domingo, 31 de julio de 2011

Diario de Sesiones de las Cortes de Cádiz - Julio de 1811





El diputado Antonio José Ruíz de Padrón




En este enlace de la página electrónica del Congreso de los Diputados de España pueden ustedes acceder al Diario de Sesiones de las Cortes de Cádiz correspondiente al mes de Julio de 1811. 


Los dos vídeos que acompaño a la entrada constituyen un interesantísimo reportaje sobre el sacerdote gomero Antonio José Ruíz de Padrón, un canario universal, de ideas liberales, cosmopolita como pocos de sus paisanos. diputado por Canarias en las Cortes de Cádiz, amigo personal de Benjamín Franklin y George Washington, y precoz defensor de los derechos humanos y las libertades y debelador incansable de la Inquisición.

Espero que tanto la lectura del Diario de Sesiones de las Cortes como los vídeos les resulten interesantes. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt

   



Portada de "La isla transparente"




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Entrada núm. 1394 -
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"Tanto como saber, me agrada dudar" (Dante)
"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura" (Voltaire)

Ruíz de Padrón: Un canario en las Cortes de Cádiz (1)

Ruíz de Padrón: Un canario en las Cortes de Cádiz (2)

sábado, 30 de julio de 2011

Mi primera vez: El primer día de colegio. Un relato de Soledad Puértolas






Primer día de colegio (Dibujo de Fernando Vicente)




No recuerdo como fue mi primer día de colegio. Ni siquiera la fecha: supongo que entre 1951 y 1952. Sí, en cambio, y muy bien, el lugar: un viejo caserón, inmenso para mi tamaño de niño, en el número 32 de la calle Batalla del Salado, en Madrid, donde estaba ubicado el Primer Tercio Móvil de la Guardia Civil, en el que mi padre estaba destinado al mando de una de sus compañías. 

El pabellón donde vivían mis padres estaba en la tercera planta, y daba a una inmensa galería descubierta sobre un gran patio de armas de planta cuadrangular. El parvulario, pues no era otra cosa "mi primer colegio", estaba en la primera planta del edificio en cuestión, y en él aprendían sus primeras letras los hijos de los guardias civiles allí destinados..  

No recuerdo el nombre ni el aspecto de mi maestra, aunque sí que era una muchacha joven y cariñosa con nosotros. También recuerdo el penetrante olor de la tiza, que no he podido olvidar y que se reproduce en mi cerebro cada vez que entro en un aula escolar, aún hoy...

Recuerdo también muy bien el gravísimo problema que durante mucho tiempo tuve con el nombre de la penúltima letra del abecedario y como bajaba desde mi casa hasta el parvulario repitiendo en voz alta una y otra vez "i griega, i griega, i griega...",

La escritora Soledad Puértolas, académica de la Lengua, recordaba hace unos días en El País: "Ficciones. Mi primera vez: Primer día de colegio" (15/07/2011), como había sido para ella y como recordaba, esa "primera vez". El vídeo que acompaña a la entrada es una entrevista que la 2 de RTVE realizó a la escritora aragonea con motivo de su ingreso en la Real Academia Española. Disfruten de ambos. Y sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt




Ficciones: Primer día de colegio 
por Soledad Puértolas
EL PAÍS - 15-07-2011

Quizá para que yo no estuviera en casa mucho tiempo sola, ya que mi hermana, que me llevaba dos años, iba ya al colegio, mi madre decidió enviarme al jardín de infancia cuando yo apenas tenía cuatro años. Hoy día es más normal, pero en aquella época resultaba un poco prematuro y tengo la impresión de haber escuchado a mi alrededor, a lo largo del curso, algunos comentarios sobre el asunto.

El jardín de infancia se encontraba en el sótano del enorme edificio del colegio, pero no era un sótano lúgubre, sino luminoso. Cuando caía la tarde, se encendían las luces y el aula cobraba una vida distinta, casi agresiva. La luz eléctrica era mucho más invasora que la del sol. Y siempre era igual. La tarde se detenía. En lugar de avanzar, la hora de la salida parecía más y más lejana.

Me impresionó tanto ese día al que había llegado un poco engañada porque nadie me había explicado qué se hacía en el colegio ni cuánto tiempo debía permanecer en él, que cuando, ya en casa, oí decir que había que prepararlo todo para el día siguiente, me quedé paralizada. ¿Tenía que volver mañana?, pregunté, incrédula. Todos los días, me dijeron. Todos los días. ¡Qué tres palabras más terribles bajo su aparente inocencia! Resultaba incomprensible y abrumador. Me parece que fue en ese mismo momento cuando la conciencia del tiempo se instaló dentro de mí de una forma terrible y angustiosa, como si esas palabras -todos los días- hubieran sido una maldición. Y, a partir de ese momento, también, arraigó en mi interior una obsesión: huir de ese tiempo monótono y obstinado que se empeñaba a repetirse día a día, exacto, imperturbable, eliminando toda posibilidad de avanzar, de cambiar.

Ese es el recuerdo que todavía hoy puedo reproducir: echada en la cama, con los ojos abiertos, me estoy diciendo a mí misma que mañana volveré a pasar el día en el colegio, codo con codo con niñas de mi edad, y rodeada de monjas.

Mañana y al día siguiente y al otro. ¿No volvería a tener tiempo para mí?, ¿tendría que estar siempre ahí, observada, empujada, incluida en un grupo? No sé ahora para qué quería yo ese tiempo que me parecía me estaban hurtando. Quizá buena parte de la culpa la tenía la potente luz eléctrica que, después de comer, invadía el sótano. Puede que me asustara demasiado y creyese de verdad que la tarde nunca se iba a terminar.

Pero esa sensación se guardó tan celosamente en mi interior que aún concibo el futuro, ante todo, como una liberación. Las dificultades, penas e inconvenientes que, como es lógico, aguardan dentro de ese tiempo desconocido, aún empalidecen cuando considero su latido. En este mismo momento, el tiempo transcurre. Se oye llover, si llueve, y cada gota cae del cielo adonde vaya a caer, la tierra, un tejado, un paraguas. O hace calor, y son las gotas de sudor las que se deslizan por la piel. Ese caer, ese deslizar, ese avanzar, aún me parece extraordinario.




La escritora Soledad Puértolas




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La 2 de RTVE entrevista a Soledad Puértolas

miércoles, 27 de julio de 2011

La historia de todas las historias






Alfonso X y su corte (Miniatura medieval)




Si la "Biblia" es para judíos y cristianos el libro de los libros, la "Grande e General Estoria", de Alfonso X el Sabio, es la historia de todas las historias. Reinó en Castilla y León entre 1252 y 1284. Hijo de Fernando III de Castilla y Beatriz de Suabia, en 1257, alegando los derechos sucesorios de su madre, es elegido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico por una parte de los electores palatinos, con la oposición del papa Gregorio X. Nunca llegó a ser coronado, pues renunció más tarde a sus pretensiones imperiales a cambio de subsidios para continuar la guerra contra los musulmanes en la Península.

Dice el historiador José Luis Abellán de él en su "Historia Crítica del Pensamiento Español - Tomo 1" (Círculo de Lectores, Barcelona, 1992), que con su impulso decidido la Escuela de Traductores de Toledo vivió su segundo gran período de esplendor, y que fue allí, en Toledo, donde instaló un observatorio astronómico gracias al cual se elaboraron las famosísimas "Tablas alfonsíes" que tuvieron enorme difusión en toda Europa llegando a ser utilizadas por el mismo Copérnico. Tradujo personalmente la versión del "Libro de Calila e Dimna", colección de fábulas orientales. Como poeta escribió en gallego las "Cantigas a Nuestra Señora", en el que van letra y música conjuntamente. Como historiador mando componer la "Primera Crónica General o Estoria de España" y la "Grande e General Estoria", utlizando fuentes latinas,árabes, españolas y francesas. Y como jurista, continuando la labor codificadora de su padre, intentó la codificación general de todo el Derecho en el "Fuero Real", el "Espéculo" y sobre todo en el "Código de las Siete Partidas", conocido también como "Libro o Fuero de las Leyes"

Con motivo de la publicación por vez primera de una edición íntegra y completa en diez tomos de la "Grande e General Estoria" (Fundación José Antonio de Castro, Madrid, 2011), el profesor Francisco Bautista, investigador "Ramón y Cajal" en la Universidad de Salamanca, ha escrito en el último número de Revista de Libros (Julio-Agosto, 2011) un interesantísimo artículo titulado "La historia de todas las historias" que pueden leer en este enlace.

En la "La Grande e General Estoria", dice el profesor Bautista, se pensaba ofrecer un relato histórico desde la Creación hasta los tiempos de Alfonso X. Fue acometida hacia mediados de su reinado, en torno a 1270, después de haber reunido los muchos y muy diversos materiales empleados en la obra, por un grupo de colaboradores del rey que bajo sus directrices más o menos directas y detalladas acometió un plan enormemente ambicioso que se proponía compendiar y sintetizar todo el saber histórico de su época. El proyecto no se llegó a completar y lo que conocemos del mismo termina justamente al comienzo de nuestra era, cuando iba a narrarse la vida de Cristo.

La "Grande e General Estoria", dice Francisco Bautista en su artículo, es una historia universal, pero frente a otros ejemplos de esta tradición en la Edad Media en España y el resto de Europa, tiende a identificarse con ese pasado mismo al integrarlo de manera exhaustiva dentro de la propia obra, fluctuando entre la biblioteca y el códice y respondiendo cabalmente a la imagen que hace del libro un trasunto del mundo. En suma, la historia de todas las historias.

Espero que disfruten de su lectura. El vídeo que acompaña a esta entrada es una selección de miniaturas y música de las "Cantigas do Santa María", de Alfonso X el Sabio. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt





Página de la Grande e General Estoria (Códice de El Escorial)

                                  


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Música y miniaturas en las "Cantigas do Santa Maria", de Alfonso X El Sabio

martes, 26 de julio de 2011

Mi primera vez: En Venercia. Un relato de Esther Tusquets






En Venecia. Dibujo de Eva Vázquez




Con la escritora y editora Esther Tusquets, a la que no tengo el placer de conocer personalmente, y por la que siento una profunda admiración, me unen una serie de afinidades o coincidencias vitales de las que ya he dejado constancia en el blog en anteriores ocasiones. Que recuerde ahora, en mi entrada del 9 de diciembre de 2007, titulada "Memorias de juventud de Esther Tusquets" en la que comentaba la impresión que me había producido la lectura de su libro autobiográfico "Habíamos ganado la guerra" (Ediciones B, Barcelona, 2007) y el descubrimiento de algunas de esas "afinidades vitales" compartidas.

Hace unos días, leo de nuevo un artículo suyo para la serie "Ficciones. Mi primera vez" que viene publicando El País, titulada "En Venecia" (20/7/2011). No me resisto a compartirla con ustedes. En esta ocasión, esa "primera vez" de la que habla, escribe,  Esther Tusquets, es la impresión que le causó su primer encuentro con Venecia. 

No puedo compartir esa sensación porque nunca he estado en Venecia. Pero si he sentido algo muy parecido la primera vez que puse pie en Roma. Una sensación que no voy a olvidar nunca y que se repite en cada ocasión que vuelvo a esa ciudad mágica y eterna por tantas cosas. Disfruten de su lectura. Y sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt




Ficciones. Mi primera vez: En Venecia 
por Esther Tusquets
EL PAÍS - 20-07-2011

Ha habido en mi vida, ya tan larga, espacio para deleites exquisitos, experiencias inolvidables, instantes de tal felicidad que se diría puede uno tocar el cielo con las manos (expresión que Herralde, el editor, desaprueba con justo motivo, pero que yo utilizo a veces porque me encanta).

Sin embargo, muchas de las cosas que adoro no resisten la exigencia que impone la primera vez. He vivido momentos estelares en el amor, pero no ha sido nunca la primera vez, habrá sido la tercera, la octava, la última, pero no la primera. Me gusta con delirio el mar, sospecho que lejos de él mi vida estaría incompleta, creo que moriría de añoranza en una ciudad sin mar.

Pero ¿cuál fue la primera vez? ¿La primera vez que lo vi, que me sumergieron en él? Mis primeras veces estaba encerrada en la barriga de mi madre, y luego flotaba feliz en el agua, a su lado. Quizás podría hablar de la primera vez que mi tío favorito apareció en casa con un cachorro y mi padre no objetó nada a que nos lo quedáramos. Era una caniche de una bondad infinita (mi vida tampoco habría sido igual sin los perros, tan imprescindibles como la mar). Pero a Gabi me la asesinaron, supongo que envenenada, y me ha parecido incorrecto poner una primera vez feliz a algo que terminó tan mal. ¿Los hijos? Son una parte importante, muy importante de mi vida. Me han hecho sentir muchas veces enormemente feliz y algunas enormemente desdichada, seguro que me han permitido tocar, alcanzar el cielo con mis manos, pero sé con total certeza que en el momento en que me los puso la comadrona en los brazos -como el lejano día en que me habían puesto en la boca por primera vez la hostia consagrada- no sentí nada parecido a lo que de mí se esperaba, a lo que yo misma esperaba, al instinto maternal le llevó tiempo aparecer y manifestarse.

Tenía que ser algo importante para mí, y que pudiera centrarse en un momento determinado y que no terminara mal. He estado mucho rato dando vueltas a distintas posibilidades, y finalmente he pensado en Venecia. El tema de este artículo podía ser La primera vez que fui a Venecia, y centrarse en algo más concreto todavía: el momento en que el vaporetto, camino de nuestro hotel, desembocó en el Gran Canal. Yo tenía 18 años y no había visto nunca nada tan bello. Me habían hablado mucho de Venecia, había visto fotografías, había visto películas cuya historia transcurría allí, había consultado guías de viaje. Creía estar preparada para lo que me esperaba, y esperaba mucho. Pero no esperaba llevarme una sorpresa tan enorme, sentirme anonadada, conmovida hasta lo más profundo. Noté que, tras las gafas de sol, los ojos se me llenaban de lágrimas. Y me alegré de llevarlas puestas todavía, aunque estaba ya anocheciendo, porque a los 18 años uno no llora delante de los demás, y yo, a los 18 años, lloraba muy pocas veces, y no sabía que en la vejez lloraría a menudo, por todo, por cualquier motivo, por nada.
Todo lo que había leído y visto sobre Venecia quedaba muy lejos de la experiencia real de estar allí. El olor, el aire, el ruido de las embarcaciones, de la proa de las góndolas al golpear contra el muelle, justo al pie de mi ventana y delante de nuestro hotel. Y luego, en días sucesivos, las callejas y los puentes que los turistas ni pisan, apretujados todos en la plaza San Marcos. Y un montón de primeras veces. La primera vez que tomas un café en el Florian, escuchando a las orquestas que tocan en la plaza. La primera vez que callejeas por La Giudecca. La primera vez que ves una ópera en La Fenice. La primera vez que tomas una copa en Harry's Bar.

Pensé que siempre, siempre volvería allí. Y lo he cumplido. He recorrido Venecia con casi todas las personas a las que he amado. Con mis hijos varias veces y la primera (de ellos, claro, no la mía), Milena lloraba al emprender el regreso, como había llorado yo al llegar.





La escritora Esther Tusquets




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La escritora Esther Tusquets entrevistada en Canal Sur TV

viernes, 22 de julio de 2011

Antígona y la Guerra Civil







Escena de uan representación de Antígona, de Sófocles




Comentaba en mi entrada de ayer que en tiempos de turbulencia suelo recurrir a la lectura de los clásicos y a la conversación con las amigas (gracias, María Françesca, y Ana...). En estos últimos días he disfrutado del "Hipólito", la "Medea", las "Bacantes" y la "Ifigenia en Áulide", de Euripides (Círculo de Lectores, Barcelona, 1993) . Y a raíz del artículo  sobre la representación de la "Antígona" de Sófocles (Cátedra, Madrid, 2004) en el teatro romano de Mérida (El País, 11/7/2011), he vuelto a releerla con emoción y placer contenidos el 18 de julio, en el 75 aniversario del inicio de la Guerra Civil..


No soy el único que piensa  que todo lo escrito en la literatura occidental desde hace 2500 años es una mera paráfrasis de lo que ya escribieron, y mucho mejor, los grandes trágicos griegos del siglo IV a. de C. El historiador A. Lesky, en su "Historia de la Literatura Griega" (Gredos, Madrid, 1968) dice que los filólogos de la Alejandría helénica pensaban ya que nada posterior a las tragedias griegas de la época clásica era digno de conservarse. Se pasaron, evidentemente, en lo de la conservación, pero no andaban muy errados en su juicio aunque fueran parte interesada... 

Hace unas semanas le preguntaba a una amiga que quién era su personaje femenino de ficción preferido. No me quiso contestar; supongo que es difícil para un amante de la buena literatura, y ella lo es, responder a una pregunta como esa sobre la marcha. Por mi parte, tampoco lo tengo claro, ¡son tantos!, pero si tengo que responder sin pensármelo, sobre la marcha, diría que la Antígona de Sófocles. 

Mi admiración por Antígona viene de muy antiguo. En concreto de una magistral versión de TVE, en su añorado Estudio 1, que interpretaba la actriz Nuria Torray. Desde ese día la he leído numerosas veces, y siempre encuentro en ella matices nuevos, frases olvidadas, palabras cuyos ecos resuenan en mi alma a pesar haberlas leído una y otra vez, que acrecientan mi admiración por el personaje y por el genio de su creador.

La trama de la "Antígona" de Sófocles es conocida sobradamente, pero la resumo lo mejor que puedo: Eteocles y Polinices, hermanos de Antígona y de Ismene, han muerto en un duelo fratricida por el poder sobre la ciudad de Tebas. Su tío Creonte se hace con la corona y ordena dar honras fúnebres solemnes a Eteocles y dejar insepulto el cadáver de Polinices, al que considera traidor a la ciudad.

Antígona se subleva contra esa orden al entender que las leyes del Estado nunca pueden ir contra las leyes de la naturaleza y la voluntad de los dioses que ordenan dar sepultura a los muertos, y da tierra con sus propias manos a Polinices, ante la negativa de Ismene a colaborar con ella. Descubierta por Creonte es condenada a muerte, pero antes de su ejecución, ella misma se ahorca. También se suicida al descubrir el cadáver de Antígona su prometido, Hemón, hijo de Creonte, y lo mismo hace la esposa del rey, Eurídice, al conocer la muerte de su hijo. La obra termina con un Creonte solo y derrotado que reconoce la injustica de su decisión demasiado tarde. 

¿Qué convierte una obra de literatura en un clásico? Evidentemente no la fecha en que fue escrita, sino el hecho de que a través del tiempo y las sucesivas generaciones de lectores siga diciéndonos cosas que nos emocionan, que vemos y sentimos como propias y que confieren validez universal y atemporal a su mensaje. 

En ese sentido, "Antígona", escrita y representada hace 2500 años, releída un 18 de julio de 2011, en el 75 aniversario del inicio de la Guerra Civil española, se ha constituido para mi en una alegoría de ese enfrentamiento fratricida que asoló España desde 1936 a 1939 e impuso su voluntad arbitraria a la mitad de sus ciudadanos hasta 1975. En esa alegoría, Eteocles y Polinices representarían las dos Españas en pugna; Creonte, el Estado autoritario y dictatorial surgido a raíz del enfrentamiento; Ismene, a aquella parte de la sociedad española que, aunque dolida, se acomoda a la nueva situación de poder y prefiere cerrar los ojos ante la injusticia; y por fin, una Antígona que representa a aquellos para la que no puede existir reconciliación, paz ni justicia mientras no se reconozca el derecho de sus muertos a gozar de la dignidad que su propia condición de españoles les confiere.

No se como lo verán ustedes; así es como lo sentí yo el 18 de julio pasado. Sean felices a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt

   



Fosas de la guerra civil en Navarra




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Escenas de la Antígona de Sófocles, representada por el Prósopon Theatralis Societas

jueves, 21 de julio de 2011

Mi primera vez: Ingles sudorosas. Un relato de Maruja Torres






Ingles sudorosas: Dibujo de Eva Vázquez




Ni siquiera la dimisión más o menos forzada (¿o quizá voluntaria?) de nuestro ínclito y nunca bastante bien ponderado don Francisco Camps, expresidente del gobierno de la Comunidad Autónoma de Valencia, son capaces de animarme. Será el tiempo frio, ventoso y con lluvia, o la "panza de burro", que desde hace varias semanas cubre la ciudad de Las Palmas sin dejarnos ver el sol apenas... No son tiempos propicios para la reflexión serena; más bien, la tentación es la de mandarlo todo a tomar por culo y mudarse a otra galaxia. Pero como eso resulta imposible, lo mejor es volver a los clásicos: Sófocles y Eurípides, que estoy releyendo, o tomar la vía contraria y disfrutar de la nueva serie de relatos cortos: "Ficciones. Mi primera vez", que el diario El País ha comenzado a publicar para animar el verano. Pienso que es una buena combinación. Les dejo con el titulado "Ingles sudorosas", de la escritora Maruja Torres, publicado el pasado día 18. Fue mi hija Ruth quien me lo recomendó, y yo se lo recomiendo encantado a ustedes. Leánlo despacito, sin saltarse los renglones... Disfruten del calorcillo que se les va a despertar entre los muslos... Y sean felices, por favor: a pesar de los pesares, merece la pena intentarlo. Tamaragua, amigos. HArendt




Ficciones. Mi primera vez: Ingles sudorosas 
Maruja Torres
EL PAÍS - 18-07-2011

Caminé por el pasillo. Cuando llegué al cuarto de baño de las chicas escuché sus voces aturulladas. Estaba segura de que a ellas les había ocurrido antes, por eso parecían tan tranquilas, incluso indiferentes. Charlando de sus trivialidades, como si nada.

Aspiré hondo, empujé la puerta y entré, toqueteándome la tripa. Cosa de disimular. Quería quedarme un buen rato encerrada en el WC, haciéndolo. "No me encuentro bien", expliqué, para redondear la coartada. Necesitaba que se marcharan, necesitaba quedarme sola. A solas conmigo.

"¿Has tomado Sal de Eva?". "Una ginebra con menta te aliviará". Callé. ¿Qué sabían aquellas estúpidas, aquellas tontas que venían haciéndolo con regularidad, que ni siquiera le daban importancia a lo que hacían? A mí me temblaban las piernas. Enferma, sí. Pero de emoción. Me dolían los pechos, mis pezones se disparaban contra la blusa de nylon barato, y el sudor manaba de mis ingles como si, verdaderamente, tuviera ese día la visita del mes, y fuera otro líquido lo que fluía.
Pero no, esta era una ocasión gozosa. Esta era la transpiración feliz que mi cuerpo entero enviaba al exterior. Allí, encerrada, sentada en la tapa del inodoro, emitiendo falsos gemidos, aguardé. Astuta, cautelosa. Y con las ingles empapadas. Para entretenerme, imaginé lo que iba a suceder después. ¿Se me notaría físicamente el cambio? ¿Alguien más que yo se percataría de que a partir de entonces iba a empezar a convertirme en una mujer independiente, una mujer que agarraría a cachitos su libertad hasta convertirla en una cerca, en una muralla, en una barricada de la que nadie podría arrancarme?

Poco a poco se marcharon las otras. Les escuché hacer planes, echar risas, criticar a las ausentes. Se habían olvidado de mí. Mejor. Ya en silencio -podía sentir que me había quedado sola en la planta- calculé el tiempo que me quedaba para hacerlo. Por entonces aún no tenía reloj de pulsera y me había acostumbrado a leer el paso del tiempo en los sonidos que escuchaba. No, no me iba a quedar encerrada en el edificio, haciéndolo. Entre otras razones, porque algo así sólo se hace una vez por primera vez.
Relajé mi cuerpo. Abrí las piernas, las extendí -chop, chop, musitaron mis ingles al despegarse-, puse los pies mirando al techo -recuerdo que los zapatos eran de suela dura, baratos- y con delicadeza tanteé la abertura.

No, no iba a comportarme con prisas. Levanté la cabeza y la luz del fluorescente -un único tubo para un aseo de seis servicios-, que me llegaba amortiguada, me pareció única, sensual.

Ensalivé con delectación mi dedo índice y lo pasé por la abertura, que simplemente se ablandó un poco, pero no cedió. Me metí el dedo medio en la boca y lo empapé. De nuevo froté el punto objeto de mis deseos. Se ablandó más, pero tampoco se abrió.
De pronto me puse frenética y utilicé todos los dedos de las dos manos.

Rasgué el sobre. Mi primera paga. Allí estaba. 535 pesetas, 1957.





La escritora Maruja Torres




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Entrevista a Maruja Torres desde la UIMP

lunes, 18 de julio de 2011

Las Palmas, 18 de julio de 1936




Hotel Madrid, Las Palmas de Gran Canaria




En las islas se contaba hace tiempo un chiste bastante malo sobre los canarios que decía así: "¿Saben ustedes cuáles son los dos únicos errores que los canarios han cometido en su historia?: ¿No?... Pues..., el primero, no haber dejado entrar a Nelson; y el segundo, haber dejado salir a Franco...". Sobre lo primero, mi opinión personal es que los canarios salimos ganando con su derrota en Santa Cruz de Tenerife; sobre lo segundo, que lamentablemente, no pudimos impedírlo. 


Hasta hace muy poco tiempo, en la fachada del edificio que ocupa la Jefatura de Tropas de Gran Canaria, antes sede del Gobierno Militar de la provincia, en el parque de San Telmo de la ciudad de Las Palmas, había una placa conmemorativa que recordaba que desde aquel edificio había salido el Caudillo de España, Francisco Franco, el 18 de julio de 1936, para ponerse al frente del glorioso alzamiento nacional. Cito de memoria,así que espero se me perdone la posible inexactitud sobre el contenido literal de la placa. 

Sobre el triste protagonismo de mi ciudad en la génesis del golpe militar se ha escrito todo lo escribible así que no merece la pena insistir mucho al respecto. Franco había llegado a Las Palmas desde la sede de la Comandancia Militar de Canarias, en Santa Cruz de Tenerife, el día 17 de julio de 1936, alojándose la noche de ese día en el céntrico y coqueto Hotel Madrid, en la plaza de Cairasco, a escasos quinientos metros del parque de San Telmo. Oficialmente había ido a Las Palmas para asistir a las exequias del comandante militar   de Gran Canaria, el general Amado Balmes, muerto el día anterior en un extraño accidente acaecido al disparársele en el estómago, accidentalmente, su propia pistola. Desde Las Palmas, al día siguiente, marcharía por mar, desde el ya desaparecido Muelle de Las Palmas, frente a la sede del gobierno militar, hasta el aeropuerto de Gando, a una veintena de kilómetros, para desde allí, a bordo del "Dragon Rapide", volar hasta Casablanca, y más tarde a Tetuán, en el protectorado español de Marruecos, y ponerse al frente del ejército de África y del golpe militar. La razón de elegir la vía marítima para llegar hasta Gando era el temor a que la carretera que unía la capital de la provincia con el aeropuerto, que trascurría por el interior de la isla, estuviera cortada por elementos hostiles al golpe militar desencadenado.

Hace unas semanas un reportaje del escritor canario Juan Cruz en la revista Domingo (El País), en el que entrevistaba al historiador y profesor de la Universidad Complutense Ángel Viñas: ("Creo que Franco ordenó un asesinato para empezar la guerra": Domingo, 22/05/2011), daba cuenta pormenorizada del hecho, adelantando la tesis del asesinato del general Balmes por orden de Franco. Tesis que verá la luz en un libro de próxima aparición titulado "La conspiración del general Franco", editado por Crítica.

No pretendo enmendarle la plana a tan prestigioso historiador, pero tampoco puedo disimular mi sorpresa ante tan "novedosa" teoría sobre la muerte del general Balmes, puesto que esa explicación se ha sabido desde siempre en Canarias, aunque, evidentemente, nadie la haya podido demostrar documentalmente. Yo al menos, la he conocido desde hace muchos años por dos vías diferentes. Una personal y familiar; la otra, si la quieren llamar así, oficiosa "inter canarios". Y ambas coinciden en que el general Balmes "fue suicidado" el 16 de julio de 1936 ante su negativa a sumarse al golpe militar. 

Mi fuente más personal al respecto fue mi padre, que el 18 de julio de 1936, era suboficial  en el Parque de Automovilismo de la Guardia Civil en Barcelona, y en calidad de tal, chófer del coronel Escobar, jefe de la benemérita en la Ciudad Condal, Finalizada la guerra civil, mi padre fue destinado a la isla canaria de El Hierro, en la que permaneció al mando del destacamento de la guardia civil de la misma entre 1941 y 1945. De él escuché por vez primera, en junio de 1967, con motivo de un viaje suyo a Las Palmas con mi madre y mis hermanos, y al hecho de que se alojaran en el Hotel Madrid, el comentario sobre el "suicidio" forzado del general  Balmes. Ignoro sus fuentes de información, o si era una mera opinión personal, pero curiosamente, coincidía en lo esencial con lo que, años después, entre 1970 y 1975, oí comentar en las organizaciones políticas del tardofranquismo.

Me produce gran extrañeza, pues, que salte ahora como noticia histórica algo tan conocido y "vox populi" en las islas desde que ocurrieron los hechos. Me gustará leer lo escrito por el profesor Viñas; de momento tendré que esperar a la publicación de su libro. El vídeo que acompaña a esta entrada corresponde a unas escenas de la película de Jaime Camino, de 1986, "Dragon Rapide". Espero que ambos, entrada y vídeo, les resulten interesantes.

Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt 











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Entrada  núm. 1388 -
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"Tanto como saber, me agrada dudar" (Dante)
"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura" (Voltaire)

Las Palmas, 18 de julio de 1936 ("Dragon Rapide", de Jaime Camino, 1986.

martes, 5 de julio de 2011

Sobre la revolución y la historia






Casa de la Independencia (Filadelfia, 1776)




Si uno se atiene a las ruidos más que a las voces, da la impresión de que para muchos las democracias occidentales ya están viejas, caducas e inservibles. Pienso que se equivocan. La  realidad es que la democracia representativa, la única posible, tal y como la conocemos apenas tiene dos siglos. Nació tal día como ayer de hace doscientos treinta y cinco años en Filadelfia, en la colonia  de Pensilvania, con la solemne proclamación de la independencia de los Estados Unidos de América de la corona británica

Hannah Arendt dedicó páginas inolvidables a la revolución americana en su libro "Sobre la revolución" (Alianza, Madrid, 1988). A comentar la efemérides y el libro dediqué mi entrada del 4 de julio de 2009: "Filadelfía: 4 de julio de 1776" y a ella remito a quien pueda interesarle.

Lo que hoy me gustaría destacar es que, curiosamente, y sin que se haya hecho de ello referencia alguna por los medios de comunicación, tal día como ayer de hace treinta y cinco años, es decir, el mismo día que los Estados Unidos de América celebraban su bicentenario como nación, Adolfo Suárez era designado presidente del gobierno de España por el rey Juan Carlos, y con ese nombramiento se ponía también en marcha, aunque muchos no lo vislumbraran en ese momento, el proceso de reasunción por los españoles de las libertades perdidas cuarenta años antes. 

En mi agenda del día anterior, sábado, 3 de julio de 1976, tengo anotado: "He ido al cine Vegueta para ver  "Belle de Jour", de Buñuel. A la vuelta a casa, por el telediario, anuncian que el rey ha designado presidente del gobierno a Adolfo Suárez. La sorpresa es total. Se comenta que en la terna propuesta al rey por el Consejo del Reino iban también Areilza y Silva Muñoz". 

El lunes siguiente, 5 de julio, Adolfo Suárez jura su cargo ante el rey. Ese mismo día, como secretario general que soy de la UDPE (Unión del Pueblo Español) en la provincia de Las Palmas, la asociación política de la que Adolfo Suárez era presidente nacional, hablo con él por teléfono y le felicitó por su elección. No volvimos a coincidir. En septiembre de ese mismo año, UDPE se fusionaba con otras fuerzas políticas para formar Alianza Popular, y yo no quise sumarme al nuevo proyecto político, en el que ya no estaba Suárez. Tampoco lo hice a la UCD (Unión de Centro Democrático) por él promovida pocos meses más tarde. 

Pero vuelvo a la conmemoración del 235 aniversario de la revolución americana con el que inicié este comentario. Sin relación alguno con la fecha (al menos eso supongo yo), el escritor, ensayista y laureado fotógrafo boliviano Hugo Estenssoro, publicaba en el número de Revista de Libros del pasado mes de junio, un excelente artículo, "El hemisferio intelectual", sobre la historia de los intelectuales latinoamericanos, que recoge algunas impresiones muy interesantes sobre las revoluciones que llevaron a la independencia a los pueblos de América.

Sobre el proceso independentista de la América española dice Estenssoro: "La independencia latinoamericana, como las revoluciones francesa y rusa, fue un inmerecido festival de improvisación -rasgo que se tornará característico en la historia hemisférica hasta hoy- en lo militar, lo político, lo social y lo intelectual. [...] Así y todo, el lírico inventor de su teoría, y virtuoso ejecutor de su praxis, Simón Bolivar, llegó a la desencantada conclusión de que había arado en el mar, metáfora que vale una biblioteca de estudios latinoamericanos". 

Y sobre el otro proceso, anterior en el tiempo, el de la independencia de la América británica, dice poco más adelante: "El gran triunfador de la modernidad, esa combinación de libertad y prosperidad para la mayoría, son los Estados Unidos, lo que explica el rencor inextinguible del resto del mundo. Pero los Estados Unidos no doblegaron, no vencieron a la modernidad: la adoptaron y la hicieron suya. [...] En la Convención Constitucional de 1787, treinta y uno de los cincuenta y cinco miembros tenía un título universitario, lo que resultaba excepcional en la época. De hecho, había dos presidentes de universidades y tres catedráticos. Los más destacados (Madison, Adams, Quincy, Jefferson, Gallatin, Livingston) eran algunas de las mentes más brillantes de la época, aunque casi todos ellos eran también hombres prácticos que vivían de sus actividades profesionales o comerciales".

Termino por donde comencé, volviendo al libro de Hannah Arendt citado al principio, cuya tesis sobre el éxito de la revolución norteamericana de 1776 puede resumirse así: triunfó porque no pretendió cambiar el mundo sino devolver la libertad a los hombres. Y es que, como dijo el presidente de la República español Manuel Azaña, "la libertad no hace felices a los hombres; les hace hombres". Sean felices ustedes también. Tamaragua, amigos. HArendt





Adolfo Suárez, jura como presidente del gobierno (1976)




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Entrada núm. 1387 -
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"Tanto como saber, me agrada dudar" (Dante)
"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura" (Voltaire)

La Declaración de Independencia, Filadelfia, 4-7-1776. Avance de "John Adams", HBO.