martes, 6 de junio de 2017

[Cuentos para la edad adulta] Hoy, con "Mitología de un hecho constante", de Tomás Borrás







Continúo la serie de Cuentos para la edad adulta con el titulado Mitología de un hecho constante, del periodista y escritor español Tomás Borrás y Bermejo (1891-1976) Comenzó a escribir desde muy joven. Fue tertuliano del Café de Pombo y salió en el famoso cuadro de Solana "La tertulia del café Pombo" (1920). Entró en el mundo del periodismo con colaboraciones en el diario La Nación durante la Dictadura de Primo de Rivera. En 1930 ingresó en el diario ABC y en su revista Blanco y Negro. Durante el franquismo colaboró con publicaciones como Vértice, y llegó a ser cronista oficial de la Villa de Madrid. Obtuvo también el Premio Nacional de Periodismo y el Premio Nacional de Literatura. Fue escritor prolífico de novelas, obras teatrales, cuentos, poesía, ensayos diversos y biografías. Literariamente se le puede encuadrar dentro del modernismo y hay que destacar su fuerte implicación en una de las compañías más renovadoras de la escena española, el Teatro de Arte. 

El cuento, como género literario, se define por ser una narración breve, oral o escrita, en la que se narra una historia de ficción con un reducido número de personajes, una intriga poco desarrollada y un clímax y desenlace final rápidos. Durante los próximo meses voy a traer hasta el blog algunos de los relatos cortos más famosos de la historia de la literatura universal. Obras de autores como Philip K. Dick, Franz Kafka, Herman Melville, Guy de Maupassant, Julio Cortázar, Alberto Moravia, Juan Rulfo, Jorge Luis Borges, Edgar Allan Poe, Oscar Wilde, Lovecraft, Jack London, Anton Chejov, y otros. 

Les dejo, pues, con Mitología de un hecho constante, de Tomás Borrás, publicado en Cuentacuentos (1948). 



Mitología de un hecho constante
por 
Tomás Borrás


A la madre le habían confiado los dioses el secreto: “Mientras alimentes la llama de esa hoguera, tu hijo vivirá”. Y la madre, infatigable, sostenía el fuego, vigilándolo, sin permitir que disminuyese en intensidad ni altura.

Así pasaron los años. La madre, arrodillada ante el lar, veía cómo las ascuas alargaban sus alegres brazos escarlata, garantía de la vitalidad de su hijo. Sin dormirse, hora tras hora, agregaba al montón caliente nuevos troncos, en vela de su hermosa calentura.

Un día, por la puerta abierta que daba a los campos, entró una joven blanca, sonriente y hermosa, de paso seguro y ojos que miraban con gozo y fe al porvenir. Sin hablarle, ayudó a levantarse a la madre, sorprendida, le hizo un ademán de adiós, y se arrodilló ante el lar, a nutrir ella, la crepitante llamarada.

La madre no preguntó. Súbitamente comprendía que era su revelo, que estaba obligada a ceder el turno a la desconocida, a la que se encargaba desde entonces de sostener el alimento de la incesante llama para que viviera su hijo.

Y, también en silencio, se salió de la casa y no se fue lejos; solo donde podía prudentemente contemplar el humo delicado disolviéndose en el delicado azul.


FIN






Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt





HArendt






Entrada núm. 3537
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La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)
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