Mostrando entradas con la etiqueta Autoritarismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Autoritarismo. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de abril de 2020

[A VUELAPLUMA] Vigilados



Fotograma de la serie de televisión "Vigilados"


"Vivimos tiempos excepcionales -señala en el A vuelapluma de hoy [Lo saben todo de todos. La Vanguardia, 8/4/2020] el escritor Lluís Foix- porque una sensación de fragilidad atraviesa estados, fronteras, sistemas políticos y sociedades que se preguntan cómo se puede vivir en un mundo alterado por la incertidumbre global.

Una de las medidas adoptadas por el Gobierno Sánchez es la geolocalización móvil para ayudar a combatir la pandemia mediante una aplicación que permita saber dónde está cada cual en un momento determinado y así poder advertir a un ciudadano que está poniendo en riesgo su propia salud y la de su entorno.

La propuesta está en estudio porque el Gobierno no quiere dar la impresión de que esta medida pueda vulnerar los derechos individuales. El ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, insiste que en el estado de alarma no existe una devaluación del Estado de derecho. Cada prolongación de esta medida excepcional para combatir el virus tiene que aprobarse en el Congreso, según el artículo 116 de la Constitución.

Hace muy bien el Gobierno en garantizar el derecho a la intimidad de todos. Pero no hace falta. Hace ya mucho tiempo que nuestros datos personales están en poder de los gobiernos, de los servicios de inteligencia y de las operadoras de internet.

Vigilancia permanente es el título del imprescindible libro de Edward Snowden, fugado a Rusia después de revelar la información acumulada por los servicios secretos americanos, en el que explica cómo el progreso tecnológico ha permitido a Estados Unidos almacenar toda la información de todos los ciudadanos del mundo. Snowden, al igual que Julian Assange, está acusado de traición por haber descubierto los secretos más delicados de la inteligencia nortea­mericana. Snowden vive en Rusia protegido por Putin y Assange está pendiente de juicio en Londres en espera de que la justicia británica decida o no su extradición a Estados Unidos.

Snowden afirma, desde el conocimiento de las entrañas de la información superencriptada, que el papel fundamental del progreso tecnológico es que si algo puede hacerse, probablemente se hará y seguramente ya se ha hecho. Pero revela también que China lo hacía públicamente contra sus ciudadanos mientras que Estados Unidos ha podido hacerlo en secreto a todo el mundo.

Nos podemos rebelar contra gobiernos o contra las empresas que almacenan nuestros datos. En muchos casos han sido capturados por los servicios secretos, pero es habitual que todos los hayamos suministrado voluntariamente cuando una empresa nos los ha pedido. Hemos aceptado volunta­riamente tantas cláusulas sin detenernos a leer qué decían. No caben quejas.

Olvidémonos, por lo tanto, de reclamar la confidencialidad de nuestros datos, nuestras andanzas y localizaciones, nuestra privacidad. Siempre que se plantee el dilema entre seguridad y libertad serán los inte­reses de Estado los que prevalezcan, también en las democracias. Es lamentable pero es así.

La geolocalización móvil fue utilizada en el 2019 por el Instituto Nacional de Estadística para observar los movimientos pendulares de la población en el mapa. Siempre se asegura que los datos no serán utilizados para nada más de lo que se supone que fueron obtenidos. Las grandes operadoras también las emplean para ubicarnos y la industria publicitaria nos envía mensajes de acuerdo con los perfiles que tiene perfectamente elaborados de todos.

La libertad ha retrocedido y los pasos de la sociedad disciplinaria que perfila el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, tal como exponía en un artículo en este diario el pasado sábado, avanzan hacia nuestra intimidad en nombre de la eficacia.

La pandemia del coronavirus ha acelerado abruptamente el cambio en la geopolítica que dará más oportunidad a los sistemas con autoridad fuerte, aún con el ropaje de democracias consolidadas, que a las sociedades imperfectas basadas en la libertad que, paradójicamente, son las que más perduran a medio y a largo plazo.

La sociedad disciplinaria podrá imponerse temporalmente siempre y cuando no ahogue la libertad y la capacidad de crítica que no podrán borrarse. Donald Trump y Boris Johnson pensaban hace unas semanas que era más importante reflotar la economía que contener los efectos devastadores del virus. Los muertos por la pandemia les han hecho modificar el criterio.

Lo más preocupante no es que China opere con parámetros autoritarios, sin libertad, que producen resultados óptimos reflejados en eficacia, crecimiento y aumento del bienestar. Es más inquietante que estas tesis sean asumidas por países democráticos que han conseguido objetivos semejantes sin apartarse de los inevitables debates de las sociedades libres. ¿Hay que felicitar a China, que ha exportado el virus y ahora suministra todo el material necesario para combatirlo? Como decía el lunes Angela Merkel, es hora de producir lo que necesitamos sin recurrir a los países asiáticos porque su mano de obra es más barata. Recuperar la economía social de mercado, un invento renano, puede ser un remedio".

A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. 





La reproducción de artículos firmados en este blog no implica compartir su contenido. Sí, en todo caso, su  interés. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




HArendt





Entrada núm. 5910
elblogdeharendt@gmail.com
La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

viernes, 15 de noviembre de 2019

[TEORÍA POLÍTICA] Actuar como si...



Protesta estudiantil en México


El escritor y periodista mexicano Pablo Majluf escribe en Letras Libres sobre el autoritarismo y la demagogia populista, y recuerda, que ya en su momento, y haciendo cara al autoritarismo de su época, Václav Havel decidió actuar "como si" fuera ciudadano de una sociedad libre, en un ejercicio de libertad con el que logró salirse con la suya, en una fórmula que se puede rescatar de cara a otro régimen mentiroso y potencialmente destructivo.

"Ya muchos nos preguntamos qué hacer frente al autoritarismo y la demagogia -comienza diciendo Majluf-. Cómo resistir el avance de un régimen mentiroso y potencialmente destructivo. Cómo actuar mientras los nuevos embaucadores –con la venia de mayorías adormecidas o manipuladas– destruyen las instituciones y cambian la constitución para entronizar a un señor: ¿Nos plantamos en Reforma hasta que se atiendan nuestras plegarias? ¿Organizamos una marcha? ¿Nos afiliamos a un partido político de oposición, aunque sean PRI o PAN, aquellos ladrones? ¿Le escribimos a nuestros legisladores, aunque sean del partido gobernante? ¿Visitamos cada pueblito para conocer mejor al México “verdadero”, emulando al populismo de abrazos con la esperanza de descarrilarlo desde adentro? ¿Revisamos nuestro privilegio, como solicita una de las alas académicas al servicio del resentimiento, acaso para que las partes agraviadas nos consideren interlocutores válidos?

El periodismo prescriptivo no es el mejor –no creo que dar recetas sea función de la prensa, como sí lo es hacer diagnósticos y exhibir problemas, ni tampoco creo que esté equipada para ello y la mayor de las veces adquiere así su forma más fea–, pero ya demasiadas, y cada vez más, personas manifiestan confusión y desasosiego, tanto personal como colectivo, frente a una era oscura e incierta. Y en efecto, ¿qué puede hacer el ciudadano común ante semejante monolito? Alguna o varias de las anteriores, sí, además de las de cajón: votar cuidadosamente de ahora en adelante (el encargo se explica solo), donar –o mejor aún, sumarse– a la sociedad civil opositora, mantenerse informado, persuadir a los demás, señalar estupideces e injusticias, criticar y ridiculizar al régimen, leer a los comentócratas oligárquicos más hostigados.

Pero, aunque todo suma, es posible que no alcance. La demagogia es infatigable en un país adolescente. Y si bien la historia nos enseña que nada permanece, tampoco sabemos cuánto.

De tal suerte que sí hay algo que cada pequeño opositor puede hacer por sí mismo. Acaso algún día el agregado cambie los vientos, pero si no, no importa, pues de todas formas es esta la forma más digna de sobrellevar el ciclón. Václav Havel la llamaba “el poder de los impotentes” o “actuar como si…”. Y quién mejor para explicarlo que el venerable Christopher Hitchens en sus Cartas a un joven disidente:  

Václav Havel, que trabajaba como dramaturgo y poeta marginal en una sociedad y un Estado que de veras merecían el título de absurdos, se dio cuenta de que la ‘resistencia’ en su acepción original de insurgencia y militancia era imposible en la Europa central de la época. Por lo tanto, propuso vivir como si fuera ciudadano de una sociedad libre, como si la mentira y la cobardía no fueran obligaciones patrióticas, como si su gobierno hubiera firmado los diversos tratados y acuerdos para consagrar los derechos humanos universales. Llamó a esta táctica el "poder de los impotentes" porque, incluso cuando el desacuerdo está casi prohibido, es relativamente fácil hacer parecer estúpido a un régimen que insiste en el asentimiento.

Así fue como Rosa Parks se sentó en un asiento reservado para blancos aquella tarde de 1960, evoca Hitchens confirmando a Havel: “actuó como si una mujer trabajadora negra pudiera ocupar el lugar de un blanco en el sur segregacionista”. Así también Oscar Wilde ridiculizó a la sociedad victoriana que lo condenó: “decidió vivir y actuar como si la hipocresía moral no fuera dominante.” Aleksandr Solzhenitsyn también se dispuso a “escribir como si un erudito individual pudiera investigar la historia de su propio país y publicar sus hallazgos” en el Moscú de los setenta. “Todos, al comportarse literalmente, actuaron irónicamente. Y en cada caso, como sabemos ahora, las autoridades se vieron obligadas primero a actuar con vileza y luego a parecer viles, para finalmente ser víctimas de severos veredictos de la posteridad.”

En nuestra propia historia pienso en Francisco Zarco, el Nigromante, Rodolfo Usigli, Julio Scherer, Luis González de Alba, Javier Sicilia y Lydia Cacho, quienes actuaron como si jamás los fuesen a censurar, como si no los acechara el autoritarismo. Es eso lo que desnuda al poder al tiempo que reivindica al individuo: define por contraste el acto rebelde frente a la proscripción. Y aunque ni aquellos ni estos fueron ciudadanos comunes, fue precisamente por haber actuado como si gozaran de libertad, que son referente. Desde luego que el resultado, advirtió Hitchens, “no está nunca garantizado…y debe haber días en que el talante del como si sea extremadamente difícil de mantener.” Pero eso jamás es contratiempo: es un ejercicio de libertad per se con el que el disidente se sale con la suya.  

Guardo toda proporción con el obradorismo –mas no descarto ningún devenir ominoso– y pienso que hoy uno debe actuar como si el líder no condenara opositores desde el estrado presidencial; como si los propagandistas del régimen no lincharan críticos; como si reprobar el populismo no fuese considerado traición; como si la violencia criminal que vive al amparo del Estado no estuviese desbordada; como si sobraran los eufemismos y perífrasis; como si no se hubieran promulgado la extinción de dominio y la prisión preventiva oficiosa, leyes que fortalecen al gobierno y debilitan al ciudadano; como si no existiese el miedo. Eso, el miedo. Es eso al final: los autoritarismos viven del miedo. Y lo mejor que puede hacer uno es actuar como si no lo tuviera".



La muerte de Sócrates, por Jacques-Louis David, 1787


La reproducción de artículos firmados en este blog no implica compartir su contenido. Sí, en todo caso, su  interés. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt






HArendt




Entrada núm. 5447
elblogdeharendt@gmail.com
La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

miércoles, 24 de abril de 2019

[A VUELA PLUMA] Camino a la nada





En El camino hacia la no libertad (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2018), escribe Mira Milosevic, investigadora principal en el Real Instituto Elcano, Timothy Snyder, como en sus anteriores libros, reivindica la importancia del conocimiento y la comprensión de los hechos históricos para desconfiar de los relatos unilaterales del pasado y entender mejor el presente. Pero, a diferencia de los libros previos, algunos de ellos publicados en castellano por el mismo sello editorial ‒Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin (2011), El príncipe rojo. Las vidas secretas de un archiduque de Habsburgo (2014), Tierra negra. El Holocausto como historia y como advertencia (2015)‒, que tratan todos sobre la Segunda Guerra Mundial, el último libro del historiador norteamericano versa sobre una «historia del presente» (expresión que tomo prestada de otro historiador, el británico Timothy Garton Ash). 

El objetivo del libro de Snyder, dice Miloservic, que era analizar las raíces intelectuales y los fundamentos del autoritarismo moderno en Rusia y mostrar cómo ha extendido su influencia a otros países de Europa (anexión de Crimea y guerra de Ucrania, varios casos de desinformación e injerencia rusa en los procesos electorales, apoyo del Kremlin al Brexit) y a Estados Unidos (victoria de Donald Trump, el «candidato ruso» a las elecciones presidenciales de 2016), no se ha alcanzado del todo. El resultado, a pesar de la capacidad retórica y el incuestionable dominio de los conocimientos históricos que el autor aplica a los debates políticos contemporáneos concebidos como oposiciones de conceptos (individualismo versus totalitarismo, verdad versus mentiras, etc.), es desigual.

Si bien expone con detalle los acontecimientos que se han sucedido desde 2010, «la historia del presente» de Snyder se remonta al bienio 1989-1991, el momento del colapso del comunismo y del final de la Guerra Fría, cuando, a juicio del autor, se cometieron ciertos errores políticos e intelectuales. Para definir, analizar y, sobre todo, comprender dichos errores, el historiador apela a dos principios, la política de la inevitabilidad y la política de la eternidad, que estructuran la lectura y pretenden servir de puente entre la historia del pasado y la historia del presente.

Los defensores de la política de la inevitabilidad creen que «la Historia ha terminado», que no hay alternativas al sistema político y económico de la democracia liberal. La Historia avanza inexorablemente hacia un final claro. Quienes creen en la política de la eternidad no ven progreso, sino un ciclo interminable de humillación, muerte y renacimiento que se repite. Ambas posiciones se basan a menudo en iconografías religiosas y justifican la intolerancia hacia quienes no están de acuerdo con ellas. Snyder presenta al filósofo ruso Ivan Ilyin y a Vladímir Putin como paradigmas de la política de la eternidad.

Los principales errores que se cometieron después de la caída del Muro de Berlín se deberían a la política de la inevitabilidad, pues si creemos que el progreso es inevitable, no tenemos motivo alguno para preguntarnos qué debemos hacer como individuos o ciudadanos con la finalidad de promover un buen orden político. La política de la inevitabilidad suprime el sentido de responsabilidad e implica que las ideas han dejado de ser importantes. Si creemos que el futuro será como el presente, o aún mejor, no tenemos que preguntarnos qué es lo bueno en el presente. Esta despreocupación e irresponsabilidad contribuyen al regreso de las políticas de la eternidad. Snyder no explica por qué elige estos dos conceptos para describir la situación actual. Llama la atención que analice, por ejemplo, el marxismo, que, con su teoría de que el capitalismo desembocará fatalmente en el socialismo, serviría mucho más como ilustración de las políticas de la inevitabilidad que la tesis del «fin de la Historia» que construyó Francis Fukuyama a partir de Hegel y de la teoría de la obsolescencia de las ideologías, sostenida en Estados Unidos por Daniel Bell.

Snyder ofrece un análisis detallado y muy convincente de las ideas de Ivan Ilyin, impulsor «de un fascismo cristiano cuyo objetivo era vencer al bolchevismo». Ilyin es un filósofo ruso rehabilitado por Vladímir Putin desde 2006. Sus ideas son una mezcla extraña y tóxica de fascismo, religión y nociones del siglo XIX sobre la raza y la lucha por la supervivencia de un «ser puro e inocente como la nación rusa». Snyder afirma que Ilyin es el pensador clave para comprender las ideas de Vladímir Putin y la política de la eternidad que caracteriza al actual Gobierno ruso. Sin embargo, este análisis brillante y bien documentado de la historia de las ideas se desliza hacia la pura argumentación persuasiva cuando Snyder afirma que, entre 2006 y 2010, «Putin citaba habitualmente a Ilyin en sus discursos anuales [...], unos discursos importantes», pero no aporta pruebas de que Putin «en 2010 empezó a recurrir a Ilyin como fuente para explicar por qué Rusia tenía que debilitar el poder de la Unión Europea e invadir Ucrania». Es bastante obvio que las ideas de Ilyin pueden explicar las raíces del fascismo ruso frente al bolchevismo, así como que los conceptos de política exterior y de seguridad nacional del pensamiento tradicional estratégico de Rusia sirven para comprender el objetivo del Kremlin de debilitar y dividir a Occidente. Pero la afirmación de que Moscú «desde 2013 ha tomado la política de la inevitabilidad tanto estadounidense como europea y la ha impulsado hacia una política de la eternidad» no prueba que entre ellas exista relación alguna ni explica cómo la política de la eternidad se ha convertido en un instrumento estratégico para debilitar y dividir a Europa.

La tesis más provocadora del libro es la de la falsedad de la «fábula de la nación sabia» acerca de la integración de la Unión Europea. El núcleo de dicha «fábula» es la idea de que aunque el Estado-nación europeo tiene una larga existencia histórica, los Estados-nación aprendieron de la Segunda Guerra Mundial y eligieron sabiamente el camino de la integración. Snyder opone a esta fábula otra suya (pero tácitamente apoyada en Arno Mayer): la de que los Estados miembros de la Unión Europea más importantes de Europa Occidental no fueron nunca Estados-nación en el período moderno. Ninguno de ellos fue nunca una entidad soberana con fronteras definidas. Y, por tanto, Snyder sostiene que la integración europea ha consistido en un proceso de sustitución del imperialismo y colonialismo de los países europeos, que los sistemas educativos europeos tienden a ignorar en aras de la «fábula de la nación sabia». Los europeos cambiaron de camino tras perder el poder imperial y vieron la integración europea como una forma de sobreponerse a la desaparición de sus imperios. Aunque la tesis de que el Brexit es un salto hacia algo totalmente desconocido en la historia europea moderna ‒un Estado sin imperio y sin integración‒ resulte parcialmente cierta, Snyder olvida que, desde 1707, el Reino Unido fue un Estado-nación en posesión de un imperio, mientras que, como lo ha señalado Geoffrey Hosking, Rusia era un imperio y no un Estado-nación. Resulta aún más sorprendente que el autor descartase a Francia como un Estado-nación, cuando el concepto de nación se desarrolló en Francia a finales del siglo XII y principios del siglo XIII. El proceso de creación de Estados-nación modernos en Europa arrancó cerca del año 1648 (el año en que se firmó Paz de Westfalia) y ha ido madurando hasta la Revolución francesa de 1789. Francia es un paradigmático modelo europeo de Estado-nación.

El historiador se contradice a sí mismo cuando afirma que, en el siglo XX, los países de Europa Central y Oriental fueron Estados-nación en el período de entreguerras, a diferencia de Europa Occidental, ya que en su anterior libro (Tierra negra. El Holocausto como historia y como advertencia) demostraba precisamente lo contrario: entre 1939 y 1945, los países de Europa Central y Oriental constituyeron un inmenso agujero negro donde fueron masacrados millones de seres humanos, porque sus estructuras estatales eran débiles o inexistentes, mientras que los Estados de Europa Occidental persistieron pese a la ocupación alemana, lo que permitió que el número de los judíos que sobrevivieron en ellos al Holocausto fuera relativamente elevado. Fue la ausencia de una estructura sólida del Estado-nación en Europa Central y Oriental la que hizo posible el Holocausto.

Pese a todo ello, El camino hacia la no libertad es una llamada de atención sobre la gravedad de la crisis de la democracia liberal y una excelente prueba de que el conocimiento de la Historia es imprescindible para comprender las amenazas del presente. Snyder resulta muy convincente cuando analiza la historia de las ideas de una parte del actual pensamiento político ruso, pero no acaba de hacer creíble la tesis de que las ideas de la política de la eternidad de Ivan Ilyin hayan llegado a influir en la Unión Europea y en Estados Unidos a través de la acción política de Vladímir Putin. A pesar de que los hechos descritos por Snyder están bien documentados en lo que respecta a la guerra en Ucrania, el Brexit, las elecciones estadounidenses y la manera en que Rusia ha intentado aprovecharlos para debilitar a Occidente, resulta inverosímil que la política autocrática rusa de la eternidad haya utilizado la política de la inevitabilidad occidental para desmoronar el orden liberal.

Este último libro de Snyder revela la paradoja de los intelectuales occidentales, que recuerdan al protagonista de El doble, la novela de Fiódor Dostoievski. Su antihéroe acaba en un manicomio tras conocer a su doble, un hombre que se parece a él, habla como él, pero muestra todo el encanto y autoestima que él no posee. Cuando se trata de Rusia, Occidente se siente como el personaje de Dostoievski en presencia de su doble, si bien con una diferencia significativa: mientras que en la novela el doble encarna lo que el protagonista siempre quiso ser, Rusia personifica para Occidente aquello en lo que nunca querría convertirse.

En los años noventa del siglo XX, los occidentales consideraban a Rusia como una mezcla de fracaso y banalidad. En el XXI, Rusia se ha transformado en modelo del mundo venidero. El fantasma del pasado ha devenido en embajador del futuro. Según Snyder, lo que sucede en Rusia ya empieza a ocurrir en los países occidentales. Su ensayo desvela que lo que causa ansiedad en el Occidente liberal no es que Rusia dirija el mundo, sino que el mundo se parezca cada vez más a Rusia.




Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt 



HArendt





Entrada núm. 4862
elblogdeharendt@gmail.com
La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)