente de España. Han dispensado una fuerte dosis de demagogia punitiva, valiéndose ciertamente de unos hechos deleznables y merecedores de condena. Ambos togados ya debieron mover a la sospecha de Rajoy cuando se empeñaron contra el criterio del presidente del tribunal (autor del voto particular de la Justicia), Ángel Hurtado, de convertirle en el primer mandatario español que declaraba como testigo en el ejercicio de su cargo, a diferencia de sus antecesores González (caso GAL, en 1998) y Suárez (caso Banesto, en 1995) que lo hicieron cuando abandonaron La Moncloa. 
Desde julio del año pasado, pues, el sino de esta legislatura se ha desarrollado bajo la espada de Damocles de aquella declaración como testigo en sede judicial de Rajoy. Ahora esta sentencia que lo crucifica sin sentarle siquiera en el banquillo de los acusados la finiquita. Así las cosas, cuando parecía que Rajoy cruzaba el Rubicón de su mandato y se aseguraba su permanencia en La Moncloa por dos años más, merced al apoyo presupuestario in extremis del PNV, quien le sacaba las hijuelas al Estado, al tiempo que se ponía en jarras con un plan soberanista con el brazo político de ETA (Bildu), el presidente, en horas siquiera veinticuatro, se hundía en sus procelosas aguas del río de todas las metáforas. Su aparente satisfacción, aunque nadie lo diría por su palidez y su balbuceante verbo de la tarde-noche de su particular miércoles de ceniza, era, en realidad, el canto del cisne.
Después de agavillar el variopinto voto de siete formaciones políticas, cual feliz jugador de las siete y media que ronda la plenitud, una ventolera judicial de imprevisibles consecuencias desarboló la baraja haciendo volar sus desparejados naipes. El vendaval judicial puso en solfa una legislatura cogida con alfileres desde el día en que Rajoy fue investido tras repetirse las elecciones. Shakespeare ya lo advirtió: "El tiempo, en su rapidez, modifica el curso de las cosas".
Existe un proverbio ruso que habla de que el pasado es impredecible y ese ayer se le ha presentado a Rajoy en el peor momento. Sin haber querido éste dar los pasos precisos para una eventual sucesión ni haber establecido las bases para que un partido clave en la historia reciente de España subsista a su inevitable marcha, evitando experiencias trágicas como las de la UCD.
Adoptando una resistencia numantina, Rajoy no puede enfrentar una encrucijada histórica para una nación de Estado menguante, por mor de unos gobernantes carentes de la grandeza de miras de los estadistas y que se entregan al exclusivo interés del momento. Es verdad que la política hace extraños compañeros de cama, como decía Churchill, pero carece de sentido, cuando está en danza la existencia misma de la nación, que el PP fíe su suerte a un partido que busca desarbolar España como el PNV, moviendo a la vez la encina del PP y el nogal de ETA.
Para colmo de desgracias, el PSOE defiende, según días y dependiendo de la hora, una cosa y la contraria, sin importarle entregar su alma al diablo. En estas, un volatinero Sánchez plantea una moción de censura que se deslegitima con tan extraños compañeros de viaje y que resultan ser, en parte, aquellos independentistas a los que la víspera combatía con el artículo 155 en ristre. Vuelve a las andadas -o, probablemente, no sale de ellas-, de igual modo que Zapatero suscribía con una mano el pacto antiterrorista de Aznar y con la otra firmaba compromisos bajo cuerda con ETA. Este maquiavélico PSOE desprecia a esa musa del escarmiento a la que Azaña, en la amargura de su trágico fracaso, aconsejaba encomendarse para no incurrir en los errores del pasado. Era evidente que Sánchez, huérfano de escaño,por atender en mala hora la recomendación de Patxi López, rondaba el edificio de las Cortes para saltar al hemiciclo al menor pretexto, y en este caso se le ha presentado una oportunidad que legitima una eventual moción de censura. Empero, no debiera hacerlo a cualquier precio y sin ningún tipo de recato, por más que cavile que, con las expectativas electorales bajo mínimos, no habrá de perjudicarle este salto de la rana. Si sale con barbas, San Antón; si no, la Purísima Concepción. no habrá de perjudicarle este salto de la rana. Si sale con barbas, San Antón; si no, la Purísima Concepción. no habrá de perjudicarle este salto de la rana. Si sale con barbas, San Antón; si no, la Purísima Concepción. De paso, saca a Albert Rivera de su zona de confort y le fuerza a mojarse, despreciando el hecho de que las mociones de censura son un campo propicio para el suicidio.
Por encima de esa perversión de las mociones de censura, en las que más que buscar soluciones a los problemas de España se persigue poner en evidencia a los contrincantes, el mejor servicio que unos y otros pueden prestar es disolver el Parlamento y convocar elecciones, como antaño le reclamó Rajoy a Zapatero. Los españoles tienen el derecho inalienable de decidir quién debe dirigirle en un momento tan complicado y no asistir al asalto al poder por medio de una moción de censura temeraria en la que el PSOE recurre a aquellos mismos a los que desechó antes del golpe de Estado del 1 de octubre y a los que se reengancha cuando estos separatistas ya han rebasado todos los límites. Quien lo entienda que lo explique. Fuera máscaras, pues, y que cada cual vaya a cara descubierta, sin subterfugios, a la búsqueda del voto ciudadano.España parece el cántaro del Talmud: "Si la piedra cae sobre el cántaro, desdichado cántaro; si el cántaro cae sobre la piedra, desdichado cántaro; de cualquier manera siempre es el cántaro el que sufre".
En tesitura tan difícil, Rajoy parece el unamuniano "guía que perdió el camino", siendo quizá "un general que comprende que ha perdido la batalla», pero que "no puede declararlo si con esta declaración provoca una desastrosa retirada de sus soldados". Ello le obliga "a fingir una victoria, si con ello consigue una retirada en orden". Ante ese estado de confusión, quizá Rajoy eche en falta la presencia de alguien cercano que le diga, aunque deba hacerlo con el coche en marcha para luego escapar a todo trapo, que el mejor servicio que puede prestar en estos momentos es propiciar unas elecciones generales. Los españoles tienen la responsabilidad de darse un Gobierno que enfrente con fortaleza y credibilidad los retos de una nación que ve cómo su Estado se deshace por la impericia de aquellos que tienen encomendada su custodia y salvaguarda. 
No debiera esperar -ni se lo merece- una cruel reprimenda en los acres términos del bufón del drama shakesperiano. Ante los desvaríos del rey Lear, a merced de la catástrofe que había desencadenado a su alrededor, aquel loco payaso le espeta al atribulado monarca: "No deberías haber envejecido antes de ser sabio".
En definitiva, Rajoy padece el triste sino de los gobernantes que se hacen viejos en el poder. "Son sus mismos éxitos -refería Calvo Serer, en su artículo de época, pero tan actual en su radiografía de los hábitos de poder- los que les traicionan, porque se aferran a los que en otras ocasiones les fue favorable, aun contra la opinión de quienes les rodeaban. Pero al cambiar las circunstancias, ese inmovilismo resulta funesto". Saber marcharse puede salvar a un partido clave para la estabilidad de España y puede librar a un país del bloqueo en que puede sumirle el numantinismo de uno y la temeridad de otro. No es fácil papeleta situarse ante el espejo y discernir si es la hora en que uno suma o resta. Es el ser o no ser de una existencia política. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












domingo, 26 de mayo de 2024

Del antisemitismo

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo, 26 de mayo. Ninguna otra violencia de Estado suscita una indignación moral como la que ejercen los israelíes, escribe en El País la socióloga Eva Illouz, y ningún otro país provoca tantos deseos de eliminarlo en personas bienintencionadas que defienden la moralidad. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com













¿Son antisemitas las protestas contra Israel?
EVA ILLOUZ
24 MAY 2024 - El País - harendt.blogspot.com

La izquierda autodenominada woke se manifiesta en las calles y los campus universitarios de todo el mundo para exigir una Palestina libre, un lema que significa, en muchos casos, la simple eliminación de Israel. Hay que dejar muy claro que estas protestas no tienen nada que ver con la exigencia de una solución política al conflicto tan insoportablemente difícil que enfrenta a los israelíes y los palestinos. Quienes se manifiestan muchas veces aplauden y vitorean a Hamás, que es una organización terrorista fundamentalista, y proponen romper las relaciones con Israel, que es una democracia, muy imperfecta, pero democracia al fin y al cabo. Califican a Israel de Estado basado en un apartheid y piden que se desmantele, un llamamiento que no se había escuchado nunca, ni en el caso del imperialismo agresor de Rusia, ni para la genocida Ruanda, ni respecto a la propia Sudáfrica. Y han convertido una feroz respuesta militar que se encuentra con problemas sin precedentes en la historia bélica —una zona urbana con enorme densidad de población y una ciudad subterránea construida debajo de la población civil— en un auténtico genocidio; además, muchos manifestantes invitan amablemente a los israelíes a volver a Brooklyn y a Polonia. Y, por si eso fuera poco, ahora se equipara a Israel —un Estado nacido de las cenizas del Holocausto— con el nazismo, es decir, el ejemplo supremo de la maldad humana.
Muchos judíos, sionistas y personas moderadas de todas las tendencias políticas y todas las religiones observan el desarrollo de las protestas en las universidades con asombro, sin dar crédito al doble rasero usado con tanta naturalidad, la falta de fundamento de los paralelismos históricos, la insólita intensidad de la animadversión que despiertan unos hechos tan remotos (recuérdenme: ¿cuándo fue la última vez que protestaron con la misma intensidad contra el régimen opresor de Irán o contra el genocidio del pueblo uigur que comete China?). A pesar de los desesperados intentos de los estudiantes de presentarse como un nuevo Mayo del 68, están muy lejos del movimiento contra la guerra de Vietnam y de su espíritu genuinamente revolucionario. Un conflicto que muchos consideran el más difícil y complejo del planeta es, para ellos, una versión más del imperialismo estadounidense. Al ver el lenguaje inconexo de los manifestantes y la realidad de este atroz enfrentamiento centenario, no tengo más remedio que preguntarme si, después de todo, no habrá aquí algo de la irracionalidad fantasmática del antisemitismo.
Se ha debatido mucho si estas protestas son o no antisemitas y contra esa acusación se han presentado tres argumentos: que muchos de los manifestantes son judíos; que el propósito de esa acusación es silenciar las legítimas discrepancias políticas, y que el antisionismo es lícito (es una opinión sobre un Estado), mientras que el antisemitismo no lo es (es una actitud negativa sobre un grupo). Ninguno de estos argumentos se tiene en pie.
Una de las contribuciones más valiosas de la izquierda woke a nuestro panorama político es la tesis de que el sexismo y el racismo no existen solo en la mente y las intenciones conscientes de las personas sexistas y racistas, sino en las capas culturales inconscientes en las que todos nos sumergimos. Ese es el motivo de que halagar a una mujer por su figura se considere hoy sexista, por muy buenas intenciones que tenga quien le dice el piropo (“¡Solo quería ser amable!”). La izquierda woke afirma constantemente que el racismo y el sexismo se cuelan en las imágenes, en las connotaciones de las palabras y en las asociaciones mentales, de manera que perpetúan la dominación, la exclusión y la jerarquía. Por eso quiere controlar la forma de hablar, precisamente porque el lenguaje y la cultura contienen esas capas de sedimento que ocultan diversas formas de dominación que desbordan las intenciones conscientes. Si eso es lo que ocurre en el caso de las mujeres, los musulmanes y los negros, todavía más en el caso del grupo que ha sido objeto de odio desde hace más tiempo en la cultura occidental: los judíos. De modo que vamos a aplicar al antisemitismo los postulados de la izquierda woke y después preguntémonos si, en realidad, estos manifestantes no están impregnados de significados culturales profundamente antisemitas.
¿En qué consiste ese extraño odio irracional llamado antisemitismo? No soy especialista en la historia de este tema tan amplio, pero en mi opinión es la teoría que considera a los judíos responsables de derramar la sangre de los no judíos.
Por tanto, no creo que el antijudaísmo cristiano se deba a la rivalidad entre dos confesiones que se disputan la hegemonía y la superioridad teológica (los cristianos lo llaman Verus Israel o supersesionismo). Los sistemas de creencias no tienen ningún inconveniente en deshacerse de sus predecesores y considerarse la primera y única teología verdadera. Lo más probable es que el antisemitismo proceda del convencimiento cristiano de que los judíos fueron culpables del peor crimen de todos: el deicidio, matar nada menos que a Dios. Así lo cuenta el Evangelio de Mateo. Pilatos, el gobernador romano al que los judíos habían encomendado ejecutar a Jesús, proclama: “Inocente soy yo de la sangre de este hombre”. Y la muchedumbre judía responde: “Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”, lo que en la teología cristiana se denomina “la maldición de la sangre”. La iconografía cristiana ha representado en muchas ocasiones la sangre de Jesús en la cruz. Esa imagen, unida al sacrificio y la muerte de un hijo de Dios compasivo, seguramente penetró en la imaginación de los cristianos todavía más a medida que resonaba siglo tras siglo. En un mundo en el que las únicas imágenes disponibles eran las pinturas cristianas, acompañadas del estremecedor relato del asesinato de Dios, era inevitable que los judíos aparecieran como un grupo que amenazaba con sumir al mundo en el caos y el sufrimiento. Por eso no es extraño que, en el siglo XII, especialmente en Francia e Inglaterra, se acusara a los judíos de matar a niños cristianos y utilizar su sangre para hacer el matzo de Pascua. Pero ese no era su único crimen. También se decía que los judíos envenenaban los pozos y profanaban las hostias, el pan de la comunión, una de las ofensas más graves para los católicos. Y a los judíos les fue aún peor con el protestantismo de Lutero, como deja claro el título de su libro Sobre los judíos y sus mentiras. Lutero pensaba que los judíos eran mentirosos, idólatras, ladrones y atracadores. Recomendaba expulsarlos, arrasar sus casas y quemar sus escuelas y sinagogas.
En definitiva, la idea que dominó la cultura cristiana, al menos hasta la Ilustración, fue que los judíos eran unos criminales que vivían al margen de la ley y estaban empeñados en destruir todo lo que merecía la pena. Hasta tal punto que en el siglo XVIII Gotthold Ephraim Lessing escribió Los judíos para subrayar la idea (entonces radical) de que los judíos podían tener unos valores morales como los de cualquier otro ser humano. Las ideologías antimodernas y antidemocráticas del siglo XX popularizaron la imagen de los judíos como un grupo fundamentalmente criminal. Los Protocolos de los Sabios de Sion, publicados en Rusia en 1903, acusaban a los judíos de querer controlar el mundo para destruirlo, el equivalente laico del deicidio. Como ha explicado el historiador Michael Berkowitz, la convicción de que los judíos eran criminales fue un aspecto muy importante del antisemitismo nazi —véase su libro The Crime of My Very Existence. Nazism and the Myth of Jewish Criminality (”El delito de existir. El nazismo y el mito de la criminalidad judía”)—. Se pensaba que los comunistas y los anarquistas eran criminales peligrosos y una amenaza para el orden social y que, dentro de ellos, los judíos eran los más peligrosos. Además, eran unos parásitos y unas sanguijuelas, es decir, unos chupasangres. El escritor francés Louis-Ferdinand Celine, un entusiasta simpatizante nazi, decía que los judíos eran los parásitos más feroces y corrosivos.
El famoso Complot de los Médicos elaborado por los soviéticos en 1953 —una teoría de la conspiración por la que se acusó a una serie de médicos, en su mayoría judíos, de planear el asesinato de los máximos dirigentes de la URSS— estableció la relación con el sionismo. Se acusó a los médicos —cuya profesión les obliga a derramar la sangre de otras personas— de envenenar a varios dirigentes. Un artículo publicado en aquel entonces en Pravda los presenta así: “El sucio rostro de esta organización de espías sionistas, que esconde las malévolas acciones [de los médicos judíos] bajo una máscara caritativa, ha quedado totalmente al descubierto”. Un año antes, en 1952, en el juicio antisemita celebrado en Checoslovaquia contra miembros judíos del Partido Comunista y conocido como Proceso Slansky, también los llamaron “sionistas-imperialistas”, unas palabras cuidadosamente escogidas que bastaron para condenarlos a ser ejecutados. La conexión entre los judíos como criminales y el sionismo, el antisemitismo y el antisionismo nació en la Unión Soviética y se extendió poco a poco al resto del mundo (exactamente la misma táctica que utilizó Putin cuando llamó nazis a los ucranios). Tuvo un gran altavoz en la propaganda árabe, que se opuso al nacionalismo judío (el sionismo) recurriendo a los mismos tópicos antisemitas. La intervención soviética en Oriente Próximo tras la Segunda Guerra Mundial consolidó la amalgama que habían construido los musulmanes entre antisemitismo y antisionismo. Un informe redactado en 1948 por la Liga Árabe y presentado a la ONU se titulaba Las atrocidades judías en Tierra Santa. El título quería apelar a las emociones cristianas y su contenido era un compendio de los argumentos antisemitas más salvajes: los judíos no estaban librando una guerra, sino que eran brutales asesinos de mujeres y niños inocentes; y ahora eran “sionistas”.
De todo lo dicho se extraen varias conclusiones importantes. Los antisemitas alimentan el odio a los judíos porque los retratan como una amenaza contra el orden moral. El antisemitismo no parece ante todo una cuestión de odio a un grupo. Una vez que se caracteriza a los judíos como una entidad peligrosa que derrama sangre, desprecia las leyes y provoca matanzas, el antisemitismo se convierte en el bando de la humanidad, la moralidad, el orden y la ley. El antisemitismo suscita pasión y un intenso fervor moral precisamente porque dice que los judíos son un peligro para la humanidad. No es extraño, por tanto, que los jóvenes que se manifiestan en todo el mundo y piden el desmantelamiento del Estado de Israel no se sientan antisemitas; pueden negar a los israelíes el derecho a la existencia (un derecho que no se niega a ningún otro pueblo del mundo) porque están defendiendo con todas sus fuerzas la supervivencia del mundo amenazado por un Estado criminal al que se considera especialmente amenazador. Ninguna otra violencia de Estado suscita la indignación moral que suscita Israel. Ningún otro país del mundo provoca tantos deseos de eliminarlo en personas bienintencionadas que defienden la moralidad.
La idea de que los judíos amenazan al mundo está profundamente arraigada en la cultura occidental. Tan profundamente que la referencia sale a relucir de forma automática cada vez que el Estado israelí, como muchos otros Estados de todo el mundo, infringe ocasionalmente la ley. Es indudable que Israel ha desobedecido las leyes internacionales durante las últimas décadas y que su respuesta militar en Gaza ha sido desproporcionada. Pero me cuesta creer que, en las mismas circunstancias, otros países hubieran actuado de forma diferente. Por ejemplo, conociendo la historia de Estados Unidos, estoy segura de que su comportamiento habría sido mucho más devastador. Israel ha actuado en consonancia con el triste historial de la humanidad. No peor. Quizá incluso mejor. Sin embargo, a los israelíes se les mide por un rasero diferente porque es casi imposible desvincularlos de la vieja categoría de los judíos como criminales que ponen en peligro el orden del mundo. Cuando el sionismo se convierte en sinónimo de maldad radical es porque no podemos separar, ni cognitiva ni emocionalmente, a los israelíes de los judíos, los crímenes israelíes (corrientes en la triste historia de la humanidad) de la profunda sensación cultural de que los judíos son peligrosos para el mundo. Permítanme una analogía: sería difícil desvincular el concepto de “falda” o “vestido” del concepto de “mujer”: aunque sepamos que los escoceses a veces llevan falda o que los musulmanes llevan atuendos que parecen vestidos largos, son dos prendas que nos hacen pensar inevitablemente en algo femenino, no masculino. Esa misma lógica cognitiva hace que se asocie indisolublemente a los sionistas y los judíos. Es muy difícil separarlos, por mucho que sepamos que no todos los judíos son sionistas ni todos los sionistas son judíos (un estudio que hizo Pew en 2021 reveló que la mayoría de los judíos consideran que Israel forma parte de su identidad, lo que indica que ambas cosas están profundamente entrelazadas). Aunque, en la práctica, “judíos” y “sionistas” a veces puedan diferenciarse, en las representaciones mentales es imposible separarlos y se vinculan de forma casi automática. Cuando los jóvenes manifestantes expresan el deseo de eliminar a Israel, también están expresando el deseo de aniquilar a los judíos que viven en Israel.
En cuanto a la afirmación de que si hay judíos que participan en un movimiento, entonces este no puede ser antisemita, también es un viejo truco de los soviéticos (había comunistas soviéticos judíos que perseguían a otros judíos). Como bien saben las feministas y los afroamericanos, algunas mujeres y algunos afroamericanos sostienen ideas sexistas o racistas. Los judíos llevan desde el siglo XVIII tratando de integrarse en la cultura y la sociedad, y una de las formas de conseguirlo ha sido el antisionismo, tanto en la Unión Soviética como en los países occidentales. A principios del siglo XX, el antisionismo judío era una opinión legítima dentro del debate sobre el papel que debía desempeñar el nacionalismo en la existencia judía. Pero en la actualidad su significado ha cambiado por completo; ya no es un debate teórico sobre la mejor estrategia para sobrevivir, sino que se lo han apropiado diversos actores políticos que lo utilizan para justificar su propósito de eliminar el Estado de los judíos.
Todo esto es una catástrofe no solo para nosotros, los judíos, no solo para nosotros, los israelíes, sino también para los palestinos. Los israelíes sufrieron un ataque horripilante y creen que estas protestas son profundamente antisemitas, por lo que ven reforzada su sensación de que el mundo quiere destruirlos y lo único que puede protegerlos es la fuerza, el poder militar. Y la vía militar hacia la disuasión aleja a los israelíes de buscar una vía política que otorgue dignidad y soberanía a los palestinos. Hace que los israelíes toleren con más facilidad las decisiones de un Gobierno horroroso que está empeñado en destruir hasta la última brizna de democracia dentro de Israel. Estas protestas, en lugar de ayudar a crear grandes coaliciones que exijan una paz justa para israelíes y palestinos, en lugar de unir a los palestinos y los sionistas no belicistas en la búsqueda de sensatez, están creando divisiones, una desconfianza y una enemistad sin precedentes entre personas que deberían haber sido aliadas. Lo que van a conseguir es acabar del todo con un bando de los partidarios de la paz que ya está muy debilitado. Nunca la moralidad ha sido tan perjudicial para el bien. Eva Illouz es socióloga y ensayista francoisraelí. 































[ARCHIVO DEL BLOG] Hispanistas. [Publicada el 16/06/2017]













La escueta definición que de "hispanista": Especialista en la lengua y la cultura hispánicas, da el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española, no hace justicia al amor a España, su civilización, su cultura y su historia que le han demostrado esos hombres, los hispanistas, la mayoría nacidos fuera de sus fronteras. Nadie ha intentado nunca evaluar la contribución de todos esos extranjeros -algunos famosos, otros desconocidos- a la civilización española, dice el historiador británico Henry Kamen en un reciente artículo. 
Nacido en Birmania (1936), Henry Kamen, uno de los más prestigiosos hispanistas contemporáneos, estudió en la Universidad de Oxford y obtuvo su doctorado en el St. Antony's College, Oxford. Posteriormente enseñó en las Universidades de Edimburgo y de Warwick, y en varias universidades de España y de los Estados Unidos. En 1970 fue elegido miembro de la Royal Historical Society (Londres). En 1984 fue nombrado a la cátedra Herbert F. Johnson, del Institute for Research in the Humanities, Universidad de Wisconsin-Madison. Fue profesor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en Barcelona desde 1993 hasta su jubilación en 2002. Desde entonces ha continuado dando conferencias, y escribiendo, y vive actualmente entre los Estados Unidos y en España. Es un colaborador activo en las páginas del diario español El Mundo.
La ausencia de Hugh Thomas y la inevitable desaparición de los extranjeros que se dedicaron en la época posfranquista a revisar la historia de España, comenta en su artículo, evocan en mí recuerdos de esa época lejana. ¿Hace realmente más de medio siglo que Thomas publicó su estudio de la Guerra Civil? ¿Y han pasado sólo dos años del fallecimiento del decano de los hispanistas británicos, Raymond Carr? Desde distintos rincones del mundo, y siempre con diferentes motivos, a partir de principios del siglo XIX estudiosos fascinados por la experiencia excepcional de la Península, dirigieron sus pasos hacia aquí para intentar comprender el impacto de España sobre el mundo. Y generalmente fue el fenómeno de la guerra lo que los atrajo, desde la guerra contra Napoleón hasta la Guerra Civil del siglo XX. 
Era un fenómeno sin parangón en Europa, señala. Artistas, escritores y músicos hallaron su inspiración en la Península, desde Washington Irving entre las ruinas de Granada árabe, hasta Rimsky-Korsakov en las tiendas de música de Barcelona y desde Hemingway en los bares de Pamplona hasta Orwell en las calles ensangrentadas de Barcelona.
Mi interés por la Península, sigue diciendo, se avivó con mis charlas en París con Fernand Braudel, cuya gran obra sobre Felipe II y el Mediterráneo se publicó en 1949. Me animó a extender mis investigaciones a España, aunque en ese momento -como Hugh Thomas cuando comenzó a trabajar en la Guerra Civil- yo no hablaba ni una sola palabra de castellano. Nadie ha intentado nunca evaluar la contribución de todos estos extranjeros -algunos famosos, otros desconocidos- a la civilización española. A partir de los años 70, hubo una tendencia ideológica de algunos a menospreciar trabajos hechos por los hispanistas extranjeros. En los últimos años de Franco, el régimen montó una campaña para denunciar el libro de Hugh Thomas como una trama de mentiras. Otros escritores extranjeros, entre ellos Carr, también fueron atacados. Carr me explicó cómo gracias a su contacto personal con el ministro de Información y Turismo de Franco, Fraga, su libro sobre España logró escapar de la censura. Campañas similares se montaron unos años más tarde contra mi estudio de la Inquisición. 
Gracias a su palpable imparcialidad, los estudios de eruditos extranjeros rápidamente obtuvieron una recepción favorable en la península. No era necesariamente una tendencia defendible, pues los hispanistas no tenían el monopolio de la verdad ni de la novedad. Los investigadores de mi generación comenzaron a llegar a España en los años 70, pero de ninguna manera trajeron consigo nuevas actitudes. Muchos de ellos no estaban adecuadamente informados sobre el pasado de España, y con frecuencia aceptaban todas las imágenes de una España romántica y exótica que los europeos y los estadounidenses habían cultivado diligentemente durante generaciones. 
En el siglo XIX, continúa diciendo, los estudiosos y artistas extranjeros que visitaron la Península habían ayudado a crear la cultura del orientalismo. De la misma manera, un siglo más tarde, como historiadores, tendíamos a situar nuestro enfoque en las perspectivas culturales que trajimos con nosotros. Como Hemingway, vimos la península a través de otros ojos. Eso pudo haber sido una ventaja, pero no significó que viéramos toda la realidad. Por ejemplo, aceptamos muy fácilmente de la historiografía de los años 70 que el objetivo de los investigadores era estudiar una entidad llamada España. Había, por supuesto, elementos regionales que constituían el idioma y la economía del país, pero cuando asistíamos a reuniones académicas el tema central del debate era invariablemente sobre la entidad España. Esa era una perspectiva optimista, pero al menos los hispanistas intentaron crear algún sentido a partir de una realidad muy compleja. 
La situación actual es lamentablemente diferente, comenta. No sólo los investigadores y los profesores de nuestros días rara vez se aventuran a estudiar temas que afectan a otros países, culturas y continentes, sino que ni siquiera estudian regiones de España que no sean las suyas. Una buena perspectiva del problema la presentó Antonio Muñoz Molina, en El País hace varios años. "La dictadura", escribió, "ocultó y falsificó la historia de España: la democracia, en vez de recobrarla, ha confirmado su prohibición". La historia, a todos los niveles, estaba (y está) sujeta a la manipulación política. «El fraude mental», dijo Muñoz Molina, "se repite con toda exactitud entre nosotros, y muchas veces con un etiquetado ideológico". En particular, la falsificación del pasado, especialmente en manos de los que apoyan el separatismo regional, se ha vuelto más activa que nunca.
Indudablemente muchos hispanistas extranjeros tuvieron un gran impacto en el estudio del pasado, añade más adelante. Pero ese impacto pudo haber sido de corta duración. ¿Lograron cambiar la forma en que los españoles se acercan a ese pasado? Muy posiblemente no. A pesar de toda la investigación que los eruditos extranjeros, como Hugh Thomas y sus sucesores, han dedicado a aspectos de la Guerra Civil, el tema no ha sido purificado de polémicas, y la polarización de actitudes es claramente visible en los libros sobre el tema que se escriben hoy en España. 
Muy a menudo, sigue diciendo, la negativa a aceptar la historia investigada está inspirada en la ideología nacionalista. El ejemplo más llamativo es el apoyo prestado por el Gobierno de Cataluña a una interpretación de la historia y la cultura de la región que está completamente en desacuerdo con la investigación no sólo de los hispanistas extranjeros, sino incluso de los estudiosos regionales. En tal situación, uno puede desesperarse. Parece probable que la especie hispanista esté condenada a la extinción, al menos en el campo de la historia. Eso sería un desastre cultural, porque fue gracias a sus intereses y diligencia que escritos personales como el Homenaje de Orwell y El laberinto español de Brenan llevaron la política española a la primera línea de interés mundial. El Felipe II de Braudel, que nunca fue apreciado adecuadamente en España, colocó al país en el centro de la investigación para miles de estudiantes extranjeros. 
Una futura España sin hispanistas, sería como una cantante de ópera sin voz. Los hispanistas tenían un mensaje y sabían cómo comunicarlo. A veces ese mensaje se basaba en la experiencia directa. Cierro, concluye Kamen su artículo, citando una experiencia personal. En el invierno de 1981 fui invitado a dar una conferencia en Madrid, y debidamente llegué en avión el 23 de febrero. Cuando entré en el taxi en el aeropuerto, el conductor parecía estar muy interesado en escuchar las noticias de la radio. Durante el viaje, le pregunté qué era tan absorbente. "¿No lo sabe?" dijo con asombro. "¡La Guerra Civil ha estallado de nuevo!". Y de hecho, mientras nos dirigíamos a la universidad podía oír el sonido de los disparos del Congreso en la radio. A la mañana siguiente, después del desayuno en mi hotel, caminé hacia el centro de la ciudad, que estaba casi desierto. No era sorprendente. Pude ver más adelante hacia el Prado que las Fuerzas de Seguridad habían cerrado todo el acceso, y evitaban que la gente entrara en el área. Un grupo de jóvenes pasó por mi lado desafiante, levantando los brazos con el saludo fascista y gritando consignas contra el Gobierno. Los historiadores tienen el privilegio de estudiar los acontecimientos históricos desde la seguridad de sus despachos; yo tuve el privilegio diferente y raro de estar presente mientras se desarrollaban los acontecimientos del 23 de febrero. Es en momentos como este que uno aprecia la emoción de poder, como Hugh Thomas pudo, contribuir a la comprensión del pasado de un país. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




















sábado, 25 de mayo de 2024

De los intelectuales

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 25 de mayo. Zola y Proust comenta en El País el escritor José María Ridao, destrozaron el antisemitismo francés, en prensa y en prosa respectivamente, y por ello la historia les considera distintos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com












¿Dónde están los intelectuales?
JOSÉ MARÍA RIDAO
23 MAY 2024 - El País - harendt.blogspot.com

No es fácil decidir si la palabra de los intelectuales no es más peligrosa que su silencio, a la vista del resultado de sus intervenciones desde el siglo XIX en adelante. La actitud del escritor Émile Zola en defensa del capitán Dreyfus, de la que nacería la figura, ha ocultado así, durante más de un siglo, que la fantasía de creer que existen dos razas, dos categorías que dividirían a los seres humanos en arios y semitas, fue obra también de un escritor, August Ludwig von Schlözer, replicada después por otros escritores hasta convertirse en una opinión social incontestable. En lugar de reclamar que intervengan los intelectuales, pensando en Dreyfus, ¿no sería mejor rogarles que, por favor, si la necesidad de protagonismo se lo permite, se abstengan de hacerlo, pensando en Von Schlözer y tantos otros que dieron forma al prejuicio letal contra los judíos?
Las indagaciones académicas acerca de “lo ario” y “lo semita” entraron en vía muerta a consecuencia del desprestigio que cosecharon ambos conceptos y también la disciplina que les proporcionó su última formulación, la ciencia de la raza. Algunos contados autores como Maurice Olender o, más recientemente, Romila Thapar, regresaron sobre el asunto, pero no para retomar las especulaciones donde quedaron antes de 1945, sino para denunciar la precariedad de los fundamentos de una hipótesis lingüística —las lenguas, sostenía esa hipótesis iniciada en tiempos de Von Schlözer, se dividen en semitas e indoeuropeas— que, bajo el impulso del nacionalismo, terminó proyectándose sobre los rasgos biológicos de los individuos. Zola denuncia el sesgo que inspira la condena de Dreyfus, y ese es el motivo por el que su artículo en L’ Aurore sigue resultando ejemplar: la justicia, denuncia Zola, no se ha impartido con imparcialidad ni independencia, al sustituir las pruebas que requería el cargo de traición por un “estúpido prejuicio”.
Del arraigo de ese prejuicio en la sociedad francesa de principios del siglo XX dará cuenta otro escritor, Marcel Proust, quien, por lo general, no suele ser citado entre los intelectuales. A estos efectos, es, solo, un escritor. Según recoge en diversos pasajes de À la recherche du temps perdu, (En busca del tiempo perdido) la idea de que exista una raza judía es moneda corriente en los ambientes más dispares de Francia, desde los pretenciosos salones de la pequeña nobleza hasta los bajos fondos de la prostitución.
Al relatar una visita del narrador innominado de la Recherche al burdel parisino donde busca olvidar una adversidad amorosa, Proust escribe que “el ama de aquella casa nunca conocía a las mujeres por quienes preguntaba uno, y proponía otras que no me inspiraban deseo. Me alababa especialmente a una, y decía de ella, con sonrisa henchida de promesas (como si fuese una cosa rara y exquisita): “¡Es una judía! ¿No le atrae a usted eso?” La irónica distancia con la que Proust desbarata el silogismo implícito del ama —una prostituta francesa, a juicio del ama, dejaba de ser eso, una prostituta francesa, y se transformaba en “una cosa rara y exquisita”, por su condición de judía— resulta más evidente cuando el ama insista “con exaltación necia y falsa, que ella creía ser comunicativa y que casi acababa en un ronquido de placer: “¡Imagínese usted, una judía: debe de ser enloquecedor!”
No es la única ocasión en la que Proust se burla del prejuicio contra los judíos en la Recherche, ni tampoco el único sarcasmo a cuenta de los franceses que le daban crédito. En uno de los pasajes en los que evoca la polarización en torno al caso Dreyfus, Proust describe la sociedad como un caleidoscopio en el que “los filósofos periodísticos”, eso que ahora serían nuestros columnistas y tertulianos, colocaban unos elementos u otros en el primer plano de las cambiantes convenciones que monopolizaban, y monopolizan, la conversación pública. “Todo lo judío estuvo en baja, hasta la dama elegante —escribe Proust—, y ascendieron a ocupar su puesto desconocidos nacionalistas. El salón más brillante de París fue el de un príncipe austríaco y ultracatólico. Pero si en vez de ocurrir lo de Dreyfus hay guerra con Alemania, el caleidoscopio habría girado en otra dirección. Los judíos habrían demostrado, con general asombro, que también eran patriotas, no se habría resentido su buena posición y ya nadie hubiese querido ir, ni siquiera confesar que había ido nunca, a casa del príncipe austríaco”.
La profunda comprensión que demuestra Proust, no solo de la radical arbitrariedad del sentimiento contra los judíos, sino también de su origen político —vinculado, viene a decir, al ascenso de las fuerzas nacionalistas y ultracatólicas en Francia—, se manifestará, además, en otro pasaje de la Recherche, en el que reclama el derecho a juzgar con franqueza a una persona de ascendencia judía y a rehuir eventualmente su trato, no por pertenecer a ninguna raza, sino de acuerdo con los mismos criterios, exactamente los mismos, que observaría con cualquier otra persona, con independencia de su origen. El personaje de Bloch, cuya familia, judía, pasa en las playas de Balbec aquel verano memorable de las muchachas en flor, no le resulta grato al narrador de la Recherche, tanto por su pedantería como, sobre todo, por su artera voluntad de malmeter con Saint-Loup, su reciente amigo. Proust parecería querer alejar del espíritu del lector cualquier equívoco acerca de las razones de la antipatía del narrador de la Recherche, y es por ello por lo que, tal vez, relata un episodio cuya técnica evoca el contrapunto del que se vale Cervantes para dar cuenta del problema morisco en el Quijote. Al igual que Ricote alabará al rey Felipe III por haber adoptado una decisión tan sabia y tan justa como expulsar a los moriscos —¡entre los que se cuenta el propio Ricote!—, así Proust, mediante un hábil artificio narrativo, reproducirá expresiones degradantes para los judíos hurtando al lector la identidad de quien las pronuncia. “Un día estábamos los dos sentados [Saint-Loup y el narrador] en la arena de la playa, cuando oímos salir de una caseta de lona, a nuestro lado, imprecaciones contra el bullir de israelitas que infestaba Balbec. “No se pueden dar dos pasos sin tropezarse con un judío —continúa Proust—. No es que yo sea irreductiblemente hostil por principio a la nacionalidad judía, pero aquí hay ya plétora de ellos. No se oye más que: ¡Eh, Efraím, mira, soy yo, Jacob! “Parece que está uno en la calle de Aboukir”. Creado el suspense acerca de quién pueda expresarse de este modo, aunque induciendo a creer que debía de ser un antidreyfusard, Proust lo resuelve mediante un giro que, en efecto, evoca el contrapunto cervantino. “Por fin salió de la caseta el individuo que tronaba contra los judíos —escribe—, y alzamos la vista para ver al antisemita. Era mi camarada Bloch”.
La comparación entre el artículo de Zola y los episodios de la Recherche en los que Proust se refiere al proceso contra Dreyfus, como también, al asfixiante clima social contra los judíos que lo rodeó gracias a los “filósofos periódisticos”, arroja una desconcertante paradoja. Proust, que destruye el mito contra los judíos mediante una nueva forma de novelar, que revolucionaría el género, es considerado sobre todo un escritor. Por su parte, Zola, también escritor, es considerado sobre todo un intelectual, por haber publicado un artículo. La pregunta que por consiguiente urgiría responder, la pregunta que siempre habría urgido, no es la de dónde están los intelectuales, porque la respuesta es sencilla: abundan en los periódicos. El problema es si tantos como les reclaman hablar se han preguntado si sabrían reconocerlos, distinguiéndolos de un escritor. José María Ridao es escritor y diplomático.



























[ARCHIVO DEL BLOG] ¡Prensa, prensa!... [Publicada el 25/05/2008]












Soy lector asiduo de la prensa electrónica: El País, La Vanguardia, La Voz de Galicia, La Provincia-Diario de Las Palmas, Canarias Ahora... En cuanto a la de papel reconozco que leo habitualmente El País y la local de Las Palmas. La prensa electrónica tiene una ventaja innegable: la inmediatez. Hay momentos en que estoy leyéndola en el ordenador y oigo por la televisión que el equipo tal ha marcado un gol; cuando vuelvo la vista a la pantalla, ya está contado el tanto en ella... Una vez leí -o escuché en una conferencia- no le tengo muy claro, que la radio daba la noticia, la televisión nos la enseñaba y la prensa escrita la comentaba... Ya no es enteramente así, por culpa o/gracias a internet.
Otra de las ventajas de la prensa electrónica, aparte de la inmediatez, es la posibilidad de ampliar la noticia, subrayarla, relacionarla y comentarla, con enlaces a otras noticias, comentarios y opiniones que a su vez pueden derivar a otras muchas más: la famosa telaraña que da nombre a la red (Wolrd-Wide-Web). Y por supuesto, la posibilidad de que los lectores opinen de forma inmediata sobre cada noticia, artículo o comentario del periódico, interrelacionando unos con otros; incluso modificando en algunos casos el texto de la propia noticia. Es un asunto ya un poco manido, por eso se agradecen artículos como el del catedrático de la Universidad de Brown, en Providence (Rhode Island), Julio Ortega,  que nos ofrece una buena puesta al día sobre la cuestión. 
La noticia de que el New York Times tuvo que eliminar cien puestos en su redacción se suma a otra no menos mala, comienza diciendo: que ese diario perdió el pasado año un 4,5% de sus lectores. Sus acciones han bajado de 45 a 17 dólares; y si la empresa valía 6,5 billones de dólares hace 5 años, hoy vale menos de la mitad. Ocurre con otros de los mejores diarios estadounidenses: Los Angeles Times, el Philadelphia Inquirer, el San Francisco Chronicler... Heroicamente, el NYT todavía mantiene 43 corresponsales en sus 25 oficinas en el extranjero, pero el Boston Globe las ha cerrado todas. Comentando estos hechos, Lee Smith propone en el Chronicle of Higher Education que un grupo de universidades privadas se haga cargo de la economía del NYT y lo convierta en el diario más leído en los campus. La idea es altruista pero peligrosa: los profesores suelen fatigar las prensas para defender la filosofía que justifica sus inclinaciones.
Felizmente, la prensa escrita no se ha quedado con los brazos cruzados. Y ensaya, ahora mismo, las llamadas metodologías de la creatividad. Tiene ejemplos en otros sectores. La Toyota japonesa, que en los tres primeros meses del año desplazó a la General Motors del primer lugar en ventas de coches, que ésta había liderado durante 77 años, evidenció la creatividad de su sistema de producción (el New Yorker se demora en explicarlo). No menos creativas han sido las empresas de todo orden en las sociedades pobres: sus sistemas de producción empiezan en el reciclaje residual, y sólo limitan con su propio éxito. Y miles de jóvenes se entrenan en las academias de oficios y terminan en los networks regionales de migrantes, como un nuevo mapa antisistemático que reproduce, a escala minimalista, la globalización capitalista. La creatividad se entiende como la lógica del taller: producir más con menos; como la moral de la forma: ofrecer el producto más acabado; y como un principio de articulación: hacer de la necesidad virtud. Esta Paideia posmoderna ha puesto al día la ética clásica: hago, luego soy.
Para la prensa escrita, si la competencia de Internet es sobre todo devastadora en cuanto a la publicidad, no lo es en la lectura: todavía es mejor leer una página impresa. Por eso, varios periódicos ofrecen suplementos coleccionables, y buscan ser más útiles como navegadores del día. Más que nunca, el periódico forma parte de nuestra vida cotidiana. El NYT no se limita a dar el listín de cine, teatro, museos y galerías: añade sumillas críticas hasta al programa de TV. En español, nuestras Agendas del Día se limitan a cinco actividades. En inglés, son páginas extras que ayudan a elegir. Además, la lectura ya no se debe a lo casual sino a las expectativas. Uno sabe qué días leerá a sus cronistas preferidos, y un máximo de dos crónicas semanales es la medida civil; más que eso sería saturación.
Los lectores son interlocutores de una buena conversación. El mejor ejemplo es el periodismo inglés: desde Deportes hasta Obituarios cultivan el ingenio y eluden el énfasis. La lectura es un relevo democrático: resiste la repetición y busca nuevas voces y estilos. En la cultura hispánica todavía creemos más en la autoridad que en la alteridad.
Tengo para mí que los mejores diarios recuperarán a los lectores al devolverles la palabra. Por eso, tiende a desaparecer el artículo doctrinario y prescriptivo, hecho para avanzar causas o intereses. Kipling amenazó con su bastón a un periodista de Nueva York que se atrevió a preguntarle por sus opiniones personales. Hoy las confesiones se nos han vuelto triviales y casuales. Internet promueve un hablante primario y adversarial; suscita muchas veces lo peor del prójimo. No creo que se pueda llamar "lector", ya que no se debe al lenguaje sino a su negación.
Pero si Internet no reemplaza al periódico (sus versiones electrónicas incluyen ahora lo que el diario ya no puede ofrecer: contribuciones de lectores, bitácoras, servicios, etc.), quien sí lo amenaza es el periodiquillo que se distribuye gratuitamente y que empieza a proliferar en las estaciones del metro. No son para ser leídos sino para ser descartados luego de una mirada. No podrían sustituir al diario pero conspiran contra su imagen: lo gratuito no tiene mérito. Y rebaja la circulación del valor.
Por lo demás, todos los grandes diarios sintonizan con los nuevos públicos. Los migrantes, los estudiantes, los turistas... Estadísticamente, los jóvenes constituyen la mayoría de lectores. Y buscan hoy su propio lugar en las representaciones colectivas. Ese nuevo público empieza a abrirse espacio como protagonistas, sujetos de cambio y nuevos agentes culturales. Ya Pulitzer recomendaba que los diarios deben incluir, todos los días, nombres nuevos: serán lectores fieles, decía. Edmund Wilson escribió que la vejez comienza cuando uno siente que el New York Times del domingo pesa demasiado. Pero hoy, leyendo un buen diario, uno es capaz de creerse más joven.
En todo caso, pienso como él, el placer de la lectura de un buen artículo en la página impresa del diario de nuestros amores, sea el que sea, y aun cayendo en el topicazo del olor reciente de tinta impresa, no podrá ser sustituido por una neutra pantalla de ordenador. Como con los libros... Sean felices. HArendt